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martes, 11 de agosto de 2026

Carmen Leonor Ferro a Alejandro Sebastiani Verlezza: El inmigrante vive versionando memorias en una agotadora traducción permanente


Imagen tomada de aquí.



 “Es necesario sortear la añoranza de lo conocido”




Alejandro Sebastiani Verlezza





Recuerdo mi ejemplar de Los nombres del exilio impreso por Monte Ávila Editores. Siempre me impresionó que José Solanes, para caracterizar el flujo migratorio, haya empleado la palabra transplante.

Dr. José Solanes. Fotografía tomada de la revista La Tuna de Oro Nº 39


El desplazamiento y el desarraigo —el de las lenguas, los países— es fértil y fuerte: modifica la experiencia. Hasta los libros parten. Basta descubrir en el catálogo de Acantilado la edición de Josep Solanes: En tierra ajena. Exilio y literatura desde la «Odisea» hasta «Molloy».




Con estas resonancias me remito a Carmen Leonor Ferro: en la migración que hizo de Caracas a Roma su voz ha experimentado cambios inevitables, hasta encontrar una poesía de la extranjería que vive entre traducciones.

Restaurante del Museo Reina Sofía


La conversación ocurre en el restaurante del Museo Reina Sofía. La mesa más cercana a la entrada da hacia el patio. Despunta la escultura de Roy Lichtenstein. Atestigua el resguardo ante el extrañamiento del que va de paso. 

Brushstroke (Pincelada). Escultura de Roy Lichtenstein. Imagen tomada de aquí.


La atmósfera del encuentro permite repasar la publicación de Stanza senza vista, edición bilingüe, recién impresa en Italia por Ensemble, traducida por Flavia Zibellini, con pŕologo de Jesús Montoya; y Cinco noches, inédito, aunque la antología Temporal (lp5, 2025) ofrece adelantos. 



—En algunos poemas de Cinco noches noto la historia —a veces solapada— de tu llegada a Italia. ¿Cómo cambió la vida, para ti, la migración? 

—Llegué a Italia sin saber que iba a quedarme. Había dejado atrás toda una vida material y sentimental que en verdad no deseaba perder. En los primeros años, la aventura de la sobrevivencia se solapó con los sobresaltos del amor como si formaran parte de un mismo acertijo. Mis clases de español me dieron una herramienta para ganarme el pan y me permitieron entrever las similitudes que hay entre aprender una lengua y amoldarse a una nueva vida. Entendí que es necesario sortear la añoranza de lo conocido, aceptar las exigencias del paisaje y desdibujar la idea que tenemos de quiénes somos. La historia de Cinco noches encarna el diálogo amoroso mantenido con ese país que me recibía y desdeñaba sin pretenderlo.

—En los poemas hay escenas que suponen desencantos. Interesante que agregues un epígrafe de Agamben: “Todo nombre es un juramento”.  

—El epígrafe, tomado de El sacramento del lenguaje, se refiere al pacto que la palabra debería tener con lo que nombra, como si cada vocablo pronunciado o escrito fuera un juramento. En Cinco noches podría leerse como una promesa de amor, puesto que se trata de la historia de una relación con un personaje, G, un nuevo territorio y una Italia personal o interior:

Los regalos son como juramentos

puedes convertirlos en la prueba

de que la gracia te visita

puedes adorarlos como tótems

y averiguar sus precios en el mercado

puedes hablar de ellos

o callar y dedicarles un pensamiento

silencioso cada mes

y como las promesas

un día puedes echarlos al río

y ver cómo se alejan

desmembrándose

en la maleza de las ondas

que nadie sabe

a ciencia cierta

adónde es que van parar

(Cinco noches)


—El poemario propone un viaje a través del encuentro amoroso, como si estuvieras trasladando la migración y sus emociones al poema. 

—Lo que descubrí mientras escribía Cinco Noches es que la relación con G, que funge de Eros en la historia, era el reflejo de una manera de ser inmigrante, de vivir otro lugar, otro idioma, una forma particular de aceptar, o no, las nuevas pautas culturales; esta voz afronta las resistencias, la forma de responder a las tremenduras de Amor, la indiferencia (¿aparente?) del entorno.

—Recuerdas los obstáculos de las personas que quieren adoptar una nueva lengua, la desprevención del que no lee los códigos del territorio, su “música insular de la clase” y “minusvalía postcolonial”. 

—Entrar en una nueva lengua es todo un proceso, los más jóvenes tienen menos dificultades para hacerlo, quizás por tener menos problemas al emular otras músicas. Sobre esa “música insular” me refiero en Cinco noches a los sonidos del español de América: la voz encarna por momentos a una profesora de español que da clases a europeos que han aprendido la cadencia y la pronunciación de la lengua peninsular y usan fonemas que los americanos no usamos, como la c y la z:

Nuestro primer viaje fue a un pueblo aledaño del Lacio

en el que Burri había construido un museo

una fábrica que fungía de templo

lleno de texturas y otras formas de atacar cualquier significante

Se convirtió -así he querido verlo desde entonces-

en el primer lugar que aspiró a contenernos

un intento

sin duda onírico y hasta ahora indemostrable

de inaugurar nuestro temenos

(Cinco noches)



—En la variante peninsular este poema cambiaría…

—El hecho de usar una variante distinta al español de España, en la voz que conduce el libro, evoca una antigua incomodidad, como si se tratara de un complejo aún vivo, arrastrado desde la colonia. En el ambiente universitario he tenido que defender muchas veces mi seseo como característica de una variante del español aprobada por la RAE. En Cinco noches, G había aprendido a pronunciar como los españoles y eso subrayaba nuestras diferencias. Es un pequeño detalle, me gustaría que indicara el contraste de orígenes y su influencia en nuestro encuentro:

Mi atracción por G

escondía algunos misterios

el fonema z era uno de ellos

lo había aprendido seguramente en algún viaje

y aunque yo argumentaba y defendía mi seseo con afán

su acento increpaba el eco de la clase

y revelaba mi inquietud

ante una especie de sumisión postcolonial

(Cinco noches)

  

—Algunos poemas tienden a narrar, hablas de “eslabones fortuitos”, ¿el migrante junta eslabones y da sentido a lo fortuito?

—He tratado de hacerlo lo más prosaico posible en algunos casos, que no parezcan poemas sino semipoemas. Me gusta dejar los nexos textuales solos, como si fueran palabras bellas. Sobre los eslabones fortuitos, todos dependemos de hacia dónde sopla el viento, pero un inmigrante aún más.

—Asumes voces que amplían la resonancia de la extranjería. Una es living. 

—Me gusta porque es un bisílabo, el sonido rebota ing ing ing. “Salón” podría ser. Salotto no. Además living es una palabra que usan los argentinos, de alguna manera es familiar. (Pudo usar "estar" como se dice en Venezuela. Nota del editor de este espacio)

—Hay pasajes de tu poesía en español, pero la dicción es italiana. En otros momentos sí suenan más a nuestra lengua. ¿Cómo describir esta brecha? 

—El bilingüismo produce distorsiones que pocas veces percibe quien lo vive. No me doy cuenta de lo que ha ocurrido con mi español, es una sensación particular pensar que puedes estar perdiendo tu idioma. El hispanohablante que vive en Italia por mucho tiempo tiende a eliminar los subjuntivos de las subordinadas futuras, hace cambios en las palabras que son similares. Llegué a Italia siendo adulta, estoy en permanente contacto con el español, trabajo y escribo en español, pero es imposible evitar interferencias, muletillas: insomma, comunque, va bene. He aprendido —tú me has ayudado a comprenderlo con tu trabajo de voces italianas— que no hay que temerles a esas modificaciones, terminan siendo rasgos lingüísticos personales, llevan una historia, como las señales de la edad en el rostro, no deben ser combatidas a ultranza. 



—Es tu relación con la lengua italiana.

—Todavía traduzco del español cuando hablo, por qué no pensar que seguramente sigo intentando resolver mis ecuaciones a través de la traducción, versionando una memoria que está muy presente.

—¿Qué piensas sobre la denominación “poesía de la diáspora”?

—Se ha estado creando, seguramente parte de la crítica encontrará rasgos que acomunen el trabajo de los poetas venezolanos dispersos por el mundo. Jesús Montoya, en el prólogo de Cuarto sin vista, anota algunos detalles: la voz en fuga, el viaje como modalidad de escritura, uso de elementos que denotan lo transitorio, la casa como espacio en demolición.


Danos Tu Voz: Carmen Leonor Ferro

53 Visualizaciones desde el 27 sept de 2024 hasta la fecha de publicación de la entrada

Carmen Leonor Ferro interpretando el poema “Saldremos a la luz” de Moraima Guanipa

https://m.youtube.com/watch?v=XFdyL-2H4lo


—¿Podrías nombrar algunas voces? 

—Eleonora Requena, Adalber Salas, Gina Saraceni, Jesús Montoya, Verónica Jaffé, Alejandro Sebastiani Verlezza, Alexis Romero, Sonia González, Alfredo Herrera, Nidia Hernández, José Miguel Navas, Enza García, Gladys Mendía, Néstor Mendoza y Gabriela Lovera; entre muchas otras, forman parte de ese grupo que está haciendo una poesía que bebe de la traducción, del plurilingüismo, que reflexiona y trabaja en el exilio, que ha tenido a su cargo la digestión de un bocado difícil y que va a dejar una obra que será fundamental para leer lo que ha sucedido en nuestro imaginario.

—¿La traducción es una experiencia cotidiana?

—No hay nada en la vida del extranjero que no pase por la traducción, formas de ver, de comer, de relacionarse, rituales, biblias, gestos, todo tiene que traducirlo permanentemente y puede ser agotador:


Los vecinos insisten en llamar

el espejo yace despedazado en el piso del cuarto

desde todos los ángulos

una parte aparece

y otra se esconde

aliviaría unirlas todas

y obtener una voz límpida

pero al momento

solo guardamos bordes

y asimetrías

(Cuarto sin vista)



—Llama la atención este comentario de Carmen Virginia Carrillo en el prólogo de Temporal: “El oficio no se limita al lenguaje, también las vivencias tenemos que traducirlas”. Y luego: “algo se escapa en la traslación, dejando entrever la dificultad de ser en otra lengua, de ahí la necesidad de ‘evadir la tarea de traducirlo todo”. 

—Sentir que estás traduciendo todo el tiempo es aceptar que no eres del lugar, que no hablas el idioma o que lo hablas como un extranjero, cometiendo errores o dejando que aparezcan los rasgos de tu propia lengua. Esa sensación tiene dos caras: una da cuenta de la diferencia, que a veces incomoda, te hace sentir que eres inadecuado y que por lo tanto debes estar en guardia, acechando posibles deslices; la otra aparece cuando percibes la riqueza que implica modificarse gracias al proceso traductivo, vivir otra lengua significa encontrar una versión distinta de uno. 



—A diferencia de Precarios, ahora noto que tu voz ya se aclimató y asume las pequeñas barreras del entorno. 

—En Cuarto sin vista los zorros hurgan en los basureros de Londres, dejaron sus hábitats naturales, se acercan a las ciudades atraídos por nuevas formas de alimento y fijan a quienes los miran como si se sintieran “en casa”:


Para el que llega por primera vez a un barrio londinense

elegante y frío

coherente en la disposición de los árboles

y en el tamaño de las casas

los zorros son un acontecimiento

rondan los potes de basura y fijan

sobre quien los observa

sus ojos amarillos


las gaviotas

también caminan por las aceras sin entender cómo han llegado allí

nada de esto nos extraña

a los que vamos alejándonos con nuestros equipajes

a quienes ya no preguntamos

de dónde vendrá el viento

ni hacia qué orilla terminará llevándonos

(Cuarto sin vista)

Venus Victrix de Antonio Canova. La modelo de esta escultura fue Paulina Bonaparte. Galería Borghese, Imagen tomada de aquí.


 

—Aludes al universo que todo extranjero lleva dentro de sí, lejano al lugar de trasplante.

—La mayor parte de los poemas de Cuarto sin vista tienen que ver con un espacio íntimo: hay referencias a Londres, a la Galería Borghese, a un tranvía, pero casi todo el tiempo aparece el espacio doméstico, una cocina, un escritorio, la cama, lugares que no dependen de la geografía ni de las lenguas. Una de las preguntas que se hace el libro es si el hecho de escribir sobre una ola podría reemplazar la marea, si podría crear un espacio y una presencia que reinvente o alivie la existencia (o la ausencia) de la ola “real”. Todo esto pasa por el sueño de que la escritura pueda trascender la mera representación, liberar al hecho y al objeto evocado de su cárcel (¿el museo, el papel?):


El último domingo de agosto 

pensó que aquel verano

no había visto el mar

                                    aún dudaba de la índole de ciertas realidades

¿era una ola escrita

menos que un cúmulo inquieto

de agua salobre chocando contra las piedras? 

logró no arrepentirse y se abandonó

a su cuarto sin vista 

que por un rato 

resultó suficiente

(Cuarto sin vista)


—Sobre tu antología con Lp5: José Miguel Navas habla de “indagar en aquello que sucede cuando dos lenguas romances se materializan en un solo idioma”. ¿Hablamos de una intersección entre el español y el italiano? 

—En muchos sentidos habito esa intersección, nunca abandono el español para entrar de lleno en el italiano y tampoco me puedo liberar del italiano cuando hablo español. Es como estar dormido pero manteniendo el contacto con una voz consciente,que pertenece a la vigilia. El riesgo (¿el milagro?) es que termino por vivir entre dos mundos.

—¿Cómo trabajas con los traductores al italiano?

—Sobre la base que crea el traductor trabajamos, yo sugiero cambios, pero consciente de que no es deseable que el texto en italiano reproduzca la musicalidad del español. Renunciar a que los tiempos y armonías sean similares (en español los versos suelen tener menos sílabas) me produce cierto sufrimiento, luego voy cediendo y acepto que existe una diferencia que jamás podremos sortear. 

—¿Por ejemplo?

—Cuando usamos algunas formas del pasado, esquivamos la concordancia con el género del sujeto: se ha asomado a la ventana, puedo permitirme la ambigüedad de género, velar la identidad de personajes y voces. En italiano sí es necesario precisar quién lo hizo (si è affacciata-affacciato?). En Cuarto sin vista la voz va cambiando, a veces es masculina, otras veces aparece la madre, otras veces yo. Son algunos de los escollos que encuentra el traductor. Quizás es útil que intervenga el autor, aunque algunos traductores lo evitan para sentirse libres del yugo del texto original.

—Tienes más de dos décadas en Italia, ¿a qué te dedicas actualmente?

—Desde hace algunos años me dedico a dar clases de español y a mis poemas. 

Imagen tomada de aquí.


—¿Y sobre volver a Venezuela? 

—Pues la idea de volver non trova pace, como se dice en italiano. 


Versión web:

https://www.elnacional.com/papel-literario/entrevista-a-carmen-leonor-ferro/



POESIA SCONFINATA seconda parte (2018)

381 Visualizaciones desde el 21 feb de 2018 hast la fecha de publicación de la entrada.

‎ https://m.youtube.com/watch?v=UR9J5mjIfU4








BIO.

Carmen Leonor Ferro.

Nació en Caracas, Venezuela. Vive en Roma desde 2004. Es Licenciada en Química por la Universidad Simón Bolívar. Es autora de El viaje (Premio Monte Ávila Editores para autores inéditos 2004), Acróbata (Raffaelli editore 2011), En subjuntivo (Raffaelli editore 2016), Precarios (Edizioni Ensemble 2019), Temporal (LP5 editora 2022), La caja (Dcir ediciones 2023) y Cuarto sin vista (Ensemble 2026). Ha traducido al español a autores como Giuseppe Ungaretti, Antonia Pozzi, Sandro Penna y Claudio Damiani. Realizó la selección y traducción de «Fronteras permeables»

(Bid&Co. editor, 2013), antología de narradores italianos contemporáneos. Ha preparado varias colecciones de poesía para distintas editoriales, siendo su principal interés la obra de poetas latinoamericanos y el género de la traducción. Actualmente enseña español en la universidad de Roma tres.


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Alejandro Sebastiani Verlezza. Fotografía de Carlos Germán Rojas.


Alejandro Sebastiani Verlezza (Caracas, 1982). Poeta con incursiones en las artes visuales. Ha publicado en poesía: Posdatas (El pez soluble, 2011), Canción de la encrucijada (Eclepsidra, 2016), Partir (OT Editores, 2018), Los hilos subterráneos (Eclepsidra, 2020), el diario Derivas (bid & co, 2013), La orilla del retorno (El Taller Blanco, 2023) y Festina Lente (LP5 Editora, 2023).


Licenciado en Comunicación Social (USM, 2005) y Letras (UCV, 2012), donde ha ejercido la docencia en el departamento de Literatura y Vida desde el año 2015. Obtuvo la Maestría en Estudios Literarios de la UCV (2022), cursó el diplomado en Estudios Liberales en la Universidad del Valle San Francisco (2014) y formó parte de la IV edición de la Semana de la Narrativa Urbana (2009). Hizo la residencia para escritores en Rianxo –Galicia– con Axóuxere Editores (2013).

Del libro La orilla del retorno, publicado por El Taller Blanco Ediciones, Colombia, 2023.






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La Aurora de Trump en la USA gloriosa



































domingo, 19 de abril de 2026

Rafael Figueredo a Jorge Gómez: mi poemario "Nos delata la perplejidad" es un cimiento desde el cual seguir trabajando con más conciencia de lo que busco

 



Estimados Liponautas

Tenemos el gusto de compartir con ustedes la conversación del escritor venezolano Rafael Figueredo con Jorge Gómez sobre su poemario "Nos delata la perplejidad". La entrevista fue montada con una mejor diagramación y con el respaldo necesario para contextualizar al lector no venezolano. Características típicas de nuestra página.

Esperamos disfruten de la entrada.

Atentamente 

La Gerencia




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Su poemario Nos delata la perplejidad es un ejercicio de humildad


Rafael Figueredo Oropeza y el sentido atávico de la poesía




Jorge Gómez Jiménez viernes 3 de abril de 2026






Rafael Figueredo Oropeza: “Suelo recurrir a la memoria de la infancia perdida y a las tradiciones como materia poética”.



Es poeta, es narrador y es físico, una combinación que seguramente ha incidido en la construcción de un perfil en el que se equilibran la intuición y la sensibilidad. Radicado en Bogotá desde hace algunos años, el venezolano Rafael Figueredo Oropeza (Caracas, 1987) ha aparecido en antologías y revistas de distintos países, y ha sido reconocido en diversos certámenes de cuento y poesía.


En Nos delata la perplejidad, su primer libro, la poesía abre un compás para mirar de forma simultánea lo íntimo y lo colectivo. En sus 66 páginas conviven la ternura de los poemas familiares con la crudeza de la denuncia política, la evocación de la naturaleza con el desconcierto existencial, el mito con el juego verbal. La variedad de registros no rompe la unidad del conjunto, pues todos los textos parecen hilados por símbolos recurrentes —aves, tierra, silencio, figuras femeninas arquetípicas— que revelan la fragilidad y la búsqueda de sentido en la experiencia humana.


Hoy conversamos con él sobre su manera de abordar la literatura, pero también sobre la función de la poesía en estos tiempos en que la violencia nos golpea a diario. Hablaremos sobre un poemario cuyo autor se muestra a la vez lector atento de la tradición literaria y testigo de su tiempo, y profundizaremos en las motivaciones, los símbolos y las decisiones formales que dan cuerpo a una voz poética que se despliega entre lo cotidiano y lo trascendente.


 

“Nos delata la perplejidad”, de Rafael Figueredo Oropeza

Nos delata la perplejidad, de Rafael Figueredo Oropeza (Negro Sobre Blanco, 2025). 

Disponible en Amazon


Nos delata la perplejidad y la memoria primigenia de lo natural


La incapacidad del ser humano para reconocer su propia ceguera, la fragilidad de su tránsito por la vida y la desconexión entre los hombres son algunos de los temas de Nos delata la perplejidad. Me gustaría que comenzáramos hablando de cómo llegas a los poemas de este libro, y cómo decides juntarlos para convertirlos en un poemario.

Juan Gelman. Imagen tomada de aquí.


Mi relación con estos poemas fue primero un desconcierto. Como dice Juan Gelman: “Entre tantos oficios ejerzo este que no es mío”. Esa frase me acompaña porque vengo de una formación académica como físico y no en literatura, y durante mucho tiempo la poesía me pareció un territorio ajeno que no lograba comprender. Sin embargo, escribir se volvió una necesidad, una forma de procesar el asombro. Un asombro que también habita en la ciencia.


Los poemas de este libro nacieron dispersos a lo largo de casi diez años. Reunirlos fue una decisión más espiritual que editorial. Necesitaba ordenar el caos, exorcizarme, despedirme de estos textos, soltar para poder seguir y permitirme nuevas exploraciones. Todavía no me considero realmente un poeta. Una vez, en el Celarg, en las tertulias del Frente Oficio Puro, escuché al maestro Juan Calzadilla decir que un poemario no hace poeta a nadie; hay que escribir el segundo. Este libro es para mí apenas un primer paso dado con humildad en estos territorios.


 

Un joven Eugenio Montejo (Caracas,19 de octubre de 1938 - Valencia, 5 de junio de 2008). Fotografía de Héctor López Orihuela. Tomada del libro "Rostro y Poesía". 1996


En varios poemas confluyen los vínculos con la naturaleza y las referencias íntimas, culturales y políticas, desde la cocina o la familia hasta la represión en una protesta. ¿Puedes decirnos qué papel juega la naturaleza en la definición de tu propuesta poética, en la que es tan frecuente la voz urbana?


La naturaleza ha estado presente en distintas etapas de mi vida y cada una de ellas me enseñó a mirarla de una forma diferente. De niño viajábamos mucho por carretera a través de Venezuela y quedé marcado por esa diversidad abrumadora. Tengo grabados en mis recuerdos el llano, los médanos de Coro, el puente sobre el lago de Maracaibo, los Esteros de Camaguán, el litoral, la laguna de Tacarigua, Barlovento, Oriente, los páramos y los Andes. Esas memorias forman parte de mi núcleo simbólico.

Médanos de Coro. Imagen tomada de aquí.


En la adolescencia participé en el movimiento scout y allí aprendí a mirar la naturaleza con reverencia y respeto. El escultismo funcionó para mí como un rito de paso. Dormir en carpas, cocinar en una fogata, caminar hasta que duelan las piernas bajo la lluvia con las botas llenas de barro, perderme en el monte mientras me picaban los insectos, observar huellas, pájaros, insectos y plantas y aprender los nombres de las constelaciones en cielos abiertos fueron experiencias que marcaron mi manera de relacionarme con el mundo natural. La naturaleza se volvió una escuela que fue moldeando mi carácter.

Esteros de Camaguán. Imagen tomada de aquí.


Más tarde, en la universidad, la Física me enseñó a contemplar la naturaleza desde otra perspectiva. En esencia, es el intento humano de comprender la physis y las leyes fundamentales que sostienen el mundo, desde lo subatómico hasta las estructuras del cosmos.


Cerro El Ávila, actualmente conocido como Guaraira Repano


Mi experiencia de lo urbano tampoco está desligada de lo natural. Caracas es una ciudad que desde arriba se ve como una alfombra verde donde lo natural irrumpe en lo urbano de forma inesperada: la presencia imponente del Waraira Repano, las matas de mangos, el araguaney, los jabillos, los eucaliptos, los cedros, los samanes y las ceibas que desbordan sus sombras por las avenidas, el clamor de una bandada de guacamayas cruzando el cielo o el chirrido nocturno del coquí. Esa presencia constante de naturaleza en Caracas revela la ciudad como un ecosistema.




En cuanto a mi escritura, reconozco que la naturaleza aparece como una de las manifestaciones del sagrado femenino en mi obra. No en un sentido religioso, sino simbólico. Hay una palabra que me gusta mucho: atávico. Siento que lo natural guarda una memoria primigenia que antecede a lo humano. La naturaleza concebida como una diosa madre primordial atraviesa varios de los poemas de este libro.



Reynaldo Pérez So


 

Hay poemas donde la palabra se vuelve juego, como en “Abrapalabra”, con repeticiones y asociaciones sonoras. ¿Qué importancia tiene para ti la experimentación con el lenguaje como forma de expandir los límites de la poesía?


Considero que en este libro la experimentación aparece muy poco. Hay apenas algunos destellos que le debo a ciertas influencias, pero no es el eje central del poemario. Aun así, creo que la poesía tiene la obligación de explorar los límites del lenguaje y derrumbar estructuras. Fue en un taller con el poeta Juan Calzadilla, en el Celarg, donde descubrí las posibilidades de la poesía experimental. La poesía debe ser creación, debe ser poiesis, una forma de hacer mundo. Hay que atreverse a jugar y lanzar los dados, aunque sepamos que jamás abolirán el azar, como dijo Mallarmé.


El poema “Abrapalabra” que mencionas es un juego literario que rinde homenaje al título de la novela de Luis Britto García y a su narrativa lúdica. Entre las voces actuales de Venezuela, por cierto, me interesa mucho el trabajo del poeta Carlos Zarzalejo, que está desarrollando una labor de experimentación transmedia muy interesante. Por ejemplo, hace poco leí un poema suyo llamado “If”, donde toma prestada la sintaxis de los lenguajes de programación. También he estado leyendo a la poeta chilena Soledad Fariña y me sorprende la libertad que tiene con sus palabras sobre la página, como si fueran pinceladas en un lienzo.


 

Estampa de colección del Dr. José Gregorio Hernández. Imagen tomada del Portal de Poetas de Venezuela y el mundo.


Rafael Figueredo Oropeza y la perspectiva del migrante

En varios textos aparecen la figura materna y la infancia como espacios de memoria y afecto, contrapuestos a la violencia o al desencanto de la vida adulta. ¿Qué experiencias personales alimentan esa visión, y cómo encontraste en la poesía un canal para darles forma?

More de Alex Grey. Imagen tomada de Pinterest


En mi escritura, la madre y la infancia funcionan ante todo como símbolos. Suelo recurrir a la memoria de la infancia perdida y a las tradiciones como materia poética. En cuanto a la maternidad, desde lo mitológico, la figura de la Diosa Madre atraviesa mi imaginario como una presencia simbólica constante junto a otras representaciones de la divinidad femenina. Pero en el caso de “Latidos” el punto de partida es otro. Está inspirado en una ilustración de Alex Grey, pintor psicodélico norteamericano. A partir de esa imagen surgió en mí la idea de una paternidad imaginada. Me interesaba explorar la fragilidad de ese vínculo posible desde la mirada paterna, incluso sin haber sido padre.

Alex Grey. Imagen tomada de aquí


“Caracol”, en cambio, parte de una experiencia muy concreta vinculada a la migración y a la culpa que muchos sentimos al dejar a nuestros seres queridos atrás al irnos. El poema habla de la soledad de mi madre cuando sus hijos emigraron y la casa quedó en silencio. Es una imagen simbólica que busca condensar tanto una vivencia íntima como una experiencia colectiva de la diáspora venezolana.


La musa ya está muerta


La musa ya está muerta.

Le dispararon en una manifestación contra el gobierno.

UNA BALA LE PERFORÓ LA SIEN

(a otro muchacho, a quemarropa, le reventaron el pecho).


Unos estudiantes la recogieron

y las manos se les tiñeron de sórdida escarlata

y ella se tornó tan pálida y triste como un amanecer.


El tema de la violencia política atraviesa algunos de los poemas más crudos. ¿Qué vivencias o recuerdos te impulsaron a incorporar en el libro, de manera tan explícita, esa dimensión de la realidad venezolana?


La violencia política forma parte del paisaje cotidiano de cualquier venezolano, y en general de cualquier latinoamericano. Cuando la violencia atraviesa los cuerpos y la vida cotidiana, también atraviesa el lenguaje. Poemas como “La musa ya está muerta” o “Caracas, la de techos rojos”, buscan registrar esa experiencia colectiva desde un lugar sensible, como una memoria emocional de una época que ha dejado heridas difíciles de cerrar. Nacen de recuerdos muy concretos: manifestaciones, represión, jóvenes heridos o asesinados. Recuerdo tantas muertes que nos han marcado a los venezolanos. También el miedo que se fue apoderando de las calles de Caracas y de todo el país en los años más oscuros y violentos. “Hiroshima”, en particular, es un poema de carácter más universal y está dedicado por supuesto a uno de los mayores horrores que ha vivido la humanidad. El lanzamiento de la bomba atómica representa para mí una de las mayores derrotas morales de la especie humana.


 

José Asunción Silva


Caracas, la de techos rojos


Caracas, te canto…

No a la de antaño

según cuentan los abuelos,

mientras recuerdan con ojos cálidos

..........y sin dientes siguen sonriendo con dulzura.


La capital que prometía tantos sueños y esperanzas,

que muchos vinieron buscando a pesar de los frágiles suspiros

por aquello que dejaron en otras patrias y campos.


Caracas dejaba sabor a progreso,

sonaba a modernidad, a sembrar el petróleo.

Caracas, ciudad de encuentros y desencuentros,

urbanidad fecunda.

Caracas destinada a conquistar el futuro.


Caracas enmohecida,

ya tus techos no son rojos.

Tus techos ahora están teñidos

........................de placas oxidadas de zinc,

........................de platabandas vacías,

........................de cercas alambradas de seguridad,

........................de antenas impostoras,

........................de anuncios de neón,

........................de vallas hipócritas.


Caracas, el rojo que pintaban tus techos

se derrama ahora entre tus calles

a manos impunes.



Es evidente que la identidad cultural es importante para ti, y por eso se la ve celebrada en varios de los poemas del libro. Ya no estás en tu país, y se me ocurre preguntarte cómo incide esta realidad en tu escritura poética.


La migración ha transformado mi relación con la identidad y con la lengua. Estar expuesto a una cultura distinta implica también encontrarse con otras palabras y nuevos significados. Sin embargo, aunque estoy fuera de Venezuela, hago un esfuerzo por mantenerme en diálogo con la tradición literaria venezolana a la que considero que pertenezco de alguna manera. Tomar distancia me ha ofrecido una perspectiva distinta, en la que la memoria, las tradiciones y la añoranza juegan un papel central.


Al mismo tiempo, vivir en Colombia me ha abierto nuevas miradas y nuevas genealogías. He sido afortunado de poder empaparme de autores colombianos, tanto en poesía como en narrativa, que antes no estaban en mi horizonte de lectura. En ese proceso han sido fundamentales espacios que agradezco mucho y que me han brindado instituciones como Idartes, la Casa de Poesía José Asunción Silva y la Red Relata.

Melba Escobar. Imagen tomada de aquí.


Algo interesante es que, a medida que uno se acerca a la frontera entre Colombia y Venezuela, la frontera misma se vuelve líquida, como lo señala Melba Escobar en su libro Cuando éramos felices y no lo sabíamos, sobre la crisis migratoria venezolana. Las historias de Venezuela y Colombia están entrelazadas de muchas maneras. Acá uno se encuentra con devotos de José Gregorio Hernández. Por otro lado, José Asunción Silva, el poeta nacional de Colombia, fue agregado cultural en Caracas durante el gobierno de Guzmán Blanco. Y a Eugenio Montejo en Colombia le tienen un gran aprecio. El llano, por dar otro ejemplo, es una continuidad geográfica a ambos lados del Arauca, y también una continuidad cultural. Y vivir de este lado me ha permitido descubrir una literatura colombiana del llano que antes desconocía.


Guzmán Blanco. Imagen tomada de aquí.


“Publicar este libro fue una forma de cerrar un ciclo”

Sé, por nuestras conversaciones previas a esta entrevista, que eres un gran lector, y que en poesía te has paseado por firmas tan disímiles como E. E. Cummings, Emily Dickinson, los venezolanos Rafael Cadenas y Eugenio Montejo. ¿Cómo dialoga Nos delata la perplejidad con la tradición a la que perteneces?


Detrás de cada poema de Nos delata la perplejidad hay una conversación con quienes escribieron antes. Me reconozco en las palabras de Quevedo cuando dijo que leer es “vivir en conversación con los difuntos y escuchar con los ojos a los muertos”. Esa es también mi forma de escribir, porque antes que escritor soy lector. Para mí, escribir es siempre un acto de diálogo continuo con las lecturas y los autores que me han formado.


Como cualquier otro discípulo borgiano, siento afición por los juegos y alusiones literarias, tanto en mi narrativa como en mi poesía, y eso está presente en este poemario. En el libro hay poemas donde ese juego es más visible, como aquellos que incluyen epígrafes o dedicatorias a Emily Dickinson, Alejandra Pizarnik, Lucía Estrada o Jairo Aníbal Niño. También ocurre con influencias cinematográficas. En otros casos las influencias no son tan explícitas, pero siguen actuando en el trasfondo, como Eugenio Montejo, Reynaldo Pérez So, César Vallejo, José Lira Sosa o Juan Sánchez Peláez.

José Lira Sosa


De José Lira Sosa hay un verso que siempre me ha parecido especialmente desgarrador cuando dice en Por mi cuenta y riesgo:


¡Mentira! ¡Mentira!

Miedo. Eso es todo.


Esa conciencia del miedo y de la fragilidad también me atraviesa como autor, y hago una alusión a ese verso en el poema “Lobelias”.


Al mismo tiempo, hay una presencia de tradiciones orientales, como el haiku de Bashō, Issa o Santōka, que me han enseñado a confiar en la imagen, en lo breve y en aquello que no necesita ser explicado del todo.


Lobelias


Hay un cielo estival

              cristalino

                          sobre la ciudad


y veo que desde un balcón cuelga un ramillete de lobelias.


               Mentira…

           ¡Mentira…!

           ¡Mentira!

           ¡Yo qué sé…?


Deseo llamarlas lobelias

 me dio la impresión de que podrían llamarse así:

                                                            Lobelia cardinalis



Tu formación en física y tu trayectoria en narrativa de ciencia ficción podrían parecer distantes de la poesía. Sin embargo, en este libro hay un diálogo entre lo simbólico y lo racional, entre lo mítico y lo cotidiano. ¿Qué lugar ocupa tu formación académica y tu experiencia en otros géneros dentro del proceso de creación de este poemario?


Mi relación con la poesía no fue inmediata, sino que se fue construyendo con el tiempo. Desde muy joven admiraba a cuentistas como Luis Britto García, Borges, Quiroga o Asimov. Sin embargo, la poesía se me escapaba, me resultaba casi incomprensible.


Fue durante el ciclo básico de la carrera de Física en la Universidad Simón Bolívar cuando empezó a despertarse en mí una necesidad más profunda de la palabra literaria. En ese tiempo participé en un taller llamado Lugar Común, dirigido por el escritor y crítico literario Luis Miguel Isava. Gracias a él, y también a otros profesores del Departamento de Literatura, comencé a interesarme de verdad por la poesía, antes de llegar a esa gran escuela que fue el Celarg. En su taller me introdujo a la lectura de Quevedo y de E. E. Cummings. Como dato curioso, Isava también es físico egresado de la Universidad Simón Bolívar.

E. E. Cummings. Imagen tomada de aquí


La ciencia ficción y la física me enseñaron algo fundamental para la poesía: el extrañamiento. En ese cruce es donde me muevo. La ciencia ficción me dio la imaginación para construir otras realidades posibles y, al mismo tiempo, la sospecha de que la realidad que habitamos nunca es la única. Nunca he sentido que la ciencia y la poesía estén realmente separadas. Ambas intentan nombrar aquello que no entendemos del todo. La física busca las leyes del universo y la poesía busca el sentido de estar en él.


Como dice Ursula K. Le Guin: “La ciencia describe con precisión desde afuera; la poesía describe con precisión desde adentro. La ciencia explica; la poesía implica. Ambas celebran aquello que describen”. También Richard Feynman, en sus famosas Lecturas de Física, dedica un fragmento a cuestionar el parcelamiento del conocimiento y a defender que conocer más sobre el universo no lo vuelve menos bello, sino todo lo contrario. Allí les reclama a los poetas: “¿Qué clase de hombres son los poetas que pueden hablar de Júpiter como si fuera un hombre, pero deben guardar silencio si es una inmensa esfera de metano y amoniaco en rotación?”. Esa idea me acompaña mucho. Para mí, comprender y maravillarse no son gestos opuestos.


En Nos delata la perplejidad, mi formación científica y mi interés en la ficción especulativa apenas aparecen como temas explícitos, quizá sólo en algunos poemas de carácter más filosófico como “Eterno retorno” o “Hiroshima”. Más que como un tema, esa formación y ese interés están presentes como una sensibilidad y como una mirada que atraviesa en general toda mi escritura.

Ursula K. Le Guin


Hiroshima



“Now I’m become death,

the destroyer of worlds”

R. Oppenheimer



El mundo se detenía mientras caía del cielo.

Ojos curiosos alzaban la vista y contemplaban ingenuos.

Esperando

.............—tal como nosotros nos cansamos de esperar—


.........................Un manifiesto.

.........................Una respuesta.

.....................Un significado.

.....................Una revelación.


¿Era una joya acaso que nos enviaba la amada diosa del cielo?


¿Era un lucero acaso

que bajaba a la isla,

un nuevo sol naciente?


El silencio no duró mucho más tiempo.

El sol estalló en la tierra.

Un infierno de fuego.

Un sol más brillante que cincuenta soles.


Ciento cuarenta mil almas

se diluyeron en el aire.

Veinte calles

que fueron reducidas a polvo.


No quedaron muertos que enterrar.

No quedaron árboles de robustas raíces

más fuertes que las rocas y el viento.


No quedaron ecos del canto de los pájaros

que evocaran los inicios del mundo.

No quedaron pájaros que recordaran

las risas inocentes de los niños.

No quedaron ruinosos escombros de templos antiguos.


En veinte calles la tormenta de fuego

todo lo devoró con odio.


 



Has transitado por talleres literarios en Venezuela y Colombia, y tu obra se mueve entre la poesía, la narrativa y la ciencia ficción. Me gustaría que nos contaras sobre el lugar que le atribuirías a este libro en tu trayectoria, y sobre los proyectos literarios en los que estés trabajando.


Los talleres han sido una parte importante de mi formación, tanto en Venezuela como en Colombia. Llegué a la literatura desde un ámbito ajeno a lo literario, y fueron esos espacios de creación compartida los que me ayudaron a entender la escritura como un oficio. En el Celarg, por ejemplo, fue gracias a Belén Ojeda que aprendí que la poesía no sólo se lee, sino que también se escucha con atención, desde las pausas y los silencios. Con el maestro Juan Calzadilla, en las tertulias del Frente de Creación Literaria Oficio Puro, como ya mencioné, empecé a entender el poema desde una dimensión más plástica y a perderle el miedo al juego verbal. Y fue también allí, gracias al escritor Ronald Delgado, donde comencé a aventurarme en la escritura de ciencia ficción.

Belén Ojeda. Imagen tomada de aquí


En Colombia, los talleres con poetas como Federico Díaz Granados, Jorge Valbuena o John Galán Casanova, a quienes estoy profundamente agradecido, así como los espacios de formación del Idartes, la Red Relata y la Casa de Poesía José Asunción Silva, me han permitido ampliar el horizonte de lecturas, entrar en contacto con otras genealogías y pensar la escritura desde un lugar más reflexivo y consciente. Actualmente participo en el taller “Gramática de los cielos”, coordinado por Jorge Valbuena, una experiencia que ha abierto nuevos diálogos en mi escritura, especialmente en torno a la relación intertextual entre la poesía y otros géneros discursivos.


Dentro de mi trayectoria, Nos delata la perplejidad ocupa el lugar de una primera síntesis. Reúne temas e intuiciones que surgieron en distintos momentos de mi escritura. Es un cimiento desde el cual seguir trabajando con más conciencia de lo que busco. Publicar este libro fue una forma de cerrar un ciclo, pero también de asumir una responsabilidad: decir “esto es lo que he estado intentando escribir”.

Rafael Figueredo Oropeza. Poesía. Editorial Negro Sobre Blanco. Caracas (Venezuela), 2025. ISBN: 978-9804241918. 66 páginas


En cuanto a mis proyectos actuales sigo escribiendo poesía, pero también estoy organizando un libro de cuentos de ciencia ficción que reúne relatos escritos a lo largo de estos años, y participo en proyectos colectivos, entre ellos antologías en proceso junto a otros autores.


Estoy muy interesado en la poesía cienciaficcional y aunque tengo ya algunos poemas especulativos tomé una decisión adrede de excluirlos de este primer poemario. Me interesa el panorama actual de la ciencia ficción hispanoamericana, tanto en revistas como Anapoyesis, Sofón o Colectiveros, como en talleres, seminarios y colectivos dedicados a la exploración especulativa. También tengo un gran interés en el estudio y desarrollo del haiku en español, en especial desde el enfoque haiku-shu impulsado por la Escuela Retama del Perú. Todos estos proyectos y exploraciones. Más que caminos separados, siento que forman parte de una misma búsqueda que apenas empieza a tomar forma.





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Rafael Figueredo Oropeza es un escritor y profesional venezolano, nacido en Caracas en 1987 y radicado actualmente en Bogotá, Colombia. Es Licenciado en Física por la Universidad Simón Bolívar y se ha desempeñado en los últimos años como ingeniero de software. Paralelamente, ha cultivado una trayectoria literaria sostenida, que abarca tanto la narrativa como la poesía. En 2012, recibió el primer premio en el Concurso Universitario de Cuentos José Santos Urriola y el segundo premio en el Concurso Iraset Páez Urdaneta de poesía, así como el Premio Venezolano Solsticios en la categoría de Ciencia Ficción por su cuento “Epidermis” (2014). Su primer libro recientemente publicado, «Nos delata la perplejidad», es un poemario que entrelaza lo cotidiano con lo mítico y explora, desde una voz introspectiva y simbólica, las múltiples capas de la existencia humana. Instagram: @ref8chan Web de autor: https://amazon.com/author/rafaelfigueredooropeza


https://revistakametsa.wordpress.com/2025/11/04/poesia-internacional-rafael-figueredo-oropeza-venezuela-colombia/


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Jorge Gómez. Escritor venezolano (Cagua, Aragua, 1971). Dirigió entre 1989 y 1990 la Peña Literaria Cahuakao, en Cagua y, entre 1990 y 1993, el semanario El Tabloide, de la misma ciudad. Desde 1996 edita la revista literaria Letralia, Tierra de Letras, la primera publicación cultural venezolana en la red. Ha publicado, entre otros títulos, los libros de cuentos Dios y otros mitos (1993) y Uno o dos de tus gestos (2018), las novelas breves Los títeres (1999) y Juez en el invierno (2014), la antología de narrativa venezolana Próximos (2006; bilingüe, chino-español), la novela El rastro (2009) y la plaquette de poesía Mar baldío (2013). Textos suyos han aparecido en diversas antologías dentro y fuera de Venezuela. Ha obtenido, entre otros, el primer lugar en el X Concurso Anual de la Universidad Central de Venezuela (Maracay, 2002) y en el Concurso de Minicuentos Los Desiertos del Ángel (Maracay, 2012). Además, con Letralia recibió el Premio Nacional del Libro (Caracas, 2007) y ha sido en dos ocasiones finalista, y una vez mención honorífica, de los premios Stockholm Challenge (Estocolmo, Suecia, 2006, 2008, 2010). Su novela El rastro, publicada en Internet entre 1996 y 2008, recibió en 2007 el puesto Nº 32 en la lista “Las mejores 100 novelas de la lengua española de los últimos 25 años”, de la revista Semana, de Colombia. Textos suyos han sido traducidos al francés, inglés, italiano, catalán, esloveno y chino.

Instagram del autor: @jorgeletralia



https://letralia.com/entrevistas/2026/04/03/rafael-figueredo-oropeza/





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LO FANTÁSTICO EN EL CUENTO VENEZOLANO CONTEMPORÁNEO:

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Por Freddy Crescente


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ENVÍALO TODO.

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