domingo, 19 de junio de 2016

Muhammad Ali: la poética del ring




Estimados Amigos

Hoy les traemos un gancho al hígado que nos  da Carlos Yusti y que remueve las capas sentimentales que yacen en la busaca de los recuerdos. Yusti nos pasea en el ring, como una mariposa, mientras nos hace su acercamiento particular a la imagen del más grande:  Muhammad Ali


Deseamos disfruten del texto.



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Carlos Yusti

Sábado 18 de junio de 2016




El boxeo en su época de esplendor se convirtió en una justa a la antigua. Poseía algunas características inconfundibles que lo acercaban bastante a un enfrentamiento caballeresco del medioevo. Dejando de lado su puntual brutalidad, el boxeo contemporáneo fue, por así decirlo, el deporte de caballeros por antonomasia. Dos hombres median su fortaleza física, sus destrezas para moverse en el cuadrilátero y su habilidad para esquivar, propinar y recibir golpes. No había artilugios en el deporte de los coliflores, que diría Cortázar, no había truco pero si una magia dolorosa que canalizaba nuestros instintos menos espirituales. Uno de sus gladiadores más connotados, una de sus grandes leyendas es, y será por siempre, Muhammad Ali o Cassius Clay.

David Remnick publicó en 1999 una impresionante biografía sobre Clay titulada: El Rey del mundo: la ascensión de Muhammad Ali. Remnick rastrea la vida del pequeño bocazas de Louisville, Kentucky, quien a fuerza de coraje, inteligencia y fanfarronería publicitaria llegaría a la cima de los pesos pesados. Remnick narra con exacto pulso novelesco los pormenores de sus combates decisivos y su activismo ciudadano con los musulmanes negros en un tiempo (años sesenta) en el que abundaban los héroes contraculturales que acaparaban la atención de un público siempre ávido de héroes, sean deportistas, músicos que cantan al diablo, líderes políticos infectados de anticomunismo o santurrones, que por televisión hicieron de la fe un negocio tan desproporcionado y tan degradado como el de la comida chatarra.



Muhammad Ali fue el símbolo distintivo de una época que se caracterizó por un movimiento cultural bullicioso e irreverente que amaba la paz y la droga. Aportó al boxeo cierta pompa, cierto estilo inconfundible en el que mezcló el más aparatoso histrionismo de payaso con la inteligencia de un zorro para hacer frente a sus adversarios. Quizá fue el primer boxeador que comenzó a utilizar el cerebro para imponer un ritmo de pelea inusual, y aunque nunca fue un noqueador efectista/efectivo su talento para moverse, su agilidad para mover sus manos, le permitió ganar muchos combates. Era un negro pendenciero, un bocón redomado y escurridizo que se burlaba de sus oponentes fuera y dentro del cuadrilátero.


Su frase “soy el más grande”, proferida a grito herido, le acaparó del público el odio y el amor en una equilibrada proporción. Muchos querían verlo morder el polvo, pero al mismo tiempo deseaban que el bocazas se saliera bien librado. Clay tenía carisma, poseía un ángel especial que le situaba más allá de su pellejo negro y de su jactancia barriobajera, herencia de las bravatas parlanchinas e histéricas que armaba su padre Cassius.


Los sentimientos que despertaba Clay en sus admiradores y detractores no le importaron nunca. Iba a su propio ritmo. Tenía un olfato para la pasta, poseía un sentido innato para el espectáculo y no veía al boxeo como un deporte sino como un show donde él era la estrella principal, lo demás era sólo relleno, parte del decorado. Actuaba ante el público, ante las cámaras de televisión y ante los periodistas. Luego se subía al ring todo grave y circunspecto. Allí, frente a su oponente, era tan veloz como su lengua. Iba y venía como una danzarina, pero siempre golpeando a su contrincante. Con lentitud los iba desmoronando. Entre golpe y huida iba escribiendo su leyenda, iba escribiendo una singular poética. Al ver a Clay en viejas películas desplazándose y golpeando con tal facilidad parece que el boxeo fuese cosa de niños. Clay peleaba con su cabeza y esa fue la gran diferencia. Pensar y golpear. Ese fue su gran secreto. La frase que definía su estilo, “vuela como una mariposa y pica como una abeja”, fue puntual.


En 1964 venció a Sonny Liston. De pronto su habladuría de ser el más grande se convirtió en realidad. Era el campeón indiscutible de los pesos pesados. Hoy en día esa figura temblorosa y débil que estaba presente en algunos acontecimientos deportivos, y que era objeto de infinidad de homenajes, distaba mucho del Clay inicial. Luego de coronarse campeón mundial no estaba dispuesto a ser un negro modelo como algunos de sus predecesores. Como era ya un hombre-anuncio decidió explotar esa cualidad. Se cambió de nombre y comenzó a hacer propaganda por los musulmanes negros.

Portada de la historieta de 1978  Superman vs. Muhammad Ali. Are de  Neal Adams.


Sus combates contra Foreman y Frazier fueron legendarios. Llegó un momento en su carrera pugilística en la que no tenía rivales, y ya en el declive, Clay se asumió mucho más como atracción circense que como boxeador. En una ocasión se enfrentó a un boxeador tailandés, también campeón mundial en su estilo, que se limitó a golpearlo durante quince asaltos en el muslo. La pelea defraudó a todo el mundo.


Su ocaso estuvo teñido por el cariño de la gente común y aquejado del mal de Parkinson no se rindió nunca y se limitó a pasear su resentido cuerpo por los escenarios del mundo. Silencioso y con un brillo ajado en sus ojos recibió los homenajes y las condecoraciones de rigor. Hasta el final fue un hombre-anuncio aunque sin la ferocidad de abeja de antaño. El boxeo en la actualidad no ha muerto del todo a pesar de que por el ensogado pasa mucho bulto, mucho boxeador inflado con publicidad y peleas arregladas. No hay ya ningún Clay con el seso suficiente que encienda las pasiones más dispares. Sólo hay bestialidad torpe sin ningún asomo de esa poesía épica que le imprimió al boxeo el más grande de todos: Muhammad Ali.



Una vieja comiquita transmitida por el canal venezolano Venevisión


Tomado de Letralia 



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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.



Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordina la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal


 Tomado de Letralia



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