martes, 31 de mayo de 2011

"MACUTO:

Una historia, un destino, un sueño"




Armando Reverón   y sus muñecas




MACUTO: Una historia, un destino, un sueño.



Freddy Ordaz





San Bartolome de Macuto, es un rincón de soles templados y mar azul remolcado por olas; pero también de uveros y pescadores.

Cerca del restaurant popular Las Quince Letras, es donde empieza a tejerse la vida de un hombre perteneciente a esos reducidos grupos de “Apóstoles y Soñadores”; hombres libres, solitarios y mal mirados por la sociedad. Que vivían inundados por aires rancios de pensamientos suspendidos y sordos de alma para los ruidos ajenos a su obra. Me refiero al pintor más importante y menos comprendido de Venezuela: Armando Julio Reverón Travieso.

Nacido el 10 de mayo de 1889. Durante su juventud tuvo una tendencia depresiva y un carácter introvertido. Pudiésemos decir que sufrió una antropofagia anímica. No fue excepcional su caso, entre una pléyade de ilustres personajes que traspasaron el umbral del siglo XX, y navegaron entre la vida de experiencias amargas y dolorosas.

Recordar a alguien va más allá del ejercicio de tener que hacerlo, y hoy nuevamente hemos sacado a Reverón del archivo para hacer cabalgar sus memorias de distancia y tiempo. Se estrenaba el año 1921 y Caracas era aún una ciudad sin smog y sin cerros apretujados de ranchos. Reverón cruzaba los treinta dos años, cuando decidió dejar atrás a La Sultana del Ávila. Para instalarse en una zona del litoral central en el actual estado Vargas. Allí empezó a construir lo que luego llamaron El Castillete, junto con su compañera Juanita, mujer de poco hablar pero de fácil sonrisa, y un gracioso mono. Peludo amigo que jugaba al escondite, o en que el mejor de los casos echaba “vainas”.

El Castillete fue el refugio que le sirvió de morada el resto de su vida, entre el cielo y el mar Caribe. Desde allí el farol marino le dio acogida. Abrigó la esperanza con mirada extraviada. Empezó a librar batallas cotidianas sin dejar de estar frente a frente con la verdad. Y esa verdad era la luz tropical.

El Dios de la miseria lo puso a andar por las rutas de las luciérnagas, donde el viento marino le desbordaba delirios que trajinaban con el tiempo. También le brindó el esplendor del terreno para danzar al son de ululares que anunciaban retiradas. Es aquí donde realizó gran parte de su obra, captando y trasmitiendo el impacto de esa luz arropante y cálida. Se sumergió en ese mundo mágico y comenzó la etapa que lo consagró como un verdadero precursor, un artista "que revolucionó totalmente el valor de la luz tropical y aportó un nuevo concepto plástico de la acción alteradora que ejerce en los colores la intensidad luminosa". Creó valores cromáticos e ideó nuevos soportes, utilizando elementos autóctonos.

El maestro de la luz falleció el 18 de septiembre de 1954, con pleno dominio de sus facultades artísticas, llevándose la antorcha de la tormenta; el verdiazul que estremece el paisaje de la costa y los colores de la playa. Mudos testigos presenciaron ese momento: los uveros y el viejo bar del gallego José Dueña, conocido como “Pepe”. No calló así el pelícano que descansaba sobre una lancha herida, acallada en la salinidad de las arenas. Él alzó su vuelo, retando brisas y oleajes oceánicos. Juanita de rostro iluminado dejó que su corazón recorriera los sueños y las memorias.

En honor a este importante pintor venezolano, todos los diez de mayo, se celebra en nuestro país, el día nacional del artista plástico. Así se le rinde un tributo espiritual a tan insigne creador, que buscó en su interior respuestas universales. Desde el engrandecido templo se encenderán los candelabros para perfilar miradas donde fecundan huellas de telas chorreadas de luz mediterránea.

Siempre recordaremos al mago de la luz.


freddyordaz@yahoo.com





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