jueves, 6 de junio de 2013

Un lápiz para vencer el acento venezolano.

Una entrevista a la actríz venezolana Hilda Vera







HILDA VERA | 5 DE ABRIL DE 1951


Un lápiz para vencer el acento venezolano 

Por Lupe Ravelo

Una portada de la Revista de América con retrato de Hilda Vera (1923-1988) a todo color nos hace recordar que esta caraqueña se encuentra desde hace algunos años en México. En 1948 se fue a prepararse para “tomar” el cine. Casi tan difícil como tomar una plaza fortificada en la época en que la bomba atómica no era la comidilla diaria. Hilda Vera ha estado intentado tomar esa industria armada de condiciones esenciales: belleza, juventud, estudio y voluntad.





Ahora, después de tres años de esfuerzos, parece ser que llegará por fin a su meta. Ha tenido que vencer, sobre las dificultades naturales de la profesión, las del Sindicato de Actores que pone verdaderas barreras a los aspirantes no mexicanos en defensa del derecho de los locales.En un modesto apartamento encontramos a la futura estrella. Viste shorts y sin apercibirse de nuestra presencia continúa leyendo en voz alta, con un lápiz entre los dientes.




—Pero, ¿qué diablos haces?




—Son los ejercicios de dicción.




—¿De dicción?




—Sí, ¿te extraña?




¡Ya lo creo que nos extraña eso de que hablar con un lápiz entre los labios sea un ejercicio de dicción! Habíamos creído que tales ejercicios deberían componerse de una serie de sonidos, o algo así. Pues no. Hilda explica: “Se trata de educar los músculos que intervienen en la modulación”.





—No parece difícil.




—¡Qué te crees tú!




Abandona los ejercicios y usa tono venezolano. Su problema ha sido vencer el acento venezolano, aprender a pronunciar las eses. Sobre todo las eses. Ha necesitado esfuerzo y disciplina, pero cuenta con voluntad y decisión.


Hilda Vera se inició en el teatro de chiquita, en comedias escolares, en el Colegio Católico Venezolano.


La verdad es que siempre le ha gustado el teatro fervorosamente. En 1945 tomó parte en un grupo que actuó en Caracas, en el Teatro Municipal, a beneficio de la Cruz Roja.




Tal vez esa actividad –que destacaron elogiosamente algunos diarios caraqueños– fue lo que le despertó el deseo de venirse a México, donde hay intensa actividad teatral. No contaba con lo esencial: medios para sostenerse en México, y los bregó.




Logró un modestísimo cargo en la Embajada de Venezuela en México y llegó armada de ilusión y voluntad, en 1948. Ingresó en la Academia de Arte Dramático que dirigía entonces Celestino Gorostiza, quien ha dirigido en ese país una de las obras que han marcado época: Teatro, de Somerset Maugham, que alcanzó cerca de 100 presentaciones en el Teatro Latino.


Tomado de El Nacional





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