sábado, 3 de septiembre de 2011

BESTIARIO Y ENSOÑACIÓN DE RICHARD CAMACHO por José Carlos De Nóbrega





Tigre, tigre, que te enciendes en luz


por los bosques de la noche

¿qué mano inmortal, qué ojo

osó idear tu terrible simetría?



William Blake.



El Bestiario, en cuanto a las Artes incumbe, implica simultáneamente un género creativo y una visión salvaje de la humanidad: Por ejemplo, las fábulas de Esopo no descansan tan sólo en la moraleja final, sino también en la percepción sociológica que trae consigo la crítica abierta o enmascarada en la ironía. El poema L de Trilce (1922) nos exhibe sin piedad –palabra dura ésta de César Vallejo- la analogía de Cancerbero con un viejo y obstinado carcelero: El CANCERBERO cuatro veces / al día maneja su candado, abriéndonos / cerrándonos los esternones, en guiños / que entendemos perfectamente. Nuestra Enriqueta Arvelo Larriva, en una alusión intertextual a Blake, transfigura su asombro en interrogante ontológica: VENADO: Ayer lo vi pasar en suelta fuga, / como seguido de lebreles ágiles. / ¿Qué ojo le estudia su volar de flecha? / Ciega, silbando, el vértigo salvaje. ¿A quién no conmueven las escenas culminantes del film Kagemusha de Akira Kurosawa, óleo en movimiento de caballos y jinetes que agonizan al final de la batalla? La inconfundible guitarra de Brian May simula el maullido y el ronroneo de Delilah, la gata traviesa que juega con el arlequín que es aún Freddy Mercury (Innuendo, 1991, última entrega discográfica de Queen en estudio). Nos rendimos a la luminosa belleza de Cecilia Gallerani retratada por Da Vinci: no obstante la oscuridad del fondo que había engullido la puerta que acechaba su hombro izquierdo, tenemos el armiño ataviado de invierno en su regazo, sucedáneo emblemático de su amante –Ludovico Sforza- que la nombra y la acompaña en el sereno giro amoroso de la cabeza. La humanización, la analogía, la transfiguración intertextual, la simulación y la ilusión estética son algunas de las aristas posibles en la configuración del bestiario de cada quien. La bestia todavía recorre nuestra casa impunemente, muy a pesar de los usos o hábitos civilizatorios.

La dama del armiño. Supuesto retrato de Cecilia Gallerani



Animales de Niebla de Richard Camacho es una propuesta plástica que nos reconcilia con una fauna estampada entre lo fantástico y lo cotidiano. Son veintiún piezas (dieciséis cuadros y cinco dibujos) que alternan o, mejor aún, escenifican el diálogo festivo y nostálgico del color y la luz. En la mayoría de los cuadros, observamos la presencia fundamental de la línea del horizonte, la cual dispone la composición plástica en tres instancias: el cielo, la fauna interiorizada y la tierra (¿purgatorio e infierno?). Pájaro frutero II (2009), primer eslabón de la muestra, nos presenta un tordito intervenido que alude a Horus, el halcón que encarna el Dios Sol egipcio: Su figura se impone a una ciudad que brilla a la distancia, mientras se enseñorea de un Edén boscoso y azul con patillas regadas por doquier. Alejandro García Malpica, en el texto de presentación de esta exposición que clausuramos hoy, da con la figura en la alfombra: Así la alegoría dice una cosa para hacer comprender otra. Camacho apuesta por sugerir lecturas múltiples del lienzo y el papel que exceden, por supuesto, un confortable discurso ecologista. Sin Título (2010), acrílico sobre tela, plasma un pavo real con la cola recogida: En este caso asume la misma posición y actitud del tordito frutero, la figura central se recorta contra el paisaje trino (una noche de tormenta en la que los árboles se inclinan a la izquierda –al igual que la mirada perfilada del tordito y el pavo-; un río púrpura y espumoso al medio, frontera natural que accede a otro bosque calmado y brillante que dignifica la terredad ocre). Por cierto, la curaduría no es caprichosa ni irresponsable, pues ambos cuadros poseen un vínculo discursivo y diagonal (no sólo en lo espacial, sino también en lo intertextual): Se trata entonces de contraponer el bestiario personal con el inhóspito entorno urbano y sus jaulas de cristal y vil mampostería. A través de la figuración zoomórfica, la propuesta pictórica apunta al desmontaje del paradigma civilizatorio occidental –depredador inmisericorde sin igual- y a la edificación consecuente de una utopía que nos reconcilie con la naturaleza y una ciudadanía adscrita a la imaginación amorosa y solidaria. El Jardín de las Delicias se encuentra a un palmo de nuestras narices atrofiadas. Pedro Téllez nos ubica su bestiario sin efectismo alguno: Los animales vinieron con el silencio. Vinieron del frente, y no pasan de mi casa, y yo estoy en el límite, mitad y mitad. En la noche soy más de la parte de adelante, de la selva. En las mañanas bien temprano salgo por la puerta del patio trasero a la ciudad. Hasta que vuelvo con la noche: Los cocuyos (…) alumbran el final del camino, otro camino plagado de culebras imaginarias. Hurguen en el jardín o el peladero de chivo con el que topamos al frente: posiblemente se identificarán y contristarán con las hormigas, los sapos, los murciélagos, los perros vikingos o las ratas del bestiario adyacente. Es pertinente la imitación poética de San Francisco de Asís o nuestra paródica autoflagelación expiatoria: A San Roque y a su perro / los conozco desde lejos: / al perro por lo sarnoso / y al santo por lo pendejo. Valga esta impenitente cita de Miguel Otero Silva.

Miguel Otero Silva


No podrían faltar dos excelentes cuadros que abordan al gallo, ave recreada en los evangelios, la pintura y la poesía de todos los tiempos. Gallo con herida (2010), óleo sobre tela, es un díptico que parte verticalmente en dos la figura central en un afán transgresor o, festivamente aún, juguetón: la carnavalización del muro que separa y cosifica lo figurativo y lo abstracto. La vivacidad transparente de la composición se halla anegada por una afortunada lluvia de colores y objetos, caos desparramado que conduce a una simpática relectura del género del Bodegón; el gallo diurno, salpicado de filamentos variopintos, está suspendido sobre una nocturna hondonada que remeda un pedestal. Nos empecinamos en no reconocer que lo acariciado (o lo golpeado) a ras de piso, acarrea el cielo despejado (o atormentado). Sigamos al poeta brasileño Ferreira Gullar: Se ve: el canto es inútil. / El gallo permanece –pese / a todo su porte marcial- / solo, desamparado, / en un patio del mundo. Gallo con Horizonte (2008), óleo sobre tela, se nos antoja una referencia –por partida doble- a la leyenda del Gallo de Barcelos: comestible-religiosa (recordemos que el gallo cocido se levanta del plato y con su canto salva a un peregrino gallego), y objetual-utilitaria (¿no han poseído alguna vez un gallito plástico y gamusado que cambia de color cuando sube o baja la temperatura?). Este gallo rojo, rodeado de copas y acechado por colores primigenios, significa una invitación golosa al disfrute sensual de un mundo tocable.


Apuntes de la condición humana, grafito sobre papel, consta de cinco dibujos que configuran una metáfora desilusionada de la humanidad: No en balde la sencillez y honestidad del trazo, presenciamos a un cuervo y a una oca devorándose con impune naturalidad; la apología invertida a los códigos moralistas –vengan de donde vengan-, representada por un ave negra y surrealista seguida de su sombra blanca (al mismo tiempo es un extraño pájaro buchón de patas estiradas con dirección al subsuelo); u otros dos pájaros tragando a otros, los picos hacia arriba, que al punto se convierten en dos floreros corrientes. La violencia contra el Otro y el fetichismo forman parte de nuestra cotidianidad, sin que reparemos en tan destructivas costumbres: Las aves estuvieron rondando toda la noche, buscando entre la hierba los últimos restos de carne humana (claro, Wilfredo Machado se refiere a la gentepájaro).



Finalmente, no podemos obviar otros cuadros de nuestra compulsiva predilección: Puente del Amarillo (2008), Dos mujeres (2009), Siyi Sigila (2010), Gato de Amarillo (2002) y Suceso de Invierno (2006). Se suceden imágenes multicolores enclavadas en el contingente territorio de los sueños: puentes y barcos que copulan con la selva verde y solar; mujeres (¿chiniguas o ficheras?) que se queman el gaznate y el alma con aguardiente barato y, en especial, aquellos versos de Pérez Só dedicados a la silla y a las Vistas del caballo; la lúdica pose de un gato amarillo y un pájaro de juguete parados sobre dos taburetes, como si fuese una añeja representación circense; el tapete que guarda a un animal (¿un zorro?, ¿un caballo?) seccionado por líneas de cal; o la noche cerrada que proyectan cuatro gatos sobre la urbe, a pesar de esas chispas de luz o fuegos fatuos voladores. Mucho agradecerá el espectador esta imaginería cargada de poesía, ternura y parodia. La niebla no atenúa el esplendoroso bestiario interior, nos extravía en nuestra paradójica y maravillosa condición.



En Valencia de San Simeón el estilita, sábado 3 de septiembre de 2011.
 

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