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martes, 1 de septiembre de 2026

Adios Plinio, por Lidia Salas

 




Conocí a Plinio Apuleyo Mendoza (Tunja, 24 de marzo de 1932 — Bogotá, 28 de julio de 2026) en Caracas gracias a nuestro amigo, Gustavo García Márquez.

Estuvo en nuestra casa como invitado especial. Más tarde me recibió en la embajada de Colombia en París, en mi viaje a la Ciudad Luz.

Plinio Apuleyo Mendoza, hijo de Plinio Mendoza Neira, fue testigo junto a su padre, del asesinato de Jorge Eliecer Gaitán, muerte que marcó el inicio de la violencia en Colombia.

Fue diplomatico, historiador, cronista y periodista con un lenguaje seductor siempre en defensa de la libertad y de la democracia.

Imagen tomada de aquí



Amigo cercano y compadre del Gabo, desde los tiempos, cuando ambos vivieron en Caracas.




Autor de: "El olor de la guayaba" Una conversación con el Nobel. Entre otros títulos recordamos: "La Llama y el Hielo." "Los años de fuga" y el libro de ensayos: "Manual del perfecto idiota latinoamericano" 


Con su muerte se cierra una época inolvidable de nuestra propia existencia.

Uno de mis autores preferidos por la nostalgia con la que narraba sus historias, y por la valentía en denunciar la corrupción del poder ejercido por la izquierda.

Su nombre brilla con luz clara, en el panorama de la literatura universal.

Imagen tomada de aquí



Lidia Salas. 29 de julio. 2026.


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Lidia Salas. Poeta y ensayista. Nació en la ciudad de Barranquilla, Colombia. Ha vivido en Venezuela por más de 40 años. Posee doble nacionalidad, colombo-venezolana.

Licenciada en  Filología e Idiomas de la Universidad del Atlántico. (Colombia)  Obtuvo su maestría en Literatura venezolana en la  Universidad Central de Venezuela.


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martes, 3 de marzo de 2026

Emilio Agra, el soldador de sueños. Por Alberto Hernández.

 




Emilio Agra o la gracia de la eternidad



(a mi querida Marisol Agra)


 Alberto Hernández



1


La calle 10 de Diciembre de Maracay no era una calle. Era una pasión. El barrio El Carmen era un símbolo y nosotros una cuerdita de soñadores que hicimos del diario El Imparcial uno de los dolores de cabeza del gocho Guerrero Chacón. No faltaba el acento de Alfredo Henríquez Arias (El Charrito), quien también tuvo su tiempo para saber de nosotros. Por allí andábamos, desatados, mirándole la cara a Dios con desparpajo. Atados a todos los trabajos, a los más urgentes “tigres” gratuitos que la imaginación nos aportaba.


No recuerdo el mes ni el año de nuestro primer encuentro, pero fue un mes y un año que comenzamos a vivir a la sombra de intercambios, de sueños que convertíamos en pesadillas y de pesadillas que lanzábamos por las ventanas del ocio más amable. Fue a finales de los 70.


Venía yo de lejos, de un país cuya costra aún siento en mi piel. De la España de Franco. El mismo país de mi amigo Emilio Agra, con quien hice migas ese año y ese mes que hoy no recuerdo. Emilio regresaba de París donde fue a buscarle las tres patas al gato y se las encontró. Y también de su Galicia, de su finisterrae. Entonces nos creíamos zagaletones, rebeldes, testarudos y discutidores, conspiradores y alzados contra las nubes que tropezábamos en el camino. Y también andaban por allí Isidro Moreno, Héctor Chastre, Antonio Cabezas, Julio Jáuregui, Ramón Lameda, Santiago Otero, Alfredo Fuenmayor, Alejandro Ríos, Róger y Otto Rodríguez, Agustina Ramos. Unos arribaron más tarde, pero llegaron. El Nono Sucre, Rosana Hernández Pasquier, Eduardo Casanova, Emilio Faro. La cronología es un petardo. Un simulacro de la realidad. Estábamos casi todos medio perdidos entre tantos encuentros.


 




Emilio era el más creativo. El más dedicado a recrearse a re-crear el mundo. Su facilidad para soldar los sueños, para trazar el universo y hacerlo una sonrisa. El más zumbado en eso de dejarlo a uno con los crespos hechos. Y pasaron los días mientras la ciudad se hacía más chica, más adolescente en medio de tantas promesas que jamás cumplimos, como no enfrentarnos y decirnos a veces las verdades o mentiras con la misma pasión con que hacíamos nuestras cosas.


Recuerdo en medio del desorden de esta nota la exposición en la librería Umbra, donde Emilio inventó un billete con su rostro asomado a medio mundo, casi de soslayo.


Emilio y su hermana, la bella Marisol. Emilio y sus viejos. Amables como aquellos gallegos que no hemos dejado de imaginar. Y allí estaba el creador, apasionado, sucio de paredes, del mismo barro de su mirada, sin camisa bajo el sol, sin protección al soldar, sin miedo a las formas que creaba. Feliz de ser un impertinente como todos los amigos que lo rodeaban. Porque eso éramos, impertinentes. Bohemios, instantáneos y reposados a la hora de dormir. Siempre despiertos, preparados, advertidos ante el poder de aquellos días y de los que vendrían, más allá de creer o no en lo que venía. Irreverentes, perpetradores de crímenes artísticos, poéticos, teatrales, astronáuticos, coreográficos, cromáticos, plásticos, demenciales. Había de todo en esa botica que nos aprovisionó el maestro Alejandro Ríos, suerte de padre astral en su azotea cósmica del callejón Intersan, desde la que veíamos el universo convertido en una simple semilla. Eso éramos.


 




Ildemaro Torres lo escribió un día: “Son abundantes los detalles que permiten afirmar que hay una ‘manera Agra’ de recoger las vivencias de cada día y de crear humor a partir de ellas, inteligentemente, muchas veces en aguda fusión de la sátira y la gracia. Y cabe invitar a quien desee tener una evidencia definitiva del altísimo vuelo de su imaginación, a recorrer las páginas de sus libros”.


Fueron varios los libros que Emilio hizo, entre ellos Haga el humor no la guerra, La ñapa y Chávez sí-Chávez no. Pero lo que más nos marcó fueron los espacios que invadía y en los que tomábamos parte: El Cojo Iletrado, donde él ponía los dibujos y algunos de nosotros las letras. Pero antes conspirábamos en El Bagre, Matarile y mucho después en El Satiriodiquito (encartado en Contenido, octubre 1988-abril 1990), La ñapa, caricatura diaria que salía en El Periodiquito. Matarile nació por intermedio de Eduardo Casanova, y allí concurrieron Zapata, Eneko Las Heras, Eduardo (por supuesto), Kiko Bautista, León Levy, Claudio Cedeño, Kotepa, Aníbal Nazoa, Abilio Padrón, Isabel Allende y quien esto escribe, entre otros. De modo que la aventura fue larga hasta que muchos de los humoristas tomaron las de Villadiego celestial o aparecieron otros que dibujan el mapa actual del país.


Más allá de todo lo anteriormente escrito, más allá de la creación y las aventuras artísticas, estuvo la amistad. Nos hicimos familia gracias a los hijos. Los míos se criaron, se levantaron en los talleres de los amigos, en las casas de muchos poetas, en las universidades, liceos y pedagógico donde recorríamos alegrías y angustias. Y un nuevo ADN propuso la existencia de bendiciones cuando un raro ateísmo pululaba en la biblia de cierta clandestinidad inoportuna. Y digo esto porque a pesar del acratismo de algunos, los tíos se hicieron por la hermandad angelical y demoníaca de nuestras palabras, dibujos, cantos y deletreos existenciales.



Ahora la soledad se empina en una esquina de la calle 10 de Diciembre, en la fachada donde la puerta de Emilio, en el periódico que ayudamos a fundar hace años. En edificios, museos, galerías, casas de familia, en La Barraca, en Los Cedros o allá arriba en El Castaño donde tantas veces saboreamos rones e inventamos la vecindad con libros y jodederas diarias. O en la desaparecida azotea del viejo Ríos.



Ahora nos queda la soledad sin Emilio. O con Emilio. Son tantos los Emilios que nos saludan en el recuerdo, tantos los proyectos, los olvidos, la suerte de haber sido —en mi caso— parte de su vitalidad. Un Emilio que ríe y se burla de nosotros con la gracia de su eternidad.


17/03/2014



https://letralia.com/297/articulo03.htm



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Emilio Agra
222 Visualizaciones desde el 27 may de2012 hasta el 8 de enero de 2026



www.culturaaragua.com.- Artista Emilio Agra (1)
Exposición de Emilio Agra "El viento de Ícaro", exhibida en el Museo de Arte Contemporáneo de Maracay "Mario Abreu" (Macma) a partir del 2 de mayo del 2013.
252 Visualizaciones desde el 4 mar de 2014 hasta el 8 de enero de 2026



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Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.


Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Galina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés. 




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viernes, 14 de noviembre de 2025

José Pulido: La ida de Eduardo Liendo es la pérdida de otro pedazo de alma

 

Eduardo Liendo en tres tiempos


Estimados Liponautas

Hoy compartimos el texto que el poeta José Pulido escribió al escritor Eduardo Liendo (Caracas, 12 de enero de 1941-Caracas, 3 de julio de 2025), al enterarse de de su fallecimiento. El texto lo abre un poema que Pulido le escribió al iniciar el siglo XXI y lo cierra otro poema que le dedicó en el año 2023.


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EDUARDO LIENDO

Sencillez magnífica y voz hechicera
su dulzura cae como guillotina
sobre la cabeza ignorante
veo sus zapatos, el pavimento, desde abajo
capto un chaleco adornado  
quizás checoslovaco, rumano, gitano
invocando libertad para los ojos que ruedan por el piso
 
A veces buscaba su rostro en una biblioteca
donde retoñaba y florecía
como una primera edición de Hamlet 
o de Niétochka Nezvánova

pantalones con tirantes elásticos
añorando un tango, una partida de billar
prohibido sonar las elásticas contra tu cuerpo
si estás enfrascado en un silencio donde tu inteligencia
se elevará de nuevo como un cohete en nochebuena

sonrisa interior buscando entre las ruinas de la humanidad
un fulgor razonable
el mago que ha extraído de nuestros corazones
el significado propio del pasado en cada palabra
uno sintiendo que se está ahogando en un párrafo
de aguas ancestrales y te golpean
una ventana desgarrada de estrellas, una mesa 
de noche, un pedazo de altar, un rumor de abejas 
en el humo,
y un cocodrilo acostado bocarriba advirtiendo
que no te como porque estoy desganado
y por tu parte: agradeces el ámbito que su voz de embrujo ha creado
narrando con cada molécula de su identidad
la verdad más bella, la que nos escuece sin nostalgia



Eduardo Liendo. Fotografía de Vasco Szinetar. Serie Frente al espejo.




4 de julio de 2025

He estado esbozando esto porque no puedo dejar que nuestros amigos se vayan sin decir algo que no parezca un adiós. 


Imagen tomada de Somos tu voz. Fotografía hecha por Abraham Tovar.

EDUARDO LIENDO, TAN VERDADERO

“No escribo para actuar públicamente. Si en algún aspecto de mi vida quiero ser auténtico es en mi actividad de escritor. No me interesa parecer un escritor. Es relativamente fácil parecerse a un escritor. Hay una cantidad de mecanismos que permiten inventar un escritor. A mí me interesa ser, que mis libros existan de verdad, que tengan lectores de verdad. Eso deseo. No tengo al respecto exageradas pretensiones. Sólo la de escribir alguna vez un libro que soporte dignamente el fuerte oleaje del tiempo sin irse a pique demasiado pronto.”

En una de tantas noches soñé que había pensado algo así y el sueño quedó latente, pero hibernando. Presentí ese sentimiento de hallar o no la autenticidad como escritor. Lo viví como abstracción, como la bruma soñada, pero cuando leí ese párrafo lo supe de un modo concreto, se volvió un ritmo iluminador en cada palabra. 

Estaría hoy muy eufórico si hubiese sido obra mía ese pensamiento.
Pero me satisface igual, porque lo ha meditado y lo ha escrito Eduardo Liendo, un autor cuya creatividad es un talento incrustado dentro de una infinidad de talentos que le ayudan a cosechar buenos lectores, porque además, su canto es el de la sinceridad del hombre que ha soñado la vida y ha vivido el sueño con humildad de carne y hueso. Él cabalga la realidad lleno de magia.

Es difícil encontrar en la vida un escritor tan verdadero como Eduardo Liendo, él es la escritura como arte, como pasión, como amor y como identidad.

Hemos sido amigos desde los años setenta y nos encontrábamos tanto que nos hemos detenido a conversar en todas las parroquias de Caracas y frente a todos los paisajes que se volvieron nostalgia en esta época. Después, cuando Eduardo comenzó a trabajar en la Biblioteca Nacional tuvimos encuentros más profundos en la cercanía de los libros raros, de los libros cuya vejez no significaba muerte.

Lo entrevisté varias veces y lamento no tener a mano alguna de esas entrevistas, porque Eduardo Liendo era un maestro sincero y sólido usando la palabra. Uno de nuestros últimos contactos de antigua amistad ocurrió en el 2015 cuando tuvo la generosidad de presentar una breve y leve novela mía, jamás a la altura de las suyas pero que se contagió de literatura porque su voz le dio la bienvenida. Eso ocurrió en la Librería Lugar Común y muchos amigos se citaron allí para ver a Eduardo. 

Inclusive, yo aproveché esa circunstancia para estar con él otra vez. Admirarlo y quererlo. Había una Venezuela hecha de mujeres y hombres que creaban obras de arte, piezas de arte, páginas de arte conmovedoras, emocionantes, reveladoras que nos hacían sentir orgullosos de ser venezolanos. Una Venezuela hecha de gente especial. Nada mediocre en ellos. Nada fastuoso en ellos. Nada igualable en ellos. Y han muerto tantos. Con Eduardo yéndose es como si a uno le dijeran que al Ávila se le hundió una cumbre, que al Orinoco se le perdió una orilla. Hay que seguir leyendo sus libros. Hay que seguir queriendo su nobleza. 

Sí: a uno le falta otro pedazo de alma. Desaparecemos como rompecabezas de lo sublime con cada pieza maestra que se va. 

Pero todo permanece si se ama la obra que han dejado, la obra que servirá para reconstruir la calidad humana de un país.

Mis condolencias a la familia, a los amigos y a Venezuela.

PENSANDO EN EDUARDO LIENDO

Su sensibilidad es más portentosa 
que la de un colibrí viviendo
envuelto en miles de aleteos por minuto 
suspendido en una fragilidad eterna. 
Él puede amanecer desde el oriente de su alma
y atardecer sucediendo, inclusive, 
páginas de libros igual que en la vida

Nada oscurece su modo de mirar, 
dice la verdad naturalmente
Su reino es perfecto: 
la imaginación lo lleva y lo trae
no ha pasado un día sin que se convierta 
en otros seres y los deje deambulando 
en páginas donde el lector
sentirá que hay un Zeus caraqueño 
haciendo de las suyas

(Señora: pegado a la rocola
un hombre despechado repetía y repetía
canciones en la voz de Pedro Infante
y ese hombre decía que su despecho 
era culpa de usted
y lloraba con lágrimas que nunca habían rodado
en donde llorar y cantar es simultáneo
-¿Y cómo eran esas lágrimas, si me hace el favor?
-Como de cocodrilo, señora, como de cocodrilo)

Tiene una jungla de talento, 
su voluntad halló la tierra prometida
de la bella escritura y su sonrisa 
es una generosa sensación:
nunca extravió su básica dulzura de la infancia.
 
Difícil olvidar cuando usaba tirantes y se movía
en la Biblioteca Nacional como buscando el sitio,
el estante indicado para el enorme libro,
un clásico de la literatura: su corazón

Eduardo Liendo. Fotografía de Roberto Mata.



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José Pulido. Fotografía de Gabriela Pulido Simne



José Pulido:

Poeta, escritor y periodista, nació en Venezuela, el 1° de noviembre de 1945.

Vive en Génova, Italia. 

En 1989 obtuvo el Segundo Premio Miguel Otero Silva de novela, Editorial Planeta. En el 2000 recibió el Premio Municipal de Literatura, Mención Poesía, por su poemario Los Poseídos. Ha publicado cinco poemarios y nueve novelas. Desde el 2018 el Papel Literario de El Nacional creó la Serie José Pulido pregunta y publica las entrevistas que ha realizado a creadores y artistas.


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