viernes, 10 de agosto de 2018

José Joaquín Burgos, ciudadano del lenguaje



José Joaquín Burgos. Desconocemos el autor de la fotografía.

Estimados Liponautas

El 7 de agosto de 2018  se cumplió el primer aniversario de la partida del escritor José Joaquín Burgos, razón por la cual les traemos estos textos para recordarlo. Este texto ya lo habíamos publicado en el blog el 3 de octubre de 2017 bajo el título de José Joaquín Burgos, Cronista de Valencia y un Ciudadano del Lenguaje

Disfruten de la entrada.



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Rafael Simón Hurtado / Fotos de José Antonio Rosales

El fallecimiento del poeta José Joaquín Burgos el 7 de agosto de 2017 nos deja huérfanos. Deja huérfanos a Luis Gonzalo y a Laura, -sus hijos-, y también deja huérfanos a sus amigos. Nos deja huérfanos de una presencia generosa, de una amistad amorosa, y de una palabra esencialmente pedagógica. El sentido lúcido y profundo de su palabra la hallábamos a diario en nuestros cordiales y frecuentes encuentros, en los que no dudaba en escuchar paternalmente las opiniones de su interlocutor, a quien transmitía con aliento, con gestos atentos y pacientes, su cariño, y de cuyo recuerdo me cuesta ahora hablar en pasado.

Me conmueve pensar en su sencillez y disponibilidad, en su acogida bondadosa, en su capacidad de escucha, en su interés por las noticias nuestras, y en su doble vocación de poeta y educador. De la primera tengo el retrato del ejercicio diario de la escritura, cuando libreta y bolígrafo en mano, -fuese cual fuese el espacio compartido-, siempre pergeñaba un texto poético. De la segunda, la fotografía es la del ser humano abierto a atender cuando le hablábamos de alguna iniciativa de carácter intelectual en los pasillos de la Universidad de Carabobo, en donde fungió, en los años más recientes, de editorialista del semanario Tiempo Universitario.



“Por allá andaba José Joaquín, levantándole el polvo a los caminos o bañándose en los aguaceros de tantos inviernos para volverse barro de Guanare..."

Recorrido vital

El poeta José Joaquín Burgos nació en Guanare, estado Portuguesa, el 20 de abril de 1933. El propio poeta nos ofreció una descripción de su ciudad de origen en el libro Tres Ases (2007): “Hace muchos años, ya varios siglos, este pueblo sembrado a orillas del Guanaguanare, era como un pequeño jardín escondido en un rincón del piedemonte andino, muy lejos de Europa en el tiempo y el espacio de entonces, pero seguramente pensado y edificado como un pueblo de la lejana España. Con su plaza mayor, su cabildo, su iglesia matriz, sus manzanas iniciales trazadas a punto de plomada y cordel... Algo así como para escribir uno de aquellos cuentos de princesas, y nobles, y plebeyos, caballeros, campesinos, monjes, magos, que salían en los libros primarios de antes. Y es de pensar, sin mayor esfuerzo de imaginación, que por las páginas, por los personajes, por las aventuras narradas en esos cuentos, llegaron los primeros hijos de Guanare, que al final terminaron siendo nuestros abuelos. Con su nobleza no de cortesanos, sino de campesinos. Entrados, los primeros, desde aquella punta de lanza que fue la Vela de Coro; venidos, los otros, por los caminos de la vida; y otros, con los aventureros, y después, en las tropas de la Independencia, que al pasar por los pueblos dejaban a algunos de sus maltrechos soldados y se llevaban a otros, muchachos todavía, a veces ni siquiera zagaletones, reclutados, para aventarlos en otros lejanos paisajes, como pasó con tantos guanareños que partieron a lomo de caballo, o a pie, semidesnudos, cruzaron las montañas andinas y terminaron fundando familias por allá por Colombia, por Ecuador, por Perú ...”.

Este es el espacio primigenio, la ciudad de su origen, que fue el escenario rural y urbano de su historia de vida, de la anécdota vital de su tránsito como ser humano.

En nota publicada en el semanario de la Universidad de Carabobo, Tiempo Universitario, el escritor Eddy Ferrer Luque y cronista de la ciudad de Guanare, cuenta que es a esa ciudad a la que el poeta agradece “la luz de mis ojos y los latidos de mi corazón”, en donde creció, “bebiéndose el agua cristalina de los primeros manantiales, alborotando paraulatas y arrendajos, y tirándole anzuelazos a los ríos”.

En esta misma nota, Ferrer Luque describe así la infancia del poeta Burgos: “Por allá andaba José Joaquín, levantándole el polvo a los caminos o bañándose en los aguaceros de tantos inviernos para volverse barro de Guanare; el barro de las casas humildes, el barro del pocillo de café, el barro con que se hicieron las figuras del pesebre de cada diciembre, el barro que se volvió tinaja o con el que se hizo la pila bautismal de la primera iglesia en la falda del cerro”.

Allí, en Guanare, hizo sus estudios de primaria y bachillerato, en la Escuela “José María Vargas” y en el Liceo “José Vicente Unda”. En esta última institución se educó, primero como alumno, y luego, con lo aprendido, ejerció como docente. Allí se graduó en la disciplina del pensamiento y en el gentilicio de la generosidad, porque según cuenta el propio poeta, los jóvenes que estudiaban en el Unda egresaban capacitados no sólo para las ciencias y las humanidades, sino para la práctica de la virtud y el ejercicio de la bondad.



Fue innegable la impronta del Pedagógico de Caracas.


Allí también contrajo nupcias, con la Sra. Carmen Licelia Rodríguez Alzúru. Allí llegaron los hijos, de la sangre y de la decisión personal: Luis Gonzalo Maradey Rodríguez, General de Brigada de la Guardia Nacional, y Laura Julieta Burgos Rodríguez, abogada egresada de la Universidad de Carabobo.

Y desde allí abrió fuegos, para afirmarse a través de los años en su vocación por la docencia, en su oficio de periodista y en su condición de ciudadano del lenguaje, como escritor y poeta.

Lo primero se puede verificar mediante el título profesional obtenido en el Instituto Pedagógico Nacional de Caracas, en la Promoción “Eduardo Blanco”, en 1957, como profesor de Castellano, Literatura, Latín y Raíces Griegas, mención magna cum laude.

La huella del Pedagógico de Caracas

Fue innegable la impronta del Pedagógico de Caracas. En aquel lugar, creado para que los conocimientos pasaran a los educadores que se iban a encargar de diseminarlos en la sociedad a través de la escuela, marcó en el educador Burgos la huella de docente, es decir, la escuela entendida como el dispositivo para la formación ciudadana, la educación para el trabajo, la enseñanza de las ciencias y las humanidades para abrir los caminos a nuevos estudios.

Sobre este período cuenta el poeta en su columna Indocencias, en el diario Notitarde del 12 de noviembre 2016: “Época de Pérez Jiménez. En el examen de Admisión (1953) para el Pedagógico Nacional fuimos 2.600 aspirantes, repartidos en varios salones. Fuimos aceptados, exactamente, 600. De ellos, 66 en la Especialidad de Castellano, Literatura, Latín y Raíces Griegas. Se nos agregó uno más en Segundo Año (un hermano lasallista que venía de un curso especial de un año en Roma). Pero ya no éramos 67, en Segundo, sino 18, porque más de la mitad se quedaron. A Tercero, llegamos 14. Y a Cuarto, final, 7, de los cuales en Julio del 1957, nos graduamos 5, y los dos restantes, en setiembre. Una Odisea en la cual todos (hembras y varones) éramos Ulises… porque de resto, hasta el perro de Telémaco pasó trabajo y sudó el alma… Pero llegamos. Época dura, días de carácter domado, disciplina sembrada hasta en la sangre y amor, mucho amor por la profesión escogida y un respeto absoluto por la profesión, el estado y sus instituciones y las huellas y dignidad de quienes nos precedían en el ejercicio”. 

En ese mismo espacio recibió el escritor una trascendental enseñanza, pues el Pedagógico, por razones históricas, se había convertido en un importante centro de la lucha por la democracia. Allí, las banderas de la modernización académica hondearon a la par de las banderas de la modernización democrática. Ambos blasones colocaron en su cabeza la necesidad de luchar por la libertad política, en un período en el que esta virtud estaba conculcada; convencido como estaba de que sin esta virtud republicana no hay ciencia, ni escuela, ni democracia social.

Era un ambiente pletórico de nuevas ideas. En 1936, en el acto de su fundación, el escritor Mariano Picón Salas habría dicho: “...cuando el Pedagógico llegó al mundo su destino influiría en el de Venezuela, así mismo el desarrollo recto o tortuoso del país también afectaría su vida”.

Y así fue durante los años en que el poeta Burgos cursó sus estudios docentes. Allí se agitaba la vida de las ideas, el amor por la democracia, la pasión por la docencia y el fuego por la poesía.

De la conjunción de estas tres instancias de vida dijo el poeta en entrevista en el semanario de la Universidad de Carabobo Tiempo Universitario: “Escribir es la manera más libre de ver al mundo desde un ángulo particular y a partir de una concepción metafísica individual. Escribir es el derecho de ver nuestro entorno libre e individualmente, aunque tal visión comporte como consecuencia un determinado compromiso social. Otra cosa muy distinta es la radical militancia política del escritor. Desde ese aspecto, es el hombre, acosado por su sensibilidad social o por sus necesidades materiales, el que se ve estimulado para que la independencia de su labor se brinde al servicio de ciertas causas. En el infinito literario puro, la única dictadura válida es la que proviene de la necesidad liberadora de expresarse”.



Escribir es el derecho de ver nuestro entorno libre e individualmente


Se nutrió el poeta Burgos de destacados políticos, intelectuales, escritores, pensadores, que hicieron vida en el Instituto Pedagógico de Caracas, como alumnos o docentes. Muchos de los nombres fundamentales de la Venezuela contemporánea pasaron por sus aulas. No es casualidad que en aquellos espacios haya tenido lugar la fundación de estudios superiores en ciencias sociales, humanidades y ciencias puras, y que de ellos salieran algunas de las principales figuras que después desarrollaron su saber en el resto de las universidades y los centros de altos estudios.

No sólo eso, el autor tuvo la ocasión de compartir personalmente con muchos de ellos, intercambiar directamente experiencias de pensamiento y escritura, ser su alumno, desarrollar un particular sentido de pertenencia con la institución y con una forma de expresión, mediante el intercambio de fenómenos grupales de conformidad a las normas, cohesión social y status grupal.

Nos referimos tanto al intercambio académico como a la interactuación espontánea, que confluye en la relación entre dos o más personas que esperan recibir una recompensa de amistad, y que se mantiene cuando las esperanzas de alcanzarla, se confirman. 

Anotamos el nombre de algunas de las personalidades que dejaron la impronta de su pensamiento en debates, problemas y realizaciones, conforme al testimonio del propio poeta: Mario Torrealba Lossi, Ignacio Burk, Pedro Grases, Mariano Picón Salas, Rafael Escobar Lara, Eloy G. González, Luis Beltrán Guerrero, Felipe Massiani, Hugo Ruán, Edoardo Crema, Humberto Díaz Casanueva, Humberto Fuenzalida, Domingo Casanovas, Olinto Camacho, Augusto Pi Suñer, Humberto García Arocha, Francisco Tamayo, Luis Acosta Rodríguez, P. Manuel Montaner, Tobías Lasser, Juan David García Bacca, Eugenio Imaz, Pablo Vila y Ángel Ronsenblat, Manuel Bermúdez, Domingo Miliani, Miguel Correa, Tito Balza.

Recién egresado, en 1957, el poeta Burgos comenzó a impartir clases como profesor de Castellano, Literatura, Latín y Raíces Griegas, en los Liceos “Miguel José Sanz”, Colegio “Maturín”, Instituto de Mejoramiento Profesional del Magisterio, en Maturín, estado Monagas; en el Liceo “José Vicente Unda”, en Guanare, estado Portuguesa; en los liceos “Pedro Gual”, “José Rafael Pocaterra”, “Alejo Zuloaga”; en los institutos “María Montessori”, “Nueva Valencia”, Colegio La Salle; y en la Escuela de Educación de la Universidad de Carabobo, en Valencia, estado Carabobo. Y durante toda su vida, -de la que transcurrieron 84 años hasta su fallecimiento el 7 de agosto de 2017-, no hizo otra cosa que transmitir lo aprendido allí, dentro y fuera del aula.



Es uno de esos creadores que no se fatigó nunca a la hora de historiar, escribir y hablar.

Aproximación a su pensamiento

El poeta Burgos fue, indudablemente, un ciudadano del lenguaje y de la comunicación. Uno de esos creadores que, de acuerdo a lo expresado por Jesús Torrealba Villamizar, no se fatigó nunca a la hora de historiar, escribir y hablar. Eso sí, fijó sus moldes en una lengua ilustrada, pero sencilla, sin artificios; y como el filólogo se afanó por buscar detrás de la máscara de la palabra, y en acuerdo con el filósofo se empeñó en la palabra elemental.

Se puede afirmar que sus palabras son espejos mágicos, en el sentido de lo expresado por el poeta cubano José Lezama en su ensayo de 1956 Pascal y la poesía: “…frente al pesimismo de la naturaleza perdida, la invencible alegría en el hombre de la imagen reconstruida.”.

En esa evocación de las imágenes de la realidad el poeta Burgos atrapó el recuerdo de lo visto por sus ojos. Las palabras en su boca nacieron como un hecho prodigioso, porque como poeta es un taumaturgo que nos transporta a los círculos musicales de la creación que lo ilumina todo.

Dijo el poeta en este sentido: “Apenas el hombre había superado su nivel de bestia, apenas había aprendido a caminar erguido, apenas había comenzado a balbucear lo que después sería el laberinto del lenguaje, ya había tomado conciencia de su pequeñez y de su propia fugacidad. En respuesta a ello, aprendió a convocar imágenes y a buscar con ellas conjuros para evitar la muerte. El hombre, entonces, que ni siquiera era un niño y poco sabía de cuánto de eternidad tenían los sonidos con los que quiere atrapar la furia de las bestias, o detener los latigazos del relámpago; ya había emprendido su largo camino hacia la eternidad, llevando, como equipo fundamental, el más prodigioso de los instrumentos: el lenguaje”.

Y ante esta convicción, nació la otra condición del poeta Burgos, su categoría de comunicador nato, que se expresó con sencillez, con “facundia intelectual”, como dice el ensayista Julio Rafael Silva. De allí que a su labor como docente, incorporó los espacios de la prensa para añadir, a sus virtudes pedagógicas, sus dotes como periodista, para ampliar el radio de acción de las aulas de clases a través de la comunicación social.

Expresó el poeta Burgos sobre esta profesión en entrevista en Tiempo Universitario: “Es el oficio de pensar, de oler, y saber lo que viene. El de escribir con apego a las normas del buen uso del lenguaje y del buen oficio de comunicar. El oficio de no caer en la tentación palangrista, ni de vender el alma, ni de entregar su conciencia a cambio de un cheque o de una posición de poder. En eso se mide la casta, como dicen los taurinos. En eso se conoce a quienes verdaderamente son periodistas”.



“El oficio de periodista es el oficio de pensar, de oler, y saber lo que viene" Foto de Rafael Simón Hurtado.

El oficio lo ejerció en diferentes tribunas. Como secretario de redacción trabajó en el diario Notitarde, de Valencia, durante 6 años. En ese período fundó el suplemento literario Letra inversa, que significó para la ciudad una ventana abierta para los creadores de todos los géneros y de todos los pensamientos. En este mismo diario mantuvo una columna de opinión semanal: Indocencias, en cuyo nombre confluyen su ingenio con la palabra y un acendrado sentido del humor.

Fue miembro del Consejo Editorial y editorialista, de Tiempo Universitario, trabajo por el cual recibió el Premio Especial de Periodismo “Carlos Garrido”, de la Universidad de Carabobo, en 2002, y el Premio Nacional de Periodismo Mons. “Jesús María Pellín”, -institucional, compartido-, otorgado al semanario Tiempo Universitario, en 2002. Fue asesor literario de la Revista Laberinto de Papel, de la Universidad de Carabobo. También, columnista de los diarios El Regional, El Carabobeño y El Nacional. En este último mantuvo amistad con los escritores Miguel Otero Silva y Oscar Guaramato, con quienes compartió la columna Socaire.

Una sincera preocupación social lo llevó a encargarse de importantes responsabilidades en actividades de índole gremial: fue directivo, durante más de 15 años, del Colegio de Profesores de Venezuela y presidente de la Asociación de Escritores de Carabobo; miembro fundador de la Fundación del Libro Carabobeño (Fundalica), Vicepresidente ejecutivo de la Editorial “Cubagua” del Ateneo de Valencia, y Miembro Correspondiente de la Academia de Historia del Estado Carabobo.

Participó como escritor invitado, representando al país, en el encuentro “Viaje a la Poesía de Neruda”, en Chile. Dictó conferencias en la Universidad de Carabobo, en el Ateneo de Valencia; en la Universidad Experimental de Guayana; en el liceo “Gabriela Mistral”, en la Universidad Católica de Chile, Extensión de Temuco, y en el liceo de Cunco, en Cunco, y en la Universidad “Diego Portales”, en Labranza, Chile.

Es epónimo de premios literarios e instituciones culturales, como el Premio Anual de Literatura del Estado Portuguesa; del Orfeón “José Joaquín Burgos”, de la Fundación Cultural del mismo nombre, en Guanare, y de la Peña de Expositores de Los Guayos, en Carabobo.

Durante su vida recibió importantes condecoraciones: Orden del General “Juan José Mora” (Clase Única, Morón, Carabobo); Orden “General José Antonio Páez” (Clase Única, Asamblea Legislativa del Estado Portuguesa; Orden “Mons. José Vicente Unda” (Clase Única, Gobernación de Portuguesa); Orden Ciudad de Valencia (Primera Clase); Orden de “Andrés Bello” (Primera Clase, Caracas). Botón del Colegio de Periodistas de Venezuela; Botón de la Brigada Blindada 41.

En 2016 fue designado Cronista de la Ciudad de Valencia, ciudad que adoptó y por la que fue adoptado como uno de sus hijos más ilustres.



Adoptó a Valencia como ciudad, y fue adoptado por ella como uno de sus hijos más ilustres.

Permanencia de su obra en el tiempo

Pero nada de esto lo afectó en su vanidad. Por el contrario, llegó a afirmar que la arrogancia en los creadores es una enfermedad, que con los años puede desaparecer, o agravarse. Es un vicio en la personalidad del escritor. 

Sobre los premios literarios afirmó: “Son necesarios en el sentido del estímulo. Aunque el manejo dudoso de algunos certámenes ha dado lugar a la diatriba, a la envidia y a las zancadillas. Me gustan los concursos en cuanto a oportunidad para confrontarse, pero siempre y cuando se asista a ellos con el ánimo limpio, sereno, y exclusivamente con las armas que da el conocimiento del lenguaje y la imaginación. El mayor premio que puede recibir un escritor, es uno que jamás recogerá en vida: la permanencia de su obra en el tiempo. Para mí, a medida que escribo más, me acerco también más a lo que quiero decir, pero sin petulancia, porque la vanidad es el peor enemigo del escritor. Hay que pedir a Dios y a la Virgen de Coromoto que la escritura sea como el camino de Ítaca, para que nunca cese la pasión”.

El poeta José Joaquín Burgos reconoció las influencias literarias ejercidas por los autores griegos Homero, Horacio, Sófocles. En el Pedagógico de Caracas, a través de los escritores llegados del transtierro español, tuvo ocasión de impregnarse de los bardos del siglo de oro: Góngora, Lope de Vega, Calderón de la Barca; y también de Garcilaso de la Vega y Miguel de Cervantes. Más acá, en una suerte de retorno de las enseñanzas de Andrés Bello, a través de la misión chilena, se embebió de los estudios sistemáticos de lingüística y de los estudios bibliográficos y bellistas; también los de geografía y de filología; y aunque no de manera directa, recibió desde los laboratorios de física y química traídos de Alemania en 1938 para el Instituto, la historia de la ciencia venezolana.

Encontró, asimismo, en las novelas de Emilio Salgari, Julio Verne y Rómulo Gallegos, un refugio para su imaginación. “Los poetas del pueblo, Andrés Eloy Blanco y Pablo Neruda”, enriquecieron sus lecturas y sus vivencias; y en un particular contacto con escritores contemporáneos, como el “Chino” Valera Mora, Servando Garcés, Domingo Miliani, Oscar Guaramato, Orlando Araujo, Guillermo Cerceau, Orlando Baquero, Luis Cedeño, Efraín Inaudy Bolívar, Guillermo Mujica Sevilla, Orlando Chrinos, Rafael Simón Hurtado, Julio Rafael Silva Sánchez y Fáver Páez, le ha sido posible reconocerse en el eco de su propia voz.

“De mi época estudiantil, -recordó-, Dante, un desconocido, de mi admirado y querido profesor Edoardo Crema; de hombre maduro, ya, Cronicario, de Oscar Guaramato, quien para mí fue como un hermano;…”.

El poeta Burgos se paseó por diferentes géneros literarios: novela, cuento, crónica periodística, discursos y poesía; ésta última ha impregnado toda su producción. En ellas plasmó sus más importantes inquietudes sobre la ciudad del origen, el amor, el desamor, el espacio vital, la religión, la muerte, la familia, las amistades, la música, la bohemia, la soledad, la orfandad, su oficio de poeta.

Ante la pregunta de por qué escribe, en entrevista en el semanario Tiempo Universitario, respondió: “Aunque algunos lo hacen pensando en la posteridad; por misantropía o por soledad; por vanidad o por soberbia; por amor o por odio, o simplemente, para darle a su imaginación una válvula de escape, creo que en mi caso también escribo para darle un sentido trascendente a mi vida, intentando mejorar con mi trabajo el mundo mío y el de los demás. Es decir, que inspirado en la memoria individual asumida por los demás a través del tiempo, deseo llevar mediante mis escritos la inmortalidad a todos los hombres. Es como si al escribir, al tiempo que le damos sentido de inmortalidad a la vida, estamos retrasando nuestra propia muerte, porque, buenos o malos, los libros que escribimos nos sobreviven; son el reflejo de nuestro pensamiento, la pasión lúdica de las palabras que quedan. Serán esos libros, en última instancia, el rastro indeleble de nuestro paso por el mundo. La trascendencia es el instrumento con el que cuenta la imaginación del hombre para combatir su postrada condición mortal”.



"Al escribir, al tiempo que le damos sentido de inmortalidad a la vida, estamos retrasando nuestra propia muerte".Foto de Rafael Simón Hurtado.

Deja el poeta Burgos un legado bibliográfico de 15 libros publicados que se recogieron en los títulos: Por aquí se escuchan las pisadas del tiempo (Discursos, 1976); Ronda de Luz (poesía, 1956); Los Días Iniciales (poesía, 1963); Guanare Siempre (poesía, 1974); Guanare Piedraluz (poesía, 1993), Unicornio (poesía, 1991), Piel de Sueño (poesía, 1996) Coromotanías (poesía, 1992), Torreparque (novela, 1988), El Pozo del Arcoiris (narraciones, 1995). Don Juan de los Poderes (novela, 2003); La ciudad novelada (cuentos, 2006), Tres ases, (discursos, 2007); Las Murallas del Reino (novela, 2007); Cansancio de orilla (poesía, 2012).

Asimismo, se pueden encontrar publicaciones suyas en revistas especializadas del país y del exterior, y en algunos textos para uso académico, como la Historia de la Literatura Hispanoamericana, de Enrique Anderson Imbert (Fondo de Cultura Económica, México), Antología de la Poesía Venezolana (Recopilación de José Antonio Escalona Escalona), Antología de la Poesía Universal (Recopilación de Editor R. Ortels, Barcelona, España); El Amor en la Poesía Venezolana (Recopilación de José Manuel Castañón. Colección Rotativa, España). Revista Nacional de Cultura; Revista Actual, Universidad de Los Andes, Mérida. 

En todos ellos encontramos la fuerza creativa de un autor que hizo suyo su destino de Mago, para erigir con su poesía toda una celebración de la existencia y un testimonio de gratitud y maravilla por el mundo de sus criaturas.

Tomado de BIBLIÓNTECARIO


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Rafael Simón Hurtado. " Al fondo la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá en MaracaiboEstado Zulia


Rafael Simón Hurtado

Escritor y periodista venezolano. Licenciado en comunicación social egresado de la Universidad Católica Cecilio Acosta (Maracaibo, Zulia). Ha obtenido el Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia (años 1990 y 1992), el Premio Nacional de Periodismo Científico (2008),  el Premio de Periodismo “Jesús Moreno” (Universidad de Carabobo, 2009) y el Premio Nacional de Literatura “Rafael María Baralt" (2016). Ha publicado el libro de cuentos Todo el tiempo en la memoria y las crónicas literarias “Leyendas a pie de imagen, croquis para una ciudad”. Fue editor-director de la revista cultural Laberinto de Papel y de las publicaciones de divulgación científica Saberes Compartidos y A Ciencia Cierta, todas de la Universidad de Carabobo. 



Ficha tomada de Letralia.

                           

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