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lunes, 14 de septiembre de 2015

George Steiner: Los niños que leyeron a Harry Potter no leerán después a los grandes clásicos. Y eso es triste.


George steiner. Fotografía de GLORIA RODRÍGUEZ



“Vivía al lado de Einstein y de Oppenheimer, y ahí supe qué eran los gigantes”


En una entrevista realizada en el mismo espacio que comparte el piano de la familia Darwin, el filósofo George Steiner defiende el lugar de quien no teme asumir que para aprender hay que estar dispuesto a fracasar en el intento. De un profesor como cartero de conocimiento entregando cartas que obviamente no ha escrito, postura que le valió la franca disputa con el ego de otros profesores de Cambridge. 

En esta jugosa entrevista que se ofrece a continuación, y recuerda más una charla de café absolutamente informal de esas que saltan de un tema a otro, el texto admite un hilo conductor respecto de las inquietudes de Steiner respecto de los misterios de la creación humana, la misma que impulsó diferentes manifestaciones culturales desde la noche de los tiempos y fascinado a viajeros y antropólogos. Recuerda de sus cenas con Henry Moore en la Universidad para referirse a las formas que sabían descubrir sus manos maestras y como excusa para reflexionar sobre cuál es el secreto de una melodía que conmueva o un cuadro que ilumina el corazón. Concluye que sin embargo ni el arte ni la cultura pueden ambos considerarse neutrales o inocentes en sí mismos. “Hay artistas grandes que se unieron al fascismo” algo que le resulta incomprensible. 

Henry Moore

Sus palabras lo muestran atento a los cambios perceptuales que introducen las nuevas tecnologías. Admite que la proliferación de imágenes virtuales permite explicar la merma en lectura de la novela clásica. Los grandes maestros contemporáneos escriben de manera breve o con gran proliferación de imágenes textuales, lo que explica el éxito de Harry Potter y le permite augurar que el futuro de la literatura se encuentra en el formato del comic. 

Agradezco la amable invitación del blog para que comparta mis impresiones como antropóloga sobre esta jugosa entrevista realizada en el hogar de los Steiner, y los invito a extraer sus propias conclusiones. Personalmente, creo que resulta muy difícil no concordar con este viejito de lucidez envidiable



Vivina Salvetti

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Los niños que leyeron a Harry Potter no leerán después a los grandes clásicos. Y eso es triste. Una entrevista a George Steiner

"Yo intento fracasar mejor"



Juan Cruz 24 AGO 2008

A sus casi ochenta años ha logrado escandalizar a sus colegas con las experiencias sexuales que relata en su último libro. Una lúcida mirada de un gran filósofo, crítico literario y ensayista, premio Príncipe de Asturias en 2001.
 


George Steiner está a punto de cumplir ochenta años y acaba de publicar Los libros que nunca he escrito (Siruela), que ha escandalizado en muchos sitios, pero sobre todo en Inglaterra, en cuya Universidad de Cambridge ha sido un destacadísimo profesor. A él le divierte el escándalo, porque tiene que ver, imagina, con la sorpresa que algunos se llevaron cuando observaron que en ese volumen el profesor Steiner, uno de los grandes filósofos europeos, cuya edad avanzada queda desmentida por su mente despiertísima, relata experiencias sexuales muy explícitas (y propias) sin que su pudor le cortara un pelo. El ensayo que ha sido piedra de escándalo tiene que ver con el lenguaje, supone una defensa de las lenguas minoritarias, algunas de las cuales imagina él que deben ser excelentes para practicar sexo, y comienza de este modo tan contundente: "¿Cómo es la vida sexual de un sordomudo? ¿Con qué incitaciones y cadencia se masturba? ¿Cómo experimenta el sordomudo la libido y la consumación?". Claro, la obra no es sólo eso (y no es sólo ese ensayo), sino que es una inteligente mirada sobre los asuntos a los que él alguna vez quiso dedicar un libro (siete, exactamente) y que se le quedaron por el camino. Ése, Los lenguajes de Eros, precisamente, había sido arrinconado por él entre los miles de papeles que guarda en la biblioteca donde trabaja, en el jardín de su casa de Cambridge, ordenada y amplia, donde comparte la vida con su mujer, la historiadora Zara Steiner, en una atmósfera cuya felicidad se refleja precisamente en ese libro y hasta en la cocina de la casa a la hora de celebrar el verano con una copa de jerez, galletas, café y humus.


Ha sido un profesor (y un tutor) codiciadísimo en esta universidad, y aún llegan alumnos a requerir su asistencia doctoral, y él asume su edad con el esmero de quien colecciona el tiempo. Pero preserva la jovialidad de su escritura en sus ojos pícaros y divertidos, y muestra su exhaustiva erudición (como hace en los libros, "doce, y para qué más") como si fuera un narrador de historias, sin darte la impresión de que te apabulla.

Javier Marías

En el rato ese que hubo tras la entrevista, en la cocina, hablamos de todo, y él nos preguntó a nosotros: por la situación en España, por el paro, que le parece la amenaza más grande del futuro, por Javier Marías (a quien considera uno de los grandes escritores de Europa, "y además me honró haciéndome parte de su Reino de Redonda"), por Europa… En algún momento salieron a relucir las artes, que si la poesía es más grande que la narrativa, o la pintura, etcétera, y entonces se levantó de la silla de madera, ensayó algunos movimientos de su mano izquierda, como si dirigiera música, y exclamó: "¡La melodía! ¡Nada hay más perfecto que la melodía! Tú escuchas a Schubert y ahí está el misterio, no hay más". Y en algún momento, en medio del brindis que hubo después de la entrevista, Steiner dijo: "En todas las casas hay un pequeño tesoro". Y se fue. Regresó con una pequeña tarjeta en la mano y la depositó en la encimera. Era la tarjeta que el doctor Freud y su esposa enviaron a sus padres ("Con los mejores deseos", en alemán) cuando éstos contrajeron matrimonio en Viena, el 3 de abril de 1921… Y allí donde hablamos, silencioso, el piano que fue de Darwin. Te lo enseña como si te mostrara un sueño, y luego te guiña un ojo, "vamos a tomar jerez". Durante la entrevista, cuando le insistimos sobre el dolor histórico (es hijo de la diáspora judía, sus padres padecieron la guerra mundial y la persecución nazi, él es consecuencia de la gravedad política de la época, y también de la nutritiva cultura de entreguerras), Steiner dejó claro que ese asunto ya estaba dicho, liquidado, y cuando pasó la hora, su reloj mental, el del profesor estricto que además no usa cronómetro, levantó el dedo y dijo, tajante: "Se cumplió la hora".



Pero si subrayamos esos dos detalles de la larga conversación estaríamos manipulando ese rato, que fue cordial y hondo, una conversación en la que este premio Príncipe de Asturias de la Comunicación se comportó como si fuera en efecto, y él lo dice, el cartero de un conocimiento y de una disputa intelectual que tiene pocos parangones en Europa. Y no te arroja ese conocimiento, lo comparte. Esa actitud es lo que hace de este ensayo de ensayos, Los libros que nunca he escrito (editado también en catalán por Arcadia: Els llibres que no he escrit), una obra que parece la caja negra de su pensamiento, y de sus diversiones. Como él, es divertido y hondo, extraño, como la prolongación de su autobiografía, Errata, y como el anuncio de más polémicas que prolonguen su idea sobre Europa, sobre la crítica literaria, sobre el terrorismo, sobre el Estado de Israel y sobre los judíos. Este hombre es como un río que además se ríe. Y se ríe sobre todo por lo que ha escandalizado a sus colegas, y no sólo, con este libro.


Así que se han escandalizado… 

Sí, muchos. Nunca se ha preguntado nadie cómo es la vida sexual de un sordomudo. Lo han hecho acerca de la de los ciegos, pero jamás sobre la de los sordomudos.


Una pregunta inquietante. 

Porque las preguntas importantes muchas veces son inquietantes. Hay un comentario bellamente desagradable de Heidegger sobre por qué la ciencia resulta tan aburrida. Él dijo que era porque sólo tiene respuestas.

 
Martin Heidegger, circa 1920


Había una pintada en Ecuador que decía: "Cuando por fin teníamos las respuestas nos cambiaron las preguntas". 

 Es verdad. Pero las preguntas pueden ser inquietantes, y las preguntas en torno a lo erótico lo son. Aún no tengo ninguna teoría, pero quisiera que este ensayo sirviera en un futuro a psicólogos, sociolingüistas y gente preparada para que comenzaran a estudiar estos asuntos o por lo menos a seguir preguntándose sobre ello.


Pero lo que usted ha escrito no es sólo un ensayo; es algo más autobiográfico. 

A mí me gusta llamarlo ficciones. Borges consideraba que las ficciones eran verdades. Pero también son verdades imaginarias.


Al leer este ensayo en particular, 'Los lenguajes de Eros', uno podría pensar que usted no tiene ningún pudor, ningún miedo a las posibles consecuencias. 

¡Por eso no escribí el libro, ja, ja! Escribí un ensayo, siete ensayos en lugar de siete libros. Estoy a punto de cumplir los ochenta años, y como no estoy para escribir siete libros, escribí ensayos sobre lo que me hubiera gustado escribir y por qué no lo hice. La mejor definición de la vida la hizo Samuel Beckett: "Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor". Yo quise fracasar mejor, y es lo que intento decir con este libro.

Samuel Beckett


Esa frase de Beckett la usa usted en un contexto en el que habla sobre la tristeza y el pesimismo. 

La tristeza y el pesimismo…, sí. ¿Sabe por qué soy tan poco popular entre mis colegas académicos? Hay una razón muy sencilla. Siendo joven ya dije que había una diferencia abismal entre el creador y el profesor, o editor, o crítico. Y a los colegas no les gusta escucharlo. El capítulo más difícil de escribir en este libro, Envidia, es precisamente sobre esa relación con los profesores. Fue una pesadilla escribirlo. Sudé en cada frase. ¿Cómo se siente uno al vivir rodeado de los grandes sin serlo? Fui el miembro más joven de la Universidad de Princeton, ahí vivía al lado de Einstein y de Oppenheimer, y ahí supe qué eran los gigantes. Fíjese en ese pequeño retrato que hay ahí [un retrato dibujado de él en su juventud; debajo pone, en italiano, Il postino, el cartero]. Yo quiero ser el cartero, quiero que me llamen El Cartero, como ese personaje maravilloso en la película sobre Pablo Neruda. Es un trabajo muy hermoso ser profesor, ser el que entrega las cartas, aunque no las escriba. Mis colegas detestan escuchar eso. ¡La vanidad de los académicos es enorme! Derrida dijo que toda la literatura, hasta la más grande, es un mero pretexto. ¡Al infierno con Derrida! Shakespeare no es un pretexto, Beckett no es un pretexto, no lo es Neruda, no lo es Lorca…



Se enfada usted con Derrida. 

Lo del pretexto es un chiste de mal gusto. Somos los carteros y somos importantes. Los escritores nos necesitan para llegar a su público. Es una función muy importante, pero no es lo mismo que crear.