sábado, 11 de febrero de 2017

Para recordar a Alfredo Maneiro






Estimados Amigos

Hoy tenemos el placer de hacerles llegar un texto de nuestro amigo Carlos Yusti donde hace un acercamiento al político venezolano  Alfredo Maneiro.

Deseamos disfruten de la entrada.

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Carlos Yusti


Alfredo Maneiro nació en Caracas un 30 de enero de 1937 y por ese motivo se realizó un conversatorio en torno a sus ideas políticas y a su travesía humana rica en chispeantes anécdotas. Los ponentes fueron David Paravisini, Roger Capella y David Arraiz. Cada uno fue desgranando de forma personal a ese Alfredo Maneiro que conocieron y con quien compartieron andanzas humanas y políticas.

Alfredo Maneiro no fue un teórico de nada, aunque tenía un buen arsenal para la escritura jamás tuvo interés en ser un político de escritorio, en un teórico endomingado del devenir político.  Fue hombre al que le gustaba experimentar con la política desde su practicidad más impetuosa y siempre nadando a contracorriente. En la tertulia se dijo que él siempre estuvo claro que  La Causa R sería la comidilla suculenta del mundo político, la organización hazmerreir para los otros partidos de viejo cuño. Pero esto no le quitaba el sueño; su visión de futuro era de largo alcance y nunca se preocupó por la inmediatez de los procesos sociales o políticos.

Esta tertulia me hizo quitarle las telarañas a un viejo texto que escribí sobre Maneiro. He reescrito algunos párrafos para recordarlo desde el afecto, la mejor manera de recordar a los amigos y a los maestros.



Alfredo Maneiro: pasión, cultura y calidad política


Los filósofos de la Grecia Clásica convirtieron la expresión oral en su mejor carta de presentación. Hicieron de la plaza pública un aula virtual para sus disertaciones y propuestas. No eran productores de opiniones, sino de ideas y conceptos trascendentales sobre el mundo y los hombres. No escribieron nunca. Además consideraban la palabra escrita como una abyección de la palabra oral. Los filósofos griegos demostraron gran competencia en el dominio de la comunicación hablada, como consecuencia de ese inigualable talento pronto tuvieron seguidores y discípulos.

Alfredo Maneiro, el sempiterno fundador de ese experimento político que se llamó La Causa R, emparentaba mucho con los filósofos de aquella Grecia del diálogo, la democracia y la filosofía. Alfredo Maneiro fue un orador vehemente, inteligente, memorioso. Jamás alardeaba de nada aunque había realizado su respectiva pasantía por la guerrilla, era profesor universitario y se había graduado summa cum laude en filosofía. Cuando su verbo generaba ideas te envolvía con gran lucidez, al punto tal que sus interlocutores se quedaban boquiabiertos. Si relataba algo, uno, incrédulo, no sabía si estaba mintiendo con enorme imaginación o diciendo la verdad con invenciones de su propia cosecha. Cuando Alfredo Maneiro hablaba seducía de manera irremediable. Era bajo, regordete y ágil como su verbo siempre perspicaz, punzante, creativo y oportuno.

Maneiro, luego de toda su travesía revolucionaria, que se podría denominar como dura, y de su ruptura con el Movimiento al socialismo MAS, quedó un tanto a la intemperie. No obstante no iba a deshojar la margarita bajo la sombra de sus aciertos y fracasos políticos mientras el país político se fragmentaba en muchos pedazos, y donde a las claras iban quedando, en los puestos claves del poder, oportunistas y politicastros de oficio, sin mencionar a ese MAS dialogante y parlamentario algo descolorido. Por último estaban los sobrevivientes de las guerrillas rumiando su derrota, escribiendo libros, muy mal escritos, de sus andanzas y desentendiéndose de todo quehacer social. Luego estaba una buena porción de izquierdistas atrincherados en las universidades donde había más pasión y tirapiedrismo que proyecto político de largo alcance. A modo grueso el país se encontraba en un marasmo político algo difuso. Maneiro como una especie de filósofo urbano fue nucleando simpatizantes y adeptos hasta consolidar un movimiento sin ideología, pero con un proyecto claro para la toma del poder no por la puerta de servicio. Para llegar a lo que fue en su momento de esplendor La Causa R. Maneiro realizó tanteos y experiencias políticas heterodoxas. Así nació Procatia, El Agua Mansa, Bafle y el Prag. Luego vendría el equipo de Los Matanceros y El Nuevo Sindicalismo.



Alfredo Maneiro no escribió mucho, sin embargo en sus entrevistas, artículos de opinión y discursos que se han recopilado de manera póstuma (Notas políticas, Ediciones El Agua Mansa) dejó pruebas de su agudeza mental, de su intrincada genialidad política.

Anotar que Alfredo Maneiro fue un político más es recuadrarlo de manera simplista. Se podría argumentar que fue por sobre todo un pragmático transparente de la política. Más que teorizar le gustaba vivir la política desde la piel y la entraña. No es casual que su tesis de grado abordara la figura nada cómoda de Maquiavelo. Para corroborar esto hay una anécdota, algo distorsionada por el trapicheo oral, que vale la pena relatar. Cuando Alfredo estuvo de vuelta en la vida mundana y silvestre continuaba conspirando. En ese trance consiguió una buena suma de dinero para adquirir armas. Viajó al exterior y realizó los contactos pertinentes. Durante el viaje conoció a un viejo impresor europeo que estaba rematando una maquinaria de impresión Heidelberg. Sin pensarlo mucho cerró el trato con el impresor. Compró un arma poderosa y terrible: una imprenta. Cuando los bisoños camaradas le reclamaban su falta de visión, Maneiro sólo exclamaba: “Ustedes no están en la capacidad para diferenciar una  Kaláshnikova AK-47 de una lavadora automática”.

Las salidas retóricas y los malabarismos dialécticos de Alfredo Maneiro fueron proverbiales y poseían ese inigualable sello de la brillantez y el humor. Por lo general le preguntaban cuál era la ideología de La Causa R, y él respondía sin ambages: “Democrática en el sentido que le daba Marx: cuando el movimiento revolucionario conquista el poder, conquista la democracia. Ampliación y profundización de la democracia son los lineamientos ideológicos de La Causa R”. Por supuesto que todo era retórica de la más barata, pero Maneiro lo decía con tal convicción que pasaba como una verdad inamovible y plausible. La Causa R era un partido estalinista en su estructura que desconocía cualquier disidencia. En otra oportunidad le preguntaron sobre el programa de gobierno y Maneiro a una velocidad impresionante contestó: “La Constitución Nacional. Llevar a la práctica todo lo contemplado en nuestra carta magna sería un acto radical y revolucionario”.

Con respecto a los intelectuales, donde él se incluía, claro, escribió: “Los intelectuales quedarían libres de toda culpa si no fuera porque está entre sus responsabilidades la de contribuir a dar un giro a la situación de descomposición, fariseísmo, entrega, despolitización y frivolidad que sufre el país (...). Cuando la ideología —llámese petróleo, betamax, Miami o pobreza resignada— encandila hasta la ceguera al conjunto popular, alguien tiene que contribuir a detener la ceguera o despejar la ilusión. Y ese —¿cuál otro?— es el papel que le atribuimos a la inteligencia que queremos. Nada más ni nada menos que lo que nos exigimos a nosotros mismos”.

Maneiro que estudió filosofía un poco por azar escogió a Nicolás Maquiavelo para su tesis de grado porque veía en autor del  El Príncipe, a un reflexivo pragmático, a un hombre que vivió en carne propia en ese lodazal político de la intriga palaciega y luego de caer en desgracia pudo reflexionar a distancia sobre su peripecia personal. Fue un hombre al revés: ejerció la  política desde la arena de la contiende y luego teorizó sobre ella con todo el arsenal de sus lecturas y de su aciaga experiencia personal. Alfredo Maneiro, sin duda, vio en Maquiavelo algo así como un espejo de feria (ese que distorsiona las imágenes) donde él se veía con las distorsiones del caso o como el propio Maneiro escribió: “...Maquiavelo el político, secretario del Consejo y embajador, hacedor y deshacedor de entuertos, hubo de retirarse —o, de ser retirado, que ambas cosas fue el caso— de la escena de los hechos para entrar en el de la teoría (...). Maquiavelo no escribe sus memorias ni hace literatura testimonial... Al contrario, Maquiavelo intenta la síntesis de la experiencia de su época, trabaja en la memoria de la humanidad europea y lo hace con una economía, capacidad de abstracción y sobre todo, claridad de intención tal, que el resultado no sólo soporta la comparación con no importa cuál otro texto de la teoría política, de la filosofía de praxis o de la llamada filosofía social...”.

Maneiro, luego de salir de la clandestinidad, la cárcel y la montaña, no se retira tampoco a escribir su librito testimonial sobre su experiencia como guerrillero, no se deja ganar ni por la frustración, o la nostalgia, sino que teoriza, organiza, busca aliados y de esa manera prepara una nueva trinchera de lucha más acorde con los tiempos contemporáneos.

Le sobró inteligencia, claridad y visión. Entre tanta chatarra y hojalata retórica de los politicastros brutazos de hoy, habría que rescatar el metal reluciente de sus ideas y opiniones. Sus seguidores le deben una lectura más política que luctuosa. Para terminar, una frase de Alfredo Maneiro que a los politicuchos de hoy, que han cambiado la chaqueta verde o blanca por la franela roja, les va de perlas: “Tenemos que desconfiar de esos cruzados que van a Tierra Santa montados en la grupa del caballo saladino, de esa gente que abotona el florete y hace digerible su reforma, de esos tardíos alumnos de Lampedusa”.

Fue un filósofo a su modo. Un Maquiavelo exquisito. Un inspirado del marxismo. Como intelectual estuvo siempre tratando de cambiar la realidad. Era un político culto, raro hoy día. Un pequeñoburgués que fumaba puros y que leía a los clásicos. Fue un maestro del arte político en su más excelso sentido. Más que recordarlo hay que leer los pocos textos que escribió y sobre todo sus entrevistas que dejan en claro su aguda inteligencia política y su gran sentido revolucionario. Sus alumnos y deudos políticos son un grupo de apocados lastimeros; la plebeyez política sin lectura y nada que ofrecer desde el cerebro o el corazón.


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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.



Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordina la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal


 Tomado de Letralia

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