martes, 7 de febrero de 2017

EL HOMBRE BALA





Amigos de esta página, todos unidos por el disfrute de la literatura.


Hoy les acercamos este cuento de un escritor español. Tiene  para nosotros el atractivo de que el autor no ha escrito nunca literatura, sus libros y otros trabajos publicados o no, son ensayos y libros de análisis político, tal es su profesión. Sin embargo, hace poco nos sorprendió gratamente con este cuento, que, como podrán leer, es una conversación sostenida casualmente con un personaje del circo. Nostálgico, cercano a los sueños y a lo imposible, como es recuperar el brillo de lo perdido.

Graciela Bonnet

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Se llamaba Ernesto Aceña y había sido el hombre bala más famoso de su tiempo. El tiempo en el que el circo era el mayor espectáculo de un mundo mucho más pequeño que el nuestro, y en el que el hombre bala era una estrella en el firmamento de domadores de leones, malabaristas con turbante, trapecistas con ropas de colores y tragasables de acero.

-    Yo llegué más lejos que nadie, ¿sabe usted?, el primero en superar los 50 metros. Y cayendo sobre una red, ¿sabe usted?, no sobre uno de esos colchones hinchables.

-    ¿La red es peor? -le pregunté.

-    Es más peligrosa, puede romperse, puede haber una grieta. Tiene que estar bien ajustada. No demasiado tensa porque puedes rebotar o hacerte daño al caer. No demasiado floja porque te quedas hecho un ovillo y te puedes romper los brazos o las piernas. Pero es –buscó las palabras- más espectacular, el público lo puede ver todo y de eso se trata. Es un espectáculo ¿sabe usted? Un espectáculo, de eso se trata. Mire –dijo mientras rebuscaba en su cartera y sacaba una vieja foto.

Toda una época dibujaba el orgullo de sus logros en los colores –amarillo, azul, rojo- de su malla, su cinturón, su casco y su capa. Ese era su tiempo,  “más lejos, más alto, más rápido”, decía el cartel que lo anunciaba. 

-    Ahora todo acabó. Los chicos prefieren esos videojuegos y a los padres, bueno, yo creo que les da vergüenza ir solos. Además están los ecologistas, animalistas se llaman, en cualquier momento te montan un lío, a ver quién se atreve a tener fieras. Se ha acabado el tiempo del circo, se ha acabado el espectáculo y a nadie le interesa ya el hombre bala.

Volvió a zambullir sus ojos en el vaso.

-    Las cosas eran más sencillas entonces. Me jugaba la vida cada día, es verdad, pero sabía lo que tenía que hacer. En el centro de la red estaba la diana y ahí tenía que caer, solo dependía de mí y sabía que si hacía bien mi trabajo no habría problema. No crea que era poca cosa: hay que calibrar bien el cañón y para eso hay que tener en cuenta la distancia hasta la red, la fuerza del viento, incluso la humedad. Si hace demasiado viento es terrible, ahí sí que te la juegas, puede empujarte un poco más allá o un poco más acá de la red y se acaba la faena. Lo notas desde que entras en el cañón, sientes cómo se mece suavemente con el viento, esperas mirando fijamente la boca del cañón, atrapado, con los ojos fijos en ese azul implacable del cielo. Entonces acaba la música de la banda y llega el empujón del perno, fuerte, te estremece desde los pies a la cabeza. En cuanto sales del cañón y notas el golpe de viento en el rostro sabes si algo va mal, si vas a pasarte o quedarte corto, pero ya no hay nada que hacer. Ya está hecha la faena. 





Se desabrochó los tres primeros botones de la parte de arriba de su raída camisa dejando ver una piel blanca, casi lechosa, y algo de vello blanco en su pecho. Era un hombre delgado, enjuto, aunque llevaba una ropa al menos dos tallas más grandes.

-    Mire –me dijo señalando una amplia cicatriz rosada que parecía servir de junta de unión entre el hombro y el brazo-, Los Ángeles, 1985. Casi pierdo el brazo. Hacía demasiado viento, lo supe en cuanto sentí la bofetada de aire en el rostro. Salió en la prensa, ¿sabe usted? Mire –me dijo mientras se subía el pantalón hasta dejar ver una rodilla remendada con una costura que se extendía hasta la mitad de la pierna- esto fue en Barcelona, tuve tres roturas y me quedé un poco cojo. Eso fue lo peor porque es verdad que yo podía seguir haciendo mi trabajo igual que lo había hecho siempre, eso le dije al director del circo, pero él me decía que un hombre bala no puede ser cojo, que hay algo ahí que no encaja. Y tenía razón, esto es un espectáculo y los niños no se creen a un hombre bala cojo. Eso se entiende. No sabe cómo duele cuando cambia el tiempo, sobre todo cuando llega el invierno. 

Dio un sorbo.

-    Te la jugabas. Y había accidentes, ¿sabe usted? Estaba aquel, ¿cómo se llamaba? Cayó fuera de la red y se destrozó la espalda, debía ser a mediados de los ochenta. Daba miedo cuando lo pensabas, claro, pero era un espectáculo y simplemente intentabas no pensarlo. Al menos hasta que veías el cielo azul por la boca del cañón, pero entonces ya era tarde. Yo tuve suerte, fue la pierna, pude seguir trabajando en circos pequeños, de una sola pista, de los que van por los pueblos y los barrios. Después de tantos años arriba cuesta un poco aceptarlo, al principio pensé que no era justo, que lo había dado todo por el circo, pero es así, es un espectáculo, ¿sabe usted? Y yo estaba cojo.

De nuevo se quedó absorto en el vaso, como si allí viviese lo que quedaba de sus recuerdos.

-    No crea que era poca cosa, pero si hacías lo que tenías que hacer y lo hacías bien no debía haber problemas. La vida en el circo no es sencilla ¿sabe usted? Hay muchos celos, muchas envidias, sobre todo de los payasos. Porque ellos hacían reír a los niños con sus torpezas y sus tonterías, los niños se reían sí, y se burlaban de ellos, pero a mí me miraban como se mira a un héroe, a mí me admiraban. Cuando yo actuaba no se escuchaban risas sino un enorme ¡Ohhhhh! Antes de la lluvia de aplausos. Ellos me tenían celos, lo notaba cuando les veía observarme mientras firmaba autógrafos y repartía fotos, los niños gritaban “¡hombre bala, hombre bala!” y me las quitaban de las manos. No me podía fiar de los payasos, hay muchos celos en el circo. Siempre revisaba el cañón antes de meterme dentro y me aseguraba de que mi mujer, que era mi ayudante, no dejase acercarse a nadie. Ella me dejó, ¿sabe usted? Dijo que estaba cansada de ir de un sitio para otro, que eso no era vida. Mi padre me lo había advertido antes de casarnos, “mira hijo, que ella no es del circo -me decía- que no está acostumbrada a esto -me decía”. Pero yo no quise verlo. Ella era muy guapa ¿sabe usted?, muy guapa. Mi padre me lo advirtió.

-    Yo también soy divorciado.
 

-    Sí, te la jugabas cada día –siguió como si no hubiese escuchado nada- pero sabías lo que tenías que hacer, todos queríamos llegar un poco más lejos. Era un espectáculo, eso era, y a la gente le gustaba. Todo tenía un sentido ¿sabe usted? la vida es muy diferente cuando casi cada día tienes que mirar al cielo desde un agujero y sabes que ahí, acechando, está la muerte. Ahora se esconde la muerte, cuando yo era chico vivíamos con ella. Recuerdo muy bien mi primer muerto, fue la mujer del director, yo debía tener unos once años y la quería mucho porque siempre me daba madalenas a cambio de un beso o de una canción. Ella no tenía hijos ¿sabe usted? Y creo que me adoptó un poco. La velamos toda la noche, excepto los niños más pequeños. Recuerdo como si la estuviese viendo tumbada en el ataúd, recuerdo su rostro acartonado, pero sobre todo recuerdo que me acerqué a darle un beso de despedida y estaba fría, me aparté como si alguien hubiese tirado de mí pero nunca he podido quitarme de encima esa sensación y aún hoy, cuando hace frío, vuelvo a recordarla. No me gusta el frío, hace que me duela la rodilla. Pero sabíamos lo que era la muerte, sabíamos que estaba ahí, que nos iba a llegar a todos; y cuando llegaba, lo pasábamos entre todos, era parte del orden de la vida. Hoy escondemos a los muertos y a los moribundos, los metemos en hospitales, en tanatorios, que no se vean, que no se sientan, que no existan. Como si no fuéramos a morirnos todos, como si fuéramos a vivir para siempre. Supongo que es más cómodo – dijo mientras se levantaba de la banqueta y se dirigía a la puerta arrastrando la pierna- así se aguantan más las cosas. Pero el azul está ahí –señaló al cielo- al otro lado de la boca del cañón, por más que te empeñes en no levantar los ojos.  



Miguel Ángel Simón



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Graciela Bonnet


 Nació en Córdoba, Argentina, en 1958. Es Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela (1984). Ha trabajado 25 años como correctora de pruebas y supervisora de ediciones por contrato para todas las editoriales venezolanas, entre ellas Monte Avila, Planeta, Biblioteca Ayacucho, ediciones de la Casa de la Poesía, Pomaire, Eclepsidra, Santillana, Editorial Pequeña Venecia, La Liebre Libre. Experiencia de tres años como redactora free lance para una editorial de libros de autoayuda. Escritora fantasma (sin firma) realizó investigaciones para crear libros, novelas, tesis y monografías.Es dibujante amateur. En 1997 el grupo editorial Eclepsidra publicó su poemario "En Caso de que Todo Falle." En 2013 editorial Lector Cómplice editó "Libretas Doradas, Lápices de Carbón" En el año 2000 participó del encuentro de Mujeres Poetas en Cereté, Colombia.




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Miguel Ángel Simón

Doctor en Ciencia Política y Administración Pública y autor de varios libros y artículos. Ha desarrollado su carrera docente en prestigiosas universidades de Estados Unidos, Francia y España. Junto a su experiencia académica, tiene una amplia trayectoria profesional como asesor de comunicación política e institucional.
 

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