domingo, 26 de abril de 2026

Rafael Victorino Muñoz a José Pulido: Me duele la gente en Venezuela que no tenga para comer, trato de ayudar, pero estoy limitado. Tienes que pensar en sobrevivir mañana.

 





Rafael Victorino Muñoz:

“Somos algo más que esta crisis que nos agobia”


José Pulido domingo 25 de abril de 2021


Rafael Victorino Muñoz: “Lo lamento por aquellos escritores que dicen que se deben a su público”. 



Aunque ha obtenido importantes premios de novela y de narraciones breves, sólo he leído dos libros de Rafael Victorino Muñoz: Olímpicos e integrados, ganador del Concurso de Narrativa Salvador Garmendia del año 2012, y Página roja, publicado en la colección Orlando Araujo en el año 2017.


Es probable que el título del primero responda a un cierto estilo cuentístico que surgió en los años sesenta y también alude al título de Umberto Eco Apocalípticos e integrados (Apocalittici e integrati).



El segundo título se adapta cómodamente a una comprensión básica del suceso, del periodismo que acude a las fuentes del crimen. Pero ambos funcionan perfectamente. Aunque los dos libros podrían ser uno solo, una especie de cara o cruz, de anverso y reverso. Porque esas obras reflejan de una manera transparente y directa lo que somos, lo que padecemos, lo que soñamos y lo que perdemos a cada rato, a cada instante.


Olímpicos e integrados muestra un modo de ser, posado en lo dramático, instalado en lo terrible, que sin embargo desata la risa, la burla, el desparpajo. Uno se ríe con cierta amargura porque se intuye que a la larga hay crueldad en las relaciones humanas. Crueldad inevitable.


La escritura de Olímpicos e integrados es una de esas delicias comparables a estar con un montón de amistades en una playa o en una fiesta, riéndose de las ocurrencias inteligentes de alguien.


El libro de cuentos Página roja revela el terrible infierno de los asesinatos y los delitos diversos que van brotando uno a uno y en montón en cualquier casa, en cualquier hogar, en el lugar más bucólico, porque, como señalan todos los clásicos policiales, “no hay nadie inocente”. Pero eso no es todo: la manera en que Rafael Victorino Muñoz aborda los temas de la violencia que germina en cada persona es muy cruda, realmente cruda; pocos autores aceptan ese reto. Muñoz lo hace. Es un avanzado.


La escritura de Página roja es un aullido de advertencia al nuevo siglo. Es una escritura que debería estar en el tope de las lecturas del público hispanohablante, por decir algo. Es una autopsia de la sociedad.


La difícil risa


En estos tiempos es difícil reírse. No cuaja fácilmente la euforia del optimismo. La represa del llanto está muy llena. La avalancha de amigos y familiares sufriendo, padeciendo, muriendo a menguas sin necesidad de terremotos o de ataques extraterrestres, es algo que ni siquiera habían aludido las películas que explotan temas apocalípticos. Hasta un paisaje bonito se torna melancólico o se queda pasmado como un espejismo. Guardamos paisajes para disfrutarlos en otro momento.


Y a pesar de todo, la risa es inevitable. Es como un resorte que te ayuda a salir de los atolladeros donde la tristeza te hace caer. Eso es lo que mi esposa presenció cuando me encontró agarrándome la barriga y con la cara congestionada porque unas carcajadas se me habían trancado. Si no reímos con frecuencia el mecanismo se oxida. En ese momento yo sonaba como un carro que no puede arrancar. De repente explotó la carcajada represada y ella pensó que me estaba sucediendo algo terrible.


—¿Qué te pasa? ¡Respira! —decía. Yo sólo estaba usando la vieja risa, pero se escuchaba como un perol rodando cerro abajo.


No pude explicarle la situación. Entonces le dije “lee este cuento”. Ella lo leyó y unos pocos minutos después se hallaba en el mismo trance de agarrarse la barriga y rodar por el piso.


Sin ninguna duda agradecimos eso. Después leímos otros textos del mismo autor que te llevan por sentimientos diversos, pero todo el tiempo está presente en sus palabras la gracia, la ironía, la visión aguda y el desparpajo. Antes de la entrevista con Rafael Victorino Muñoz, era necesario mostrar algo de esos dos libros suyos.


 



Un fragmento de Olímpicos e integrados

Cuando los hombres, que ya vienen bastante cansados, llegan al trecho plano, ven que Norma va por la mitad de la subida que les separa desde allí hasta la máxima elevación. Son casi doscientos metros o más. El de la barba exclama sorprendido:


—Chamo, esa vieja sí corre rápido.


El otro no responde, sino que, tras recuperar un poco el aliento, se cala la gorra y empieza a correr nuevamente. El de barba pregunta:


—¿Y vamos a seguirla?


El compañero lo mira con odio, pero más que todo por la situación en la que los ha metido esa mujer, que los obliga a tener que hacer ese esfuerzo para robarle nada más un BlackBerry, que seguro es lo único de valor que lleva encima:


—Claro, esa vieja se va a cansar después de la subida, ya vas a ver.


El otro no está muy convencido, pero aun así también echa a correr. El de la gorra vuelve a gritar, como para darse ánimo:


—Párese, señora, que ya la estamos alcanzando.



El deporte de escribir


—Olímpicos e integrados: ¿cómo iniciaste ese libro?


—Me gustaría decir que el libro comenzó corriendo, y en efecto fue así en parte, aunque no es del todo cierto. Hace muchos años escribí un cuento sobre el baloncesto. Y el texto se había quedado por allí, como huérfano. Me gusta trabajar los libros de cuentos así, por temas. Y lo cierto es que sólo después de cierto tiempo empezaron a llegarme otras ideas para cuentos relacionados con el deporte. Esto ocurrió en un momento de mi vida en el cual el correr se había vuelto algo más que una actividad; era algo así como un proyecto personal. Estaba dedicado a correr casi tanto como estoy dedicado a escribir. Lo hacía con gran seriedad y sistematicidad. Y no era la primera vez que me dedicaba al deporte de esa manera, ya que anteriormente había formado parte de equipos de baloncesto. Sólo que el correr es distinto, y cuando lo practicas en solitario, te da tiempo de pensar en tantas cosas. Fue entonces cuando llegaron las demás historias y pude armar el libro y el cuento, tanto tiempo huérfano, pasó a ser parte de una familia.


—El deporte ¿es tu tema principal? Correr ¿es algo que te motiva como escritor?


—El deporte es mi tema en este libro, fundamentalmente; en los anteriores, me he decantado por otros: la sexualidad, el crimen, lo fantástico... Pero el deporte es también para mí un tema en la vida. Porque lo he practicado, porque lo vivo, y porque lo sufro también. En una ocasión escribí mi versión del otro poema de los dones, a la manera de Borges, y comenzaba con: “Gracias quiero dar al infinito laberinto de las causas y los efectos por la literatura, el cine, la música y el deporte, esas cuatro grandes pasiones del alma”. Puedo decir que tengo una doble relación con el deporte: como fanático y como persona que lo practica. El baloncesto es mi primer deporte favorito, en realidad, como jugador y como espectador. El correr está en segundo lugar, en cuanto a práctica; también sigo y me intereso por el beisbol, el fútbol, el tenis, el fútbol americano... Correr es algo que sigo haciendo en la actualidad; más que algo que me motiva como escritor, lo tengo como una filosofía de vida. Cuando empiezo una tarea larga, por ejemplo, me imagino que se trata de un maratón. Y voy con paciencia, paso a paso, un kilómetro a la vez. Cuando me dicen que algo es muy difícil, siempre pienso: bueno, yo he corrido maratones; puedo con esto también. A veces, cuando no puedo resolver un problema, de la escritura u otra índole, salgo a correr. Es como mi consejero personal o mi terapeuta. Y así.


—El sentido del humor es inseparable en tu narrativa. ¿Es otra motivación para escribir?


—Sí, es como causa y a la vez efecto. Cuando pienso en algo que me resulta risible o gracioso, pienso que otro puede verle la gracia y lo cuento. Es lo que pasa habitualmente en la oralidad, con el chiste o la anécdota; sólo que yo lo hago por escrito. De igual modo, cuando lo cuento, me enfoco en aquella parte de la cuestión que me parece más graciosa y trato incluso de rematar la historia como un chiste. Aunque he tenido algunos relatos en los que el humor ha quedado como fuera de lugar (valga la metáfora futbolística).


—¿Cómo se inició tu vida de escritor?


—Desde cierta edad, más o menos en la adolescencia, me imaginaba llegar a ser alguien como Uslar Pietri (gracias a él definí mi vocación por el cuento); sin embargo, esto no pasaba de ser una fantasía como otras: ser el bajista de un grupo de rock como Iron Maiden o un jugador de baloncesto de la NBA. Dicho de otro modo, me imaginaba escribiendo, publicando, ganando premios, pero no escribía. Hasta que estuve en la universidad y me inscribí en un taller, dictado por Slavko Zupcic. En realidad, no me inscribí por el taller ni por el ductor, a quien no conocía (aunque después nos hicimos grandes amigos), sino por una chica que me gustaba y que nunca me prestó demasiada atención en realidad. Lo cierto es que en el taller tuve que escribir una reseña y luego un cuento y descubrí que sí podía. Así que mi vida de escritor se inició, como tantas otras historias, a causa de un desamor.


—¿Qué autores influyeron más en ti?


—Depende de la época de mi vida y el libro. Creo que en mis primeros cuentos (ya con toda intención de ser escritor) traté de parecerme un poco a Monterroso y un poco a Luis Britto García. Después dejé de lado lo fantástico y, tras haber leído casi toda la comedia humana, aspiraba a Balzac, y creo que lo he estado intentando, sólo que en una versión de miniatura: a través del cuento. Ahora que me ha dado por la novela, tengo como modelo un poco a Vargas Llosa y un poco a Kundera. También me atrae la sencillez de Hemingway. Confieso que me hubiera gustado parecerme a Borges, pero lamentablemente sólo puedo ser yo mismo.


—Escribir, en el fondo de todo, ¿es encontrarte con cierta felicidad de ser tú?


—Sí, como en pocas cosas en la vida. Es el único momento en que nadie te dice lo que debes hacer. Lo lamento por aquellos escritores que dicen que se deben a su público. Afortunadamente, conozco a muy pocos de mis lectores, de modo que no me concibo escribiendo para agradar a alguien que no sea yo mismo.



—¿Cuál ha sido tu sueño más preciado?


—Creo que he tenido varios sueños preciados, algunos de los cuales he abandonado; por ejemplo, lo de ser un bajista de una banda de rock o un jugador de baloncesto profesional (es en serio que lo quería, hasta estudié música). Por ahora creo que mi sueño más preciado tiene que ver no con logros personales, sino con los afectos: sueño con volver a estar con mi familia reunidos, otra vez. (Esta diáspora ha sido dura y cruel.) En cuanto a la literatura, tengo unas metas bastante ambiciosas, de colarme por allí en el cenáculo de la literatura venezolana con Uslar, Gallegos y demás.


—¿Qué parte de la vida no puedes explicar, qué se te escapa?


—La vida misma, la vida toda, su principio y su final. Incluso el centro de la historia; si tiene algún sentido, si hay alguna partitura o debemos permanentemente improvisar, como en el jazz, y sobre todo, qué hay cuando se termina el sonido y comienza el silencio final.


—¿Cuál es tu gran pasión?


—Escribir, definitivamente. Nada me absorbe tanto. El momento de escribir es el momento de no pensar en nada más. En cambio, cuando estoy haciendo otras cosas, sí pienso en lo que escribo. Normalmente cuando estoy trabajando, me apuro por terminar para poder escribir. Es como si estuviera impaciente por una cita con una novia. La literatura es mi amante. Es una pasión que no ha decaído en treinta años. Mi otra pasión, te parecerá curioso, es cocinar. Se me da bien, lo disfruto; soy el que cocina en casa.


—¿Estás muy cerca de ti o te mueves como si estuvieras en un lugar que no te corresponde?


—Yo creo que soy muy centrado, sistemático, disciplinado. A veces hasta un poco riguroso. He ido construyendo un espacio donde me siento bien y hasta se me parece, afortunadamente; digo esto porque me ha tocado permanecer bastante aquí. Me siento bien con lo que soy, con lo que hago; creo que poco a poco he empezado a parecerme al escritor que quería ser.


—¿Dónde vives? ¿Casa? ¿Familia? ¿Apartamento? ¿Perros? ¿Gatos?


—Vivo en casa, con mi esposa y el hijo de ella. Tiene quince años y presenta una condición (síndrome de Asperger). También ocasionalmente está mi mamá con nosotros. Vivo en una casa bastante grande; tiene como 240 metros, dos pisos, cuatro habitaciones, cuatro baños, garaje para dos carros, una terraza inmensa. Es como un regalo tenerla. Hay un perro aquí (Snoopy) y alimentamos a dos de la calle. También tengo dos gatas: Nikita y Pelusa. Y vienen a comer otras dos gatas más. Por cierto, ya que hablamos de esto, otro de mis sueños es tener un albergue para animales abandonados.


—¿Qué haces en esta etapa de peste y dramas?


—Trabajaba en casa ya desde hacía rato, antes que comenzara la pandemia. La cuarentena no me tomó tan desprevenido, creo yo. Además, desde siempre he sido una persona de hábitos un poco monásticos (por ejemplo, no bebo). Así que lo que más hago es estar en casa, trabajar escribiendo y escribir también por gusto (hoy llevo unas doce horas trabajando, mientras respondo estas líneas). Tengo un pequeño gimnasio aquí, en la terraza, para ejercitar. Pero a menudo salgo a correr, o en la bicicleta; leo mucho actualmente, casi tanto como en la adolescencia. Y de vez en cuando también tomo la guitarra para ver qué me sale.



—¿Cómo ha cambiado dentro de ti la ciudadanía en relación con Venezuela?


-Creo que recientemente hemos sufrido una doble conmoción: por el gobierno y por la pandemia. Yo trato de ser tolerante y mantenerme en buena relación con los unos y con los otros, es decir, con los simpatizantes del partido de gobierno y con los opositores. Sin embargo, creo que a algunos no les gusta la tibieza y preferirían que fusilara públicamente (con palabras) a los que no piensen como ellos. En fin, tengo la suerte de que siempre he sido poco sociable; una vez me dijeron que era un no ciudadano por no ocuparme tanto de lo inmediato sino de otros temas más vagos o generales. Yo creo que no puede uno andar rasgándose las vestiduras a cada rato, ni ponerse monotemático; lo que quiero decir es que si en persona, en lo que escribo a través de las redes sociales, no estoy a cada rato incitando a una revolución, no significa que esté de acuerdo o que sea un cómplice de lo que pasa. Y creo, por sobre todo, que somos algo más que esta crisis que nos agobia. De modo tal que también podemos enfocarnos en otras cosas de nuestra cotidianidad. Sin embargo, a la larga he ido como alejándome un poco de los muy radicales (de izquierda y derecha) o ellos de mí. Nos mantenemos en contacto con unos pocos, en un interregno suave, donde hay coincidencia sin confrontación. Es como Casablanca, pero en las redes sociales. Porque entre una y otra cosa, el ejercicio de la ciudadanía y la relación con los otros se ha reducido un poco a esto: un contacto virtual.


—¿Qué duele más hoy en día? ¿Qué te conmueve más?


—Como te mencioné antes, no tener a mi familia toda cerca reunida. Mis hermanas emigraron hace tiempo, porque sentían que no tenían oportunidades de desarrollarse profesionalmente. También me duele la gente. Hace unos días, estaba en el mercado, y una señora trataba de comprar algo y no podía, no tenía con qué. Cuando salí del lugar, ella me siguió y me suplicó que le regalara una naranja. Es algo para conmoverte. Una señora como mi mamá, que posiblemente sólo tiene una pensión... Lo más difícil es que uno no puede ayudar a todo el que quisiera. Lamentablemente, carezco de medios de fortuna. Gano lo suficiente, trato de ayudar, pero estamos limitados. Tenemos un techo que dice: hasta aquí, no más; tienes que pensar en sobrevivir mañana.




Un fragmento de Página roja

Cuando llega la comitiva lo recibe con golpes, escupitajos, insultos, enfermo, perro, maldito. Le rasgan la camisa, los pantalones, lo desnudan. El monstruo logra soltarse, correr, esconderse en unos baños. No hay más a donde ir. Allí se llena, se unta, se embadurna, de orines, de excrementos, de lo que consigue. Y se ríe y los mira y los reta:


—Si quieren me matan, pero no me voy a dejar violar.


Los presos se turnan para vigilar, para que no se escape, para mantener el asedio. Pasa un día, dos, tres. El monstruo tiene hambre, sed, sueño; siente dolor de cabeza, náuseas, desesperación; llora, gime, se arrepiente. Se levanta, decide salir, les dice:


—Pero no me vayan a matar.



https://letralia.com/entrevistas/2021/04/25/rafael-victorino-munoz/


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Rafael Victorino Muñoz. Fotografía de Sergio Gómez Antillano.



Rafael Victorino Muñoz

Docente y escritor venezolano (Valencia, 1972). Egresado de la Universidad de Carabobo (UC) en lengua y literatura y magíster en lectura y escritura de la misma institución, en la que además ejerce como profesor; es coordinador del Programa de Lectura y Escritura de la Secretaria de Educación del Gobierno Bolivariano de Carabobo. Ha participado como ponente y conferencista en diferentes eventos nacionales e internacionales, relacionados tanto con la literatura como con la lengua escrita. Ha publicado los libros de relatos Pre-textos (1996, Ediciones Separata de la UC), Alba para dos ciegos y otras maniobras (1997, Ediciones del Gobierno de Carabobo), Relatos (2004, Conac/Ministerio de Cultura), Retablos (2006, Monte Ávila Editores),“Olímpicos e integrados”(2012) y “Página Roja” (2017) así como el conjunto de ensayos Notas y digresiones (2000, Predios) y varios cuentos, reseñas y textos de prosa diversa, entre los que se incluyen trabajos de investigación, en diversas publicaciones periódicas: El Carabobeño, El Espectador, Letra Inversa, La Tuna de Oro, Predios, Candidus, Segmentos y otras. Ha obtenido los premios del concurso de cuentos “Salvador Garmendia”, de la Bienal “Simón Rodríguez”, del Certamen Mayor de las Artes y de la I Bienal Nacional de Literatura Rafael Zárraga (2011).

Es fundador del portal de literatura venezolana eldienteroto.org. (2021).

Tomada de Letralia

rvictorino27@hotmail.com

Twitter:@soyvictorinox


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José Pulido. Fotografía de Gabriela Pulido Simne


Poeta, escritor y periodista, nació en Venezuela, el 1° de noviembre de 1945.

Vive en Génova, Italia. 

En 1989 obtuvo el Segundo Premio Miguel Otero Silva de novela, Editorial Planeta. En el 2000 recibió el Premio Municipal de Literatura, Mención Poesía, por su poemario Los Poseídos. Ha publicado cinco poemarios y nueve novelas. Desde el 2018 el Papel Literario de El Nacional creó la Serie José Pulido pregunta y publica las entrevistas que ha realizado a creadores y artistas.

(Ha fundado y dirigido varios suplementos y revistas de literatura. Si se requiere información detallada sobre estas publicaciones, favor solicitarla a este  correo: jipulido777@gmail.com)

Forma parte de la Antología Por ocho centurias, XXI Encuentro de Poetas Iberoamericanos, Salamanca, España, entre otras. Ha sido invitado a festivales en Irak, Colombia, Brasil, Chile, España y Génova. Participó, en 2012, como invitado de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos que se celebran en SalamancaEn el 2018 y en el 2019 invitado al Festival Internacional de Poesía de Génova. 

Publicaciones más recientes:

El puente es la palabra. Antología de poetas venezolanos en la diáspora.

Compilación: Kira Kariakin y Eleonora Requena, para Caritas.

Poeti Uniti per il Venezuela, Parole di Libertà  (Poetas Unidos por Venezuela, Palabras de Libertad) publicado por Borella Edizioni, evento respaldado por la Associazione culturale Orquidea de Venezuela, con sede en Milán.

Poemario Heridas espaciales y mermelada casera editado por Barralibro Editores.


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Fray José Pulido: caballero poeta




RAFAEL VICTORINO MUÑOZ en el 2009: Ante la avalancha de textos publicados por el Estado venezolano el lector común necesita una orientación acerca de qué leer de ahí la existencia del plan nacional de la lectura 2002-2012 Todos por la lectura, y el Plan Revolucionario de Lectura




La enemistad secreta de bosques y bibliotecas en el Elogio del Libro







2016: LA UNIVERSIDAD DE CARABOBO DESTRUYE SUS LIBROS






JOSÉ PULIDO Y LA VELOCIDAD INVISIBLE.




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José Pulido: entre la magia y un pasado que regresa en palabras



PARA ORLANDO CHIRINOS EN NUESTRO CUMPLEAÑOS.

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Cuando Alberto Hernández fue un bebé Gerber

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POR SEÑAS

Un poema de José Pulido para Petruvska Simne





POEMA PARA EUGENIO

Un poema de José Pulido




sábado, 25 de abril de 2026

Walt Whitman, y el Flower power


Walt Whitman por Gaby D´´ ´Alessandro. Imagen tomada de aquí





TRIBUNA MARÍA JOSÉ LÓPEZ DE ARENOSA


Walt Whitman, icono hippie


Poeta de la joven democracia norteamericana, de la Guerra de Secesión –durante la que trabajó como enfermero voluntario–; de la naturaleza y de la ciudad, que recorrió confraternizando con tranviarios, carpinteros, vendedores, bohemios, cargadores, menesterosos y gentes de toda condición

01 ene. 2026 - 01:30

Walt Whitman en 1848


Una edición especial de Hojas de hierba, de Walt Whitman (1819-1892), fue el regalo navideño de Bill Clinton a Mónica Lewinsky durante su relación. Algo que, según las palabras de la entonces becaria en la Casa Blanca, significó mucho para ella. Tratándose del escritor que canta a la democracia y a la libertad, incluyendo la libertad sexual con versos muy explícitos, el regalito de marras tenía mucha miga.

https://www.instagram.com/p/DLYR-Y4BwRh/


Whitman es el arquetipo del americano hecho a sí mismo del siglo XIX, como lo fuera Benjamin Franklin cien años antes. Nacido en el entorno campestre de Long Island, su infancia rural y el traslado de la familia a Brooklyn, donde convivían granjas con los talleres de una incipiente industria frente a la isla de Manhattan, marcarían su amor a la naturaleza y su poesía urbana. Autodidacta, su avidez por la lectura y su afición al teatro y a la música le dotaron de una gran cultura, lo que le permitió ganarse la vida como maestro de escuela y periodista. Esta última condición, de reportero inquieto y gran observador de los problemas de la ciudad y sus gentes, le dio el profundo conocimiento de la sociedad de su tiempo que plasmaría en Hojas de hierba.


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https://m.youtube.com/watch?v=OzbSyS7lYM4


Considerado el padre del verso libre, que en España entraría de la mano de la Generación del 27, Hojas de hierba supuso una revolución estilística y temática, cuya influencia perdura hasta hoy. La ausencia de métrica y rima la compensa el poeta con un ritmo prosódico, aliteración y repetición dando a sus versos una gran musicalidad y, sobre todo, flexibilidad para una mayor expresividad y profundidad al no someter el fondo a la tiranía de la forma. Melómano y asistente habitual a la ópera en calidad de periodista, confesó que nunca podría haber escrito Hojas de hierba sin la emoción, arrebato e inspiración operística.


Poeta de la joven democracia norteamericana, de la Guerra de Secesión –durante la que trabajó como enfermero voluntario–; de la naturaleza y de la ciudad, que recorrió confraternizando con tranviarios, carpinteros, vendedores, bohemios, cargadores, menesterosos y gentes de toda condición. «Walt Whitman, un cosmos, de Manhattan el hijo,» dice en uno de sus versos.


Desconocido en el panorama literario, autopublicó Hojas de hierba con escaso éxito y duras críticas no solo por su revolucionario e incomprendido estilo poético, sino por sus referencias sexuales no siempre sutiles. Aprovechando sus contactos, publicó astuta y anónimamente críticas elogiosas a su propio libro titulando la primera de ellas, con descarado autobombo, «¡Por fin, un bardo americano!». Tuvo, además, audacia de enviar un ejemplar a Emerson (otro icono del movimiento hippie), respetado intelectual y escritor y principal figura del trascendentalismo americano. La elogiosa respuesta de Emerson ha pasado a la historia como la carta más famosa de la literatura norteamericana y situó a Whitman en el mapa literario de su época, pues no dudó en publicarla en el periódico neoyorquino Tribune sin permiso del autor.


El libro presentaba un daguerrotipo suyo con aspecto de un trabajador cualquiera de Brooklyn; con una mano en la cintura y la otra metida en el bolsillo de un pantalón de trabajo, camisa con el cuello abierto mostrando la camiseta debajo y sombrero de ala ancha. Una estética muy alejada de la de sus respetables contemporáneos, como Emerson o Longfellow, con sus levitas negras. Celoso de su imagen, el poeta demostró ser el mejor publicista de sí mismo.


¿Cómo se convierte un poeta del siglo XIX en icono y referente para los beat de los años cincuenta y del movimiento flower power hippie de los sesenta?

Flower power, de Bernie Boston. 1967.


Como Emerson, su padre literario, Whitman fue un estudioso de la filosofía hindú, que tanto influyó en el movimiento pacifista y contracultural beat, muy especialmente en Allen Ginsberg, y posteriormente en los hippies. Su poema Pasaje a la India ensalza la comunión entre hombre y naturaleza en un viaje espiritual y místico. El poeta se veía a sí mismo como apóstol de la democracia y la libertad, de la armonía entre pueblos y culturas, defensor de la mujer, de la abolición de la pena de muerte y de la esclavitud, de los desfavorecidos, de las mejoras de las condiciones laborales y consuelo de los afligidos. Un activista en el sentido moderno del término.

Imagen tomada de aquí.


Su Canto a mí mismo canta a la libertad, al cuerpo y al alma, a la naturaleza, a la solidaridad, al amor libre –incluyendo el homosexual–. Todo ello, impregnado del pensamiento trascendentalista americano, resultaba muy inspirador y sugerente para aquellos universitarios rebeldes, pacifistas y contestarios que se manifestaban contra la guerra de Vietnam y que expandieron su inconformismo por el mundo occidental.


Su poema A los Estados, no ha perdido vigencia:


A los Estados, o a cualquiera de entre ellos, o a una ciudad


cualquiera de los Estados, le digo: Resistid mucho, obedeced poco,


Una vez admitida la obediencia sin protesta, es la servidumbre total.


Una vez esclavizada totalmente, ninguna nación, Estado


o ciudad de la Tierra volverá a reconquistar su libertad.


María José López de Arenosa es filóloga y miembro de la Junta Directiva de la Asociación de Escritores y  Artistas Españoles


https://www.eldebate.com/opinion/tribuna/20260101/walt-whitman-icono-hippie_370332.html



Flower Power - La Historia A Través De La FOTOGRAFÍA
994 Visualizaciones desde el 30 mar 2022 hasta el 25 abr 2026



viernes, 24 de abril de 2026

Traje,Trujo y Trejo escondido en las palabras

 


OSWALDO TREJO, por VASCO SZINETAR


Trejo escondido en las palabras

Por Papel Literario

agosto 4, 2024 1:00 am



Por ÓSCAR RODRÍGUEZ ORTIZ


Elusivo, el Oswaldo Trejo persona real y tangible es casi tan difícil de aprehender como sus trabajosos y trabajados textos literarios. No es que sean “complicados”, que los hay peores en la literatura universal, sino que se niegan al rápido abordaje y retardan la costumbre de ‘intimidad’ con los hechos ficticios que poseen los lectores. Vamos buscando la “comunicación” y nos topamos con un jeroglífico. Mala recomendación para introducirlo. Como la publicidad que argumenta las curiosas bondades de su producto señalando ante todo sus impedimentos: el broche que no cierra de un solo movimiento, una mesa de dos patas, una taza de borde ladeado. Objetos absurdos a primera vista, por lo menos abstrusos, imprácticos. La descripción casi evoca la que se haría apresuradamente de Alicia en el país de las maravillas. El poeta argentino Raúl Gustavo Aguirre ha advertido contra las deficiencias de leer a Trejo para quedar absortos en la contemplación de sus audacias estilísticas, una de las causas de sus ‘problemas’, pues hay otras.



Rehúye, evita, sortea, esquiva, torea, se escapa, son sinónimos aplicables a la obra y al autor. ¿Guardará algún terrible secreto este hombre sociable y a la vez un poco misterioso que se presenta como ‘ingenuo’ para disimular su embrollo? Sus lectores de todos los tiempos, desde 1948 cuando publicó el primer libro, y no se diga desde 1968 cuando comenzó a llevar lo suyo a límites impensables, coinciden en aceptar que la ‘excepcionalidad’ de esa obra —por distinta— conduce a la experiencia común de tropezarse con ‘brumas’, ‘niebla’, ‘oscuridades’, una especie de capa u obstáculo que dificulta la captación de lo que ocurre. A retener para más tarde las dos fechas indicadas.



En sus cuentos hay un bobo que, por “idiota” en el sentido de capacidad intelectual, tergiversa los hechos; dos ancianas sordas que, desde luego, hablan inútilmente para no entenderse; el caballero de las barajas que, salido del papel, ¿es héroe de una epopeya o un simple ciudadano confundido ante el espejo? Safo en bicicleta como en los alegres cuadros de bañistas de Matisse; las cárceles de Piranesi; horror y complacencia en una cueva. Esto es: una obstrucción entre lo que pareciera estar representado y la representación. Que el mundo sea visto —o dicho— por un idiota y unas sordas a lo mejor se relaciona con la literatura del absurdo, tan característica de los años cincuenta y antes. Pero el bobo y Auradelia intercambian de sexo, uno se hace otro gracias a una habilidosa metáfora surrealista aunque propia de la literatura fantástica. Piranesi propondría pesadillas, torturas ante el espacio arquitectónico saturado, casi un espectáculo: una ‘locura lúcida’, deliberada. Todos los espejos de Trejo, y tiene muchos, lo mismo que los de buena parte de la literatura universal cuando están bien usados, predican el simbolismo o el conflicto de la identidad y el doble. Igual función parecieran cumplir los ‘cuadros’ y los autorretratos de sus libros. Significados en los que no se agotaría esta narrativa si se la quiere apreciar desde posturas filosóficas, psicológicas o sociológicas. Hay también en un cuento un arquitecto ‘loco’, un imaginero o suerte de demiurgo popular al estilo de Juan Félix Sánchez en los páramos andinos, capaz de hacer una ciudad de hierro a su imagen y semejanza: lo utópico —¿quimérico?— de edificios inverosímiles semejantes a algunas construcciones verbales de Trejo; construcciones que crean un espacio sagrado; textos que hacen lo propio: sancta sanctorum de complicada penetración, cuya clave hace un poco de burla a las apuestas interpretativas. Es de observar que sobre este mismo tema del artesano demiurgo, muchos años después de Trejo, Peter Weiss escribió un relato sobre el cartero Cheval, quien en sus ratos libres y con manía de artista hizo un monumento particularísimo e impráctico. Locuras o absurdos. ¿Ionesco o Faulkner si se piensa en el proceso interior del bobo en el cuento “Escuchando al idiota”? De hecho Faulkner comienza una de sus novelas con la conocida cita de Shakespeare: la vida es una aventura insensata contada por un idiota. Dice Borges que de los significados filosóficos del poeta inglés se pueden sacar ‘mensajes’, o sencillamente estar atentos al rumor de sus palabras. Tarea escéptica la de vaciar los libros de derivaciones morales o trascendentalistas para colocarnos en la vía de lo que la crítica ha detectado más en Trejo; que se está ante un acontecimiento de las palabras, que estas funcionan en los textos particulares, en la unidad del libro, en el conjunto de la obra, con autonomía: una libertad que puede volverlas locas, pero que jamás les permite el libertinaje pues están autocontroladas. “Tendría que esperar las siguientes palabras —se dice en un cuento de Trejo—, reclamarlas si tuviera algún interés en el amor. Tendría que hacer deducciones, barajar todas las palabras, hacer solitarios. Habría que tomar en cuenta para el juego la confusión del sonido de las palabras , de sus grafismos, de sus significados, porque ellas también deben tener un acaecer extraño dentro de ti, sufrir grandes y variadas transformaciones”. Ellas mandan, no los personajes, situaciones, tramas, etc.


El arquitecto ‘aficionado’, el jugador de cartas, tan presente en sus libros, los intelectuales que se reúnen para inventar palabras, a lo mejor singularizan la manera de escribir de Trejo: paso a paso, frase por frase en un edificio verbal cuyas columnas y ladrillos resultan exclusivamente palabras. De las escasísimas declaraciones que el autor ha dado sobre su obra, acaso pueda retenerse como recomendación única que, así como escribe palabras, se debe leer deletreando. Más que una lengua inventada, ‘nueva’ con respecto al castellano literario o al contexto de las letras venezolanas —tendría un parentesco con las posiciones de Ida Gramko, Antonia Palacios o Alfredo Silva Estrada, tan distintos entre sí y de Trejo—, se trata más bien de una lengua ‘imaginada’, algo así como ‘ideal’: desfigura, ‘corrompe’ el idioma y la sintaxis, cambia de lugar o elude las conexiones lógicas. ¿Una lengua que parodia el idioma, hace chistes a su costa o inocentemente tuerce? En algunos casos prescinde del artículo que haría ‘normal’ la frase y la pone a cojear para que luzca el trastabille; puede suprimir también los verbos activos o pasivos valiéndose exclusivamente de gerundios y participios hasta lindar con lo ‘imposible’ y lo extravagante. Todo para hacer de ellas otra cosa: no dejan de ser palabras, pero desean no parecerlo se acercan poco a las acostumbradas. En algunos momentos semejan palabras, pero a lo mejor no lo sean si se atiende a la manera como están colocadas en las páginas del libro. Puede pensarse al respecto en algunos de los cuentos del volumen Al trajo, trejo, troja, trujo, treja, traje, trejo que deben ser ‘vistos’ más que ‘leídos’: las palabras tachadas en el relato “Memorandum para cuando vuelva Dante” hacen que el ojo lector trabaje el doble. Pero se encuentran también las frases peculiares. “El cuarto en el que nadie adentro” que resulta por cierto una de las expresiones menos felices de sus libros. “En semejante trance, con la mirada pidiendo disimulación, apurando despedida silenciosa, alejando el caballero”. Llega a ser una de las construcciones comunes. “Entrando por las cada vez más puertas” se leen, tres ejemplos entre miles, en cuentos publicados después de 1980 y, aparte de las novelas, tal vez sea posible rastrearlos antes no sólo como síntomas estilísticos. Como las barajas o el tarot, no están en su obra para adivinar el futuro del logos sino el azar del verbo. Lo mismo que los diccionarios y repertorios de palabras: no le importa su semántica, es decir, lo que significan, incluso cómo significan. Son recursos usados antes por el culteranismo y las vanguardias: el invento ocurre dentro de un patrón de invención aunque en el marco de la literatura venezolana Trejo luzca exclusivo.

Una imagen algo borrosa, como la que resulta de una cámara fotográfica intencionalmente desenfocada. Vasco Szinetar le ha hecho varios retratos, el más audaz muestra la cara de un Trejo superpuesta a sus mismos rostros. No ha querido ‘fotografiarlo’ del ‘natural’ sino acaso presentarlo en lo que su obra tiene de negativa a la ‘representación’ ¿Una lectura ‘cubista’ ojos debajo de la nariz o dobles ojos? Quizá en libre asociación, ese retrato evoque el cuadro Desnudo bajando la escalera de Marcel Duchamp. Sólo que la vibración y el movimiento de Duchamp y Szinetar no dicen que en el escritor venezolano lo que se desfigura y elude, se ‘congela’. Narrativa que tiende a coagular el tiempo y el espacio, a volverlos irreales. ¿Dónde pasan los hechos, a quiénes ocurren?, ¿cuándo? ¿Tiene esto importancia? Desde luego, muchos lectores han terminado por pensar que la coagulación es algo próximo a lo inhumano: no se está, dicen, ante una literatura ‘vital’, apasionante por su implicaciones humanas, asible por sus significados psicológicos, ontológicos, sociales, etc. Pero este congelamiento no es como el de Beckett: las palabras pueden llegar a ser totalmente irreales en ambos, en las novelas de Trejo su delirio puede causar la angustia de la lectura que busca la dirección de ese torbellino, pero no pareciera haber la cerrazón fatalista del irlandés. El Ecce homo en tanto personaje puede llegar a ser triste o extravagante, jamás es un detritus.

Personajes, acciones narrativas, lugares cuando los hay. Que los hay y el lector detecta como el único trofeo que puede rescatar de sus esfuerzos —el barrio de Catia en los años cuarenta, una aldea posiblemente andina, un apartamento romano decorado a la manera posmodernista de los años cincuenta, la calle por la que pasa una manifestación estudiantil, los diablos de Yare metidos en el infierno de Dante, una ciudad fantasmal, vecinos ruidosos— se volatilizan y tienden a perder consistencia.

Andrés Mariño Palacio. Ilustración de Orlando Oliveros

Sin embargo, Trejo también es hijo de su tiempo, no es un Dorian Gray inmutable respecto a su propia obra y a los libros ajenos. Su narrativa ha ‘evolucionado’ y la primera es distinta de la posterior aunque ya la anuncie. En ambos momentos, una negativa a la anécdota ‘bien contada’, esto es, a la tradición de contar. Los esfuerzos de la crítica por meterlo dentro de la historia literaria del país, intentos de analogía, han señalado que a fines de los cuarenta se incorporó a las renovaciones buscadas por el grupo Contrapunto. Trejo sostiene sin embargo que él llegó de último y más bien fue una especie de discípulo que protagonista: estaba al lado, no en el corazón del asunto, al igual que le ocurrió con experiencia de pintor. Quizá siempre ha trabajado al margen, paralelamente, al borde, en la proximidad, sin encontrarse por completo en medio de lo estéticamente definido. Indefiniciones que provenientes del exterior han acabado por dar a sus narraciones ese aire único, que procede de lo interno. Lecturas internacionales y ‘modernas’ que propagaba el joven maestro Mariño Palacio. Acaso de allí saldría la tradición contemporánea del cuento venezolano enredadísimo. Es decir, en la literatura del país lo que predomina, y Trejo no sería excepción al respecto, es “el cuento que no parece cuento”, según el modo ideal de ese género, el cuento “mal hecho”, deliberadamente distorsionado por la superposición de planos y el abultamiento de otros factores sobre su anécdota. Incluso, cosa propia de finales de los cuarenta en Venezuela, una cuentística llena de adjetivos, que Julio Miranda ha caracterizado como literatura ‘seudo’: conseguir la cosa por el artificio.




De Trejo señala sin embargo este mismo crítico que en sus libros iniciales no se trata de crear ‘metáforas’, lírica a lo poético, sino que los cuentos mismos, en su totalidad, son metáforas. Se podría completar la observación añadiendo que Trejo pretende hacer de las palabras acaso metáforas de las artes plásticas, su primera actividad y cultura para, posteriormente, hacer de sus textos algo así como una metáfora de los ideogramas, ‘escritos en chino’, ‘incomprensibles’. Doble negación, literaria y pictórica de la tradición inmediata y sofocadora de lo criollo y el paisajismo de las perspectivas o el claroscuro mediante la emoción de los cuadros abstractos y no figurativos. En algunos cuentos iniciales de Trejo hay una especie de abstracción naif o naturalezas muertas a lo Georges Braque. Sus compañeros de la escuela de Artes Plásticas se encontraban también en el mismo dilema: todavía en esa época, Soto, Cruz Diez, Alejandro Otero, Mateo Manaure o González Bogen pintaban desnudos académicos, paisajes, motivos criollos, pero habían comenzado a verlos con otros ojos. En libros siguientes aborda también temas más ‘realistas’, incluso ‘costumbristas’, particularmente en el volumen Cuentos de la primera esquina.

Contra toda especulación cronológica y de orden evolutivo este libro es de 1952, si bien pareciera pertenecer por su modo a otra época anterior del autor y de la literatura nacional. Es la misma incertidumbre o evolución del ‘espíritu moderno’ que hace cambiar a Guillermo Meneses de “La balandra Isabel” a “La mano junto al muro”, dos cuentos modelos y magistrales de la literatura del país. En Trejo, es necesario insistir, existe una sistemática —una convicción estética que se traduce en un preciso ‘sistema’ o conjunto con sus ‘métodos’— voluntad de negarse a contar: cuentos que pueden ser fácilmente anecdóticos, otros simbólicos y hasta alegóricos, todos en perspectiva de elusión y toreo. Así mismo están los cuentos “Escuchando al idiota”, “Aspacia tenía nombre de corneta” y “Horas escondido en las palabras”, tres esenciales para su perspectiva, que comienzan a cumplir su modo último y definitivo. ¿Lo anuncia o lo realizan ya?

Pero como su producción más peculiar cristaliza a partir de 1968 con la novela Andén lejano, la crítica ha tratado de vincularlo a la generación de los sesenta. Su relación estaría en esa atmósfera de novedades, de definición de la contemporaneidad como censura del pasado artístico inmediato, tendencia “cubista” y abstraccionista de los años cincuenta, que él cumple luego. Lo moderno es inconformidad y sensación de insuficiencia, de lo anterior, aparte de novelería. Trejo tendría entonces un aire ‘moderno’ que no tiene de pronto algún narrador muy joven. Aquí se atraviesan las pugnas estéticas entre distintas artes, figurativas o no, irreconciliables. Una califica de tradicional y decimonónico —o criollista— todo lo que cuenta y narra; la otra asegura que toda innovación o es formalismo o es simple jueguito. La de Trejo no es una ‘antinarración’ o trabajo hecho ya contra algo, sino que definitivamente se sostiene por sí mismo y acaso guarde algún parecido con la literatura sin ser aliteratura. Por eso el lector suele verse obligado al esfuerzo supremo de ‘adivinar’, lo que pasa en sus cuentos, pelea en lo que se discute además si son las capacidades perceptivas o del lector las que fallan, si el autor no ha llegado a ‘explicarse’, o es de aquellos que pertenecen a la categoría del ‘no me dice nada’.



Al cordial Trejo se le consigue sin embargo y sin problemas en un café de Sabana Grande, en la exposición de una galería de arte, en un acto oficial, en el bautizo del libro raro de un poeta desconocido, o en esos pomposos homenajes que se brindan a los ‘personajones’. Tiene una intensa vida social que por momentos hace pensar en el don de la ubicuidad si en el mismo día se coincide varias veces con su apretada agenda. Está en todas partes con sus ropas juveniles y sus ‘bleizeres’ de funcionario: pareciera accesible y al alcance de todos. Nada menos cierto. Si un lector espontáneo y de buena fe llega hasta él con una duda acerca de sus libros, por lo regular se lleva la insatisfacción de oírlo cambiar amablemente de tema. La insistencia no lo ablanda o disimula el halago de la solicitación. Debe ser hábito adquirido en el ejercicio diplomático ese de salirse por la tangente y quedar amigo del interlocutor a quien recompensa con el relato de una situación graciosa, de una anécdota inesperada y de ortodoxia narrativa —planteamiento , nudo, desenlace, incluso ‘intriga’, ejes del cuento tradicional que él no practica en sus libros— ciertas agudas observaciones sobre hechos y personas. También, si por casualidad se ve obligado a pronunciar un discurso, sortea el compromiso con la brevedad distanciada de quien apenas cumple un deber de buena educación. Los periodistas no lo suelen buscar, o lo hacen en vano porque, contrariamente a ciertos autores nacionales o extranjeros que se mueren por declarar, disimula con los sucedidos de sus peripecias vitales, sus modestos oficios de policía, jefe de una cochinera, fabricante de queso, vendedor de seguros: ¿un Chaplin que trata de pasar inadvertido y se protege con la desatención? En fin, elude los pronunciamientos éticos y estéticos a los que son tan proclives los escritores. Hacerlos es para aquellos no solo afirmar su personalidad sino tener la sensación de estar viviendo. Trejo no acostumbra a explayarse y acaso se resigne a decir, como todos, lo común cuando conversa. ¿O pretenderá negar con su actitud la tortura romántica del escritor sufrido, la soledad del escritor, la soledad del escritor a quien nadie comprende? De hecho, Trejo como que no se deja seducir por la mundana tentación de ‘darse a conocer’, ganar los favores del público, ‘lucirse’, o aclarar de viva voz los ‘misterios’ de sus libros. Podría suponerse que es por desdén, tal vez, mejor, por timidez o modestia, es decir, a causa de virtudes de índole psicológica o moral, cuando más bien resultan convicciones estéticas. ¿Para qué todo ese alboroto cuando un hombre hace lo que le da la gana? Por más de cuarenta años Trejo ha escrito indiferente a la ‘gloria’ del qué dirán.

Acaso también esa dificultad de no poder descubrir rápidamente la etiqueta que revele los ‘secretos’ de la vida y de las obras elusivas tienda a poner las cosas en su punto, en el plano de las estéticas que discuten si las obras literarias o plásticas representan la realidad, dicen el mundo o postulan uno equivalente. Comenzando por lo más evidente: de qué manera ellas quieren contradecir nuestro modo ‘natural’ de abordarlas. Su ‘rareza’ y dificultad recordaría el procedimiento con el que Ortega y Gasset se situó ante el arte que era ‘nuevo’ en los años veinte: “Cuando a uno no le gusta una obra de arte pero la ha comprendido, se siente superior a ella y no ha lugar la irritación. Más cuando el disgusto que la obra causa nace de que no se le ha entendido, queda el hombre como humillado, con la oscura conciencia de su inferioridad que necesita compensar mediante la indignada afirmación de sí mismo frente a la obra”.

Al contrariar el modo natural con que parecen venir las cosas hasta los hábitos del lector, la crítica no ha faltado a otra cita estética: equipararlo con los procesos ‘anómalos’ mediante los cuales las artes del siglo XX se han definido contra la tradición. Ruptura por la audacia o el desafío, por desconfianza hacia los recursos anteriores cuyos resultados eran los esperados. “Surrealismo”, “letrismo”, experimentalismo son nombres que más o menos se convocan con respecto a Trejo por lo que pueden tener de analogías con su extraño arte. En los cuentos de 1948, de hecho, flota la imaginería surrealista de un entorno cultural que todavía entonces pensaba que esa posición era una vanguardia. “La puerta se estremece. Hay carne pegada del candado y pedazos que le cuelgan. Todo él es una creciente desmadejada y el doble pecho tiene huecos sin llenar”. Nadie dejaría de evocar a Dalí ante semejante visualización metafórica por no hablar de ejemplos poéticos. En efecto, en el libro Los cuatro pies ocurre toda una demostración visual con concesiones al paisajismo pero en una atmósfera interior de supuestas imágenes oníricas. Inconsciente que algunas veces linda con la ‘ingenuidad’ técnica señalada por Orlando Araujo. Depósito de seres, libro de 1963, tal vez tenga que ver con ese sentimiento de la nota o taedium vitae tan peculiar de los años cincuenta. Muchas veces la palabra que niega se ve obligada a pasar por trivial para hacerse ‘significativa’ porque propone una cotidianidad laberíntica, absurda. Sobre el probable ‘letrismo’ de Trejo —el juego fonético se le parece— no hay sino que ver la ‘combinatoria’ de sus construcciones verbales más frecuentes para concluir que no salen de un sombrero agitado. Su relación se encontraría mejor situada si se lo piensa vinculado al ‘concentrismo’ cuando se ‘miran’ sus novelas. Los textos no nombran las cosas o el mundo, son artefactos en sí mismos. O la difícil ‘partitura’ de páginas y páginas de poesía a lo Mallarmé en la novela Andén lejano, el andamiaje poético de Textos de un texto con Teresas, que provocaría alguna relación con el ‘textualismo’ de los estructuralistas. Un artefacto visual dirigido a los ojos pero también a otras experiencias sensibles, la de lo gráfico: las ideas que se hacen visuales, independientemente de su cualidad de ser comprensibles para otros. Rápidamente se piensa en la angustiosa acumulación de decorados y hechos como ‘insignificantes’ que ocurren en la película El año pasado en Marienbad de Resnais. O la jocosa transcripción gráfica que En mientras octubre afuera se hace del popular estribillo “palo, palo, palo, palo, palito, palo é, é, é, palo, palito, palo, é”, mediante estos garabatos, como planas de escolar: ////// é é é é /// é. Son como los trazos dirigidos hacia el momento en que una escritura verdaderamente dificultosa lo es en su esencia: no existe para ser ‘legible’, ‘entendida’, sino tal vez para ser particularmente ‘visible’.




Cine - ALAIN RESNAIS «EL AÑO PASADO EN MARIENBAD»

Semejantes aproximaciones acaban casi siempre en la otra etiqueta que sin remedio se encola sobre Trejo: una narrativa ‘experimental’. “Les anticipo —dice alguien en el cuento “Horas escondido en las palabras”— que habrá de copiar cuarenta y dos preposiciones, doce adverbios, cincuenta y cinco artículos, ocho conjunciones, doce pronombres, dos contracciones… Los jugadores solamente podrán disponer de una interrogación de veinte puntos, veintidós comas, cinco puntos suspensivos, cinco guiones, un punto y coma, y dos palabras que les dicte”. Apenas se va a destacar el lado material o físico que evoca las tareas que se imponen los artistas experimentales que a la manera de los practicantes de la música electrónica, colocados ante frases de las que ignoran su naturaleza, las estudian empíricamente para hallar sus posibilidades desconocidas, trabajo en el que inventan las normas en el mismo momento en que las están haciendo. Se observará que las numerosas comparaciones tienden a vincular a Trejo con realidades artísticas que no son exclusivamente literarias. Consérvese entonces el concepto de analogía: lo que en parte es idéntico y en parte distinto. De allí las muchas referencias a las artes plásticas que en esta lectura no deben tomarse sino como alusiones sin propósito de rigor. Experimentalismo que según ha aclarado Julio Ortega es predominantemente ‘festivo’, es decir, no se hace por medio de técnicas matemáticas, cálculos y reglas establecidas, sino que nacen así porque sí. Sólo una deliberación o postura inicial que el mismo Trejo ha ‘confesado’: no le interesa el cuento que se puede relatar oralmente, busca únicamente el que se reelabora y escribe palabra por palabra, dice él que sin saber lo que vendrá en la frase siguiente. Intención a la que terminan por ajustarse los lectores cuando para ‘gustarlo’ son trasladados al arte primigenio de deletrear. Terminado el proceso primario se preguntan si semejante acumulación de palabras no predica el silencio. Dos posturas ha tenido la crítica frente a esa constancia del autor. Una sostiene que no hay nada más allá de las palabras y en ellas concluye el esfuerzo de seguirlas y adivinar la trama que inexorablemente contienen escondidas. Otra afirma —ha dicho Juan Liscano, por ejemplo— que en esos trozos hay como la grafía del arte islámico: saturan el espacio porque tienen prohibida la representación del mundo. Un dogma y una fe. Tales lecturas, dispararían asimismo el texto hacia la ontología del silencio —callar es mucho más que decir— o a lo mejor hacia el origen de todas las escrituras: el carácter pictográfico que muestra una forma más que un nombre, un objeto, un mundo.

*Ensayo publicado originalmente en el libro Hacer tiempos, publicado por el Fondo Editorial Fundarte, Venezuela, 1995.