Mostrando entradas con la etiqueta Fernando Savater. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fernando Savater. Mostrar todas las entradas

miércoles, 2 de octubre de 2024

Fernando Savater: Las tres virtudes fundamentales son coraje para vivir, generosidad para convivir y prudencia para sobrevivir

 

Fernando Savater 


Entrevista a Fernando Savater


Escrito por Elena Cué


Publicado: 21 Octubre 2017


 Autor: Elena Cué



El filósofo Fernando Savater (San Sebastián, 1947) es epítome del valor cívico mostrado durante décadas frente a los terroristas y es más necesaria que nunca su visión de la ética pública.


"La verdad que estoy agobiado con esto de Cataluña, siempre nos llaman a los mismos. Parece que no haya nadie en España que quiera hablar de estas cosas, del extranjero también. Estoy un poco harto de repetir lo mismo y agobiado de llamadas pero empecemos...", dice el filósofo.


Hizo su tesis doctoral sobre Cioran, ¿qué le resultó tan atrayente en su juventud de este pensador tan pesimista y tan alejado de su pensamiento posterior, abiertamente vitalista y positivo? 


Yo he sido vitalista, precisamente porque mi fondo ha sido pesimista. Pero un pesimista activo, porque los optimistas son aquellos que creen que las cosas se van a resolver solas, o que se van a resolver con el tiempo, o que alguien vendrá por ahí y ya las resolverán por ellos … Yo no abogo por nada de eso, sino que creo que todo, si se deja sólo, va a empeorar. Por eso me considero, más bien, un pesimista de la acción.


En este sentido, Cioran me gustó por su estilo, por su tipo de pensamiento. A mí siempre me han gustado los pensadores que están un poco fronterizos entre la literatura y el pensamiento, como un Nietzsche, como un Borges. Cioran encaja en esta línea, la de los moralistas franceses, etc. Un humor más bien negro, sí, pero con un gran sentido del humor. Piensa que hay una gran diferencia entre las primeras obras del Cioran joven, más místicas y escritas todavía en rumano, y aquellas últimas de su periodo de madurez en París, que están llenas de humor.



En relación a ese pesimismo activo escribió Nihilismo y acción, que trata de la pérdida de valores que produce el vacío, ¿cree que la sociedad es activa a este respecto? 


La sociedad no es activa. Existen personas que son activas, que piensan, que hacen cosas, y otras que no. Lo que existen son seres humanos. Los colectivos son invenciones abstractas y los seres humanos también. Lo que hay en el mundo son personas, y unas piensan y otras menos, y actúan, o se dejan actuar. Pero la sociedad no hace nada


¿Qué le parece entonces la manifestación del pasado domingo?


A mí me animó mucho, la verdad. Ha sido uno de los pocos acontecimientos que lo ha hecho. Desgraciadamente en España tenemos pocas cosas de las que alegrarnos desde el plano colectivo. Esto y el discurso del Rey fueron dos hitos muy positivos, memorables, que nos recuerdan que aquí no todo está perdido, no todo está muerto o abandonado. Ojalá tengamos otras muestras más de este espíritu de unidad y a la vez de demostración de patriotismo. Porque lo vamos a necesitar.



Su novela El jardín de las dudas, trata del polémico e irónico Voltaire al que admira tanto. ¿Ha aprendido de él su talante irónico?


Estas cosas vienen de fábrica. Irónico, quizá, por lo menos bromista. Yo siempre he comprendido la tarea intelectual como una tarea humorística. Hace ya muchos años leí una frase de Bernard Shaw que decía eso: “Toda tarea intelectual es una tarea humorística”. A mí eso me pareció que eso hablaba de mí. 

Claro, no es que Voltaire quisiera ser gracioso, porque precisamente lo que él buscaba era el humor como instrumento pedagógico. A la gente se la convence más y escucha mejor cuando la diviertes. Si tú aburres a la gente, la gente no te escucha. Entonces, si tú eres un pedagogo, lo que tienes que intentar es que la gente te escuche, y para eso necesitas ser divertido, tener humor, aunque tú no tengas ningunas ganas de reírte.


Alguien dijo que "se mata mejor con la risa que con la cólera". ¿Al igual que Voltaire, ha utilizado la risa en alguna ocasión de manera despiadada?


No. Mi risa no suele ser cruel. A veces es sarcástica, a veces puede ser agresiva en ocasiones, porque la he utilizado como instrumento contra los adversarios en sentido político, como hacía también Voltaire. Eso sí. Pero despiadada, en el sentido de burlarse o reírse de algún tipo de desgracia, no recuerdo haberlo hecho.


¿Qué cree que estamos perdiendo al prestar tan poca atención en la educación a la formación humanísitica?


A mí me parece que una sociedad, una comunidad o un grupo humano que abandona la educación está de alguna manera suicidándose. La educación es la forma de perpetuar aquello que nosotros queremos, aquello que nosotros preferimos respecto de nuestros valores, de nuestras ideas, de nuestros conocimientos. Dejar eso al azar, dejarlo simplemente a una pequeña minoría y a la mayoría privarla del acceso a la educación, es algo que a la larga se paga. Lo estamos viendo, ¿no? La ignorancia de lo que es la ciudadania, de lo que es un país etc... en España llama la atención. Países tan atrasados en ciudadanía como en España no abundan en Europa.


¿Y qué medidas cree que habría que tomar en la mejora de la educación?


Desde luego lo primero que habría que hacer en Cataluña es tomar cartas en la educación. Lo que no puede ser es que en un país haya diecisiete formas de educar diferentes, diecisiete historias diferentes del país, diecisiete ideologías distintas, etc. El Estado debería recuperar las competencias educativas, que se han repartido con demasiada alegría por el resto de las Comunidades, y luego además, en sitio como Cataluña o País Vasco, hay que recuperar también el control sobre los medios de comunicación públicos. En Cataluña, TV3 o Catalunya Radio son perjudiciales y manipuladores de la opinión, sobre todo de las mentes de los más jóvenes. Eso naturalmente también hay que cuidarlo, porque educar no sólo educan los maestros, sino que lo hacen muchos más medios.


A su modo de ver, ¿qué es lo más preocupante en la deriva del independentismo catalán?


El hecho de que haya un grupo de facinerosos que se apoderan de una parte de lo que es de todos, o que intentan apoderarse. Que inventan un discurso totalmente falsario de lo que es la democracia en la comunidad; que pretenden romper y proclamar una República independiente… Son cosas que, digamos, no van a conseguir, pero que tienen un eco y que va a causar unos trastornos, sobre todo porque hay mucha gente joven que se ve engañada, frustrada por ese tipo de cosas.


¿Qué opina de la comparecencia del President Puigdemont este martes pasado en el Parlamento catalán?


Pues ya lo ves. El President es un señor que no tiene ningún tipo de autoridad ni para proclamar una República catalana, ni para afirmar que la Tierra es plana. El problema es que, como no se interviene, Puigdemont debería estar en la cárcel ya desde hace bastante tiempo. Pero como sigue suelto, sigue haciendo de las suyas. Lo que no sé es hasta cuándo se le va a dejar hacer cosas delictivas, cuándo se va a intervenir por fin y cortar toda esta broma.


¿Y cómo ve el futuro de Cataluña?


Mal. Lo veo mal. No tengo una bola de cristal. Yo además nunca me he preguntado qué va a pasar, sino qué vamos a hacer. Pasarán todas las cosas malas, si no sabemos atajarlas. Para eso estamos los pesimistas activos, porque creemos que hay que hacer cosas para que no pase lo peor.


¿Para ser un individuo ético hace falta ser valiente?


Es inevitable. Ya todos los maestros morales de los clásicos antiguos indican que cualquier virtud sin coraje no sirve para nada. Esas personas que dicen “Fulanito es muy bueno”, lo dicen si uno es muy pusilánime. Eso no sirve para nada, ni para uno ni para los demás. El coraje es la primera virtud. Fíjate que la palabra ‘virtud’ viene de vir, de la fuerza del guerrero, de la fuerza viril. Las virtudes son armas, y ningún arma sirva para algo si está en manos de un cobarde. 


Yo creo que el coraje es imprescindible. No hace falta que sea un coraje bélico, pero desde luego sí un coraje para defender lo que uno cree, lo que uno piensa y lo que uno quiere ser. Sin eso, no hay virtud ninguno.


A lo largo de su vida su pensamiento ha experimentado cambios, ¿podría hablarme del más significativo?


Cambios he tenido mucho. Pensar es cambiar de forma de pensar, porque uno vive, tiene experiencias, lee libros, conoce países y personas, sufre desgracias y alegrías, etc. Todo eso le va modificando a uno. Alguien que frente a todas esas circunstancias siguiera pensando siempre lo mismo sería incoherente, como esa gente que dice: “¡Yo pienso lo mismo que a los diecisiete años!” Pues sería indudable que ahora ni a lo diecisiete años pensaba nunca nada. Se le mete en la cabeza y cree que eso es una idea, pero no.

Las personas que piensan cambian de forma de pensar. Además, si uno se dedica profesionalmente –por decirlo de algún modo– al tema de las ideas, etc., pues va evolucionando, claro, y va pasando de algunos ardores juveniles a una visión, no menos apasionada, pero sí más sosegada en las formas. Pero es que, además, yo siempre he pensado el mundo en el que vivía en ese momento. Yo nací en una dictadura, viví en una dictadura casi hasta los treinta años y, en fin, luego una democracia, el tema del terrorismo, y finalmente todas estas circunstancias, aparte de que cambio yo la forma de pensar, cambian el mundo a mi alrededor.


¿Y alguno en particular?


Quizá el cambio mayor, si se puede decir alguno, ha sido un cambio de tonalidad. Yo siempre he pensado hasta hace poco –hasta que perdí a mi mujer– desde la alegría, y ahora para mí lo nuevo es pensar desde la tristeza, que es algo que cambia el color del pensamiento. 


Su especialización y su docencia se han referido fundamentalmente a la ética. ¿Cuáles son los principios morales que rigen su vida?


Yo, como casi todo el mundo, tengo unos principios, y luego me las arreglo como puedo… Y a veces hago cosas que van en contra de mis principios, como todos los seres humanos. Pero creo, en fin, que hay cosas que sí son fundamentales. Por decirlo de una manera sucinta: hay que tener coraje para vivir, generosidad para convivir y prudencia para sobrevivir. Esas son las tres virtudes fundamentales



Tomada de Alejandra de Argos



ENTREVISTA: FERNANDO SAVATER | EL PAÍS | LIBROTEA




sábado, 14 de septiembre de 2024

Fernando Savater: Me tomaría a Donald Trump en salsa agridulce antes que comerme una chuleta de caballo.

 



EL CULTURAL

Fernando Savater: "Agradezco que los otros escriban mejor que yo"


4 abril, 2017 09:00

Fernando Aramburu



Fernando Aramburu. Dicen que es inevitable preguntarse por el sentido de la existencia. Quizá yo me lo he puesto demasiado fácil al dedicar mi vida entera a cumplirle el sueño a un chaval que, a los catorce o quince años, concibió el capricho de ser escritor. Algo me dice que me vas a comprender, amigo Fernando, si te cuento que aquel niño, aquel adolescente, lo llevo dentro envuelto como el centro de una cebolla en las sucesivas capas de la edad. Me vigila, me pide atención y cuidados. Te diré que aún leo libros de su gusto, para tenerlo complacido. Así y todo, creo que debería guardarle gratitud. Primero, porque me asegura un alto grado de vitalismo, similar al que veo encarnado en congéneres que admiro y, si no me equivoco, también en ti y en no pocos de tus escritos. Después, porque a su modo me sirve de antidepresivo y me libra de la solemnidad, que es una de las actitudes sociales que más me cuesta aceptar. Yo creo que a ti, a menudo, también se te ve el niño que fuiste; ahora quizá menos, porque la vida te ha dado un palo feroz. Tengo entendido que coleccionas o coleccionabas objetos y pequeñas figuras, supongo que sucedáneos de juguetes. La última vez que nos vimos me regalaste las memorias de Salgari, por ti prologadas. No se te olvidó recordarme el final que tuvo este escritor, como agregando el desenlace que el protagonista no había podido relatar. Hace poco murió en mi viejo barrio de San Sebastián la última vecina que, siendo yo niño, me llamaba Fernandito. Sentí con pena que se llevaba a la tumba algo de mí. Tú que estás avezado a racionalizar, confírmame por favor, aunque discrepes, que el fin de la existencia humana es retener la mayor cantidad posible de la propia infancia.


Fernando Savater. En alguna parte dice Borges: “Antes de haber escrito una línea supe que mi destino sería literario”. Ese fue también mi caso, como veo que fue el tuyo. Desde muy pequeño, con ocho o nueve años, cuando me preguntaban qué quería ser de mayor nunca contestaba “quiero ser escritor”. Yo decía con total seguridad: “Voy a ser escritor”. De modo que cuando por fin lo fui de modo digamos oficial, no me sentí nada sorprendido. En cambio, nunca me tomé en serio como profesor o como periodista, tareas con las que siempre me he ganado la vida y que he tratado de desempeñar lo mejor que he podido. Pero sabiéndome siempre, ante todo y como fundamento de todo, escritor. Mejor dicho: lector. Lo que pasa es que yo creía (y en buena medida no he dejado de creerlo) que los lectores se vuelven antes o después escritores necesariamente, como las orugas se transforman en crisálidas y luego en mariposas. Si a uno de verdad le gusta leer, ¿cómo no va a intentar escribir? Es el deber de ser fiel a lo que nos causa placer. Fernando, ¿tú crees que habrá ahora niños así? Supongo que sí, aunque hoy lean y escriban en soportes diferentes, portátiles, tabletas, lo que sea. Como yo siempre he tenido mala letra y todo lo que lleva tinta incorporada chorrea en mis manos (desde el palillero con plumín que mojábamos en el tintero incorporado al pupitre, pasando por la pluma Parker o Inoxcrom, hasta los bolígrafos que misteriosamente revientan entre mis dedos pringados), el gran salto adelante de mi vida profesional fue la máquina de escribir portátil que me regalaron mis padres a los diez años. Era una Remington preciosa, color gris plomo, bastante pequeña pero enquistada en una caja de tamaño algo menor que un catafalco. Creo que es el objeto que más me ha gustado en toda mi vida: la acariciaba con dedos cautelosos y excitados, como mucho después repasé con lúbrica veneración el sexo de las mujeres. Si es cierto, como aseguran los sabios, que la materia ni se crea ni se destruye, algo del metal sagrado que formó ese instrumento que me hizo feliz debe aún ser parte del universo que me rodea. Ya sé que es imposible, que no hay moviola en la vida ni vuelta atrás, pero a veces aún sueño con que la encuentro, con que abro temblando el mamotreto de su caja y allí está ella, como la perla dentro de la ostra. Y estoy seguro (en mi sueño, claro, que es lugar para extrañas certezas) de que entonces yo apretaré con suavidad sus teclas cuadradas y blancas, logrando por fin escribir como nunca he escrito, como siempre quise hacerlo.





FA. Como tantos jóvenes dispuestos a comerse el mundo, yo empecé cultivando deliberadamente la oscuridad. Hubo un tiempo en que me atrajeron el surrealismo, la escritura automática, los textos herméticos escritos bajo los efectos de una locura fingida, hasta que me di cuenta de que estaba malgastando mis limitadas energías en el dudoso arte de no decir nada mediante palabras: un fraude que tuve que admitir tan pronto como caí en la cuenta de que en realidad escribía para otros, para transmitir algo a posibles lectores cuyo tiempo y atención mis textos reclamaban por la mera circunstancia de ser publicados, aunque luego muy poca gente se tomara la molestia de aburrirse con ellos. Antes solía citarse con frecuencia una frase de Ortega y Gasset: “La claridad es la cortesía del filósofo.” Ignoro la procedencia del aserto. Yo encontré la cita en un viejo artículo de periódico de José Ferrater Mora, en el cual este advertía de que no hay que confundir la claridad con la trivialidad. De antemano sé que un libro sobre física nuclear o neurociencia se me va a resistir no por culpa del autor, sino porque llego a la lectura con un pesado saco de ignorancia sobre la espalda. Tú dices que pronto, sin acabar la infancia, tomaste la decisión de convertirte en escritor. Leídos no pocos libros y artículos tuyos, me atrevería a añadir que te propusiste ser de mayor un escritor comprensible. Has practicado con frecuencia la divulgación, eres un promotor incansable de la lectura, has enseñado en la universidad. Se te podrá acusar de lo que sea menos de ser ambiguo y oscuro. Mi impresión es que no pierdes de vista que reflexionas, escribes, disertas, para destinatarios, con independencia de que luego, en casa, te lo puedas pasar estupendamente bien cantando sin público bajo la ducha.



FS. La verdad es que no he practicado nunca el experimentalismo literario, ni como lector ni como escritor. Todos mis referentes han pertenecido siempre a la “línea clara”, como dicen en el cómic (por cierto, también en el cómic me gusta la línea clara…). Nunca he soportado que los arabescos verbales, no digamos las originalidades de puntuación, se interpongan entre el argumento narrativo o los razonamientos filosóficos y yo. Supongo que es porque tengo una mentalidad muy poco estética, que va más a los contenidos que a la forma. Con el transcurso del tiempo, he ido estando cada vez más empeñado en la claridad de estilo, aplicando al mío el método homeopático de las diluciones sucesivas hasta que finalmente ya no queda nada… Siguiendo el consejo irónico de Mme du Deffand, quiero iluminar, no deslumbrar. Yo creía que eso es una muestra de reconocimiento a los lectores hasta que Chesterton, otro de mis preferidos, me sacó de mi error. En su biografía de Robert Browning y hablando de su estilo enrevesado hasta lo enigmático, dice que escribía así porque estaba convencido de que los lectores eran tan inteligentes como él; en cambio, los que escribimos de la manera más clara posible, como Voltaire, en el fondo estamos convencidos de que son tontos y perezosos, de modo que abandonarán la lectura a la primera dificultad. O sea que ya ves. Esta simplicidad me ha llevado finalmente a escribir para niños y adolescentes. Incluso podría decir evangélicamente a mis lectores adultos que, si quieren acercarse a mí y a mi modesto reino, deben hacerse como niños…



FA. Llegados a este punto, compruebo que nuestro camino se bifurca y que tú tiraste para un lado y yo para otro. El ingrediente estético de la escritura supone para mí mucho más que un aditivo o un envoltorio. Para empezar, lo considero territorio conquistado. Lo es para todo el mundo, supongo; pero vamos a decir que los que venimos de la parte más desprotegida de la sociedad hemos tenido que subir un tramo suplementario de cuesta para alcanzar el dominio de la lengua culta, frente a quienes dispusieron en sus años de formación de mayores posibilidades, empezando por una biblioteca paterna, el piano donde tocaba la madre y esas cosas. Esto carecería de importancia, al menos con vistas a los resultados últimos, si no fuera por las consecuencias directas que tiene sobre la escritura. Una de ellas está, en mi opinión, vinculada a la voluntad de estilo, dentro del movimiento que me aleja del habla precaria usada en el medio social en que me crié. Procuro, eso sí, no pasarme de frenada para no dar en los arabescos que justamente repruebas. El sendero que en la mencionada bifurcación no seguí fue el de la intervención social mediante el ejercicio público de la palabra, que es donde yo te sitúo a ti y donde te he buscado a lo largo de los años, ya sea en los libros de análisis y reflexión, ya en los artículos de prensa, con frecuencia para saber qué pensar acerca de algunas cuestiones de actualidad sobre las que me faltaban conocimientos y criterio. Juraría que te has dejado el alma en ello; por cierto, no sin riesgo de tu salud y de tu vida.





FS. Mérito tuyo y regalo para los lectores, Fernando, es tu aplicación estética al texto. Logras la famosa “calidad de página” de la que tanto se habló en su día, pero sin transmitir a quien te lee el esfuerzo que te ha costado conseguirla. No hay preciosismos, que son los que suelen pasar factura al que se supone que debe disfrutarlos. Parece a cada párrafo que el autor rezonga: “Vaya, no creerás que todo esto viene gratis, ¿verdad? Si supieras lo que he sudado… Venga, aplaude. A ver dónde tienes esa corona de laurel…”. Reconozco que la mayoría de los autores españoles que leo, algunos de ellos sin duda excelentes, me dan siempre la impresión de que escriben demasiado lo que escriben, se ensañan y apelmazan escribiendo… Echo de menos a Pío Baroja, qué quieres. O a Bécquer. Uno lee las Rimas y nada parece tan sencillo, tan obvio, casi tan infantil… Pero una vez que visité el Museo Romántico de Madrid (te confieso que buscando la pistola con la que se suicidó Larra) vi algunos manuscritos de Bécquer. Estaban llenos de tachaduras, rectificaciones, arrepentimientos, añadidos… ¡Cuánto esfuerzo le había costado llegar a la definitiva sencillez! Y, sobre todo, cuánto le costó que el distraído lector nunca notase olor a sudor, a gimnasio, en sus páginas. De modo que cuando alguno de mis usuarios me elogia, pero quizá con un punto remoto de displicencia, diciendo: “No, si tú siempre escribes clarito, no te complicas la vida”, yo respiro aliviado. También cuando daba clase me pasaba lo mismo. Los alumnos me decían: “A ti se te entiende todo”, pero con un poco de reproche. Admiraban a los que entendían sólo a medias, porque les resultaban más profundos. Y quizá tenían razón. Cuando traduje Le mauvais demiurgue, no sabía qué hacer con el título. En español, el “malvado” demiurgo o el demiurgo "maligno” me sonaban a novela de ciencia ficción. De modo que me decidí por El aciago demiurgo. Cioran receló del adjetivo, que no conocía (él se preciaba de entender bastante el castellano). De modo que me dijo que esperase un poco hasta darme el visto bueno. Y le preguntó por “aciago” a una criada española que trabajaba con unos vecinos. La mujer le dijo: “¡Sí, como cuando se dice ‘un día aciago’!”. Tuve suerte con la mucama y Cioran me dio ya tranquilo su placet…


FA. Como bien se sabe, tú has tocado en tu carrera de escritor diversos palos. Acabas de mencionar la traducción. Tu escritura ha pasado asimismo por la filosofía, el ensayo, la novela, la literatura confesional, el articulismo, y te has metido, aunque a mí me parece que eres un hombre más propenso a pensar por cuenta propia que a discurrir a partir de las cláusulas consignadas en un programa electoral, en ese fango infestado de caimanes que llaman política española. Más difícil me resulta vincularte con la poesía. La idea se me ha ocurrido a raíz de tu alusión a Bécquer. Al punto me ha venido al recuerdo un detalle relativo a tu libro Mira por dónde, que subtitulaste “Autobiografía razonada”. Abundan en él, entre las numerosas citas, algunas tomadas de poetas célebres. Este o el otro capítulo aparece encabezado con versos de William Blake, Miguel Hernández, Antonio Machado, Jorge Guillén y alguno más. No me sorprendería averiguar que guardas en un cajón un viejo cuaderno con treinta y cinco sonetos. Dudo que un ladrón de libros de poemas que entrara a desvalijar tu biblioteca se tuviera que marchar de vacío. Como diría un entrevistador mexicano: a ver, maestro, platíqueme esto. No se avergüence de reconocer el pecado poético.




FS. ¿Te has fijado en que todos los escritores queremos ser poetas? Si a un autor que ha escrito diez novelas de éxito, ocho dramas premiados, varios ensayos recomendados en la bibliografía universitaria y tres sonetos dedicados a su primera novia, la del pueblo, le preguntas qué se siente ante todo, te contestará bajando púdicamente los ojos: “Yo soy poeta”. Creo que esa preferencia viene de que la poesía es lo más puramente literario de todo, lo que menos se parece a una clase (ensayo), a la crónica que hacemos de lo que pasa (novela), a un cruce de opiniones (teatro)… La poesía realmente no se parece a nada utilitario, todo lo más a los balbuceos obscenos durante el coito o a los delirios enfebrecidos de un moribundo. De modo que su prestigio es enorme… Tranquilo, no es mi caso. Escribí bastante poesía entre los quince y los dieciocho años, y hasta publiqué dos dizque sonetos en uno de mis primeros libros, Apología del sofista (habrás notado que los títulos de mis libros suelen ser mejores que el libro mismo…). Pero descuida, que nunca te diré: “Ante todo, me considero poeta”. En todo caso, me hubiera gustado serlo, nada más. Mis poesías en verso son muy malas. En cambio Criaturas del aire, uno de los libros del que estoy menos descontento, puede considerarse, siendo generoso, una especie de poesía en prosa… En fin, no basta. Las únicas poesías de las que no me arrepiento, pero totalmente privadas, son el poema que cada primero de año escribía a mi mujer. Only for her eyes… Porque lo poético en mi vida fue ella, mi amor por ella, aunque haya sido incapaz artísticamente de ser digno de ese sentimiento.


FA. Pues ya ves. Pasamos y, con suerte, nos será dado dejar unos signos en el borde del camino para el que venga detrás y quiera posar su mirada un instante en ellos. Es curioso lo asentada que está en la tradición española la desconfianza ante dichos signos cuando adoptan la forma del lenguaje articulado. San Juan de la Cruz no creía posible expresar mediante palabras la experiencia mística. Bécquer protestaba del “rebelde, mezquino idioma”. “La palabra, esa lana marchita”, se lee en un poema de Vicente Aleixandre. Góngora fue uno de los pocos que proclamó sin tapujos la perfección. El complejo de inferioridad de quien junta con escasa convicción las palabras no lo veo tan extendido en la tradición alemana. Sin cuestionarse la eficacia del procedimiento, Lutero y Goethe levantaron enormes montañas de escritura. No faltaron pensadores convencidos de poder encerrar el universo en vastos sistemas de teoría filosófica. Thomas Mann tallaba como un orfebre la lengua escrita. E incluso Kafka era un fervoroso cultivador de la precisión y no se habría atrevido a inventar un vocablo que alterara aquel objeto suficiente, el idioma alemán. Tu poema de principios de año no podía ni tenía por qué reemplazar el amor, pero entiendo que te servía para decirlo. No sé tú, pero yo no me habría dedicado ni dos días a la literatura si no tuviera fe en la capacidad expresiva de los símbolos.


FS. Por supuesto, yo también creo en la posibilidad de la comunicación por medio de símbolos, que es en lo que consiste el núcleo de nuestra humanidad. Somos “animales simbólicos”, como bien explicó Ernst Cassirer. Pero en cuanto a la capacidad de comunicar, la diferencia entre unos y otros es enorme. Esa diferencia no se nota a ciertos niveles: es probable que a la hora de pedir un café con leche, la distancia entre Borges o Rilke y yo no fuese demasiado pronunciada, pero se hace enorme cuando se trata de expresar sentimientos profundos. Esa inferioridad ante los grandes autores no me disgusta o humilla, todo lo contrario. Como lo que más me hace disfrutar es la lectura, muy por delante de la escritura, agradezco que los otros escriban mejor que yo. Esos autores que se consideran por encima de cualquiera y leen sólo para encontrar los defectos de sus colegas se parecen a alguien que fuese a los restaurantes para denigrar los platos que le ofrecen y no conociese más que el insulso placer de decir: “¡Esto lo hago yo mejor!”. Por mi parte, prefiero ser espectador y admirador de Shakespeare que ser Shakespeare. Sólo envidié a los mejores cuando quería conmover a mi amada y ahora cuando pienso qué hermoso sería cantarla como es debido. Pero también el esfuerzo, aunque fracase, da por un instante una vislumbre de la perfección…



FA. Por cierto, a ti que tanto te gusta acudir al hipódromo, ¿cómo prefieres la carne de caballo? ¿Muy hecha, poco hecha o al punto?


FS. ¿Comer yo una chuleta de caballo? ¿Me tomas por un caníbal? Antes me tomaría a Donald Trump en salsa agridulce.


Tomada de El ESPAÑOL


Fernando Savater: «No es lo mismo ser un periódico progresista que ser un periódico gubernamental»



Enlaces relacionados:



James Robinson, premio Nobel de economía: Estados Unidos fue construido por inmigrantes y su identidad se basa en la lealtad a la Constitución



Richard Ford en 2015: Donald Trump, no representa una amenaza. Nunca será elegido



Fernando Savater: Me tomaría a Donald Trump en salsa agridulce antes que comerme una chuleta de caballo.



N. K. Jemisin: Negros y latinos, gente pobre con trabajos basura, votaron a Trump, porque creen que esos blancos son mejores que ellos.



sábado, 3 de agosto de 2024

La máquina de escribir portatil Remington que le trajeron los Reyes magos a Fernando Savater

 



La  máquina de escribir portatil Remington de Fernando Savater



Fernando Savater


Mi Remington


«Estas fiestas sacan lo más cenagoso de cada charco: aún hay quienes repiten el mantra del ‘consumismo’ como mayor peligro, cuando hoy la amenaza es el comunismo»


Opinión


31 de diciembre de 2023

 


Fernando Savater

@Savater_



Cada vez que oigo la expresión «llevar una vida regalada» me acuerdo de mi infancia. Con una cierta satisfacción triunfal, como el atleta recordando el campeonato que ganó: pase lo que pase, que vengan las desdichas en su obsceno tropel, se lo llevarán todo, pero hay algo que nunca me podrán arrebatar. Calificar esa etapa de mi vida de regalada es lo más apropiado, porque los regalos jugaban en ella un  papel primordial. Me pasé 12 años esperando a cada momento el obsequio inolvidable que me daría un súbito revolcón de felicidad. Podía ser el cromo que faltaba en mi álbum, un libro casi siempre elegido por mi madre infalible o una caja de indios y vaqueros en miniatura. Es curioso y algo patético, pero aún me dura el envite: todavía hoy aunque todos mis benefactores han muerto y volaron lejos, hacia la inexistencia, las hadas generosas… sigo esperando con cara de bobo que llegue mi regalo. ¿Qué va a ser ya? La radiografía con una sombra ominosa en el peor sitio, el teléfono que suena para anunciar la desaparición del afecto imprescindible, la despedida que tanto temías, el tropezón letal del que no te levantas… El último regalo y después se acabó el recreo. Pero mientras, a lo lejos y muy atrás, sigue brillando la vida regalada.


De todos los regalos de mi vida, el que más me ha gustado fue una máquina de escribir portátil (este adjetivo hay que entenderlo en su época, ahora quizá nos pareciese un cachivache demasiado pesado y voluminoso). Me lo trajeron los Reyes cuando yo debía tener unos 13 años: era de austero color gris, compacta, con teclas que me parecieron las de un piano mágico. Su marca era bien visible, con plateadas letras cursivas en relieve: Remington. Mi padre me dijo que era una de las mejores marcas y yo le creí sin dudar un segundo porque ese nombre me sonaba a rifles de grandes cazadores o a revólveres de bandoleros. ¿Hace falta mejor recomendación? Era tan bonita que apenas me decidía a usarla: prefería admirarla y soñar lo que un día escribiría con ella. Por supuesto, nada de artículos o reflexiones de ningún tipo, sólo cuentos: el acecho del tigre, la cabalgada en la pradera, la sombra en el cementerio, la aleta triangular que aparece silenciosa junto al nadador descuidado, el grito de la mujer en peligro del que ningún hombre puede desentenderse… Las cosas verdaderamente importantes de la vida, nada que ver con las trapacerías de los políticos, las cotizaciones de bolsa o los conflictos domésticos de la pareja moderna. Entonces, antes de haber escrito una línea pero después de haber leído ya mucho Tarzán y mucho Sherlock Holmes, hice una elección para toda la vida, a la que he permanecido fiel sin desfallecer.


Arrastrada por el huracán del tiempo, mi Remington ya no está. No sé cuando salió de mi vida. Si es cierto que la materia ni se crea (eso seguro) ni se destruye (bastante probable), ¿a dónde habrá ido a parar? ¿En qué se habrá convertido? Sólo sé más o menos en qué me he convertido yo. Para ganarme el sustento debo escribir no sobre lo que a mí y a los adolescentes nos gusta, sino sobre lo que los adultos quieren leer todos los días… Me refiero a los adultos que aún leen, claro. De modo que tengo a esta ocupación de escribir por algo más que una afición, aunque afortunadamente algo menos que un trabajo.


Mirando hacia atrás a este 2023 que hoy se despide, veo que mi tema ha sido la clausura de España por el ambicioso inane que hoy la descuartiza para hacerse un colchón a su medida con los pedazos. Tapiadas por esta época infame de la que no salimos, las pasiones nobles se ocultan y sólo me queda la  indignación por la jauría oportunista que muerde los flancos descubiertos de la democracia fingiendo protegerla y el desprecio por los bobos que se encogen de hombros y aseguran que peor nos iría con la derecha. Estas fiestas sacan lo más cenagoso de cada charco: aún hay quienes repiten el mantra del «consumismo» como mayor peligro, cuando hoy la amenaza es el comunismo (retórico, claro, como perversión ideológica: los que se creen bolcheviques son sólo rentistas del radicalismo). Al estupendo discurso del Rey, que es el ancla de misericordia que nos queda, responde el coro de sospechosos habituales diciendo que están «decepcionados» porque no ha hablado de lo suyo, cuando precisamente lo acertado de esa lección real es defender la unidad de España y hacerse eco educado de la mayoría de españoles que nos cagamos en «lo suyo». ¡A ver si se enteran de una vez!


No creo que la culpa sea sólo de aquella preciosa Remington que decidió mi vocación, pero el caso es que me encuentro sin remedio obligado no a la batalla, sino a la gresca. ¡Qué culpa tenemos mi Remington y yo si los adversarios con los que nos ha tocado lidiar no dan para más! Ojalá 2024 sea clemente con todos nosotros, lo merezcamos o no.


Fernando Fernández-Savater Martín (San Sebastián, 21 de junio de 1947) es un filósofo y escritor español. Aficionado a las carreras de caballos y lector de Borges. Fue profesor de Filosofía. Destaca en el ámbito del ensayo y el artículo periodístico, y además, ha incursionado en la novela y el género dramático.


Tomado de The Objetive






30/12/2025