domingo, 26 de febrero de 2017

LOS COMICS DE SUPER-HEROES. Parte V/VI:

La evolución.



               


                                               

Estimados Amigos

Hoy es  domingo y le traemos el suplemento dominical de comiquitas. Hoy la saga del escritor español Joan Antoni Fernández continua con la quinta entrega de la fascinante historia de los superheroes. Solo resta un último episodio.

Deseamos disfruten de la entrada.


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Desde finales de los años sesenta se produce una llamativa evolución en los cómics de Estados Unidos. Es entonces cuando en dicha sociedad irrumpe un movimiento contracultural, totalmente transgresor, libertario e incluso libertino, que se denominó cultura underground. Esto afectó especialmente al cómic debido al auge de la televisión, un medio que atrajo a las capas más conservadoras del público, dejando bastante más libres de censura tanto al cine como a la narrativa de dibujos.



Autores como Robert Crumb y su revista Zap zarandearon las normas establecidas. Su personaje emblemático, Fritz the Cat, cultivador de un feísmo y una permisividad sexual desconocidas hasta entonces, hizo caer muchas barreras. Algo más alejando, Richard Corben, colaborador de revistas como Vampirella o Creepshow, estrenaba en 1973 su obra más famosa: Den. Sus potentes figuras realizadas con aerógrafo, repletas de una gran fantasía alucinatoria y teñidas de tendencias neoexperesionistas, marcaron un hito a seguir.



Naturalmente, en el mundillo de los comics-book las cosas no iban tan deprisa ni tan lejos. Pero algo se notaba en el ambiente. Era la época del movimiento pacifista, las sustancias psicotrópicas y los pantalones acampanados. Marvel creaba Héroes de Alquiler: Puño de Hierro y Hombre Poder, una pareja de héroes no tan en la línea ideológica de un Capitán América bastante desfasado. Por su parte, el gran Jim Starlin triunfaba con Warlock, un personaje cósmico que nos elevaba a otro plano más introspectivo, donde acechaban gran cantidad de dudas morales. Digamos que la aventura metafísica se enseñoreó de muchas páginas. Era el momento de las extraordinarias viñetas experimentales de Neal Adams en The X-Men o el estilo de resonancias prerrafaelistas de Barry Smith en Conan the Barbarian



En los setenta Jack Kirby abandonó Marvel y fichó por la competencia. En DC creó varias series, como Forever People, New Gods o Mr. Miracle, pero ninguna tuvo el éxito esperado. Faltaba aquella chispa de los diálogos que la colaboración con Stan Lee otorgaba a sus anteriores trabajos. Así Kirby regresó de nuevo a Marvel, donde crearía Los Eternos, también bastante mediocre, o Black Panther. A pesar del dinamismo de las historias era evidente que Kirby no era el de antes. Por ello, en 1978, se retiró definitivamente del mundo del cómic. Con él se iba toda una época.



Pero en Marvel ya habían encontrado sustitutos para seguir montados en la cúspide del éxito. La llegada de John Byrne y Chris Claremont relanzó Uncanny X-Men hasta cotas insospechadas de popularidad. Las ventas se dispararon y todo el mundo hablaba de los mutantes, ese nuevo fenómeno. Más tarde daría obras como la novela gráfica Dios ama, el hombre mata, sin duda una pequeña joya que resiste el paso del tiempo, tanto por su temática como por su estilo. Y es que al rebufo de esta exitosa serie surgió una infinidad de colecciones idénticas: Nuevos Mutantes, X-Factor, Excalibur. Pero todas ellas irían desapareciendo abandonadas por los lectores, siendo al instante sustituidas por otras en una vorágine sin precedentes.



Por su parte, Spider-Man seguía gustando al público. Tras el abandono de Steve Ditko al dibujo, su sucesor fue John Romita. Los cambios resultaron evidentes. Ditko, gran admirador de Will Eisner, había dotado a los personajes de unos rostros a medio camino de lo caricaturesco, mientras que el héroe adoptaba unas posturas realmente imposibles, dignas de una araña. La propia Nueva York que dibujaba era más parecida a la Gotham de Batman que a la ciudad de The Fantastic Four. Romita, por el contrario, pondría las cosas en su sitio. Su héroe ganaría musculatura y adoptaría poses más "normales", los edificios de la ciudad serían fácilmente reconocibles y las chicas ganarían en belleza. Pero tal vez el mayor logro del nuevo equipo Lee/Romita fuera su concienciación en los temas sociales. Spider-Man huía de la vieja política conservadora y belicista para abrazar posturas mucho más liberales. Aunque de forma vaga y sin cargar nada las tintas, temas como el movimiento estudiantil, la reforma penitenciaria o el peligro de las drogas hacían su aparición en los argumentos de la serie. Incluso los horrores de Vietnam eran tratados a través de uno de sus personajes, Flash Thompson.



En el año 1976, fruto de un buen entendimiento comercial, surgió una extrañeza: Superman Versus Spider-Man, The Battle of the Century. Aunque parecía increíble, DC y Marvel se habían puesto de acuerdo para editar de forma conjunta un comic-book con sus dos personajes más emblemáticos. Gerry Conway y Ross Andru fueron los artífices de aquel crossover (cruce de colecciones) entre compañías. El resultado económico no debió de ser malo, pues de forma esporádica ambas editoriales han insistido en otras colaboraciones, ya fuera con los mismos u otros personajes de cada factoría.



Marvel pareció encontrarle el gusto a los crossovers y aprovechó el tirón para crear su serie Secret Wars, que hasta tuvo una continuación al poco tiempo. Allí todos los super-héroes del Universo Marvel se unían para luchar entre sí o más tarde contra el Todopoderoso. Pero siendo sinceros, existía más emoción en cualquier aparición del viejo Galactus, ese devorador de mundos creado por Lee y Kirby en los sesenta, que no en toda aquella parafernalia con un componente mercantilista Al final, tal vez lo único bueno que salió de aquel embrollo fue la creación de la saga del traje alienígena de Spider-Man, que plasmaría uno de los mejores equipos creativos del personaje: Tom de Falco y Roger Stern, dando lugar con el tiempo al nacimiento de Venom, el más mortal enemigo del arácnido.



Tiempos convulsos, aunque no del todo malos, ni mucho menos. El guionista y dibujante Walter Simonson aterrizaba en la serie Thor y relanzaba al personaje hacia una nueva Era Dorada. La creación del personaje Bill Rayos Beta, un alienígena de grotesco aspecto pero de gran nobleza que era capaz de sujetar el martillo encantado Mjolnir, la exitosa y excelente Saga de Surtur, las aventuras de Balder, incluso la desternillante historia menor donde el propio Thor se convertía en rana, todo era explicado con una épica y un humor excelentes, convirtiendo la etapa Simonson en un clásico imprescindible.



Por otro lado Jim Starlin insistía en su vena cósmica, ofreciendo para Marvel joyas como La muerte del Capitán Marvel (donde por primera vez un super-héroe moría de verdad, y encima por culpa del cáncer), El Guantelete del Infinito o Thanos Quest, todo siempre con su impecable estilo y esa forma de narrar tan absorbente que hacía de sus historias pequeños clásicos. Y sin olvidar su serie Dreadstar, un hito en el género. Años después escribiría también para DC su Cosmic Odissey, aprovechando en parte los Nuevos Dioses que creara Kirby, y con un dibujante de lujo: Mike Mignola.



Tampoco podemos dejar de señalar a Peter David, el guionista que tras afianzarse en Spider-Man explotó todo su talento en la serie Hulk, dotando al personaje de una hondura impensable hasta entonces, fusionando drama, ironía y humor, a la vez que narrando varios arcos argumentales dignos de figurar en un museo del cómic (Mr. Fixit, Futuro Imperfecto, El Panteón). Durante casi una década llevaría la colección con mano firme para gozo de sus seguidores.



Pero a pesar de todo ello corrían malos tiempos para la industria del cómic. Tanto DC como Marvel intentaban acaparar el mercado, saturando las estanterías de títulos. La conclusión lógica fue un hundimiento en las ventas, lo que llevó a la cancelación de la mayoría de las series editadas. Entonces, para capear la crisis, se creó un nuevo concepto: las series limitadas. DC comenzó con World of Krypton (1979) y The Untold Legend of Batman (1980), por Len Wein, John Byrne y Jim Aparo. Finalmente, en 1985, comenzó a editarse Crisis en las Tierra Infinitas con guiones de Marv Wolfman y dibujos de George Pèrez.  Aparte de celebrar el 50 aniversario de DC, la serie sirvió para limpiar de mundos paralelos el universo propio y definir nuevamente a sus personajes principales. Superman fue retocado por John Byrne y Wonder Woman por George Pérez. Pero tal vez el más exitoso fuera el Batman Año Uno de Frank Miller y David Mazzuchelli.



Frank Miller irrumpió con fuerza en Daredevil de Marvel. Su “Born again” marca un antes y un después, no sólo en la colección y en la evolución de dicho personaje, también en la forma de entender los cómics de super-héroes. Digamos sin ambages que fueron dos los artífices del cambio que se produjo en los ochenta. Por un lado Miller, y por el otro Alan Moore. Estos dos autores dotaron de un estilo narrativo propio a las historias que se contaron a partir de entonces. Frank Miller nos presenta unos héroes oscuros, atormentados y pletóricos de frustraciones. Atrás ha quedado la época alegre que se desprendía en las aventuras de los años cincuenta y sesenta. Los personajes se analizan psicológicamente y más que la lucha contra los villanos, el lector asiste a una batalla en el interior de la psique de los protagonistas. Miller lanzó a Daredevil hacia la fama, al mismo tiempo que creaba personajes secundarios que darían tanto juego como Elektra. No contento con ello, marchó a DC para crear una serie bastante insólita: Ronin. La compañía accedió a realizar esta miniserie de seis episodios, un formato nunca utilizado por ellos, para poder contar con Miller. Porque su siguiente trabajo todavía sería más atípico: una serie limitada de cuatro ejemplares de 48 páginas cada uno. Un formato tan exitoso que pasó a denominarse formato “prestige”. ¿Su nombre? Sin lugar a dudas un gran clásico: Dark Knight, en castellano El Señor de la Noche. Se trata de una absorbente historia de sobras conocida por todo buen aficionado al cómic.



Frank Miller nos presentó a un Batman atípico, retirado de su actividad justiciera a los cincuenta y cinco años, el cual había de volver a la lucha por última vez. Todo un éxito de ventas que aupó a su creador hasta la cima. Poseedor de un estilo oscuro e impactarte que aunaba historia interesante con un gran dibujo artístico, Frank Miller se había convertido en una auténtica celebridad y dotaba de nueva vida al personaje de Batman. El propio Tim Burton se basaría en todo este material para confeccionar su película sobre el personaje.



De Alan Moore se podría escribir un tratado entero. Simplemente digamos que en su faceta de guionista de super-héroes comenzó a descollar en Inglaterra para Marvel U.K. con historias sobre Captain Britain, un intento fallido de trasladar el fenómeno a Europa. Muchos son los trabajos que pueden mencionarse de Moore, todos ellos dignos de elogio. D. R. & Quinch o The Ballard of Halo Jones tal vez sean las más completas. Pero el salto decisivo fue su paso a Estados Unidos y su posterior contrato con D.C., para la que realizaría sus más grandes trabajos. Aunque guionizó episodios esporádicos tanto de Superman como de Batman (La broma asesina, tal vez sea el más célebre), no podemos olvidar a The Swamp Thing, donde alcanzaría la fama. En colaboración con el dibujante Rick Veitch empezó atando cabos sueltos del personaje para luego, en el número 21, redefinirlo en una auténtica joya para todo buen amante de los cómics. Nos referimos a Lección de anatomía, donde remodeló a La Cosa del Pantano y la lanzó hacia el estrellato. La saga American Gothic consiguió aunar el relato de super-héroes con el de terror y nos dejaba entrever lo que había de venir.



Porque llegó Watchmen, la serie que marcaría un antes y un después. En ella se produjo el momento álgido donde los cómics de super-héroes podían presumir de contar con una auténtica obra maestra. No nos extenderemos en la presente reseña sobre tan grandioso trabajo, se requeriría un solo artículo para tal tema. Baste decir que después de Watchmen los comic-books alcanzaron al fin su mayoría de edad. No todo lo publicado a continuación sería bueno, ni siquiera otras obras del propio Moore. Pero a partir de aquel momento siempre existiría un gran referente en el género.

Joan Antoni Fernández

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Joan Antoni Fernández nació en Barcelona el año 1957, actualmente vive retirado en Argentona. Escritor desde su más tierna infancia ha ido pasando desde ensuciar paredes hasta pergeñar novelas en una progresión ascendente que parece no tener fin. Enfant terrible de la Ci-Fi hispana, ha sido ganador de premios fallidos como el ASCII o el Terra Ignota, que fenecieron sin que el pobre hombre viera un céntimo. Inasequible al desaliento, ha quedado finalista de premios como UPC, Ignotus, Alberto Magno, Espiral, El Melocotón Mecánico y Manuel de Pedrolo, premio éste que finalmente ganó en su edición del 2005. Ha publicado relatos, artículos y reseñas en Ciberpaís, Nexus, A Quien Corresponda, La Plaga, Maelström, Valis, Dark Star, Pulp Magazine, Nitecuento y Gigamesh, así como en las webs Ficción Científica, NGC 3660 y BEM On Line, donde además mantenía junto a Toni Segarra la sección Scrath! dedicada al mundo de los cómics. Que la mayoría de estas publicaciones haya ido cerrando es una simple coincidencia... según su abogado. También es colaborador habitual en todo tipo de libros de antologías, aunque sean de Star Trek ("Últimas Fronteras II"), habiendo participado en más de una docena de ellas (Espiral, Albemuth, Libro Andrómeda, etc.). Hasta la fecha ha publicado siete libros: "Reflejo en el agua", "Policía Sideral", "Vacío Imperfecto", “Esencia divina”, “La mirada del abismo”, “Democracia cibernética” y “A vuestras mentes dispersas”. Además, amenaza con nuevas publicaciones. Su madre piensa que escribe bien, su familia y amigos piensan que sólo escribe y él ni siquiera piensa.

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