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jueves, 19 de junio de 2014

"Al abdicado Juanito Borbón, desde hispanoamerica con humor"

Una carta de Laureano Márquez al Rey


Juan Carlos I de España








Tras leer la irónica, brillante y cargada de razones carta de Laureano Márquez P al abdicado rey de España; “Juanito”, lo primero que a uno se le acude a la cabeza es la frase: “Al Cesar lo que es del Cesar”… pero no, eso sería demasiado sencillo y falaz.




https://m.youtube.com/watch?v=iXSkHpk-nXE

Discurso de Su Majestad el Rey Juan Carlos I el 23 F de 1981



En Economía se conoce como externalidad positiva a aquella acción (de producción o de consumo) que genera un efecto positivo en los demás que el ejecutor de la acción no puede capitalizar en su favor o dicho de otro modo no puede privar a los demás, independientemente de que lo quiera o no. Ejemplos: un apicultor genera un efecto positivo en los campos circundantes gracias a la mayor polinización que las abejas procuran, cuidar un bonito jardín privado embellece las vistas de los vecinos.  Juan Carlos I realizó un acto (aunque hay quien ve algunas sombras sospechosas), en la madrugada siguiente al 23 de Febrero de 1982. La democracia sobrevivió al intento de golpe de Estado. Evidentemente ese acto generó una importante externalidad positiva… pero 39 años de reinado es una más que merecida paga a aquella acción. Los republicanos han guardado un silencio respetuoso en pago a esa externalidad positiva. ¿Qué razón hay para que Felipe VI siga “cobrando los réditos” por aquella madrugá de hace más de 30 años?


La cancion de Els Pets  Jo vull ser Rei es del disco: Brut Natural editado en 1994


Laureano hace un hábil juego de espejos, una comparación, donde no salen bien parados los comparados. Verdades como puños y pullas que son unas nuevas Lanzas Coloradas.

Portada de la novela del venezolano Arturo Úslar Pietri en la edición de la Biblioteca básica Salvat del año 1970









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Juanito posando con el paquidermo al que le arrebató la vida



Señor:


Ya ve usted qué diferentes son los países. Lo digo por la ligereza con la que se ha tomado su abdicación. Nada debe ser más difícil que reinar sobre el alma española, cuya complejidad y contradicciones hemos heredado los hispanoamericanos, en muchos casos agravadas por los propios ingredientes que la historia particular de ambiciones y demagogias ha puesto en cada caso. Usted, en mala hora, mató un elefante en África (por cierto, pidió públicas disculpas por el asunto, algo que jamás le hemos oído a un gobernante nuestro en 200 años de independencia y créame que a veces las han puesto más grandes que un elefante) y con ello se pretende anular 39 años de brillante reinado que tantas vidas le ahorró a la España de charanga y pandereta, llena de heridas de bando y bando.



El rey Juan Carlos se disculpa por su cacería en Botsuana

 
Nosotros llevamos más de 40 muertos humanos, amén de innumerables torturas y violaciones a los derechos humanos en los últimos meses y más de 24.763 muertos en 2013 (según la ONG Observatorio Venezolano de Violencia) por la inseguridad —que verdaderamente es la única que aquí reina por completo y sin visos de que vaya a abdicar— y la izquierda alcahueta de su país no dice ni esta boca es mía. Las muertes de la “izquierda” definitivamente son menos muertes que las de la derecha. Siempre ha pasado en la historia: no es lo mismo Hitler que Stalin o Mao, ni Fidel que Pinochet. No hay museo de la memoria para los muertos, torturados y desaparecidos de las dictaduras de izquierda.


Una intervención de Juan Carlos I más conocida en Venezuela: "¿Por que no te callas?"



Qué fácilmente olvidan algunos el difícil tránsito del franquismo a la democracia, que Suárez y usted llevaron con tanto tino; el establecimiento de un sistema de libertades inexistente en España y el respeto a una pluralidad cultural en la que no hay nada más español que negar la hispanidad. A los mismos que les parece excelente que Fidel traspase el poder a su hermano, sin que los cubanos hayan votado nunca una monarquía, les parece mal que usted abdique en favor de su hijo Felipe, cuyo mayor inconveniente será, sin duda, que siendo el sexto de su nombre, inevitablemente, quedará asociado su reinado a Camilo, que es el único Sesto que España ha conocido en los últimos tiempos.

Camilo Sesto, el único monarca español coronado por propia mano



Renunciar al poder, de cuyo ejercicio efectivo además usted carece, por tratarse la suya de una monarquía constitucional que aleja de sus manos las tareas de gobierno, es algo que desconcierta nuestras ambiciones de poder perpetuo. Nosotros al independizarnos cambiamos la monarquía por una caterva de reyecitos que nunca han sido constitucionales. Se quedaron en la monarquía absoluta y creen que su poder está fundado en el derecho divino, pero no de Dios, sino de lo divino que es permanecer en el gobierno, más como caporales que como estadistas. Otra tacha que lanza sobre su reinado esa ambivalente izquierda española, cuyo eco oímos por aquí, es el tema de su yerno, censurable también, pero debidamente investigado por los tribunales. Le aseguro que por estos lares nadie se atrevería a abrirle ningún juicio ni siquiera a un primo (aunque sea de Rivera) del cuarto grado de consanguinidad. De hecho, la malversación de nuestras “familias reales” es pública y notoria y ningún juez se atreve siquiera a levantar la venda de la justicia ni un milímetro, para ver que nuestros “reyes” andan siempre desnudos. Hemos visto desde nuestros predios, donde no se consigue ni papel para limpiarse el culo (que en España no es mala palabra), cuestionar su gestión por la crisis económica en la que España se ha visto sumida. Los que se ofenden por los 7 millones de euros que cuesta el sostenimiento de la Casa Real (por cierto, 12,6 menos que en el 2010), son los mismos que se han dilapidado 3.000.000 x 100 x 31 x 12 x 16 dólares y para los cuales 7 millones de euros seguramente es el sencillo de una buena comisión o negocio fraudulento. Y no le cuento del presupuesto de nuestra Presidencia, no solo por evitarle un real soponcio, sino porque no sé a qué euro debe calcularse, si negro, Sicad I o II, pero créame que le llevan una morena.



En fin, le escribo ahora que ya no será más rey para que nadie diga que le adulo. Además, no podrá usted nombrarme marqués, porque el marqués de Márquez suena ridículamente cacofónico. Me encantan los árboles caídos. Usted y Benedicto XVI son para mí lo más parecido a eso que se denomina “héroes de la retirada”. Los que en su renuncia se engrandecen y muestran que hay otros intereses colectivos por encima del ego personal, que no es poca cosa en un rey: ahí tiene usted a Isabel, que con tal de que su hijo nunca llegue a ser rey está dispuesta a vivir 150 años. Usted fue, simultáneamente, el peor error de Franco y el mejor acierto de la España moderna. Lástima que los españoles se avergüencen tanto de sus aciertos y, como nosotros, celebren tanto las metidas de pata.







Jo vull ser rei. Letra en catalan y castellano


Jo vull ser rei,
ser per collons cap de l'Estat,
tenir-ho tot fet
només per ser fill de papà.
 
Fer-ho tot bé,
mai ser escollit, mai ser votat,
sempre trobar
la moto amb el motor
engengat.
 
Tan aborrit d'estar envoltat
per una colla de llepons,
suant infal·libilitat
com un cacic o un dictador.
 
Fotre un polvet
amb la total seguretat
de que el xiquet
tindrà el futur encaminat.
 
Tenir a en Porcel
per a poder-me defensar,
o fer un discurs
que ben segur que aplaudiràn.
 
Tan aborrit d'estar envoltat
per una colla de llepons,
suant infal·libilitat
com un cacic o un dictador.
 
Se sap que som iguals
devant la llei
per què collons jo mai
podré ser rei?
 
Reivindicar
al que em va colocar on sóc
sense parlar
res que no sigui l'espanyol.
 
I viatjar molt,
sigui oficial o per plaer,
que ja se sap
que a Suïssa s'esquia molt bé.
 
Tan aborrit d'estar envoltat
per una colla de llepons,
suant infal·libilitat
com un cacic o un dictador.
 
Se sap que som iguals
devant la llei
per què collons jo mai
podré ser rei?
  Yo quiero ser rey,
ser por cojones jefe de Estado,
tenerlo todo hecho
sólo por ser hijo de papá.
 
Hacerlo todo bien,
nunca ser elegido, nunca ser votado,
siempre encontrar
la moto con el motor
en marcha.
 
Tan aburrido de estar rodeado
por un puñado de chupaculos,
sudando infalibilidad
como un cacique o un dictador.
 
Echar un polvo
con la total seguridad
de que el chiquillo
tendrá el futuro encaminado.
 
Tener a Porcel
para poderme defender,
o hacer un discurso
que seguro que aplaudirán.
 
Tan aburrido de estar rodeado
por un puñado de chupaculos,
sudando infalibilidad
como un cacique o un dictador.
 
Se sabe que somos iguales
ante la ley;
¿por qué cojones yo nunca
podré ser rey?
 
Reivindicar
al que me colocó donde estoy
sin hablar
nada que no sea español.
 
Y viajar mucho,
ya sea oficial o por placer,
que ya se sabe
que en Suiza se esquía muy bien.
 
Tan aburrido de estar rodeado
por un puñado de chupaculos,
sudando infalibilidad
como un cacique o un dictador.
 
Se sabe que somos iguales
ante la ley;
¿por qué cojones yo nunca
podré ser rey?



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En 1968 nace. Reside en Málaga desde hace más de tres lustros.

Economista y de vocación docente. En la actualidad, trabaja de Director Técnico.

Aficionado a la Ciencia Ficción desde antes de nacer. Muy de vez en cuando, sube post a su maltratado blog.

Y colabora con el blog de Grupo Li Po





20/07/2025
23/06/2024

domingo, 17 de marzo de 2013

Mi reino por un serrucho

o

Un carpintero con corazón de león





Reconstrucción del rostro de Ricardo III

  • Unas pruebas genéticas llevan cinco siglos después al descendiente directo de Ricardo III

  • Los restos del monarca dormían bajo un aparcamiento en Leicester

Patricia Tubella 10 FEB 2013


El linaje de Ricardo III, el último monarca inglés muerto en un campo de batalla, vapuleado por Shakespeare y la historia, ha reaparecido esta semana en un humilde taller de carpintería del norte de Londres. Michael Ibsen, un canadiense tranquilo, discreto y amable que lleva la mitad de sus 55 años viviendo y trabajando junto al Támesis, ha sido la pieza fundamental para certificar que el esqueleto hallado en el subsuelo de un aparcamiento público de Leicester era del monarca inglés. Quinientos años y 17 generaciones después, Ibsen ha resultado ser el descendiente directo de aquella dinastía de los Plantagenet, expulsada del trono por los Tudor. El cotejo de su ADN con el de la osamenta localizada en la ciudad del centro de Inglaterra permitió a un grupo de expertos proclamar el pasado lunes uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes en la historia del Reino Unido.

Laurence Olivier personificando a Ricardo III

Ibsen, una persona pausada y de pocas palabras, recuerda su estado “al borde del ataque de nervios” mientras esperaba los resultados del contraste de su ADN con el de los restos descubiertos bajo el aparcamiento de Leicester: “Incluso, entonces, cuando las evidencias físicas eran tan potentes [el laboratorio ya había determinado que el cráneo encontrado fue atravesado por la punta de una flecha o que la curvatura de la columna confirmaba la escoliosis que caracterizó el físico de Ricardo III], no podía creer que un simple análisis pudiera confirmar una conexión familiar de ¡quinientos años!”.



Los expertos en genética de Leicester no solo consiguieron establecerla científicamente, sino que subrayaron en la presentación pública de los resultados que el conejillo de Indias canadiense encarna la última generación que los ha hecho posibles. Ni Michael ni sus hermanos Leslie y Jeff —que viven, respectivamente, en Vancouver y Toronto— tienen hijos, así que con ellos se extinguía la posibilidad de hallar una prueba viva. Entre la actual soberana de los británicos, Isabel II, y su antecesor lejano en el trono Ricardo III median veintitrés reyes, pero ninguno relacionado con Ricardo III por la vía familiar.
Aunque Ibsen se autodefine como “una persona muy privada” y defiende que todo el protagonismo debe recaer en la figura del soberano, ha accedido a relatar cómo ese villano que retrata la obra de William Shakespeare entró en su vida con consecuencias insospechadas.

Una llamada de su madre, Joy, en 2004, le transmitió con cierta sorna que había sido identificada por un historiador inglés y experto en genealogía como descendiente directa de Ana de York, hermana de Ricardo III. La revelación del profesor John Ashdown Hill, quien estableció ese vínculo familiar durante su investigación sobre el destino de los restos del monarca, fue acogida con escepticismo por la progenitora de Michael Ibsen: “Mi madre había sido periodista y todo aquello le pareció muy abstracto, piense que por aquel entonces ni existía la perspectiva de iniciar las excavaciones de Leicester”.

El asunto quedó en una anécdota hasta principios del año pasado. Joy Ibsen había muerto en 2009, por lo que el equipo de arqueólogos que, ahora sí, confiaba en localizar al menos los vestigios de la iglesia de Greyfriars, en el centro de Leicester, donde habría sido enterrado el cuerpo del rey sin pompa ni ceremonia, contactó con Ibsen en Londres. A diferencia de sus hermanos, todos ellos pertenecientes a la decimoséptima generación de descendientes directos de aquella casa real, fue el único miembro de la familia, emigrada a Canadá después de la II Guerra Mundial, que en su día optó por hacer el camino inverso.
Tras una juventud consagrada a la música clásica y a la maestría del corno francés, un instrumento que le condujo a orquestas de Holanda y Alemania, en 1985 decidió “tantear un cambio de dirección”. “Me instalé provisionalmente en el Reino Unido, donde me embarqué en el aprendizaje de la ebanistería”, relata. La capital británica se ha convertido desde entonces en su domicilio fijo.

Ibsen estaba en el pequeño taller del norte de la ciudad, donde recibe y elabora sus encargos de muebles, cuando un grupo de locos visionarios reclamó su contribución para reescribir la historia de Ricardo. La casi certeza de los expertos de la Universidad de Leicester de que el pavimento de cemento de un estacionamiento escondía la tumba del monarca, y sobre todo la recaudación de fondos para acometer el proyecto, iba a traducirse en la perforación del espantoso recinto en el verano de 2012.

“Cuando comenzaron las excavaciones, como máximo confiaba en que se localizara algún trazo del monasterio de Greyfriars, quizá una sección de sus muros, pero ni en broma, unos restos humanos”. La recuperación, tan solo en los primeros días de trabajos, de un esqueleto y un cráneo con aparentes heridas sufridas en el campo de batalla supuso “una sorpresa mayúscula e increíble” para el hombre cuyo código genético iba a resultar fundamental en el desenlace de la investigación.

Aquel monarca retratado como un ser deforme y cruel por la pluma del más insigne literato inglés ha sido víctima de la propaganda negativa de los Tudor, la dinastía que le sucedió, según reivindica la Sociedad Ricardo III, establecida para vindicar su figura y promotora esencial de la investigación de Leicester.

Michael Ibsen concede que las pruebas físicas recabadas “no podrán determinar la verdadera personalidad” de su ancestro, que sigue dividiendo a la historiografía británica. Pero el centro de información sobre su vida y muerte, que se establecerá el próximo año en la catedral de Leicester, “quizá sí pueda contribuir a ponerle en su contexto, en aquellos tiempos tan violentos en los que vivió” y que no le diferencian en demasía de las acciones de sus sucesores en la corona.

Ibsen ya se las ha visto cara a cara con su ilustre pariente, en forma de una reconstrucción del rostro real elaborada a partir del cráneo que fue presentada esta semana al público londinense. “No le veo ningún parecido ni conmigo ni con mi familia”, dijo.



El canadiense pretende asistir al entierro solemne del monarca que se prepara en aquella catedral, si le “invitan”. Por supuesto que será invitado en calidad de protagonista destacado, pero a lo largo de la conversación con EL PAÍS se desprende que esa precisión no responde tanto a una falsa modestia como a la voluntad de recuperar el anonimato.

“Atender mi propio negocio [de producción y venta de muebles] ha resultado muy complicado esta última semana, me ha sido casi imposible trabajar”, confiesa Ibsen, atribulado por la enorme presión mediática que ha sufrido a raíz del anuncio.

Completamente al margen de las exclusivas sobre “historias humanas” que tanto cotizan en la prensa de su país de adopción, ha comparecido lo justo ante los medios de comunicación, incluida la sesión fotográfica a la que accedió mientras le extraían muestras de saliva para los análisis genéticos que luego confirmaron su parentesco regio.

“Entiendo toda esa atención, porque se trata de una noticia positiva. Esta mañana, mi mecánico me ha explicado que está leyendo con fruición toda la historia de Ricardo III, que es la de este país, y que su hijo universitario estaría orgulloso. Por eso intento atender a los medios, pero confío en algún punto reanudar mi vida de siempre. O quizá soy demasiado ingenuo…”.



Un rey maltratado

Jacinto Antón

El invierno de nuestra desventura se ha hecho verano de gloria por el sol del aparcamiento. Quiso el destino que la noticia el lunes de la (plausible) autentificación de los restos de Ricardo III me llegara mientras estaba junto a un actor que lo ha encarnado. “¿De veras? ¡Qué grande! Es como si me dices que han encontrado los condones de Romeo y Julieta”, se entusiasmó genuinamente Pere Arquillué, que interpretó al personaje como un gánster en el sui generis montaje de Álex Rigola de la obra de Shakespeare (2005).

Arquillué es uno de los muchos rostros que ha tenido Ricardo III en el teatro y en el cine y que incluyen a Edmund Kean, Henry Irving, Laurence Olivier, Ian McKellen, Al Pacino o Ariel Garcia Valdés. Dos de mis interpretaciones favoritas, y generalmente poco recordadas, son las de Richard Dreyfus y Klaus Kinski, que encarnaban al personaje ocasional y marginalmente —teatro dentro del cine— en La chica del adiós, donde obligaban a hacer a Dreyfus un inolvidable Ricardo gay, y Lo importante es amar, en la que Kinski dirigía y protagonizaba, junto a Romy Schneider, una puesta en escena de la obra con estética samurái: una mezcla insólita de Aguirre y Kurosawa.

En la obra de Shakespeare —me lo recalcó Lluís Pasqual en un taller del Instituto del Teatro que él nos dirigía y en el que se me ocurrió caracterizarme como un Ricardo III atractivo (¡) y sin minusvalías— Ricardo no puede dejar de ser villano y deforme. Va con el papel. Al igual que Shylock es judío y Macbeth insomne. Difícilmente podemos imaginarlo de otra manera.

Y sin embargo, está claro que el Ricardo histórico, ese que ha aparecido en el aparcamiento paradójicamente bajo tantos caballos (los de los motores de los vehículos), pudo ser muy diferente. En la propia obra (el personaje de hecho aparece en tres obras de Shakespeare, Ricardo III y la segunda y tercera partes de Enrique VI) hay indicios de ese otro Ricardo. El malvado, al que Shakespeare deja que se dirija a nosotros directamente y nos explique su programa criminal, tiene un lado ingenioso, brillante, divertido, definitivamente inteligente y moderno, que nos seduce tanto como a Lady Anne. Y cuando cae —por no hablar de cuanto tiene esas horribles pesadillas (“mañana en la batalla”, etcétera)— no podemos dejar de sentir a nuestro pesar una cierta simpatía por él. ¿Dejó Shakespeare pistas del auténtico Ricardo en una obra en la que estaba obligado a demonizarlo, jorobarlo (¡) y presentarlo con las tintas más sombrías para glorificar la dinastía reinante de los Tudor y exaltarla como surgida de una batalla entre el bien y el mal?


Matanza de Bosworth

Víctima de la black propaganda de los Tudor —habría nacido hasta con dientes—, con la historia en la mano, Ricardo no parece haber sido peor que los demás personajes enfangados en la lucha por el poder en ese sangriento culebrón familiar que es la Guerra de las Rosas y que prefigura (y deja corto) Juego de tronos (¿será el del aparcamiento en realidad el gnomo Tyrion Lannister?).

El propio Enrique VII no dudó al coronarse en podar despiadadamente todos los rosales cercanos. Y en el propio Shakespeare hay testimonios de sobras de cómo era tradición acuchillarse unos a otros. Vamos que nadie te hacía un feo por darle un poco más de beber a tu hermano o deshacerte de unos sobrinitos. En todo caso, el Bardo tuvo que hacer a Ricardo mayor de lo que era en realidad para endosarle algunos crímenes que no pudo cometer por ser aún un niño (murió a los 32 años). Y lo de los principitos de la Torre no está nada claro: con las evidencias en la mano un tribunal hoy no lo condenaría.

Hay un rasgo de Ricardo que destaca la historia y que Shakespeare no puede (ni quiere) poner en duda: su coraje. Era un tipo valiente. Se jugaba el tipo. Prefería las armaduras a los laúdes. Desde muy joven lideró tropas y combatió en primera línea. Si padeció escoliosis, como parece, todo eso tiene mérito.

En la batalla final, la de Bosworth (1485), Shakespeare ha de hacer que le visiten todos los fantasmas de los asesinados y que él amenace con matar rehenes para alzar una cortina de humo sobre la evidencia: en la lucha, Ricardo se comportó como otro Ricardo, su ancestro Corazón de León (no en balde era un Plantagenet). En cambio, Richmond (el futuro Enrique VII) se mostró bastante pusilánime. No era un guerrero, le gustaban más las finanzas, y permaneció en retaguardia. No hay que olvidar que el chico Tudor además llevaba un contingente mayoritariamente francés, mercenario (¡válgame San Crispín!), y que la batalla la ganó por la traición que le hicieron a Ricardo sus partidarios los Stanley.

Los relatos nos muestran a un Ricardo jugándoselo el todo por el todo en una carga directa contra Richmond en el curso de la cual llegó a matar a su abanderado y estuvo en un tris de llegar hasta el pretendiente. Recuerda poderosamente la acción de Alejandro Magno en Issos yéndose a por Darío. Menos afortunado, Ricardo tuvo el final que pudo haber sufrido el macedonio: lo destrozaron. Uno de los elementos más relevantes de esta sorpresa del esqueleto de Leicester es que las heridas que presenta son coherentes con el final histórico de Ricardo III: rodeado de enemigos, recibió varios golpes que le hicieron saltar el yelmo y luego le hirieron numerosas veces en la cabeza desnuda rebanándole prácticamente la nuca. El coup de grâce habría sido con una alabarda.

Desmontado, más que pedir un caballo, Ricardo rechazó varias veces los que le ofrecían para huir. Combatió como un jabato (el jabalí, una bestia noble en aquellos tiempos, era su emblema). Tuvo una muerte digna del Arturo de Malory y no la propia de un villano. De hecho fue el último rey inglés en morir en el campo de batalla. El trato que le dio a su cuerpo, cuerpo real al fin, fue deplorable: lo hizo exhibir desnudo atravesado en un caballo. Una canallada.

 Tomado de EL País

  

 

Ricardo III trailer

 

Un trozo de Ricardo III de Laurence Olivier