martes, 29 de mayo de 2007

"FAHRENHEIT 451":

CUANDO LA LITERATURA ES UN CRIMEN DEL QUE SÓLO NOS SALVA LA MEMORIA"

Por Andrés Cerceau


Ray Bradbury en los 50s


Cuando la lectura es un crimen del que sólo nos salva la memoria.








Ray Bradbury nace el 22 de agosto de 1920 en Illinois, en el Medio Oste de los Estados Unidos. Conocido como uno de los maestros de la ciencia ficción científica, el propio Bradbury afirmó repetidas veces no pertenecer a dicho género, a excepción, claro está, de la novela Fahrenheit 451, de la que hablamos hoy, y que prefería más bien ser conocido como un autor de literatura fantástica con propósitos morales, como le decía él.

 En su juventud no pudo ingresar a la universidad por motivos de dinero, y comenzó a escribir seriamente, más por necesidad que por otra cosa, a principio de la década de los 40, aunque desde niño siempre le interesó la lectura y la escritura.

Portada de la revista Playboy donde se publicó la primera parte de la novela

En la mayoría de su obra se saborea un delicado estilo poético al servicio de historias que reflejan, por lo general, atmósferas desoladas y angustiantes.


Entre sus trabajos más conocidos se destacan, El Hombre Ilustrado de 1951, una colección de cuentos estructurada alrededor de un enigmático hombre tatuado cuyos motivos corporales sirven de inspiración a diferentes relatos.

Portada de la revista Playboy donde se publicó la segunda parte de la novela 

Está también Crónicas Marcianas, de un año antes que el ya mencionado título e, igualmente, un colección de relatos breves acerca de una futura invasión y conquista del plantea Marte, en la que se critica abiertamente el desenfreno de la humanidad por conquistar lo que no es suyo.

Nos referiremos a Fahrenheit 451, su más celebre obra, publicada en 1953 y llevada al cine por François Truffaut en 1966.

Portada de la revista Playboy donde se publicó la tercera parte de la novela 


Montag, el protagonista de la novela, es un hombre simple, contento con su trabajo y su modesto matrimonio. No es la clase de personas que se pregunta mucho sobre su condición, o sobre la condición del mundo; él es, como toda la gente que conoce, un buen ciudadano, conforme con su realidad y servil con sus amos.
Ray Bradbury en 1966

Para Guy Montag constituye un verdadero placer ver las cosas consumidas, ennegrecidas y cambiadas por el fuego. Este mediocre bombero vive en un país muy extraño, un país en donde los bomberos no se dedican apagar incendios, sino a crearlos, para destruir libros.


Sin embargo, su manera de pensar no permanece inmutable durante toda la historia. Progresivamente su personalidad cambia al darse cuenta de que existe otro tipo de personas, que no siempre aceptan lo que se les dice porque sí, y que formulan sus propias preguntas.

Portada de la edición más popular en Venezuela de la novela de Bradbury.  Ediciones Orbis, 1985

Son los llamados “antisociales”, a los que el gobierno combate, alegando que lo único que logran con su pensamiento critico es hacer a los hombres diferentes entre si, lo mismo que los libros, que siempre intentan hacernos creer que tienen la razón.

Montag conoce a una chica de 17 años, Clarisse McClellan, en una de sus mañanas rumbo al trabajo. Clarisse es soñadora y su familia es constantemente investigada por la policía, por considerarla sospechosa de ser “diferente”. Ella cuestiona el pensamiento oficial de Montag y a este, al no poder responder con ninguna de sus frases pre-hechas, se le despierta la curiosidad acerca del verdadero sentido de su trabajo y de los libros.


Fotograma de la película de 1966 Farenheit 451


A lo largo de la trama, la personalidad de Montag cambia hasta convertirse en la de un hombre amante y protector de los textos prohibidos, fugitivo de la policía y deseoso de libertad individual.

Su fuga lo lleva a descubrir, en las páginas finales de la historia, una secta secreta de “hombres-libro”, personas que se dedican a memorizar las obras de la literatura y a transmitirlas oralmente de padres a hijos con la esperanza de que, algún día en el futuro, los mismos puedan volver a ser impresos.

The Book People of Fahrenheit 451


El titulo de la novela hace referencia a “la temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde”. Escrita durante el reinado de terror del senador McCarthy y su cacería de brujas en contra de los comunistas norteamericanos, la historia es, principalmente, un texto de crítica social, a los ojos de sus contemporáneos.

Cartel original de la película de 1966

Pero este particular librito no se limita a su función de propaganda política (con la indulgencia debida al término) sino que trasciende su papel histórico inmediato y se convierte en un recordatorio de algo mucho más importante, más humano.

Primo Levi

En la década de los cuarenta, en Polonia, Primo Levi padecía el cautiverio en Auschwitz. La inclemencia de sus captores, y los castigos kafkianos a los que eran sometidos los prisioneros, sembraron en el alma de Levi, la necesidad de relatar lo que veía. Del otro lado de la guerra, Alexander Solschenitzin, prisionero de un campo de concentración estalinista, afirmaba que: “el arte es lo único que puede reemplazar a la experiencia humana, ya que el arte permite que un hombre viva la experiencia de otro”.


Resulta curioso que estos dos seres, Primo Levi, por un lado, y Solschenitzin del otro, que debieron enfrentar las fases más terribles (contrastantes en la ideología, similares en la práctica) del totalitarismo europeo, mantuvieran la misma reacción ante la atrocidad vivida. Ambos, a su modo, decidieron escribir .

La memoria, como sustento mismo de la vida humana, es lo que hace posible nuestra relación con el mundo. Es, tal vez, lo único que de verdad nos pertenece. A través de la memoria, la humanidad ha resistido (no siempre de la mejor manera posible) a la opresión, y eso los poderosos lo entienden muy bien.



Ya en el pasado, la memoria colectiva ha sido el blanco de ataque de numerosas campañas de dominación. Me vienen a la memoria dos episodios. Uno es la gran quema de libros que en China significó un antes y un después en la historia del continente. En Palestina, por otra parte, los romanos asesinaron sistemáticamente a los ancianos que recitaban las viejas leyendas, y en ambos casos, lo que salvó a los libros, que solo existían en la memoria, fue la escritura.

Ray Bradbury en 1975

La novela de Bradbury nos plantea un escenario opuesto. No se trata ya de poner por escrito relatos orales para preservarlos, sino de memorizar libros para permitir que sobrevivan a su destrucción física, y es aquí en donde yace la grandeza de la obra.

Es una novela que retrata, no solo un universo distópico y terrible, sino la capacidad innata que tiene el hombre de sobreponerse y luchar por su libertad. Ejemplos históricos hay muchos. Es una obra que nos habla,como señala uno de los afiches publicitarios de la película, del terror del futuro, pero también de su esperanza, y nos recuerda lo importante que es contar, leer, registrar y escribir, para que, como propuso una vez Heródoto, no se pierdan de la memoria los hechos de los hombres.



Corto promocional de la película Farenheit 451 de 1966









Fahrenheit 451 (1966) Trailer | Oskar Werner | Julie Christie












Conferencia pronunciada el sábado 12 de mayo de 2007 en la Librería del Sur, Valencia.



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Actualizada el 02/12/2023
22/08/2023

lunes, 28 de mayo de 2007

FUR: "PASIÓN POR LO MARGINAL"






Pasión por lo marginal

Marisol Pradas S.




Los datos biográficos son más o menos parecidos: Diane Nemerov nació en Nueva York, hija de acaudalados padres judíos. A los 18 años se casó con Allan Arbus, adoptando el apellido. En los años 40' el matrimonio Arbus se dedicó a la fotografía de moda en revistas como Esquire, Vogue y Harper's Bazar. Entre 1955 a 1957, Diane Arbus toma clases con la fotógrafa austríaca Lisette Model, ejerciendo influencia en la fotografía que más tarde asumiría como arte logrando romper las barreras estéticas que la mantuvieron presa por muchos años. Al divorciarse de Allan se independiza y fue la década del 70' sus años más productivos.


Transitaba los barrios de Nueva York para escoger a los personajes que retrataría, en su mayoría marginados y apartados. Sus personajes miraban simplemente a la cámara para enfatizar más sus defectos. Su intención era producir reacciones. Ver lo monstruoso como normal y lo estereotipado como monstruoso. Provocó que la gente sospechosamente corriente aparezca como anormal. Rompió la composición, instaló al personaje en el centro. De forma valiente todos debieron asumir que iban a ser retratados para ser juzgados por el mundo entero. "New sensations" en 1967 fue la muestra con la que se dio a conocer ante el mundo. Continuó trabajando para revistas importantes retratando a celebridades como Norman Mailer, Mae West, Jorge Luis Borges.







En 1971, después de una larga depresión, Diane Arbus se suicidó. Un año más tarde su trabajo fue seleccionado para participar en la Bienal de Venecia, siendo la primera fotógrafa estadounidense en ser distinguida, y el MOMA, de Nueva York, organizó su primera gran retrospectiva. Como sucede muchas veces, después de su partida es que el mundo despertó a su singular mirada. Ha sido considerada una de las mejores artistas del siglo XX.


La película "Fur: An Imaginary Protrait of Diane Arbus" (2006) presentada como "Retrato de una Obsesión" aunque está basada en ella no es una biografía histórica como muy bien se deduce del título en inglés. El guión se inicia con Diane trabajando como asistente de su esposo Allan, fotógrafo de anuncios publicitarios. Este anima a su esposa a que empiece a tomar fotos por su cuenta, pero no es sino hasta que la curiosidad por conocer a su nuevo vecino la vence, que decide tomar ese rumbo hasta ahora inexpresivo de su arte. El personaje, Lionel Sweeny, quien usa una variedad de máscaras para ocultar su rostro, es la pieza perfecta para iniciar el viaje que se muestra en esta dimensión fantástica de su perspectiva como creadora. Muchos fueron los que destrozaron a "Fur", obra que además no tuvo tampoco buenos comentarios del público. Aunque los críticos aplaudieron a La secretaria (Secretary, 2002), el segundo film de Steven Shainberg, atrevida historia de amor con toques de humor negro protagonizada por James Spader y Maggie Gyllenhaal, ganadora del Premio Especial del Jurado en el Festival de Sundance y otros prestigiosos galardones como el Independent Spirit, además de una nominación al Globo de Oro. La película fue ambientada en 1958, año en el cual la artista decidió emprender su camino en solitario.


A finales de los 50, Arbus lidió por vivir de su arte, diferente de cualquier otro tipo de fotografía, especialmente los retratos de personas apartadas o repudiadas por la sociedad convencional. Arbus sentía fascinación y admiración por estos personas con anormalidades físicas o psíquicas, artistas de circo, travestis y con "pelajes" especiales como lo recrean en "Fur" Al parecer la admiración del director, Steven Shainberg, por esta fotógrafa surgió porque vivió rodeado de sus imágenes pues un tío de él era amigo de la artista, a quien le compraba sus fotos o ella se las regalaba. En 1984 se publicó "Diane Arbus: Una Biografía" de Patricia Bosworth, el primero y hasta la fecha única exploración de la vida de la fotógrafa. Sin embargo es oportuno reseñar lo que escribe Rafael Lemus en su blog sobre las dos Diane Arbus: "Una, de carne y hueso, nace en Manhattan, Nueva York, en 1923... Más tarde, en los años sesenta, ya separada de Allan y con una Rolleiflex entre sus manos, aprende el arte con Richard Avedon y deviene una cotizada fotógrafa periodística. Su celebridad es breve: en 1971 ingiere barbitúricos hasta eclipsarse. Su celebridad es póstuma: en 1972 el MoMa le dedica una sonada retrospectiva y el público neoyorquino -es decir, el mundo- se topa con el torturado talento de Arbus. Se descubre: al lado de su trabajo ya conocido existe otro, más oscuro e incluso grotesco. Se repite: Arbus persigue y fotografía sin piedad ni dolo a los habitantes más marginales de Nueva York. Se enumeran sus imágenes: unas tétricas gemelas, un gigante con sus padres, un niño con una granada de juguete en Central Park... La otra Diane Arbus, de ficción, nace en Hollywood, California. Aunque carga una cámara, no es fotógrafa. Aunque ingiere un frasco de barbitúricos, no fallece. Su rostro -hermoso, acaso demasiado hermoso- nos resulta raramente familiar. Jamás conocimos a Arbus y sin embargo -podemos asegurarlo- hemos visto más de una vez este rostro. No en Nueva York sino en la pantalla. Es Nicole Kidman y así está bien: es buena cosa ver a Nicole Kidman (en la pantalla o en Nueva York). Es buena cosa, también, atender por una vez los créditos y leer el nombre del director, Steven Shainberg, responsable de la estupenda La secretaria (2002).

Aunque sabemos que las películas sobre artistas no suelen convocar otra cosa que bostezos, no es insensato conservar alguna esperanza con Fur: An Imaginary Portrait of Diane Arbus: es bueno el reparto y es bueno el director. Más aún: no debe ser difícil reproducir la estética de Arbus en el cine. Antes que fácil, debe ser natural: ella copió del cine -de la película Freaks (1932), particularmente- su gusto por lo grotesco y ahora el cine puede copiar de ella su perturbador realismo. Una propuesta redonda. Eso se piensa.... En el cine, como en la novela, todo es falsamente sencillo: un personaje llega al tercer rollo de película sólo porque antes pasó por el segundo. En el mundo pasa lo contrario: no podríamos decir qué cosa nos ha arrastrado a estar leyendo, aquí y ahora, estas palabras.




Está, al final, el problema de la moral: reducidas a su esqueleto, vueltas un fácil mecanismo, las biografías contadas por el cine son aleccionantes. Si el personaje asciende, tú mira y aprende. Si el personaje desciende, mira y no imites. ¿Es necesario decir que nuestras vidas son todo salvo ejemplares? Aléjate de las películas biográficas. Aléjate de las películas sobre artistas. El cine ha infamado, una y otra vez, a pintores, escritores, fotógrafos. Con el pretexto de celebrar su arte se ha ensañado con mucho de ellos y ha compuesto repetidos himnos al lugar común. Es un hecho: como el cine sufre a la hora de representar el acto creativo, exagera los elementos circunstanciales del artista. Su disfraz. Su gesto. Su pretendida bohemia. Incapaz de retratar el genio, construye insidiosas caricaturas. Son tantos y tan falaces estos esperpentos que ellos componen, de hecho, la verdadera galería del cine de horror. Si uno se abandona a la oscuridad, no hay monstruos más siniestros que estos: el escritor sin escritura, el pintor sin lienzo, la fotógrafa sin arte" (www.rafaellemus.net). Recomendación oportuna o no en nuestra nación marcada por la efervescencia consumista hay mucho que retratar y una nueva estética en este sentido haría mucho bien por la verdad y la justicia.



Retrato de una pasión [Trailer original]



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"DIANE ARBUS, CAZADORA DE LA BELLEZA CONVULSA" por Carlos Yusti


Diane ArbusImagen tomada de Xatakafoto.



DIANE ARBUS,CAZADORA DE LA BELLEZA CONVULSA

Por: Carlos Yusti.

A través del arte cada cual busca liberar sus demonios particulares. Da rienda suelta a sus preferencias, sus odios. Desata la metáfora de su miseria interior; libera de algún modo sus extrañas pasiones, da cuerpo a sus fantasmas y terrores diurnos, recupera la vigilia con un sol extinto en el alma o con una aurora que a golpe de cuchillo se abre paso por el escenario de la piel. Diane Arbus, fotógrafa, lo hizo a través de un conjunto de fotos pobladas de personajes singulares. Fotografías en las cuales un morbo casi infantil dejaba escuchar sus acordes. Fotos en las que lo bituminoso y lo poco común proporcionaban al espectador trozos de una realidad oculta, velada por muchas capas de normalidad. Diane Arbus fue a la cacería del lado oscuro de la vida poblada de monstruos arrebatadamente humanos, de esa vida amueblada de seres estrafalarios y dramáticos, de seres como sacados de una pesadilla; pero eso sí todo organizado en la foto con sensibilidad y una emocionada sutileza.





Sus padres eran comerciantes judíos. Su almacén quedaba, nada mas y nada menos, que en la quinta avenida. La pequeña Diane ( el apellido Arbus lo adquirirá de su esposo muchos años más tarde) tuvo una infancia fastuosa. Su biógrafa Patricia Bosworth, asegura que fue una niña sobreprotegida y por esa razón ya adolescente quería conocer ambientes menos pulcros, lujosos y limpios como los de su casa paterna. A pesar de su timidez compulsiva exploró la otra cara moneda del mundo. En varias ocasiones, y acompañada de otra amiga, se aventuró por el metro de Nueva York. Los pordioseros, los borrachos y los artistas callejeros llamaban de manera especial su atención. Pasaba horas estudiando todos sus movimientos. En mucho de estos safaris de exploración por el metro no desaprovecha oportunidad para acosar a los exhibicionistas. Patricia Bosworth señala en la biografía que Diane se convirtió así misma en una exhibicionista. Se masturba con las ventanas abiertas a sabiendas que los vecinos pudiesen estar observándola. Según Bosworth, su novio Allan Arbus fue quien la inició en los dulces encantos de la masturbación.



Patricia Bosworth. Imagen tomada de Vanityfair.



La relación de Allan Arbus con Diane comenzó cuando ella tenía 14 años. A sus padres esta relación no les despertaba interés alguno. Un chico, quisquilloso y atolondrado, cuya mayor aspiración era ser actor, no les inspiraba mucha confianza que se diga. De todos modos y para complacer a Diane aceptaron a Allan con muchas reservas. Diane se casó cuando cumplió los 18 años. Después de la boda el país entró en la segunda guerra mundial. Allan fue movilizado. Como se había iniciado en la fotografía en el ejercito se le permitió especializarse y así se convirtió en fotógrafo militar. De vuelta al hogar y con su aspiración de ser actor ya superada se decidió, junto a su esposa, convertir la fotografía en un proyecto de vida en común.

Imagen tomada de Fonostra.

La pareja comenzó realizando fotografías por encargo para el negocio de los padres de Diane. Poco a poco las fotografías tanto de Diane como las de su esposo fueron apareciendo en revistas importantes como Vogue. En ese tiempo el fotoperiodismo era la pauta a seguir, era una moda indiscutible. La foto como una poética de la vida cotidiana. Los fotógrafos del momento eran Cartier-Bresson y Elliot Erwin. Además ya asomaban como promesas jóvenes como Irving Penn y Richard Avendon; incluso Stanley Kubrick efectuaba sus primeros pasos en fotografía.

Kubrick con su cámara fotográfica en 1949.Imagen tomada de Wikipedia.



El matrimonio Arbus tuvo dos hijos y aunque jamás les faltó trabajo, nunca tuvieron una economía domestica estable. El padre de Diane se hacía el desentendido(quien por ese tiempo se había convertido en la comidilla social debido a que mantenía un coqueteo con Joan Crawford) y no los ayudaba en lo absoluto. Diane Arbus trataba de mantenerse en los parámetros de madre normal, pero muy dentro hervían depresiones y miedos que hacían blanco en sus nervios.

Su trabajo fotográfico para ese entonces era rutinario y sin ningún rasgo estético sobresaliente. Era el año 1958. La fecha es importante debido que es a partir de ese año que su trabajo sufrirá un viraje radical a partir de su asistencia a las clases de Lisette Model. Los paralelismos entre ambas fotógrafas son bastantes acentuados. Lisette Model era hija de padres ricos. Nació en Viena. Era judía. Vivió en París y luego emigró a los Estados Unidos huyendo de los Alemanes. Fue una retratista de lo crudo. Plasmaba la pobreza, la miseria y la vejez con plana frialdad. Más que el impacto estético busca efectos. Intentaba sacudir al espectador. Arbus fue una de sus alumnas más aplicadas y de seguro escuchó muchas veces la frase preferida de Model: "No pulsen el disparador hasta que el sujeto que enfocan les produzca un dolor en la boca del estomago".

Lisette Model. Imagen tomada de Lamiradadelmamut.


En el ínterin el matrimonio de Diane y Allan no marchaba del todo bien. Todo terminó en ruptura. Fue una separación en buenos términos. Esta crisis conyugal y su estrecha relación con Lisette Model convirtieron a Diane Arbus en una cazadora desesperada. Andaba con su cámara como en un safari de personajes singulares, de seres extraños provistos de una belleza aciaga, de esa belleza convulsa de la que habló el sumo pontífice del surrealismo André Bretón.

Diane Arbus comenzó a recorrer las peores calles de Nueva York con su cámara a punto de disparo. En la jungla de asfalto se movía con sigilo tras su presa. Sus incursiones, sobre todo a altas horas de la noche, eran ya una experiencia que la marcaría para el resto de sus días. Su método fue sencillo: ir al encuentro de lo grotesco, de lo bellamente horrible. Su segundo paso fue entablar conversación con la fauna nocturna, con los reventados de la vida, con los personajes más excéntricos que pululaban por bares de mala muerte y basureros. Diane conversaba largas horas con prostitutas, chulos, mendigos. Les explicaba su pasión por la fotografía y luego los convencía para que dejaran tomar una foto. Poco a poco fue conformando una galería de tipos, de seres que más que personajes de la noche eran alegorías de nuestras pesadillas. Un inigualable museo de hombres, mujeres y niños dejados al margen del gran "sueño americano".

Eran fotos en blanco y negro que trabajan exhaustivamente la luz y las sombras, no obstante los personajes retratados eran tan impactantes que el espectador se fijaba muy poco en la calidad. Algo de morbo amarillista tenían estas fotos de Arbus. Sus modelos eran vagos, borrachines, fenómenos de circo, nudistas, prostitutas, travestidos, parejas de barriadas pobres, retardados, niños especiales, gemelos, enanos, gigantes, locos y de la más variada alcurnia como un hombre de Oklahoma que se autoproclamaba como heredero supremo del trono del Imperio Bizantino. Diane Arbus explica un poco su relación con estos personajes:"Los monstruos eran una cuestión que yo fotografié mucho. Fue una de los primeros motivos que fotografié y poseía un tipo de excitación terrorífica para mí. Yo empecé como a quererlos. Todavía hoy aprecio y quiero a mucho de ellos. Yo realmente no quiero aseverar que ellos son en si mis amigos, sino más bien que ellos me hicieron sentir una mezcla de vergüenza y temor. Hay una cantidad de leyenda sobre los monstruos. Todo para ellos sucede como en un cuento de hadas. Los monstruos nacieron con su trauma. Ellos ya han pasado su prueba en la vida. Ellos son aristócratas".

Daniel Talbot y Alfred Hitchcock. Imagen tomada de City Room.

La película de Tod Browning, Freaks, fue importante en su trabajo. Patricia Bosworth escribe: "De llevó a Diane a ver Freaks, la película de Tod Browning, de 1932; Dan Talbot la había reestrenado en el New Yorker Theatre, del Upper West Side, que era de su propiedad. La película cautivó a Diane, porque los monstruos no eran imaginarios sino reales, y esos seres -enanos, idiotas, contrahechos- siempre habían sido para ella motivo de atracción, de reto y de terror, porque constituían un desafío a muchas convenciones. A veces, Diane pensaba que su terror estaba vinculado a algo que yacía en lo más profundo de su subconsciente. Cuando contemplaba el esqueleto humano o la mujer barbuda pensaba en un ser oscuro y antinatural que llevaba oculto dentro de sí misma. En su infancia le habían prohibido que mirara todo lo que fuera "anormal": un albino con los ojos rosa a medio cerrar, un bebé con labio leporino o una mujer gorda como un globo debido a alguna misteriosa deficiencia glandular. Como se lo habían prohibido, Diane los miraba con más atención, y desarrolló una profunda simpatía por toda rareza humana. Esas criaturas extrañas habían tenido madres normales, pero habían salido del útero alterados por una misteriosa fuerza que no llegaba a comprender".

Imagen tomada de Wikipedia.



Para retratar nudistas tuvo que visitar algunos campamentos que fueron un experimento de liberación sexual novedoso en aquellos años. Ella cuenta más o menos así esta experiencia: "Los campamentos nudistas eran un asunto nuevo para mí. He ido a tres de ellos en espacio de años. La primera vez fue en 1963. Me quedé una semana entera y eso realmente me estremeció. Era el campamento más granado y por esa razón, por alguna razón, era también el más patético. Realmente estaba cayéndose en pedazos. El lugar era mohoso y el césped no estaba creciendo. Siempre había querido ir pero mi ansiedad no me atrevió. Recuerdo que para llegar al sitio me fue complicado. El director me encontró en la estación del autobús, porque yo no tenía un automóvil. Así que entré en su automóvil y recuerdo que estaba muy nerviosa. Él dijo: 'Espero logre comprender que usted ha venido a un campamento nudista'. Le aseguré que lo entendía perfectamente. Así que nosotros estábamos allí de mutuo acuerdo. Y entonces él me dio este discurso: 'Usted encontrará que el tono moral aquí es más alto que el existente en el mundo externo. La razón para esto tenía que ver con el hecho de que el cuerpo humano realmente no es tan bonito y cuando usted lo mira el misterio se lleva en el interior'. Realmente todo aquello me produjo asombro. Recuerdo que el primer hombre desnudo observé estaba cortando el césped tan tranquilo".

En 1967 se inaugura la muestra "New Sensations" y los retratos de freaks cazados por Diane provocan distintas reacciones. Algunos rechazan las fotos de manera rotunda, otros subrayan su tono decadente y de mal gusto. Los más espectadores más atentos saben que se encuentran ante una fotógrafa inusual. Por esos años revistas como Harper's Bazar y Esquire le encargan una serie de retratos de escritores, actores, actrices y poetas. Por su lente desfilan Norman Mailer, Mae West, Borges.

Se convirtió en una fotógrafa de culto y su trabajo era respetado y admirado por fotógrafos de la talla de Avedon y Walter Evans. Por otro lado su vida, tan convulsa y deforme como los personajes de sus fotos, formaba ya parte de su mitología.

Vestía de manera descuida y en ocasiones hasta lamentable. Duraba semanas con una misma ropa. Su vida sexual era agitada y en grado sumo promiscua. Se acostaba indistintamente con hombres y mujeres. Hasta se aseguraba que en algunas oportunidades tuvo sexo con muchos de los monstruos a los cuales retrató. Fue especialista en fotografiar orgías. La depresiones se hicieron más frecuentes. A pesar de que su reputación de artista siempre fue ascendente su situación económica fue precaria. La razón era que recibía contados encargos y muchas de sus fotos, donde dejaba el alma, despertaban todas las admiraciones posibles, pero las revistas tenían cierto prurito en publicarlas.

Un 27 de julio Diane Arbus se suicidó. Se había cortado las venas. Además presentaba los síntomas característicos de una sobredosis de pastillas para dormir.



A la luz de hoy las fotos realizadas por Diane Arbus siguen perturbando. Aunque la televisión ha curado a uno de todos los horrores posibles el trabajo de la Arbus posee el toque mágico de lo artístico, hay una insanía metódica, lírica y plástica que se eleva por encima de todo amarillismo mediático. En apariencia son fotos enmarcadas en la normalidad. Por ejemplo tenemos a una pareja con dos hijos. La madre con uno de meses en los brazos, el padre sostiene al otro de la mano. El bebe, la mujer y el hombre miran fijamente a la cámara. Sus expresiones faciales son leves. Lo extraño es el niño (con la boca abierta) y su mirada perdida. Está esa otra foto de una pareja normal con un gigantón que roza el techo. Luego tenemos esa otra foto de una mujer tragándose una espada.

Un gigante judío, en su casa, con sus padres en el Bronx, Nueva York, 1970. Imagen tomada de El País.

La enciclopedia de fotografía americana informa que en el año 1972 Arbus había vendido más cien mil copias de sus fotografías. Este dato muestra que para el sueño americano el arte valido es aquel que se cotiza bien el mercado. Diane Arbus fue una fotógrafo de los extremos; los seres que retrató estaban empañados de una belleza frenética. Sus fotos en alguna medida fueron ese espejo donde pudo conocer(se) y descifrar(se) esa monstruosidad que en algunos vive muy bien guardada y en otros escapa a la superficie como una extraña metáfora que cala los huesos.

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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.

Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura Antonio Arráiz, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordina la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal


 Tomado de Letralia


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domingo, 27 de mayo de 2007

INVITACIÓN A UNA CHARLA SOBRE DIANE ARBUS





El Grupo de Incursiones Culturales y Científicas Li Po invita a una charla sobre la obra fotográfica de Diane Arbus a cargo del ensayista José Carlos De Nóbrega. Se establecerá una conversación sobre su vida y su obra, además de relacionar su discurso fotográfico con la novela "El Bosque de los Elegidos" de José Napoleón Oropeza y la película "Fur" de Steven Shainberg. La cita es el sábado 2 de junio de 2007, a las 10:30 am, en la Fundación Librerías del Sur (Kuai Mare), sucursal Valencia ubicada en el primer nivel del Centro Comercial Camoruco, Avenida Bolívar Norte.

Les recordamos que los sábados 9, 16 y 23 de junio se conversará sobre la obra fotográfica de Lewis Carroll (dirigida por Richard Montenegro), Robert Capa (Andrés Cerceau) y la aproximación crítica que hace Susan Sontag sobre el arte fotográfico (Guillermo Cerceau).

Están cordialmente invitados a nuestra área de diálogo.


miércoles, 16 de mayo de 2007

SEPARADOS EN EL TIEMPO Y EN EL ESPACIO (4)


2.- DOCTOR PEDRO TÉLLEZ CARRASCO, LÍDER DE LA PSIQUIATRÍA EN VALENCIA DE SAN DESIDERIO.