Damián Tabarovsky. Imagen tomada de Editorial Periférica
Contra el mainstream literario.
Entrevista con Damián Tabarovsky
Muchas veces lo que se nos presenta como la gran literatura, la
literatura de calidad, no es más que una obra muy sobada que se apega a
reglas y clichés que resultan muy convencionales y que con ello responde
a las exigencias más puras del mercado. No se trata de los llamados best sellers,
sino de libros que se pretenden vanguardistas, cultos, eruditos, pero
que en realidad presentan una propuesta ya muy desgastada, muy cómoda y
sin riesgos.
Éste es un fenómeno que ha sido criticado en Argentina por Damián Tabarovsky (Buenos Aires, 1967) en su libro Literatura de izquierda
[México: Tumbona, 2011], un devastador ataque contra el
convencionalismo en que han incurrido los literatos argentinos. Mas no
debe extrañarnos que muchos de los señalamientos que hace el autor a sus
paisanos se puedan aplicar más allá de sus fronteras nacionales.
Sobre ese libro Replicante conversó con Tabarovsky, quien es escritor, traductor y periodista, colaborador de los diarios Clarín y Perfil, además de autor de nueve libros.
—¿Cuáles fueron las razones que te llevaron a escribir este libro?
—Podría ser una respuesta larga, pero en todo caso daré repuestas
cortas. Este libro tiene una singularidad: es mi único libro de ensayos,
básicamente soy un novelista. Tiene que ver con que yo viví cinco años
en Francia, a mediados de los años noventa, cuando en Argentina
gobernaba lo que se llamaba el menemismo, administración ultraliberal
que había convertido al país en una especie de laboratorio de la
violencia con que ocurrieron los cambios sociales para mal, lo que no
nunca pasó en ningún otro lugar del mundo.
”Me sentía muy solo al volver porque notaba que una buena parte del
campo intelectual era relativamente complaciente; es decir, criticaban y
no votaban a Carlos Saúl Menem, pero la verdad es que nadie terminaba
de sacar los pies del plato, como se dice en Argentina (o sea, nadie
terminaba de tomar distancia). Al igual que hubo concentraciones
económicas en otros aspectos, había habido un proceso muy fuerte de
concentración editorial: grandes editoriales que habían desembarcado,
grandes premios que muchas veces terminaban hasta entre acusaciones de
corrupción, lo que fue generando un tipo de literatura que se escribía
para ese mercado. Parecía que estaba muy bien que existiera un mercado
literario porque esa era nuestra forma de entrar al capitalismo mundial.
”Así como el mercado existía en otras industrias (la automotriz, el
cine), parecía que en la literatura también esto era bueno, y yo
cuestionaba esas literaturas que ponían únicamente al mercado como
horizonte último. Me sentía realmente muy solo. Ésta fue la única vez en
mi vida que yo escribí algo por necesidad; no creo que la literatura
tenga que ver con una necesidad, yo no escribo mis novelas “porque lo
necesito”, “porque siento que es necesario”. Entonces escribí dos de los
cinco ensayos que aparecen en este libro y que habían sido publicados
en revistas culturales en aquellos años, pero pasaron totalmente
inadvertidos. Eso fue realmente muy frustrante porque ni siquiera había
habido reacciones negativas; es como si hubiera llovido, absolutamente
nada, el silencio absoluto.
”Pero yo no creo que haya sido ni siquiera un silencio organizado,
como una estrategia, sino que honestamente no había condiciones para
escuchar eso, para leer a alguien que venía a aguar la fiesta y que
había salido a decir “el rey está desnudo”. Me tocaba a mí decirlo, y
nadie me podía escuchar.
”En el 2001 Argentina entró en la crisis económica y social más
profunda de su historia (cinco presidentes en una semana, muertos, el
peso valía un dólar y luego una devaluación de 400 por ciento en una
semana, el “corralito”, etcétera). Un tiempo después de eso, en 2004,
apareció este libro, y ya habían cambiado las condiciones de escucha; o
sea, en el campo intelectual y la sociedad se podía prestar atención a
un discurso que era un rastreo de lo que había sido la escritura en los
noventa, que incluso empezaba desde los sesenta.
”Las razones fueron estrictamente ésas; durante todo el proceso de
escritura yo les decía a mis amigos: “Cómo me gustaría que otro
escribiera este libro, porque ni siquiera sabía si yo era una persona
capaz de escribirlo”. Pero se fue dando esta necesidad de contar lo que
había sido el funcionamiento del campo literario en esos años.
”Ésas realmente fueron las razones personales, más que intelectuales, que llevaron a escribir el libro.
—En el libro llegas a mencionar que te dan risa trabajos que
vinculan muy directamente la literatura con la política. Pero al mismo
tiempo hay algunas menciones al proceso de democratización argentino
desde 1983. ¿Qué cambios hubo en la literatura argentina con la llegada
de la democracia?
—En términos de escritura, en los primeros años de los ochenta la
democracia generó una cierta estética oficial, lo que se llamó “el
alfonsinismo”, derivado del primer gobierno de la democracia de Raúl
Alfonsín, la que era de una extrema y casi pueril pedagogía respecto al
pasado, en la que estaba muy mal lo que era la dictadura, que los muy
“malos”, además, eran los militares básicamente, cuando todos sabemos
que fueron dictaduras cívico-militares (el ministro de Economía de la
dictadura era el presidente de la Sociedad Rural Argentina, por
ejemplo).
”Uno puede decir que en esos años ochenta hubo una televisión de la
democracia y un cine que hasta terminó ganando un Oscar, y que hubo una
historia oficial del gobierno democrático, pero que no llegó a la
literatura, casi diría que por suerte.
”Lo que ocurrió en la democracia es que algunos escritores de las
generaciones anteriores, de los sesenta, siguieron haciendo su obra, y
luego apareció una generación que ya empezó a escribir en la democracia,
pero que no perteneció a aquél discurso oficial.
”Donde sí hubo muchos cambios, justamente, es en términos de mercado
editorial, no de literatura: por la libertad empezaron a aparecer
muchísimas editoriales, medios de comunicación, debates públicos que
antes no existían, y allí sí cambió la figura pública del escritor en la
democracia.
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| Ernesto Sabato. Foto: Cedoc. Imagen tomada de Noticias-Perfil. |
”Quizás el único que tenía un rol central (y estoy pensando en voz
alta) es Ernesto Sabato, que es un personaje muy complicado de entender
y, por lo tanto, de explicar: cómo un personaje de ideas políticas tan
dudosas, de una trayectoria de apoyo a los golpes militares y de una
escritura más bien mediocre, terminó siendo referencia moral de los
primeros años de la democracia, eso es realmente novedoso para la
Argentina. A diferencia de México, en Argentina el escritor no tiene ese
lugar público o de referencia moral; se puede hacer un modelo, pero ha
sido una experiencia muy negativa, porque buena parte de este momento
democrático de la Argentina en los últimos diez años políticamente
consiste en discutir con aquello que había hecho Sabato en los ochenta:
suponer que era exactamente igual el terrorismo de Estado que la
guerrilla subversiva (por supuesto que hubo asesinatos, violencia y
crímenes guerrilleros), los que Sabato igualó en algo que llamó “teoría
de los demonios”.
”Posteriormente, por suerte, eso se deconstruyó al decir que el
terrorismo de Estado siempre es peor, porque tiene una responsabilidad
aún peor que los crímenes de la guerrilla. Así que la única figura de
escritor público que tuvo Argentina ha sido evidentemente conservadora,
que fue la de Sabato.
”Yo no creo que haya escrituras estrictamente de la democracia; me
parece que está más influenciada la literatura argentina por sus
tradiciones internas literarias que por la política. Y, quizá, si la hay
es ahora: empieza a haber una cierta literatura que coquetea, que roza
con este peronismo kirchnerista que hay en Argentina, que, podría
decirse, es un peronismo progresista de centro izquierda. Hay un grupo
de gente joven que retoma los tópicos del kirchnerismo en la literatura.
Pero todavía es muy incipiente, no podríamos todavía afirmar que
existe.
”Pero yo diría que no hubo una influencia entre la democracia y la literatura.
—Un asunto que me llama mucho la atención del libro es la
utilización de términos procedentes de la política: “izquierda” (aunque
no se utiliza “derecha” en el caso del conservadurismo literario),
“terror revolucionario”, “patrón” y “lucha de clases”, por ejemplo.
¿Cómo los utilizaste para realizar esta crítica literaria?
—Diría que de dos maneras: primera, todos esos términos y otros que
aparecen (no políticos, como “vanguardia”) son, evidentemente,
categorías y momentos de la historia que han terminado y que están
muertos, y por los que yo no siento ninguna nostalgia. Sin embargo,
funcionan en mí como un fantasma; ¿qué es un fantasma? Algo que ya
murió, pero con lo que de alguna manera uno dialoga a su manera,
locamente (por eso mi libro habla muchas veces de la locura). Casi
siempre tengo la sensación de que buena parte de la literatura argentina
se construye hoy no solamente como si todo eso hubiera muerto, sino
también con una alegría de que estuviera muerto, como un festejo; hay
una fiesta que consiste en decir “qué bueno que las vanguardias y que la
izquierda murieron, festejemos este entierro y dediquémonos a estas
cosas triviales que consisten en convertir a la literatura en una rama
de la industria del entretenimiento”.
”Como yo no concibo a la literatura como eso, pues pongo todas estas
categorías como fantasmas con los cuales hablar. Eso es un punto: cómo
se pudo hacer para mí la traslación de lo político. Luego está que a mí
me interesa la política, o casi diría que me interesa más lo político
que la política, haciendo la diferencia entre que la política sería lo
realmente existente (partidos, políticos), lo que efectivamente me
interesa poco, pero sí me interesa lo político como la erupción de un
acontecimiento inesperado, como lo que irrumpe y cambia el modo de
entender lo social, lo económico y también lo literario.
”A mí me interesaba y me interesa una literatura que politiza zonas del discurso que aparecen a priori
como políticamente neutras o despolitizadas; por lo tanto, para mí es
política la decisión de cómo se arma una frase, qué palabra viene
después de la otra y cómo construimos una frase. Toso eso está cargado
de microdecisiones políticas, porque consisten en hacer consciente,
explícito e intelectual el proceso de definición de qué lenguaje usamos,
sobre qué temas conversamos, de qué manera hablamos. Ésas son grandes
cuestiones políticas y yo quisiera introducir a la izquierda allí
adentro.
”Eso para mí es la izquierda o una literatura de izquierda: una
literatura que critica, rompe y discute con la sintaxis y la escritura
del sentido común, con la sintaxis de los grandes medios de
comunicación, con el discurso del deporte, de la salud, de la época, por
decirlo de alguna manera. Tiene que ver mucho menos con las posiciones
políticas de los escritores, las que sí me parecen secundarias; yo no
uso la expresión “derecha” justamente para que se resalte más la
cuestión de izquierda, y entonces uso sinónimo de “derecha” como
“conservadora”. Pero prefiero no utilizar la expresión “derecha” porque
no me interesa la derecha, sino la izquierda como problema.
”Ahora, lo que dice el libro es que en Argentina —pero después
resultó que en muchos otros lados también— una mayoría de escritores que
son políticamente de izquierda, con los cuales yo podría compartir
muchas cosas —en el sentido de que fueron exiliados de la dictadura,
combatientes contra ésta, víctimas, defensores de los derechos humanos,
progresistas—, escriben, en su mayoría, una literatura conservadora y
convencional. No cuestionan, justamente, su propia praxis, que es lo que
yo decía antes: no cuestionan la frase, y escriben una frase totalmente
obvia, con historias más bien convencionales, pedagógicas en muchos
casos, triviales y de mercado.
”Si una empresa como Telmex hace una campaña tremenda, esos
escritores dicen que eso aliena a la gente; pero si Planeta hace lo
mismo con sus libros, eso es bueno porque acerca el libro al lector. Yo
digo: no, cómo puede ser esto. Acá hay una contradicción, discutámosla
entonces.
”Lo que termina habiendo en la izquierda política en términos
literarios es un populismo de mercado, que es allí donde yo pongo la
discusión, y la verdad que me parece secundario si el escritor en su
vida privada es más o menos de izquierda. Mis amigos son de izquierda,
yo nunca me haría amigo de un escritor fascista; pero la verdad, como
lector y como crítico, en términos de literatura me es completamente
secundario eso. Y me parece muy grave que la izquierda conceda su
escritura al mercado.
—Hay una cosa importante que señalas: que la literatura de
izquierda no debe ser decepcionante en el sentido de que debe acompañar
los sueños de la sociedad. Pero muchos escritores de izquierda sí han
sostenido que debe haber un compromiso político no sólo con los sueños
de la sociedad, sino con las luchas populares. ¿Qué te parece esto?
—Yo también acompaño las luchas populares; ahora, me parece que la
forma de acompañarlas es inventando nuevos lenguajes y no reproduciendo
los hegemónicos. Por ejemplo, en Argentina hubo todo un movimiento de
piqueteros (se llama un “piquete” cuando se cortan las rutas para que no
pasen los autos, para protestar) que fue muy fuerte en la crisis de
2001 porque en ese momento en Argentina uno de cada dos era pobre, y uno
de cada tres indigente, y los desocupados, que eran muchísimos pues
toda la Argentina estaba en bancarrota, se empezaron a organizar en el
movimiento de piqueteros; entonces, un día se dieron cuenta de que para
cortar las rutas y para tener más presencia había que prenderle fuego a
los neumáticos porque eso atraía a las cámaras de televisión. Y en un
momento resultó que todos esos movimientos políticos terminaron actuando
para la televisión, exactamente igual que aquellos a quienes ellos
mismos criticaban.

