sábado, 21 de noviembre de 2009

"La Ciudad Agredida" una nota sobre la exposición "Geometria Urbana" de Freddy Ordaz


El artista Plástico Freddy Ordaz

La ciudad agredida

Las ciudades, desde su nacimiento, son agredidas por los humanos. Algunas más que otras, pero todas lo son y lo han sido a lo largo de su propia historia y de la historia de la humanidad. Se agrede a una ciudad cuando, aun en la forma más tenue, se modifica el paisaje. Inevitablemente, el progreso es una cadena interminable de agresiones cometidas contra el medio físico (y, en consecuencia, contra todo cuanto éste encierre). Ni siquiera la arquitectura ejercida –por maestros como Gaudi- en armonía casi perfecta con la naturaleza, logra evitar las dolorosas cicatrices que la acción humana deja en lo que pudiéramos llamar, con plena razón, la piel de la ciudad. En el principio, las casas de los primeros vecinos, la iglesia, la plaza principal, los mercados, las edificaciones para los centros de poder, los jardines, los largos espacios poblados de bosques, arroyos, constituyen un paisaje al cual se aferran los habitantes de la ciudad, como si con ello respondieran a la llamada regresión uterina que según los psiquiatras todos llevamos en nuestra naturaleza original. Pero hay que decir que ya ese paisaje, en sí, es producto de una agresión contra el propio asiento de la ciudad. Naturalmente, el tiempo borra cicatrices y los habitantes de la ciudad se identifican totalmente con la que vivieron en su niñez, adolescencia y juventud. A partir de entonces comienzan a sentir nostalgia por el pasado y les duelen, más que todo, los cambios que se producen cuando ya comienzan a transitar la madurez y la vejez. Aquel árbol, aquella vieja casona, aquel botiquín donde se reunían los bohemios del pasado; la vorágine del cemento y la cabilla que destroza todo cuanto se le atraviesa; el tránsito insufrible; la demolición de estructuras que parecían eternas, para construir modernos centros comerciales en los cuales la gente se apretuja, caminan como ebrios o dementes, sin conocerse ni saludarse unos a otros…

En algunas ciudades, ese crecimiento inusitado del tumulto, de las moles de concreto, de los monstruos mecánicos que pasan como bólidos por las calles y avenidas, produce reacciones colectivas, y entonces los vecinos se unen, conversan, discuten y establecen normas, en la búsqueda de lo que se llama “un desarrollo armónico”… para nada, porque al final el caos se impone nuevamente. Y la ciudad, más que una inmensa colmena parece una cárcel inhumana, donde cada quien anda, como loco, buscando cómo huir del caos, cómo salvarse…


Y hasta en los pueblos que parecen más olvidados, la agresión está presente, devorando el paisaje y el pasado, en la espiral infinita del tiempo. 


Freddy Ordaz, artista en el más puro sentido de la palabra, frente a esta circunstancia, fija su criterio estético y denuncia, serenamente, la agresión del paisaje. Ese es su mensaje. Y su trabajo artístico, con un claro lenguaje geométrico, se construye con materiales propios de la realidad, comunes y corrientes: tela, papel, madera, color: elementos que trabaja con un verdadero y exquisito equilibrio de combinaciones. Es, si se quiere, una tesis un poco extraña en el mundo que vivimos actualmente, pero –lo decimos con plena convicción- necesaria, no solamente por el mensaje humanístico que contiene, sino por el valor estético y por la originalidad de su planteamiento. 

La muestra, sin duda, enriquece en alto grado la obra de Fredy Ordaz, artista plástico hijo de esta tierra de luz y de la gracia de Dios.




José Joaquín Burgos

Poeta y narrador






































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