sábado, 22 de octubre de 2011

José Valdemar Romero, pintor en el cielo de América



José Valdemar Romero

José Valdemar Romero apagó la luz y se fue calladito, sin avisar nada, y nos dejó con su risa y su habla de hermano y camarada, imborrable en la memoria. Sus estudiantes de pintura, en el tecnológico, donde laboró hasta su jubilación, saben de sus temas para la creatividad artística de nuestros jóvenes. Siempre brilló por sus proposiciones de invencionero, extraordinarias  salidas imprevistas: cambiar el verde a las “iguanas” o buses de la Universidad de Carabobo por múltiples colores,  crear secciones del Instituto Universitario de Tecnología de Valencia, con diversas menciones de estudio, en varios municipios de Carabobo ( Güigüe, Bejuma, etc.), para lo cual promovió reuniones con sus autoridades locales aquí y allá; hasta el nombre del Instituto Universitario de Tecnología de Valencia lo jurungó: quiso e ideó un plan para que se llamase Simón Rodríguez y se reinaugurase el busto del Maestro del Libertador y pensador originalísimo de la América antes española, como acostumbraba llamarla el viejo Simón. Este busto es un testigo inmutable de nuestros días y pasos, de la resolana y la lluvia,  condenado a la  mudez , sin identificación alguna y desconocido, en un patio de este instituto, aunque a su alrededor se congregan pupitres y los jóvenes que hacen rueda para conversar o juegan pelotica de goma y encienden la pólvora de los cohetones en días de protesta o simplemente de juerga.  Tarde nos enteramos de su sacerdocio en la Iglesia de los Santos de la Últimos Días, porque compartía cualquier práctica o convivencia religiosa con la fe dirigida a Dios Supremo, con gentileza y receptividad. Sus brazos se abrían como puertas hogareñas para sus amigos y camaradas, generoso en el reconocimiento de los méritos del otro y oferente de oportunidades para la ruta utópica en el horizonte de la cultura y los derechos humanos. Pero, en verdad, en el fondo, quizá sólo fue un pintor de los íconos de nuestros aborígenes, con la pretensión de tallar y colorear sus petroglifos, a destiempo. Ahora, como un yanomami, dejó sus trapos ladinos  y de sacerdote mormón y se fue desnudo, posiblemente con un taparrabo de algodón, su arco, sus flechas y  su mapire, por los caminos de alguna constelación, para encontrar al pintor del cielo y de las flores, con un coro de pájaros en su corazón de tambor y su boca de flauta. Nadie sabe, puede ser uno de esos árboles tacariguos de las riberas del lago de la cascabel de sus ondulantes aguas en el valle de nuestros ancestros, entre Yuma , Guacara y Mariara.


En esta rara Valencia, que no es de España,  andaremos este  octubre de extraño  verano-invierno, después del sábado pasado del entierramiento de José Valdemar Romero, con su voz, su sombra y su risa, por estos pasillos y calurosas aulas del Instituto Universitario de Tecnología de Valencia.


Coordinación de extensión y cultura del Instituto Universitario de Tecnología de Valencia.



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