miércoles, 25 de marzo de 2026

En contra de la Enshittification de Internet y a favor de las comunidades organizadas alrededor de intereses compartidos

 


DESIGN BY JASON SPEAKMAN. Imagen tomada de aquí.






EDITORIAL


La estafa de lo transaccional

Escrito por Ángel L. Fernández Recuero




Antes de que existiera internet, existían las sociedades científicas. Los hombres —y algunas mujeres, cuando se les permitía entrar— que poblaban la Royal Society o la Académie des Sciences del siglo XVII no publicaban sus hallazgos para monetizarlos ni construían una audiencia pensando en sponsors futuros ni en colaboraciones con marcas de telescopios. Publicaban porque el conocimiento, en su concepción del mundo, era un bien que se multiplicaba al compartirse. Antes de las KPI las personas eran felices.

Newton y LeibnizImagen tomada de aquí


La correspondencia entre Newton y Leibniz, por muy envenenada que estuviera de rivalidad y acusaciones apenas disimuladas de plagio, respondía a una lógica que hoy resulta casi incomprensible. La del trabajo intelectual con una dimensión inherentemente comunitaria. La de la idea que no termina de existir hasta que circula, hasta que alguien más la lee, la refuta o la mejora. El ego estaba ahí, desde luego, con peluca y alianzas. Pero operaba dentro de un marco donde el reconocimiento se ganaba contribuyendo al acervo común, no extrayendo valor de él ni convirtiéndolo en marca personal con newsletter semanal.



Esa misma lógica, traducida al lenguaje digital y accesible a toda la ciudadanía, fue la que animó a ese primer internet que tan bien se narra en la serie Halt, catch and fire Los grupos de noticias de Usenet, los primeros foros, las listas de correo temáticas, la cultura del hipertexto en sus años formativos y el IRC, todo aquello funcionaba sobre el mismo principio que había sostenido a las sociedades científicas durante siglos. Se compartía porque compartir era el mecanismo por el que el conocimiento crecía. Se enlazaba porque el enlace era un gesto de generosidad intelectual y no una estrategia de SEO para dopar nuestro pagerank. Se comentaba porque la conversación era, en sí misma, el objetivo y no un medio para aumentar la retención.


Halt and Catch Fire - Tráiler | Filmin

https://m.youtube.com/watch?v=oKxZP-bP5Ww



No había algoritmo que premiara la viralidad ni panel de analítica que midiera el alcance de tu brillante comentario sobre sistemas operativos. No había métricas que convirtieran la atención en divisa negociable. Había, simplemente, gente que encontraba en ese espacio algo que no encontraba en ningún otro lado. Una comunidad organizada alrededor de un interés compartido, sin porteros, sin intermediarios, sin nadie tratando de venderle nada o, al menos, sin que eso fuera el centro del asunto.


Tiempo después, en un momento difícil de fechar con precisión pero fácil de reconocer en retrospectiva, ese espíritu forjado en la red primigenia empezó a cambiar. No fue una revolución con manifiesto y fuegos artificiales. Fue una lenta infiltración de lógica contable en espacios que hasta entonces funcionaban con una gramática distinta. La del intercambio simbólico, la del regalo, la de la comunidad que comparte porque compartir es, en sí mismo, el punto y no porque haya un plan de monetización al final del túnel.


Aquello que los primeros teóricos de la web llamaban con cierta ingenuidad «economía del don» tenía sus limitaciones, sus jerarquías implícitas y sus propias vanidades —como bien saben los que se topaban con un wikipedista con mal café—. No era el Edén digital pero tenía algo que el ecosistema actual ha perdido casi por completo: altruismo. Los foros, los blogs, las primeras redes sociales funcionaban sobre una moneda que no era el euro ni el dólar sino el reconocimiento, la pertenencia, la reputación ganada a pulso en una comunidad de iguales que, como todas, podía ser insoportable y fascinante al mismo tiempo.



Subías algo porque querías compartirlo. Enlazabas porque te parecía interesante. Comentabas porque tenías algo que decir y porque, milagro, alguien podía responder con argumentos y no con .un avatar sonriente de tu cara con el pulgar levantado. La idea de que ese gesto pudiera medirse en un panel de métricas y convertirse en ingreso recurrente habría sonado, entonces, a ciencia ficción distópica o a capítulo rechazado de Black Mirror.



La transformación que se ha dado a lo transaccional tiene nombre y apellidos. Se llama «creator economy» y ha conseguido algo tan notable como colonizar el lenguaje del activismo cultural para describir lo que en realidad es la más clásica de las relaciones laborales precarizadas, pero con filtro. El influencer, el creador de contenido, el newsletter writer, el podcaster con Patreon, todos ellos han interiorizado que su presencia en línea es un activo económico que hay que gestionar con la misma frialdad con que un empresario gestiona su cuenta de resultados. Y con la misma ansiedad.


La audiencia ya no es una comunidad. Es capital. Los seguidores no son interlocutores. Son clientes potenciales, miembros de un tier, objetivos de conversión. Cuando alguien habla de su «embudo de ventas», de su «ARPU», de la «retención» de sus suscriptores, no está describiendo una relación humana ni una conversación estimulante sobre el Principio de Peter. Está describiendo un entramado de extracción. Y lo peor no es que esa infraestructura exista, sino que haya sido vendida como emancipación. Como si monetizar tu tiempo libre fuera libertad y no, precisamente, la abolición de la última frontera donde el tiempo era tuyo y no una oportunidad de negocio.


La llamada «sharing economy» completó el trabajo por el otro flanco. Uber, Airbnb y su progenie prometieron un mundo de intercambio entre pares, de recursos compartidos, de comunidad horizontal, casi de fraternidad con tarifa dinámica. Lo que entregaron fue algo bastante más banal. Mercados de trabajo precario gestionados por algoritmos, donde cada gesto de «compartir» se factura, se puntúa y se convierte en materia prima para el negocio de una empresa que cotiza en bolsa. La retórica cooperativa fue el envoltorio. La extracción de valor, el producto. El abrazo, con comisión.


Pero quizás el giro más profundo, y el más silencioso, es el que ocurre cuando ni siquiera hay transacción visible. Cuando algo es «gratis». Porque en el ecosistema actual, gratis no significa sin coste. Significa que el coste es opaco y diferido, como esas condiciones que nadie lee pero que todos aceptan con entusiasmo automático.


Cada like, cada comentario, cada segundo de atención sostenida alimenta modelos algorítmicos que generan beneficio para la plataforma de maneras que el usuario no ve, no entiende y, en la mayoría de los casos, no ha consentido de forma informada. El usuario cree que está participando en una comunidad vibrante cuando en realidad está trabajando gratis y feliz en su ignorancia.




Este proceso tiene un nombre que se ha popularizado en los últimos años. Se le llama Enshittification (mierdificación en la lengua de Cervantes) El término fue acuñado hacia 2022 y 2023 por Cory Doctorow, escritor de ciencia ficción, periodista y activista canadiense-británico especializado en derechos digitales y enemigo acérrimo de los oligopolios tecnológicos. Doctorow, vinculado durante años a Boing Boing y a organizaciones como la Electronic Frontier Foundation, lo utilizó para describir el ciclo por el cual las grandes plataformas digitales se vuelven progresivamente peores para todos los actores implicados a medida que priorizan la extracción de valor económico. Primero son generosas con los usuarios para crecer. Después favorecen a los clientes que pagan. Finalmente, cuando ya tienen suficiente poder de mercado, exprimen a ambos lados y degradan el servicio mientras maximizan beneficios. Eligió una palabra deliberadamente malsonante para romper la neutralidad del lenguaje empresarial y dejar claro que no se trata de pequeños fallos, sino de un modelo diseñado para producir esa degradación.




Frente a todo esto, sobreviven algunas aldeas irreductibles que merecen ser nombradas no como curiosidades arqueológicas sino como prueba de que otro modelo es posible y, de hecho, lleva décadas funcionando con dignidad tozuda. Un digno ejemplo es Menéame, el agregador de noticias ideado por el bitólogo Benjamí Villoslada y su amigo Ricardo Galli, que ha cumplido veinte años sin haber sido comprado, vendido ni rediseñado para optimizar el engagement hasta la extenuación. Este portal sigue operando con una lógica de votación colectiva que recuerda más a una asamblea de lectores que a un producto tecnológico de Silicon Valley con quinoa en la nevera.


QuinoaImagen tomada de aquí.


No hay algoritmo opaco decidiendo qué ves. Hay usuarios que votan lo que les parece relevante y una comunidad que, con todas sus peleas internas, sus ironías excesivas y sus sesgos propios, sigue siendo reconocible. También está Reddit, en sus subforos más especializados conserva todavía destellos de aquella cultura original, aunque la empresa lleve años intentando aplanarlos en favor de la monetización con la delicadeza de una excavadora. Los wikis temáticos, los foros de hardware, los espacios de fanfiction, ciertas comunidades de jugadores de rol por texto, todos ellos son territorios contralgorítmicos donde la participación sigue midiendo su valor en moneda simbólica y no en conversiones trimestrales.


Lo que tienen en común estos espacios es significativo. Son feos. Son difíciles de usar. No tienen aplicación móvil optimizada ni notificaciones diseñadas para crear dependencia con la precisión de un laboratorio conductista. No tienen un equipo de producto trabajando para maximizar el tiempo de sesión con gráficos ascendentes en pantalla gigante. Y precisamente por eso sobreviven como espacios donde ocurre algo parecido a una conversación real, donde el conocimiento acumulado en un hilo de diez años tiene más valor que el post viral de esta mañana que ya nadie recuerda.


Son, en ese sentido, los herederos directos de las sociedades científicas del XVII. Comunidades organizadas alrededor del interés genuino, sin porteros que cobren entrada y sin la obsesión constante por convertir cada interacción en flujo de caja.


Debemos también poner de manifiesto que hay una dimensión de este problema que va más allá de las malignas plataformas y los modelos de negocio basados en algoritmos opacos. Tiene que ver con algo más profundo de la cultura contemporánea y es que vivimos en una sociedad que publica más libros que lee, que produce más contenido del que es capaz de consumir. El narcisismo no es una patología individual que algunos usuarios padecen por exceso de selfie. Es la estructura misma que el ecosistema transaccional ha construido y premiado sistemáticamente durante dos décadas con eficiencia admirable.


La lógica del creador de contenido es, en el fondo, la lógica del escritor que publica su libro sin haber leído los de los demás —ahora con la IA puede que ni el suyo—, del conferenciante que solo asiste a las charlas donde habla él, del intelectual que tiene opiniones sobre todo y curiosidad por nada porque la curiosidad no escala bien. Lo que las plataformas han hecho es industrializar ese impulso y hacerlo rentable. Han construido una infraestructura perfectamente diseñada para premiar la emisión y penalizar la recepción, para recompensar el publicar y no el leer, el hablar y no el escuchar, el producir y no el pensar.


El resultado es un ecosistema de púlpitos saturado de voces que publican en substack obligadas a revisar las métricas para ser víctimas del autoengaño. Miles de podcast que no son más que conversaciones entre amigos que se quieren hacer los interesantes. Teselas infinitas de fotografías para conforman un album de nuestro superyo. Todos son espacios donde la atención es el recurso más escaso y nadie quiere gastarla en los demás porque todos están demasiado ocupados reclamándola para sí mismos con la convicción íntima de que lo suyo es imprescindible para el destino de la humanidad.


Esto no es un accidente. Se trata de diseño, de la evolución del conductismo al neurohacking. Una plataforma que premiara la lectura profunda, la conversación sostenida, el cambio de opinión razonado, no tendría métricas que vender ni titulares sobre crecimiento exponencial. No generaría el tipo de engagement que los anunciantes compran con sonrisa corporativa. La economía de la atención necesita producción constante, no reflexión. Necesita reacciones, no argumentos. Necesita que todos sean emisores todo el tiempo, porque los receptores no generan datos suficientemente valiosos ni titulares para inversores.


Lo más revelador es lo que ha pasado incluso con los espacios de resistencia. La gratuidad ya casi nunca es inocente. Cuando alguien da algo gratis en internet en 2025, la primera pregunta que se hace el receptor, entrenado por años de exposición al ecosistema, es «¿qué quiere a cambio?». El regalo se ha vuelto sospechoso. La generosidad necesita explicación, nota al pie y modelo de negocio adjunto. Dar sin esperar algo a cambio se ha convertido en una postura que requiere justificación, casi en un acto de rebeldía que debería cotizar en bolsa.


Eso es lo que se ha perdido, y es más de lo que parece. No es nostalgia por una web que tampoco era el paraíso que la memoria tiende a construir ni por unas sociedades científicas que excluían a la mayoría de sus contemporáneos con elegancia protocolaria. Es la constatación de que cuando toda interacción se piensa como potencial transacción, algo se rompe en la textura misma de lo social.




Los miembros de la Royal Society no necesitaban un algoritmo para saber que valía la pena compartir lo que habían descubierto, aunque algunos necesitaran reconocimiento y retrato oficial. Lo sabían porque habían leído a los que vinieron antes, porque participaban en una conversación que los superaba y que esperaban que los sobreviviera, algo difícil de medir en términos de conversión pero sorprendentemente eficaz para producir conocimiento duradero. Esa humildad, la de quien sabe que forma parte de algo más grande que su propio perfil y que su siguiente publicación patrocinada, es exactamente lo que el ecosistema transaccional ha hecho todo lo posible por exterminar con método y financiación. Y lo está consiguiendo con notable eficiencia



https://www.jotdown.es/2026/02/la-estafa-de-lo-transaccional/




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lunes, 23 de marzo de 2026

Manuel Armas y su ADN pictórico

 




El Arte es para muchos una manifiestación altamente espiritual, puede verse como un Don o una virtud producto de una condición genética propia de los ancestros o como dicen algunos herencia. Algo así podríamos esgrimir en el caso del Artista Manuel Armas qué es hijo de mi amigo el maestro Fredi Armas qué hace poco marchó  a la casa del padre eterno dejando un legado pictórico del cual hablaremos en otra ocasión.




Hoy hablaremos de su hijo, Manuel Armas joven artista plástico que viene pisando con pie propio los enigmáticos pasillos de las artes plásticas, con una obra refrescante y armoniosa donde comulgan ecuménicamente la forma y el color explorando universos sensoriales qué irradian paz y alegría. Para Manuel el arte significa entrega, pasión y libertad para crear sin complejos esferas sensoriales donde la vista se confabula con los demás sentidos y de esa forma generar una sinfonía visual qué impacta con temblor pictórico todos los sentidos del ser humano.




Porque en la obra de Manuel Armas se balancean de manera simbiótica la forma y el color, produciendo una especie de cataclismo sensorial qué provoca variadas emociones sinérgicas al contemplar su obra. En pocas ocasiones se ve tanta fuerza en una obra artística., como en los osos animados de Manuel Armas. Sus alegorías de los osos parecen levitar de manera solemne sobre el lienzo y la pintura parece deslizar una ternura atípica que proporciona un oleaje de inquietudes pictóricas. 




Porque en la obra de Manuel colinda la inocencia y la ternura con una pincelada lúdica y desafiante de un maestro que sabe como envolver a sus espectadores con un hechizo volcánico qué brota de su pincel con fuerza telúrica y así construir una obra que amalgama de manera sublime el agua y el fuego con fuerza hereditaria de quien sabe que por sus venas brota el mismo ADN pictórico de su progenitor qué desde el MAS ALLÁ seguro aplaude y sonríe por cada obra que proyecta el legado familiar que se perpetua hacia el infinito.




José Gregorio Medina



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 José Gregorio Medina.

Profesor de Literatura y amante de la Poesía.


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Luis Alberto Hernández, pintor venezolano: Yo no busco complacer a nadie, yo trabajo con una belleza vinculada con la visión de lo trascendente para provocar una emoción en el espectador




El Salón Michelena legítimo es y será un evento creado y organizado por el Ateneo de Valencia









































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viernes, 20 de marzo de 2026

Las Instrucciones para armar el meccano de Harry Almela

 




Alberto Hernández. Instrucciones para armar el meccano



I

Los honrados años de la infancia se reconstruyen bajo la bóveda de los cielos nocturnos. Se presume un lago, el asombro de un niño, el relato inocente en la superficie, la mirada acerca de los héroes fijados en una pared del cine en los años lejanos. Una corriente lenta hacia la oscuridad semeja un río mientras el medio siglo se consume en las marcas de la piel.

Un hombre, un poeta, confirmación de la patria encarnada en una muchacha adolescente, como motivo para desafiar páginas de un libro anterior y entrar definitivamente en estas Instrucciones para armar el meccano (Fundación para la Cultura Urbana, Caracas, 2006), en las que Harry Almela retorna airoso, niño y adulto, profanador de licencias, entre fábulas y meriendas, encaramados en un brocal.

El niño que escribe este libro es el mismo de los cincuenta años, el que no se cansa, el de la cicatriz en la frente… ante el espejo, a pesar de su capricho de ocultarse”.





II

La patria se gana o se pierde. En estos desganados años de contienda, en los que la poesía adquiere la fuerza del silencio o de la bulla callejera, el poeta Almela ha estimado regresar del exilio, del actual, éste en el que abunda la destreza de la memoria. Se podría afirmar, con todo el temor al yerro, que Harry Almela no ha dejado de estar en esa estación etaria, en el límite, entre la ventana abierta y el viejo arte de inventar retornos.

Hace poco, a propósito de su anterior libro, este cronista escribió: La patria también es un sueño al amanecer. El destello de una muchacha que camina sin ropa interior”. En este de hoy, el autor no extravía ese destello, el de la patria en la niñez, en la lejanía de algunos años, de ese medio siglo que avanza hacia la madurez y escancia el brindis de una poesía cada día más robusta.

MeccanoImagen tomada de aquí.


Instrucciones para armar el meccano es la justificación de un viaje, el de esa épica vital y literaria producida por el desarraigo, el despertar de nuevos mundos, la ruptura y revisión de un país ahora enfrascado en eternizar sombras y precipicios. En Dedicatoria para decir adiós se resume el ardor de la pérdida, la puesta en marcha de unos verbos en pasado: Es preciso escuchar eso/ que me llama/ cada noche desde el remoto día/ del dolor.// Y te pido perdón maestro,/ perdón por no seguir tus pasos. Esta primera incineración, este relámpago remoto, indica el rompimiento, la muerte de una infancia, porque el verano también pasa./ Y los caballos. Existe la punción, la rasgadura. El poema es también esa patria descompuesta, asomada con nombre y apellido. El poeta hombre y niño sabe hablar de horas convertidas en muros.



III

Sí, la lectura nos conduce a tiempos movedizos. La nostalgia nos acomoda en un lugar de esta casa que es el mapa. Nos arredra, nos empuja hacia un lugar del origen, hacia los espantos de calles oscuras, orillas donde Todo es recuerdo y principio,/ cartílago dudoso, fragua sin uso, y a sólo una pausa, Ahora hay licor y picadura,/ manchas en la piel a los cincuenta años. El niño que sigue siendo enfrenta al adulto que escapa hacia el lado remoto de la memoria.

Ya todo está perdido./ Vendrá el duro viento sobre la escuela.// Me iré del pueblo./ Vagaré por amplios y recientes caminos.// Miraré las estrellas.// Intentaré descifrar/ las huellas inútiles/ de gaviotas en la arena.// Amaré. Seguro que amaré// Sabré de tibiezas/ entre sábanas en un amanecer.// Probaré el licor y el cigarrillo./ Buscaré en los libros/ el sosiego que nunca habré de conocer.// Llegaré al próximo siglo/ ya cansado de la vida.// Para desaparecer hastiado en la penumbra.



La infancia, ese umbral del mundo, tiene sus paisajes, sus relámpagos, algunos apagados. El poema experimenta los legados de aquella otredad. Frente a Moisés, el bíblico, Almela convierte a Mariara en el centro del Universo. Acerca, con una mano en la oscuridad, el rostro de Charlton Heston: Porque fuiste el único profeta en ver cara a cara/ el áspero rostro de Dios. Y más próximo a la breve existencia del asombro, la poesía se instala en la permanencia de la casa, la otra casa, la patria más chica. Los viajes, los asuntos del tiempo trastocado. La Tierra siempre gira alrededor de un poema. Quien diga la contrario desconoce las mareas, de allí que Harry Almela, dueño de una voz que nos hinca y anima a la vez, también es propietario de una particular manera de borrarnos, amputarnos y completarnos con su sintaxis. Cada poema de este libro es un lector o todos los lectores.

IV

Y si el mundo es un verso en cada dolor, en cada instante de Harry Almela, muy cierto es que el escribir lo hace precipicio, abismo de su respiración. ¿Cómo armar el meccano? ¿qué instrucciones exactas para no entender que la biografía de una comarca atiende a un lago, a un almendrón, al mismo patio del poeta Utrera, a una madre que en la cocina traza el milagro de un pedazo de pan. Y de todo eso, de esas cabales instrucciones, la escritura constante, teorética de la carne y el espíritu. Entonces me dijeron:/ vete por allí, a decir lo que debes,/ a cantar lo que no has vivido/ y deseas con ardor. Así se hizo este poemario, con la vida vivida y la por vivir, con la sombra de un árbol mientras la patria heroica se sumerge en la rabia y los sueños, en la melancolía, en la revelación de los oficios, en la tardanza del silencio.

¿Cuántos viajes hacen falta en un libro para que el poema ocupe todo el dolor por la tierra prometida y luego olvidada en la carrera precipitada de un tren? Un niño viaja. Regresa adulto, tocado por la bruma de un cuerpo impune, despojado, anudado a la culpa.

Comienzo y fin, entrada y salida. En medio de estos extremos, la niñez, la madurez, el brillo de un día, la podredumbre del universo y sus bellezas. Un poema hace este libro, un solo poema lo consagra. Es todo un alfabeto, una confusión: ¿Y qué haremos ahora,/ al final del camino?.

Me toca celebrar por este hermoso trabajo de mi amigo Harry Almela. Me toca hacer un alto y desenfrenar tantos asuntos, como estos que amargan y ahogan: Hoy te veo sentado en la puerta de Galina,/ quejándote en voz baja:/ ¿A dónde se llevaron el país, poeta?/ ¿Cuál fue la luz que desobedecimos?/ ¿En cuál vuelta de juego nos extraviamos?. A modo de respuesta: la infancia siempre retorna, duele en su inocencia, como aquella patria que una vez se encontró con Pérez Bonalde.



El espíritu de nuestros más antiguos padres sabrá armar el meccano y hacerse en el silencio necesario.

Bienaventurados
Lectura de poemas, presentación del libro "Instrucciones para armar el meccano"
475 Visualizaciones desde el 22 nov 2006 hasta la fecha de publicación de la entrada



https://laliebrelibre.wordpress.com/guarimba/resenas/meccano-alberto/


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Harry Almela


(Caracas, 1953 – Mariara, 2017) Licenciado en Educación, mención Literatura, por la Universidad de Carabobo (1990). Ensayista, escritor, poeta, editor y narrador venezolano.


Coordinó, en 1992, el Taller de Creación Literaria, mención Poesía, del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg), en donde además se desempeñó como investigador. Fundó, en 1991, la editorial La Liebre Libre, activa hasta 2003. En 1996 asistió al Curso para Profesores de Lengua y Literatura Española en el Instituto de Cooperación Iberoamericana, de Madrid, y realizó el Curso de Posgrado en Técnicas Editoriales en la Universidad de Barcelona. Colaborador asiduo de publicaciones venezolanas como Papel Literario, del diario El Nacional.


Ganador del Premio Bienal de Poesía Francisco Lazo Martí (1989), el 46º Concurso de Cuentos del diario El Nacional (1991), la Bienal de Poesía José Rafael Pocaterra (1994), la Bienal de Literatura Casa de la Cultura de Maracay (1994), la Bienal de Literatura Miguel Ramón Utrera (2004) y la Bienal de Poesía Abraham Saloum Bittar (2014), entre otros reconocimientos. Fue becario de la Fundación John Simon Guggenheim, de Nueva York (2009).


Autor de Poemas (1983), Ventana de emergencia (1990), Cantigas (1990), Muro en lo blanco (1991), Fértil miseria (1992), Frágil en el alba (1994), El terco amor (1997), Los trabajos y las noches (1998), Palabra o indigencia (2000), La patria forajida (2006), Instrucciones para armar el meccano (2006) y Los daños colaterales (2019, edición póstuma de La Poeteca), entre otros.


https://cultura-urbana.com/autores/harry-almela/



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Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.


Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Gallina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés. 
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