sábado, 16 de junio de 2018

Sergio Ramírez, el retratista de la épica a domicilio


Sergio Ramirez. Fotograía de Yuri Valecillo



Sergio Ramírez, el retratista de la épica a domicilio

Carlos YUSTI

Al escritor nicaragüense Sergio Ramírez le he leído con cierta constante inconstancia. O sea,  con altibajos y en ocaciones con largos paréntesis. No por culpa de la escritura de Sergio Ramírez, sino por el aparatoso ritmo de lectura que he llevado, para salir un poco de la rutina que en ocasiones imponen los libros, sino pregunten al pobre Alonso Quijano, que tuvo que salir de su biblioteca para encontrar en la realidad, que le era adversa y para nada literaria, para experimentar la aventura de su vida más extraña, desaforada y fantástica que la leída en sus libros de caballería. Se sale de los libros para entrar en la metáfora de la vida la cual, como dijera el Adriano de Marguerite Yourcenar, te va enseñando los libros.

Marguerite Yourcenar

Leí de adolescente su novela ¿Te dio miedo la sangre?, editada por Monte Ávila Editores (la de la cuarta claro). Luego tuve noticias que su novela Castigo divino, se convirtió en un éxito inesperado de la televisión. Después leí su crónica sobre la travesía sandinista, Adiós Muchachos. Una utopía que cerró sin broche de oro, al parecer se robaron el broche, con una enorme corruptela que incluía piñata, brujería, persecución rastrera al poeta Ernesto Cardenal, incesto y un florido etcétera nada prístino y al final resultaron menos revolucionarios y más politicastros de oficio.

El premio Cervantes otorgado a Sergio Ramírez coincide con una Nicaragua envuelta en protestas, incendios y muertes no por casualidad en su discurso el premiado anota: “Cerrar los ojos, apagar la luz, bajar la cortina, es traicionar el oficio. Todo irá a desembocar tarde o temprano en el relato, todo entrará sin remedio en las aguas de la novela. Y lo que calla o mal escribe la historia, lo dirá la imaginación, dueña y señora de la libertad, “por la que se puede y debe aventurar la vida”, pues no hay nada que pueda y deba ser más libre que la escritura, en mengua de sí misma cuando paga tributos al poder el que, cuando no es democrático, sólo quiere fidelidades incondicionales. Somos más bien testigos de cargo”.

Sergio Ramirez. Fotograía de Yuri Valecillo

Esa fidelidad a la imaginación, a las mentiras verdaderas de la literatura es lo que en definitiva me gusta de Sergio Ramírez. Ese no darle tregua, ni sosiego, ni respiro  a la realidad por lo más cruda que se presente; ese no inclinarse ante el contrabando de sombras del poder y que ofrece felicidad al mayoreo cuando en realidad solo busca sacar su pedazo de pastel, contante y sonante, por servicios prestados.

En su libro Mentiras verdaderas escribe: “Las guerras, las hambrunas, las tragedias colectivas, los crímenes ocurren dentro de nuestras casas. Son sucesos domésticos, pertenecen a una épica a domicilio”. En unas páginas más adelantes de este libro utiliza un mueble, que hizo su abuelo materno, quien era un ebanista aficionado, como ejemplo para encarar el oficio de la escritura o como él lo escribe: “Para fabricar un mueble se parte de una idea de árbol, el árbol que se alza ante los vientos entre la abigarrada y oscura multitud del bosque. Es necesario elegir uno de ellos, apreciar su fuste, las rugosidades de su corteza, la extensión de sus raíces, la solemnidad de su estatura, la frondosidad de su ramaje y entonces, hay que cortarlo. Y después de cortarlo, aserrarlo en piezas, ensamblar esas piezas, darles una forma; cuidar que las junturas no dejen luces -entre juntura y juntura no puede pasar la luz-; y por fin tallar, lijar, pulir, barnizar. Nada sobrevive de aquella forma de árbol, pero es el árbol. Entre el árbol y el mueble, entre la materia del árbol y la transformación de la materia en un mueble, queda de por medio la apropiación de esa materia, apropiación que es el proceso de convertir la realidad en imaginación y la imaginación en lenguaje; un proceso que requerirá de diversas herramientas, como las del carpintero que era mi abuelo: plomada, escoplo, buril. Y rigor, disciplina, sentido de las proporciones, medidas de la estética, amor de la perfección…”

Detrás de ese afán de comparar el oficio de la escritura con el burdo trabajo artesanal (como lo hizo el poeta Eugenio Montejo al comparar la composición de un poema con la hechura del pan, de la pequeña panadería familiar en la que creció) existe como una poética, hay como un recuperación de ese menudo trabajo manual que de alguna es similar al trabajo con las palabras y que tiene muchos puntos de contactos con hacer el pan, construir un mueble u organizar todo el encofrado de madera, que era la responsabilidad de mi padre, para vaciar una placa de concreto. Todos estos trabajos llevan implícitos  constancia, disciplina, pero sobre todo un aprender cada día para alcanzar cierta maestría única e irrepetible sin otro truco que el trabajo implacable. Por otra parte con el trabajo con el lenguaje no hay otra manera, sino compromiso de artesanía esmerada y pasionaria.

Gioconda Belli. Fotografía de Yuri Valecillo. 

Husmear la vida vista por el ojo de la cerradura de lo literario es lo que hace un escritor y si es competente buscará darle a todo eso que observa cierto simbólica estética. Intentará hacer un retrato, con palabras, de lo humano desde la trinchera del lenguaje buscando enriquecer el mundo con sus ficciones tan verdaderas como mentirosas. Y creo que en el fondo eso ha tratado de hacer a través  de sus novelas Sergio Ramírez. No es casual que Gioconda Belli escriba: “A menudo he pensado que Sergio Ramírez es el Balzac de nuestra sociedad, un retratista implacable cuya brújula apunta siempre al meollo de la condición humana y por lo mismo no es ajena ni a la soledad del monstruo, ni a los cristales cortantes del azúcar”.

Gioconda Belli. Fotografía de Yuri Valecillo. 

Los muebles escritos por Sergio Ramírez tiene ese toque vigoroso de la perfección, de esa perfección que busca que el lenguaje no tenga fisuras y que entre juntura y juntura deje pasar sólo la luz inquieta e implacable de la imaginación.



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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.

Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordina la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal


 Tomado de Letralia




2 comentarios:

  1. Excelente artículo. Ramírez se merece ese premio y más. Y de paso, gracias por presentarnos a Carlos Yusti

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  2. Gracias, LETRALIA, por darnos a conocer la excelente pluma de Carlos Yusti que con claridad ofrece un retrato muy ajustado de la obra y personalidad de Sergio Ramírez, un verdadero rompe-mitos. Felicitaciones.

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