**Crónica de una memoria imborrable en la distancia**
**(Letras para recordar a José Carlos de Nóbrega en ocasión del cumpleaños de Valencia, la de Venezuela, la de Pocaterra).**
Desde ayer he estado pensando mucho en José Carlos, ese muchacho hijo de portugueses que nació y creció en algunas de las calles más viejas de Caracas, vio morir a su padre cuando apenas era adolescente y se trasladó con sus dos hermanos y su madre a Valencia.
Ese muchacho que por pura terquedad, nunca perdió la inocencia en su mirada y mucho menos en sus sentimientos, por más dura que se le pudiera la vida y más décadas pasaran.
**José Carlos de Nóbrega**, el escritor compulsivo que andaba por las calles curioseando lo todo, era mi amigo, mi compinche y mi cómplice. Por eso puedo asegurar que fue noble como el pan, inteligente, agudo y un poco loco -o quizá mucho- para gracia de quienes lo conocieron y de las letras venezolanas, que habría que decir que tienen muchos “ locos” geniales en su haber.
**Nuestros sobrenombres**
**”Mi muy Señor Escritor”**, así le dije siempre, vanagloriándome por el hecho de ser su amiga y lectora ávida, endulzada a punta de rimas y sonetos, orgullosa de él y sin juzgar nada de lo que pudiera parecer “ malo” a la gente ordinaria de este mundo, pues lo bueno en él era demasiado desbordante como para que alguien con sentido común mínimo se diera el lujo de buscarle los defectos. Pero de idiotas si el más mínimo sentido común, está lleno el mundo, eso se sabe. Por eso dicen por ahí aquella frase trillada de que el común es el menos común de los sentidos.
En fin. En mi propia locura, yo amé, con un amor que en nada tenía que ver con lo carnal, sino con el espíritu mismo, esa locura suya, su bondad de niño y sus letras, que fueron sabias, compulsivas, humanas y humanistas. Amigas. A veces un poco rabiosas, a veces tristes, a veces rebosantes de felicidad extrema y agradecimientos, siempre, siempre, tiernas.
A él le dio por llamarme *”China”** y me escribió muchas notas en Facebook y en su blog “ Salmos Compulsivos II”, y que luego publicó en su libro premiado **“ Crónicas Compulsivas”**. Ese “ China “ era bastante normal para mí, debido a mi nombre, pero él, al leerlo de otras personas que me escribían públicamente llamándome así, un día me dijo que estaba molesto por su falta de originalidad. Fue así que decidió, también, decirme *”Gea”**.
Para entonces, compartíamos poemas y cuentos y nos pusimos como meta escribir un libro que iba a llamarse **”La Casa Áurea”*, para el cual yo escribí el cuento *“ La primera cita”* donde los protagonistas éramos nosotros, en Caracas y adolescentes. Su aporte fueron sonetos hermosos donde yo era mayor: *Doña Gea*, la madre inmigrante de gemelas y gatos.
José Carlos de Nóbrega (+) en una actividad del Grupo Li Po en la Librería Kuaimare de la Torre Camoruco de Valencia. Al fondo se puede apreciar la presencia del pintor Freddy Ordáz (+). Fotografía de Andrés Cerceau
Admito que detesto eso de “Doña” porque me suena a “ viejita” y, cuando me dicen así, rápido contesto entre risas “más vieja será tu abuela” y claro que es en broma, pero también en serio. Sin embargo, hubo algo que me hacía recibir con alegría aquel sobre nombre tan inusual: “Doña Gea” venía acompañado de hermosas poesías y de sentimientos buenos y cálidos, como el sol de las mañanas.
José Carlos también escribía crónicas sobre mi vida en Miami, contaba a sus lectores, por ejemplo, como le parecía que mis letras tenían *”piel de durazno”* y anécdotas graciosas como una vez que trabajé ayudando en una mudanza y me regalaron nuestro primer arbolito de navidad en la inmigración: de plástico medio desteñido, con olor a guardado y sin patas, que recorrió conmigo un montón de calles *”mayameras”* mientras lo cargaba en mi larga caminata hasta llegar a casa.
Registro de una actvidad del Grupo Li Po en la Librería del Sur en la Torre Camoruco. Se puede apreciar la presencia de Orlando Chirinos (+), Julio Rafael Silva (+), Andrés Cerceau, Guillermo Cerceau y José Carlos De Nóbrega (+). Fotografía de José Antonio Rosales.
Para mí, su apoyo en esos días fue fundamental porque yo me sentía perdida, en un lugar desconocido, sin mis libros, que siempre fueron una especie de refugio, o de “ escondite” del mundo, sin amistades ni algunos familiares que habían sido claves en mi existir, como mis dos amados tíos maternos, que en cierta forma, junto a mi abuelo, hicieron el papel de “padres sustitutos” o figuras paternas, porque mi padre murió cuando yo solo tenía cinco años.
En fin. Aquel cariño a punta de internet, me arropaba, era inmenso y eran pocos los días que no nos comunicábamos o nos enviáramos algún texto apurado y compulsivo, alguna lectura bonita, algún poema noctámbulo y el acompañamiento que a ambos nos hacía bien en épocas difíciles de pandemia y post pandemia. Él con su viudez y amor eterno hacia *Judith Marín, “Judy”*, su esposa, fallecida por complicaciones de la diabetes que ya la habían dejado ciega y con muchas dificultades, y yo con mi migración forzada y mis trabajos, también forzados, en un país y una ciudad donde me sentía “un bicho raro”.
Debo observar que José Carlos exageraba mucho en sus poesías, en las cuales Doña Gea, o sea yo, era de verdad una diosa capaz de lo imposible. Madre ancestral de la Tierra y de la creación. ¡No vale, nada más lejos de lo que soy yo!, tan mortal como fabricante de errores que voy corrigiendo, si se puede, a duras penas. Pero con todo y eso, aquellos sonetos me empalagaban de cariño y me emocionaban muchísimo, porque *Mi Muy Señor Escritor* sabía muy bien cómo hacer que sus lectores se emocionaran, sobre todo si les dedicaba su bella pluma, y como no era egoísta, ¡cada día dedicaba poesías y cuentos a sus amigos, sus amores, sus vecinos y a cuanta mujer podía agradecer su existencia! Él era un gran te conocedor de la lucha diaria de las mujeres venezolanas, de la belleza de una sonrisa y del apoyo que recibía en pequeñas o grandes cantidades, de manos laboriosas de mujeres que le preparaban comida, le escribían palabras de aliento, poemas, canciones, dibujos y hasta alguna ayuda económica, porque, en la intimidad de su hogar, sufría las calamidades de un sueldo de maestro que era bajísimo y una Venezuela con muchos impedimentos en aquellos momentos, para las personas trabajadoras de clase “no acomodada” ( dígase así para más del 80% de la población).
**”Hubiera” no existe**
José Carlos De Nóbrega, Luis Mavilla y Guillermo Cerceau. En la presentación del libro "El elefante muere" en la Librería del sur en la torre Camoruco.
Ha debido ser profesor universitario, pues su memoria y sabiduría eran como para eso. Ha debido tener un trabajo que le permitiera vivir cómodamente, ha debido poder comprar en el supermercado y ser él quien ayudara a sus vecinos… pero la vida mil veces no es como debería y en vez de eso fue extremadamente pobre: no tenía dinero suficiente para mantenerse y si no fuera por la belleza y bondad de su vecina y comadre, **Maryolis Tarazona**, una mujer excepcional que le llevaba comida cada vez que podía y lo cuidaba muchísimo, seguramente habría muerto antes. Pero balanceando las cosas, era también muy rico.
Bautizo del libro "". De izquierda a derecha Orlando Zabaleta, José Carlos De Nobrega, Jesús Puerta y Guillermo Cerceau
en el Ateneo de Valencia el 19 de marzo de 2009. Ahora llamado MUVA, Museo de Arte Valencia.
Fue privilegiado en aspectos distintos a los materiales: vivía en una casita pequeña, que él llamaba su “Cueva de Platón” y allí estaba rodeado de libros maravillosos. Su fascinación eran esos libros, y los recuerdos que guardaba en aquella cueva suya, que verdaderamente estaba repleta de magia, aunque por fuera pareciera una casita humilde y desvencijada, como su pobre colchón y sus viejas sábanas de flores.
Hubiera podido ser muchas cosas, si hubiera hecho algunas diferentes, si el país no hubiera atravesado algunas tragedias, si la suerte hubiera estado un poco más de su lado… tantos hubiera se acumulan cuando pienso en José Carlos, que recuerdo a alguien que me dijo un día: “ hay que vivir con lo que hay, que es lo que existe, porque lo que hubieras hecho, aunque te moleste, no existe…
Un día José Carlos enfermó. O un día se le notó más. Es que estaba enfermo desde hacía demasiado tiempo pero entre lectura y lectura, libro y bautizo de libro, email y blog, poesía y cuentos, no se le notaba. La nostalgia, que era parte de su encanto, pesaba demasiado sobre su espalda: la muerte temprana de su padre comerciante, el trabajo que con mucho sacrificio asumió su madre, el desarraigo de su ciudad natal, las discusiones ideológicas eternas y un primer matrimonio muy conflictivo, junto al trabajo, para llevar dinero a casa, en un “ bar restaurant” acabaron poniéndolo en la trampa mortal de la bebida, en la que poco a poco creyó encontrar refugio, que con el paso de los años, exceptuando el mejor tiempo de un segundo matrimonio más estable y prodigioso en amor y entrega mutua, acabó transformándose en descontentos, sobre todo después de la muerte de su madre, además de problemas familiares y finalmente desolación.
No es nada raro. Con frecuencia, el placer de olvidarlo todo tras unos traguitos, acaba con la paz de muchos hogares, y en algunos casos, como el de José Carlos, también acabó devorando por dentro a su organismo, de manera silenciosa, y aunque para el momento que les cuento ya no bebía como en otras épocas, quizá ese pasado de olvido para el alma y tortura para el cuerpo, sumado a la mala alimentación de ahora y a la situación extrema de falta de recursos, en la que me consta que vivía, acabaron matándolo antes de llegar a los sesenta años.
De sus errores de juventud ya habían pasado muchos años y, como expliqué antes, José Carlos se había alejado de la mayoría de los hábitos que pudieran ser perjudiciales para la salud, aunque cuando le era posible se daba “el lujo” de tomar café y un dulce de la panadería valenciana de esos a los que casi nadie en su sano juicio, sería capaz de resistirse. Es más, él caminaba bastante, daba clases particulares de Castellano y literatura y de inglés, a algunos alumnos de la escuela pública donde ejercía la docencia, y muchas veces no iba en transporte público, lo cual lo ayudaba, según comentaba siempre, a mantener sus músculos y su mente ejercitados.
Pero cuando sus riñones decidieron que hasta allí llegaban funcionando bien, las cosas se pusieron color de hormiga porque incluso los alimentos se convertían en veneno, según me dijo el poeta **Luis Alberto Angulo**, que era su gran amigo.
Sinceramente quisiera haberlo ayudarlo más. Pero esta distancia mía es muy cruel. Sumamente cruel. Desde aquí fue muy poco lo que pude hacer, y aunque allá hubo amigos suyos muy cercanos como **Pedro Téllez, Raúl Cazal o el poeta Angulo** y varias amigas queridas pero también llenas de ocupaciones y problemas como las poetas **Marhisela Ron León, y la morocha María Alejandra Rendón**, pienso que quizá, si de haber estado allá, de alguna forma habría podido cambiar el trágico destino de mi amigo y no permitir que ese último fin de semana, cuando necesitaba una diálisis que no se realizó, ocurriera lo que ocurrió:
Al ver que no llegaba la ambulancia a buscarlo, él pidió ayuda por Facebook, que era su forma de comunicación con el mundo exterior a la _Cueva de Platón_. Preguntaba por qué estaría tan mareado, que no podía sostenerse en pie y pedía que alguien le diera una mano… que preguntaran a algún médico y explicó que estaba desesperado, pero ese medio no es el idóneo para algo que requería tanta inmediatez y al no conseguir esa ayuda, simplemente se dejó apagar como una velita, temblando, sudando y sufriendo.
Guiado por su propia fe y por las palabras de su hermano -un hombre muy creyente que llegó a su auxilio en ese día último alertado por la vecina- José Carlos se dejó morir con la promesa de encontrarse en manos de Dios, cansado de luchar y deseando terminar el sufrimiento físico que lo agobiaba tanto.
Me dolió mucho. Pero sobre todo me dio mucha rabia, muchísima rabia, estar tan lejos. No poder ayudarlo y no poder ir, después, a su entierro, al cual fueron apenas dos personas, por la falta de gasolina de entonces, bajo una inclemente lluvia y en un tremendo barrizal.
Durante meses me atormentó la molestia - que aún a veces me agobia- de no haber podido buscarlo yo misma y llevarlo obligado a su tratamiento, de saber que su casa fue vaciada y sus cuadernos y notas fueron desechados, al igual que muchos de sus libros y de reconocer que aquellas imágenes que me llegaban a la mente sobre ese triste entierro al que casi nadie acudió, eran las de un escritor premiado y un ser humano excepcional.
Pero las cosas son como son: al menos murió en su cama y fue enterrado junto a quien fuera su esposa y en la misma tierra valenciana que vio morir a su madre y a su otro hermano.
Todos ellos -además de Judy- se despidieron de la vida y de los suyos, temprano, en edades en las que no era justo que tuvieran que marcharse de este mundo, en el que les costó tantísimo vivir después del asesinato de su padre, también en joven, en Caracas.
**La inmigración y yo**
Ser inmigrante no es como mucha gente piensa, una desconexión con lo propio, con el país, con la cotidianidad de allá. Una vida sin la mayoría de los problemas de nuestros países de “*pueblos tristes”*, como diría *Otilio Galindez* en sus canciones.
¡Qué va! Es todo lo contrario: uno está lejos, viviendo problemas nuevos pero llevando en el corazón los de la familia y los amigos.
Ser inmigrante, para alguien sensible, que no inmigró para vivir cerca de _Mickey Mouse,_ sino para comprar comida a sus hijas, trabajando _”en lo que salga”_ y con el alma puesta en lo que dejó atrás, es vivir una una lejanía que presiona el pecho y a veces no deja casi ni respirar.
Sobre todo estas veces en las que tienes que decir adiós a tu tío, que fue figura paterna, a tu hermana, que murió dentro de su carro, en Caracas, y te enteraste de esa muerte por un _“ twitter”_ con la foto su cédula de identidad, donde la policía buscaba a los familiares _“ de esta señora aparecida muerta dentro de su carro en frente del Central Madeirense (supermercado) en La Boyera, Caracas”_ o a un compañero de viaje tan fantástico e increíble como **Mi Muy Señor Escritor**, al que agradezco tanto y por quien siento que mi vida fue “supremamente afortunada” al transitar algunos años con su presencia.
**Un legado post mortem**
Aunque ningún escritor como José Carlos pudiera irse nunca del todo y por lo tanto la palabra latina “_mortem_” suena horrorosa y triste al lado de una palabra tan bonita como “ _legado_”, quisiera aprovechar estas líneas para resaltar que *José Carlos de Nóbrega* aún tiene mucho que ofrecer.
Por eso hoy, a los 25 días del mes de marzo, del año del señor 2026 (como solía decir él cuando daba las fechas), es decir, a casi dos años y medio de la partida del escritor venezolano, ensayista, poeta, traductor, docente egresado de la escuela de Educación de la Universidad de Carabobo, amante de la música, de la vida y de todo lo bello, José Carlos de Nóbrega, y en ocasión del cumpleaños de Valencia -la de Venezuela, la de Pocaterra-, quiero preguntar en voz alta a quienes gerencian la literatura en el país, si hay alguna forma de salvar, para futuras generaciones, todas las publicaciones en internet de este desbordante autor nuestro, que usaba Facebook y al menos dos blogs personales ( Salmos Compulsivos I y II) para mantener, en vida, activa y en crecimiento diario, su tarea creativa.
Quiero poner a la orden de las editoriales del Estado los materiales que conforman un grupo de varios libros inéditos que José Carlos compartió conmigo vía e mail, con la idea de que le ayudara a publicarlos por internet y ganar algo de dinero para su manutención. No lo logré antes de que falleciera y ahora pienso que tal vez a alguna editorial del Estado venezolano le interesare publicar dichas obras, que van desde una interesante y densa investigación acerca del Dr. José Gregorio Hernández, hasta sonetos de enriquecedora poesía separados por él en varios libros y algunos ensayos de temas no solo importantes, sino magistralmente escritos. Seguramente algunos ya los tengan y hasta hayan programado algunas publicaciones, pero habría que cotejar cuáles no. Sólo avisen a donde puedo enviarlos con el fin de que se pierda lo menos posible del extenso legado de este hombre hijo de inmigrantes portugueses, caraqueño de nacimiento, valenciano de corazón.
Ensayista y narrador venezolano (Caracas, 1964 - Valencia, 2023). Licenciado en educación, mención lengua y literatura, de la Universidad de Carabobo (UC). Forma parte de la redacción de la revista Poesía, auspiciada por la misma casa de estudios. En 2007 su blog Salmos compulsivos obtuvo el Premio Nacional del Libro a la mejor página web.
En 2015, fue profesor invitado por la Universidad de Salamanca para dictar un curso sobre literatura venezolana, auspiciado por la Cátedra Ramos Sucre de la USAL y el CENAL.
Ha publicado dos volúmenes de ensayo: Sucre, una lectura posible (Universidad de Carabobo) y Textos de la Prisa (Gobernación del estado Carabobo) en 1996. Los libros de ensayos Derivando a Valencia a la Deriva (2007) y Salmos Compulsivos por la Ciudad (2008, versión digital en www.letralia.com) han sido publicados por las editoriales “El Perro y la Rana” y “Letralia” respectivamente. En mayo de 2008, la Editorial Letralia publicó Para machucar mi corazón: Una antología poética de Brasil (serie Transletralia, versión digital en www.letralia.com), de la cual es el compilador y el traductor. En 2011 apareció el libro de ensayos Salmos Compulsivos, bajo el sello editorial Protagoni, c.a..
El Fondo Editorial Fundarte publicó el libro de cuentos El Dragón Lusitano y otros relatos, en 2013. En 2014,
Fundarte hizo públicas dos traducciones a saber: los libros de poesía Las imaginaciones / El soldado raso. de Ledo Ivo y la novela La Pasión según G.H., de Clarice Lispector. También tradujo Dispersión / Indicios de Oro, del poeta portugués Mário de Sá Carneiro.
Ha colaborado en diversas publicaciones periódicas: Poesía, La Tuna de Oro, Tiempo Universitario, Letra Inversa del diario Notitarde, Laberinto de Papel, Revista Nacional de Cultura, Imagen, suplemento Letras del diario Ciudad Ccs, el diario Vea y Fauna Urbana
*Periodista, graduada en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela. Narradora, poeta y articulista. Actualmente escribe una novela basada en la Guerra Civil Española y están por publicarse sus poemarios “El éxodo que nos habita”, con prólogo del poeta José Pulido, y “Desde la vida entera”, con prólogo de José Carlos De Nóbrega.