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domingo, 27 de octubre de 2024

Walter Rodríguez: Para el librero es mejor escuchar, se aprende más y la gente se siente más cómoda


Walter Rodríguez fotografiado en 2016. Foto coloreada.

 

 


Así empezó Walter, el gran librero


– 7 DICIEMBRE, 2022



El periodista Daniel Torrealba, para licenciarse como comunicador social en la Universidad Católica Andrés Bello, realizó una semblanza de un personaje que le fascinó desde la primera vez que visitó Librería Lectura, en Chacaíto: Walter Rodríguez (1940-2022). Daniel, quien hoy vive y trabaja en Bogotá, hizo varias entrevistas a Rodríguez en días sucesivos, además de otras que sirvieron para documentarse sobre este personaje que hizo de Caracas su casa y su estafeta de afectos. He aquí un extracto sobre el periplo familiar del Walter que transita de la niñez a la juventud allá en Uruguay, mucho antes de poner pie en Venezuela. Es testimonio, crónica y semblanza ‒todo a un tiempo‒ de íntimo carácter revelador. El texto completo debe reposar en los archivos de la UCAB. El bachiller Torrealba realizó un meritorio trabajo de indagación, escribió con sentido de honra y precisión



Daniel E. Torrealba Febres-Cordero / Foto de Walter: Giuseppe Di Loreto


La tierra es eso, tierra. Un gigantesco sitio baldío. Los países se la disputan. Pero ninguno tiene gente para labrarla, cuidarla y cosecharla. Los indios la poseen, pero no es de ellos. Las fronteras hispano-portuguesas no son claras. Se la rifan brasileños y uruguayos. Esa tierra pasa a tener nombre por primera vez en 1829, cuando Fruto Rivera acompañado por ocho mil indios guaraníes funda Bella Unión, a las orillas de la desembocadura del Río Cuareim.


Pablo Rodríguez, el gallego, tiene buen ojo. Ha logrado casarse con una Artigas, familia, según dicen, del prócer José Gervasio Artigas. Algo está claro: donde Pablo pone el ojo pone 14 balas, y 14 son los hijos que tiene con esta distinguida dama, a quien la muerte sorprende antes que a él. Lástima que el tambor de Pablo siga lleno. La encargada de accionar ahora el gatillo es Emilia Echeverri, su nueva esposa, también gallega, con quien tiene diez hijos más, para dejar a Pablo Rodríguez con dos docenas de descendientes a lo largo de sus 80 años de vida.


La sangre Echeverri corre de forma distinta, alocada. Walter comenta las circunstancias:


«Muchos de la familia han salido locos, de terminar locos. Dos tías y dos primos, aparte de mi abuela. Algunos salieron ingeniosos y discutidores, no mala gente. Pero así es la sangre Echeverri. Lo malo es que después que mi abuelo se vuelve a casar, que se le muere la señora, los hermanos y hermanas de mi abuela Echeverri se casaron con hermanas y hermanos de los Rodríguez Artigas. Un despelote eso, además que la mayoría de los tíos tuvieron bastantes hijos. Por eso es que hay muchos Echeverri-Rodríguez y muchos Rodríguez-Echeverri».


Pedro María Rodríguez Echeverri es el último hijo del matrimonio de Pablo y Emilia, es decir, el descendiente número 24 de don Pablo. A principios de la década del treinta, Pedro vive en Paraguay, en la ciudad Coronel Bogado. Durante su estancia en tierras guaraníes participa en la Guerra del Chaco, conflicto que enfrenta a los paraguayos contra Bolivia por el control del Chaco Boreal, territorio limítrofe entre ambos países. La Guerra del Chaco va desde el año 1932 hasta 1935 y la labor de Pedro consiste en cavar zanjas para evitar el daño producido por las bombas.


De tierras paraguayas, el último hijo de Don Pablo se va al finalizar el conflicto bélico entre guaraníes y bolivianos, dejando mujer y dos hijos. La nueva residencia de Pedro será en Bella Unión, donde se labra una vida apacible como tendero y dueño de un bar. En tierras bellaunionenses Rodríguez consigue una nueva mujer, Luisa Pilatti. Es  uruguaya e hija de italianos, una perfecta brunetta de sonrisa tímida. Con ella sí contrae matrimonio en 1938.


Para el momento en que Daniel lo entrevista, Walter tiene un problema: no sabe a ciencia cierta a qué hora fue que nació, ¡y una señora le está haciendo su carta astral!


 


 


A principios de enero del año 1940, Europa procrea su gran obra triste de la década: la Segunda Guerra Mundial. En pleno verano, las haciendas uruguayas revisan día a día que los corrales donde está el ganado ‒primer producto de exportación del país sureño‒ no tengan bicheras, o sea, moscas capaces de poner huevos en las heridas y mucosidades de los animales que puedan producir el aniquilamiento o muerte de los mismos. Además, en enero, la trilla del trigo está en pleno apogeo y la recolección de frutas se halla en su mayor intensidad: duraznos, damascos, ciruelas, algunos tipos de peras, etc. Todo esto pasa en el campo uruguayo y en el mundo cuando el día 13 de enero de ese año, día de Gumersindo según el santoral, nace en Bella Unión el primogénito de Pedro y Luisa. Los padres dudan, no saben si llamarlo Walter o Boris. Al final se deciden por la primera opción. El primogénito de los Rodríguez será conocido como Walter Mario Rodríguez Pilatti. Un año y medio después, en 1941, nace el segundo y último hijo de la pareja,  Lilian Teresita Rodríguez Pilatti.


―¿A qué hora naciste, Walter?


―En este momento tengo un problema, porque me están haciendo una carta astral, y la que me lo está haciendo va a trabajar con las dos horas que tengo: 7:30 am y 12 pm. Mi madrina, que murió en noviembre del año pasado, me dijo que yo había nacido entre las 11:30 am y las 12 pm. Si te digo la verdad, para mí que fue en la mañanita, a las 7 am.


Aquí empieza mi historia


Nosotros vivíamos en una casa muy grande, de esas antiguas que eran 50 metros pa’ un lado y 50 metros pa’l otro. En la esquina era un almacén tipo abasto y bar, que tenía una mesa de billar y otras más para jugar cartas y dominó. Todo eso era de mi papá y lo atendía la familia. Llegaba uno al zaguán y de allí se entraba a un patio grande. La casa tenía dos patios, en uno se encontraba el aljibe. El zaguán daba al patio principal, donde había muchos jazmineros, árboles de ciruelos y dos jaulas con canarios y cardenales. Era muy lindo todo eso, tenía muchísimas habitaciones. Hasta después del zaguán era un gran salón. Había cuatro habitaciones, dos estaban frente al patio, y después, sobre el otro lado, dos cuartos más, que daban ya hacia la calle. Una calle se llama Montevideo y la otra Mercedes, la casa ocupaba toda la esquina. No éramos muy humildes, pues a mi padre siempre le fue bien con el almacén y el bar.


Mi cuarto tenía una cama de plaza y media, que no es ni la pequeña ni la grande. Tenía  un escritorito y todo lo que necesitaba para estudiar. La ventana era muy grande y daba hacia la calle Montevideo, donde había un árbol que daba nísperos. El tamaño de mi cuarto era como de tres metros y medio por seis metros. Tenía dos puertas de entrada, una daba al patio principal y la otra hacia la habitación de mi hermana. Había otro cuarto que estaba frente al patio y yo dormía mucho allí, me gustaba y era gigante. Ese dormitorio estaba entre los dos baños, de esos en los que te bañabas poniendo al agua arriba, tirabas la manijita y te salía el agua. Me acuerdo perfectamente de eso.


Mi padre trabajaba toda la noche atendiendo el bar, donde había mesas de jugar tipo bacará y bridge. Él se acostaba muy tarde todas las noches. A la mañana abríamos el negocio, mi madre y mi hermana y yo antes de irnos a la escuela. Mi mamá se quedaba a atender con un primo mío que trabajaba para la familia. Mi padre podía dormir toda la mañana, porque ya a la tarde y a la noche sí se quedaba él encargado del bar y el abasto, que en el pueblo siempre se conoció como el Almacén de Pedro.


Teníamos tres vacas que las iba a pasear sobre el río Uruguay, donde había un monte de eucaliptos y un riachuelo que salía del río. Yo tenía que dar toda la vuelta, por donde quedaba el bar, y entraba por un portón donde debía meter a las vacas. Siempre se enojaban conmigo porque las hacía entrar por el zaguán, entraba a las vacas por todo el patio y hacía que bajaran las escaleras, porque para llegar al patio había unas escaleras de piedra como de seis escalones. Las vacas se llamaban la Mocha, la Pampa y no me acuerdo el nombre de la otra, creo que era la Pintadita, mi padre les habrá puesto los nombres. Las vacas pastaban alrededor del riacho porque había mucho pasto que podían comer. A veces las llevaba  yo y a veces se quedaban allí. Antes de irnos en la mañana a la escuela, mi madre las ordeñaba y nos daba la leche caliente de la vaca. Entrábamos al colegio a las 8:30 am, entonces mi madre ordeñaba la vaca a las 7 am o 7:30 am para que nosotros tomáramos la leche. Como se hacía en el campo, de la vaca al vasito.


Antes de ir a la escuela, mi hermana y yo hacíamos unos refuerzos  en la casa, porque teníamos obviamente un negocio y había mucho fiambre, mortadela, queso y pan. Me preparaban para mí y yo a escondidas preparaba para llevarles a otros amigos que estaban esperando algo, porque a ellos no les daban nada. La escuela quedaba cerca de la plaza principal y era hasta mediodía.


En la escuela siempre me fue muy bien. No perdí ningún año, ni yo ni mi hermana. Las notas eran mal, regular, doble regular, bien, bueno, muy bueno, sobresaliente, y otra con la palabra bueno que no me acuerdo. Le llevaba los cuadernos a mi maestra, Olga Beatriz Curto, que vivía a una cuadra de mi casa y se casó con Hugo Rodríguez, que venía de Carmelo y lo trasladaron para el resguardo [punto fronterizo entre Uruguay, Brasil y Argentina]. Él vino y vivió en mi casa, en una de las habitaciones que daba hacia la otra calle, se le alquiló. Vivió con nosotros mucho tiempo, hasta que se casó con la Nena Curto, que no era muy bonita, linda de cara, pero medio gordita y altota. Tuvieron cuatro hijas y luego se fueron a vivir a Barcelona, España.


Salía en bicicleta desde pequeño, aprendí con cinco o siete años. Agarraba la bicicleta y me hacía todo el pueblo, llegaba hasta la estación de ferrocarriles, por esa parte del hospital y donde estaba la casa rosada, el prostíbulo del pueblo. A mi padre siempre le gustó el fútbol y su equipo era el Uruguay. Él era de la junta directiva y se reunían en mi casa una vez cada dos semanas. Los otros grandes equipos eran Santa Rosa y Defensor. Había otros equipos de pueblos en el distrito de Artigas, pero no eran tan poderosos como los de Bella Unión.  Yo jugaba básquet y fútbol. En esos pueblos  uno nace con una pelota debajo del brazo.


Recuerdo el Maracanazo, tenía 9 o 10 años. Mi padre y yo nos fuimos a la cancha. Jugaba Uruguay contra Santa Rosa, era el clásico. Cuando se terminó el partido dieron los dos equipos una vuelta olímpica y luego se salió a festejar. Recuerdo que regresando a mi casa hubo manifestaciones en carro. También se hicieron parrilladas afuera para los que querían comer. Quizás no le di la importancia que tenía que haberle dado. Fue como las historias que uno siempre escuchaba por radio, las de las Olimpiadas de 1924 y de 1928, y el Mundial de 1930.


Se hablaba de política en mi casa, mi padre era el representante de un candidato, de Eduardo Blanco Acevedo. Vamos a suponer que estaban los adecos y ellos estaban divididos en uno o dos candidatos, y un adeco independiente que no sólo abarcaba los votos de ese partido sino de otra gente también. Mi padre pertenecía al ala independiente del Partido Colorado. Recuerdo que en el año 1954 ya andaba yo con un micrófono y un altavoz haciendo campaña por nuestro candidato. Cuando Blanco Acevedo iba al pueblo se quedaba a dormir en mi casa. El Partido Colorado y el Partido Nacional eran los dos grandes partidos de esa época.


Éramos católicos y estábamos metidos en la Iglesia porque mi madre tenía un grupo allí. Cada cierto tiempo bautizaban a todos los muchachos que no habían recibido el sacramento bautismal. Eran cerca de cien muchachos y fueron todas las madrinas, como cinco, y de padrino fui yo solo. Los otros padrinos no fueron, y había que bautizarlos. Tenía como 13 o 14 años. El problema fue con mi padre, pues luego venían los ahijados a pedir caramelos o un pancito con mortadela. Yo les daba y él se calentaba conmigo.


Por lo general, en la tardecita nos íbamos todos los muchachos al río Uruguay; íbamos caminando y comiendo de los árboles de pitanga, que es como una cereza, también comíamos burucuyá, que es como un mango, pero más pequeño y medio dulzón. Una vez en el río nos poníamos en plancha dejando que el pene saliera pa’ fuera y, bueno, algunos se dedicaban a cazar moscas, les quitaban las alas y las llevaban en cajas de fósforos; entonces, nosotros nos enjabonábamos la cabeza del pipí y nos poníamos las moscas allí y llegaba un momento en que todo el mundo largaba para arriba. Cosas de pueblo. Era una fuente mandando la leche pa’rriba, las mayores masturbaciones las teníamos en el río Uruguay.


Con 12 años, ya usaba pantalones largos. Hice el liceo durante los 13, 14, 15 y 16 años en el Liceo de Enseñanza Secundaria de Bella Unión. Allí jugué fútbol, estaba en el equipo de básquet y tuve mis novias. Tuve dos novias en serio, otras más porque me las encajaron. Los niños de otros lugares venían al liceo de Bella Unión porque no tenían donde estudiar. Una de mis novias era de un pueblo vecino, no tirábamos ni nada, solo un besito de vez en cuando y pidiendo permiso.


La vida en el liceo fue muy linda porque allí ya yo estaba jugando basquetbol de manera formal en el equipo del pueblo. Tú ves una foto mía y ves que era alto, flaco y tenía una cara de viejo que pareciera tuviera los mismos años de los otros que jugaban, algunos hasta me doblaban la edad. Era rebotero, no de los más altos, pero sí era mucho más ágil porque los otros eran más viejos. A veces, hasta jugaba de pívot. Entramos en un campeonato de básquet que eran como seis equipos y nosotros salimos campeones del departamento de Artigas; los juegos se llevaron a cabo en la capital del estado, en la ciudad de Artigas. Nos recibieron en Bella Unión con una caravana de carros viejos y unos whiskys.


Salí de Bella Unión porque no había para hacer el bachillerato. Por ese motivo, me fui a vivir a casa de mi tío en Montevideo. Habré ido como cuatro veces a la capital antes de irme a vivir para allá. Siempre iba con mi padre para visitar a la abuela Echeverri, quien estaba internada en una colonia de enfermos mentales.


WALTER RODRÍGUEZ LLEGÓ A MONTEVIDEO EN 1956, DONDE SUS PADRES LO ENVIARON PORQUE ALLÍ HABÍA MAYORES OPORTUNIDADES PARA TRABAJAR Y ESTUDIAR


Empecé las clases en el bachillerato del Vázquez Acebedo, en marzo de 1957. Un mes más tarde, en abril, Alba Julieta Margarita Rodríguez, mi prima, ya me había puesto a trabajar en La Feria del Libro, una librería de Montevideo. Empecé a trabajar con 17 años. Esta librería quedaba frente al Vázquez Acebedo, en la Avenida 18 de Julio con 1308. Trabajaba de día y estudiaba de noche. El único contacto que había tenido con el libro antes de tener esta ocupación había sido en la escuela. De leer, leía, pero en mis ratos libres de verdad que no agarraba un libro. Sólo leí Tabaré, de Juan Zorrilla de San Martín, y El gaucho florido, de Carlos Reyles, porque eran las dos obras que todos los uruguayos leían. Mi amor antes de entrar a trabajar en la Feria del Libro era con los libros de estudio, porque yo era muy estudioso, pero es solo hasta que trabajo con el libro que me enamoré de ellos de verdad. Trabajar con 17 años en una librería fue algo casual que luego marcaría el resto de mi vida.


Mi prima me consigue el puesto en la librería porque era contable y había estudiado con el hijo del dueño del negocio, Domingo Maestro, que también era contador y librero de esa librería. El empleo era de 10 am a 5 pm, si mal no recuerdo. Tomaba el autobús desde casa de mi tío y en 15 ó 20 minutos ya estaba en La Feria del Libro. El primer día llegué y me presentaron a todos. Luego empecé como iniciaban todos allá, te ponían un tobo con agua y tenías que limpiar las estanterías. Creo que eso me enseñó que cuando tenía gente nueva en las librerías donde trabajé lo primero que hacía era ponerlos a limpiar, al igual que yo hice allá. Había que agarrar el libro y no solo limpiarlo, había que ver el título y luego mirar el lomo para encontrar el mismo título: eso se te iba a quedar dentro de la cabeza y si un día te lo pedían lo ibas a recordar.


Después me enseñaron a recibir la mercancía, ponerle precio y ordenarla; todo eso lo hacía para 1958, con 18 años, y lo sigo haciendo todavía. Además, aprendí que cuando llega el libro lo primero que hago es mirarle la carátula bien, lo veo, lo leo un poquito así pa’ ver de qué se trata, luego le miro el lomo y ya sé que nunca se me va a ir de la cabeza, lo voy a recordar; vuelvo a mirar y recién lo paso a la venta.  Pero eso no me lo enseñó nadie, lo hago yo porque sé que no lo pienso, lo veo y creo que se me queda en el subconsciente, porque me pueden preguntar dentro de 20 años y lo recordaré. En serio, te acuerdas de que viste el libro en algún momento. No sé si será memoria o cómo hago, pero lo recuerdo.


Una de las personas que más me enseñó en este oficio fue Héctor Rodríguez, el librero principal de La Feria del Libro. Yo había trabajado en mi pueblo en el abasto y el bar de mi papá, pero nunca había vendido libros. Lo que más aprendí de Rodríguez, a quien puedo recordar hasta ahora, es que era un gran conversador con los clientes. Luego, por mi cuenta, fui aprendiendo que mejor era escuchar: aprendes más y la gente se siente más cómoda. Con el tiempo uno se va haciendo librero; en menos de un año que llevaba trabajando con el libro lo tomé con tanta seriedad que lo demás era un hobby.


En La Feria del Libro marchaban muy bien los incunables y los libros usados. Todo el segundo piso era de libros usados; subías por una escalera que estaba al fondo del primer piso, justo al lado de la caja. La librería era de unos 10 metros de ancho por unos 30 metros de largo. A cada lado del primer piso estaban unas mesas que mostraban las novedades, y detrás de estas mesas estaban las repisas con el resto de los libros.


Cuando llega la Navidad de 1958, los de La Feria del Libro me pasaron a una librería que tenían en el Palacio Salvo, el edificio más alto de Uruguay, que queda en la Plaza Independencia, Avenida 18 de Julio y Andes. La casa de gobierno está frente a esa plaza. Yo les veía pasar a ellos, a muchos de los presidentes de esa época y los de ese gobierno colegiado, que fueron siete u ocho, no recuerdo. Venían caminando al Palacio Estévez y todos los días les veía. Los presidentes siempre han sido muy accesibles.


Ellos me pasaron a la librería del Palacio Salvo para que pudiera estar en la hora pico, de más gente, que era en la tarde-noche.  Yo trabajaba en La Feria del Libro hasta las 12 pm o 1 pm; luego me iba hasta la librería del palacio donde me quedaba hasta las 8 pm y me pagaban horas extras. Otro librero se quedaba hasta las 12 am, que era cuando cerraba la librería de la Plaza Independencia.


De La Feria del Libro salí con 19 años, a finales de 1959. Me fui para donde unos señores ecuatorianos que compraron tres librerías: eran los dueños de la librería y editorial Ciencia, que se dedicaba a libros de medicina, y tenían dos librerías más que eran Los Apuntes y Olivera. De La Feria del Libro me fui porque Eduardo Sanseviero, que también era librero allí, arregló con estos ecuatorianos una buena paga. Estuve primero en Olivera, ocho meses, y luego, un año, en Los Apuntes. Eduardo fue al revés.

Walter Rodríguez fotografiado en 2016. Foto: Giuseppe Di Loreto




Tomada de Hable conmigo


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miércoles, 25 de febrero de 2015

Manuel (Manucho) Mujica Láinez es el escritor porteño por excelencia

Casi toda la verdad




Estimados LiPonautas

Hoy es miércoles, día de los estrenos cinemátograficos en Venezuela y el día donde este blog publica material inédito en la red o absulatemente original.


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Como lo anunciáramos hace poco, haremos entrega de algunos capítulos del libro "Casi toda la verdad" de Walter Rodríguez, editado por Espasa en Caracas, en 2002.


Esta será nuestra manera de difundir un trabajo muy interesante y de acercarles la visión poco frecuente del librero, del conocedor y del dilettante que es el señor Rodríguez, conocido por muchos en Venezuela, en el ámbito de los libros. 



Los datos biográficos del autor pueden leerse al final de esta entrada, sin embargo, deseo recalcar que la escogencia del género "memorias" me resulta acertadísima en el caso de Walter, que a lo largo de su vida ha conocido infinidad de escritores importantes, auténticas figuras legendarias y nada mejor que recoger esas memorias y compartirlas con todos los que sienten interés y gusto de conocer así sea tangencialmente, algunos detalles personales de esas figuras casi míticas. 





El libro está compuesto por sesenta capítulos, cada uno dedicado a un autor diferente: Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, Juan Liscano, Reinaldo Arenas, Javier Marías, Carlos Fuentes, por ejemplo. Sorprende la variedad de nombres importantes y trascendentes de la literatura hispanoamericana, pero también de otras lenguas, como es el capítulo dedicado a Yukio Mishima o a Truman Capote.


Hoy presentaremos el capítulo donde Rodríguez relata sus impresiones sobre Manuel Mujica Láinez, un gran escritor argentino, cuya obra monumental fue llevada a la ópera. Sin embargo, no es un autor de masas. Es un raro y precioso descubrimiento. 




Si se me permite, recordaré a mi vez que hace casi cuarenta años la feliz casualidad me llevó a compartir unos momentos con Mujica Láinez en los salones del Jockey Club de Córdoba, Argentina. Él tuvo la amabilidad de firmar un recuerdo para mi, que apenas era una jovencita a la que le gustaba leer. 



Leamos el relato de Walter Rodríguez, y disfrutemos sus conocimientos sobre el tema de los libros y los autores. Me siento agradecida ante este libro, que es un tesoro inapreciable.


 Graciela Bonnet

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MANUEL MUJICA LÁINEZ


EL LUJO DE LA PALABRA



Probablemente, decir que Manuel Mujica Láinez «Manucho» es uno de los escritores argentinos más argentinos que conocí, puede parecer una barbaridad, porque más argentino que Borges o el mismo Sábato o Adolfo Bioy Casares, uno puede estar seguro que no hay, pero lo digo porque si bien es cierto que a Borges se le considera el literato, el hombre de la gran literatura, a Mujica Láinez se le reconoce como el novelista argentino por excelencia, porque gran parte de su obra está dedicada a indagar sobre la idiosincrasia argentina. Tal parece que la literatura fue no sólo un espacio sino su destino desde muy joven. Y gracias al oficio indagó en los campos de la escritura como biógrafo, periodista y traductor y más tarde, novelista, cuentista y crítico de arte. Sus novelas y cuentos, quitando quizás Bomarzo que es una historia del Renacimiento florentino y que junto a El unicornio y El escarabajo conforman, digamos, su trabajo cosmopolita, son en su mayoría recuerdos de su infancia de sus casas, sus lugares, su familia, sus amigos o parte de la historia tanto personal como de su país, será por eso que a libros como Aquí vivieron lo consideran una creación puramente argentina.

Oscar Wilde


Manucho fue un personaje absolutamente exótico y más que exótico, extravagante, usaba chalecos llamativos y un monóculo, siempre con una frase aguda e ingeniosa a flor de labios, una capa negra como Oscar Wilde, las manos enjoyabas y un bastón. Por su conocimiento de idiomas fue incorporado al diario La Nación como cronista viajero, por lo que recorrió medio mundo, Asia incluida. Además, se desempeñó como funcionario del Museo de Relaciones Exteriores y director general de Relaciones Culturales del Ministerio de Relaciones Exteriores. Era un escritor de gusto refinado, amante de las letras y de las artes, que pertenecía a la raza de criollos con mentalidad europea. 

Museo Manuel Mujica Lainez - La Cumbre - 

Vivía en una especie de palacete en la provincia argentina de Córdoba junto a su esposa Anita de Alvear, proveniente de la aristocracia nacional y de rancia prosapia, pero por esos misterios que tiene la fama, el éxito o como quiera llamársele, Manucho no era muy querido en su país, algunos dicen que porque era muy afrancesado; otros dicen que ser bisexual en un país tan machista tenía un costo muy alto para aquel entonces, y para otros, que era demasiado extravagante para una sociedad con tanto sentido del ridículo como la argentina.

La casa de Manucho en la sierra de Córdoba



Lo cierto es que sus libros son realmente hermosos, Mujica Láinez se desborda en el regodeo de la palabra lujosa, en la descripción de joyas, de telas, de ambientes suntuosos, quizás por eso también lo llamaron afrancesado. La literatura francesa es como el cine francés, dice mucho en pocos trazos, o sea, que en una escena que pasa rápidamente o con pocas palabras, se logra, con gran delicadeza, expresar una idea y creo que así escribía Mujica Láinez, con frases cortas, trazos cortos pero densos en los que decía muchas cosas. A lo mejor eso es algo que le dejó supuso por París cuando era adolescente, educación que por cierto concluyó en Inglaterra, país del que poco y nada se puede saber en sus libros.



Fue amigo de Borges, a pesar de la gran diferencia que había entre ambos, pero supongo que en el fondo tenían en común que los dos eran aristócratas en su manera de ser, en sus literaturas o mejor dicho, en sus puntos de vista desde el cual avizoraban la literatura. Hay también una comunión en ambos, cuando identifica uno en el otro la consecusión y el logro de la belleza.

Por lo menos podemos reconocer a Borges, a Sábato y a Manucho


A Mujica Láinez sus amigos y su público lo respetábamos mucho, pero desafortunadamente en Hispanoamérica no tuvo la relevancia de otros escritores argentinos — estoy pensando en Bioy Casares por ejemplo— aunque claro, uno no puede dejar de lado que Manucho era extravagante, exótico, aristócrata y muy ilustrado. Quizás por eso, su muerte nos tocó a todos sus admiradores, y aunque sean dramas de la vida, si se quiere cotidianos, uno nunca se acostumbra, yo, por lo menos, no me acostumbro, aunque esté lejos, en otro país, en otro continente, sigo sintiendo lo personal la muerte de un gran escritor que haya conocido, como en la muerte de Borges, la de Truman Capote o la del uruguayo Carlos Martínez Moreno, como sentí la de Octavio Paz o la de Carpentier o la Miguel Otero Silva, Neruda, en fin, tantos que murieron.

Miguel Otero Silva


Mujica Láinez es el escritor porteño por excelencia, estaba co prometido con la ciudad de Buenos Aires, la ópera Bomarzo, de Alberto Ginastera se basó en su libro; aún recuerdo el bochorno cuando la  dicta- dura argentina la prohibió, pero como cosa extraña, a la música, no al texto basado en la historia de los Orsini en el siglo XVI en Florencia. La excusa, de la prohibición, decía algo con la palabra obsceno, y Mujica Láinez concluyó que si permitieron el libro y prohibieron la ópera basada en ese mismo libro, lo obsceno era la música.



Dicen que su obra es similar en nivel de calidad a Rayuela de Cortazar, y sin embargo, no todo el mundo lo ha descubierto. En Europa nunca se publicaron sus obras, excepto sus dos últimos libros.



Cada cuento de Manucho es como un cuadro, recuerdo uno de ellos en especial. Trata de una cabellera larguísima de mujer, que súbitamente cobra vida autónoma. Pero El unicornio me encantó, es el que más me ha gustado de todos sus libros, es un libro mágico que cuenta la historia Morgana, el hada de todas las hadas. En cambio, Un novelista en el Museo del Prado es un libro que no resultó muy significativo, no en el sentido de lo que se espera de algunos escritores en sus últimos años, como Sábato con Antes del fin o como Onetti en Para que no me olvides.



Cuando conocí a Manucho, me dio la impresión de que estaba frente un señor con una linda sonrisa, sí, pero a la vez con algo como cierta pedantería con la que ponía distancia a los demás. Esa sonrisa nunca la abandonaba, pero era una sonrisa superficial; no sé por qué sentí que tenía que hacer un esfuerzo, que de alguna manera se violentaba para poder codearse con la plebe, quiero decir, con nosotros.


Walter Rodríguez Pilatti



Bomarzo', de Alberto Ginastera




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 Graciela Bonnet

Nació en Córdoba, Argentina, en 1958. Es Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela (1984). Ha trabajado 25 años como correctora de pruebas y supervisora de ediciones por contrato para todas las editoriales venezolanas, entre ellas Monte Avila, Planeta, Biblioteca Ayacucho, ediciones de la Casa de la Poesía, Pomaire, Eclepsidra, Santillana, Editorial Pequeña Venecia, La Liebre Libre. Experiencia de tres años como redactora free lance para una editorial de libros de autoayuda. Escritora fantasma (sin firma) realizó investigaciones para crear libros, novelas, tesis y monografías.Es dibujante amateur. En 1997 el grupo editorial Eclepsidra publicó su poemario "En Caso de que Todo Falle." En 2013 editorial Lector Cómplice editó "Libretas Doradas, Lápices de Carbón" En el año 2000 participó del encuentro de Mujeres Poetas en Cereté, Colombia.

 
Y su blog es: Graciela Bonnet Vertiente Recíproca


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Walter Rodríguez Pilatti nació en 1940 en Bella Unión, Uruguay. Desde 1975 vive en Caracas.


A los diecisiete años comenzó a trabajar en el mundo del libro, en la Feria de Montevideo, y ya no abandonó el medio editorial y de las librerías, para continuar después en Caracas donde se ha convertido en la figura emblemática de la librería Lectura desde hace muchos años.


Ha sido presidente de la Cámara Venezolana del Libro durante tres períodos; miembro de la Junta Directiva de Fundalibro, y posteriormente del Centro Nacional del Libro; directivo de la Fundación Kuaimare del Libro Venezolano y vicepresidente del GIE (Grupo Interamericano de Editores). Siempre presente en ferias internacionales, congresos y todo lo relacionado con la vida literaria y cultural.

 

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29/08/2026
12/12/2025

domingo, 31 de agosto de 2014

Julio Cortázar: Ese muchachote pícaro





Estimados Amigos


El blog del grupo Li Po se suma a la fiesta cortazariana publicando este texto del librero Walter Rodriguez Pilatti dedicado a Julio Cortazar. 

La desaparecida Librería Lectura


Julio Cortázar :  Ese muchachote pícaro es un texto que fue extraído del libro Casi toda la verdad. Que es una recopilación de las notas dedicadas a los escritores que Walter conoció. Este libro esta descatalogado y tiene muy pocas referencias en la red, así que decidimos compartirlo con ustedes escritor por escritor. Conocimos a Walter Rodriguez, el librero de la legendaria librería Lectura en la Feria Internacional del libro de la Universidad de Carabobo FILUC 2011 cuando fuimos los encargados del stan del Fondo Editorial de ALBA. Este fondo editorial supuestamente distribuía libros de los países pertenecientes al ALBA, aunque el el 99 % de los libros y discos compactos y videos eran de Cuba. 



El gestionar el stand fue una experiencia enriquecedora en varios aspectos: conocí las manías burocráticas cubanas y la paciencia kafkiana que se debe tener para soportar la espera por el cheque de tu salario,  el desorden inmanente de la FILUC que vende un espacio con una columna de  un metro de diámetro sin avisarle a los compradores del stand. También viví la actitud típica de muchos escritores venezolanos para los cuales un librero no merece ni siquiera un saludo al entrar al stand. Un Buenos días y una sonrisa nunca estan de más. Otra cosa que aprendí es que El principito vende más que Silvio Rodriguez. La obra de Antoine de Saint-Exupéry fue el libro más vendido en el stand del ALBA en esa feria.




Diagonal a nuestro stand estaba el de la Libreria Lectura y obviamente Walter ocupaba  la proa del barco blandiendo la espada de los arcangeles. Ni corto ni perezoso enfilé mi navío con la intención de conocer a esta leyenda libresca. Me acerqué con cuidado manejando con discreción el timón hasta que pudimos quedar frente a frente y le envié un saludo de la forma mas elegantemente libresca que podía. Walter lo recibió gustoso y comenzamos una amena conversación. Yo disfruté enormemente del parloteo compartido y después de un buen rato nos despedimos con la seguridad de encontrarnos al día siguiente. Un nuevo día se colgó del almanaque y me conseguí con Walter que me saludó calurosamente. Después llegaron clientes a nuestro stand y deje de observar a Walter, cuando alce la vista nuevamente hacia él, ya había desaparecido. Llegaron otros posibles clientes y volví a abandonar la mirada del stand de Walter. Después de un rato, sorpresivamente vi a Walter a mi lado. Con sigilo digno de un gato con botas se había acercado con algo en las manos. Muy sonriente me mostró su libro Casi toda la verdad y me dijo: Te lo regalo. Se que lo sabrás apreciar. Le agradecí su bello gesto y comencé su lectura allí mismo. Leí el libro con gusto y rápidamente por lo que pude decirle a Walter días después que me había gustado mucho su libro y le pedí su autorización para publicarlo en la red. El gustosamente aprobó la idea y de antemano agradeció la difusión de su trabajo.

Apenas este año en 2014  comencé a cumplir el ofrecimiento que le hice a Walter en la FILUC 2011, espero que disfruten del primero de los textos de Walter Rodriguez Pilatti que con gran humildad nos cuenta Casi toda la verdad.

Gracias Walter por el regalo.

Deseamos disfruten de la entrada








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A Julio Cortázar lo considero como un autor dentro del boom, no por su obra, sino por su amplitud frente a la de todos los demás, como a uno de los escritores diferentes, en el sentido que no creo que fuera el más pendiente del boom en cuanto tal, pero sí que permanecía atento a lo que ocurría con sus libros. Se puede decir que era un revolucionario pacífi­co, un pensador o más bien, un intelectual en toda la línea, muy alerta a las circunstancias de los cambios en Latinoamérica.




Yo lo conocí a principios de los años setenta en el único regreso que hizo desde París, donde vivió la mayor parte de su vida, lo recuerdo como un gran borgiano, porque era un admirador de Borges, de quien fue amigo y de quien, sin embargo, se separó por intermedio de una carta ya famosa durante una cena en Barcelona, escrita a pedido de él por Ugné Karvelis.



Ugné fue su compañera, con la que rompió definitivamente cuando apareció Carol Dunlop. En esa carta se explica porqué Cortázar se negó a asistir al almuerzo que Gallimard organizó en su honor: «Me encargó decirle a Borges, que seguía siendo un gran admirador del escritor y de su obra, pero que le resultaba imposible encontrarlo por razones que cier­tamente él comprendería», escribió Ugné, o sea, que Ugné fue la que le dijo a Borges en 1977, que Cortázar ya no tenía más interés en comer con él.




Supongo que el fondo de la ruptura debe buscarse en razones extraliterarias: los primeros libros de Cortázar fueron ilustrados por Norah, hermana de Borges, con la que mantenía una linda amistad extensiva al propio Borges. Creo que el distanciamiento de Norah y Julio afectó de alguna manera su relación con Borges.





Este autor que era muy preciado como traductor, sobre todo de Ed­gar Allan Poe, fue tildado en varias oportunidades de estar muy influen­ciado por Borges, por lo que había de Borges en su obra, pero yo creo que Cortázar fue tomando su propio ritmo de escritura y que lo que pudo haber compartido con su compatriota, aunque de forma distinta, es el elemento o el género fantástico.




Él era un hombre afectivo, sobre todo al hablar de Onetti, de quien era un gran admirador y con el que se encontraba cuando podía. Le gusta­ba mucho su obra, la que consideraba que no podría haber sido hecha por los escritores del boom, porque mientras que a ellos les hubiera costado mucho alcanzar su calidad, para Onetti eso era algo muy sencillo.





Cortázar tampoco tenía mezquindad frente a los demás escritores, podía tener divergencias con ellos, pero no era mezquino al juzgarlos, al contrario, era generoso con sus colegas. Creo que tuvo, como tantos otros, sus simpatías en el orden ideológico, con las revoluciones cuba­nas y sandinistas, pero a pesar de eso, su actividad se reducía a la de simple colaborador, podía ser jurado del Premio Casa de las Américas, por ejemplo, y a la vez, defender sus posiciones. Vivió y murió en París, como Carpentier, como Atahualpa Yupanki y como tantos otros.




Onetti tiene algo así como una mirada tétrica, Cortázar, en cambio, parece siempre a punto de reírse, quizás por eso mismo, sus literaturas son tan distintas. En las fotografías se le puede ver con una sonrisa en los labios, por cierto, su barba le daba un aire de muchacho pícaro. Creo que Rayuela ha sobresalido por sobre sus demás libros, aunque en general su obra es monolítica, siempre resulta interesante para alguien. Un tal Lu­cas es un texto que nos permite vivir como lo vivió su autor. El y Benedetti son los dos escritores de los que sus lectores recuerdan los nombres de sus cuentos, sin importar el de los libros propiamente dicho, porque han logrado una universalización de su obra. Así piden a los libreros El perseguidor, Circe o Cartas a mamá, títulos ya emblemáticos de la lite­ratura en lengua española. Hay mucho del realismo maravilloso en sus cuentos, como El perseguidor o Bird sobre la vida de Charlie Parker, que en Argentina han sido llevados al cine, curiosamente, no así sus no­velas. A Rayuela la llamaron cuando salió, el Ulises latinoamericano, quizás por eso a Cortázar lo estudian en las universidades.



Máquina de escribir de Julio Cortazar

En Francia, donde vivió muchísimos años se dedicó a la traducción. Allí obtuvo con El libro de Manuel, el Premio Médicis que se otorga a la obra extranjera considerada la mejor publicada durante ese año, que en América se leyó mucho, pero no tanto como se esperaba, es una de sus obras más ligeras, como La vuelta al día en ochenta mundos, que es un texto largo, muy bien escrito.






De los autores del boom, los que más congeniaban con Cortázar eran Vargas Llosa, Onetti, Rulfo, Carlos Fuentes, todos los que, junto con García Márquez consideraban que Cortázar pertenecía a la vanguardia porque era el que iba delante de todos en ese cambio que estaba dando la literatura latinoamericana. Borges no pertenecía al boom, porque ya se vendían sus libros desde antes y porque además, no participaba de esa amistad común entre todos ellos. Pero Cortázar será, para siempre, una parte entrañable de nuestro corazón, que es mucho más de lo que se pue­de decir de cualquier otro escritor.


Walter Rodríguez Pilatti







Walter Rodríguez Pilatti nació en 1940 en Bella Unión, Uruguay. Desde 1975 vive en Caracas.


A los diecisiete años comenzó a trabajar en el mundo del libro, en la Feria de Montevideo, y ya no abandonó el medio editorial y de las librerías, para continuar después en Caracas donde se ha convertido en la figura emblemática de la librería Lectura desde hace muchos años.


Ha sido presidente de la Cámara Venezolana del Libro durante tres períodos; miembro de la Junta Directiva de Fundalibro, y posteriormente del Centro Nacional del Libro; directivo de la Fundación Kuaimare del Libro Venezolano y vicepresidente del GIE (Grupo Interamericano de Editores). Siempre presente en ferias internacionales, congresos y todo lo relacionado con la vida literaria y cultural.

 


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Richard Montenegro. Perteneció a la redacción de las revistas Nostromo y Ojos de perro azul; también fue parte de la plantilla de la revista universitaria de cultura Zona Tórrida de la Universidad de Carabobo. Es colaborador del blog del Grupo Li Po: http://grupolipo.blogspot.com/. Es autor del libro 13 fábulas y otros relatos, publicado por la editorial El Perro y la Rana en 2007 y 2008; es coautor de Antología terrorista del Grupo Li Po publicada por la misma editorial en 2008 , en 2014 del ebook Mundos: Dos años de Ficción Científica y en 2015 del ebook Tres años caminando juntos ambos libros editados por el Portal Ficción Científica. Sus crónicas y relatos han aparecido en publicaciones periódicas venezolanas tales como: el semanario Tiempo Universitario de la Universidad de Carabobo, la revista Letra Inversa del diario Notitarde, El Venezolano, Diario de Guayana y en el diario Ultimas Noticias Gran Valencia; en las revistas tangibles y electrónicas hispanas Fantastic-Films Neutrón, Alfa Eridiani, Valinor, miNatura, Tiempos Oscuros, Gibralfaro, Revista de Creación Literaria y de Humanidades de la Universidad de Málaga y en la revista cubana digital Korad y en portales o páginas web como la española Ficción Científica, la venezolana-argentina Escribarte y la colombiana Cosmocápsula.

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