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sábado, 2 de julio de 2022

Damián Tabarovsky, escritor argentino: En los sesenta llevar un libro bajo el brazo tenía un prestigio que hoy ya no tiene.



Damián Tabarovsky. Imagen tomada de Editorial Periférica


Contra el mainstream literario.

Entrevista con Damián Tabarovsky



    
Muchas veces lo que se nos presenta como la gran literatura, la literatura de calidad, no es más que una obra muy sobada que se apega a reglas y clichés que resultan muy convencionales y que con ello responde a las exigencias más puras del mercado. No se trata de los llamados best sellers, sino de libros que se pretenden vanguardistas, cultos, eruditos, pero que en realidad presentan una propuesta ya muy desgastada, muy cómoda y sin riesgos.



Éste es un fenómeno que ha sido criticado en Argentina por Damián Tabarovsky (Buenos Aires, 1967) en su libro Literatura de izquierda [México: Tumbona, 2011], un devastador ataque contra el convencionalismo en que han incurrido los literatos argentinos. Mas no debe extrañarnos que muchos de los señalamientos que hace el autor a sus paisanos se puedan aplicar más allá de sus fronteras nacionales.

Sobre ese libro Replicante conversó con Tabarovsky, quien es escritor, traductor y periodista, colaborador de los diarios Clarín y Perfil, además de autor de nueve libros.

—¿Cuáles fueron las razones que te llevaron a escribir este libro?

—Podría ser una respuesta larga, pero en todo caso daré repuestas cortas. Este libro tiene una singularidad: es mi único libro de ensayos, básicamente soy un novelista. Tiene que ver con que yo viví cinco años en Francia, a mediados de los años noventa, cuando en Argentina gobernaba lo que se llamaba el menemismo, administración ultraliberal que había convertido al país en una especie de laboratorio de la violencia con que ocurrieron los cambios sociales para mal, lo que no nunca pasó en ningún otro lugar del mundo.

”Me sentía muy solo al volver porque notaba que una buena parte del campo intelectual era relativamente complaciente; es decir, criticaban y no votaban a Carlos Saúl Menem, pero la verdad es que nadie terminaba de sacar los pies del plato, como se dice en Argentina (o sea, nadie terminaba de tomar distancia). Al igual que hubo concentraciones económicas en otros aspectos, había habido un proceso muy fuerte de concentración editorial: grandes editoriales que habían desembarcado, grandes premios que muchas veces terminaban hasta entre acusaciones de corrupción, lo que fue generando un tipo de literatura que se escribía para ese mercado. Parecía que estaba muy bien que existiera un mercado literario porque esa era nuestra forma de entrar al capitalismo mundial.

”Así como el mercado existía en otras industrias (la automotriz, el cine), parecía que en la literatura también esto era bueno, y yo cuestionaba esas literaturas que ponían únicamente al mercado como horizonte último. Me sentía realmente muy solo. Ésta fue la única vez en mi vida que yo escribí algo por necesidad; no creo que la literatura tenga que ver con una necesidad, yo no escribo mis novelas “porque lo necesito”, “porque siento que es necesario”. Entonces escribí dos de los cinco ensayos que aparecen en este libro y que habían sido publicados en revistas culturales en aquellos años, pero pasaron totalmente inadvertidos. Eso fue realmente muy frustrante porque ni siquiera había habido reacciones negativas; es como si hubiera llovido, absolutamente nada, el silencio absoluto.

”Pero yo no creo que haya sido ni siquiera un silencio organizado, como una estrategia, sino que honestamente no había condiciones para escuchar eso, para leer a alguien que venía a aguar la fiesta y que había salido a decir “el rey está desnudo”. Me tocaba a mí decirlo, y nadie me podía escuchar.

”En el 2001 Argentina entró en la crisis económica y social más profunda de su historia (cinco presidentes en una semana, muertos, el peso valía un dólar y luego una devaluación de 400 por ciento en una semana, el “corralito”, etcétera). Un tiempo después de eso, en 2004, apareció este libro, y ya habían cambiado las condiciones de escucha; o sea, en el campo intelectual y la sociedad se podía prestar atención a un discurso que era un rastreo de lo que había sido la escritura en los noventa, que incluso empezaba desde los sesenta.

”Las razones fueron estrictamente ésas; durante todo el proceso de escritura yo les decía a mis amigos: “Cómo me gustaría que otro escribiera este libro, porque ni siquiera sabía si yo era una persona capaz de escribirlo”. Pero se fue dando esta necesidad de contar lo que había sido el funcionamiento del campo literario en esos años.

”Ésas realmente fueron las razones personales, más que intelectuales, que llevaron a escribir el libro.

—En el libro llegas a mencionar que te dan risa trabajos que vinculan muy directamente la literatura con la política. Pero al mismo tiempo hay algunas menciones al proceso de democratización argentino desde 1983. ¿Qué cambios hubo en la literatura argentina con la llegada de la democracia?

—En términos de escritura, en los primeros años de los ochenta la democracia generó una cierta estética oficial, lo que se llamó “el alfonsinismo”, derivado del primer gobierno de la democracia de Raúl Alfonsín, la que era de una extrema y casi pueril pedagogía respecto al pasado, en la que estaba muy mal lo que era la dictadura, que los muy “malos”, además, eran los militares básicamente, cuando todos sabemos que fueron dictaduras cívico-militares (el ministro de Economía de la dictadura era el presidente de la Sociedad Rural Argentina, por ejemplo).

”Uno puede decir que en esos años ochenta hubo una televisión de la democracia y un cine que hasta terminó ganando un Oscar, y que hubo una historia oficial del gobierno democrático, pero que no llegó a la literatura, casi diría que por suerte.

”Lo que ocurrió en la democracia es que algunos escritores de las generaciones anteriores, de los sesenta, siguieron haciendo su obra, y luego apareció una generación que ya empezó a escribir en la democracia, pero que no perteneció a aquél discurso oficial.

”Donde sí hubo muchos cambios, justamente, es en términos de mercado editorial, no de literatura: por la libertad empezaron a aparecer muchísimas editoriales, medios de comunicación, debates públicos que antes no existían, y allí sí cambió la figura pública del escritor en la democracia.

Ernesto Sabato. Foto: Cedoc. Imagen tomada de Noticias-Perfil.

”Quizás el único que tenía un rol central (y estoy pensando en voz alta) es Ernesto Sabato, que es un personaje muy complicado de entender y, por lo tanto, de explicar: cómo un personaje de ideas políticas tan dudosas, de una trayectoria de apoyo a los golpes militares y de una escritura más bien mediocre, terminó siendo referencia moral de los primeros años de la democracia, eso es realmente novedoso para la Argentina. A diferencia de México, en Argentina el escritor no tiene ese lugar público o de referencia moral; se puede hacer un modelo, pero ha sido una experiencia muy negativa, porque buena parte de este momento democrático de la Argentina en los últimos diez años políticamente consiste en discutir con aquello que había hecho Sabato en los ochenta: suponer que era exactamente igual el terrorismo de Estado que la guerrilla subversiva (por supuesto que hubo asesinatos, violencia y crímenes guerrilleros), los que Sabato igualó en algo que llamó “teoría de los demonios”.

”Posteriormente, por suerte, eso se deconstruyó al decir que el terrorismo de Estado siempre es peor, porque tiene una responsabilidad aún peor que los crímenes de la guerrilla. Así que la única figura de escritor público que tuvo Argentina ha sido evidentemente conservadora, que fue la de Sabato.

”Yo no creo que haya escrituras estrictamente de la democracia; me parece que está más influenciada la literatura argentina por sus tradiciones internas literarias que por la política. Y, quizá, si la hay es ahora: empieza a haber una cierta literatura que coquetea, que roza con este peronismo kirchnerista que hay en Argentina, que, podría decirse, es un peronismo progresista de centro izquierda. Hay un grupo de gente joven que retoma los tópicos del kirchnerismo en la literatura. Pero todavía es muy incipiente, no podríamos todavía afirmar que existe.

”Pero yo diría que no hubo una influencia entre la democracia y la literatura.

Un asunto que me llama mucho la atención del libro es la utilización de términos procedentes de la política: “izquierda” (aunque no se utiliza “derecha” en el caso del conservadurismo literario), “terror revolucionario”, “patrón” y “lucha de clases”, por ejemplo. ¿Cómo los utilizaste para realizar esta crítica literaria?

—Diría que de dos maneras: primera, todos esos términos y otros que aparecen (no políticos, como “vanguardia”) son, evidentemente, categorías y momentos de la historia que han terminado y que están muertos, y por los que yo no siento ninguna nostalgia. Sin embargo, funcionan en mí como un fantasma; ¿qué es un fantasma? Algo que ya murió, pero con lo que de alguna manera uno dialoga a su manera, locamente (por eso mi libro habla muchas veces de la locura). Casi siempre tengo la sensación de que buena parte de la literatura argentina se construye hoy no solamente como si todo eso hubiera muerto, sino también con una alegría de que estuviera muerto, como un festejo; hay una fiesta que consiste en decir “qué bueno que las vanguardias y que la izquierda murieron, festejemos este entierro y dediquémonos a estas cosas triviales que consisten en convertir a la literatura en una rama de la industria del entretenimiento”.

”Como yo no concibo a la literatura como eso, pues pongo todas estas categorías como fantasmas con los cuales hablar. Eso es un punto: cómo se pudo hacer para mí la traslación de lo político. Luego está que a mí me interesa la política, o casi diría que me interesa más lo político que la política, haciendo la diferencia entre que la política sería lo realmente existente (partidos, políticos), lo que efectivamente me interesa poco, pero sí me interesa lo político como la erupción de un acontecimiento inesperado, como lo que irrumpe y cambia el modo de entender lo social, lo económico y también lo literario.

”A mí me interesaba y me interesa una literatura que politiza zonas del discurso que aparecen a priori como políticamente neutras o despolitizadas; por lo tanto, para mí es política la decisión de cómo se arma una frase, qué palabra viene después de la otra y cómo construimos una frase. Toso eso está cargado de microdecisiones políticas, porque consisten en hacer consciente, explícito e intelectual el proceso de definición de qué lenguaje usamos, sobre qué temas conversamos, de qué manera hablamos. Ésas son grandes cuestiones políticas y yo quisiera introducir a la izquierda allí adentro.
”Eso para mí es la izquierda o una literatura de izquierda: una literatura que critica, rompe y discute con la sintaxis y la escritura del sentido común, con la sintaxis de los grandes medios de comunicación, con el discurso del deporte, de la salud, de la época, por decirlo de alguna manera. Tiene que ver mucho menos con las posiciones políticas de los escritores, las que sí me parecen secundarias; yo no uso la expresión “derecha” justamente para que se resalte más la cuestión de izquierda, y entonces uso sinónimo de “derecha” como “conservadora”. Pero prefiero no utilizar la expresión “derecha” porque no me interesa la derecha, sino la izquierda como problema.

”Ahora, lo que dice el libro es que en Argentina —pero después resultó que en muchos otros lados también— una mayoría de escritores que son políticamente de izquierda, con los cuales yo podría compartir muchas cosas —en el sentido de que fueron exiliados de la dictadura, combatientes contra ésta, víctimas, defensores de los derechos humanos, progresistas—, escriben, en su mayoría, una literatura conservadora y convencional. No cuestionan, justamente, su propia praxis, que es lo que yo decía antes: no cuestionan la frase, y escriben una frase totalmente obvia, con historias más bien convencionales, pedagógicas en muchos casos, triviales y de mercado.

”Si una empresa como Telmex hace una campaña tremenda, esos escritores dicen que eso aliena a la gente; pero si Planeta hace lo mismo con sus libros, eso es bueno porque acerca el libro al lector. Yo digo: no, cómo puede ser esto. Acá hay una contradicción, discutámosla entonces.

”Lo que termina habiendo en la izquierda política en términos literarios es un populismo de mercado, que es allí donde yo pongo la discusión, y la verdad que me parece secundario si el escritor en su vida privada es más o menos de izquierda. Mis amigos son de izquierda, yo nunca me haría amigo de un escritor fascista; pero la verdad, como lector y como crítico, en términos de literatura me es completamente secundario eso. Y me parece muy grave que la izquierda conceda su escritura al mercado.


—Hay una cosa importante que señalas: que la literatura de izquierda no debe ser decepcionante en el sentido de que debe acompañar los sueños de la sociedad. Pero muchos escritores de izquierda sí han sostenido que debe haber un compromiso político no sólo con los sueños de la sociedad, sino con las luchas populares. ¿Qué te parece esto?

—Yo también acompaño las luchas populares; ahora, me parece que la forma de acompañarlas es inventando nuevos lenguajes y no reproduciendo los hegemónicos. Por ejemplo, en Argentina hubo todo un movimiento de piqueteros (se llama un “piquete” cuando se cortan las rutas para que no pasen los autos, para protestar) que fue muy fuerte en la crisis de 2001 porque en ese momento en Argentina uno de cada dos era pobre, y uno de cada tres indigente, y los desocupados, que eran muchísimos pues toda la Argentina estaba en bancarrota, se empezaron a organizar en el movimiento de piqueteros; entonces, un día se dieron cuenta de que para cortar las rutas y para tener más presencia había que prenderle fuego a los neumáticos porque eso atraía a las cámaras de televisión. Y en un momento resultó que todos esos movimientos políticos terminaron actuando para la televisión, exactamente igual que aquellos a quienes ellos mismos criticaban.