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lunes, 31 de agosto de 2026

Alejandro Sebastiani Verlezza, escritor venezolano a Raquel Abend van Dalen :"Tengo una gran urgencia caleidoscópica"

 

Imagen tomada de aquí aunque ellos la tomaron de El Universal.



Alejandro Sebastiani Verlezza, escritor venezolano: El poligráfo funda territorios mientras que yo los exploro con urgencia caleidoscópica



“La oscilación gozosa entre la intimidad y la extimidad”


APUNTES LITERARIOS

ABRIL 14, 2020


Por Raquel Abend van Dalen



Entrevista con Alejandro Sebastiani Verlezza


Manejas varios géneros literarios simultáneamente. En tu plaquette Posdatas, manejas por igual la prosa y el verso, sin embargo, más allá de este poemario también te dedicas al ensayo, a la crítica literaria y a la escritura de diarios. ¿Cómo logras el equilibrio entre estos registros?


No hay tanto equilibrio sino inestabilidad, un ir y venir –un jaleo– entre los registros, las posibilidades de la voz, sus vericuetos; de pronto, hay algo con el deseo…o las manifestaciones de un mismo impulso expresivo (esto último se lo escuché a Victoria De Stefano y me fascinó).

Victoria De Stefano


No veo –ahora– contradicción entre la prosa y el verso. Hay, sí, en mí, un sentido del ritmo, casi musical, algo inundante que de pronto, cuando sobreviene, necesito atender y persigo, como puedo, hasta que se va y no hay más nada que hacer. A veces lo siento así, solo sensaciones que entran por el oído y se van derramando por todo el cuerpo. Otras veces, sin más, parece un golpe visual que también viene acompañado de sonidos, murmullos. Me ha pasado, estoy oyendo ciertas melodías y me detengo en la provocación de intentar ponerle palabras, ¿será que sí? Y empiezo a dar vueltas, a veces, sin poner una sola palabra, solo merodeando un poco alrededor de lo que me causó inquietud.

Vicente Gerbasi (Canoabo, Carabobo); 2 de junio de 1913 - Caracas, Venezuela; 28 de diciembre de 1992)

Por otra parte, hay cosas que pueden decirse en un poema y no en un ensayo, en una entrada de diario y no en un relato. En ese sentido, llevado por el ritmo que se impone, no importa la forma sino el tránsito. Pasa o no pasa. Cuaja o no. Por eso, siento, mi interés principal está en la poesía y trato de encontrarme con sus manifestaciones en otros lugares, no podemos reducirla al poema nada más, tampoco puede volverse una voluntad, yo no, al menos yo no puedo, ni me sale, asumirlo así. Entonces, sí, la poesía es un placer y todo lo demás sale de ahí. Ahora bien, el interés por “ensayar” se afinó con mis estudios en Letras. Me gusta suponer que intento un tipo de ensayo, más o menos personal, a veces juguetón, “desequilibrado”, bastante. Quisiera andar más cerca de la imagen y un punto lejos de lo meramente conceptual, dar con eso que Gerbasi llamó “documento de los sentidos”.



En diciembre del año pasado publicaste Canción de la encrucijada, con la editorial Eclepsidra. ¿De qué va este poemario tuyo?


Bueno, tal vez volvemos un poco a lo que te decía más arriba, de pronto sentí como un sonido al que tenía que atender; no era muy claro, pero sí sostenido, estaba ahí y de pronto, en eso, se dispararon algunas palabras. Así fui dando la entonación y el sentido que las acompaña; las cosas para mí ocurren en este nivel, más que en los temas, eso viene después, lo descubro después, a veces ni interesa, porque esas corrientes hablan a su manera.


Tanto es así que hace nada me han preguntado sobre esta “canción” y no he tenido mucho más que decir, por raro que parezca, no sentía las direcciones de lo que esa voz mía proponía. De pronto, sí, tras montones de vueltas aparatosas, casi al borde del gagueo, sin exagerar, sentí que decía algo cercano a la elección y sus metáforas. Si la encrucijada supone el cruce de los caminos, si ese cruce te salta en todas partes, incluso en uno mismo, la voz que dará cuenta de este paisaje tendrá que ser escurridiza, extrañada, volátil.


Siempre se habla sobre la elección, pero no siempre sobre lo que pasa mientras uno está en el tránsito de hacerla y tal vez por ahí quise escurrirme, como la espuma que se va por el hueco de la regadera y aún permanece, como remanente, cosa transparente. En otras palabras: el cruce del cuerpo en un paisaje que remite al desierto, al mío, a sus melodías y sonidos, como si quisiera captar lo que dice el viento, sus no siempre claros mensajes. Evidentemente, hay situaciones que conducen a lo anterior, pero sería demasiado ocioso ponerse en eso, ¿no?, dado que en el poema –se supone– buscamos transformar –porque así se impuso– los ecos de lo que nos pasa en otra cosa.






¿No hay también aquí una búsqueda o un movimiento hacia lo visual?


Sí, dado todo lo anterior, está ese otro plano, que también lo fui descubriendo poco a poco, mientras exploraba las imágenes que te decía, como en cierta penumbra; sentía que para decir todo lo anterior necesitaba una dicción dúctil, líquida, capaz de romperse y abrirse hacia la pura sonoridad, el esparcimiento visual, así fui regando esa “canción” sobre la página; así, pueda leerse, quizás, verso a verso, tal vez como un poema largo, anudado pero descompuesto; le veo esos rostros, ahora; y la verdad, hablarsobre los asombros, sobre lo que pasa cuando se escribe, no es lo más sencillo que se diga…tienes una voz que da vueltas sobre sí misma, arranca y se detiene, frena, se pregunta y arranca otra vez, con otra fuerza, o sin ella, eso una y otra vez, imagínate, para dónde, para dónde, por cuánto tiempo: ¿norte, sur, este, oeste, arriba, abajo? De ese remolino sale todo, cómo ponerle música a ese llegadero, ahí está la cosa. ¿Y qué tal si en cada letra que suelta la boca hay un poema oculto?


Entiendo que tienes otros inéditos, también.


Sí, poco a poco los organizo, ahí voy.


¿Has escrito en italiano?


Frases sueltas, a veces muy parcas, otras más rítmicas; es una lengua con la que me he relacionado desde siempre a partir del puro oído, hasta hace un tiempo que empecé a estudiarla de manera más disciplinada. Algo de esa música me gustaría traer a lo que escribo, muchos títulos de mis poemas o mis collages se me ocurren de una vez en italiano, cosa que antes no me pasaba tanto. En algunos cuadernos tengo transcrito lo que recuerdo de las voces familiares, las más remotas. Es la mina mía íntima. Es la forma de saberme dentro de una trama, familiar y psíquica, corroborar que vengo de algún lugar que ya no habla –los que vinieron primero se van, uno los despide– pero siguen sonando en mí.



¿Esto no puede conducirte a la heteronimia?


No lo sé, la verdad que no, ha sido como un juego, la forma de distanciarme de lo que digo y escribo, para ver qué pasa, para poner a prueba los registros que encuentro en mí, algo así se dio con la serie de “cartas” que Adalber Salas Hernández y yo intercambiamos en Literales, el ahora ausente suplemento literario del TalCual; pero por otro lado, la heteronimia, la heteronimia de verdad-verdad, como la asumió Pessoa, en esa suerte de invención dentro sí mismo, sobre sí mismo, no, eso no, es un ejercicio muy radical con la identidad, tal vez el más riesgoso de todos; tal vez nadie más haya pasado estos límites, aunque quién quita, de locos maravillosos está lleno el mundo. Ahora hay una voz que me da vueltas, quiere decir cosas en italiano, pero soy yo mismo.


La heteronimia, en dos platos, es decir: ha nacido en mí alguien más, tiene su vida propia. Bueno, de estos cruces también está hecha la experiencia, raros palimpsestos, el resultado –y el encontronazo– entre muchos influjos, la metamorfosis y hasta la mímesis y la antropofagia––tupi or not tu pi.


¿Sientes que los géneros literarios que manejas se trasvasan entre sí?


Algo así me ha ocurrido, pero no es voluntario, con el tiempo se ha vuelto mucho más presente, claro, pero esas son las libertades que te da la poesía y su capacidad de sobrepasar, incluso, los géneros, la literatura y el arte; hablamos más bien de una forma de estar, que sobreviene, también, capaz de conducirte al rapto y abrir las válvulas de lo que está dentro de ti y sin más se dispara. Es algo que empecé a ver o atisbar gracias a mi amigo Roberto Pérez León, cómo llega un punto en el que la poesía no se queda solamente en el poema y se convierte en una presencia más abarcante y no solamente en una experiencia, digamos, meramente estética. Entonces, a partir de ese trasvase, hay un ejercicio de la mirada que busca juntarse con la multiplicidad de las cosas, de los fenómenos y sus más secretas confluencias.


No se trata de estar en la posesión de un saber, para nada, sino de una actitud más cercana al tanteo, la exploración, la atención a lo raro. Es algo de y en la experiencia; pero hay libros, claro, capaces de llevarte a estas zonas, habitadas por la desmesura, piensa en Broch y La muerte de Virgilio, Lispector (“entregarse a la desorientación”, decía), Gramcko, Lezama, la Yourcernar de Fuegos.


 ¿Cuáles son las ventajas y peligros de la poligrafía?


El polígrafo, siento, funda un territorio deliberadamente y yo más bien ando en una expedición; con ánimo más experimental y nada erudito, pues, voy y me detengo donde mejor pueda. Hay una entrega instintiva, simplemente. Y con ella, claro, riesgos. Las imágenes me van llevando, trato de escucharlas y tratar de captar algo de la trama que van ofreciendo. Ahora que me lo preguntas, a veces me siento bien como alguien que (¿se?) “traduce”, va y viene de distintos lugares; y así, en el camino, irá encontrando sonidos que alguna vez, si acaso felizmente, desembocarán en la página. ¿Que si salió prosa, verso? Bueno, visto así, es algo meramente formal; me importa más el movimiento, la expresión, sus reverberaciones, lo que anuncian o callan. Tengo una gran urgencia caleidoscópica y eso es todo. A veces, sin buscarlo tanto, algo en mí jala hacia allá. Cosa de inclinación.


¿Cómo combinas la labor de periodista con la de escritor?


En rigor, no hay tal combinación. De vez en cuando me solicitan colaboraciones –o hago textos por encargo– y si me interesan las acepto. Por lo demás, nunca he trabajado formalmente en una sala de redacción. La única vez que hice algo parecido, hace más de diez años, fue en un semanario: La razón. Después de hacer mis pautas, tenía que esperar las correcciones. En esas horas muertas, mientras aprendía algo de ajedrez, ponía el oído a lo que hablaba Jesús Sanoja Hernández, o Julián Márquez, con los escritores que tenían la costumbre de reunirse allí.


Hace unos tres años participé en un trabajo de archivo con El Nacional, en cuyo Papel Literario colaboro con regularidad. Salvo las entrevistas que suelo hacerle a los poetas que más me interesan (hace poco salió una que le hice a mi amigo Luis Gerardo Mármol Bosch en la revista Poesía). Últimamente, por mi trabajo en La Cueva, me ha tocado investigar y escribir cosas sobre fotografía.

Portada original del número uno de la revista Poesía


Tus diarios fueron publicados por Bid & Co. Editor. Siendo los diarios una escritura íntima por definición, ¿por qué escoger publicarlos, especialmente tratándose de tu primer libro?


La opción de publicarlos fue muy fortuita. Apareció. Y tras pensarlo un poco, me pregunté si tenía algo que perder. Y la respuesta fue no, no tengo. Ya antes, en el 2009, había publicado Posdatas, mi primera plaquette. En todo caso, Derivas, mi diario correspondiente al año 2010, ya no era tan “privado”. Digo esto porque lo presenté como trabajo de grado en Letras.




Tampoco considero una idea radical de intimidad, al menos en el diario, sobre todo si está escrito por alguien que trajina con las palabras, el lenguaje y sus registros; no me interesa esa intimidad radical, o literal, decía, porque una vez que pasa al lenguaje, y se vuelve escritura, todo lo dicho, todas esas experiencias, se abren, va ramificándose, encuentran espacios para desplegarse y tomar su propios derroteros. Lo anterior para decirte que si alguien tiene algo de sí mismo que quiere poner en resguardo de la mirada ajena, todos lo hemos sentido alguna vez, lo último que hará es ponerse a escribir un diario. Es y no es intimidad, pues; lo es, en tanto expresión de tu vida interior; no lo es, no tanto, porque pasa por el lenguaje, las formas, el oficio, la imaginación, la memoria, sus facultades transmutadoras.


¿Pueden los diarios no ser literatura una vez publicados?


Algo parecido, justamente, a lo que tocábamos más arriba. Cada diario, en sí mismo, encarna un modelo distinto y no todos pueden leerse igual; ahora, si es o no literario, dependerá de quien lo escriba, con qué ánimo lo asuma, cuáles son sus búsquedas; esa escritura privada, digamos, una vez que sale, se vuelve compartida, es como si una zona de tu intimidad se expandiera y estuviera sujeta a la mirada de los otros; ahí las posibilidades se abren, esa es upara mí la oscilación gozosa entre la intimidad y la extimidad.


El diario se mueve en el cruce de los géneros, él pasa por todos y todos pasan por él: narración personal, rapto lírico, reflexión, lo más crudo de ti, los venenos, las bajas pasiones, las alegrías, las ocasiones. Tal vez haya que desandar todavía más la idea de género, pensar más bien en términos de vidas que por sus mismas circunstancias en algún momento se mueven hacia una poética; y disrupciones, claro, muchas, corrientes que te agarran, te dan la vuelta y tratas de captar o vislumbrar por su fuerza encantatoria.


Entre tus contemporáneos, ¿con quiénes has tenido más acercamientos?


Con el tiempo, entre idas y venidas, estás tú, Franklin Hurtado, Adalber, Florencio Quintero, Graciela Yáñez Vicentini, Néstor Mendoza, Susan Urich y Francisco Catalano.


Aparte de ir y venir en los modos de la escritura, también te dedicas al trabajo visual a través de los collages. ¿Qué relación hay entre éstos y tu quehacer literario? ¿Por qué collage y no pintura o escultura?


La pintura y escultura exigen una preparación, una disciplina y un pulso anímico y técnico que no tengo. Ambas me sobrepasan. En cambio, me interesa más el dibujo como lugar de expresión y experimentación, de ahí sí puedo moverme hacia otros lugares. Pero con el collage, en cambio, es con lo que puedo, ahí sí puedo moverme mejor. Me gusta ver cómo se producen nuevas combinaciones y texturas a partir de elementos en principio disímiles.


Casi siempre ando en una “cacería”, hay algo muy divertido en la elección de los materiales y los soportes; el momento de rasgar, cortar, mover y pegar me lleva a territorio bastante festivo y liberado de la reflexión. Todo lo anterior, visto así, en algo se parece al ejercicio de observación que supuestamente debe hacer alguien que escribe, ¿no? También hay textos en mis collages. Allí, supongo, hay un diálogo y un impulso. Después de todo, en la escritura hay algo de com-posición y juego, impresiones que van asentándose, entran en una superficie y van fugándose.


 ¿Tienes proyectos en esta línea?


Con el tiempo, Raquel, he ido juntando cierto grupo de imágenes y estoy tratando de armar algunas series con ellas. Un par de amigos se ocuparán de esto, en términos de curaduría, a ver si algo puede mostrarse. Esto me emociona particularmente, tanto como publicar un libro, con todo el terror que esto trae, a veces, mira que desde carajito ando en esto, incluso, antes de escribir.


Por otra parte, últimamente he estado haciendo otras exploraciones, siempre ligadas al collage, pero más mixtas, digitales. Las voy soltando en mi cuenta de Tumblr. Es otro ejercicio, menos reposado, pero me da la oportunidad de encontrar interlocutores inesperados, además de los ya usuales.


¿La docencia no le resta tiempo a tu escritura?


La clase, en mí, o lo que amaga con ser tal cosa, es otra forma de la escritura, es como un largo –a veces jadeante– texto oral que va surgiendo entre el cálculo y la improvisación, entre lo que preparaste y las asociaciones sorpresivas y a veces muy tambaleantes que van saltando aquí y allá, aderezadas, claro, por la conversación con los profes, los amigos colegas y los estudiantes, muy fructífera por lo general, dado que yo también sigo siendo uno; mi lugar es el de aprender, siempre, no del que presume que ya sabe. Todo esto se lo agradezco a María Fernanda Palacios, a Jaime López-Sanz, a Rafael Castillo Zapata, por supuesto.


Santos López (Gustavo Bandres)

El año pasado preparaste una antología de la poesía de Santos López, Del fluir. Este año acaba de salir otra, esta vez sobre hiciste una edición con los ensayos de Armando Rojas Guardia: La otra locura.


Yo sí creo que es importante saber en qué corrientes se está moviendo uno, a veces sin tenerlo muy claro, cómo se expresan y de dónde vienen; esto, sin duda, es un trabajo y también algo que llega, te toca la puerta, sin más; en ese sentido, levantar un mapa de la poesía y la prosa que más te interesa, dar cuenta de estas experiencias, concretarlas en la posibilidad de un libro, o un repaso antológico, es tentador y retador, toda una responsabilidad. En el caso de Santos y Armando, las mismas circunstancias de la vida me han ido llevando a encontrarme con ellos y concretar estos trabajos. Y para mí ha sido muy nutritiva la experiencia, incluso, para los caminos de la poesía que escribo.


Armando Rojas Guardia. 1984. Fotografía de Vasco Szinetar.


Vives en Venezuela. ¿Cuáles son los rumbos que ves en el país?


Del actual gobierno no puede esperarse ninguna solución a todos los problemas que han ido creando en estos años. Ni hablar de cómo han acentuado los que ya estaban. Cualquier cosa que diga se quedará muy corta, solo una observación minuciosa de la vida cotidiana podría mostrar hasta dónde llega el daño casi irreparable que ha hecho este gobierno en las vidas de todos, incluidos los que más se ilusionaron con sus promesas. En esa dimensión menudísima puede aclararse el asunto, dado que muchos todavía creen que esto se trata de un mero conflicto entre izquierdas y derechas.


La jerarquía chavista tiene claro que necesita destruir el Estado e imponer un gobierno más militar del que ya tenemos para permanecer en el poder. No asumen el Estado como uno de esos espacios necesarios y vitales para tramitar las tensiones y las diferencias. Así la democracia se convierte en un recurso meramente retórico, algo que solo pasa en el lenguaje gastado y violento que usan, sectario, nacionalista a más no poder. En este sentido es un gobierno ultraconservador, absolutamente desprovisto de imaginación. Suele creerse que sus errores conducirán a “la caída”. No necesariamente es así. El caos es su lugar de maniobra, sobre todo si cuentan con el monopolio de la violencia y cargan a la gente enloquecida en las colas del pan, las farmacias, los supermercados, toda la movida de los bachaqueros, la paranoia por la delincuencia, los precios por las nubes, la devaluación, el descuido de los servicios.


Paradójicamente hay toda una retórica, muy cursi, fastidiosísima, victimizante, afincada en la apelación constante al enemigo externo, el desplazamiento de las propias responsabilidades. Todo esto toca furiosamente el plano de los afectos. De hecho, este gobierno trabaja con la alteración de los afectos, en todos los órdenes, incluido el estomacal y el expresivo. Quisiera ver una transición pacífica, democrática.


 ¿Y entonces? ¿Cómo afecta toda esta situación al trabajo creador, por ejemplo?


Tal vez nuestra generación no ha tenido el chance de expresar “estos años” en toda su contundencia, porque estamos demasiado metidos en la sobrevivencia y eso tampoco funciona como un acto reflejo. Eso sí: el shock es tan grande e intratable que no siempre aparecen las herramientas para “explicarlo”. A la larga, cada experiencia irá demostrando lo indefendible que es esto. Dentro de todas estas serias limitaciones se ha desarrollado la vida de muchos, obviamente no soy el único. Así, parece que nunca están dadas las condiciones “ideales” para llevar adelante vocación alguna, salvo las misteriosas ganas de sostenerla, a veces, contra toda esperanza. En todo este tremedal, el papel de los más jóvenes y los estudiantes es y será fundamental. Tal vez, en algún momento, nos quedará tiempo para preguntarnos si de ese mismo tremedal podrá salir otra cosa nueva, otro arte, otro país, menos empobrecido y golpeado, ¿quién sabe?


Comparte un poema inédito.


Estar despierto


perros piojosos

atados al poste


oigan bien


vivimos en la hacienda

y esta cabuya no es muy larga

podemos correr

y retozar en la grama

pero ay

ayayay

si nos pasamos

la cuerda será horca

vendrá el mareo

y algo enseñará su danza hirviente


(a veces toca devolverse

sin haber mordido el estrecho brumoso)


¿y entonces?


verán qué tanto aguantan

verán si los permeó la experiencia distante

verán si acaso necesitan otras palizas


((que baile el segundero

y el cuello recobre su dulzura))


somos necios

y eso es la vida


ladramos al infinito.


                                                    (del poemario inédito Melancholic jam session)




Alejandro Sebastiani Verlezza. Canción de la encrucijada. Poemas

187 Visualizaciones desde el 5 dic de 2016 hasta el 31 agosto de 2026

https://m.youtube.com/watch?v=DsrSeFYwJTM



Alejandro Sebastiani Verlezza (Caracas, 1982): Poeta y ensayista con incursiones en las artes visuales. Ha publicado una plaquette de poemas, Posdatas (El pez soluble, 2009), el diario Derivas (bid & co, 2013) y el poemario Canción de la encrucijada (Eclepsidra, 2016). Colabora con el Papel Literario. Forma parte de La Cueva, editorial especializada en fotografía venezolana. Licenciado en Comunicación Social (USM, 2005) y Letras (UCV, 2013). Cursó el Programa de Estudios Liberales en la Universidad del Valle San Francisco (2015). Tesista en la maestría en Estudios Literarios de la UCV. Es profesor en la Escuela de Letras de esa misma universidad. Incluido en los volúmenes del Celarg Voces nuevas 2005-2006 (narrativa), Voces nuevas 2006-2007(ensayo) y las siguientes compilaciones poéticas: 102 Poetas. Jamming (Oscar Todman Editores, 2014) y Tiempos grotescos(UNAM, México, 2015). Preparó una antología de la poesía de Santos López: Del fluir (Madrid, Kalathos, 2016), así como una recopilación de los ensayos de Armando Rojas Guardia: La otra locura (bid & co, 2017). Junto con Adalber Salas Hernández editó dos antologías de poesía venezolana: Tramas cruzadas, destinos comunes (Común Presencia, Bogotá, 2013) y Destinos portátiles (Vallejo & co, Perú, 2013). Estuvo en la residencia para escritores de Axóuxere Editora (Galicia, España, 2013). Ha participado en las siguientes exposiciones colectivas: Ciudad volátil, Manifiesto país, Reflejos vagabundos, Caracas horizontal, Confluencias.


 Lecturas en la pagina original de publicación desde el 14,/04/2020 hasta el 31/08/2026 : 106


Raquel Abend van Dalen. Imagen tomada de Cinco8.


Raquel Abend van Dalen (Caracas, 1989). Magíster en Escritura Creativa en Español por la New York University. Autora de los poemarios: La beata de las locas (Madrid, Entropía Ediciones, 2019), Una trinitaria encendida (Nueva York, Sudaquia Editores, 2018), Sobre las fábricas, (Nueva York, Sudaquia Editores, 2014) y Lengua Mundana (Bogotá, Común Presencia Editores, 2012); de las novelas Cuarto Azul (Madrid, Kalathos Ediciones, 2017), Andor (Caracas, Bid&Co.Editor, 2013; Miami, SubUrbano Ediciones, 2017), y coautora del libro Los días pasan y las formas regresan (Caracas, Bid&Co. Editor, 2013). Seleccionó y prologó la compilación de no ficción La cajita cabrona (Caracas, Editorial Cráter, 2016) y Los topos mecánicos (Caracas, Editorial Igneo, 2017). En el 2016 fue escritora residente en el programa para artistas en Camac Centre D’art, Marnay-sur-Seine, Francia. Actualmente es doctoranda del Ph.D en Escritura Creativa en Español de la Universidad de Houston.



https://suburbano.net/la-oscilacion-gozosa-entre-la-intimidad-y-la-extimidad/




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31/08/2026

viernes, 24 de abril de 2026

Traje,Trujo y Trejo escondido en las palabras

 


OSWALDO TREJO, por VASCO SZINETAR


Trejo escondido en las palabras

Por Papel Literario

agosto 4, 2024 1:00 am



Por ÓSCAR RODRÍGUEZ ORTIZ


Elusivo, el Oswaldo Trejo persona real y tangible es casi tan difícil de aprehender como sus trabajosos y trabajados textos literarios. No es que sean “complicados”, que los hay peores en la literatura universal, sino que se niegan al rápido abordaje y retardan la costumbre de ‘intimidad’ con los hechos ficticios que poseen los lectores. Vamos buscando la “comunicación” y nos topamos con un jeroglífico. Mala recomendación para introducirlo. Como la publicidad que argumenta las curiosas bondades de su producto señalando ante todo sus impedimentos: el broche que no cierra de un solo movimiento, una mesa de dos patas, una taza de borde ladeado. Objetos absurdos a primera vista, por lo menos abstrusos, imprácticos. La descripción casi evoca la que se haría apresuradamente de Alicia en el país de las maravillas. El poeta argentino Raúl Gustavo Aguirre ha advertido contra las deficiencias de leer a Trejo para quedar absortos en la contemplación de sus audacias estilísticas, una de las causas de sus ‘problemas’, pues hay otras.



Rehúye, evita, sortea, esquiva, torea, se escapa, son sinónimos aplicables a la obra y al autor. ¿Guardará algún terrible secreto este hombre sociable y a la vez un poco misterioso que se presenta como ‘ingenuo’ para disimular su embrollo? Sus lectores de todos los tiempos, desde 1948 cuando publicó el primer libro, y no se diga desde 1968 cuando comenzó a llevar lo suyo a límites impensables, coinciden en aceptar que la ‘excepcionalidad’ de esa obra —por distinta— conduce a la experiencia común de tropezarse con ‘brumas’, ‘niebla’, ‘oscuridades’, una especie de capa u obstáculo que dificulta la captación de lo que ocurre. A retener para más tarde las dos fechas indicadas.



En sus cuentos hay un bobo que, por “idiota” en el sentido de capacidad intelectual, tergiversa los hechos; dos ancianas sordas que, desde luego, hablan inútilmente para no entenderse; el caballero de las barajas que, salido del papel, ¿es héroe de una epopeya o un simple ciudadano confundido ante el espejo? Safo en bicicleta como en los alegres cuadros de bañistas de Matisse; las cárceles de Piranesi; horror y complacencia en una cueva. Esto es: una obstrucción entre lo que pareciera estar representado y la representación. Que el mundo sea visto —o dicho— por un idiota y unas sordas a lo mejor se relaciona con la literatura del absurdo, tan característica de los años cincuenta y antes. Pero el bobo y Auradelia intercambian de sexo, uno se hace otro gracias a una habilidosa metáfora surrealista aunque propia de la literatura fantástica. Piranesi propondría pesadillas, torturas ante el espacio arquitectónico saturado, casi un espectáculo: una ‘locura lúcida’, deliberada. Todos los espejos de Trejo, y tiene muchos, lo mismo que los de buena parte de la literatura universal cuando están bien usados, predican el simbolismo o el conflicto de la identidad y el doble. Igual función parecieran cumplir los ‘cuadros’ y los autorretratos de sus libros. Significados en los que no se agotaría esta narrativa si se la quiere apreciar desde posturas filosóficas, psicológicas o sociológicas. Hay también en un cuento un arquitecto ‘loco’, un imaginero o suerte de demiurgo popular al estilo de Juan Félix Sánchez en los páramos andinos, capaz de hacer una ciudad de hierro a su imagen y semejanza: lo utópico —¿quimérico?— de edificios inverosímiles semejantes a algunas construcciones verbales de Trejo; construcciones que crean un espacio sagrado; textos que hacen lo propio: sancta sanctorum de complicada penetración, cuya clave hace un poco de burla a las apuestas interpretativas. Es de observar que sobre este mismo tema del artesano demiurgo, muchos años después de Trejo, Peter Weiss escribió un relato sobre el cartero Cheval, quien en sus ratos libres y con manía de artista hizo un monumento particularísimo e impráctico. Locuras o absurdos. ¿Ionesco o Faulkner si se piensa en el proceso interior del bobo en el cuento “Escuchando al idiota”? De hecho Faulkner comienza una de sus novelas con la conocida cita de Shakespeare: la vida es una aventura insensata contada por un idiota. Dice Borges que de los significados filosóficos del poeta inglés se pueden sacar ‘mensajes’, o sencillamente estar atentos al rumor de sus palabras. Tarea escéptica la de vaciar los libros de derivaciones morales o trascendentalistas para colocarnos en la vía de lo que la crítica ha detectado más en Trejo; que se está ante un acontecimiento de las palabras, que estas funcionan en los textos particulares, en la unidad del libro, en el conjunto de la obra, con autonomía: una libertad que puede volverlas locas, pero que jamás les permite el libertinaje pues están autocontroladas. “Tendría que esperar las siguientes palabras —se dice en un cuento de Trejo—, reclamarlas si tuviera algún interés en el amor. Tendría que hacer deducciones, barajar todas las palabras, hacer solitarios. Habría que tomar en cuenta para el juego la confusión del sonido de las palabras , de sus grafismos, de sus significados, porque ellas también deben tener un acaecer extraño dentro de ti, sufrir grandes y variadas transformaciones”. Ellas mandan, no los personajes, situaciones, tramas, etc.


El arquitecto ‘aficionado’, el jugador de cartas, tan presente en sus libros, los intelectuales que se reúnen para inventar palabras, a lo mejor singularizan la manera de escribir de Trejo: paso a paso, frase por frase en un edificio verbal cuyas columnas y ladrillos resultan exclusivamente palabras. De las escasísimas declaraciones que el autor ha dado sobre su obra, acaso pueda retenerse como recomendación única que, así como escribe palabras, se debe leer deletreando. Más que una lengua inventada, ‘nueva’ con respecto al castellano literario o al contexto de las letras venezolanas —tendría un parentesco con las posiciones de Ida Gramko, Antonia Palacios o Alfredo Silva Estrada, tan distintos entre sí y de Trejo—, se trata más bien de una lengua ‘imaginada’, algo así como ‘ideal’: desfigura, ‘corrompe’ el idioma y la sintaxis, cambia de lugar o elude las conexiones lógicas. ¿Una lengua que parodia el idioma, hace chistes a su costa o inocentemente tuerce? En algunos casos prescinde del artículo que haría ‘normal’ la frase y la pone a cojear para que luzca el trastabille; puede suprimir también los verbos activos o pasivos valiéndose exclusivamente de gerundios y participios hasta lindar con lo ‘imposible’ y lo extravagante. Todo para hacer de ellas otra cosa: no dejan de ser palabras, pero desean no parecerlo se acercan poco a las acostumbradas. En algunos momentos semejan palabras, pero a lo mejor no lo sean si se atiende a la manera como están colocadas en las páginas del libro. Puede pensarse al respecto en algunos de los cuentos del volumen Al trajo, trejo, troja, trujo, treja, traje, trejo que deben ser ‘vistos’ más que ‘leídos’: las palabras tachadas en el relato “Memorandum para cuando vuelva Dante” hacen que el ojo lector trabaje el doble. Pero se encuentran también las frases peculiares. “El cuarto en el que nadie adentro” que resulta por cierto una de las expresiones menos felices de sus libros. “En semejante trance, con la mirada pidiendo disimulación, apurando despedida silenciosa, alejando el caballero”. Llega a ser una de las construcciones comunes. “Entrando por las cada vez más puertas” se leen, tres ejemplos entre miles, en cuentos publicados después de 1980 y, aparte de las novelas, tal vez sea posible rastrearlos antes no sólo como síntomas estilísticos. Como las barajas o el tarot, no están en su obra para adivinar el futuro del logos sino el azar del verbo. Lo mismo que los diccionarios y repertorios de palabras: no le importa su semántica, es decir, lo que significan, incluso cómo significan. Son recursos usados antes por el culteranismo y las vanguardias: el invento ocurre dentro de un patrón de invención aunque en el marco de la literatura venezolana Trejo luzca exclusivo.

Una imagen algo borrosa, como la que resulta de una cámara fotográfica intencionalmente desenfocada. Vasco Szinetar le ha hecho varios retratos, el más audaz muestra la cara de un Trejo superpuesta a sus mismos rostros. No ha querido ‘fotografiarlo’ del ‘natural’ sino acaso presentarlo en lo que su obra tiene de negativa a la ‘representación’ ¿Una lectura ‘cubista’ ojos debajo de la nariz o dobles ojos? Quizá en libre asociación, ese retrato evoque el cuadro Desnudo bajando la escalera de Marcel Duchamp. Sólo que la vibración y el movimiento de Duchamp y Szinetar no dicen que en el escritor venezolano lo que se desfigura y elude, se ‘congela’. Narrativa que tiende a coagular el tiempo y el espacio, a volverlos irreales. ¿Dónde pasan los hechos, a quiénes ocurren?, ¿cuándo? ¿Tiene esto importancia? Desde luego, muchos lectores han terminado por pensar que la coagulación es algo próximo a lo inhumano: no se está, dicen, ante una literatura ‘vital’, apasionante por su implicaciones humanas, asible por sus significados psicológicos, ontológicos, sociales, etc. Pero este congelamiento no es como el de Beckett: las palabras pueden llegar a ser totalmente irreales en ambos, en las novelas de Trejo su delirio puede causar la angustia de la lectura que busca la dirección de ese torbellino, pero no pareciera haber la cerrazón fatalista del irlandés. El Ecce homo en tanto personaje puede llegar a ser triste o extravagante, jamás es un detritus.

Personajes, acciones narrativas, lugares cuando los hay. Que los hay y el lector detecta como el único trofeo que puede rescatar de sus esfuerzos —el barrio de Catia en los años cuarenta, una aldea posiblemente andina, un apartamento romano decorado a la manera posmodernista de los años cincuenta, la calle por la que pasa una manifestación estudiantil, los diablos de Yare metidos en el infierno de Dante, una ciudad fantasmal, vecinos ruidosos— se volatilizan y tienden a perder consistencia.

Andrés Mariño Palacio. Ilustración de Orlando Oliveros

Sin embargo, Trejo también es hijo de su tiempo, no es un Dorian Gray inmutable respecto a su propia obra y a los libros ajenos. Su narrativa ha ‘evolucionado’ y la primera es distinta de la posterior aunque ya la anuncie. En ambos momentos, una negativa a la anécdota ‘bien contada’, esto es, a la tradición de contar. Los esfuerzos de la crítica por meterlo dentro de la historia literaria del país, intentos de analogía, han señalado que a fines de los cuarenta se incorporó a las renovaciones buscadas por el grupo Contrapunto. Trejo sostiene sin embargo que él llegó de último y más bien fue una especie de discípulo que protagonista: estaba al lado, no en el corazón del asunto, al igual que le ocurrió con experiencia de pintor. Quizá siempre ha trabajado al margen, paralelamente, al borde, en la proximidad, sin encontrarse por completo en medio de lo estéticamente definido. Indefiniciones que provenientes del exterior han acabado por dar a sus narraciones ese aire único, que procede de lo interno. Lecturas internacionales y ‘modernas’ que propagaba el joven maestro Mariño Palacio. Acaso de allí saldría la tradición contemporánea del cuento venezolano enredadísimo. Es decir, en la literatura del país lo que predomina, y Trejo no sería excepción al respecto, es “el cuento que no parece cuento”, según el modo ideal de ese género, el cuento “mal hecho”, deliberadamente distorsionado por la superposición de planos y el abultamiento de otros factores sobre su anécdota. Incluso, cosa propia de finales de los cuarenta en Venezuela, una cuentística llena de adjetivos, que Julio Miranda ha caracterizado como literatura ‘seudo’: conseguir la cosa por el artificio.




De Trejo señala sin embargo este mismo crítico que en sus libros iniciales no se trata de crear ‘metáforas’, lírica a lo poético, sino que los cuentos mismos, en su totalidad, son metáforas. Se podría completar la observación añadiendo que Trejo pretende hacer de las palabras acaso metáforas de las artes plásticas, su primera actividad y cultura para, posteriormente, hacer de sus textos algo así como una metáfora de los ideogramas, ‘escritos en chino’, ‘incomprensibles’. Doble negación, literaria y pictórica de la tradición inmediata y sofocadora de lo criollo y el paisajismo de las perspectivas o el claroscuro mediante la emoción de los cuadros abstractos y no figurativos. En algunos cuentos iniciales de Trejo hay una especie de abstracción naif o naturalezas muertas a lo Georges Braque. Sus compañeros de la escuela de Artes Plásticas se encontraban también en el mismo dilema: todavía en esa época, Soto, Cruz Diez, Alejandro Otero, Mateo Manaure o González Bogen pintaban desnudos académicos, paisajes, motivos criollos, pero habían comenzado a verlos con otros ojos. En libros siguientes aborda también temas más ‘realistas’, incluso ‘costumbristas’, particularmente en el volumen Cuentos de la primera esquina.

Contra toda especulación cronológica y de orden evolutivo este libro es de 1952, si bien pareciera pertenecer por su modo a otra época anterior del autor y de la literatura nacional. Es la misma incertidumbre o evolución del ‘espíritu moderno’ que hace cambiar a Guillermo Meneses de “La balandra Isabel” a “La mano junto al muro”, dos cuentos modelos y magistrales de la literatura del país. En Trejo, es necesario insistir, existe una sistemática —una convicción estética que se traduce en un preciso ‘sistema’ o conjunto con sus ‘métodos’— voluntad de negarse a contar: cuentos que pueden ser fácilmente anecdóticos, otros simbólicos y hasta alegóricos, todos en perspectiva de elusión y toreo. Así mismo están los cuentos “Escuchando al idiota”, “Aspacia tenía nombre de corneta” y “Horas escondido en las palabras”, tres esenciales para su perspectiva, que comienzan a cumplir su modo último y definitivo. ¿Lo anuncia o lo realizan ya?

Pero como su producción más peculiar cristaliza a partir de 1968 con la novela Andén lejano, la crítica ha tratado de vincularlo a la generación de los sesenta. Su relación estaría en esa atmósfera de novedades, de definición de la contemporaneidad como censura del pasado artístico inmediato, tendencia “cubista” y abstraccionista de los años cincuenta, que él cumple luego. Lo moderno es inconformidad y sensación de insuficiencia, de lo anterior, aparte de novelería. Trejo tendría entonces un aire ‘moderno’ que no tiene de pronto algún narrador muy joven. Aquí se atraviesan las pugnas estéticas entre distintas artes, figurativas o no, irreconciliables. Una califica de tradicional y decimonónico —o criollista— todo lo que cuenta y narra; la otra asegura que toda innovación o es formalismo o es simple jueguito. La de Trejo no es una ‘antinarración’ o trabajo hecho ya contra algo, sino que definitivamente se sostiene por sí mismo y acaso guarde algún parecido con la literatura sin ser aliteratura. Por eso el lector suele verse obligado al esfuerzo supremo de ‘adivinar’, lo que pasa en sus cuentos, pelea en lo que se discute además si son las capacidades perceptivas o del lector las que fallan, si el autor no ha llegado a ‘explicarse’, o es de aquellos que pertenecen a la categoría del ‘no me dice nada’.



Al cordial Trejo se le consigue sin embargo y sin problemas en un café de Sabana Grande, en la exposición de una galería de arte, en un acto oficial, en el bautizo del libro raro de un poeta desconocido, o en esos pomposos homenajes que se brindan a los ‘personajones’. Tiene una intensa vida social que por momentos hace pensar en el don de la ubicuidad si en el mismo día se coincide varias veces con su apretada agenda. Está en todas partes con sus ropas juveniles y sus ‘bleizeres’ de funcionario: pareciera accesible y al alcance de todos. Nada menos cierto. Si un lector espontáneo y de buena fe llega hasta él con una duda acerca de sus libros, por lo regular se lleva la insatisfacción de oírlo cambiar amablemente de tema. La insistencia no lo ablanda o disimula el halago de la solicitación. Debe ser hábito adquirido en el ejercicio diplomático ese de salirse por la tangente y quedar amigo del interlocutor a quien recompensa con el relato de una situación graciosa, de una anécdota inesperada y de ortodoxia narrativa —planteamiento , nudo, desenlace, incluso ‘intriga’, ejes del cuento tradicional que él no practica en sus libros— ciertas agudas observaciones sobre hechos y personas. También, si por casualidad se ve obligado a pronunciar un discurso, sortea el compromiso con la brevedad distanciada de quien apenas cumple un deber de buena educación. Los periodistas no lo suelen buscar, o lo hacen en vano porque, contrariamente a ciertos autores nacionales o extranjeros que se mueren por declarar, disimula con los sucedidos de sus peripecias vitales, sus modestos oficios de policía, jefe de una cochinera, fabricante de queso, vendedor de seguros: ¿un Chaplin que trata de pasar inadvertido y se protege con la desatención? En fin, elude los pronunciamientos éticos y estéticos a los que son tan proclives los escritores. Hacerlos es para aquellos no solo afirmar su personalidad sino tener la sensación de estar viviendo. Trejo no acostumbra a explayarse y acaso se resigne a decir, como todos, lo común cuando conversa. ¿O pretenderá negar con su actitud la tortura romántica del escritor sufrido, la soledad del escritor, la soledad del escritor a quien nadie comprende? De hecho, Trejo como que no se deja seducir por la mundana tentación de ‘darse a conocer’, ganar los favores del público, ‘lucirse’, o aclarar de viva voz los ‘misterios’ de sus libros. Podría suponerse que es por desdén, tal vez, mejor, por timidez o modestia, es decir, a causa de virtudes de índole psicológica o moral, cuando más bien resultan convicciones estéticas. ¿Para qué todo ese alboroto cuando un hombre hace lo que le da la gana? Por más de cuarenta años Trejo ha escrito indiferente a la ‘gloria’ del qué dirán.

Acaso también esa dificultad de no poder descubrir rápidamente la etiqueta que revele los ‘secretos’ de la vida y de las obras elusivas tienda a poner las cosas en su punto, en el plano de las estéticas que discuten si las obras literarias o plásticas representan la realidad, dicen el mundo o postulan uno equivalente. Comenzando por lo más evidente: de qué manera ellas quieren contradecir nuestro modo ‘natural’ de abordarlas. Su ‘rareza’ y dificultad recordaría el procedimiento con el que Ortega y Gasset se situó ante el arte que era ‘nuevo’ en los años veinte: “Cuando a uno no le gusta una obra de arte pero la ha comprendido, se siente superior a ella y no ha lugar la irritación. Más cuando el disgusto que la obra causa nace de que no se le ha entendido, queda el hombre como humillado, con la oscura conciencia de su inferioridad que necesita compensar mediante la indignada afirmación de sí mismo frente a la obra”.

Al contrariar el modo natural con que parecen venir las cosas hasta los hábitos del lector, la crítica no ha faltado a otra cita estética: equipararlo con los procesos ‘anómalos’ mediante los cuales las artes del siglo XX se han definido contra la tradición. Ruptura por la audacia o el desafío, por desconfianza hacia los recursos anteriores cuyos resultados eran los esperados. “Surrealismo”, “letrismo”, experimentalismo son nombres que más o menos se convocan con respecto a Trejo por lo que pueden tener de analogías con su extraño arte. En los cuentos de 1948, de hecho, flota la imaginería surrealista de un entorno cultural que todavía entonces pensaba que esa posición era una vanguardia. “La puerta se estremece. Hay carne pegada del candado y pedazos que le cuelgan. Todo él es una creciente desmadejada y el doble pecho tiene huecos sin llenar”. Nadie dejaría de evocar a Dalí ante semejante visualización metafórica por no hablar de ejemplos poéticos. En efecto, en el libro Los cuatro pies ocurre toda una demostración visual con concesiones al paisajismo pero en una atmósfera interior de supuestas imágenes oníricas. Inconsciente que algunas veces linda con la ‘ingenuidad’ técnica señalada por Orlando Araujo. Depósito de seres, libro de 1963, tal vez tenga que ver con ese sentimiento de la nota o taedium vitae tan peculiar de los años cincuenta. Muchas veces la palabra que niega se ve obligada a pasar por trivial para hacerse ‘significativa’ porque propone una cotidianidad laberíntica, absurda. Sobre el probable ‘letrismo’ de Trejo —el juego fonético se le parece— no hay sino que ver la ‘combinatoria’ de sus construcciones verbales más frecuentes para concluir que no salen de un sombrero agitado. Su relación se encontraría mejor situada si se lo piensa vinculado al ‘concentrismo’ cuando se ‘miran’ sus novelas. Los textos no nombran las cosas o el mundo, son artefactos en sí mismos. O la difícil ‘partitura’ de páginas y páginas de poesía a lo Mallarmé en la novela Andén lejano, el andamiaje poético de Textos de un texto con Teresas, que provocaría alguna relación con el ‘textualismo’ de los estructuralistas. Un artefacto visual dirigido a los ojos pero también a otras experiencias sensibles, la de lo gráfico: las ideas que se hacen visuales, independientemente de su cualidad de ser comprensibles para otros. Rápidamente se piensa en la angustiosa acumulación de decorados y hechos como ‘insignificantes’ que ocurren en la película El año pasado en Marienbad de Resnais. O la jocosa transcripción gráfica que En mientras octubre afuera se hace del popular estribillo “palo, palo, palo, palo, palito, palo é, é, é, palo, palito, palo, é”, mediante estos garabatos, como planas de escolar: ////// é é é é /// é. Son como los trazos dirigidos hacia el momento en que una escritura verdaderamente dificultosa lo es en su esencia: no existe para ser ‘legible’, ‘entendida’, sino tal vez para ser particularmente ‘visible’.




Cine - ALAIN RESNAIS «EL AÑO PASADO EN MARIENBAD»

Semejantes aproximaciones acaban casi siempre en la otra etiqueta que sin remedio se encola sobre Trejo: una narrativa ‘experimental’. “Les anticipo —dice alguien en el cuento “Horas escondido en las palabras”— que habrá de copiar cuarenta y dos preposiciones, doce adverbios, cincuenta y cinco artículos, ocho conjunciones, doce pronombres, dos contracciones… Los jugadores solamente podrán disponer de una interrogación de veinte puntos, veintidós comas, cinco puntos suspensivos, cinco guiones, un punto y coma, y dos palabras que les dicte”. Apenas se va a destacar el lado material o físico que evoca las tareas que se imponen los artistas experimentales que a la manera de los practicantes de la música electrónica, colocados ante frases de las que ignoran su naturaleza, las estudian empíricamente para hallar sus posibilidades desconocidas, trabajo en el que inventan las normas en el mismo momento en que las están haciendo. Se observará que las numerosas comparaciones tienden a vincular a Trejo con realidades artísticas que no son exclusivamente literarias. Consérvese entonces el concepto de analogía: lo que en parte es idéntico y en parte distinto. De allí las muchas referencias a las artes plásticas que en esta lectura no deben tomarse sino como alusiones sin propósito de rigor. Experimentalismo que según ha aclarado Julio Ortega es predominantemente ‘festivo’, es decir, no se hace por medio de técnicas matemáticas, cálculos y reglas establecidas, sino que nacen así porque sí. Sólo una deliberación o postura inicial que el mismo Trejo ha ‘confesado’: no le interesa el cuento que se puede relatar oralmente, busca únicamente el que se reelabora y escribe palabra por palabra, dice él que sin saber lo que vendrá en la frase siguiente. Intención a la que terminan por ajustarse los lectores cuando para ‘gustarlo’ son trasladados al arte primigenio de deletrear. Terminado el proceso primario se preguntan si semejante acumulación de palabras no predica el silencio. Dos posturas ha tenido la crítica frente a esa constancia del autor. Una sostiene que no hay nada más allá de las palabras y en ellas concluye el esfuerzo de seguirlas y adivinar la trama que inexorablemente contienen escondidas. Otra afirma —ha dicho Juan Liscano, por ejemplo— que en esos trozos hay como la grafía del arte islámico: saturan el espacio porque tienen prohibida la representación del mundo. Un dogma y una fe. Tales lecturas, dispararían asimismo el texto hacia la ontología del silencio —callar es mucho más que decir— o a lo mejor hacia el origen de todas las escrituras: el carácter pictográfico que muestra una forma más que un nombre, un objeto, un mundo.

*Ensayo publicado originalmente en el libro Hacer tiempos, publicado por el Fondo Editorial Fundarte, Venezuela, 1995.




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Oswaldo Trejo (Mérida, 1924 – Caracas, 1996). Narrador venezolano. Conocido por sus cuentos de inspiración surrealista. Sus cuentos más conocidos son Los cuatro pies, 1948; Escuchando al idiota, 1949; Cuentos de la primera esquina, 1952; Aspasia tiene nombre de corneta, 1953; Depósito de seres, 1966; Textos de un texto con Teresa, 1975. Publicó las novelas También los hombres son ciudades, 1962; Andén lejano, 1967. Al trajo, trejo, troja, trujo, treja, traje, trejo, 1980), Mientras octubre afuera, 1996 y Metástasis del verbo, 1990. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura de Venezuela en 1988. 




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28/05/2026