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lunes, 28 de septiembre de 2026

Los dos cuadros perdidos de Arturo Michelena (más uno perdido en Valencia, la de Pocaterra)

 



Los dos cuadros perdidos de Arturo Michelena (que en realidad son tres)



Estimados Liponautas


Hoy le hacemos llegar esta nota acerca de dos cuadros perdidos de Arturo Michelena que fueron afortunadamente encontrados. El tercer cuadro que se menciona en el título es el Bautismo de Jesus o de Cristo que estuvo en exhibición en el baptisterio de la iglesia de La Candelaria en Valencia.

Iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria en Valencia, Venezuela.
Fotografía de Richard Montenegro. 6 de septiembre de 2026.

El relato habitual que maneja el valenciano de a pie es que este cuadro fue prestado entre los años  70 y 80  para una exposición y nunca fue devuelto. Para ese momento el párroco era el padre Meret. Y el comentario que comúnmente se escucha en las calles de Valencia es que el cuadro está en manos de una rancia familia valenciana. 

Monseñor Tulio Chirivella. Imagen tomada de aquí.


Pero Josefina Weidner de Fierro en su blog Historia de Valencia, la Carabobo, narrada a mi manera  dice que el cuadro fue prestado para una exposición en Caracas por monseñor Tulio Chirivella cuando la Iglesia de la Candelaria estaba bajo su gestión. De ser así el cuadro tuvo que haber sido prestado antes de 1974, porque en ese año monseñor Tulio Chirivella fue nombrado  obispo de Margarita. Averiguar el papel de monseñor Tulio Chirivella en la desaparición estará cuesta arriba ya que murió en el año 2021. Curiosamente al revisar sus biografías en la red no mencionan que haya sido párroco de la iglesia de la Candelaria. El párroco actual es el padre Oscar Corona que desconoce toda la historia relacionada con este caso.



Entrada al Baptisterio de la iglesia de la Candelaria.
Fotografía de Richard Montenegro.  6 de septiembre de 2026.

Hasta donde sabemos no se ha hecho una investigación seria del caso del atraco que sufrió el patrimonio cultural valenciano.

Interior del  Baptisterio de la iglesia de la Candelaria.
Fotografía de Richard Montenegro. 6 de septiembre de 2026.


De ese cuadro solo existe un boceto que está en manos de la Fundación Boulton y que le  mostramos a continuación:





En el costado izquierdo del baptisterio de la iglesia de La Candelaria, hay una placa colocada en el año 2000, que dice: 

Placa colocada del lado izquierdo del Baptisterio de la iglesia de la Candelaria.
Fotografía de Richard Montenegro. 6 de septiembre de 2026.


Aquí permaneció el famoso cuadro del insigne pintor valenciano Arturo Michelena, intitulado "El Baustismo del Señor".

Roguemos al Todopoderoso que vuelva al sagrado sitio donde estaba ubicado.

Valencia, 22 de septiembre

Año santo del 2000.


Este es uno de los tantos expolios que el patrimonio cultural carabobeño y valenciano ha padecido, tema  que será tratado en otras entradas de este blog. Pero si pudieron recuperarse en el extranjero los cuadros "El niño enfermo" y "Una visita electoral" quizá tengamos suerte y logremos dar con el paradero de "El Bautismo del Señor" perdido dentro la misma Venezuela. Esperamos que con este minúsculo aporte logremos reavivar el interés por la recuperación de esta obra artística que forma parte del patrimonio cultural carabobeño y de toda Venezuela. 


Atentamente


Richard Montenegro.



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La pintura de Arturo Michelena cuya pista perdimos (y recuperamos) en EEUU



Muchos hemos admirado El niño enfermo en la Galería de Arte Nacional, pero es una copia del mismo artista. Axel Stein logró reconstruir la historia completa de esta obra, hoy a salvo en buenas manos venezolanas


Tony Frangie Mawad


07 de julio de 2022


Este es el original de "El niño enfermo", con todos sus detalles claramente visibles


Axel Stein —curador, consultor de arte venezolano y antes jefe del Departamento de Arte Latinoamericano de Sotheby’s— no esperaba que un dato curioso del catálogo de la exposición Genio y gloria de Arturo Michelena, 1863-1898 en el Centenario de su muerte (Galería de Arte Nacional en 1998) lo enredara en una travesía.



Leyendo el trabajo de los investigadores venezolanos Rafael Romero y Juan Ignacio Parra Schlageter, encargados de la muestra, descubrió que El niño enfermo (1886), del pintor valenciano Arturo Michelena, que se exponía en la GAN era una copia del mismo artista. El original había desaparecido hacía un siglo.


La copia que hoy está en Venezuela, mucho más oscura que el original intacto


El niño enfermo (Enfant malade) original era de los tiempos parisinos de Michelena. Con apenas veintidós años el pintor ganó una beca creada por el gobierno en 1883 para conmemorar el centenario del nacimiento de Simón Bolívar. Eso le permitió estudiar en París. Dos años después, el 6 de marzo de 1885, se embarcó en el buque Ville de Paris en compañía del pintor Martín Tovar y Tovar, que acababa de culminar las pinturas del Salón Elíptico del Palacio Legislativo y regresaba a París. En esa capital, Michelena se convirtió en el protegé de los venezolanos Bernardo y Ana María Tarbes y se inscribió en la prestigiosa Academie Julian, donde ya estudiaba Cristóbal Rojas.


Esta fotografía de la época, propiedad del Archivo Tarbes, muestra en París a Michelena, en el extremo izquierdo, con Rojas, otros artistas y una modelo en París


El retratista francés Jean-Paul Laurens, quien tuteló el trabajo de Michelena en la Academia, rápidamente descubrió su talento. En 1887, Laurens propuso que Michelena expusiera en el Salón de los Artistas Franceses. Michelena envió el Enfant malade y Une visite electorale (Una visita electoral). El Salón le concedió la Médaille d’Or en segunda clase.

Cristóbal Rojas. Imagen tomada de aquí.


Ambas pinturas son de un período en el que “el artista venezolano tuvo mucha presencia en Europa al final del siglo XIX”, dice Stein. En aquel entonces, Cristóbal Rojas, nativo de Cúa, compartía apartamento y estudiaba con Arturo Michelena. Emilio Boggio Dupuy, neoimpresionista guaireño y amigo de Monet y Pissarro, que había llegado muy jóven a la ciudad de la luz y también desarrollaba allí su carrera. Tovar y Tovar, “el artista favorito de Guzmán Blanco”, también estaba en la ciudad y “era muy conocido”, dice Stein. Pero el Ilustre Americano en algún momento le revocaría la beca de Michelena, se dice que porque prefería que el artista estuviese en Roma y no en París.

Guzmán Blanco. Imagen tomada de aquí.

Dos años después de ese Salón Oficial en el que participó Michelena, se organizó la Exposición Universal de París, para celebrar el centenario de la toma de la Bastilla y el inicio de la revolución francesa. En ese evento, donde se presentaron ante muchedumbres atónitas los logros industriales y científicos del mundo ilustrado (la Galería de las Máquinas hecha con vidrio y hierro, el Palacio de Bellas Artes con su techo de vidrio y cerámica, la recién inaugurada Torre Eiffel), Michelena expondría su conocida Charlotte Corday en camino al cadalso junto a El niño enfermo y Una visita electoral.


El diploma y la medalla de oro que obtuvo Michelena en el salón parisino



En la asombrosa Exposición Universal, Caroline Webster Schermerhorn Astor compró Enfant malade. Webster Schermerhorn era una líder de la alta sociedad neoyorquina durante la Gilded age, esposa de William Backhouse Astor, miembro de la prominente familia empresarial estadounidense. Así, la obra terminaría colgada con una decena de pinturas academicistas en la enorme sala del estrambótico palacete de estilo francés renacentista que los Astor habían levantado entre la calle 65 y la Quinta Avenida de Manhattan. 


Pocos años después, con apenas 35 años, Michelena murió de tuberculosis en Caracas. Y esto era lo que se sabía en Venezuela, por la investigación del crítico de arte Juan Röhl, que rastreó la obra hasta su llegada a la hoy desaparecida Vincent Astor Foundation. Lo que sigue es lo que descubriría luego Axel Stein. 


Un Michelena original en Estados Unidos 

Caroline falleció en 1908 y su hijo, John Jacob Astor IV, murió poco después en el Titanic. Entonces Vincent Astor –hijo mayor de John Jacob– tuvo que hacerse cargo de la familia con solo 21 años. Así fue como El niño enfermo fue subastado a través de la American Art Association (AAA): la casa subastadora más importante de Nueva York a finales del siglo XIX y principios del XX. 


En 1938, los galeristas Otto Bernet y Hiram Parke compraron casi todas las acciones de la AAA, antes de que desapareciera. Y luego, en 1964, la casa inglesa Sotheby’s —la subastadora más antigua del mundo— compraría Parke-Bernet con la intención de introducirse también en el mercado de Estados Unidos.


«El niño enfermo» en la mansión Astor en New York


Axel Stein siguió la pista de los Astor más de un siglo después, para reconstruir la trayectoria entera de la pintura de Michelena. Primero encontró una antigua foto de la sala de los Astor con el óleo colgado entre decenas de obras academicistas en el Museo de la Ciudad de Nueva York. 


Stein supuso que los soportes de la venta de los Astor estaría en los archivos de Sotheby’s. “En Estados Unidos afortunadamente nadie bota nada”, dice Stein. “Los venezolanos botamos todo. Eso está muy mal. Porque lo que ahora nos parece que no es importante, mañana puede ser muy valioso para un investigador”. 


Para acceder a los documentos de subastas pasadas, Stein se puso en contacto con Elizabeth Gorayeb, una investigadora del departamento Impresionista y Moderno de la casa subastadora. Uno o dos meses después, recibió una caja con los documentos de la subasta del 21 de junio de 1926. El catálogo describía a Arturo Michelena como un artista italiano y a El niño enfermo lo titulaba The Doctor. Sobre el lote del catálogo, estaba escrito el apellido Burns y un precio de venta: $400 (un poco más de 6.200 dólares de hoy), uno de los más altos de la subasta. Así Stein supo entonces que el cuadro había sido vendido y por cuánto, pero no a quién. Pero cuando buscó en internet al señor Burns resultó que aparecían “como 500.000 Burns”, dice. Rastrear el apellido, entonces, no era el camino.


Con ayuda de unos conocidos del Departamento de Grandes Maestros de Sotheby’s, Stein dio con el nombre de Owen Burns, un constructor de finales del siglo XIX y principios del XX que llegó a ser dueño de gran parte de la ciudad de Sarasota, en Florida. Owen Burns —averiguó Stein— era coleccionista de arte antiguo, agente de compras de John Ringling, dueño de un monopolio de circos (Ringling Bros. and Barnum & Bailey Circus) quien también coleccionaba arte antiguo. De hecho, Ringling construyó en Sarasota el Museo de Arte John y Mable Ringling.


Stein llamó a la abogada de los descendientes de Burns, quien “no tenía absolutamente ninguna idea de un cuadro comprado por el señor Owen Burns”. Pensó entonces que ahí terminaba la historia: “Si nadie tiene idea de este cuadro, ¿dónde lo voy a buscar?”, se dijo. Pero dos o tres semanas después, recibió una llamada de Aaron de Groft, director del Museo en Sarasota: había un cuadro, sin ficha ni registro en los depósitos del Museo.


Los descendientes de Burns, ya entonces muy ancianos, recordaban haber visto El niño enfermo en la casa de Burns hasta 1937, cuando lo entregaron para la exposición permanente de la Biblioteca de Sarasota. 


La Biblioteca luego había prestado el cuadro al capítulo local de la National Society of the United States Daughters of 1812 (una asociación de mujeres que descendían de veteranos de la Guerra de 1812). Y Stein sospechó que la sociedad había guardado la pintura en las bóvedas del museo de la ciudad, para acatar la orden dada a las colecciones públicas de resguardar las obras de arte en caso de invasión o bombardeo cuando Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial, en 1941.


Acompañado por los herederos de Burns, un siglo después de la Exposición Universal, Stein fue a los depósitos del museo floridano para “reconocer al Niño”. Y allí, a principios del 2004, finalmente lo encontró con las palabras Médaille d’Or aún escritas en tiza en el dorso, y con todos sus fantásticos detalles: los afiches rotos en la pared de una casa como a punto de derrumbarse, las marcas de una mano en la ventana fría. 


Una de las cosas que más lo sorprendió fue que la obra original sea significativamente más grande que la copia de la GAN, que mide 80 x 85 centímetros. La que encontró Stein en Sarasota mide 2,43 x 3,14 metros. Tras el hallazgo, El niño enfermo original fue enviado a los talleres de Simon Parkes en Nueva York, para que lo restaurasen, pues el betún negro de la pintura se había craqueado y el barniz estaba oscurecido.


Stein pensó que el Estado venezolano, dado el auge sin precedentes de los precios del petróleo, estaría interesado en la compra de la pintura original. “Aquella gente estaba borracha de dinero”, dice. Así que la socia de Stein en Caracas, Diana Boccardo, se comunicó con Farruco Sesto, recién nombrado Ministro de Cultura para informarle del hallazgo. Pero, dice Stein, “la respuesta del Ministro fue: en la galería de arte nacional hay demasiados cuadros viejos, no hace falta otro”. Para su asombro: “Yo pensaba que iba a ser de interés nacional”. Poco después, Sesto cercenó la autonomía de los museos como parte de su proceso de “refundación institucional”.


El niño enfermo original se subastó entonces en noviembre de 2004 y lo adquirió una conocida familia empresarial venezolana por 1.450.000 dólares. “Hasta el día de hoy es el cuadro que ha alcanzado mayor precio en una subasta de arte venezolano —dice Stein—. Más que Cruz-Diez, más que Soto, más que cualquiera”.


Todavía faltaba encontrar la segunda pieza con la que Michelena participó en la Exposición Universal de 1889: Una visita electoral, el lienzo que acompañaba a El niño enfermo. Pero no se sabía su aspecto actual; en Venezuela apenas se conocía un grabado que lo copiaba, y que se consideraba extraviado, porque lo reprodujo, en un libro de 1973, el crítico de arte venezolano Juan Calzadilla. 


Un mes después de la subasta de El niño enfermo, Stein recibió un correo electrónico de Didier Brunschwig, el presidente de un grupo empresarial que incluía la tienda por departamentos Le Lido, antes conocida como Au Bon Marché, que fue fundada en 1872 por su tatarabuelo, en Vevey, Suiza. El cuadro Una visita electoral —le explicó Brunschwig, quien se había enterado de la subasta de El niño enfermo— estaba colgado en la escalera central de la tienda y en estado “impecable”. Nadie en la familia recordaba de dónde provenía y ahora sospechaban que había sido comprada en París a un propietario anterior. Así fue como el 24 de mayo de 2005 la obra fue subastada en Nueva York y comprada por la misma familia venezolana, con lo que las dos pinturas volvían a estar juntas desde la Exposición Universal de 1889.


Esta es «Una visita electoral», que volvió a reunirse con su compañera de la Exposición de 1889



Hace un par de meses, Una visita electoral y El niño enfermo se expusieron al público por primera vez junto a obras de Armando Reverón y Héctor Poleo en la exposición Michelena. Reverón, Poleo. Seven Master Paintings, curada por Stein, en la Ascaso Gallery de Miami. 


El niño enfermo original todavía no ha estado en Venezuela. De París pasó a Nueva York, de ahí a Sarasota y en 2004 volvió a Nueva York, donde continúa. “Ninguna de las dos pinturas de Michelena de la Exposición Universal ha visitado suelo venezolano —dice Stein—. El interés de la persona que lo tiene es regresarlo al país. Pero todavía no”.



https://www.cinco8.com/periodismo/la-pintura-de-arturo-michelena-cuya-pista-perdimos-y-recuperamos-en-eeuu/





EL MISTERIO de las PINTURAS🎨de ARTURO MICHELENA /Desaparecidas por más de 100 años//

https://m.youtube.com/watch?v=BMlAPoCgUAE



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Richard Montenegro. Perteneció a la redacción de las revistas Nostromo y Ojos de perro azul; también fue parte de la plantilla de la revista universitaria de cultura Zona Tórrida de la Universidad de Carabobo. Es colaborador del blog del Grupo Li Po: http://grupolipo.blogspot.com/. Es autor del libro 13 fábulas y otros relatos, publicado por la editorial El Perro y la Rana en 2007 y 2008; es coautor de Antología terrorista del Grupo Li Po publicada por la misma editorial en 2008 , en 2014 del ebook Mundos: Dos años de Ficción Científica y en 2015 del ebook Tres años caminando juntos ambos libros editados por el Portal Ficción Científica. Sus crónicas y relatos han aparecido en publicaciones periódicas venezolanas tales como: el semanario Tiempo Universitario de la Universidad de Carabobo, la revista Letra Inversa del diario Notitarde, El Venezolano, Diario de Guayana y en el diario Ultimas Noticias Gran Valencia donde fue el encargado de la columna dominical "Reflexiones urbanas"; en las revistas tangibles y electrónicas hispanas Fantastic-Films Neutrón, Alfa Eridiani, Valinor, miNatura, Tiempos Oscuros, Gibralfaro, Revista de Creación Literaria y de Humanidades de la Universidad de Málaga y en la revista cubana digital Korad y en portales o páginas web como la española Ficción Científica, la venezolana-argentina Escribarte y la colombiana Cosmocápsula.






27/09/2026




domingo, 7 de junio de 2026

Diego Rojas Ajmad: He sido jurado en concursos literarios y he procurado no truncar injustamente las aspiraciones de los escritores en ciernes

 




Los concursos literarios

Los concursos literarios tienen una importancia capital en el fomento de la escritura y la lectura. También esconden inusuales anécdotas que, reunidas, podrían llenar enormes bibliotecas.



Por Diego Rojas Ajmad

10 Jul, 2022 - 2:41 PM


 

@diegorojasajmad


Los concursos literarios cumplen una valiosa función: son una oportunidad para que los nuevos escritores muestren sus obras al mundo, estimulan la creación, tejen y refuerzan redes entre los distintos sectores de la industria del libro y, además, con cada veredicto, se va construyendo una radiografía, una instantánea de esa oruga que pronto llegará a ser literatura.


Son, entre otras cosas, una estrategia eficaz que contribuye a mantener encendida la chispa de la escritura y de la lectura.


Sin embargo, poco se sabe aún de las batallas emocionales y de los conflictos interpersonales y de poder que se libran tanto en concursantes como entre quienes integran los jurados. Al respecto, he oído anécdotas de todo tipo, como concursantes que acosan a los jurados para que les otorguen el premio (sí, eso ocurre), o como las que hablan de escritores “cazapremios” cuyo único objetivo es vivir del dinero obtenido tras cada certamen. Se afirma, sobre este tema, que el escritor que ostenta el mayor número de premios es el español Manuel Terrín, nacido en 1931, y quien para el año 2012 había acumulado ya 1.769 galardones. Luego de diez años esa cifra de seguro habrá aumentado.


También he leído sobre las censuras, las presiones y los sinsabores que dejan algunos premios literarios. Es conocido el caso de un concurso literario que ofrecía un sustancioso premio en metálico y que estuvo organizado por el gobierno de Guzmán Blanco, en la Venezuela del siglo XIX. Los participantes debían presentar un poema que desarrollase el tema “el poder de la idea”. Muchas obras participaron y, al final, el jurado decidió por unanimidad elegir como ganador el poema enviado por Francisco Guaicaipuro Pardo. En su poema, Pardo elogia a los grandes pensadores de la historia, entre ellos al científico Galileo Galilei. El presidente Guzmán Blanco, luego de leer la obra ganadora, y al darse cuenta de que no se le mencionaba en ninguno de los versos, ordenó airadamente a su secretario: “Díganle a Pardo que le cobre el premio a Galileo. Eso es para que tenga idea del poder, ya que tan bien enterado está del poder de la idea”.

Guzmán Blanco. Imagen tomada de aquí.


La vida me ha llevado a estar a ambos lados de los concursos. He sufrido la angustia del escritor que envía su manuscrito, que simula indiferencia y no sabe qué hacer para que pasen rápido los días hasta que llegue la fecha del veredicto. También he sido jurado, y como tal me he esforzado para conciliar opiniones y no truncar injustamente la aspiración que pudiera tener alguna persona por convivir con la escritura y ser reconocido por ello.


De esa doble experiencia he aprendido que los concursos, sea cual sea el resultado, representan un hecho significativo, vital, que en ocasiones puede sellar definitivamente el destino de los concursantes.

Miguel de Unamuno. Imagen tomada de aquí


Miguel de Unamuno supo esto a los 28 años.


Antes de dedicarse a la filosofía y a la literatura, Unamuno tenía como pasión la filología y en especial la lingüística. Había invertido varios años en su formación y su meta era convertirse en referencia de esa disciplina.


Para ello, Unamuno decidió participar en un concurso organizado por la Real Academia Española, en 1893, sobre la gramática del Poema del Cid. El premio consistía en 2.500 pesetas, medalla de oro y publicación de 500 ejemplares.


Unamuno envió un manuscrito de 687 páginas, sin firma, identificado con un lema y titulado Gramática y glosario del Poema del Cid. Contribución al estudio de los orígenes de la lengua española. El trabajo incluía análisis fonético, morfológico, sintáctico y un glosario. Unamuno fue el primero en enviar una obra al concurso y, en total, solo se presentaron cuatro trabajos.


La angustia y la impaciencia carcomían el alma de Unamuno por la larga espera: el veredicto no se hizo público sino en febrero de 1895, casi dos años después.

Ramón Menéndez Pidal. Imagen tomada de aquí


Finalmente ganó un muchacho cinco años más joven que él, llamado Ramón Menéndez Pidal, quien tiempo después, en 1925, sería director de la misma Real Academia Española y destacado filólogo.


La decepción de Unamuno fue tal que nunca más quiso saber de la lingüística y ni siquiera fue a retirar su obra concursante.


82 años después, en 1975, alguien descubrió el olvidado manuscrito… 


Otras páginas 

– Concursos de aquí: Ciudad Guayana ha tenido una larga tradición de concursos literarios. Diversas instituciones, tanto públicas como privadas, entendieron la importancia de los certámenes y durante décadas, desde los setenta y ochenta en adelante, se llevaron a cabo varias actividades de este tipo en la ciudad. Entre esas instituciones se encuentran: Casa de la Cultura de Ciudad Guayana, Fundación La Salle, Ateneo de Ciudad Guayana, Unexpo, UNEG, UCAB, Ferrominera Orinoco, el Centro de Formación Permanente Luis Beltrán Prieto Figueroa, Alcaldía del Municipio Caroní y muchas otras. Esta tradición es hoy casi inexistente y solo subsisten los concursos de poesía de la Fundación Abraham Salloum Bitar y de Buscadores de Libros. La historia de todos estos concursos, de sus jurados y ganadores, espera para ser contada. 


– Un estado: “Cuando el médico te prescribió quince días de reposo y sobre todo, no escriba”, recordaste de golpe la definición de Musil pero habría sido inútil decirle: Mire, doctor, escribir no es una actividad sino un estado. Y él no habría podido entender que ese estado es de mayor tensión cuando no escribes, o sea que en lugar de hacer caso de sus pendejadas, tú te recetas: “y, sobre todo, escribe”. Jorge Enrique Adoum



https://correodelcaroni.com/opinion/los-concursos-literarios/

 

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DIEGO ROJAS AJMAD (Venezuela, 1974). Doctor en Letras. Profesor de la Universidad de Guayana y de la Universidad Católica Andrés Bello (Guayana). Es autor de varios libros y artículos relacionados con la historia, la teoría y la crítica literarias. Entre sus libros se cuentan: Mundos de tinta y papel. La cultura del libro en la Venezuela colonial (USB, Editorial Equinoccio, 2007), Estampitas merideñas (Instituto Merideño de la Cultura, 2010), Revista Válvula: edición facsimilar (ULA, 2011), Estampitas guayanesas (UNEG, 2016), Para una historia literaria desde la complejidad. La historiografía de la literatura venezolana y sus tramas (Editorial Académica Española, 2017) y Posciudades. Manual de uso para ciudadanos nostálgicos y esquizofrénicos (UCV, 2017), entre otros. En el 2006 ganó el premio único de la Bienal Latinoamericana de Ensayo Enrique Bernardo Núñez. En el 2007, el concurso “Cuentos sobre rieles” y en el 2017 obtuvo el primer lugar en el premio de ensayo “Caracas 1567-2017”.

Es columnista de Prodavinci y del Correo del Caroní.


Agulha Revista de Cultura



Enlaces relacionados:











 












































domingo, 19 de abril de 2026

Rafael Figueredo a Jorge Gómez: mi poemario "Nos delata la perplejidad" es un cimiento desde el cual seguir trabajando con más conciencia de lo que busco

 



Estimados Liponautas

Tenemos el gusto de compartir con ustedes la conversación del escritor venezolano Rafael Figueredo con Jorge Gómez sobre su poemario "Nos delata la perplejidad". La entrevista fue montada con una mejor diagramación y con el respaldo necesario para contextualizar al lector no venezolano. Características típicas de nuestra página.

Esperamos disfruten de la entrada.

Atentamente 

La Gerencia




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Su poemario Nos delata la perplejidad es un ejercicio de humildad


Rafael Figueredo Oropeza y el sentido atávico de la poesía




Jorge Gómez Jiménez viernes 3 de abril de 2026






Rafael Figueredo Oropeza: “Suelo recurrir a la memoria de la infancia perdida y a las tradiciones como materia poética”.



Es poeta, es narrador y es físico, una combinación que seguramente ha incidido en la construcción de un perfil en el que se equilibran la intuición y la sensibilidad. Radicado en Bogotá desde hace algunos años, el venezolano Rafael Figueredo Oropeza (Caracas, 1987) ha aparecido en antologías y revistas de distintos países, y ha sido reconocido en diversos certámenes de cuento y poesía.


En Nos delata la perplejidad, su primer libro, la poesía abre un compás para mirar de forma simultánea lo íntimo y lo colectivo. En sus 66 páginas conviven la ternura de los poemas familiares con la crudeza de la denuncia política, la evocación de la naturaleza con el desconcierto existencial, el mito con el juego verbal. La variedad de registros no rompe la unidad del conjunto, pues todos los textos parecen hilados por símbolos recurrentes —aves, tierra, silencio, figuras femeninas arquetípicas— que revelan la fragilidad y la búsqueda de sentido en la experiencia humana.


Hoy conversamos con él sobre su manera de abordar la literatura, pero también sobre la función de la poesía en estos tiempos en que la violencia nos golpea a diario. Hablaremos sobre un poemario cuyo autor se muestra a la vez lector atento de la tradición literaria y testigo de su tiempo, y profundizaremos en las motivaciones, los símbolos y las decisiones formales que dan cuerpo a una voz poética que se despliega entre lo cotidiano y lo trascendente.


 

“Nos delata la perplejidad”, de Rafael Figueredo Oropeza

Nos delata la perplejidad, de Rafael Figueredo Oropeza (Negro Sobre Blanco, 2025). 

Disponible en Amazon


Nos delata la perplejidad y la memoria primigenia de lo natural


La incapacidad del ser humano para reconocer su propia ceguera, la fragilidad de su tránsito por la vida y la desconexión entre los hombres son algunos de los temas de Nos delata la perplejidad. Me gustaría que comenzáramos hablando de cómo llegas a los poemas de este libro, y cómo decides juntarlos para convertirlos en un poemario.

Juan Gelman. Imagen tomada de aquí.


Mi relación con estos poemas fue primero un desconcierto. Como dice Juan Gelman: “Entre tantos oficios ejerzo este que no es mío”. Esa frase me acompaña porque vengo de una formación académica como físico y no en literatura, y durante mucho tiempo la poesía me pareció un territorio ajeno que no lograba comprender. Sin embargo, escribir se volvió una necesidad, una forma de procesar el asombro. Un asombro que también habita en la ciencia.


Los poemas de este libro nacieron dispersos a lo largo de casi diez años. Reunirlos fue una decisión más espiritual que editorial. Necesitaba ordenar el caos, exorcizarme, despedirme de estos textos, soltar para poder seguir y permitirme nuevas exploraciones. Todavía no me considero realmente un poeta. Una vez, en el Celarg, en las tertulias del Frente Oficio Puro, escuché al maestro Juan Calzadilla decir que un poemario no hace poeta a nadie; hay que escribir el segundo. Este libro es para mí apenas un primer paso dado con humildad en estos territorios.


 

Un joven Eugenio Montejo (Caracas,19 de octubre de 1938 - Valencia, 5 de junio de 2008). Fotografía de Héctor López Orihuela. Tomada del libro "Rostro y Poesía". 1996


En varios poemas confluyen los vínculos con la naturaleza y las referencias íntimas, culturales y políticas, desde la cocina o la familia hasta la represión en una protesta. ¿Puedes decirnos qué papel juega la naturaleza en la definición de tu propuesta poética, en la que es tan frecuente la voz urbana?


La naturaleza ha estado presente en distintas etapas de mi vida y cada una de ellas me enseñó a mirarla de una forma diferente. De niño viajábamos mucho por carretera a través de Venezuela y quedé marcado por esa diversidad abrumadora. Tengo grabados en mis recuerdos el llano, los médanos de Coro, el puente sobre el lago de Maracaibo, los Esteros de Camaguán, el litoral, la laguna de Tacarigua, Barlovento, Oriente, los páramos y los Andes. Esas memorias forman parte de mi núcleo simbólico.

Médanos de Coro. Imagen tomada de aquí.


En la adolescencia participé en el movimiento scout y allí aprendí a mirar la naturaleza con reverencia y respeto. El escultismo funcionó para mí como un rito de paso. Dormir en carpas, cocinar en una fogata, caminar hasta que duelan las piernas bajo la lluvia con las botas llenas de barro, perderme en el monte mientras me picaban los insectos, observar huellas, pájaros, insectos y plantas y aprender los nombres de las constelaciones en cielos abiertos fueron experiencias que marcaron mi manera de relacionarme con el mundo natural. La naturaleza se volvió una escuela que fue moldeando mi carácter.

Esteros de Camaguán. Imagen tomada de aquí.


Más tarde, en la universidad, la Física me enseñó a contemplar la naturaleza desde otra perspectiva. En esencia, es el intento humano de comprender la physis y las leyes fundamentales que sostienen el mundo, desde lo subatómico hasta las estructuras del cosmos.


Cerro El Ávila, actualmente conocido como Guaraira Repano


Mi experiencia de lo urbano tampoco está desligada de lo natural. Caracas es una ciudad que desde arriba se ve como una alfombra verde donde lo natural irrumpe en lo urbano de forma inesperada: la presencia imponente del Waraira Repano, las matas de mangos, el araguaney, los jabillos, los eucaliptos, los cedros, los samanes y las ceibas que desbordan sus sombras por las avenidas, el clamor de una bandada de guacamayas cruzando el cielo o el chirrido nocturno del coquí. Esa presencia constante de naturaleza en Caracas revela la ciudad como un ecosistema.




En cuanto a mi escritura, reconozco que la naturaleza aparece como una de las manifestaciones del sagrado femenino en mi obra. No en un sentido religioso, sino simbólico. Hay una palabra que me gusta mucho: atávico. Siento que lo natural guarda una memoria primigenia que antecede a lo humano. La naturaleza concebida como una diosa madre primordial atraviesa varios de los poemas de este libro.



Reynaldo Pérez So


 

Hay poemas donde la palabra se vuelve juego, como en “Abrapalabra”, con repeticiones y asociaciones sonoras. ¿Qué importancia tiene para ti la experimentación con el lenguaje como forma de expandir los límites de la poesía?


Considero que en este libro la experimentación aparece muy poco. Hay apenas algunos destellos que le debo a ciertas influencias, pero no es el eje central del poemario. Aun así, creo que la poesía tiene la obligación de explorar los límites del lenguaje y derrumbar estructuras. Fue en un taller con el poeta Juan Calzadilla, en el Celarg, donde descubrí las posibilidades de la poesía experimental. La poesía debe ser creación, debe ser poiesis, una forma de hacer mundo. Hay que atreverse a jugar y lanzar los dados, aunque sepamos que jamás abolirán el azar, como dijo Mallarmé.


El poema “Abrapalabra” que mencionas es un juego literario que rinde homenaje al título de la novela de Luis Britto García y a su narrativa lúdica. Entre las voces actuales de Venezuela, por cierto, me interesa mucho el trabajo del poeta Carlos Zarzalejo, que está desarrollando una labor de experimentación transmedia muy interesante. Por ejemplo, hace poco leí un poema suyo llamado “If”, donde toma prestada la sintaxis de los lenguajes de programación. También he estado leyendo a la poeta chilena Soledad Fariña y me sorprende la libertad que tiene con sus palabras sobre la página, como si fueran pinceladas en un lienzo.


 

Estampa de colección del Dr. José Gregorio Hernández. Imagen tomada del Portal de Poetas de Venezuela y el mundo.


Rafael Figueredo Oropeza y la perspectiva del migrante

En varios textos aparecen la figura materna y la infancia como espacios de memoria y afecto, contrapuestos a la violencia o al desencanto de la vida adulta. ¿Qué experiencias personales alimentan esa visión, y cómo encontraste en la poesía un canal para darles forma?

More de Alex Grey. Imagen tomada de Pinterest


En mi escritura, la madre y la infancia funcionan ante todo como símbolos. Suelo recurrir a la memoria de la infancia perdida y a las tradiciones como materia poética. En cuanto a la maternidad, desde lo mitológico, la figura de la Diosa Madre atraviesa mi imaginario como una presencia simbólica constante junto a otras representaciones de la divinidad femenina. Pero en el caso de “Latidos” el punto de partida es otro. Está inspirado en una ilustración de Alex Grey, pintor psicodélico norteamericano. A partir de esa imagen surgió en mí la idea de una paternidad imaginada. Me interesaba explorar la fragilidad de ese vínculo posible desde la mirada paterna, incluso sin haber sido padre.

Alex Grey. Imagen tomada de aquí


“Caracol”, en cambio, parte de una experiencia muy concreta vinculada a la migración y a la culpa que muchos sentimos al dejar a nuestros seres queridos atrás al irnos. El poema habla de la soledad de mi madre cuando sus hijos emigraron y la casa quedó en silencio. Es una imagen simbólica que busca condensar tanto una vivencia íntima como una experiencia colectiva de la diáspora venezolana.


La musa ya está muerta


La musa ya está muerta.

Le dispararon en una manifestación contra el gobierno.

UNA BALA LE PERFORÓ LA SIEN

(a otro muchacho, a quemarropa, le reventaron el pecho).


Unos estudiantes la recogieron

y las manos se les tiñeron de sórdida escarlata

y ella se tornó tan pálida y triste como un amanecer.


El tema de la violencia política atraviesa algunos de los poemas más crudos. ¿Qué vivencias o recuerdos te impulsaron a incorporar en el libro, de manera tan explícita, esa dimensión de la realidad venezolana?


La violencia política forma parte del paisaje cotidiano de cualquier venezolano, y en general de cualquier latinoamericano. Cuando la violencia atraviesa los cuerpos y la vida cotidiana, también atraviesa el lenguaje. Poemas como “La musa ya está muerta” o “Caracas, la de techos rojos”, buscan registrar esa experiencia colectiva desde un lugar sensible, como una memoria emocional de una época que ha dejado heridas difíciles de cerrar. Nacen de recuerdos muy concretos: manifestaciones, represión, jóvenes heridos o asesinados. Recuerdo tantas muertes que nos han marcado a los venezolanos. También el miedo que se fue apoderando de las calles de Caracas y de todo el país en los años más oscuros y violentos. “Hiroshima”, en particular, es un poema de carácter más universal y está dedicado por supuesto a uno de los mayores horrores que ha vivido la humanidad. El lanzamiento de la bomba atómica representa para mí una de las mayores derrotas morales de la especie humana.


 

José Asunción Silva


Caracas, la de techos rojos


Caracas, te canto…

No a la de antaño

según cuentan los abuelos,

mientras recuerdan con ojos cálidos

..........y sin dientes siguen sonriendo con dulzura.


La capital que prometía tantos sueños y esperanzas,

que muchos vinieron buscando a pesar de los frágiles suspiros

por aquello que dejaron en otras patrias y campos.


Caracas dejaba sabor a progreso,

sonaba a modernidad, a sembrar el petróleo.

Caracas, ciudad de encuentros y desencuentros,

urbanidad fecunda.

Caracas destinada a conquistar el futuro.


Caracas enmohecida,

ya tus techos no son rojos.

Tus techos ahora están teñidos

........................de placas oxidadas de zinc,

........................de platabandas vacías,

........................de cercas alambradas de seguridad,

........................de antenas impostoras,

........................de anuncios de neón,

........................de vallas hipócritas.


Caracas, el rojo que pintaban tus techos

se derrama ahora entre tus calles

a manos impunes.



Es evidente que la identidad cultural es importante para ti, y por eso se la ve celebrada en varios de los poemas del libro. Ya no estás en tu país, y se me ocurre preguntarte cómo incide esta realidad en tu escritura poética.


La migración ha transformado mi relación con la identidad y con la lengua. Estar expuesto a una cultura distinta implica también encontrarse con otras palabras y nuevos significados. Sin embargo, aunque estoy fuera de Venezuela, hago un esfuerzo por mantenerme en diálogo con la tradición literaria venezolana a la que considero que pertenezco de alguna manera. Tomar distancia me ha ofrecido una perspectiva distinta, en la que la memoria, las tradiciones y la añoranza juegan un papel central.


Al mismo tiempo, vivir en Colombia me ha abierto nuevas miradas y nuevas genealogías. He sido afortunado de poder empaparme de autores colombianos, tanto en poesía como en narrativa, que antes no estaban en mi horizonte de lectura. En ese proceso han sido fundamentales espacios que agradezco mucho y que me han brindado instituciones como Idartes, la Casa de Poesía José Asunción Silva y la Red Relata.

Melba Escobar. Imagen tomada de aquí.


Algo interesante es que, a medida que uno se acerca a la frontera entre Colombia y Venezuela, la frontera misma se vuelve líquida, como lo señala Melba Escobar en su libro Cuando éramos felices y no lo sabíamos, sobre la crisis migratoria venezolana. Las historias de Venezuela y Colombia están entrelazadas de muchas maneras. Acá uno se encuentra con devotos de José Gregorio Hernández. Por otro lado, José Asunción Silva, el poeta nacional de Colombia, fue agregado cultural en Caracas durante el gobierno de Guzmán Blanco. Y a Eugenio Montejo en Colombia le tienen un gran aprecio. El llano, por dar otro ejemplo, es una continuidad geográfica a ambos lados del Arauca, y también una continuidad cultural. Y vivir de este lado me ha permitido descubrir una literatura colombiana del llano que antes desconocía.


Guzmán Blanco. Imagen tomada de aquí.


“Publicar este libro fue una forma de cerrar un ciclo”

Sé, por nuestras conversaciones previas a esta entrevista, que eres un gran lector, y que en poesía te has paseado por firmas tan disímiles como E. E. Cummings, Emily Dickinson, los venezolanos Rafael Cadenas y Eugenio Montejo. ¿Cómo dialoga Nos delata la perplejidad con la tradición a la que perteneces?


Detrás de cada poema de Nos delata la perplejidad hay una conversación con quienes escribieron antes. Me reconozco en las palabras de Quevedo cuando dijo que leer es “vivir en conversación con los difuntos y escuchar con los ojos a los muertos”. Esa es también mi forma de escribir, porque antes que escritor soy lector. Para mí, escribir es siempre un acto de diálogo continuo con las lecturas y los autores que me han formado.


Como cualquier otro discípulo borgiano, siento afición por los juegos y alusiones literarias, tanto en mi narrativa como en mi poesía, y eso está presente en este poemario. En el libro hay poemas donde ese juego es más visible, como aquellos que incluyen epígrafes o dedicatorias a Emily Dickinson, Alejandra Pizarnik, Lucía Estrada o Jairo Aníbal Niño. También ocurre con influencias cinematográficas. En otros casos las influencias no son tan explícitas, pero siguen actuando en el trasfondo, como Eugenio Montejo, Reynaldo Pérez So, César Vallejo, José Lira Sosa o Juan Sánchez Peláez.

José Lira Sosa


De José Lira Sosa hay un verso que siempre me ha parecido especialmente desgarrador cuando dice en Por mi cuenta y riesgo:


¡Mentira! ¡Mentira!

Miedo. Eso es todo.


Esa conciencia del miedo y de la fragilidad también me atraviesa como autor, y hago una alusión a ese verso en el poema “Lobelias”.


Al mismo tiempo, hay una presencia de tradiciones orientales, como el haiku de Bashō, Issa o Santōka, que me han enseñado a confiar en la imagen, en lo breve y en aquello que no necesita ser explicado del todo.


Lobelias


Hay un cielo estival

              cristalino

                          sobre la ciudad


y veo que desde un balcón cuelga un ramillete de lobelias.


               Mentira…

           ¡Mentira…!

           ¡Mentira!

           ¡Yo qué sé…?


Deseo llamarlas lobelias

 me dio la impresión de que podrían llamarse así:

                                                            Lobelia cardinalis



Tu formación en física y tu trayectoria en narrativa de ciencia ficción podrían parecer distantes de la poesía. Sin embargo, en este libro hay un diálogo entre lo simbólico y lo racional, entre lo mítico y lo cotidiano. ¿Qué lugar ocupa tu formación académica y tu experiencia en otros géneros dentro del proceso de creación de este poemario?


Mi relación con la poesía no fue inmediata, sino que se fue construyendo con el tiempo. Desde muy joven admiraba a cuentistas como Luis Britto García, Borges, Quiroga o Asimov. Sin embargo, la poesía se me escapaba, me resultaba casi incomprensible.


Fue durante el ciclo básico de la carrera de Física en la Universidad Simón Bolívar cuando empezó a despertarse en mí una necesidad más profunda de la palabra literaria. En ese tiempo participé en un taller llamado Lugar Común, dirigido por el escritor y crítico literario Luis Miguel Isava. Gracias a él, y también a otros profesores del Departamento de Literatura, comencé a interesarme de verdad por la poesía, antes de llegar a esa gran escuela que fue el Celarg. En su taller me introdujo a la lectura de Quevedo y de E. E. Cummings. Como dato curioso, Isava también es físico egresado de la Universidad Simón Bolívar.

E. E. Cummings. Imagen tomada de aquí


La ciencia ficción y la física me enseñaron algo fundamental para la poesía: el extrañamiento. En ese cruce es donde me muevo. La ciencia ficción me dio la imaginación para construir otras realidades posibles y, al mismo tiempo, la sospecha de que la realidad que habitamos nunca es la única. Nunca he sentido que la ciencia y la poesía estén realmente separadas. Ambas intentan nombrar aquello que no entendemos del todo. La física busca las leyes del universo y la poesía busca el sentido de estar en él.


Como dice Ursula K. Le Guin: “La ciencia describe con precisión desde afuera; la poesía describe con precisión desde adentro. La ciencia explica; la poesía implica. Ambas celebran aquello que describen”. También Richard Feynman, en sus famosas Lecturas de Física, dedica un fragmento a cuestionar el parcelamiento del conocimiento y a defender que conocer más sobre el universo no lo vuelve menos bello, sino todo lo contrario. Allí les reclama a los poetas: “¿Qué clase de hombres son los poetas que pueden hablar de Júpiter como si fuera un hombre, pero deben guardar silencio si es una inmensa esfera de metano y amoniaco en rotación?”. Esa idea me acompaña mucho. Para mí, comprender y maravillarse no son gestos opuestos.


En Nos delata la perplejidad, mi formación científica y mi interés en la ficción especulativa apenas aparecen como temas explícitos, quizá sólo en algunos poemas de carácter más filosófico como “Eterno retorno” o “Hiroshima”. Más que como un tema, esa formación y ese interés están presentes como una sensibilidad y como una mirada que atraviesa en general toda mi escritura.

Ursula K. Le Guin


Hiroshima



“Now I’m become death,

the destroyer of worlds”

R. Oppenheimer



El mundo se detenía mientras caía del cielo.

Ojos curiosos alzaban la vista y contemplaban ingenuos.

Esperando

.............—tal como nosotros nos cansamos de esperar—


.........................Un manifiesto.

.........................Una respuesta.

.....................Un significado.

.....................Una revelación.


¿Era una joya acaso que nos enviaba la amada diosa del cielo?


¿Era un lucero acaso

que bajaba a la isla,

un nuevo sol naciente?


El silencio no duró mucho más tiempo.

El sol estalló en la tierra.

Un infierno de fuego.

Un sol más brillante que cincuenta soles.


Ciento cuarenta mil almas

se diluyeron en el aire.

Veinte calles

que fueron reducidas a polvo.


No quedaron muertos que enterrar.

No quedaron árboles de robustas raíces

más fuertes que las rocas y el viento.


No quedaron ecos del canto de los pájaros

que evocaran los inicios del mundo.

No quedaron pájaros que recordaran

las risas inocentes de los niños.

No quedaron ruinosos escombros de templos antiguos.


En veinte calles la tormenta de fuego

todo lo devoró con odio.


 



Has transitado por talleres literarios en Venezuela y Colombia, y tu obra se mueve entre la poesía, la narrativa y la ciencia ficción. Me gustaría que nos contaras sobre el lugar que le atribuirías a este libro en tu trayectoria, y sobre los proyectos literarios en los que estés trabajando.


Los talleres han sido una parte importante de mi formación, tanto en Venezuela como en Colombia. Llegué a la literatura desde un ámbito ajeno a lo literario, y fueron esos espacios de creación compartida los que me ayudaron a entender la escritura como un oficio. En el Celarg, por ejemplo, fue gracias a Belén Ojeda que aprendí que la poesía no sólo se lee, sino que también se escucha con atención, desde las pausas y los silencios. Con el maestro Juan Calzadilla, en las tertulias del Frente de Creación Literaria Oficio Puro, como ya mencioné, empecé a entender el poema desde una dimensión más plástica y a perderle el miedo al juego verbal. Y fue también allí, gracias al escritor Ronald Delgado, donde comencé a aventurarme en la escritura de ciencia ficción.

Belén Ojeda. Imagen tomada de aquí


En Colombia, los talleres con poetas como Federico Díaz Granados, Jorge Valbuena o John Galán Casanova, a quienes estoy profundamente agradecido, así como los espacios de formación del Idartes, la Red Relata y la Casa de Poesía José Asunción Silva, me han permitido ampliar el horizonte de lecturas, entrar en contacto con otras genealogías y pensar la escritura desde un lugar más reflexivo y consciente. Actualmente participo en el taller “Gramática de los cielos”, coordinado por Jorge Valbuena, una experiencia que ha abierto nuevos diálogos en mi escritura, especialmente en torno a la relación intertextual entre la poesía y otros géneros discursivos.


Dentro de mi trayectoria, Nos delata la perplejidad ocupa el lugar de una primera síntesis. Reúne temas e intuiciones que surgieron en distintos momentos de mi escritura. Es un cimiento desde el cual seguir trabajando con más conciencia de lo que busco. Publicar este libro fue una forma de cerrar un ciclo, pero también de asumir una responsabilidad: decir “esto es lo que he estado intentando escribir”.

Rafael Figueredo Oropeza. Poesía. Editorial Negro Sobre Blanco. Caracas (Venezuela), 2025. ISBN: 978-9804241918. 66 páginas


En cuanto a mis proyectos actuales sigo escribiendo poesía, pero también estoy organizando un libro de cuentos de ciencia ficción que reúne relatos escritos a lo largo de estos años, y participo en proyectos colectivos, entre ellos antologías en proceso junto a otros autores.


Estoy muy interesado en la poesía cienciaficcional y aunque tengo ya algunos poemas especulativos tomé una decisión adrede de excluirlos de este primer poemario. Me interesa el panorama actual de la ciencia ficción hispanoamericana, tanto en revistas como Anapoyesis, Sofón o Colectiveros, como en talleres, seminarios y colectivos dedicados a la exploración especulativa. También tengo un gran interés en el estudio y desarrollo del haiku en español, en especial desde el enfoque haiku-shu impulsado por la Escuela Retama del Perú. Todos estos proyectos y exploraciones. Más que caminos separados, siento que forman parte de una misma búsqueda que apenas empieza a tomar forma.





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Rafael Figueredo Oropeza es un escritor y profesional venezolano, nacido en Caracas en 1987 y radicado actualmente en Bogotá, Colombia. Es Licenciado en Física por la Universidad Simón Bolívar y se ha desempeñado en los últimos años como ingeniero de software. Paralelamente, ha cultivado una trayectoria literaria sostenida, que abarca tanto la narrativa como la poesía. En 2012, recibió el primer premio en el Concurso Universitario de Cuentos José Santos Urriola y el segundo premio en el Concurso Iraset Páez Urdaneta de poesía, así como el Premio Venezolano Solsticios en la categoría de Ciencia Ficción por su cuento “Epidermis” (2014). Su primer libro recientemente publicado, «Nos delata la perplejidad», es un poemario que entrelaza lo cotidiano con lo mítico y explora, desde una voz introspectiva y simbólica, las múltiples capas de la existencia humana. Instagram: @ref8chan Web de autor: https://amazon.com/author/rafaelfigueredooropeza


https://revistakametsa.wordpress.com/2025/11/04/poesia-internacional-rafael-figueredo-oropeza-venezuela-colombia/


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Jorge Gómez. Escritor venezolano (Cagua, Aragua, 1971). Dirigió entre 1989 y 1990 la Peña Literaria Cahuakao, en Cagua y, entre 1990 y 1993, el semanario El Tabloide, de la misma ciudad. Desde 1996 edita la revista literaria Letralia, Tierra de Letras, la primera publicación cultural venezolana en la red. Ha publicado, entre otros títulos, los libros de cuentos Dios y otros mitos (1993) y Uno o dos de tus gestos (2018), las novelas breves Los títeres (1999) y Juez en el invierno (2014), la antología de narrativa venezolana Próximos (2006; bilingüe, chino-español), la novela El rastro (2009) y la plaquette de poesía Mar baldío (2013). Textos suyos han aparecido en diversas antologías dentro y fuera de Venezuela. Ha obtenido, entre otros, el primer lugar en el X Concurso Anual de la Universidad Central de Venezuela (Maracay, 2002) y en el Concurso de Minicuentos Los Desiertos del Ángel (Maracay, 2012). Además, con Letralia recibió el Premio Nacional del Libro (Caracas, 2007) y ha sido en dos ocasiones finalista, y una vez mención honorífica, de los premios Stockholm Challenge (Estocolmo, Suecia, 2006, 2008, 2010). Su novela El rastro, publicada en Internet entre 1996 y 2008, recibió en 2007 el puesto Nº 32 en la lista “Las mejores 100 novelas de la lengua española de los últimos 25 años”, de la revista Semana, de Colombia. Textos suyos han sido traducidos al francés, inglés, italiano, catalán, esloveno y chino.

Instagram del autor: @jorgeletralia



https://letralia.com/entrevistas/2026/04/03/rafael-figueredo-oropeza/





Ida Gramcko a José Ramón Medina: El verdadero poeta no es deudor sino para consigo mismo


El próximo sábado 27 de enero, comienza Taller de Cuentos de Ciencia Ficción


Las visiones del poeta Rafael José Muñoz entre los lunares del vidrio


Ya esta abierto el lapso de recepción de relatos para el V (Quinto) Concurso Venezolano de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción Solsticios 2018


Abierta la recepción de originales para CRÓNICAS DE LA FORJA Segunda época N° 3: Géneros híbridos


MANIFIESTO DE AMANTES DE LA CIENCIA FICCIÓN EN VENEZUELA CON MOTIVO DE LOS RECIENTES HECHOS OCURRIDOS EN EL PAÍS DESDE EL MES DE ABRIL DE 2017


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De cómo me enteré de la existencia de un círculo secreto de escritores fantásticos venezolanos y de sus mimetizados lectores.


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LO FANTÁSTICO EN EL CUENTO VENEZOLANO CONTEMPORÁNEO:

Alegoría, parodia y otras formas de alteridad.

Por Freddy Crescente


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ENVÍALO TODO.

Un cuento de Ciencia ficción de Javier Domínguez



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