domingo, 30 de junio de 2013

SAQUEO CULTURAL DE AMÉRICA LATINA. Entrevista al escritor venezolano Fernando Báez. Por Alejandro Lavquén









Entrevista a Fernando Báez


Por Alejandro Lavquén


Publicada en revista Punto Final Nº 698 (noviembre 13. 2009





Fernando Báez, venezolano licenciado en Educación y doctorado en Bibliotecología, nos presenta su libro El saqueo cultural de América Latina (Ediciones Debate) recientemente editado en Chile. Báez se ha destacado por su compromiso con el rescate de la memoria patrimonial y cultural de nuestro continente y otros pueblos. De hecho en el 2003 viajó a Irak como miembro de la UNESCO y al año siguiente publicó una crónica de ese viaje, con prólogo de Noam Chomsky, titulada La destrucción cultural de Irak. Sus aportes le han valido variados reconocimientos, entre ellos el Premio Nacional de Cultura de Venezuela y Premio Nacional del Libro en Brasil. Actualmente dirige la Biblioteca Nacional de Venezuela. Sobre su libro, conversó con Punto Final.


En su libro plantea que las denuncias sobre el saqueo en América Latina se han referido, fundamentalmente, al aspecto económico, no al cultural ¿A qué se debe esto?


Ha sido el precio del memoricidio. Europa decretó el silencio sobre este tema, lo relegó a un plano académico irrelevante, y vemos que esta tesis triunfó. Baste observar la xenofobia de las nuevas generaciones europeas repitiendo el profundo desprecio que tienen por cualquier cultura que represente un desafío a sus postulados. En América Latina somos víctimas de una educación basada en la estrategia de la amnesia. Todos los valores que se han intentado inculcar han obedecido a la exclusión.



La destrucción de códices y objetos de arte religioso ¿De qué manera influye en el proceso de conquista de los pueblos originarios?


En el proceso de la transculturación, los conquistadores sentían que no bastaba con imponer la cultura occidental o el cristianismo sino que debían borrar todo rastro posible de las culturas dominadas, las cuales fueron reducidas a trofeos y curiosidades. Los códices y objetos de arte religioso representaban un peligro enorme porque eran testimonios palpables, que animaban la resistencia indígena a la evangelización y a la aceptación del servilismo. El mensaje era claro y sigue siendo claro: no hay triunfo militar ni económico sin dominio cultural.






Desde el primer saqueo cultural, ocurrido en Tenochtitlan, usted plantea que se han perpetuado 515 años de rapiña ¿Qué opina de quienes sostienen que tales afirmaciones son parte de una leyenda negra que exagera los hechos?


Yo creo que son el equivalente de los revisionistas que hoy nos dicen que el holocausto ha sido exagerado. Conozco gente seria que enloquece y se atreve a cuestionar la Shoa, un hecho firme e innegable. Lo mismo pasa con los historiadores europeos y discípulos que consideran una manipulación que uno se atreva a recordar episodios como los que expongo en El saqueo cultural de América Latina, pero ninguno ha logrado refutar uno solo de los documentos y pruebas que contiene mi obra. No hay leyenda rosa en la historia de las relaciones de la colonización europea en América Latina: el genocidio, el expolio, la esclavitud y el memoricidio fueron realidades lamentables que ya nadie puede ignorar sin complicidad.



¿Cuál es el papel de la Iglesia en este asunto? Se lo pregunto pensando en que ésta justificaba sus acciones en la expansión de la religión cristiana.


Los excesos de la religión han causado estragos, bien en nombre de Yahve o Alá. No se conoce a nadie, por decir, que en nombre del ateísmo se haya atrevido a crear una inquisición, exterminar a millones de seres humanos por creer en algo o volar aviones para estrellarlos contra centros financieros o políticos. Es irónico, porque los ateos deberían ser los más radicales al carecer de frenos trascendentes, pero vemos que no es así. En lo personal, creo que la Iglesia católica logró su meta de expandir su proyecto en América Latina con enorme crueldad, porque los evangelizadores fueron los mismos hombres corrompidos que denunció Lutero durante la Reforma. Yo le diría a los lectores que detrás de la expansión religiosa estaba el argumento económico: gran parte del dinero de la conquista fue a parar a las arcas del Vaticano. Pensemos que el Papa Alejandro VI donó las tierras recién descubiertas a cambio de recibir sus tributos, que fortalecieron sin duda la estructura eclesiástica.



El proceso del etnocidio trajo la desaparición de símbolos, lenguas y costumbres, siendo reemplazadas por la cultura del conquistador ¿Qué ha logrado sobrevivir de las culturas precolombinas?


El inventario incluye edificaciones asombrosas como Machu Pichu, Teotihuacán, Copán y cientos de otras construcciones magníficas. Hay seiscientos setenta y un pueblos indígenas, como el pueblo mapuche, un orgullo de la región. Quedan lenguas que sobrevivieron a la hecatombe cultural como el maya o el yanomami y otras decenas. También hoy quedan miles de objetos culturales en museos europeos que algún día Europa tendrá que devolver a sus legítimos dueños. Hay libros como el Popol Vuh, el Chilam Balam, poemas estupendos que salvó la memoria oral. Por fortuna, queda un 40% que logró pasar la criba de la aniquilación y la negligencia o las guerras de independencia.



Las elites culturales de los conquistadores se subordinan, desde un principio, a las culturas hegemónicas mundiales ¿Cuáles han sido las consecuencias de esto en la formación de las distintas sociedades en nuestro continente?


Ante todo la exclusión: actuamos todavía como países periféricos que necesitan la aprobación externa para aceptarnos socialmente. Todavía se forman las élites para acentuar las diferencias y mantener vigente el sistema de pensamiento y dispendio económico. Es una forma de actuación característica del colonialismo. Hoy persiste un legado siniestro: la segregación y la vergüenza étnica, ese pesimismo que conduce a la falta de políticas bien elaboradas para que esta etapa acelerada de la globalización no nos tome desprevenidos.



Usted se refiere a la memoria como eje ontológico ¿Podría ser más explícito?


No hay identidad sin memoria. Uno es lo que recuerda que es. Lo que nos hace humanos es que además de ADN biológico tenemos un ADN cultural que nos permite compartir esperanzas comunes. En el caso de América Latina insisto en cómo nos conforman seis dimensiones de nuestra memoria común; 1)Una memoria conflictiva común de conquista, expolio, esclavitud y genocidio antiguo y contemporáneo; 2) Una memoria indígena geomítica y ecológica; 3) Una memoria africana de transfiguración rítmica; 4)Una memoria hegemónica occidental: sistema religioso, sistema económico, sistema filosófico-ético, con tendencia ecocida; 5)Una memoria periférica de salvación y resistencia, que justifica cíclicamente la rebelión permanente y la revolución; 6)Una memoria negada del olvido de nuestro pasado traumático. A partir de aquí podemos entonces discutir lo que somos.



El tráfico de bienes culturales continúa en pleno siglo XXI ¿Ve alguna posibilidad de detener esto? ¿Existe Interés de los gobiernos afectados por tomar medidas más eficaces y severas?


Hay poco interés justo ahora. La asociación de las bandas de traficantes de arte con el narcotráfico, representa un problema serio. La corrupción de todo el sistema de protección patrimonial mantiene un flujo de bienes culturales que es un gran negocio para miles de personas que viven de esto. En México la situación es grave, en Perú ha sido difícil detener esta exportación ilícita porque hay un mercado gigantesco.



El saqueo cultural también ha afectado a incontables pueblos del mundo en las últimas décadas. Palestina, Sarajevo, Irak, Afganistán, son un ejemplo. Parece ser una historia sin fin, sobre todo mientras haya guerras.


Es una desgracia que mientras más la estudio, más temor siento. A veces creo que esta disposición a la destrucción cultural es una nostalgia humana por volver a la prehistoria




Tomado de LAVQUEN.TRIPOD.COM 


sábado, 29 de junio de 2013

Leer a los clásicos es mejor para tu cerebro que leer a los contemporáneos








Sergio Parra    

15 de enero de 2013




Si a la hora de escoger nuestras próximas lecturas nos olvidáramos por un momento de nuestros filtros estéticos y nuestras preferencias y sólo nos fijáramos en lo enriquecedor que resultará intelectualmente (o cognitivamente, para ser más precisos), entonces deberíamos escoger a los clásicos antes que a los contemporáneos.






Es al menos lo que sugiere un experimento consistente en monitorizar la actividad cerebral de un grupo de voluntarios mientras leían una serie de libros, que ha sido llevado a cabo por un equipo de científicos, psicólogos y académicos de la lengua de la Universidad de Liverpool. Los clásicos que se leyeron pertenecían a las plumas insignes de Shakespeare, William Wordsworth y T.S. Eliot, entre otros.




Al parecer, el escaneo cerebral no dejó lugar a dudas: los clásicos consiguieron disparar la actividad cerebral porque suponían un reto mayor, sobre todo a la hora de entender palabras antiguas o periclitadas. De hecho, se adaptó las obras a un lenguaje más moderno y el efecto cognitivo suplementario se diluyó como por ensalmo. 

William Shakespeare
 


El estudio también apunta que la poesía no sólo son palabras bonitas o un juego de feria con mucha pirotecnia que cuenta con el aval de la elite intelectual sino que los versos incrementan la actividad en el hemisferio derecho del cerebro, el área que se encarga de la memoria autobiográfica, lo que permite reflexionar sobre experiencias propias y enriquecerlas a la luz de lo leído, tal y como explica Philip Davis, profesor de filología inglesa y miembro del equipo de investigación:

La poesía no es solo una cuestión de estilo. Se trata también de profundas interpretaciones de la experiencia que añaden lo emocional y lo biográfico a lo cognitivo.

Eso no nos dice nada sobre la belleza de la poesía, naturalmente, pero al menos sitúa la poesía rimada (y ya no digamos las rimas complejas) al nivel de los autodefinidos o el sudoku.

William Wordsworth


Una prueba más para añadir a los quintales de experimentos ya realizados a propósito de cómo la lectura y la escritura modifica la estructura cerebral hasta límites insospechados. Aunque, en apariencia, un lector tiene la misma pinta que un no lector, incluso que un analfabeto, se podría decir que un lector es, respecto a una persona que nunca ha aprendido a leer, una criatura perteneciente a otra especie.




No sólo hay diferencias estructurales en el cerebro, sino que los cerebros lectores entienden de otra manera el lenguaje, procesan de manera diferente las señales visuales; incluso razonan y forman los recuerdos de otra manera, tal y como señala la psicóloga mexicana Feggy Ostrosky-Solís:

Se ha demostrado que aprender a leer conforma poderosamente el sistema neuropsicológico del adulto.

T.S. Eliot

Los libros son el equivalente intelectual de los antibióticos, los aditivos o el aire acondicionado. Son una tecnología capaz de diluir un poco más nuestra humanidad de serie y moldear nuestro cerebro para alcanzar finisterres que hace apenas unos siglos eran inalcanzables, tal y como explica elocuentemente Nicholas Carr en su libro Superficiales:

Ni que decir tiene que mucha gente había cultivado una capacidad de atención sostenida mucho antes de que llegara el libro e incluso el alfabeto. El cazador, el artesano, el asceta, todos tenían que entrenar su cerebro para controlar y concentrar su atención. Lo notable respecto de la lectura de libros es que en esta tarea la concentración profunda se combinaba con un desciframiento del texto e interpretación de su significado que implicaban una actividad y una eficiencia de orden mental muy considerables. La lectura de una secuencia de páginas impresas era valiosa no sólo por el conocimiento que los lectores adquirían a través de las palabras del autor, sino por la forma en que esas palabras activaban vibraciones intelectuales dentro de sus propias mentes.


Vía | Quo 

 Enlace relacionado:

Reading Shakespeare has dramatic effect on human brain

 

 Tomado de Papel en blanco




viernes, 28 de junio de 2013

"Aprendí a envejecer con nostalgia y sin amargura". Entrevista a la poetisa venezolana ANA ENRIQUETA TERÁN



   






ANA ENRIQUETA TERÁN | 1 DE MARZO DE 1970 


"Aprendí a envejecer con nostalgia y sin amargura" 



Por Rafael José Muñoz





La experiencia de Ana Enriqueta Terán a través de un retiro que duró casi catorce años es rica en enseñanzas de toda índole. Inquietos por lo que ella encontró a lo largo de esos años nos hemos acercado a la poetisa y hemos entablado con ella un diálogo abierto, lleno de sorpresas y de maravillas que ella misma nos ha exaltado a través de una palabra fácil, de un verbo ardiente donde el misterio vibra y donde la artista se siente como presa aún de esa sociedad de la cual no se desprenderá jamás. (…)




—¿Cuáles fueron las razones que la impulsaron a refugiarse en el interior, abandonar la ciudad, desentenderse del mundo de las letras y de la publicidad?


—Esta es una pregunta que temía y que por fin ha sido hecha. Una pregunta difícil que contestaré como respondiéndome a mí misma. Abandoné ciudad y gentes para enfrentarme a mi poesía, a mi propio humano desamparo, y hasta qué punto yo era o no una creación de los demás. Comencé a desconfiar de todo: de lo frívolo y lo trascendental. Por ejemplo, mucho se habló de mi belleza. Yo nunca creí en ella. Hubo siempre una inmensa distancia entre mi persona física y mi trasfondo ontológico. Sin embargo, amé mi cuerpo y todavía no he logrado zafarme de él. Se envejece muy lentamente; pero cuando sea una vieja de verdad mi poesía ganará en lucidez y será infinitamente más libre. En Morrocoy, lugar de mi exilio voluntario, aprendí a envejecer con nostalgia y sin amargura. Aprendí a ver con otros ojos paisaje y pueblo venezolanos. Ya no temo a la edad ni al derrumbe físico –nací en Valera, el 4 de mayo de 1918–. Aprendí también ásperas formas del vivir diario. Esto pudiera parecer una excentricidad o un sacrificio. Ni una cosa ni la otra. En realidad, fui feliz día a día, siempre que no me enfrentara al quehacer poético. Entonces, inventé oficios duros. Hice carpintería: cajas, cubierteras, repisas y hasta un bando bien bueno. Fui maestra de mi hija y de un grupo de niños que se formó alrededor de ella. Tuve animales de todas clases. Pasaba de un oficio a otro, pero el más duro de todos era el de la poesía. (…)


Tomado de Papel Literario

jueves, 27 de junio de 2013

"Dejando aparte la necesidad de ganarse la vida, creo que hay cuatro grandes motivos para escribir..."

Por George Orwell







George Orwell, Por qué escribo

Desde muy corta edad, quizá desde los cinco o seis años, supe que cuando fuese mayor sería escritor. Entre los diecisiete a los veinticuatro años traté de abandonar ese propósito, pero lo hacía dándome cuenta de que con ello traicionaba mi verdadera naturaleza y que tarde o temprano habría de ponerme a escribir libros.


Era yo el segundo de tres hermanos, pero me separaban de cada uno de los dos cinco años, y apenas vi a mi padre hasta que tuve ocho. Por ésta y otras razones me hallaba solitario, y pronto fui adquiriendo desagradables hábitos que me hicieron impopular en mis años escolares. Tenía la costumbre de chiquillo solitario de inventar historias y sostener conversaciones con personas imaginarias, y creo que desde el principio se mezclaron mis ambiciones literarias con la sensación de estar aislado y de ser menospreciado. Sabía que las palabras se me daban bien, así como que podía enfrentarme con hechos desagradables creándome una especie de mundo privado en el que podía obtener ventajas a cambio de mi fracaso en la vida cotidiana. Sin embargo, el volumen de escritos serios, es decir, realizados con intención seria, que produje en toda mi niñez y en mis años adolescentes, no llegó a una docena de páginas. Escribí mi primer poema a la edad de cuatro o cinco años (se lo dicté a mi madre). Tan sólo recuerdo de esa “creación” que trataba de un tigre y que el tigre tenía “dientes como de carne”, frase bastante buena, aunque imagino que el poema sería un plagio de “Tigre, tigre”, de Blake. A mis once años, cuando estalló la guerra de 1914-1918, escribí un poema patriótico que publicó el periódico local, lo mismo que otro, de dos años después, sobre la muerte de Kitchener. De vez en cuando, cuando ya era un poco mayor, escribí malos e inacabados “poemas de la naturaleza” en estilo georgiano. También, unas dos veces, intenté escribir una novela corta que fue un impresionante fracaso. Ésa fue toda la obra con aspiraciones que pasé al papel durante todos aquellos años.

Sin embargo, en ese tiempo me lancé de algún modo a las actividades literarias. Por lo pronto, con material de encargo que produje con facilidad, rapidez y sin que me gustara mucho. Aparte de los ejercicios escolares, escribí vers d’occasion, poemas semicómicos que me salían en lo que me parece ahora una asombrosa velocidad -a los catorce escribí toda una obra teatral rimada, una imitación de Aristófanes, en una semana aproximadamente- y ayudé en la redacción de revistas escolares, tanto en los manuscritos como en la impresión. Esas revistas eran de lo más lamentablemente burlesco que pueda imaginarse, y me molestaba menos en ellas de lo que ahora haría en el más barato periodismo. Pero junto a todo esto, durante quince años o más, llevé a cabo un ejercicio literario: ir imaginando una “historia” continua de mí mismo, una especie de diario que sólo existía en la mente. Creo que ésta es una costumbre en los niños y adolescentes. Siendo todavía muy pequeño, me figuraba que era, por ejemplo, Robin Hood, y me representaba a mí mismo como héroe de emocionantes aventuras, pero pronto dejó mi “narración” de ser groseramente narcisista y se hizo cada vez más la descripción de lo que yo estaba haciendo y de las cosas que veía. Durante algunos minutos fluían por mi cabeza cosas como estas: “Empujo la puerta y entró en la habitación. Un rayo amarillo de luz solar, filtrándose por las cortinas de muselina, caía sobre la mesa, donde una caja de fósforos, medio abierta, estaba junto al tintero. Con la mano derecha en el bolsillo, avanzó hacia la ventana. Abajo, en la calle, un gato con piel de concha perseguía una hoja seca”, etc., etc. Este hábito continuó hasta que tuve unos veinticinco años, cuando ya entré en mis años no literarios. Aunque tenía que buscar, y buscaba las palabras adecuadas, daba la impresión de estar haciendo contra mi voluntad ese esfuerzo descriptivo bajo una especie de coacción que me llegaba del exterior. Supongo que la “narración” reflejaría los estilos de los varios escritores que admiré en diferentes edades, pero recuerdo que siempre tuve la misma meticulosa calidad descriptiva.


Cuando tuve unos dieciséis años descubrí de repente la alegría de las palabras; por ejemplo, los sonidos v las asociaciones de palabras. Unos versos de Paraíso perdido, que ahora no me parecen tan maravillosos, me producían escalofríos. En cuanto a la necesidad de describir cosas, ya sabía a qué atenerme. Así, está claro qué clase de libros quería yo escribir, si puede decirse que entonces deseara yo escribir libros. Lo que más me apetecía era escribir enormes novelas naturalistas con finales desgraciados, llenas de detalladas descripciones y símiles impresionantes, y también llenas de trozos brillantes en los cuales serían utilizadas las Palabras, en parte, por su sonido. Y la verdad es que la primera novela que llegué a terminar, Días de Birmania, escrita a mis treinta años pero que había proyectado mucho antes, es más bien esa clase de libro.

Doy toda esta información de fondo porque no creo que se puedan captar los motivos de un escritor sin saber antes su desarrollo al principio. Sus  temas estarán determinados por la época en que vive -por lo menos esto es cierto en tiempos tumultuosos y revolucionarios como el nuestro-, pero antes de empezar a escribir habrá adquirido una actitud emotiva de la que nunca se librará por completo. Su tarea, sin duda, consistirá en disciplinar su temperamento y evitar atascarse en una edad inmadura, o en algún perverso estado de ánimo: pero si escapa de todas sus primeras influencias, habrá matado su impulso de escribir. Dejando aparte la necesidad de ganarse la vida, creo que hay cuatro grandes motivos para escribir, por lo menos para escribir prosa. Existen en diverso grado en cada escritor, y concretamente en cada uno de ellos varían las proporciones de vez en cuando, según el ambiente en que vive. Son estos motivos:

1. El egoísmo agudo. Deseo de parecer listo, de que hablen de uno, de ser recordado después de la muerte, resarcirse de los mayores que le despreciaron a uno en la infancia, etc., etc. Es una falsedad pretender que no es éste un motivo de gran importancia. Los escritores comparten esta característica con los científicos, artistas, políticos, abogados, militares, negociantes de gran éxito, o sea con la capa superior de la humanidad. La gran masa de los seres humanos no es intensamente egoísta. Después de los treinta años de edad abandonan la ambición individual -muchos casi pierden incluso la impresión de ser individuos y viven principalmente para otros, o sencillamente los ahoga el trabajo. Pero también está la minoría de los bien dotados, los voluntariosos decididos a vivir su propia vida hasta el final, y los escritores pertenecen a esta clase. Habría que decir los escritores serios, que suelen ser más vanos y egoístas que los periodistas, aunque menos interesados por el dinero.


 2. Entusiasmo estético. Percepción de la belleza en el mundo externo o, por otra parte. en las palabras y su acertada combinación. Placer en el impacto de un sonido sobre otro, en la firmeza de la buena prosa o el ritmo de un buen relato. Deseo de compartir una experiencia que uno cree valiosa y que no debería perderse. El motivo estético es muy débil en muchísimos escritores, pero incluso un panfletario o el autor de libros de texto tendrá palabras y frases mimadas que le atraerán por razones no utilitarias; o puede darle especial importancia a la tipografía, la anchura de los márgenes, etc. Ningún libro que esté por encima del nivel de una guía de ferrocarriles estará completamente libre de consideraciones estéticas. 

 3. Impulso histórico. Deseo de ver las cosas como son para hallar los hechos verdaderos y almacenarlos para la posteridad. 

 4. Propósito político, y empleo la palabra "político" en el sentido más amplio posible. Deseo de empujar al mundo en cierta dirección, de alterar la idea que tienen los demás sobre la clase de sociedad que deberían esforzarse en conseguir. Insisto en que ningún libro está libre de matiz político. La opinión de que el arte no debe tener nada que ver con la política ya es en sí misma una actitud política.  


Puede verse ahora cómo estos varios impulsos luchan unos contra otros y cómo fluctúan de una persona a otra y de una a otra época. Por naturaleza -tomando "naturaleza" como el estado al que se llega cuando se empieza a ser adulto- soy una persona en la que los tres primeros motivos pesan más que el cuarto. En una época pacífica podría haber escrito libros ornamentales o simplemente descriptivos y casi no habría tenido en cuenta mis lealtades políticas. Pero me he visto obligado a convertirme en una especie de panfletista. Primero estuve cinco años en una profesión que no me sentaba bien (la Policía Imperial India, en Birmania), y luego pasé pobreza y tuve la impresión de haber fracasado. Esto aumentó mi aversión natural contra la autoridad y me hizo darme cuenta por primera vez de la existencia de las clases trabajadoras, así como mi tarea en Birmania me había hecho entender algo de la naturaleza del imperialismo: pero estas experiencias no fueron suficientes para proporcionarme una orientación política exacta. Luego llegaron Hitler, la guerra civil española, etc.

Éstos y otros acontecimientos de 1936-1937 habían de hacerme ver claramente dónde estaba. Cada línea seria que he escrito desde 1936 lo ha sido, directa o indirectamente, contra el totalitarismo y a favor del socialismo democrático, tal como yo lo entiendo. Me parece una tontería, en un periodo como el nuestro, creer que puede uno evitar escribir sobre esos temas. Todos escriben sobre ellos de un modo u otro. Es sencillamente cuestión del bando que uno toma y de cómo se entra en él. Y cuanto más consciente es uno de su propia tendencia política, más probabilidades tiene de actuar políticamente sin sacrificar la propia integridad estética e intelectual.


Lo que más he querido hacer durante los diez años pasados es convertir los escritos políticos en un arte. Mi punto de partida siempre es de partidismo contra la injusticia. Cuando me siento a escribir un libro no me digo: “Voy a hacer un libro de arte”. Escribo porque hay alguna mentira que quiero dejar al descubierto, algún hecho sobre el que deseo llamar la atención. Y mi preocupación inicial es lograr que me oigan. Pero no podría realizar la tarea de escribir un libro, ni siquiera un largo artículo de revista, si no fuera también una experiencia estética. El que repase mi obra verá que aunque es propaganda directa contiene mucho de lo que un político profesional consideraría inmaterial. No soy capaz, ni me apetece, de abandonar por completo la visión del mundo que adquirí en mi infancia. Mientras siga vivo y con buena salud seguiré concediéndole mucha importancia al estilo en prosa, amando la superficie de la Tierra. Y complaciéndome en objetos sólidos y trozos de información inútil. De nada me serviría intentar suprimir ese aspecto mío. Mi tarea consiste en reconciliar mis arraigados gustos y aversiones con las actividades públicas, no individuales, que esta época nos obliga a todos a realizar.


No es fácil. Suscita problemas de construcción y de lenguaje e implica de un modo nuevo el problema de la veracidad. He aquí un ejemplo de la clase de dificultad que surge. Mi libro sobre la guerra civil española, Homenaje a Cataluña, es, desde luego, un libro decididamente político, pero está escrito en su mayor parte con cierta atención a la forma y bastante objetividad. Procuré decir en él toda la verdad sin violentar mi instinto literario. Pero entre otras cosas contiene un largo capítulo lleno de citas de periódicos y cosas así, defendiendo a los trotskistas acusados de conspirar con Franco. Indudablemente, ese capítulo, que después de un año o dos perdería su interés para cualquier lector corriente, tenía que estropear el libro. Un crítico al que respeto me reprendió por esas páginas: “¿Por qué ha metido usted todo eso?”, me dijo. “Ha convertido lo que podía haber sido un buen libro en periodismo.” Lo que decía era verdad, pero tuve que hacerlo. Yo sabía que muy poca gente en Inglaterra había podido enterarse de que hombres inocentes estaban siendo falsamente acusados. Y si esto no me hubiera irritado, nunca habría escrito el libro.


De una u otra forma este problema vuelve a presentarse. El problema del lenguaje es más sutil y llevaría más tiempo discutirlo. Sólo diré que en los últimos años he tratado de escribir menos pintorescamente y con más exactitud. En todo caso, descubro que cuando ha perfeccionado uno su estilo, ya ha entrado en otra fase estilística. Rebelión en la granja fue el primer libro en el que traté, con plena conciencia de lo que estaba haciendo, de fundir el propósito político y el artístico. No he escrito una novela desde hace siete años, aunque espero escribir otra enseguida.


Seguramente será un fracaso —todo libro lo es—, pero sé con cierta claridad qué clase de libro quiero escribir.


Mirando la última página, o las dos últimas, veo que he hecho parecer que mis motivos al escribir han estado inspirados sólo por el espíritu público. No quiero dejar que esa impresión sea la última. Todos los escritores son vanidosos, egoístas y perezosos, y en el mismo fondo de sus motivos hay un misterio. Escribir un libro es una lucha horrible y agotadora, como una larga y penosa enfermedad. Nunca debería uno emprender esa tarea si no le impulsara algún demonio al que no se puede resistir y comprender. Por lo que uno sabe, ese demonio es sencillamente el mismo instinto que hace a un bebé lloriquear para llamar la atención. Y, sin embargo, es también cierto que nada legible puede escribir uno si no lucha constantemente por borrar la propia personalidad. La buena prosa es como un cristal de ventana. No puedo decir con certeza cuál de mis motivos es el más fuerte, pero sé cuáles de ellos merecen ser seguidos. Y volviendo la vista a lo que llevo escrito hasta ahora, veo que cuando me ha faltado un propósito político es invariablemente cuando he escrito libros sin vida y me he visto traicionado al escribir trozos llenos de fuegos artificiales, frases sin sentido, adjetivos decorativos y, en general, tonterías.


***


Publicado originalmente en la Revista Grangel (1946).



George Orwell, Por qué escribo. Traducción de Rafael Vázquez Zamora. Texto incluido en A mi manera(editorial Destino, 1976)



Tomado de bertigo y prodavinci



miércoles, 26 de junio de 2013

"Al hombre moderno le falta conquistar la fe"

Entrevista al cientifico venezolano HUMBERTO FERNÁNDEZ MORÁN, creador del bisturí de diamante




HUMBERTO FERNÁNDEZ MORÁN | 21 DE JULIO DE 1968
"Al hombre moderno le falta conquistar la fe"
 


Por Lorenzo Batallán

La dinámica del profesor Humberto Fernández Morán (18 de febrero de 1924 - Maracaibo, estado Zulia, / 17 de Marzo de 1999 -Estocolmo, Suecia), es uno de los signos externos de su personalidad. Conversar con él es como dialogar con el futuro. La universalidad de su mente contagia el entusiasmo de quienes le oyen y aún a los ciudadanos comunes nos hace la impresión —escuchándolo— de comprender el lenguaje del siglo XXI (…) Es un sembrador de fe y su convencimiento es tan intimo y sincero, que involuntariamente no señala cuanto nos falta por hacer, pero entregándonos también las confianzas y la seguridad efectiva de que podemos hacerlo. De que lo haremos.


—¿Cuál es la tragedia del científico latinoamericano?

—La frustración del hombre que se siente capaz de crear ciencia original en su propio país pero a quién se le niegan los medios y, por ello, se ve forzado a emigrar a lugares más propicios.


—¿Qué terapia propone?

—La única forma de contrarrestar estos fenómenos es la de crear en el país un ambiente favorable y ante todo garantizar la continuidad del apoyo a la investigación y enseñanza científica, pues todo en la ciencia se mide en años, decenios y siglos. Los países poderosos y superdesarrollados son aquellos que han prestado mayor continuidad en el apoyo a sus científicos. 


Tomado de El Nacional




martes, 25 de junio de 2013

El exilio permanente. Entrevista a Fatma El Medi Asma, presidenta de la Unión Nacional de Mujeres Saharaui




20 de abril de 2012

El Sahara Occidental fue conquistado primero por España y, después, por Marruecos. Estas sucesivas ocupaciones tuvieron y tienen efectos directos sobre la vida de las mujeres. Además de la pobreza y la opresión, su propia cosmovisión está amenazada: las abuelas ya no son las jefas de familia ni se protege como antes a las mujeres en caso de divorcio. Fatma El Medi Asma, líder de la resistencia de las saharaui en Argelia, visitó la Argentina y conversó con Las 12 para dar a conocer una historia con muchas más riquezas que el mito occidental de la nada en el desierto.


Por Luciana Peker

Fatma El Medi Asma es la presidenta de la Unión Nacional de Mujeres Saharaui. Ella tuvo que huir de Sahara Occidental, su país, cuando tenía siete años, por un camino que duró tres días y fue el más duro de sus 42 años de vida, hasta llegar a un campo de refugiados en Argelia, igual que otras 173 mil personas, principalmente, mujeres y niños/as. Habla en castellano porque España colonizó su país hasta que, sin tregua, fue invadida por Marruecos. Hoy lucha por la independencia de su territorio. Pero también por las condiciones de las mujeres que viven en Sahara, relegadas a la pobreza, a pesar de las riquezas de la región, por la falta de educación y, por lo tanto, de trabajo. No hay una sola universidad en un país que se pretende autónomo, pero Marruecos tilda de provincia.

La inequidad de la soberanía se complica con la tradición. La cultura marca que las mujeres deben quedarse a cuidar a sus padres. Y si ellas no pueden irse, ni pueden estudiar donde están, no logran capacitarse ni avanzar. Todo complota contra ellas.

Pero son otras mujeres las que luchan por su independencia y por la cosmovisión de su cultura que, lejos de los prejuicios occidentales sobre el Islam, defiende la libertad de las mujeres de casarse y divorciarse, de tener hijos con hombres distintos, les da el lugar de mayor autoridad familiar a las abuelas y protege absolutamente a las esposas (en lo social y económico) frente a un divorcio.

Fatma visitó la Argentina y se reunió con organismos de derechos humanos y las Madres de Plaza de Mayo para pedir apoyo en su reclamo de soberanía. Ella contó su vida a Las/12 en una historia que empieza con una carretera de huidas y partos entre gritos y muerte. Una historia que le pesa. Pero que también ella quiere relatar para construir futuro en ese camino por el que ella quiere regresar a su país cuando sea –nuevamente– un país.

LA RESISTENCIA ESPUMANTE

Ella tiene tres hijos –y otra hija más que murió– y un marido. Estudió en Libia. Pero tuvo que volver al campamento cuando su padre murió para cuidar a sus diez hermanos. Pero no está atada a la penumbra, sino dispuesta a la liberación. De visita por Brasil y Argentina se la ve envuelta en una tela liviana, en una semana porteña de abril que sorprende por no dar lugar a la brisa del otoño, pero que a ella, viniendo del Sahara, la sorprende que se la designe como calurosa. La tela la recubre de cuerpo entero y también su cabeza. El vestido se llama melpha. No luce igual que una occidental y eso se nota, más que en el departamento en el que se aloja, cuando se sale al pasillo o a la calle y, simplemente, estar cubierta marca la diferencia.

Una pregunta clave es si la desnudez occidental nos libera o nos ata a la esclavitud del cuerpo homogénico. Pero, más allá de ese debate, su tela se diferencia de otras burkas, sotanas, polleras, pelucas o coberturas de diferentes interpretaciones de las religiones que judíos, musulmanes y católicos vuelcan como una posible opresión textil sobre sus fieles. La melpha de Fatma no sólo es liviana –como un gran pareo– sino que además sus tonos lilas le dan una vivacidad que, ni siquiera a través del prejuicio del juego de las diferencias, da lugar a verla como una mujer tapada de sí misma.

La liviandad también se acompaña por su amabilidad. Ella está descalza por rito con sus pies pintados de un color morado y apoyados sobre una alfombra. Pero no pide a sus comensales que la sigan. Parecería una decisión de respetar su camino sin exigir que todos los pies anden por su mismo recorrido. Habla un español –su tercera lengua después de árabe y hassania– tan llano que una causa que parece tan lejana como la independencia de Sahara se vuelve cercana, comprensible, tan propia aunque su continente sea Africa y sus vecinos de enfrente sean las islas Canarias.

El territorio que ella defiende y del cual proclama la bandera verde, blanca, negra y roja está conquistado por Marruecos y signado por muros que superan a los ladrillos que ya cayeron en Berlín o que todavía siguen entre Israel y Palestina. Su lugar de exilio es un campamento de refugiados en la frontera del Sahara con Argelia. Pero su raíz común es la conquista de España que terminó en 1975, pero que Marruecos invadió inmediatamente. En ese momento ella huyó a Tinduf. Ahora son 500.000. Tal vez muy pocos para hacer peso. Pero muchos para seguir con el sometimiento.

Su religión es la islámica. Ella cuenta de diferencias. Pero diferencias que tejen orgullos o distinciones. Ninguna frontera infranqueable. También cuenta de las riquezas de su país en pesca, para derribar el mito de la arena infinita, y en minería. “Nuestra riqueza fue nuestra condena a la pobreza”, sentencia Fatma y la sentencia recuerda al destierro que el escritor Eduardo Galeano relató en Las venas abiertas de América Latina, que sin duda ya irrumpió con la lógica del despojo como efecto de la posesión en Oriente y Africa, desde el valor del oro en Potosí –que convirtió a Bolivia en campo de arraso de sus riquezas y de la pobreza de sus habitantes– hasta las actuales peleas por el oro, el gas, el petróleo y el agua que atraviesan la actualidad en la visita en que Fatma visita Argentina. Tan cerca, tan lejos. Tan raro, tan igual.
Es por eso que para acercarse –o mostrar lo cerca que estamos– es que ella viajó hasta Argentina y, ya en la entrevista, las palabras tienen un ritual que las hace desear. Ella acerca a sus comensales el mayor de sus agasajos: un té saharaui: un manjar, una bienvenida, una ronda de afecto, una metáfora.

El té viene con ella. No está procesado, ni elaborado, ni molido, ni puesto en saquitos. Son hebras sin contaminantes que conservan su sabor natural. Pero, en verdad, la pureza no es su distinción. El sabor se asemeja al del té verde. Hasta ahí sus sabores de raíz oriental y nuestros sabores abiertos a volvernos sommeliers en catas podrían suprimir la sorpresa en la garganta. El secreto está en el encanto de las manos. El cobijo de las tacitas. La corriente que produce la infusión beduina en su inquietante ir y venir.

No hay palabras antes del té, ni palabras sin té. El encuentro tiene que ser regado con un sorbo cálido. Ella sirve la yerba en la tetera caliente. Sirve en tres vasos –pequeños, un convite al sorbo más que a un trago largo– y cuenta que la tetera tiene que alcanzar hasta tres reposiciones. Ella vuelca la mezcla. Pero el elixir de su propia cultura no está en lo que se vuelca, sino cómo se vuelca: una, dos, tres veces de un vaso a otro, hasta que el calor y el frío se dejan confundir y se mezclan, hasta que el líquido se mixtura de aromas y texturas y se vuelve espuma. La ceremonia crece hasta volverse suave manjar: bienvenida.

“Está muy mal visto si vas a una familia y no te ofrecen té. Sobre todo la gente beduina que suele trasladarse de un lado a otro en camello y, aunque no tengan comida (también, generalmente, carne de camello), para ellos el té es todo –relata–. Después la persona puede tomar tres vasos. El primero es ‘amargo como la vida’, el segundo ‘dulce como el amor’ y el tercero ‘suave como la muerte’. El té es una forma de mirar la vida.”

Fatma mira la vida desde un lugar que no es el suyo, desde los siete años, cuando huyó de Sahara Occidental, por la invasión de Marruecos, en 1975 y se trasladó hasta un campo de refugiados en un desierto ubicado en Argelia. Desde 1884 su tierra había sido colonia española –nos une ese antecedente histórico–, pero cuando Europa abandonó el poder Marruecos no dejo lugar para la independencia. “La invasión marroquí fue cuando España empezó a retirarse”, apunta.



lunes, 24 de junio de 2013

La literatura europea se abre camino en Estados Unidos







Con la ayuda de editoriales independientes y la acción de las agencias e instituciones culturales del Viejo Continente, la literatura europea por fin se está abriendo camino en Estados Unidos, un país que tradicionalmente evita los libros traducidos.








10 diciembre 2010


THE NEW YORK TIMES NUEVA  YORK

Librería Melville House, Nueva York.








Larry Rohter




El éxito arrollador de la trilogía “Millenium” de Stieg Larsson indica que en lo que respecta a la literatura contemporánea traducida, los estadounidenses al menos están dispuestos a leer novela policíaca escandinava. Pero en el caso de obras de otras regiones y otros géneros, ganarse el interés de las grandes editoriales y los lectores de Estados Unidos sigue siendo una dura lucha.

Stieg Larsson
Entre los editores y los institutos culturales extranjeros, el rechazo tradicional de los estadounidenses a la literatura traducida se conoce como “el problema del 3 por ciento”. Pero ahora, con la esperanza de aumentar su minúscula cuota en el mercado estadounidense de los libros, que es de alrededor del tres por ciento, los gobiernos y las fundaciones extranjeras, en especial las de los márgenes de Europa, se han puesto manos a la obra y se han lanzado a la lucha editorial en Estados Unidos.
La campaña ya no se limita a los idiomas más hablados como el francés o el alemán. Desde Rumanía, pasando por Cataluña y hasta Islandia, los institutos y las agencias culturales están subvencionando la publicación de libros en inglés, financiando la formación de los traductores, animando a sus escritores a que realicen giras por Estados Unidos, rindiéndose a técnicas promocionales y de márketing estadounidenses de las que antes huían y explotando los nichos existentes en el sector editorial.
“Nos hemos planteado esta misión como un objetivo estratégico, un compromiso a largo plazo para penetrar en el mercado estadounidense”, comentaba Corina Suteu, directora de la sede neoyorquina de los Institutos Nacionales de la Unión Europea para la Cultura y responsable del Instituto Cultural Rumano. “Para los países europeos, ya sean grandes o pequeños, la literatura siempre será una de las claves de su existencia cultural y reconocemos que esta es la única forma de lograr que esa literatura esté presente en Estados Unidos”.

Internet, un poderoso aliado


Por ejemplo, Dalkey Archive Press, una pequeña editorial en Illinois, con más de 25 años de especialización en obras traducidas, este año ha iniciado una serie de literatura eslovena, financiada por grupos oficiales en Eslovenia. El primer libro de la serie, “Necrópolis” de Boris Pahor, son unas impactantes memorias en un campo de concentración de la Segunda Guerra Mundial, una obra que se ha comparado con lo mejor de Elie Wiesel y Primo Levi. Dalkey también va a comenzar una serie similar en hebreo y catalán, además de otras obras suizas. En cada caso, una agencia de financiación del país anfitrión subvenciona la publicación y participa en la promoción y la comercialización de la obra en Estados Unidos, una tarea que fácilmente puede costar 10.000 dólares o más por cada libro.

Portada y contraportada de Necrópolis de Boris Pahor
Con presupuestos limitados y un acceso aún más restringido a los medios de comunicación dominantes, las agencias culturales extranjeras además han recurrido a Internet como aliada en la promoción de sus productos. Open Letter, la editorial literaria de la Universidad de Rochester, especializada en literatura traducida, ha creado un sitio web con el irónico nombre de Three Percent (Tres por ciento). Este sitio se ha convertido en un animado foro para debatir y comentar no sólo este asunto, sino también el oficio de la traducción. Otro sitio, Words Without Borders, fundado en 2003, publica en línea libros traducidos y además ofrece un espacio en el que los traductores pueden presentar muestras de sus trabajos con la esperanza de atraer a editores comerciales.

Tierno Monénembo
Incluso el gigante en la venta de libros Amazon.com se ha introducido en este ámbito, con una nueva editorial de literatura traducida llamada AmazonCrossing. La primera publicación, “El rey de Kahel”, una novela escrita en francés por el guineano Tierno Monénembo, se publicó en noviembre. Ya se han anunciado cinco títulos más, todos de ficción, excepto uno de ellos.

Algunos desconfían de Amazon


Aunque algunas editoriales independientes se alegran de la creciente implicación y apoyo de Amazon a las obras literarias traducidas, otras observan sus acciones con recelo. Dennis Loy Johnson de Melville House generó todo un escándalo al atacar lo que él denominaba las “prácticas depredadoras y camorristas” de Amazon, afirmando que “estaba claro que los intereses de Amazon y los de la cultura saludable de los libros, ya sean electrónicos o no, son opuestos”.
Los institutos culturales gubernamentales, como el Institut Ramon Llull, dedicado al fomento del idioma y la cultura de Cataluña, al noreste de España, también han contribuido a financiar conferencias y traducciones de libros y otros patrocinan los viajes para llevar a los traductores estadounidenses a sus países, con el fin de que conozcan mejor su cultura y sus gentes.
“Para estas personas es evidente que aquí hay muy poco apoyo para este tipo de trabajo y que ese apoyo tendrá que venir de fuera” del sector editorial, comentaba Esther Allen, antigua directora de PEN Translation Fund. “En las editoriales comerciales establecidas continúa arraigada la idea de que el consumidor estadounidense no quiere leer traducciones”

Tomado de Presseurop



domingo, 23 de junio de 2013

"Castro es una persona que sabe manipular y reprimir... ":

Una entrevista a Alina Fernández, la hija de Fidel Castro






 11 Nov 2012


Durante su primera niñez, la figura de Fidel Castro tuvo para Alina Fernández (La Habana, 1957) una entidad doble y despareja. De un lado, como para la mayoría de los cubanos, el comandante era el líder persuasivo y magnético que acostumbraba arengar al pueblo desde la pantalla de la TV. De otro, y al mismo tiempo, Castro era un señor de una amabilidad un poco distante que con cierta frecuencia solía visitar a Alma y a su madre, la bellísima Nati Revuelta, en su domicilio familiar. Ambos personajes convivieron sin mayor conflicto en la vida de la pequeña hasta que un día, cuando ya hacía algunos años que se habían terminado aquellos encuentros, Alina se enteró de lo que hasta entonces nadie había estimado conveniente que supiera: que su nacimiento había sido, en realidad, fruto de la relación entre su mamá y Fidel Castro. Han pasado más de cuatro décadas desde aquella revelación, y en la severa semblanza que Alina Fernández hace de su padre biológico —“un hombre enamorado del poder”, dice— sólo parecen pesar sus vivencias políticas. 





Si alguna cuenta personal tenía pendiente esta mujer, exiliada desde 1993, la debió de resolver en sus Memorias de la hija rebelde de Fidel Castro; porque, ahora, todas sus críticas y sus recelos se refieren únicamente a la trayectoria de un hombre al que censura por el triste presente al que, según ella, ha conducido a su país. “Cuba es un país que está reducido a sí mismo y a su propio ejemplo. Muy desinformado, muy aislado... Y, sobre todo, muy politizado de acuerdo al interés del Partido Comunista...”, comentó Alina Fernández desde Miami, en una charla telefónica propiciada a cuento del estreno mundial, esta noche, de una biografía exhaustiva sobre el mandatario cubano que emite el canal de cable National Geographic






La figura de Castro cunde para retratos absolutamente dispares. Dos ejemplos: de él, el cineasta norteamericano Oliver Stone ha dicho que es “uno de los hombres más sabios” que ha conocido. Y, también, que es “un superviviente y un Quijote”. Vargas Llosa lo ha calificado, por su parte, de “paranoico megalómano”.

-¿Cuál es el perfil que mejor re-trata a Castro?

—Yo no creo que una persona que llega al poder y que lo mantiene durante cerca de mecho siglo sea un Quijote. Sabio sí es; pero no ningún anacoreta de las Tebaidas. Castro es una persona que sabe manipular y reprimir... Y eso no es un acto quijotesco. 


—Para usted, ¿es un revolucionado o un dictador?

—Las dos cosas: fue un revolucionario y ahora es un dictador. Hay cosas que no se pueden negar de él: en los años en los que inició la revolución fue una voz muy importante en Latinoamérica. Promovió un sueño universal de justicia social y tuvo un momento de liderazgo en los países no alineados... Pero se enamoró del poder. Y eso es más importante que todo aquello que ofreció y prometió... El ha sabido usar muy bien el sentimiento antinorteamericano, que no sólo existe en Latinoamérica, sino en el mundo entero.., En cambio, con el pretexto de liberación y justicia ha metido su ideología en todas partes del mundo; probablemente en más lugares que aquellos en los que han puesto los pies los norteamericanos. Y así vemos hoy el ejemplo de Venezuela, que no es nada feliz. 






-¿Qué cosas buenas trajo la revolución?

—Fue una especie de faro para el continente...

-Pero según usted, se malogró


—Se malogró en el momento en que comenzaron a fusilar gente, que fue al principio... Yo creo que él supo vender un sueño; de lo que no estoy convencida es de que él también lo soñara. Creo que supo vender muy bien esa idea de la justicia social, pero después utilizó ostensiblemente métodos dictatoriales. El régimen de terror empezó desde el mismo inicio de la revolución, desde 1959. Enseguida la gente supo que no se podía disentir porque se jugaba la vida...


-Llegaría a decir que Fidel engañó a la gente con un sueño en el que él no creía?

—Yo no sé si él creía o no; no quiero ponerle calificativos de mentiroso porque no creo que sea mi rol... Su sueño revolucionario de justicia prendió no sólo en América latina, sino también en otros lugares, como en Africa... Además, fue una persona que se supo asociar muy bien a la leyenda del Che Guevara —de hecho, él la creó...—, y que supo jugar muy bien la carta del antiyanquismo...

—Qué lugar le dará la historia?

—La historia es la que va a tener que juzgarlo... Cuba, 45 años después, está en la miseria más absoluta...

—¿Diría que el sueño no se ha cumplido en nada?

—Cuba es una lección que nos deja el siglo XX: los pueblos deben aprender que sus líderes pueden traicionarlos... 






—¿Cuántos Fídeles existen en Cuba?

—Ninguna dictadura existe sin apoyo. En Cuba estuvieron con Fidel los que hicieron la revolución con él, y muchos de ellos siguen en actividad... Y hay que pensar que Cuba es un país en el que la información ha estado limitada hasta hace muy poco...

—Qué hubiera sido de Cuba sin Fidel?

—Creo que hubiéramos corrido el destino más o menos triste que han corrido otros países en Latinoamérica, Recuerdo que en el año ‘59 la Argentina era el primer país de Latinoamérica y Cuba, el segundo. Y hay que ver dónde estamos los dos ahora...

—Y qué hubiera sido de Cuba sin Estados Unidos?

—Creo que la influencia de EE.UU. forma parte de la propaganda. Se considera que la isla es como el pequeño David ante Goliat, y eso no es tan cierto... Toda la historia del embargo resulta muy conveniente. Por decir algo: el mayor vendedor de alimentos a Cuba es Estados Unidos. Se están haciendo ventas por una cantidad desorbitante...

—¿Cómo puede ayudar a Cuba la comunidad internacional?

—Es un país tan hermético que la comunidad internacional tiene muy poca injerencia. Aunque también creo que ahora la situación está en un punto muy álgido con nuestros presos políticos, que se están muriendo en la cárcel... Creo que la comunidad internacional ha ensayado todo tipo de método con el régimen de La Habana: de la cordialidad al diálogo pasando por el hermetismo. Y ninguno da resultado: Cuba es como una finca dominada por una sola persona... 





—Se acostumbra decir que los países tienen los gobiernos que se merecen. ¿Vale para el caso cubano?

—La revolución tuvo el apoyo popular, pero también es cierto que hubo sublevaciones e intentos de derribar al gobierno que fueron arrasados a fuego... No todo el mundo ha oído hablar de los pueblos fantasmas, que fueron pueblos que, cuando se sublevaron los campesinos en las villas, los arrasaron, y donde mandaron a las familias presas, para reubicarlas después en otras provincias. Eso fue al principio de la revolución... Entonces tampoco se puede decir que la revolución ocurrió sin que la gente reaccionara desde un principio. El triunfo de la revolución y los vivas duraron unos días, pero enseguida se comenzaron a televisar los fusilamientos... Hubo verdaderos focos de resistencia, pero la gente comenzó a atemorizarse.

—¿Cómo describiría la evolución del castrismo?

—El problema es ése: que no ha habido evolución. Ha sido un inmovilismo político y económico respecto del movimiento del resto del mundo de casi medio siglo.

Creo que al final a Castro lo mueve el afán por promover su ideología o su figura, sacrificando al país entero...

—¿Por qué insiste en no ceder el poder?

—El poder es casi un afrodisíaco. Está demostrado que los hombres, se enamoran del poder. 

Y en el caso de Castro, también es un modo de supervivencia... 


—¿Cómo explica la fascinación que ejerce la figura de Castro? 

—La explica el hecho de que Castro es un gran político, una figura con mucho carisma; una persona astuta... Un animal político. 

–Cuando triunfó la revolución usted tenía unos tres años... 

–Yo era muy pequeñita… Fidel hizo una marcha hacia La Habana que duró muchos días. Entonces quitaron los cartoons de la TV y pusieron a los barbudos avanzando. Aquello fue una entrada triunfal: se veía la alegría del pueblo... A partir de ahí las cosas empezaron a ir a un ritmo muy desordenado. Recuerdo que nosotros teníamos hábitos de vida de familiar; poco menos de un año después ya nada de eso quedaba. No había familia, no había nada… 

–Y usted, ¿cuándo se desencantó de la revolución? 

–Yo me sentía muy incómoda desde pequeña, porque me obligaban a ir a los llamados trabajos voluntarios. Una de las características de Cuba es que todo tiene una doble lectura: el trabajo voluntario es obligatorio; entonces, con 11 años, te separaban de la familia y te obligaban a ir al campo a trabajar en unas condiciones terribles… Siempre me molestó esa forma de engaño. Y me molestaba el no poder tener iniciativa ni poder desarrollar una identidad propia… 

–¿Está preparada Cuba para sobrevivir a Fidel? 

–Creo que sí. Hay gente que ha recibido una buena educación. Y somos tres millones de personas fuera de Cuba que también nos hemos educado y que estamos dispuestos a ayudar… 

–¿Piensa en volver? 

–Sí, en la medida en que pueda ser útil a mi país, sí. 


Por Sergio Sotelo

Alina Fernández, nacida en La Habana en 1957, es hija de Fidel Castro y de Nati Revuelta. Su apellido lo tomó del esposo de su madre, el doctor Orlando Fernández. Antes de iniciar la carrera diplomática cursó estudios en la Escuela de Medicina de La Habana. Durante tres años fue modelo de La Maison, una empresa cubana dedicada a la moda. Se exilió en 1993. Vivió en Nueva York, Atlanta y Madrid. Actualmente reside en Miami, donde trabaja en radio y tv.

Tomada de La nación