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martes, 10 de marzo de 2026

ESDRAS PARRA: Venezuela, "El país de la pena" de Hanni Ossott es una obra maestra

 







Estimados Liponautas


Hoy compartimos este acercamiento que hizo Esdras Parra (Santa Cruz de Mora, 13 de julio de 1939 - Caracas, 18 de noviembre de 2004) al poema "El país de la tristeza" de Hanni Ossott (CaracasVenezuela; 14 de febrero de 1946-31 de diciembre de 2002)  en el V Coloquio Latinoamericano de Literatura (Valencia / 2000). Nosotros en el título de la entrada le agregamos la palabra Venezuela, ya que creemos que refleja fielmente lo que sentimos los venezolanos que actualmente padecemos el gatopardismo septentrional.

Imagínense lo que pudo haber escrito Hanni Ossott si hubiese visto los padecimientos de los venezolanos bajo la bota del chavismo en sus diversas fases.


Plaza Altamira, campo de batalla de protestas en Caracas

https://m.youtube.com/watch?v=fVYO90Z4Jhg&pp=ygUbcHJvdGVzdGFzIGVuIHZlbmV6dWVsYSAyMDE0



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Atentamente


La Gerencia


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¿Por dónde transita Hanni Ossott en su poesía?


La poeta Esdras Parra, en el V Coloquio Latinoamericano de Literatura (Valencia / 2000), calificó al poema "Del país de la pena", perteneciente al libro "El reino donde la noche se abre" (1987), como una una "pequeña obra maestra"








ESDRAS PARRA

¿Por dónde transita Hanni Ossott en su poesía?


Pocos poetas, en nuestro medio, viven su poesía como una pequeña prolongación de su existencia, como debería ser. Quizá como un hito en la lucha que sostienen dentro del mundo de las cosas y de su lenguaje. Hanni Ossott es uno de ellos. Ella vive su poesía, o la poesía vive en ella, la habita. Estos términos pueden ser intercambiables y significan que no se desprende de sí misma en la hora de escribir sus poemas. No se pone una máscara diferente a la que lleva su rostro. Por lo que cuanto dicen sus poemas debemos, con toda certeza, tomar en consideración con la seguridad de que es su voz y no otra la que habla, como si sus poemas fueran parcelas dolorosas, punzantes, que se desglosan de su vida, que ella entrega con la generosidad que es capaz.

Qué más demostración que traer aquí la visión de esa pequeña obra maestra titulada "Del país de la pena". Poema que se ha convertido en objeto de culto entre sus más asiduos lectores. Pues el desgarramiento interior que le exigió escribir de un tirón, en una noche, estas páginas esclarecedoras, no siempre es fácil encontrar en la historia de nuestra poesía. "Desgarramiento", "esclarecedoras", palabras fuertes que no escapan a los oídos de aquellos que me escuchan. Aunque sucede que yo quiero decir con ellas lo que significan como cualidades del poema de Hanni. No se debiera tener miedo a las palabras. Elaborar conjuntos más o menos discriminados a los que se les prohíbe su uso. Hanni misma es un ejemplo. En su poema, ella da rienda suelta al lenguaje y a la imaginación. Ambos juegan allí, libremente, en su propia aventura. Ella arriesga su verbo, y en ese arriesgarse está su secreto. Sólo está allí para conducir ese torrente de vocablos, reveladores de una batalla interior que no con mucha frecuencia otros han vivido. Si Hanni se pregunta incansablemente: "¿Quién soy?" -pregunta clave a lo largo del poema-, es su voz la que habla. Pero habla también la incertidumbre, la seguridad de saberse mortal, la soledad, la añoranza, la ausencia de identidad, la fragilidad misma de encontrarse en esta tierra, en el "país de la pena", y no tener asideros, la impaciencia honda de no poder reconocerse a sí misma, no saber quién es ni por qué está aquí. "Yo te he buscado para saber quién soy, y no sé quien soy".




                

Si su poema resulta a veces poco accesible es porque no deja que la atmósfera del mundo exterior lo inunde"

Se pueden leer esas imágenes que pueblan su poema como si se leyera el libro de la mente. Pero no se trata de una representación mental. Hanni se ha visto atrapada por el demonio de la poesía, lanzada en el trance de vivir lo que dicen sus palabras, cada una llena con el peso específico de su significado. La pregunta que se hace constantemente, pregunta que sirve como guía para adentrarse en el poema y apresarlo en su esencia, es una pregunta desesperada, porque la poeta está detrás o dentro de la pregunta misma como otra interrogación y no puede salir de ella. Hay ira, exasperación que solo se mitiga al expresar otras imágenes, pero el sosiego no está de su parte. Hanni se propone asir para siempre esa esfera dolorosa de su propia interrogante. Si su poema resulta a veces poco accesible es porque no deja que la atmósfera del mundo exterior lo inunde, no la deja circular en su interior para que las visiones se aireen y ella al fin quede libre.

Es posible imaginarla mientras lucha sintiéndose prisionera en las redes de la inspiración, inspiración torrentosa y tiránica. Sentirla frágil e indefensa, intentando desarticular su desamparo que es, por lo demás el de una mujer que sólo aspira a ser ella misma y su poema. Las va edificando con certera seguridad, accediendo a que entren en la realidad de su mundo. En efecto, la primera impresión que causa este poema es su fluidez, la espontaneidad con que el poeta urde el tejido de sus imágenes, dejando espacios entre los intersticios para introducir allí su pregunta. Ese rasgo hace que lo podamos sentir en la propia conciencia, quizá como lo sintió la poeta que lo compuso, como si saliera de nuestra propia voz, impregnado con nuestra desnudez y nuestra indeterminación.

Hanni en su juventud. Cortesía de Letra Muerta Inc.


 Se exige a sí misma una forma errática en el poema sin descuidar sus grados de intensidad: lo satura de imágenes"

Diálogo consigo misma, interrogación fundamental sobre sí y sobre su sentir: "¿Quién soy? ¿Soy los árboles, las plantas? ¿Acaso el mar?". Hanni busca no una respuesta a estas preguntas sino un espacio donde extender su voz, hacerla visible y audible. Porque la voz es la afirmación de la propia persona, y ella pide esa afirmación para estrechar esos vínculos con el mundo. Está ante el mundo, en el sentido rilkeano de esta expresión, gracias al rumbo y elevación de su conciencia. Aspira a experimentar totalmente lo que dice su poema. Tal aspiración es sólo un camino entre muchos caminos. Es arrastrada por su condición de poeta hacia el abismo de su poesía. En el fondo oscuro y denso donde se mueve con su carga de vivencias, Hanni se vuelve ajena a su lenguaje. Necesita desprenderse de sus significaciones a fin de establecer con firmeza su realidad. De ahí que para ocultar su ansiedad, acaso para anularla se exige a sí misma una forma errática en el poema sin descuidar sus grados de intensidad: lo satura de imágenes. Se aferra a esa imágenes tratando de encontrar un punto de apoyo, una suerte de iluminación que puede estar fuera de su poesía. Incorpora su anhelo a las imágenes para imponerse a ellas y lograr una soberanía absoluta. Su propósito final es hacerse de una de su poema y, a la vez, introducir los signos inequívocos de su mundo: sus inquietudes, sus intuiciones, los misterios para los cuales no tiene respuesta.



Su poema está dirigido hacia una meta que es, por igual, un punto de partida: la revelación de un yo sin identidad. Hanni no se niega a recibir las influencias de las vicisitudes de su camino. Estas constituyen etapas en el proceso de llegar a su límite. El yo de Hanni no es un espejo que se refleja estáticamente a sí mismo. Es, por el contrario, la conciencia activa y vigilante de querer volcarse hacia los otros y entregar a ellos su mensaje, establecer una conexión con las voces semejantes a la suya, los que quieren escucharla y se enfrentan a esa sutil aventura. El diálogo, pues, no se queda detenido en una sola presencia, intenta proyectarse en la claridad de su mundo y recoger su eco. La poeta no solo habla para sí, habla también para los demás. No se cree en posesión de verdad alguna, la única verdad que sostiene es la de la certidumbre. Cuando se pregunta: "¿Quién soy?" es porque esa interrogación anuda bel lazo que la lleva al mundo de los otros. Ellos no son un mero reflejo sino aspectos desconocidos de su propia persona. Necesita interrogarse sin esperar una respuesta, para entregar en su peculiar realidad, en el peligro que significa ser el centro mismo de su poema.

Hanni parece incansable en esta búsqueda angustiosa. Se sobrecarga de confusión, aviva los detalles de sus imágenes para bajar la tiniebla de su noche. Persigue su voz, la acorrala, reflexiona sobre ella. Pretende que esa voz sea la metáfora de todo lo que la rodea. Quizá por eso requiere escuchas, y se dirige a reconstruir el presente que la acerque a quienes la oyen. Su voz tiene la cualidad del grito: "¿Quién soy? ¿Una ruta? ¿Un cambio? ¿Dime quién soy?". Espera que su voz, su grito lo haga reconocerse en su poema. Quiere ver el esplendor, la belleza asumir el amor del mar, la melancolía de la Tierra y apresurarse hacia el "país de la pena": "¿Adónde, adónde?". Se encamina hacia la duda. Primero el abismo. Hanni descansa en la profundidad de la duda. Corre a las bastas distancias que le revelarán, por fin, el misterio de los ausentes, los seres queridos, el misterio como la única verdad que no le ha sido revelada, el lado de la vida que no conocemos. La pena que siente es como una hoja suspendida en el vacío. El aire enrarecido la deja pasar: Da libre curso a su grito. Hay una abertura en ese cielo de su sufrimiento: "padezco", "quiero obviar el dolor, el horror. Olvido. Olvido". Esa hoja debe soportar el peso de tanta luz, de tanta tiniebla, de tanta invalidez y desazón. Porque tiene que mantenerse firme en la carencia y en la humildad y ser ella misma dentro de su poema.

Hanni en su juventud. Cortesía de Letra Muerta Inc.



¿Por qué se empeña en tratar de unir su ser con su poesía? ¿Por qué ese anhelo de llegar al dominio de los otros? El mundo se mueve a su alrededor, pero ella borra sus huelllas. No desea permanecer en un solo lugar. Los otros, decididamente, no son su reflejo. Pone en movimiento su deseo de identificarse con los otros, con la Tierra, el viento, el mar. Los otros son una aventura extraña, una fatalidad. Asume que su poema debe encarnar en ella misma. Solo así puede responder a su eterna pregunta y ser, además, las colinas, riberas, agua bañada de luz, el pájaro que enterró en el jardín, y dormir bajo tierra para que todo pase. Olvido, olvido, grita en medio de la resaca. Por fin la fusión se realiza: "Estoy extenuada". Indaga en los otros como si indagara en sí misma. Está frente al mundo. Camina hacia lo abierto, que no es el espacio ni el cielo sino todo lo existente: las imágenes que atrapa en la vigilia e incorpora a su poema. Ve objetos, representaciones. El mar es un suspiro. Sólo trae barcos llenos de invalidez, barcos enfermos, antiguos dolientes, con sus luces, sus banderas, los cañones, las invisibles balas. Significan la llegada, el arribo. "¿Quién oye? ¿Quién está allí? ¿Quién habla?". Habla ella porque su voz se aísla. Se amalgama con la voz de la naturaleza, la voz de la tierra. Es el enigma, lo innombrable, para lo cual no hay palabras, ni voluntad de crearlas, ni imaginación. Ella se ha convertido en un muro. Escucha el silencio que la rodea. Vuelve sobre sus pasos cerrando su círculo: "Es la luz de la Luna lo que hoy me ilumina".

II

No sé cuantas veces he vuelto a este poema y en cada lectura siempre encuentro algo nuevo que me conmueve. Su lenguaje fluye libremente o tropieza, es dúctil, áspero, fuerte. Corre como un torrente sobre piedras lavadas, forma remansos o rápidos en su trayectoria. En mi mente se transforma como si surgiera de la sombra. De la sombra, de las desdichas, de las penas de la autora, que no necesito sino sentarse a su mesa, en su "cuarto propio", una noche escribirlo o dejar que la fuerza ciega de su impulso primigenio y el sonido febril de su voz hicieran el trabajo. Hanni parece inspirarse en la idea del ser; en el sentido que Heidegger, su mentor, su maestro, da a esta palabra: el fundamento de todo lo existente. Sería interesante investigar hasta qué punto el pensador alemán ha influido en su poesía. Ella, que por sus raíces germánicas siempre se ha sentido cercana a los poetas y pensadores de esta cultura: Goethe, Hölderlin, Nietzsche. No debemos olvidar que a Hanni debemos una de las mejores traducciones de las Elegías de Duino de Rilke.

Por su deseo de abarcar la totalidad etimológica de las palabras, creo que el dominio desde el cual la poeta habla tiene cierto principio en esa lengua. Ella dilucida su pensamiento y afirma desde allí su armonía. La estructura de su poema es sencilla y, a la vez, compleja. Se deja arrastrar por la presión y el movimiento de las imágenes sin perder su vigilancia, su control. Su dolor es dosificado. ¿Cómo intentar una interpretación de este poema? No me creo capacitada para hacer un análisis. Yo sólo lo leo, una, muchas veces, intentando en su lectura dejarme llevar por su agitación interior, por su tiempo, su sonido, los principios semánticos que lo unifican. Percibo allí la ansiedad de la poeta, su desamparo, su sentimiento de inutilidad, su resignación, el fracaso de su mundo. Siento que ella va a la deriva dentro de su oscuridad. Tantea las sombras. Ciegamente va hacia la luz, sin encontrarla. Su pregunta es un grito que surge desde espesas tinieblas, las del ser que no podrá alcanzar, contra las que lucha. No busca una identidad, no desea encarnar su propia imagen, a pesar que ese impulso es los que la sostiene. ¿Se identifica con las cosas que nombra? Primero soy una pena, dice, luego el soportar. Sobrelleva el peso de su vacío, este es su única certidumbre. Desde ese vacío toma fuerzas para soltar su grito: "Soy un cuerpo cansado de tanta errancia". Intenta al fin encontrar un descanso, una identidad y encontrar para siempre el dolor, el horror, los abandonos, las distancias, el llanto.

Yo que he pagado un precio muy alto por proteger mi vida, puedo decir que Hanni ha pagado el suyo"



Con tanteos, venciendo dificultades, vacilaciones, pero al mismo tiempo dueño de una absoluta seguridad, un manejo consciente de su lenguaje, Hanni ha avanzado reciamente en su poesía. Este poema podría ser el climax de su obra, por su situación y el vigor de su verbo, situado a medio camino entre sus primeros y sus últimos libros. Libros que son como hitos en su ruta hacia la creación de su mundo. La poeta ha buscado el ascenso, y así como explora la obscuridad de su pasado, esas "sombras", se hunde también en la niebla del presente. Su voluntad está dirigida a alcanzar la plenitud del ser como equilibrio de todo lo que existe. En su poema, quiere abarcar esa plenitud que es, además, la plenitud de la Tierra. Canta desde esa instancia, como canta también desde lo oscuro. Escucha lo oscuro. Oye lo profundo. Al ascender, se siente bañada de luz, la luz de esa revelación que hasta el momento no había sido señalada. Su pregunta nunca obtendrá respuesta. Tal negativa se incorpora a su voz. La recibe como si fuera una dádiva. Una dádiva que viene de la noche. El silencio, el vacío es la única información. ¿Por dónde transita Hanni en su poema? Ella no lo sabe. Se aferra a su imploración y se apresura a llegar al abismo. Va hacia lo invisible. Reconoce en lo invisible, como Rilke, "una jerarquía más elevada de la realidad". Es decir, de su salvación.

¿Se ha enriquecido nuestra poesía con este poema? Ciertamente. Sería absurdo negarlo. Hanni, como poeta ha hecho allí un surco profundo. Creo, sin embargo, que no se ha reconocido en verdad lo que hay en él de fundamental, de revelador, Las visiones agudas que suscita. Las ramificaciones que parten de sus imágenes. El poema permanece como la voz de la poeta que nada desvanecerá, que se escucha entre las líneas del poema. Hanni muestra su rostro. Lo muestra y lo oculta. Se pone una máscara. Pero deja que el poema siga solo su camino. Lo abandona para que se encuentre a sí mismo. Nadie sabe hasta donde puede avanzar en ese camino. La poeta es finita como todo mortal, aun no sabiendo lo que hay en ella de mortal.



Yo que he pagado un precio muy alto por proteger mi vida, puedo decir que Hanni ha pagado el suyo, y quizá su precio se aún más alto. Ahí está su poesía para atestiguarlo. Esos libros lanzados como hojas en el viento, como mensajes cifrados dentro de una botella sin posibilidad de llegar a destino.

Este poema que es una leyenda nos da, justo, la idea del precio que ha pagado por tratar de proteger su vida. Protegerla de las penas, de las desgracias, la incertidumbre, la mirada de los otros, el pensar de la gente. La vida de Hanni ha girado en torno al círculo concéntrico de sus preocupaciones más íntimas, que es el objeto de sus poemas: los sentimientos, los seres queridos, la casa, el amor, la feminidad, el pasado, la muerte. Todo ello está contenido en este poema. Como el anhelo de rescatar su vida, protegerla de la desolación para lanzarla con su pensamiento a la aventura.

La memoria ha poseído a esta poeta desesperada. La memoria y la acción. La ira, el sosiego. La voluntad de llegar a su corazón. Si todo esto ha sido malo... ¿entonces?. Se adelanta en la búsqueda de su poema. ¿Puede ser atrapado aún? Ella es su poesía, la lleva hasta el límite de lo oscuro por el solo deseo de hacerlo transparente. Por la desposesión de su ser. Hay perplejidad y asombro en su lenguaje. El asombro y la perplejidad del niño que hay en ella. Un viento la empuja. Atónita, se mueve en espiral. Acuna en sus brazos ese niño que nunca tuvo. Lo acaricia en su imaginación.


Hanni Ossott. Cortesía de Letra Muerta Inc.


En la tarde, cuando el sol se ha ocultado tras el horizonte, un poco cansado, con el libro abierto en la página leída tiempo atrás, esta mujer menuda, nerviosa e impaciente se acerca a la ventana y contempla las montañas próximas, el perfil abrupto de la ciudad erigida sobre colinas boscosas que le hacen recordar su infancia y le traen el perfume del vestido de su madre muerta en otro siglo. "No tengo cara", dice, y sin embargo no puede detener el asomo de una lágrima.



http://revistaculturalcarohana.blogspot.com/2019/03/revista-carohana-hanni-ossot.html


Esdras Parra (Santa Cruz de Mora, 13 de julio de 1939 - Caracas, 18 de noviembre de 2004). Fotografía de Vasco Szinetar.




Del país de la pena- Hanni Ossott


«te enseñaré el miedo en un puñado de polvo«                                                 -T.S. Elliot



¿Quién soy?. .. «¿La luz que ilumina esta verja, esta tierra?»  ¿Soy los árboles y las plantas? ¿Acaso el mar?  Soy colinas, riberas, agua bañada de luz  Soy un cuerpo cansado de tanta errancia      un cuerpo y un alma cansados del miedo      Soy el temor. Desde lo profundo y oscuro escucho y tiemblo  Oigo lo profundo, lo oscuro, lo difícil  las contradicciones, todos los polos opuestos  las negruras, las blancuras, los intercambios  como si lo blanco reuniera a lo negro  como si lo negro reuniera a lo blanco.     ¿Quién soy?     Primero una pena, luego el soportar. Veo barcos, barcos múltiples que tocan mi orilla  Veo una casa destrozada por el dolor, demasiado cercana.  Los barcos relucen en la noche                 -veo sus banderas     ellos son el arribo, la llegada     mas no la cura de la más antigua herida.      Veo barcos enfermos, antiguos, dolientes                 y adentro muletas, invalidez, desazón. ¿Quién soy? El sol me quema, incendia mi piel, ilumina mis ojos  Me vuelvo ardiente, soy ardiente         respondo con amor a la canícula. Yo te he buscado para saber quién soy, y yo no sé quién soy La hojarasca me ha arrastrado Quizás para salvarme     Mi cuerpo está cubierto por una alfombra vegetal      la pelusa de las hojas me acaricia      me he hundido en lo verde      duermo, duermo, duermo     para que todo pase, para que todo termine de pasar. Soy ahora el pájaro que enterré en el jardín      duermo bajo la tierra para que todo pase      quiero obviar el dolor y el horror. Olvido, olvido. . . Pienso, ya no es tiempo de la resaca     cada ola me dicta una continuidad      nos la dicta mi continuidad es una estación sutil, imperceptible      a los apresurados. Tú llegaste del país de la pena. ¿Adónde, adónde?     El mar se abre en mí, vasto para lavarme,         regarme     poco a poco voy hacia él         con respeto. Y lejos veo los barcos barcos cargados de llanto, de indignación contenida                  barcos magdalenas. «¿Escribiste el poema, lo lograste hacer bien?                         Te pregunto».     ¿Quién soy?    Te fui a buscar                 Pero fue en Venecia donde te vi      Allí estaban tus cosas         manteles, bisutería, un granate, topacios      Venecia: reposo para la melancolía.      Padezco      ¿Quién soy yo?     Quiero ir a la playa, quiero ver el mar     quiero ver la tierra estremecida por el amor del mar      adoraré la belleza, los esplendores      La ciudad me obliga a trabajar                     y yo mientras tanto suspiro                     suspiro.     Después de tanto dolor creo que las cosas se acomodarán                      un remiendo por aquí, otro por allá                     estoy extenuada     tres años y medio de edad son suficientes                      para entenderlo todo                     vida, muerte, abandonos, distancias.     No soy hija de la guerra, suspiro…                      soy nieta Este pasado me lo voy a tomar lentamente, con demoras (mi marido es humorista y ríe, ríe de mí y tiene razón)     También mi padre decía: «Hay que reírse»      pero no pudo reír, de tanta pena. ¿Quién soy? Creo que soy una trinitaria encendida                      una trinitaria fucsia                      colgando sobre el muro. He colocado mi florecer sobre el muro                  para que sea más hermoso                             para que se suavice     quizás quiero ocultar u olvidarme                 de esa piedra tan áspera. El muro.                  El muro de Berlín.     No quiero el horror sino la tolerancia                 la casa, amigos, libros,                 el granate de amor, los hermanos. Quiero que en mí se resuelva el mar, la hojarasca.     ¿Dónde estás?           ¿Dime, quién soy yo?     Los árboles están silentes, no hay grillos                 sólo lo metálico suena                 máquinas y dinero se dejan sentir                  oigo carros y al fondo una huelga                  ¡nada pasa aquí!                 pero las luces están encendidas                         y el corazón arde. Soy testigo de esto. Y de lo otro              Soy testigo.     No importa.     Allí está la flor del apamate             Tú dijiste que era la flor del apamate.              He visto la flor del cerezo             era bellísima.      Doctor, era bellísima.     Ah, tanto agobio, a veces carezco de fuerzas. Todo lo que tenemos que cuidar: nosotros, la tierra, el alma  supongamos que la poesía también                     y los niños, el niño en nosotros                     la cocina, la lucidez en la cocina     la lista es demasiado larga                     y es demasiado para nosotras                      ¿podrán los hombres ayudarnos?                      ¿oírnos?     demasiado peso; sí, demasiado peso demasiado                     agobio.     Venecia, Venezuela                     Suspiro, tiemblo, ardo     Mi marido trabaja y es de noche.        Las gatas chillan.     Oigo el mar, la caracola me informa     No todo es resolución, pero algo debe resolverse                      algo así como una paga                      ¿pero qué?, no sé… ¿Qué soy? Escucho algo en mí, una voz, quizás                  algo que quiere salir                  algo claro                 que ahora no entiendo, que rumorea.  ¿Soy de la Edad Media?                 atrás están mis muertos                  atrás y cerca                 ellos, los dolientes                 los que no entendieron el absurdo                  su propio absurdo                  los que no pudieron verse aún                  ellos, los adolescentes                  los que padecían, adolecían.                 Una vez dije: El mar en mí no deja dormir                                  Ahora lo sé,                                  sé qué significa la vigilia                                  estoy atenta                                 llevo algas apegadas a mi cuerpo.     ¿Quién soy? ¿Una ruta? ¿Un camino?                 ¿Una carretera entre ciudad y ciudad?                 ¿Seré un intermedio, un lapso?      No la conciliación, no. Sino algo más      Veamos, debo clarificarme, o quizás no. Veo una línea de palmas, una neblina          Allí hay dos y tres          un hombre, una mujer          dos hombres          lejos, niños     Sé lo que ello significa                 arenisca, polvo visto entre la luz                          puntos que atajo     Mi corazón arde, latido a latido                  no hay fragua                  estoy en calma. La casa está aquí, aquí los fuegos y las aguas                  aquí el lar «Pero tú, tú sufriste tanto, para todo esto» Ah… mi pasión. Ah… mis perdones  Claridad, luz divina, ven a mí. El sol arde y quema, se consagra frente a mi otoño  El sol me habla, contra el otoño, contra la ruina                  -pero también soy el otoño. Ah fruta veloz pronta a la tristeza todo lo bello en ti, pelusa de durazno             se regala para ser higo             como si fuese un intercambio             entre lo difícil y lo fresco. Mi ámbito, ¡cuánta claridad! Oh tierra, cuánto debo hacer para comprenderte              cuán minuciosa debo ser.     Ahora vivo en el detalle, en fragmentos, en trazos              sobre la línea de un rostro. ¿Quién soy? No tengo cara, seguro, es seguro, no tengo cara              mis ojos vuelan más allá                 mis pómulos son contundentes             mi cabello revolotea o se hace dócil              la luz lo abrillanta, lo achica              fuegos en mí arden         Y ahora quiero algo parecido a la paz                     algo así como lo regular                     tiemblo encendida de tanta pasión          (Mi marido está durmiendo… , al fin; así no me oye          mi marido sabe cuando pienso, cuando siento,          la resonancia de mí le llega y es fuerte).         Estoy en mi cuarto, en mi «cuarto propio»         Allí está la ardilla alemana         las muñecas: la inglesa, la merideña          la venezolana, la italiana          allí está el pájaro primitivo          la talla                     allí la foto del balcón hacia ningún lugar     Grecia, Alemania, Venezuela, Londres, Venecia, Egipto.         Los cuidos.         Es demasiado.   Suficiente. Suficiente.              Carezco de fuerzas         He dejado el poema, la palabra          He hablado demasiado.         Ya casi no hay culpas         sólo la sombra desfalleciente de lo que somos                     amparo         queremos amparo     los buques con sus luces                         las banderas                         los cañones, las balas, las invisibles balas                          ya no entran en mí     oigo sólo la voz de los grillos                     la voz de la tierra                     la voz de la naturaleza                      queda, casi mugiente                     como una imploración                      ¿quién oye?                      ¿quién está allí?                      ¿quién habla?                      Toco a                     las puertas     No es el de adentro quien pregunta     Es el de afuera                     el demolido                      el cansado                      el exhausto     Y mi voz se alarga, se extiende                      ¿Quién está allí?     El rayo de luz se ha acortado                     debo dormir, es de noche                      los ángeles nos cubrirán                      como a una pareja de amor                         en cuido     Mi alma sola late y veo los reflejos     hay allí un cuaderno, hay allí un lápiz                     un molinillo de café                     y está la firma de Steinberg, a quien no conozo  El grillo salta y salta -lleva la libertad en sí         Acciono, acciono y no comprendo                 trato de comprender, lentamente      mi niñez y mi vejez lo impiden                 tengo cuarenta años. Dios, ¿qué significo. .. ¿quién soy?                 Hay un alba, sí                 y una medianoche                 hay un cuerpo que ondula                  hay mujeres con un pañuelo amarrado a la cabeza                  y eso significa algo, un luto quizás                  pañuelos negros para sujetar la desesperación     creo que todo tiene significado                 sé de todo lo que significa ¿Quién soy? ¿Tengo yo un significado?                 ¿Soy una palabra, un viento, una planta?                  Mi corazón arde.    Lloro, ardo…                     Ahí voy, como a la sombra de destinos     La pluma de mi pluma está ardiente                 revoloteando, siguiendo la brisa Mar, en ti confío para que des a los otros su límite                         como a la playa      Estoy absorta ante ti, casi espantada                 todos mis riesgos se retraen     Cuido. Cuido. Cuido.     Habrá que ir con cuido. ¿Qué mas?           Las estrellas están allí.   Silentes.                     Y hay obra.     Corazón.      Si todo esto ha sido malo… ¿entonces?                     Entonces no habrá corrección. ¿Quién soy?             ¿El milagro de un error?                      La ventana se abre                      La culpa se ventila                      El sol irradia         En la costa yace un marinero                     la mujer llora  desconsuelo, desconsuelo, desconsuelo No hay punto final para esta guerra                      esta guerra horrible                      esta destrucción     mi alma ha sido partida en dos                      piedad por mis ángeles                      Santa Cruz He llorado.             La tierra me sublima. Los vegetales                             La carne                             El hombre me sublima         y estoy por él más allá de él                                 entre cacharros y suspiros Por ello lavo la casa                             Y este grito solitario… ¿qué será? Suficiente. Es la luz de la Luna lo que hoy me ilumina.                                                         
Hanni Ossott.  Noviembre, 1985.




Poema del libro El reino donde la noche se abre (1987).



martes, 13 de agosto de 2024

LA POESÍA DE ADHELY RIVERO: ROSTROS Y FULGORES DE UN PAISAJE

 


LA POESÍA DE ADHELY RIVERO: ROSTROS Y FULGORES DE UN PAISAJE

Por JOSE NAPOLEÓN OROPEZA.

        El día 30 de junio de 1984, a las seis en punto de una tarde lluviosa, en el instante en que me disponía salir de mi casa hacia Bárbula y, apresuradamente, recogía los libros de poemas de San Juan de la Cruz, Antonio Machado, Enriqueta Arvelo Larriva y algunas reproducciones de obras de pintura de Marcel Duchamp, con la idea de emplear---a manera de espejos confrontados, algunos de sus versos e imágenes pictóricas, como herramientas para el análisis y disquisiciones sobre el tópico que sería tratado en la clase de Teoría y Análisis Literario, ese día: “La imagen como mar insondable en la obra de arte”---justo cuando me preparaba a abordar mi automóvil, se acercó a las puertas de la casa, el joven  poeta Adhely Rivero.



       Después de saludarme, depositó en mis manos un pequeño libro que, bajo el sencillo título de 15 Poemas, había sido editado, bajo el sello de Amazonía. La obra, tal vez “cocida”, según me relató, rápidamente, en los días de su permanencia en el taller de poesía, dictado por el maestro de maestros Eugenio Montejo y, posteriormente con Rafael Cadenas, había sido impreso en un grueso papel de color marrón, y hojas muy ásperas. De entrada, daba la impresión de ser un libro antiguo. Con una portada de Marcos Cupido, estructurada a partir de la fotografía de unas figuras, rostros y pernas, moviéndose entre sombras, del joven del joven dibujante José Abreu, la obra había sido editada en Caracas por la Editorial Arte, que, durante el mes de junio del año 1984, de manera impecable, la imprimió, cuidando la magia del exquisito diseño del libro. 

Esdras Parra


       Luego de entregarme dos ejemplares de la obra, uno autografiado para mí y otro firmado para la escritora Esdras Parra, quien, en ese entonces, venía con regularidad a Valencia, a dictar un taller literario para jóvenes escritores en los espacios del Ateneo, abordamos nuestros carros y nos dispusimos, cada uno, a tomar su rumbo. Antes de despedirnos, le trasmití al poeta mi deseo de invitarlo a asistir a mis clases, en los próximos días, con el propósito de que dialogara con mis alumnos sobre su libro, después de leer, en el aula algunos de los textos del libro.

Carlos Ochoa


     Cuando retorné a mi casa, entrada ya la noche, bajo un tremendo aguacero, cuya fuerza inclemente, no solo arrancaría árboles sino, que destrozaría cualquier paraguas, mucho más las carpetas, que, al salir del carro, puse sobre mi cabeza, traté inútilmente, de abrir rápidamente la entrada a la casa. Pero---azotado por el viento y la fuerza de la lluvia--- no conseguía el hueco de la cerradura.

        Por fin logré entrar. Después de dejar las llaves en la mesa de la sala-recibo me senté en una vieja mecedora de mimbre, asiento favorito a la hora de disponerme a leer, luego de terminar de escribir, o, algunas veces---como aquella noche de lluvia borrascosa---al retornar a casa después de mis clases en la Universidad de Carabobo. Extraje de mi pecho, los libros de San Juan de la Cruz, Antonio Machado y Enriqueta Arvelo Larriva y el libro de Adhely Rivero, que había resguardado de la lluvia entre los otros, formando un acorazado escudo de protección bajo mi pecho.



       Coloqué el resto de los libros sobre una mesa que, a su vez, servía de revistero y me dispuse a leer 15 Poemas. Sin dilaciones, empecé a revisarlo. Una breve presentación del también poeta Carlos Ochoa, resumía en dos páginas, su opinión en torno a los certeros hallazgos de la obra escrita por Adhely Rivero, pues, según él, envuelve al lector “en la vitalidad de un acto que despierta la conciencia hacia parajes verdaderos, lo dicho en sus poemas, nos remite a un punto cardinal interior, a una sustancialidad que sustenta la naturaleza viva, latente, durable”.



     La poesía de Adhely Rivero: el tejido de un temblor oculto


        En una primera lectura de los quince poemas reunidos en la obra---cuatro de los cuales aparecen incluidos en una sección titulada Poemas Dispersos, visualicé, tras esa lectura de los textos, algunos elementos---el caballo, el verano, la luz, los pájaros, las flores, las hojas, el río, la luna, la lluvia, la casa, la tierra---que, como las ondas de las aguas de un rio agitado en la superficie de sus aguas, por alguna laja, trazan círculos; se unen; se dispersan. Los textos incluidos en 15 Poemas, fijan un espacio ensoñado en el cual---tras resurgir en un nuevo afloramiento en pos de luz---reaparecen y nos ofrecen ensoñantes visiones sobre el tema central de la obra: la recuperación de una memoria que perfila los rostros y seres que andan y desandan los caminos, urdiendo y convirtiendo---a través de un fantasioso diálogo entre vivos y muertos---el espacio del llano venezolano en un paisaje íntimo.

       En cada poema se dibuja algún detalle, mediante el registro de una voz que rastrea un signo, que fija y desfija la memoria familiar, encarnada en las acciones de un padre, de una madre y de una abuela, cuyos recuerdos y memoria se desean asir como un cuerpo absoluto. Una memoria que se intenta armar a partir de las imágenes primigenias---río, casa, luna, caballo, árboles, pájaros---de un paisaje que desea recobrar, trayendo de vuelta, un rostro, un detalle, que, a la vez, opera como ductor del recorrido silencioso, lento y pausado de los seres inmersos entre nieblas. Se esfuman y desaparecen fijando el amago de una memoria desvanecida como la luz de luna:

     Quién me espanta

      por muerto

      y come las hojas

      del caballo

 

      Me asomo

      al monte

      y es blanco de luna

 

      Sueño donde había puerta

      y siento la tierra baldía

 

      Me voy por la luz

      de linterna

      adonde no hay nadie

      en mi sueño.

 

        Las hojas del caballo se esfuman bajo la luz lunar: tal vez fueron parte del mismo sueño de imaginar la tierra. Como una puerta, que, una vez evocada, deja oír las voces y palabras de un ser que pervive, trasmutado en un fulgor etéreo, dentro del sueño de ser hoja o caballo. Todo emerge de una misma ensoñación desvanecida, tan pronto el poeta descubriese--- tras la puerta---un detalle o un rostro oculto: asume la conciencia de aceptar que nada ha sido real. Todo está dibujándose en un sueño de hoja y un caballo. Tanto las hojas como ese caballo, parecieran resumir el movimiento de las demás imágenes: la luz de la luna y la tierra totalmente baldía, forma, también, parte del sueño.


Eugenio Montejo


        Si se está vivo o muerto será siempre un juego de la luz, de los constantes vaivenes del ser en busca de continuar en el afán de asir un recuerdo absoluto. De otear en los restos de una memoria cada vez más lejana. Todo subyace en la evocación de un paso, o de otros movimientos cada vez más lentos:

     Vi caer los pájaros

     Aquel sol arando tierra

     y nos fuimos trotando

      para un olvido

      En mi río

      Están las huellas de un verano

 

      Las hojarascas suenan

      Nada queda de los pasos lentos.

   

         Todo permanece en la zona olvidada. No existe memoria de la muerte, tampoco de la vida: las imágenes nacen y subyacen, en la memoria como un sueño. Emerge la posibilidad de un olvido que borra los pasos y reafirma la condición del río como elemento de resistencia ante la desmemoria y el persistente olvido. Desde lo más profundo del ser, crecen las aguas del río: prevalece tan solo el sonido de las hojas y de la memoria signada por las huellas de un verano que sólo deja huellas en lo más profundo del ser: sin ninguna vacilación, trota hacia el olvido.

        Pero las imágenes de un persistente verano retornan para enclavar la memoria de las imágenes de un paisaje---la sabana, la palma, el sol, un rostro cuarteado, un caballo, un pájaro, las flores, un estero, la hojarasca---y los seres y rostros de un mundo interior, oculto, que, indefectiblemente, aparece y desaparece, como amago. Pero que corre, interiormente, como un río dormido, flores de pensamiento, torrente de un río que avanza transmutado en la imagen de un caballo, que trota en el viento:

     No puedo

     tenderme

     bajo la palma

           soñar

     mi caballo en el viento

 

      Borraron los esteros

     las bifurcaciones

     las flores de pensamiento

 

     Y este camino que nos trajo.

          En estos 15 textos---lo confirmaremos, al releerlo, años después, cuando el poeta, en otras obras, retome imágenes y símbolos de este libro--- asombrosamente bien tejido---desde las imágenes de una recurrente ensoñación que volverá a urdir y presentar el tema de soledad y silencio del llano, temas que obsederían al poeta: el silencio imponente de un río de luz que divide su surco y crea bifurcaciones de alguna memoria perdida. Una memoria que trata de reunir en las imágenes de una flor, de un camino o una carama, amasijo de troncos y de piedras arrastradas por un río crecido.

        En esta hermosa y contundente obra del poeta Rivero, el esplendor---perfilado en la imagen de un caballo que, entre el viento, tejerá otra senda de infinitas ensoñaciones---aflora como un universo único: nada que habite el viento volverá a ser el mismo. Pero, el caballo, resurgirá, siempre, en otros escenarios en los cuales el poeta reinventaría su figura, su egregia presencia en muchos de sus textos posteriores. Convierte al caballo en un símbolo de la fuerza desbordante de la naturaleza. Pero, también en un ser mágico que se transfigura en otros seres: lo convierte en el puente que une el cielo con la tierra: vive en el viento, transmutado en cabellera de luz, en un nudo de músculos fogosos, pues nace de un sueño de luz y de aire. Pasta en el viento que lo dibuja y desdibuja, en un siguiente texto, en otra estancia de la misma y recurrente ensoñación:

     No puedo

     tenderme

     bajo la palma

            soñar

     mi caballo en el viento

 

     Borraron los esteros

     las bifurcaciones

     las flores de pensamiento

     Y este camino que nos trajo.

        Esa ensoñación del caballo, lo mismo de éste y de otro camino, será, borrado en un siguiente instante. Pasado o presente sólo existen como un verbo nacido del aire, materia para el borrón y el paso del viento que trae, devuelve o aleja el caballo. Solo existente mientras se lo sueña. Lo mismo que las flores de pensamiento que perviven como un ser real, una flor desnuda e íngrima. Pero que, también, como el caballo, habita, recurrentemente, el mismo sueño. Igualmente pensada, mora en la zona de la intermitencia: en una y en otra orilla, la de la realidad y la de las ensoñaciones que ocurren y no ocurren debajo de una palma: el espacio en el cual iniciaría el territorio del juego permanente del olvido y desolvido. La imaginación espejeante de un camino que, bajos hilos memoriosos, trae de regreso a los seres y espacios amados. Pero, a semejanza del camino, terminan borrándose, para incitar, de nuevo, el juego a la continua ensoñación de seres amados y formas de un paisaje en permanente formación.

        En el centro de la ensoñación---donde seguramente se tejerían las imágenes y símbolos que acompañarían, a lo largo de su vida de poeta a Adhely Rivero, cuestión nacida de una elucubración nuestra, al leer el siguiente texto, mientras, oía la lluvia que, afuera, no cesaba---tuve ante mí, uno de los poemas más hermosos de esta obra, por su profundidad del bordado semántico, alcanzada tras el sencillo devaneo de las imágenes, como si fueran las líneas, rayas, los puntos de un dibujo, cuyos elementos, urdirán, en el alma, el recuerdo inolvidable de un hermoso poema:

     Ahora

     llueve

     y las gotas negras

     los paraguas

      pasan por las calles.

     Ahora puedo ver por la ventana

     un edificio temblando en el agua

     Un hombre saltando

     Una mujer pintada

     en la pared contra la lluvia

 

     Temprano

     veía esta nube en el cielo

                                    Ahora yace desplomada

                                    en el pavimento.

        Magistral poema por la conjunción de imágenes---lluvia, cielo, paraguas, gotas negras, ventana, hombre, mujer, edificio, nube, pared y pavimento---que nacen, pasan, se dibujan de un verso a otro, dejando en el tránsito, rayas y líneas que fijan y desfijan el temblor de unas gotas de lluvia. Pero, también, de todas las imágenes que demarcan los distintos sucederes de un acontecimiento transfigurado en una línea, en una gota. Mientras desde la ventana, el poeta contempla la escena que, bajo la lluvia está bordándose---dejando la impresión y la visión de seres que pasan frente a él---en el mismo instante que se dibuja un universo nacido de las gotas de lluvia:

     Ahora puedo ver por la ventana

     un edificio temblando en el agua

     Un hombre saltando

     Una mujer pintada

     en la pared contra la lluvia

 

        Un minucioso sueño nace desde la mirada del poeta que se sitúa, detrás de la ventana, para imaginar o ensoñar qué ha sucedido, qué acontece frente a él, tras el temblor de los seres dibujados bajo la red de la lluvia. El pensamiento que tuvo temprano, se volvió real en  la caída de la nube sobre el pavimento. En ese instante, el poeta que observaba la escena, cerró, magistralmente, la visión de las cosas sucediéndose, mientras veía llover y presenciaba, desde la ventana, cómo nacía la otra historia de un instante de lluvia: la nube quedaba diluida en el pavimento. En su dureza y en su condición de esplanada quieta y receptora de los restos de un sueño.

        15Poemas cierra con otro poema dedicado al caballo, elemento presente, como símbolo obsesivo y recurrente en la constante ensoñación que da forma a esta obra en la cual---como anteriormente lo intuimos---de un texto al siguiente, el poeta nos presenta las variaciones de un mismo sueño: nada existirá si antes no resulta imaginado. La ensoñación en este conjunto de poemas nos lleva, en uno o en otro sentido, en un viaje indetenible, interminable por la experiencia de la memoria y la desmemoria, urdida a partir de la voluntad de vivir en un permanente vaivén de las palabras.

       El último texto del conjunto incluido en la sección titulada Poemas Dispersos, nos maravilla, por el novedoso tejido formal del tema del caballo, al convertirlo en un ser mítico que, por igual, desanda entre el viento y reafirma la belleza de su vigor y su grandeza, cuando se adueña de la luz y se transmuta en pozo de fulgores.

       Desde la visión de este poderoso y enigmático animal, el poeta Rivero urde el mito de una sabana transfigurada en fuego, cada vez que el caballo deja su luz en la tierra, abriendo, con su figura desdibujada por el viento, las primeras imágenes de una leyenda que cifraría el poema, al reunir las estelas dejadas, en la sabana, por su luz:

     Un caballo desdibujado en el viento

     deja la luz en la tierra

     A su paso ciframos la leyenda

     El fuego de un mito que se cruza

     en la soledad del campo

 

     Un caballo

                       Blanco

     a la medida de la sabana.

        Pasaron seis años desde aquella noche cuando me mantuve, durante largas e intensas horas leyendo y releyendo los hermosos textos reunidos por el poeta Adhely Rivero en 15 Poemas, obra en la cual daría forma a las primeras imágenes que---como ese caballo desdibujado en el viento, la lluvia, el río y la sabana---conformarían un pozo insondable en la cual la visión de los ríos, los rostros familiares de vivos y muertos, avivarán el fuego de una pasión desbordada, indetenible. Un sentimiento fogoso e infinito por la tierra llanera, dibujado como un deseo irrefrenable de volver y retornar, por siempre, a los mismos elementos, en busca de las chispas de un tizón encendido por el sol.

Adhely Rivero. Fotografía de Yuri Valecillo. 1995


       Luego de esta la primera obra---como si estuviera reafirmando su viaje sin retorno a las mismas imágenes de una sabana inundada o azotada por el fuego---con la visión del caballo que aparece y desaparece, como si él también fuese un encanto--- el poeta Rivero nos dio a conocer En sol de sed, su segundo libro de poemas, impreso en Valencia, por Alfa Impresores editado el 1990, igualmente, bajo el sello de Editorial Amazonia.



      Persiste en esta obra el tratamiento del tema del silencio, la soledad del ser que trata de rescatar las imágenes de un universo familiar que se mantiene vivo, por el solo hecho de evocarlo. De traer a colación la imagen de los seres que, alguna vez, habitaron bajo el cielo de un paisaje en permanente ensoñación: las anécdotas, los rostros, las cosas, los seres inmersos en el llano, bajo un inclemente sol en algún tiempo y en otro, bajo los torrenciales aguaceros. Todo ello formando parte de un paisaje, alguna vez real que, ahora, En sol de sed, resurge de la voluntad de pensarlas o de imaginarlas:

     Nada esperes del camino

     El paisaje y las bestias

     existen

     Aparece un río

     cuando lo deseamos

        Tras el acto de imaginar---o de desear la reaparición de las formas y seres del paisaje del llano, surgirá el río, que todo lo arrastra en espejeo de gotas y que, a su vez, ocasiona, que surjan calamidades o alegría. Pero que aparece cuando lo deseamos, subraya el poeta que, en los tres primeros poemas de esta obra, en la cual retoma las imágenes y símbolos recurrentes en todo su universo: la centella, el cielo, la lluvia, el paisaje, las bestias, el río y el sol. El río, que aparece y desaparece, nos trae, así mismo, tras la invocación que de él hace el poeta, los seres que permanecían ocultos, cada uno en lo suyo, tal como se expresa en el tercer texto de este nuevo conjunto:

      Montado sobre

      los pulmones del animal

      como raya de sol

      Cada uno va en lo suyo

      Él en su bestia.

     Yo en desvelo.


       Y en ese ir en lo suyo cada uno de los seres que hacen vida en el llano que el poeta Rivero nos retrata entre anécdotas y hechos, a través de un verbo descarnado, llevado a la esencia de una raya de sol, dominará la expresión y pervivencia de una palabra escueta, reducida a su esencia. En este itinerario, en este inacabado transitar por la sabana, Rivero, nos coloca, de nuevo, frente a algunos textos que, reaparecen, de pronto, en el conjunto de poemas que integran el cuerpo formado por En sol de sed. Texto que estuvimos analizando e interpretando en la lectura de 15 Poemas y que el lector avisado, interpretará como un deseo expreso del poeta de volver a esos ámbitos ya creados para reinventar alguno de sus elementos. Como si estuviese subrayando que estos textos, incluidos de nuevo, evidencian, en su universo, un pozo maravilloso, que, ahora, retorna, como si una vez logrados esos textos se convirtieran para el poeta en “amuletos”, como una vez lo aclaró el mismo Adhely, a lo largo de una entrevista, con motivo de la presentación de Tierras de Gadín, su tercer conjunto de poemas.



       Tres textos de 15 Poemas aparecen incluidos en esta segunda obra de Rivero. El poema sobre el tema del caballo que galopa en el viento y que resulta ser el sueño no deseado bajo la palma y otros dos textos, incluidos uno al lado del otro como si conformaran un díptico. El primero lo estuvimos interpretando, anteriormente. Señalamos que nos parecía el más hermosos de todos, el gran pozo de la indagación, con su tema del poema que se construye---desde la visión del poeta detrás de una ventana---siguiendo los pasos y poderes de la lluvia, al tejer y enlazar las imágenes, como signos que parecieran ser las rayas de un dibujo. Allí, indudablemente, el poeta perfiló línea formal presente en la mayor parte de su obra: el poema que se piensa a sí mismo, y que se construye frente al lector.

       El tercer texto es sumamente breve, el único titulado en el libro, resulta ser de una gran belleza por su capacidad de despertar emociones insondables, en apenas, un texto brevísimo, devenido en un inolvidable y deslumbrante haikú:

     Cartas

     A veces nos sorprende una

     nube dobladita

     bajo la puerta.

        Los tres textos se constituirán, intuimos nosotros, en fuentes para la reinvención del tema del paisaje convertido en permanente fulgor, traído a través de la memoria volcada a través de una palabra llana, elemental, llevada al hueso. Un verbo capaz de sugerir un incesante remolino de significaciones, como la imagen de una carta convertida en nube, bajo la puerta. En un universo que, definitivamente, se sostiene en un sueño constante, en una vivaz ensoñación, heredada del padre:


     Pongo la cabeza a buscar

     la resonancia de mi padre

 

     Estamos apartados

     en el mismo cerco

     de soledumbre

     Hazle saber la cabecera

     del monte azul

     Cuando corras ganado

     me dice: vas a sentir la lejanía.

 

        El rescate---o la reinvención---de la memoria perdida, extraviada en el borbollón del río, o bajo un ramalazo de sol que cerca los seres que deambulan por estos textos de Rivero, atrapa y “encierran” en el cerco de los vocablos habitados por el silencio, la soledad empozada en un neologismo urdido por Rivero, a partir del fundido de las imágenes del sol y la sombra: soledumbre, la palabra certera, eterna, como una gota de agua, de padre e hijos que, acaso, esperan, desde un solitario rincón, alguna carta convertida en nube. La suerte de uno supondrá el proseguir los pasos del otro. Los seres--- padre, hijo, abuelas, madre, caballo, monte --- cada uno en su sitio, a la sombra de un árbol, o recostado a una piedra, está destinado a buscarse en el otro. A tratar de comprender la soledad del padre desde la suya propia:

 

     Estamos apartados

     en el mismo cerco

     de soledumbre 

    Cerco signado, además, por las acciones arquetípica que cada quien cumple en un universo fundamentado en la soledad y pervivencias de todos los avatares ocasionados por la naturaleza, en tiempo de ardiente sequía, o en temporadas de inclemente lluvia.

Pero, de padre a hijo, no solamente, se hereda la tierra con su condición de ser solamente un descampado, un terreno baldío, si no, también, la aceptación del reto de convertir esa tierra en un absoluto paraíso, para orgullo de toda la familia. Del padre que tutea al hijo y le advierte, a través de un diálogo, en imágenes y “consejos” fundidos y asimilados por el hijo en un verdadero pozo de sabiduría. Sembrar; dialogar; “ver” y descubrir las huellas que deja, en el alma, el verdor del monte, profundo y extenso:

     Me voy del pensamiento

 

     Por este filo de monte

     la luna pasa

     en el alma

 

     Yo tuve tiempo de ser la tierra

     uno se siembra y se hace

     uno es el corazón

     Un olor verde y extenso

        Los rostros pasan y de padre a hijo se hereda la tierra. Pero, también, la soledumbre sostenida y llevada por un tiempo. Un instante destinado a repetirse como las faenas que supone sembrar la tierra. Y completado el sembradío, volverse esa porción de tierra que aguarda por un ser---padre, madre o hijo---destinado a reiterar y a reinventar los gestos y acciones de sus antepasados:

     Yo tuve tiempo de ser la tierra

      uno se siembra y se hace

      uno es el corazón

      Un olor verde y extenso.

       Un olor que cruza la soledad del campo. Un fuego que lo atraviesa, como el caballo el viento que deja, igualmente, huellas y herraduras en el alma. La luna pasa. Pero no el pensamiento, ni tampoco el monte que se eleva y fija, para siempre como la palabra de Adhely Rivero en estos versos, la sensación de que el verbo existirá siempre, para siempre, para nombrar un hueso: el destello de una gota de luz. El fulgor que muestra arrugas en los rostros, causados por el paso del sol en caras, rostros y ríos. Y el temblor de un hombre que anudo con sus palabras En sol de sed: la faena del sol al abril tales surcos y crear esos temblores. Esos fulgores suyos en las piedras, o en las palabras del poeta que, definitivamente, nombra y anuda la imagen de un sediento sol en su vigilia:

     Cavamos sobre hueso de ganado

     tierra blanca

     resplandeciente y fina

     Yo mismo soy el hombre

     en este universo

 

     Lejos golpea el casco

     un sentimiento de vigilia

     los sostenemos para oír

     lo profundo del suelo


       Se ara y se cava la tierra blanca, bañada por un sol que la vuelve resplandeciente y fina, fijando de esa manera, el pacto entre padres e hijos. El hueso de ganado funda y resume toda la pervivencia de una tierra que resplandece como el hueso dormido en sus entrañas. El hombre que proclama ser el dueño de aquel universo. Sostiene la pujanza de vida, la vigilia custodiada por el padre y el hijo, hilando el sueño de estar despierto desde siempre:

       Lejos golpea el casco

       un sentimiento de vigilia

       Nos sostenemos para oír

       lo profundo del suelo

       Oír y ver lo profundo del suelo sostiene la vigilia, ese sentimiento evocado y traído por los golpes de un casco que reafirma la persistencia de una historia contada y vivida a partir de la imagen de una tierra tan blanca, resplandeciente y fina, como el hueso que resume esta historia. Cada uno de los actantes---padre o hijo---en diferente tiempo, en el mismo escenario, ha proclamado ser el hombre de un universo atrapado en los golpes del casco del caballo que, acaso, evoquen y traigan a la memoria el instante en que los antepasados empezaron a reiterar los mismos gestos.

       Retorna a las imágenes, a esos símbolos que tejen sus imágenes. Se afana en la tarea de reinterpretarlas y convivir con ellas, otra vez, por la vía de la reinvención llevada a cabo por el propio poeta, en otros textos de su obra En sol de sed:

     Respeto los restos    

     y en particular la memoria.

     Tengo toda la tierra por delante

     De la punta del río

     a la mata

     Ahora abandono los bienes

     por andar en los sueños

       Y en la andanza, empezará a resurgir, de nuevo, las imágenes del universo familiar, el  recuerdo de quienes reposan en el cementerio y el sueño de andar, en ellos, entre los vivos y los muertos: Respeto los restos/ y en particular la memoria, nos dice el poeta, aunque reconozca que vivirá entre la andanza, infinita, de las ensoñaciones. Tiene la tierra por delante. Pero, en sus manos, una porción de ella en la existencia de dos cementerios que, por la misma vía de las andanzas, conviven, con él, en cada paso:

   Un cementerio

   donde pisan y pastan animales

   Cuando lleve

    se respira malamente

    el olor de la centella

    El viento no deja de cantar

    En la atmósfera

    tábanos y moscardones

           

    Un cementerio de pueblo

     donde somos tan eternos

                          en familia.

         El primer cementerio, donde pisan y pastan animales, se transforma, tras la lluvia, en el olor de la centella y en el pasto del viento que trae, vida-muerte en la imagen de tábanos. Quizá no exista si no uno solo: el cementerio donde las figuras de la familia, los vivos y los muertos son eternos. Pisan el mismo suelo. Un suelo y una atmósfera en los cuales todos los seres que habitan allí, padre e hijo, eternos en familia, son eternos por repetir las mismas andanzas y por revivir las mismas ansias de romper el cerco de silencio y soledad:

       Pongo la cabeza a buscar

       la resonancia de mi padre

      Estamos apartados

     en el mismo cerco

    de soledumbre

    Hazle saber la cabecera

    del monte azul

    Cuando corras ganado

   me dice: vas a sentir la lejanía.

 



      Voces y huesos en la poesía de Adhely Rivero: retrato de un paisaje.


       Como si hubiese escrito un solo libro, en diferentes versiones reales y algunas veces fantasiosas de un mismo retrato---tal como sucede con las obras que ofrecen genésicas aproximaciones e indagaciones de un tema, en distintos escenarios y épocas---toda la obra del poeta Adhely Rivero, desde aquel libro inicial---15 Poemas---constituido en el pórtico, en la puerta auroral de su creación poética, en el gran pozo de todos los fulgores, hasta Frontera Invisible, aún inédito, pasando por En sol de sed (1990); Los poemas de Arismendi (1996); Tierras de Gadín (1999); Los poemas del viejo(2002); Medio Siglo La vida entera (2005) y Compañera (2012), ha sido estructurada sobre la base de una intensa y luminosa indagación del tema del paisaje del llano venezolano, magistralmente registrado y retratado en distintos instantes, tomando como punto de confluencia, el contrapunto de voces y visiones mágicas, fantasiosas, de los seres que pueblan el espacio del llano.  Todo ello retratado mediante el fundido y transfiguración de voces y hablas de personajes que hilvanan---mientras trabajan y dialogan---detalles o visiones del paisaje, como si estuviesen dibujando un mosaico y confluencia de miradas alternas.  Visiones creadas, o recreadas, a partir de una palabra desnuda, transfigurada en fulgor:

       La palabra que me enseña

       a montar

       corre apacible

       duro es el acto

       de sostener la línea del cuerpo

       en la pendiente del lomo

       El viento me empuja a la tierra


       Pierdo la silla

       los estribos

       y se va el caballo

       Oigo la voz

       en el aire.

       Sin que el otro con el cual se dialoga en este poema aparezca, de cuerpo entero, resulta transfigurado en una palabra que corre apacible desde el primer verso, en el cual la memoria, y el instante de montar un caballo, se funden en el acto de sostener el cuerpo sobre la silla de montar.  El viento, siempre presente, de manera real o derivado en otras imágenes, cumple, ahora, la doble función de devolver palabras del otro a través del recuerdo del padre y, también, de sacudir el cuerpo, como si el aprendizaje de montar---el caballo, o el poema---dependiese de resistir a la fuerza del viento que empuja hacia abajo:

       El viento me empuja a la tierra

       Pierdo la silla

      los estribos

      y se va el caballo

 

         El caballo se va.  Tras su huida el viento se apacigua, concluida su parte en la jornada: empujar al jinete hacia la tierra, que, tras la pérdida de los aperos de montar un caballo, como en retorno apacible, oye la voz del padre ese otro que lo lleva al comienzo de la faena tan dura de sostener la línea del cuerpo.  Pero, tras oír la voz en el aire, el jinete reanudaría la faena de un aprendizaje que, tal vez, transforme, la caída, en un logro.  Oye la voz.  El viento fuerte cumplió su cometido. Pero el aire devuelve ecos.  La palabra que enseñó a montar, trae, de nuevo, el mensaje.  La anunciación de una línea.  El acto se ha cumplido.  El poema está hecho.

       Todas las faenas, todas las acciones que se cumplen, a lo largo del día en un conuco, en una finca, en un potrero, resultan elevadas, en la voz del poeta a la condición de devenir en un acto trascendente y genésico.  Cada amanecer implicará, tras la repetición de la faena cumplida, individualmente, por cada trabajador del conuco o de la finca.  Con alegría, cantando al ganado, o cortando monte, se cumple el acto de reconciliación con la cosmogonía de un universo nacido en el instante en que, muy alegres, entonando coplas, o tonadas, los obreros inician la faena del día, el trajinar de las cosas y de los seres que aparecen y reaparecen entre el viento, como si fuesen una revelación:

       Vuelvo a cantar ganado

      con el corazón

      divertido

      en el viento

      y él se queda oyendo el pasto

      en la sombra.

         Sólo seis versos tejen una epifanía en este poema. El acto de cantar ganado, celebrando, en acto reiterativo, la memoria rastrea, cantando, el instante de arrear el ganado al comedero. El viento vuelve a hacerse presente esta vez, animando la jornada de arrear y cantar, mientras se agita la escena.  El otro que, algunas veces, se convierte en punto de luz y, esta vez en red de sombra, se queda oyendo el pasto que crea su propia música, al ser agitado por el viento.



        Cada poema de Rivero pareciera registrar el instante en que el viento pasa entre las cosas para reafirmar una memoria, a través de una imagen, o para revelar en los seres, en los objetos y en los hechos de la vida cotidiana---como apuntábamos antes---un momento de revelación.  Pero, igualmente, de premonición de sucesos, de hechos, en un tránsito vital al cual se llega, luego de reiterar tareas y oficios, tal vez excusa para alcanzar ese sentido premonitorio, ese percance:

       Todos llegaron contando

       la vaquería

       bañaron los caballos

      y se fueron al corral

      sobre los tramos

      Estaban enamorados de esta vida

     Al fondo de la casa

     bajaba la noche

     y me dije

     estos van a ser ladrones de ganado

     Me cerca la euforia

     la sabana se hacía oscura

     cuando dábamos la vuelta

    al patio

           Las tareas del llanero en el campo---contar el ganado que retorna al corral, después de ser alimentado en los pastizales y de pasar por los abrevaderos de melaza, agua y sal---se cumplen siempre, en medio de un ambiente de jolgorio, chanzas y entonación de tonadas.  Alimentar al ganado y a los caballos---a los que, además, bañan luego de cumplir alguna faena dentro o fuera del espacio en el que viven---se constituye, siempre, en una celebración de cada día.

        Cumplida la faena, quienes custodian al ganado y los caballos, se encaraman en los tramos de madera que rodean y cercan el corral.  Allí montados, allí encaramados, pasarán buena parte del día, cantando o silbando, o, simplemente, conversando, ajenos a relojes.  Pero atentos a cualquier eventualidad que pudiese presentarse en el corral.  Atentos a cualquier indicio---natural o humano---que altere o signe un cambio en la vida del corral:

       Estaban enamorados de esta vida

       Al fondo de la casa

       bajaba la noche

       y me dije

       estos van a ser ladrones de ganado

       Me cerca la euforia

        la sabana se hacía oscura

        cuando dábamos la vuelta

        al patio.

        Quizá en este poema---entre los muchos textos escritos por Rivero, valiéndose del recurso de la descripción y narración de eventos, que se suceden y se alternan para ofrecer visiones distintas de los hechos---el poeta nos presenta un texto en el cual, haciendo gala de su extraordinario talento para crear un pozo de aproximaciones y significaciones semánticas con una sola imagen, crea un universo (la casa/la noche/la sabana).  Una imagen de la cual se sirve para crear un profundo mar de sugerencias.  La euforia que cerca y envuelve al poeta, en el recuerdo, le permite avizorar el destino de algunos seres humanos que cumplen faenas en el corral.  Todo ello envuelto en la imagen de la noche que recoge, que une y junta y en la visión de la sabana---que a nosotros siempre nos ha parecido una mesa extendida al infinito---y la vuelta que todo lo sintetiza en la vuelta al patio, tras la cual, seguramente, todo volverá a comenzar.

        Y en la obra de este gran visionario del tema del llano venezolano como un universo peculiar en el cual las cosas que se marcan y se suceden en la vida de esa peculiar región de nuestro país donde todos los seres, animados y desanimados, participan de la inmensidad de la geografía de ese espacio, quizá como muy pocos escritores---con la notable y luminosa excepción de la gran Enriqueta Arvelo Larriva---ha encontrado un original elemento de creación, mediante el uso de un lenguaje descarnado que, no obstante, encierra y acuna en sus verbos luminosos (compactos como piedra de río), la fuerza del viento.

     Un espacio que invita a la expansión, a la libertad y goce con el pecho abierto a la sabana extendida al infinito. Cada elemento en la vida del llano---sometido, por igual, a dos fuerzas destructoras y, a la vez, creativas, refundadoras de la vida en su tierra, como lo son la inundación producto de las lluvias inclementes y la sequía causada por la inclemencia del sol sobre los seres: invierno y verano, gestoras de vida y de muerte, han sido transfigurados en los versos minimalistas de Adhely Rivero.  Versos profundos en su belleza sugerente, en la maestría de un verbo seductor y proteico.  Un verbo reducido a su mínima expresión, que exhibe una luz potencial, afianzada en la fuerza de yuxtaponer diversas historias, empleando tan sólo palabras desnudas que producen fulgores, como un cráneo yacente bajo el sol:

       Lo nuevo son las cercas

       las rejas

      la estufa

      En la infancia

      apilamos la madera

      escogida en verano

     Las provisiones venían

     en los bongos

    Los hombres medían el horizonte

    a palanca

    Este invierno se tupió la sabana

    el camino real

 

    La familia está en la ciudad

    Todo amanece húmedo

    vacío en los cuartos grandes

     si pasan las aguas veremos la casa

      en pie

     Perdíamos las riquezas que teníamos

     del mundo.

        ¿Cuántas historias y anécdotas quedaron encerradas en este bello texto que, aun teniendo, cada palabra, la gracia y el fulgor de una gota de agua, nos ha resumido la fuerza del río y la luz de un universo, donde, rastrear la memoria, ha supuesto fundir, en unos cuantos versos, la energía de los cuatro elementos de la naturaleza?  Después de haber leído este poema nadie quedará indemne, luego de haber atravesado un espacio en el cual todo brota, todo brilla. Nace en una imagen que nos lleva, de entrada, al elemento tierra, acunada en la memoria de madera apilada, y de nuevas cercas que iluminan un rincón.  Ése de donde ha de brotar un universo que emerge al calor del verano.  La madera apilada.  Las cercas.  Las rejas y el hombre midiendo el horizonte, con una palanca, quizá en busca de la mayor riqueza que teníamos del mundo: la infancia resumida en este retrato que apila los recuerdos en un montón de madera y en el golpe de agua que tupe la sabana y borra, para siempre, la visión de algún camino real.



     Tierras de Gadín”: ceremonias del silencio y del río.


        En el año 1999, el poeta Adhely Rivero nos dio a conocer un conjunto de poemas titulados Tierras de Gadín, poemario que, en ese mismo año, había sido galardonado con el Premio Único de Poesía “40 Aniversario de la reapertura de la Universidad de Carabobo”, de acuerdo al veredicto del jurado de calificación, integrados por los poetas Manuel Briceño Guerrero, Enrique Mujica y Lidda Franco Farías.

     En “Tierras de Gadín”, el poeta Adhely Rivero prosigue en su indagación del tema del silencio, mediante el recurso de un diálogo con el río, en su doble bifurcación: el dibujo de la corriente del río que rodea y pasa por las tierras del Gadín---con todo lo que implica el decurso de un río, y la contemplación del movimiento constantes de las aguas arrastrando caramas, piedras de todos los tamaños y forma remolinos en su cauce. Como, igualmente, en los diálogos alternos sostenidos ente padre-hijo-madre-campesinos, mientras observan el avance de la carama en las aguas revueltas de un río crecido, o en la montaña nevada de una circunferencia creada, al amanecer, entre los signos que anuncian el comienzo de un día, en reiterado oleaje de acciones y miradas:

   Los botes pesados entre

  las olas del río

 En la puerta una balanza repite

 la circunferencia

   y se construye una montaña nevada

   de quesos

   Hoy es lunes

   y los lunes mi padre abre el comercio

    alambre de púas

    nylon         sal

     víveres y enseres

     apilados

     en el sopor del verano.

         Como si se tratase de una visión congelada, de un retrato de una escena detenida en el tiempo, sobre las olas del río sobre las cuales unos botes aguardan, el poema arranca a partir de la visión de un detalle del paisaje externo---olas, botes---y, enseguida, marca el itinerario por el espacio del almacén destinado a la venta de quesos.  Una vez abierta la puerta, comienza el instante de otra vuelta: un giro y registro de las acciones reiteradas que anudan el comienzo del día:

 

      En la puerta una balanza repite

      la circunferencia

      y se construye una montaña nevada

      de quesos

      Hoy es lunes

 

         Y el universo familiar se abre cuando el padre despliega la puerta---un lunes cualquiera---y, tras abrirla, empieza un nuevo día que nos permite “ver” lo que guarda en el local de su casa destinado a almacén, a despensa de los objetos en torno a los cuales transcurre el resto del día.  Todo ello preanunciado por la imagen de la circunferencia, del círculo abierto a un nuevo día.  Se reiteran miradas y visiones de los distintos momentos y formas, apiladas allí en el sopor del verano.

Adhely Rivero


         Y el viento, con su sopor, continuamente, mueve las cosas, al ritmo que impondría el padre, mientras arregla el lugar para el próximo encuentro, en el cual, padre e hijo reanudarían su diálogo y, entre bromas y chácharas, prosiga la vida ese día lunes.  Una hora, un día que---tal como decíamos---se abre cuando la puerta es desplegada a un nuevo comienzo.  Una puerta que, por igual, permitirá ir al rescate de la memoria de los antepasados y la doble visión, contrastada a través de diálogos alternos, vivencia frente a la realidad, el goce del instante de ver los rostros de gente conocida, en el doble sueño que avanza tejiendo vivencias y esperanzas puestas en el olor del río que pasa y trae la posible embarcación que vendría cargada de sueños:

        Tengo un olor de río

         El oído muy fino

         puesto en la embarcación que viene

         Serena

          sin tropezar carama

          Se agota el día

          que me hará ver la estela

          La gente conocida

          Se levantan los pájaros

          Certero el sueño que viaja

          cortando las curvas del cauce.

           

          Entre el sueño que viaja y corta las curvas del cauce, persiste el olor del río.  Una corriente que abre los sentidos, a la espera del ser que se sueña, mientras se aguarda el arribo de una embarcación en la que habría de alumbrar la estela.  La luz que devuelva, o traiga el rostro de gente conocida. La espera conforma líneas de un sueño que corta las curvas del cauce.  Pero ni el rostro, ni la estela terminan anudando el final de este sueño:

       Se levantan los pájaros

        Certero el sueño que viaja

         cortando las curvas del cauce

         Todo ha quedado en la certeza del olor del río.  Lo rubrica el vuelo de los pájaros que se levantan, reafirmando, así---y no de otra manera---que las curvas del cauce han sido cortadas, aun cuando se sueñe en la verdad del curso de ese viaje, cierto o incierto, cuyo término sólo será firme con la llegada de la embarcación que, acaso, no forme parte de esa ensoñación.

        Pero el sueño prosigue. El sueño del ser que deambula por las Tierras de Gadín, trazando, en su avance, los puntos y líneas de una ruta signada por las olas del río que, en sus giros---como antes lo intuimos---abren la puerta tras la cual, una balanza coloca a los seres que irán marcando, con sus pasos, la sal y la memoria del día que permite reiterar las mismas visiones.

Aly Pérez


         El poeta Aly Pérez, en las palabras de presentación escritas con motivo de la publicación de Tierras de Gadín, en un certero análisis interpretativo de los hallazgos formales de esta obra que, en la urdimbre de sus imágenes, se tejen múltiples imágenes para que la memoria navegue entre ellas:

       “Al leer Tierras de Gadín, se abre el pelaje del verano y las ánimas del invierno se enmudecen ante lo huraño de la llanura. “Gadín” viene de la voz campesina: bello arcaísmo que significa estrechez de río. Luego, se va haciendo vena de agua o sudor de humedad entre barro y piedras, donde botes pesados arrastraron en la superficie un mundo lleno de historias que navegan en la memoria.  Así el poeta recupera en su palabra la inmensidad de esta tierra donde cada hombre es llanura y silencio.  Sentimos el invierno, la hierba seca, el árbol y el polvo del camino, el paso leve del animal entre bajíos y remolinos solares, dando paso a un tiempo de nubes ennegrecidas que dejan caer el canto melancólico del aguacero, en rebosados cántaros en la vastedad de tanto espacio”

       Pero esa vastedad de tanto espacio, de la cual nos habla el poeta Aly Pérez parece volverse inmensidad íntima, callada, en el juego de la memoria que conjuga diversos tiempos y anécdotas en una sola imagen: la de los antepasados, la de los dueños de la tierra heredada y la de los ancestros familiares que son recordados.  O invocados, tratando de lograr, a través de ellos, la comprensión de un universo en permanente cambio:

      Esto es la perdición

      por andar de noche

      Nos topamos la lluvia

      oscura y fría

      Ánima

      de los que donaron las tierras

       mudaron sus ganados

       corrales

       y sus entierros de oro

       para fundarnos

      Ánima

     bisabuela

     te invoca mi claridad

     de sentimiento

     Dime el camino

    de la vacada.


        Esa comunicación, esa invocación permanente de los antepasados, de quienes donaron o vendieron las tierras, permite un permanente intercambio, no sólo de recuerdos, sino de momentos epifánicos: el encuentro o invocación de la bisabuela supone el goce de un instante de suprema claridad.  Tras la continua mudanza de los objetos familiares, se inicia el traslado, el aprendizaje que vendría del permanente contacto con los antepasados.  Como bien lo señala el poeta Pérez, la obra de Adhely Rivero, se torna llanura inmensa y silencio que urde un camino de luz.  Porque, además de vivir reinventando los pasos de sus ancestros, a través del recuerdo, reinventa, de manera permanente, los rituales mágicos de mirar hacia el cielo:

       No va a llover

       y llueve

      Todo el día miramos al cielo

      Hay un desplazamiento de pájaros

      contrario al viento

      el sol está alto

      y la sombra menuda bajo

     la bestia

    Encima llevo

    la vieja estampa del alma

    de los vaqueros

      Diría uno

      bien que lo engaña el tiempo.

            Gestos y figuras ancestrales que reiteran acciones arquetípicas que han tenido, gracias a la palabra, elemental desnuda que predomina en la obra poética de Adhely Rivero, la ocasión de ser fundadas mediante la fijación de un verbo que torna universal todo aquello que nombra, con la excusa de vivir, a plenitud, la experiencia de nombrar toda la tierra, al decir agua o cielo:

       Me das tu palabra y la tomo a bien

       A decir verdad, se siente agua

   en toda la tierra

       Es muy frío el sueño

       En la pureza del día

       el invierno

       en la casa

       cumpliendo la orfandad

       del cielo.

         El juego de miradas, de visiones cruzadas, de líneas e imágenes que alternan diferentes percepciones de las estelas de luz que siempre dejan en la casa, en la sala, en el patio, la tierra, el cielo o la lluvia. En el ánimo del poeta---a partir de imágenes, primigenias, arquetípicas---queda registrado el devaneo de una visión que, aun partiendo de la percepción de un elemento real, siempre, estará revestida de un aura de una permanente ensoñación: crea atmósferas mágicas, maravillosas, que envuelven los espacios y seres en una permanente transfiguración epifánica, en sujetos de una incesante revelación perenne:

       Todo está entero

        Se fue la lluvia

        y los animales van llegando al humo

        Las aves amontonadas en la troja

        con los quesos

        El almohadón de plumas

        parece un pájaro ahogado

        en la sala

        Dios me da el cielo claro

        para que vea que todo está

        entre la casa y el patio.

          En ese cielo claro que anuncia la revelación del universo a partir de un detalle ese “pájaro ahogado” en la sala, quizá rubrique la nueva visión que funde las miradas del patio al interior de la casa.  “Todo está entero”, se nos dice.  La lluvia ha cesado.  O tal vez, comienza ahora otra lluvia, al que estaría signada por la reconciliación del ser que ha presenciado el paso de la lluvia como un gesto de Dios que amontona las aves en la troja y, al mismo tiempo, los convierte en humo.  En otra lluvia.

 


           Los distintos rostros de Adhely Rivero

           Adhely Rivero nació en Guadarrama, Arismendi estado Barinas, el día 04 de junio de 1954.  Desde el año 1970, está residenciado en Valencia, donde cursó estudios, en la Universidad de Carabobo, tendientes a la obtención del título Licenciado en Educación, Mención Lengua y Literatura por la Universidad de Carabobo.  En esta institución, además, cursó estudios en la Maestría de Literatura Venezolana.

        Poeta, editor, ejerció, durante varios años el cargo de jefe del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo. Director de la Revista Poesía.  Fundador y coordinador del Encuentro Internacional Poesía de la Universidad de Carabobo.  Director de las Ediciones Poesía de la Universidad de Carabobo.  Fundador y coordinador de las Ediciones El Cuervo, traducciones, de la Universidad de Carabobo. Miembro del Comité de Redacción de la revista Zona Tórrida.  Ha dictado Talleres de Poesía en la Universidad de Carabobo.

       Fue condecorado con la orden Alejo Zuloaga Egusquiza, en su única clase, por la Universidad de Carabobo, como “un reconocimiento a su larga trayectoria como poeta y como destacado promotor de la literatura y su encomiable y brillante ejercicio del cargo de Jefe del Departamento de Literatura, de la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo, proyectando la imagen de la institución, dentro y fuera del país, a través de las labores de extensión de dicho Departamento, convertido, gracias a la labor del poeta Adhely Rivero, en una sólida referencia en el ámbito nacional e internacional”, tal como reza el Decreto Rectoral, firmado por la profesora Jessy Divo de Romero, rectora de la Universidad de Carabobo.

          En el número 156 de la Revista Poesía, le fue reconocida su labor al frente de la misma.  Su obra poética ha sido galardonada en diversos certámenes nacionales de poesía.  Está representado en varias antologías nacionales e internacionales.  Participó en el Festival Internacional de Poesía de Medellín, Colombia, en 2007, y 2016.  Festival Internacional de Poesía Al-Mutanabi en Suiza, 2008.  Festival Internacional de Poesía de Bogotá, Colombia.  Festival Internacional de Poesía del Mundo Latino, México.  Festival Internacional de Literatura de los Llanos colombo-venezolano, Yopal, Casanare. Colombia.  Festival Internacional de Poesía de Buenos Aires, Argentina.  Festival Internacional de Literatura de los Llanos colombo-venezolano, Arauca, Colombia. Feria Internacional del Libro de Bogotá, Colombia.  Feria Internacional del Libro de Caracas, Venezuela.  Festival Internacional de Poesía de Venezuela.  Encuentro Internacional Poesía Universidad de Carabobo.  Feria Internacional del Libro Universidad de Carabobo, Valencia, Venezuela.  Bienal Internacional de Literatura “Mariano Picón Salas”, Mérida, Venezuela.   

       Su obra ha sido traducida, parcialmente, al inglés, portugués, italiano, alemán, francés y árabe.  Actualmente, se encuentra en la revisión de un nuevo volumen de poemas que ha titulado Frontera invisible.


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*José Napoleón Oropeza (+) es poeta, ensayista, narrador y compilador. Ha sido dos veces ganador del Concurso de Cuentos de El Nacional (1971 y 1992), Premio Bienal de Literatura José Rafael Pocaterra (1978), Premio de Novela Guillermo Meneses (1975), Premio de Narrativa Manuel Díaz Rodríguez (1983) y Premio Conac de Narrativa Manuel Vicente Romerogarcía (1997), entre otros.



Revista Poesía Número 156 by Dimitri Lipo


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15/03/2026