domingo, 3 de octubre de 2010

En los talleres de poesía se hace poesía pero no se fabrican poetas

"Sobre el tallerismo"

por José Joaquín Burgos





José Joaquín Burgos*    

 Si la memoria no me falla, el introductor de los talleres literarios en Venezuela, fue Domingo Miliani, a su regreso de México, en cuya Universidad Nacional Autónoma había cursado y obtenido el doctorado en letras. Ya en Venezuela, fue nombrado director del Centro  de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg), y en ese centro, precisamente, inició la actividad de los talleres literarios. En el país azteca había aprendido y cultivado su metodología y praxis. Allí, además, cosechó la amistad de Octavio Paz, Miguel León Portilla y otros brillantes y doctísimos maestros e intelectuales, que habían aportado en gran parte su experiencia de escritores a la formación de los talleres y de los talleristas.

Domingo Miliani
El Celarg, como bien se sabe, abrió puertas y caminos a los jóvenes escritores venezolanos, y la presencia de Domingo Miliani como director garantizó la seriedad, la organización, la claridad de objeti­vos y la honestidad de cuanta actividad se realizara en el instituto. Domingo fue un verdadero maestro, en el mejor sentido. Un científico de los estudios literarios. Su concepción de los talleres literarios se basaba, digamos, en tres principios fundamentales: en primer lugar, en la necesidad que tiene todo escritor de confrontar su obra, en la más noble acepción del tér­mino, con obras de otros autores. De esta confrontación amistosa, ambos escritores ganan, sin duda alguna; en segundo lugar, en la necesidad que tiene cada escritor de enriquecer su bagaje intelectual; y en tercer lugar, en el mejoramiento del arte, de la carpintería, del oficio, es decir, del taller que cada escritor lleva por dentro. Eso era, y es, en términos muy sencillos, la estructura de los famosos talleres de literatura. Así, se seleccionaba un grupo de autores (poetas, narradores, teatreros...).


La selección se hacía mediante la lectura de una muestra suficiente para "medir" -digámoslo así-, el nivel de los aspirantes y reunir un grupo entre cuyos participantes no hubiera muchos desniveles. Se leían los textos propuestos en el taller y, tanto el coordinador como cualquiera de los talleristas, aportaban sus conocimientos y experiencias para aclarar, colectivamente, alguna duda, o llenar algunos vacíos académicos, teóricos, en lo que llamamos la carpintería. Pongamos por caso que un participante no conocía algo referente a la versificación (un metro, una medida silábica, un pie, algún detalle técnico del arte poética); entonces se cumplía un breve proceso de información, se le suministraba al grupo el material necesario y adecuado para llenar el vacío. Así, cada quien, en el fondo, hacía también un seminario; y cada taller enriquecía tanto a los participantes como al coordinador. El resultado era, sin duda alguna, magnífico.

Digamos, de la manera más sencilla, que en los talleres de literatura se hacía literatura. Una perogrullada, tal vez, pero una verdad que no debe confundirse. En los talleres de carpintería, se hace carpintería y se forman carpinteros; en los de electricidad se hacen trabajos eléctricos y los aspirantes a ser electricistas adquieren experiencia y dominio del oficio; en los de me­cánica, se hacen trabajos de mecánica y los aprendices de mecánica adquieren experiencia y agilidad, destreza en el manejo de los materiales propios del oficio. Pero, hay diferencia entre estos talleres y los de literatura (poesía, teatro, narrativa, etc), porque en los talleres de poesía, por ejemplo, se hace poesía, y los participantes enriquecen sus conocimientos y destrezas. Pero allí no se hacen poetas. Al menos, esa era la intención inicial en la novedosa (todavía lo es), metodología del taller. Se hace poesía, pero no se hacen, no se fabrican poetas.

Pero ¿qué sucedió después? Sencillamente, se produjo una especie de milagro como el de la multiplicación de los panes. Aparecieron talleres por todas partes, de todo tipo. Y cada coordinador se transformó en un "maestro" de los grupos que con él hacían talleres. Y cada tallerista, en un hijo del maestro. Al final, todos terminaban (o terminan, mejor dicho) escri­biendo exactamente igual a su maestro. Hemos tenido la experiencia de leer algunas muestras de talleristas y, sin ánimo descalificar a nadie, observamos que todos escriben de muy pare­cida manera. Y todos giran en torno a la sagrada figura del gran maestro. En el fondo, cada quien, para ser aceptado por el grupo, debe usar una gríngola para jamás desviar la mirada de la ruta que le han trazado.

Efraín Inaudy Bolívar  (24 de enero de 1930-8 de enero 2012). Fotografía de Antonio González Boscan. Tomada del libro Rostro Y Poesía. 1996

Otra cosa digna de tomar en cuenta es que los talleres de poesía, por ejemplo, han termi­nado por fijar, como casi como un axioma, que el poema consiste en una simple y solitaria metáfora: hasta ahí deben llegar tanto la imaginación como la carpintería del poeta. Por eso, nada de asombroso tiene que al leer un libro escrito por uno de estos discípulos del tallerismo, se encuentre uno con que los textos parecen telegramas no siempre fáciles de entender. Al respecto me comentaba una vez Efraín Inaudy Bolívar, que él leía poco a los talleristas, por­que no los entendía... "Y yo hace más de treinta años que dejé de sacar crucigramas", decía, para rematar su comentario.

En lo personal, nada tengo contra los talleres literarios. Defiendo el derecho de cada quien a ejercer libremente, y sin restricciones, su libertad personal. Les digo, eso sí, a los poetas jó­venes, que el mejor taller es trabajar diariamente, leer mucho, oír, oír, oír el lenguaje del pue­blo y aprenderlo; no envanecerse ni creerse mejor que nadie. Y otra cosa: la poesía, cuando realmente es poesía, es universal; y el camino hacia la universalidad es cuesta arriba, por una escalera de peldaños infinitos. De vez en cuando, conviene sentarse a descansar y aprovechar el momento para regresar a la infancia y comenzar a escribir de nuevo... 

*Poeta y narrador




Publicado originalmente en el número uno de la revista Urtext .





1 comentario:

  1. Por cierto, uno de mis estudiantes realizó una tesis en la cuál tradujo al italiano la tesis de grado de Domingo, es decir el prologo a Las lanzas coloradas

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