jueves, 27 de diciembre de 2007

LA CONEJERA. RICHARD MONTENEGRO







La Conejera.


Hoy comienzan mis merecidas vacaciones anuales. Al salir de la oficina decidí darle un puntapié al colesterol y la hipertensión. Así que obvié devorar mis habituales cuarto de libra con queso, mi ración de papas y mi Coca Cola extra grande sabor a vainilla e hice algo extraordinario: caminar. Sería algo así como las cuatro de la tarde o al menos eso creo (pues no uso reloj debido a una prohibición moral), cuando comencé a recorrer esas laberínticas calles de la ciudad; donde hasta el mismísimo Minotauro se hubiese perdido sin remedio, siguiendo la calle que en cada esquina escogía mi acróbata moneda.

La tarde es ventosamente fría como debía ser, pues ya estábamos a finales de noviembre y el viejo Pacheco, puntual como todos los años, nos traía el frío navideño junto con Juanito Escarcha y las producciones de Rankin Bass en la TV.

El Catire parecía muy interesado en mi caminata, mientras seguía su trayecto obligado hacia el poniente, convirtiéndose en un rutilante pelirrojo que transformaba el sombrero cósmico en un caleidoscopio gigante y dotaba de un tinte malva a todo el ambiente. Incluyendo los serios e inconmovibles titanes de concreto, esos a los que nunca les vi una sonrisa esbozada en sus ventanales.

De pronto me invadió una sensación de calidez hogareña mientras caminaba y es que estaba adentrándome en mi viejo barrio, cuyas calles no estaban muy concurridas. Me imagino que debido a la creciente inseguridad, por lo que decidí enfilarme hacia la calle principal donde aún perdura mi primer hogar. Mis pies siguen las gastadas calles hasta llegar a mi casa, baúl de recuerdos. Vi que estaba conservada aunque ahí ya nadie vivía. Levanté los ojos al cielo y noté que aún era el mismo aunque un poco más oscuro y con manchas de púrpura industrial. Abrí la verja, entré al jardín de la casa y ahí estaba yo como caperucita por bosques neutrales esperando que las fauces del recuerdo me atraparan. Súbitamente una ráfaga de viento me azota imprimiendo en mi mente una frase: “wywoliwac wspomnienie dawnych czasow” (algo enrevesada ¿no creen?), la cual me hizo sentar en uno de los bancos de cemento que contribuí a hacer con mi padre, notable su fuerte y exótica impronta.

- Los únicos verdaderos españoles, son los Castellanos – dijo uno con sorna.

- Eso es falso, pues somos los Gallegos – replicó otro por su lado.

-Pero si los gallegos son unos cabezones – decía a su vez otro.

- ¿Y a dónde nos dejan a nosotros los Andaluces? – preguntaba uno.

- ¿Y los Canarios qué? –inquiría otro.

Era una estúpida discusión que iba a iniciar una inocente Guerra Civil Española. Yo observaba los petardos verbales que se lanzaban. Hasta que en el cansancio acudían a mí, para que decidiese como Supremo Juez sobre la disputa:

- Oye, tú el que más sabes, decide- decían a coro.

Yo guardaba silencio por unos minutos y decía con solemne voz:

- A mi no me metan en camisa de once varas, además si de decidir se trata, repito lo que se dice en mi familia de generación en generación: Los únicos y legítimos españoles además de ser la raza más antigua de la tierra, somos la gente de Euzkadi.

Cada vez que decía esto sonaba una reconciliadora rechifla que provocaba el retorno de la risa infantil entre nosotros.

Así era la vida en La Conejera (así se llamaba la calle), donde había un pedazo de cada región de España, de Europa y de nuestro país. Eso era un collage étnico y además muy divertido. Ahí en la calle, la plaza, la escuela o la iglesia había niños españoles, polacos, italianos, yugoslavos, criollos y un vikingo jugando todos al caos. En los mismos lugares, grupos de adultos de la misma abigarrada condición charloteaban y reían en diversos acentos. A pesar de provenir de distinta estirpe éramos tan parecidos al jugar, a diferencia de nuestros papás que cargaban su terruño al hablar.

Vivíamos entre dos mundos y nos gustaba tanto un corrido como una polka y la Europa - la de rimas y leyendas, no la de odios y guerras - era la mitad de nuestra vida. La mitad de las ideas y los ensueños, la que exorcizaba la pena más profunda. Nosotros descubrimos ese poder por casualidad, cuando sustituimos el agua de la liturgia, la que mezclan con el vino, por vinagre con un toque de bórax y devoramos una buena cantidad de las miniobleas que eran las hostias sin consagrar. Luego vino el susto, el Padre al descubrir nuestra travesura prometió una caldera de cuatro estrellas en el infierno a los autores de tan grande sacrilegio. Los sospechosos habituales junto con el Vikingo que no era pagano, ni cortos ni perezosos, confesamos a fin de salvar nuestras pequeñas almas inmortales. Aturdiéndonos aún el Padre con la ira divina hecha verbo en su voz, salimos mucho después de haber concluido la clase dominical. Luego de haber cumplido con los castigos impuestos, anduvimos pateando el polvo por las calles del barrio, con el peso de todos los pecados del orbe sobre los hombros. Hasta que el Vikingo nos invitó a su casa, donde su padre nos esperaba con un pequeño sermón. Después nos invitó al patio, donde bajo un samán enorme nos empezó a relatar “El Edda” (El bisabuelo) que nos arrebató de este mundo llevándonos al mundo de los Ases. Al punto, nuestra depresión se disolvió quedando sólo el recuerdo y el arrepentimiento. Al terminar el relato, fuimos redimidos por un libro pagano. Dimos las gracias y antes de dispersarnos no pude evitar decir:

- Oigan muchachos, a pesar de todo disfruté la cara que puso el Padre al beber el vino. Nunca la voy a olvidar.

Se escuchó un benigno y blasfemo coro, y cada quién voló hacia su casa dispuesto a recibir como mínimo un templón de orejas.


Después de ese relato nos volvimos asiduos visitantes de la casa Vikinga y adictos a las leyendas y cuentos. Era tanto así que el Sardo dueño del abasto se ahorraba muchas ñapas a cambio de un cuento los fines de semana. A mí me decía:
- ¿Un aleado o una historia?.

Y yo sin chistar contestaba que una historia y el viejo Sardo me la guardaba para el fin de semana. O si no, era el nuevo zapatero Sirio que nos contaba un cuento de las mil y una noches por cada cliente nuevo que le lleváramos. Siendo tal su clientela que el zapatero Maracucho comenzó a memorizarse los cuentos que salían en Tigre, Onza y León para poder tener nuestros servicios. El siguiente en caer en nuestras redes fue el mecánico Yugoslavo que nos contaba su versión western del halcón de Serbia, con Alan Ladd cual caballero negro y aderezado con un poco de Shane.

Cada uno de nosotros le sacaba lo que podíamos a nuestros padres. Con mi papá aprendí de los Trasgos, de los Gentilli y de cómo según el Tío Abuelo el hombre llegaría a la Luna usando un rompehielos. Era tal nuestra obsesión que nos bautizaron las pulgas, porque siempre andábamos chupándole las historias a la gente. Nuestra afición nos enseñó a contabilizar horas y planificar visitas a nuestros distintos narradores. Por ejemplo, al carpintero Polaco lo visitábamos casi todos los sábados en la tarde y siempre antes de salir mi Papá preguntaba a dónde iba y yo con una pronunciación pésima, digna de Jonhny Westmuller en Tarzan, le decía: “Wywoliwac wspomnienie dawnych czasów” y él sonriente me traducía:

- Ahmm, vas donde el nazi encubierto a recordar los tiempos de antaño. Vuelve antes de la Cena.
“Vamos a recordar los tiempos de antaño”, musité al incorporarme, mientras sentía cómo me colocaban la mano en el hombro. Embargándome una plácida calidez ya conocida, me susurraban al oído:

- ¿Qué haces, papá?

- Recordando los tiempos de antaño, papa.




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FÁBULA I . DE 13 FÁBULAS Y OTROS RELATOS


FÁBULA IV . DE 13 FÁBULAS Y OTROS RELATOS

FÁBULA V . DE 13 FÁBULAS Y OTROS RELATOS


FÁBULA VII . DE 13 FÁBULAS Y OTROS RELATOS


EL PRÓLOGO DE 13 FÁBULAS Y OTROS RELATOS

FÁBULA VIII . DE 13 FÁBULAS Y OTROS RELATOS


FÁBULA XI. DE 13 FÁBULAS Y OTROS RELATOS

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