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domingo, 21 de julio de 2024

Silver Reed,esa máquina de escribir, color gris plomo, al fondo

 

No es gris plomo ,pero es una Silver Reed



NOTAS DESABROCHADAS


Esa máquina de escribir color gris plomo al fondo


Carlos Yusti domingo 24 de marzo de 2024


A Miriam Yusti, in memoriam


La noticia sobre la entrega de su primera máquina de escribir (una Olivetti Estudio 46 de color azul) que hizo Rafael Cadenas al Instituto Cervantes, me resultó una metáfora de ese particular oficio/trabajo que es escribir.




Hoy la máquina de escribir es un artefacto en desuso con la irrupción de las computadoras personales. Sin embargo, fue un adminículo que forma parte de un capítulo importante de la evolución de la escritura que aún no ha terminado.


Hay muchas historias de los escritores con sus máquinas de escribir. Algunos de ellos desarrollaron determinadas manías antes de comenzar a pasear sus dedos por las teclas, tratando de encontrar la armonía exacta para escribir algún texto importante.

Gabriel García Márquez en las oficinas de Prensa Latina,Bogotá,1959.


Hay un artículo de Gabriel García Márquez, titulado “El amargo encanto de la máquina de escribir”, en el cual relata esa peripecia de escribir a mano y esa de escribir a máquina. El Gabo asegura que esos escritores que escriben a mano son mucho más de lo que uno cree. Ellos defienden esa noción de que las ideas fluyen mejor cuando el lápiz, o la pluma, se desliza sobre el papel. En cambio, esos escritores que lo hacen en vivo y en directo en la máquina de escribir sienten algo de superioridad y no conciben cómo era posible que en alguna época de la humanidad se haya escrito de otro modo.




En el artículo, García Márquez hace un recuento de sus amigos que escriben. Había uno que lo hacía directo en la máquina, pero había párrafos que se resolvían mejor si los escribía a mano. Que Carlos Fuentes escribía sólo con el índice. Que es poco frecuente que los escritores que escriben a máquina lo hagan con todos los dedos. Pero escribe algo preciso: “La verdad es que cada quien escribe como puede, pues lo más difícil de este oficio azaroso no es el manejo de sus instrumentos, sino el acierto con que se ponga una letra después de la otra”.



Ese monstruo del nuevo periodismo como lo fue Hunter S. Thompson, en un paraje solitario y lleno de nieve en Colorado, le disparó a su máquina escribir y después se disparó a sí mismo. Para Thompson sin duda su máquina era otra parte de su cuerpo, otro pedazo de sí mismo y que le permitió dar salida a sus delirios sicodélicos. Thompson con su portátil escribió de esa locura (disfrazada de normalidad inexpresiva) que le rodeaba con sensata brillantez.


 



Paul Auster es uno de sus ensayos rememora cómo un pintor se obsesionó con su máquina de escribir. Una que tuvo que comprar luego que la suya, después de un viaje, quedara inservible. Auster, sin dinero para adquirir una nueva, le contó a un amigo sobre lo de su máquina y éste le vendió una Olympia portátil, fabricada en la extinta Alemania Occidental.

Paul Auster y su máquina de escribir Olympia.


El pintor llegaba a la casa de Auster y se concentraba en la Olympia. Hacía bocetos coloreados, fotos, dibujos a carbón. Iba con frecuencia y si no estaba Auster le pedía permiso a su mujer y volvía a estar a solas con la máquina. Esto en un principio no fue del agrado del escritor, pero logró verlo desde otra perspectiva, o como Auster lo escribe: “Tengo que admitir que todo esto me produce cierto desasosiego. Los cuadros están ejecutados con brillantez, y me siento orgulloso de mi máquina de escribir por haberse constituido en tan valioso tema pictórico, pero al mismo tiempo Messer me ha obligado a ver de otro modo a mi vieja compañera. Aún me encuentro en pleno proceso de adaptación, pero, ahora, siempre que contemplo esos cuadros (tengo dos colgados en la pared del cuarto de estar), me resulta difícil pensar en mi máquina de escribir como en un eso. Sin prisa, pero sin pausa, eso se ha convertido en ella”.

Fernando Savater


Fernando Savater recuerda su primera máquina. Un regalo, o como él lo escribió: “De todos los regalos de mi vida, el que más me ha gustado fue una máquina de escribir portátil (este adjetivo hay que entenderlo en su época, ahora quizá nos pareciese un cachivache demasiado pesado y voluminoso). Me lo trajeron los Reyes cuando yo debía tener unos trece años: era de austero color gris, compacta, con teclas que me parecieron las de un piano mágico. Su marca era bien visible, con plateadas letras cursivas en relieve: Remington.

Remington





También, mi primera máquina portátil (una Silver Reed de color gris plomo) fue un obsequio de mi hermana mayor, Miriam. Estaba terminando el bachillerato y siempre andaba en apuros con los trabajos del liceo que debían ser a máquina. Un día llegó con una caja de cartón, la delicadeza no era el fuerte de mi hermana, pero era solidaria, malhablada y tremendamente gente. Me dijo: “Un regalo”. “¿Qué, una caja?”. “No seas bobo, lo que está adentro”. Saqué la máquina. Era de segunda mano, pero estaba impecable y parecía nueva. “Gracias”, le dije, “pero no sé usarla”. Me dijo con algunas palabrotas: “Ya aprenderás, además no es indispensable que seas mecanógrafo para ser escritor”.


Por algún tiempo esa máquina gris plomo estuvo al fondo del cuarto en un rincón. Hasta que llegó el momento de usarla. Aprendí a escribir con una sola mano y todavía lo hago. Me gustaba el ruido de las teclas golpeando el rodillo. En esa máquina escribí mis primeros textos y mi primer libro. Escribía con furia y la máquina llegó un momento en que colapsó. Sus mecanismos internos saltaron y la guaya que movía el carro se rompió. La puse al fondo del cuarto como amuleto y recordatorio. Luego he tenido otras máquinas y esa primera máquina gris plomo desapareció en esos torbellinos de limpieza doméstica sin darme por enterado.





En la película de David Cronenberg El almuerzo desnudo, basada en la novela homónima de William Burroughs, hay unas máquinas de escribir bastante alucinantes. La cinta de Cronenberg toma de la novela de Burroughs (y de otros de sus libros) la atmósfera de alucinaciones, aportadas por esos viajes con drogas duras, y esto la aleja bastante de la novela de Burroughs, lo que la convierte en una obra autónoma.

Naked Lunch [1991] Original Trailer 4K Restored



Cronenberg hace una biopic velada de Burroughs, a tal punto que el personaje principal es un duplicado del escritor hasta en el vestir (traje, sombrero y corbata). La trama no puede ser más caricaturesca. William Lee (Peter Weller, encarnando al propio Burroughs) es un exterminador de insectos que trata de alejarse de las drogas y de su vida algo turbia. Ahora es escritor. En este entretanto descubre que su esposa (Judy Davis) se ha vuelto adicta a la sustancia (un polvo amarillento) con que su marido extermina a las cucarachas. Una noche de tragos, en medio de un juego a lo Guillermo Tell, el exterminador mata accidentalmente a su esposa de un disparo. Debido a ello William Lee debe escapar a la Interzona, una versión de pesadilla retocada de Tánger (lugar donde el propio Burroughs escribió la novela en la que se basa esta película). Antes de escapar a la Interzona cambia la pistola por una máquina de escribir Clark Nova, ficticia claro. Esa Clark Nova se trasmuta en un insecto que habla a través de su cavidad anal y donde un escritor amanerado (Ian Holm) y su esposa (también Judy Davis) son peones de un entramado de espionaje retorcido entre los seres humanos y una raza de ciempiés gigantes. Las máquinas de escribir dejan de ser objetos inanimados y en un giro kafkiano se tornan en seres zoomorfos parlantes, especie de escarabajos, cuya cabeza está conformada por las teclas y debajo de sus alas se esconde su cavidad anal, por donde habla. Cronenberg debió aferrarse a lo dicho por Burroughs en una entrevista: “Mi teoría fundamental es que la palabra escrita fue literalmente un virus extraterrestre que hizo posible la palabra hablada. La palabra no ha sido reconocida como un virus porque alcanzó un estado de simbiosis estable con el huésped…”.

Clarice Lipector frente a su máquina de escribir. ¡Mentira! es la modelo y escritora Alice Denham'playmate' de Playboy en 1956

No siempre la relación del escritor con su máquina de escribir ha sido tan extraña como en la película de Cronenberg. Algunos escritores hablaban de su extenuación al pasar horas frente al teclado; otros tuvieron que pagar exceso de equipaje al llevar su portátil. Además, por el excesivo y rudo uso las máquinas se deterioraban. La escritora Clarice Lispector en una de sus crónicas, titulada “¿Hasta la máquina?”, escribe: “Mandé a reparar mi máquina de escribir. Insertado alrededor del rodillo (o como quiera que se llame lo que ustedes saben) todavía estaba el papel donde el reparador de máquinas había intentado escribir para ver si ya no tenía defectos. En el papel estaba escrito: s d f g ç l k j a e v que Dios sea loado p oy 3 c”.


 

Miyó Vestrini


Se editó un libro póstumo de poemas inéditos de Miyó Vestrini con el sugerente título Es una buena máquina. Dicho título surgió debido a que entre sus papeles había un folio escrito a máquina:


kkksskkskskkskkskkk oosoosoo


magali ruz si —fafafannnn


su es


sí es una buena máquina


 

Es una buena máquina


Ahora que mi hermana Miriam no está, el recuerdo de esa máquina de escribir, color gris plomo, al fondo de mi cuarto, me hace escribir todo esto. Miriam leía a veces mis textos y aunque no los entendía mucho estaba orgullosa de su hermano que escribía libros. Su regalo me permitió trabajar con las palabras, organizarlas de tal manera hasta conseguir arrancarles alguna chispa de belleza. Esa máquina de escribir color gris plomo fue nuestro nexo afectivo secreto, la complicidad a toda prueba; esa complicidad filial que se escribe con esa estridente música de las teclas golpeando el rodillo.



Silver-Reed Silverette ultraportable typewriter demo




Tomado de Letralia



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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.



Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordinó la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal. Actualmente es coeditor de la revista digital Cárcava


miércoles, 30 de junio de 2021

Paul Auster: Un libro es quizá el único lugar del mundo en el que dos extraños se pueden encontrar
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Paul Auster.Imagen de tomada de Colofon.

Paul Auster: Me hubiera gustado ser mucho más abierto

16/03/2012



Auster y Francis

En Diario de invierno (Anagrama y Edicions 62) evoca episodios de su vida: el descubrimiento del sexo, recuerdos de sus padres, sus ataques de pánico, su primer matrimonio fallido, y el largo y feliz matrimonio actual... En la entrevista, al sol y con gafas oscuras, me trata de banal con sutileza en dos ocasiones. "Me siento como Elena Francis" (consultorio radiofónico para mujeres)", dice cuando le pregunto qué ha entendido sobre el amor. Y cuando lo hago sobre las cosas que admira, señala: "Vuelvo a ser como Elena Francis, pero admiro la ternura y la generosidad". Sólo consigo desbaratarle la sonrisa cuando le planteo si es de los que miran el circo o de los que bajan a la arena a pelear.






Ima Sanchís 

 


Tiene algo bueno envejecer?

Probablemente no. A partir de una edad te vas preparando para la muerte, pero te sientes más vivo que nunca.

¿Qué le ha construido?

El intenso amor de mi madre cuando era pequeño y lo que me sucedió a los 14 años estando en un campamento de verano: íbamos caminando por el bosque cuando nos sorprendió una tormenta eléctrica. Al chico que estaba a mi lado lo fulminó un rayo.

Le podía haber sucedido a usted.

Sí. Cuanto mayor me hago más me doy cuenta de la importancia de ese hecho. Asumí que cualquier cosa puede suceder en cualquier momento.

¿Cómo era ese amor materno?

Me dio consistencia moral: cómo ser una buena persona y tratar a la gente amablemente. Y como me apoyó mucho, me dio el sentido de que podía hacer lo que me propusiera. De joven no tuve miedo de vivir la vida. Pero ahí hay una paradoja.




¿En qué consiste?

Cuando unos padres te dan todo lo que pueden y te forman cuanto puedes, a la que estás listo para volar no quieres volver atrás.

La figura de la madre acostumbra a estar muy presente en los escritores.

Samuel Beckett, uno de mis escritores favoritos, tenía una relación fatal con su madre y en su biografía hay una historia que me encanta: en una ocasión, a los 14 años, saliendo de un partido de cricket, no tenía dinero para volver a casa. Como era tan tímido, no se atrevió a pedírselo a nadie y decidió recorre a pie los 15 kilómetros. A mitad de camino estaba agotado y se durmió sobre sus bultos.

...

Lo encontraron a media noche. La madre estaba tan enfadada que lo envió a dormir sin cenar. El padre, a escondidas, le hizo algo de comer y se lo llevó.

Paul Auster & Siri Hustvedt. Imagen tomada de Pinterest.



Usted también fue un gran tímido.

Muy tímido. Cuando a los 20 años leía mis poemas temblaba y jamás miraba al público.

Siri Hustvedt. Imagen tomada de Seryhumano.com



¿Sufrió la crisis de los 40?

La sufrí a los 30. A los 40 estaba felizmente casado. Tuve una primera mujer pero acabó en divorcio. Luego unas cuantas relaciones intensas que no cuajaron, pero conocí a Siri (su esposa) y cambió todo.

¿Y qué ha entendido del amor?

Que existe cuando tú quieres más para la otra persona que para ti mismo. Siri es muy muy inteligente y tiene dos modelos acerca del amor y del matrimonio: las relaciones mecánicas y las relaciones orgánicas. A menudo las relaciones mecánicas empiezan con una gran pasión, pero como todas las máquinas acaban fallando. Las relaciones orgánicas no paran de cambiar.

¿Cuestión de cintura?

Hay que estar siempre alerta respecto a lo que está experimentando el otro y lo que estás experimentando tú. Pero me siento como Elena Francis.








Curioso sentimiento, ya que lo explica en su libro.
...


Los escritores suelen tener grandes egos. ¿Cómo llevan dos egos en casa?

No trabajamos en el mismo espacio. A las 5 de la tarde nos reunimos y tenemos muchas otras cosas en qué pensar: qué cenaremos, quién lava los platos, quién va a comprar...

¿La primera en leer sus manuscritos es su mujer?

Sí, y tengo plena confianza en sus juicios y viceversa. Admiramos mucho el trabajo del otro, pero somos honrados, decimos lo que pensamos.

¿Ha temido al fracaso?

Sí, y he tenido bastantes. La vida es en gran medida fracaso. Pero para mí el fracaso es un acicate: me invita a fracasar mejor la próxima vez.

Siri Hustvedt, Sophie Auster y Paul Auster. Imagen tomada de TriunfoArciniegas.



Bueno, no le va tan mal...

No me quejo, pero soy consciente de que un mismo libro una persona lo puede adorar y otra, considerarlo una porquería.

¿Cuál ha sido su gran decepción?

Han sido cosas pequeñas: amigos cuyos actos no esperaba.

¿Y de sí mismo?

Me hubiera gustado ser mucho más abierto.

¿Fue hippy?

Era lo opuesto a un hippy. Perteneciendo a la generación de las drogas, jamás me he drogado. Las drogas me daban miedo, a mi alrededor hubo muchos que murieron y otros que se volvieron muy locos.

¿Sobrevuela?

No, cada día siento rabia por cómo estamos dejando el mundo.

Usted defiende el movimiento Ocupa Wall Street.

Me gusta mucho. Lo que están haciendo me parece extraordinariamente inteligente y muy nuevo en el discurso político, un movimiento sin líderes ni plataformas para expresar el descontento, que es el primer gran paso para hacer cambios.

¿Ha estado en la plaza?

No.

¿Mejor juzgar que participar?

¡En absoluto!, yo trabajo mucho con el PEN para que saquen a escritores de la cárcel, he ido contra la guerra de Iraq..., ¡por favor!

¿Qué busca en la literatura?

Cada vez que abro un libro busco que me cambie la vida, aunque no suele suceder.




¿Y en la propia?

La conexión. Un libro es quizá el único lugar del mundo en el que dos extraños se pueden encontrar.


 Tomado de La Vanguardia


Canal-L: Paul Auster. "Diario de Invierno" (1ª parte)






Entrevista a Paul Auster: Cómo me convertí en escritor


01/05/2024

lunes, 17 de octubre de 2016

La única hora de Alberto Hernández.

Entre la locura, la incertidumbre, la construcción y deconstrucción de la realidad.




Estimados Amigos

Hoy tenemos el gusto de hacerles llegar el acercamiento concienzudo que la escritora margariteña Magaly Salazar Sanabria hace a la más reciente novela del escritor aragueño Alberto Hernández, dandonos algunas claves que quizá puedan ayudarnos en el periplo lector que no espera.

Deseamos disfruten de la entrada.

Atentamente 


La gerencia

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Magaly Salazar Sanabria.

Buda, es sólo un pretexto para contarnos, a través de él, el despertar hacia una realidad que es la del autor del libro La única hora. Esto ocurre después que los personajes de la obra: Buda con todas sus mutaciones, Ignacio Fuentes, derrotado por la artritis, la vejez y el miedo, Ingrid Paredes, la loca y mujer de Ignacio, pero la única hora que le queda a éste, ambos estudiantes de una Universidad de Londres,  Alonso Eluard y el autor  (AH), superan el deseo, la aversión, la confusión, la incertidumbre, la locura, el sueño y la realidad, la construcción y deconstrucción de sus vidas en la obra.  Son dos historias que se entrecruzan. La de Ignacio, Ingrid y Alonso y la que traza el autor, dialéctica de la representación que tiene el privilegio de sacar a los personajes de la escena cuando le estorban. Todos enredados en la privación del juicio de Ingrid, que según el autor, “es una terapia espiritual para espantar malos recuerdos”, esos que vienen de la violación que sufrió en la infancia y de su propio ADN. También, los epígrafes y citas de varios escritores intervienen en la vida de la obra. Este texto se debate entre la conciencia y la máscara, el presente y el pasado, la ficción y la realidad, el desdoblamiento y la ausencia y se mueve en una dimensión estética y ética.






La figura de Buda, que en principio es una imagen de cerámica, fragmentada en pedazos por una caída,  transita por varias facetas: se ahoga de aburrimiento, es el sueño, es soledad sentado bajo el árbol de la sabiduría, se hace el loco, sueña, está despierto, respira, le da de comer a una paloma, ora en silencio, lo martirizan los zancudos,  lagrimea por el humo, se ahoga en medio del humo, duerme lejos del incendio, tose, escupe, Ingrid habla con Buda y le pide que la deje tranquila. Buda es, a la vez un crucigrama que no coincide con Cristo, es el silencio inicial. Buda vuelve desde los recuerdos de la infancia. Buda está despierto. Buda cuestiona a Sai Baba. Hasta el director de cine español, Buñuel, trata de cortar la córnea de Buda. Buda trasciende el deseo (lobha), la  aversión (dosha)  la confusión (moha) y despierta a la verdad (dharma). Ese es el Buddha de la India. En la obra, Buda es una máscara.






Así, la historia va de una estancia a otra. El narrador habla desde  un presente que es pasado. Para lograr este recurso narrativo aparece una postal carcomida por el tiempo que representa la vejez de Ignacio, quien relee mil veces lo escrito en el dorso. La historia se cuenta desde varios espacios: Caracas, Londres, Salamanca, París. La narración comienza en Londres a partir de esa postal. Ignacio ha dejado Venezuela para estudiar con una beca en una Universidad de Londres. (En Caracas, su casa fue allanada muchas veces. Entretanto, los idiotas del régimen hablan de justicia.) También, Ingrid, su mujer,  estudia en la misma Institución. La obra está llena de recuerdos y de conflictos que transfieren el drama de los personajes del presente al pasado, constantemente. La soledad de Ignacio se viste de artritis, vejez, tristeza, nostalgia por su única hora: Ingrid Paredes, su loca. La narración nos deja la impresión de ser un diálogo inconcluso y valga el recuerdo de Maurice Blanchot, porque el hilo narrativo se ve interrumpido por el albedrío del autor cuando, de un zarpazo, elimina a los personajes. En  La hora Única no hay héroes, diría mejor, sólo fracaso.



Guillermo Cabrera Infante en su casa de Londres

En este tránsito aparecen personajes literarios: Simone Marueil, Albert Duverger, Guillermo Cabrera Infante, Erasmo de Rotherdam y su Elogio de la locura como “El camino para recuperar la inocencia y la verdadera apariencia de las cosas”. Dante Alighieri, Oscar Wilde, y la visita de Ingrid a su tumba, Willianm Faulkner con El sonido y la furia y su legado del vacío, Ambrose Bierce y su El diccionario del diablo y la locura que coincide de alguna manera con la esquizofrenia de Ingrid, Enrique Vila-Matas, con su Viaje vertical, donde el tiempo  se emparenta con el de los personajes de la Unica hora, Marguerite Duras y su obra El amante, porque Ingrid también “cruza las calles por encima de la historia”, Adriano González León se remite a la vejez: “Saberse viejo no es fácil. Sobre todo, porque nunca quiere saberse”. Además, Juan Sánchez Peláez, Francisco Massiani, el que escribe (AH) y otros. Cada autor deja su pensamiento en la obra como una razón de ser. Ignacio declama poemas de Mario Quintana, poeta brasileño: “Canción del desencuentro en la ventana”. Mientras tanto, Ingrid recita del poeta griego Cavafis: “Ventanas”, cuya temática se aproxima a las ventanas por donde se asoma la locura de ella con los senos al aire, despeinada, descalza, con los ojos desorbitados. También, Andrés Bello y Pérez Bonalde salen a relucir en Londres. Siva hace lo propio. Por otras razones, muy distintas, Juan Vicente Gómez y Hitler se recuerdan cuando se observa la Torre de Londres, el lugar de antiguos cautiverios.






De esta manera, la cantidad de referencias literarias  interviene la narración y la sentimos como la conciencia que, ante la privación del juicio y nostalgia de los personajes, la razón acude para fijar el  carácter y espacio de ellos.

Muy significativo resulta señalar que después del viaje a Salamanca, Ingrid pierde el sentido de la realidad, se vuelve loca. Pero hay algo de enfermizo en el pasado de los personajes principales. Así, cuando las evocaciones viajan a Caracas, constatamos que el padre de Ignacio fue un suicida, episodio que ocurrió hace 15 años. Y entre la amalgama de reminiscencias,  se habla también sin nombrarlo, de la enfermedad (el cáncer) y entierro de Chávez, el maquillaje a que es sometido el cadáver, que compite con el maquillaje que se le da a la realidad en Venezuela. Se refieren al abuso de las cadenas radiales y otros malestares, en fin, se critica la estupidez política venezolana.

También, Ingrid  desarrolla una locura verbal llamada xenoglosis diagnosticada por el Doctor Albert Pescoe. Es un legado genético. Consiste en hablar en idiomas desconocidos. A la vez, Alonso Eluard, el otro personaje, aclara que es primo de Ingrid y que los padres de ella padecían la gefirofobia, que es el miedo a cruzar puertas y la erentofobia que es el miedo a ruborizarse. Todo este entramado de situaciones aloja el sentimiento de que el escritor es un tramposo y un farsante. Por ejemplo, en París desaparece Alonso como personaje, ante el asombro de Ignacio e Ingrid. Según el mismo Alonso, él sobraba en la ficción. Así lo hace ver en una carta que envía a Ignacio. Dice que ha pasado a mejor vida  como personaje porque así lo ha querido el autor de la obra. Le dice a Ignacio que ambos son un reflejo de la vida, el diseño de un tipo que si va a morir. Ellos son la ausencia. Ignacio también desaparece y la loca Ingrid le pide al autor que la borre de su libro. Pero ella vuelve a la realidad. Se mira en el espejo.



Paul Auster

En el Capítulo Ortopédico 2, hay un encuentro entre el escritor e Ignacio. La historia mira hacia la infancia de Ingrid. Al otro lado del espejo Ignacio observa su rostro avejentado por el tiempo. Vive rodeado por los restos de la locura de Ingrid. Es como un personaje de El país de las últimas cosas de Paul Auster: o vive extraviado o desaparece. Ingrid parece suicidarse pero realmente muere a los 50 años, sin embargo, no se agota. Al final, la niña Ingrid, toca la puerta en la casa del bosque y allí sueña que Ignacio ha muerto. No obstante, Ignacio toca también, una puerta, la del autor. Y éste le dice que no habla con personajes. Estas situaciones confirman que La Única hora es un conflicto planteado sobre otro conflicto que no sólo es el de Ingrid e Ignacio sino el creado por el propio autor, AH.

Además, es importante señalar que en muchas estancias en las que está dividida la obra, el espejo entra en el juego narrativo con la fuerza de su simbología: personajes que se extravían en su reflejo, se encuentran a sí mismos, no vuelven en sí o sueñan. Ignacio, Ingrid, Rafa el violador, hombres elegantemente vestidos se dan cita en el espejo.  Aunque el autor trate de instalar una ausencia, la locura de Ingrid, siempre regresa, siempre las voces rebotan en las paredes. Miles de páginas en blanco hacen silencio.

Al final de la historia, Ignacio, comido por la artritis, se aferra a la vieja postal, a la única hora. Entretanto, el Támesis corre hacia la mar que es el morir.



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Magaly Salazar Sanabria

Escritora venezolana (La Asunción, Nueva Esparta). Licenciada en letras egresada de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Realizó la maestría en literatura hispanoamericana en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (Upel) y estudios de doctorado en la Universidad de Barcelona (España). Ejerció como docente en la UCV, en la Universidad Simón Bolívar (USB) y en la Upel. Fue secretaria general de la Asociación de Escritores de Venezuela, Zona Metropolitana de Caracas (1989-1992). Representó a Venezuela como directora del Capítulo de Caracas del III Encuentro de las Academias Iberoamericanas de Poesía (Georgetown University, Washington, EUA, 1997). En University of West Indies de Barbados dictó el curso Cultura Latinoamericana, auspiciado por la Cancillería Venezolana (1998). Se desempeñó como secretaria de Actas del Círculo de Escritores de Venezuela por dos períodos (1995-2000). En Nueva Esparta dirigió la Casa de la Cultura “Monseñor Nicolás E. Navarro” de La Asunción (2000-2003). Actualmente es vicepresidenta del Consejo Consultivo del Círculo de Escritores de Venezuela. Ha recibido las condecoraciones “Orden al Mérito en el Trabajo”, Primera Clase, y “Orden Andrés Bello”, Corbata. Recibió el Premio Regional “Casto Vargas León” (poesía; Nueva Esparta, 2001) y diploma de honor en el Concurso Lincoln-Martí, (Miami, 2006). Ha publicado No apto para los ritos de la sacralización, Ardentía, La Casa del Vigía (mención de honor en el Concurso Fondene, 1992), Bajío de sal, Levar fuegos y sietes y Cuerpo de resistencias, así como, en coautoría, Lo visible, lo decible, Quaterni Deni. Textos suyos han aparecido en revistas y periódicos de Venezuela y el exterior. Su obra ha sido reseñada en varias antologías de poesía.

Tomada de Letralia

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Alberto Hernández

Nació en Calabozo, estado Guárico, el 25 de octubre de 1952. Poeta, narrador y periodista. Se desempeña como secretario de redacción del diario “El Periodiquito” de la ciudad de Maracay, estado Aragua. 

Fundador de la revista literaria Umbra, es miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo y colaborador de publicaciones locales y  extranjeras. Su obra literaria ha sido reconocida en importantes concursos nacionales. En el año 2000 recibió el Premio “Juan Beroes” por toda su obra literaria.

Ha publicado los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Bestias de superficie (1993), Nortes (1994) e Intentos y el exilio (1996). Además ha publicado el ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981), el libro de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994) y el libro de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999).  Recientemente ha publicado «Poética del desatino» y «El sollozo absurdo».