jueves, 24 de septiembre de 2026

Bornout,Psicodrama en consulta. Un monólogo de Francisco Aguiar

 




Estimados Liponautas


Hoy le hacemos llegar un nuevo monólogo del autor cojedeño Francisco Aguiar. En este espacio ya hemos publicado otros trabajos de este autor tales como LA ALCANTARILLA  y UNA ROSA EN EL TEJADO.

Esperamos que disfruten de la obra.


Atentamente


La Gerencia.


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En la sala de observación de una clínica psiquiátrica se encuentra la psicóloga Verónica Arciniegas mirando con fijeza el espejo unidireccional (espejo espía) que tiene justo al frente, pues sabe que un conjunto de especialistas la están monitoreando.
 
Está descalza, despeinada, tiene ojeras y en las muñecas el vendaje compresivo que se utiliza para detener hemorragias. 

Viste un conjunto blanco holgado. 

La psicóloga-paciente, Verónica Arciniegas, pese a saberse una rata de laboratorio no se muestra hiperquinética ni angustiada, pero deja entrever una tristeza honda. 

De fondo debe escucharse el 1er movimiento de la sonata Claro de Luna de Beetthoven, al menos por un minuto, para dar inicio al psicodrama. 

Immortal Beloved Scene - Beethoven plays "Moonlight Sonata"




Verónica Arciniegas (Camina hacia el espejo espía. Golpea con los nudillos): Sé que están haciendo anotaciones para sus insulsos informes. Sé que me monitorean cual si fuese una rata de laboratorio. (Deja de golpear. Cínica) Queridos colegas, déjenme decirles que rayan en el ridículo. ¿De verdad creen que, por el simple hecho de mantenerme monitoreada, darán un diagnóstico adecuado? Por cierto, las evaluaciones psicométricas que me hicieron dan asco.  

(Da la espalda. Escudriña la sala) Lo bueno de haber contestado esos estúpidos cuestionarios fue que me permitieron fumar. ¿Y mis cigarros? ¿Dónde están mis cigarros? Hace más de una semana que no fumo y mi cuerpo pide a gritos (Cantandito): Nicotina, nicotina, nicotina, nicotina. (Toma la caja de Marlboro que está en la mesa junto al encendedor. Extrae uno y lo enciende. Voltea. Vuelve a mirar hacia el espejo espía) Esto sí lo hicieron bien: son mis favoritos.  
 
(Se sienta. Da profundas caladas. Mira el cigarrillo consumirse por unos segundos. Como no tiene ceniceros echará las cenizas en el piso) No me vean así. Toca echar las cenizas en el piso pues los ceniceros, en esta sala de observación, brillan por su ausencia. ¿Los quitaron por seguridad o por joderme la vida? Díganme, les estoy preguntando. 

(Visiblemente molesta se levanta de la silla y arroja la colilla hacia el espejo espía) ¡Que no haya un maldito cenicero en esta inmunda sala es una grosería, un insulto! ¿Por qué recibo este trato? ¿Acaso no soy colega de ustedes? ¿Acaso, por mi permanencia aquí, mi hermano Raúl no está pagando un ojo de la cara? Y para qué, para que me mantengan sedada. (Pausa) Ya entiendo. La misión de ustedes es terminar el trabajo que empecé. (Pausa larga) Si la lobotomía fuera legal (Señala a sus colegas) desde hace rato me habrían taladrado el cráneo, pero saben algo: no hay taladro – por grande que sea – que pueda perforar lo que guardo (Se toca el corazón) aquí y (Se toca la cabeza) aquí.  
 
(Señalando a la neuróloga) Dra. Garcés, el epígrafe de la magna obra de Camus que dice: “Oh, alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible”. ¿Qué te produce? (Pausa larga) ¿Vas a responder? Entiendo, no lo harás en este momento porque eres sumamente analítica… Sin embargo, dentro de cuatro o cinco meses sorprenderás a tus lectores con un ensayo fabuloso. Esa será tu respuesta. Por cierto, te hice la pregunta no porque seas la única neuróloga de esta ratonera, sino por tu vena filosófica. 

La cita del poeta Píndaro, que acabo de mencionar, la eligió Camus para abrir El mito de Sísifo. ¿Leyeron esta obra? Espero que sí, y si no, sugiero que lo hagan. Un especialista en salud mental que no conozca este ensayo no debería estar titulado. (Pausa) Los que no lo leyeron, exijo que lo descarguen en este momento. (Autoritaria) Que lo descarguen, les digo. 

(Camina por la sala como dando tiempo a que cumplan su orden). ¡Qué lindos, hicieron el trabajo! Ahora diríjanse al primer párrafo del primer capítulo y repitan conmigo: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”. (Pausa) ¿Qué les pareció esta sentencia? ¿Cierto que todos los habitantes de este planeta deberían leer y releer este ensayo? 

(Un poco más calmada deja de desplazarse por la sala de observación) Me internaron hace trece días por haberme cortado las venas (Muestra el vendaje compresivo que tiene en las muñecas) y ahora el mundo quiere saber qué llevó a la prestigiosa doctora en psicología Verónica Arciniegas a tomar esa decisión. ¿Ven el morbo que hay en todo esto? La gente se pregunta: ¿Cómo llegan al suicidio especialistas en salud mental, prominentes médicos, enfermeras, educadores, en fin, personas que – según la opinión general – son ejemplos a seguir? Y la respuesta es simple: somos humanos y los humanos nos damos a la autodestrucción.

(Pausa. Como si mirara al psiquiatra que le suministra los ansiolíticos que la mantienen sedada) Y usted, doctor Ramírez, no me miré así. Usted mejor que nadie sabe que los psiquiatras y psicólogos presentamos altas tasas de suicidio. Para no ir muy lejos, su padre saltó de la azotea de una de las Torres de Parque Central y el mío se voló la cabeza con un disparo de escopeta. (Cínica) Diferente método, mismo resultado. 

¿Saben qué aprendí de un caleño cuando hice mi doctorado en la Pontificia Universidad Javeriana? Aprendí que “el trabajo embrutece, degenera y al final mata”. Por cierto, este caleño no era ningún letrado… era el señor que se encarga del aseo de la universidad y le escuchaba decir – mientras trapeaba los pasillos – esta sentencia. (Pausa) En ella está mi diagnóstico, pero como son tan insulsos ni en mil vidas captarán el mensaje.
 
(Queda inmóvil por unos segundos y señala las cenizas de su cigarrillo) Son la metáfora de un síndrome que produje más bajas que los drones de Israel, Irán, Ucrania y Rusia juntos. (Mira hacia la ventana con fijeza) ¿Aún no saben a qué hago alusión? Vaya, estoy siendo monitoreada por oligofrénicos. (Resignada) Bueno, acá les va: hago alusión al burnout. 

(Pausa larga) Sé que no hay registros que confirmen mi afirmación. Sin embargo, ninguno puede negar que el estrés laboral crónico y las jornadas extenuantes reducen a cenizas a ingentes cantidades de personas. 

(En tono desafiante) Anoten en sus informes que la psicóloga clínica Verónica Arciniegas padece el síndrome de desgaste profesional, que eso fue lo que la llevó a atentar contra su vida. (Pausa) ¿Ven lo buena que soy? Tan buena que entregué el diagnóstico que jamás iban a encontrar. 

(Mira en el lateral izquierdo el reloj digital) Qué reloj tan feo. Es como los edificios modernos: funcionales, asépticos, pero carentes de belleza. (Pausa) Ese reloj digital me muestra, hoy más que nunca, el peso del tiempo. (Pausa larga) ¡Vaya, por fin lo entiendo! Me sobrecargo de ocupaciones para no sentir el aplastante peso del tiempo. (Pausa) ¿Saben a cuántos pacientes atiendo por día? ¿No lo saben? Atiendo a seis, a veces siete y paso consultas de lunes a sábado. Saquen la cuenta. A la semana atiendo a más de treinta y seis… y a diferencia de ustedes: yo sí doy con diagnósticos acertados y logro que mis pacientes se restablezcan. 

(Saca otro cigarrillo. Lo enciende. Fuma) Y al llegar al apartamento qué creen, pues estudio caso por caso, hago informes… (Muestra el cigarro que se está fumando) Adquirí este horrible hábito por pasarme la vida trabajando. Hagan un ejercicio de visualización. ¿Están listos? Visualícenme a las dos, a las tres, a las cuatro de la mañana, frente al computador, fumando. (Con ironía) Trabajar y fumar, en eso se traduce mi vida. 

(Pausa larga) Burnout significa “consumirse por completo”. (Vuelve a mostrar el cigarrillo. Echa las cenizas en el piso) ¿Comprenden la analogía? (Pausa larga) Lo irónico es que la adicción al trabajo es socialmente aceptable. A los alcohólicos, a los ludópatas, a los cocainómanos los censuramos… pero al que se consume trabajando lo miremos con respeto, como un ejemplo a seguir. 

(Vuelve a mirar el reloj) Faltan unos minutos para la hora de la visita y el tiempo me está aplastando. Literalmente siento que me tritura los huesos y todo porque no puedo estar sin hacer nada. (Pausa) Si tuviera mi laptop, estaría revisando lo que tengo atrasado. (Mira sus lentes de lectura, el conjunto de libros y carpetas y la rosa que está sobre la mesa) Ah, ya sé. Me pondré a leer mientras llega Raúl. 

(Se sienta. Toma sus lentes de lectura. Se los coloca. Revisa los títulos) A ver qué tenemos por acá (Lee) ¿Cómo ganar amigos e influir sobre las personas? De Dale Carnegie. Colegas, este libro es una basura (Lo arroja con fuerza hacia el lateral izquierdo). Y aquí qué tenemos (Lee) Piense y hágase rico, de Napoleon Hill. (Lo arroja) Este libro es una basura… y por acá qué tenemos (Lee) El vendedor más grande del mundo, de Og Mandino. (Lo arroja). ¿Es en serio? ¿Ustedes recomiendan la “filosofía del éxito” de los yankees a sus pacientes? Qué asco me dan. (Pausa) Me dan asco las personas que promueven el pensamiento mágico-pendejo. (Sigue buscando. Toma un libro que llamó su atención. Lee) El hombre en busca de sentido, de Viktor Frank. ¡Por fin algo que vale la pena! Lo he leído muchas veces, me sé pasajes de memoria y sin embargo… (Sigue revisando. Lee) La empresa perdona un momento de locura, de Rodolfo Santana. (Con fruición) Una joya del dramaturgo más grande de Venezuela. 

(Pausa. Se levanta de la silla. Deja el libro en la mesa) Esta es la historia de una psicóloga industrial que manipula a un obrero para que le caiga a coñazos a un muñeco. (Como la psicóloga industrial de la obra de Santana): “Señor Orlando – como si mostrara al muñeco de tamaño natural – este es el señor González y representa esta empresa, las troqueladoras que le trituraron la mano al muchacho, la plusvalía que te roban… En fin, representa la opresión y sanarás sólo si lo golpeas, si descargas en él toda tu ira, tu frustración”. (Pausa) El resto de la historia ya la saben. El señor Orlando, al final del psicodrama: golpea, muerde y despedaza al muñeco que representa al tirano explotador. 

(Pausa) Esta es la obra más representada de Santana. Le ha dado la vuelta al mundo como catorce veces. (Pausa) ¿Sabían que Santana escribió esta pieza por un artículo que leyó sobre los obreros de Japón en los años 70?
En Japón construían muñecos parecidos a los dueños de las fábricas, para que los obreros descargaran su ira contra ellos. Si, por ejemplo, a media jornada un obrero sentía la necesidad de golpear al patrono explotador… zas, golpeaba e insultaba al muñeco. Luego, más calmado, volvía a su tarea. (Pausa) Esta terapia lograba obreros eficientes y felices. 

Hablando de psicodramas, ¿les parece si represento el mío en este momento? Total, salvo El hombre en busca de sentido y La empresa perdona un momento de locura, en esta sala no hay una obra que valga la pena. Entonces, ¿presento mi psicodrama? Creo que no me será difícil. En la UCV pertenecí al Teatro Universitario y mi histrionismo asombraba. (Vuelve a mirar el reloj) Será sólo hasta que llegue mi hermano Raúl. 

(Pausa. A modo de advertencia) No desperdicien este histórico momento pues mañana, sí o sí, deben darme de alta. Esto quedó acordado el día de mi ingreso. Conozco mis derechos. No están frente a una pendeja. (Con pedantería) Están frente a una psicóloga clínica con varias especializaciones y un IQ de 144.   

En esta sala hay micrófonos escondidos. Pregunten lo que les venga en gana o, si prefieren – cual Hamlet – responderé mis propias preguntas. Ahora que lo menciono, el príncipe de Dinamarca no estaba loco: sólo era un hombre con una severa depresión. (Con orgullo) Soy de la estampa de Hamlet y aseguro que las palabras que están grabando, en un futuro, serán estudiadas en universidades e institutos de oratoria. 

Voz en off: Doctora Arciniegas, estamos de acuerdo, proceda con el psicodrama. 
(Con asombro): Vaya, hasta que capté su atención. Está bien, empezaré mi autoconsulta. 
(Coloca el mueble que está en el lateral izquierdo de la sala justo al lado de la silla donde estaba sentada. Se arregla el cabello y ajusta los lentes. Toma una de las carpetas que están sobre la mesa y se sienta en la silla). 

(Mientras esté en la silla, usará las gafas de lectura y actuará como psicóloga clínica; cuando pase al mueble, se las quitará y hará de paciente. Transición)

Psicóloga (Revisando la carpeta): A ver, antes de empezar la consulta, dejemos los puntos sobre la mesa. ¿Estamos de acuerdo? (Pausa. Como si mirara a la paciente) Sé que eres Dra. en Psicología, pero tienes que asumir que eres mi paciente. Esto es importante aclararlo. Ahora bien, quisiera saber si escribiste alguna carta o si dejaste una grabación antes de cortarte las venas, o si – por el contrario – te las cortaste en un arrebato de crisis existencial.

(Deja la carpeta y los anteojos en la mesa y, acto seguido, se recuesta en el mueble como si este fuera un diván. Transición)

Paciente (Reflexiva): Un acto como el que realicé – ya lo dijo Camus – “se prepara en el silencio del corazón, lo mismo que una gran obra”. (Pausa larga) Como mi único pariente es mi hermano Raúl, le escribí una carta y se la dejé en el estuche de su guitarra para que pudiera leerla. La dejé allí, porque si la hubiera dejado en la mesa u otro lugar jamás la hubiese visto. (Pausa) Mi hermano es muy despistado. (Como si mirara a la psicóloga que le hace la consulta) ¿Que qué le escribí en la carta? Pues le escribí que me perdonara por dejarlo solo y un montón de sensiblerías. 

Como casi nunca estoy en el apartamento Raúl poco me visita, pero como tiene la llave de vez en cuando entra… sobre todo a ensayar. (Pausa) El día que atenté contra mi vida le dio por buscar una letra de su autoría que dejó en el estuche. (Pausa larga) Cuando reaccioné, en la clínica, me dijo que sólo iba a tomar su canción y salir, pero le llamó la atención que el reproductor estuviera sonando a todo volumen. 

(Pausa larga) Al principio pensé en ahorcarme, en la asfixia mecánica, mas no quise estropear mi hermoso cuello (Se lo acaricia). En fin, la vanidad me hizo cambiar de planes y me corté las venas. (Reflexiva) Qué cosa tan tremenda es la vanidad… quería estar muerta, pero no afear mi cuello. (Pausa) Raúl me encontró inconsciente, bañada en sangre, mientras de fondo se escuchaba el 1er movimiento de la sonata Claro de Luna de Beethoven. Un cuadro patético, tan patético como una película de Bergman.  

(Se incorpora para tomar sus lentes de lectura y colocárselos; también toma una carpeta. Da unos pasitos y se sienta en la silla que está al lado del mueble. Transición) 

Psicóloga (Abre la carpeta y toma unos apuntes con un bolígrafo imaginario): Usted y yo somos una suerte de basurero. (Pausa) No me mire así. Los pacientes sacan su basura y la depositan en nosotras… y esto, tarde o temprano, termina contaminándonos. (Pausa) En esto, que sabes bien, no quiero ahondar. Pero quiero saber cuál de tus pacientes te afectó más. ¿Si me explico? (Pausa) Bregamos a diario con la fragilidad humana y muchas veces olvidamos que, pese a la coraza del método científico y el distanciamiento profesional, absorbemos el dolor y las angustias de nuestros pacientes. 

(Deja la carpeta y los anteojos en la mesa. Toma la rosa y se recuesta en el mueble como si este fuera un diván. Transición)

Paciente (Sosteniendo la rosa sobre su pecho. Yéndose por sus recuerdos): Brindé Primeros Auxilios Psicológicos en el McDonald’s de Caraballeda, el cual sirvió como hospital para atender a los supervivientes del doble terremoto que azotó a la Guaira. (Pausa) ¿Usted leyó el reportaje que salió en El País o vio los videos del McDonald’s que se hicieron virales? 

(Como si escuchara la respuesta) Ese reportaje y esos vídeos mostraron al mundo la grave crisis de desatención institucional que hay en Venezuela. (Con rabia) En un país normal los efectivos militares se despliegan en las zonas siniestradas de manera inmediata. Acá brillaron por su ausencia. (Pausa) Si los que nos desgobiernan hubieran actuado con prontitud, se habrían salvado miles de vidas. ¿Sabes qué me gustaría? (Encrespando las manos) Me gustaría desintegrar las fuerzas armadas, destruirlas con mis propias manos, pues no sirven para nada. (Con ironía) Bueno, sirven para que una camarilla se perpetúe en el poder… y sabes qué, mejor no sigo con este vals pues me desviaré de su pregunta. 

(Pausa larga) Movida por mi vocación de servicio fui a la Guaira a brindar contención emocional a los supervivientes del terremoto. (Evocativa) En la hamburguesería que convertimos en hospital: trabajé con dos psicólogas egresadas de la Martin Luther King, con una estudiante de la Bicentenaria de Aragua y con el neuropsicólogo Miguel Romero. (Pausa) Romero nos ayudó a actualizar protocolos y después se entregó a su tarea de cirujano. Recuerdo que cuando dejó nuestra área: operó a una muchacha, que había dado a luz en la calle, para evitar que se desangrara. 

(Como si mirara a la psicóloga) ¿Qué cómo la operó? No creo que saber cómo la operó te sirva para algo, pero acá va la respuesta: la operó en una banqueta, a cuarenta grados de temperatura, mientras una enfermera iluminaba con la linterna de su celular. (Con ironía) ¿Satisfice tu curiosidad? ¿Estás contenta? 

(Pausa larga) Atendí a tres personas que tenían la mirada de las mil yardas, a nueve con ataques de pánico y ansiedad generalizada, pero – en ese McDonald’s – el síndrome del sobreviviente marcaba la pauta. Una y otra vez escuchaba decir: “¿Por qué murió mi hijo y yo no?”, “¿Por qué murió mi esposa y yo no?”, ¿Por qué murieron todos los integrantes de mi familia y yo no? (Pausa) Esas voces día y noche me atormentan. (Le muestra la rosa a la psicóloga) El mundo debería ser un campo de rosas y, en vez de eso, es un montón de escombros. ¿Ya entiende usted por qué impera la desesperanza? 

(Se incorpora, deja la rosa en la mesa. Toma sus lentes de lectura y se los cala. Se dirige a la silla y se sienta. Transición) 

Psicóloga: (Conmovida) Qué fuerte lo que cuentas. Ahora entiendo que esa catástrofe minó tu voluntad y por ello no has podido sobrellevar la carga. Y sabes qué: yo tampoco hubiera podido. (Pausa larga) Imagino que a varios de los que les brindaste Primero Auxilios Psicológicos, en la Guaira, se convirtieron en tus pacientes y las consultas fueron gratis. ¿Cierto que tengo razón? 
(Deja los anteojos en la mesa y, paso seguido, se dirige hacia el mueble para recostarse como si este fuera un diván. Transición)

Paciente: (Como si mirara a la psicóloga) ¿Y usted qué come que adivina? Tal como lo cuentas, así ocurrió. (Pausa larga) En ese McDonald’s u hospital, como quieras llamarlo, estuve una semana y siempre me llenará de orgullo saber que trabajé con un equipo interdisciplinario de altura. (Pausa) Conservo, como un tesoro, la foto donde salgo con el cirujano Fernando Jaimes, el neuropsicólogo Miguel Romero, las psicólogas de la Luther King y dos enfermeras. Esta foto la tomó un periodista de El País y, como puedes imaginar, de fondo puede verse un edificio derruido y toneladas de escombros. (Pausa) Por lo que representa esa foto la colgué en mi consultorio.
 
(Pausa larga) ¿Conoces la historia del cardiólogo René Favaloro? (Como si escuchara la respuesta) Como no la conoces te la contaré. Aquí va: Favaloro era un ferviente defensor del humanismo médico. Tan es así que creó una técnica quirúrgica revolucionaria y la entregó al mundo sin cobrar patentes, es decir, sin cobrar ni medio y no sólo eso, creó una fundación para que la ciencia estuviera al servicio del pueblo argentino. Si la dejamos hasta aquí, sería una bella historia. Pero resulta que el final fue trágico. 

(Pausa larga) Su altruismo lo llevó a contraer una deuda millonaria, una gran depresión y acá viene la paradoja: el hombre que salvó miles de corazones… destruyó su propio corazón con un disparo. ¿Sabes por qué te cuento esta historia? Pues, salvando las distancias, mi historia es igual a la de este cardiólogo. (Pausa) Le he devuelto la esperanza a centenares de personas y ¿sabes qué es lo triste?: que no siento esperanza. (Llora amargamente) Ya no siento nada. 

(Se calma un poco. Se incorpora. Dirigiéndose a los especialistas) ¿Están conformes? Espero que sí, pues en este momento doy por terminado el psicodrama. 
Voz en off: Estamos conformes. (Pausa) Dra. Arciniegas, cuando guste, diríjase al área de visitas: la está esperando su hermano. 

Verónica Arciniegas (A modo de petición): Díganle que en cinco minutos estaré por allá. (Pausa) Me fumaré otro cigarrito. Lo fumaré acá, pues a Raúl no le gusta verme fumar. 

(Toma la caja de Marlboro que está sobre la mesa, saca un cigarrillo y lo enciende. – En cuanto lo encienda, a un tiempo, debe sonar de fondo el primer movimiento de la sonata Claro de Luna de Beethoven y se apagarán las luces –. Fuma en la oscuridad de la sala hasta que el cigarro se consuma por completo). 

Fin del monólogo de Francisco Aguiar que lleva por título Burnout: Psicodrama en autoconsulta  



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Francisco Aguiar. Escritor venezolano (San Carlos, Cojedes, 1985). Licenciado en Educación Mención Castellano y Literatura por la Universidad Nacional Experimental de los Llanos Occidentales Ezequiel Zamora (UNELLEZ).  Se ha formado con talleres dictados por la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, el Sistema Nacional de las Culturas Populares y la Compañía Nacional de Teatro. (CNT). Ha publicado La Alcantarilla (Memoralia, 2015), El cuento más largo (2017), Sobre la migración venezolana (2023), Una rosa en el tejado (2025) y Reina Talavera (2026).  Textos suyos han sido incluidos en las antologías: Pido la palabra (2019), Contra las paredes del viento (2020) y Palabra ociosa (2026).  En 2018 participó en el XXII Festival Internacional de Poesía Cartagena de Indias (FIPCA)  y en el capítulo Cojedes de la Feria Internacional del Libro de Venezuela (FILVEN), en cuatro ocasiones. Ganador del concurso Ensayo Histórico sobre la Batalla de la Mata Carmelera (Gabinete Cultural Cojedes, 2012). Ha publicado entrevistas, artículos y notas, en revistas, periódicos y blogs. Autor del libro El cuento más largo. 








martes, 22 de septiembre de 2026

Están cordialmente invitados al coloquio "200 años de la Cosa esa: La Cosiata 1826 - 2026, un debate actual" este 24 y 25 de septiembre en la Casa de la Estrella

 




Academia de Historia de Carabobo convoca a coloquio por el bicentenario de La Cosiata


"La Cosiata , también conocida como la Revolución de los Morrocoyes, fue un movimiento político separatista que inició en la ciudad de Valencia, Venezuela, llevado a cabo por el general José Antonio Páez y Miguel Peña Páez el 30 de abril de 1826."


Imagen tomada de aquí.




El encuentro tendrá como escenario la Casa de la Estrella de Valencia y cuenta con el patrocinio institucional de la Universidad de Carabobo, además del apoyo del empresariado regional y colaboradores habituales, según informó la Academia de Historia del estado Carabobo



El Carabobeno

16 de septiembre de 2026

6:27 pm


La Academia Nacional de la Historia y la Academia de Historia del estado Carabobo realizarán los días 24 y 25 de septiembre el coloquio “La Cosiata 1826-2026. Un debate actual”, con motivo del bicentenario de los acontecimientos ocurridos en 1826.

Entrada de la Casa de la Estrella. En la intersección de la avenida  Soublette con calle Colombia.

El encuentro tendrá como escenario la Casa de la Estrella de Valencia y cuenta con el patrocinio institucional de la Universidad de Carabobo, además del apoyo del empresariado regional y colaboradores habituales, según informó la Academia de Historia del estado Carabobo.




El presidente de la institución, José Alfredo Sabatino Pizzolante, invitó a estudiantes, docentes, investigadores y público interesado en la historia de Venezuela a participar en las jornadas, que reunirán a historiadores venezolanos y colombianos para abordar distintos aspectos del proceso político de 1826 y sus principales protagonistas.



La primera jornada, prevista para el jueves 24 de septiembre a partir de las 2:00 de la tarde, estará dedicada a «El proceso». La conferencia magistral será ofrecida por Inés Quintero, directora de la Academia Nacional de la Historia, quien abordará el tema “El momento político de la Cosiata”.

José Sabatino (Puerto Cabello, 1965)

Durante esa jornada también participarán los historiadores Fernando Falcón, José Alfredo Sabatino Pizzolante y José Antonio Pulido-Zambrano, con intervenciones sobre distintas dimensiones políticas, militares y regionales del movimiento.


La actividad del jueves concluirá con el segmento musical “Páez y la música”, a cargo de la pianista Mariantonia Palacios y las cantantes Gilda Lamuño y Gioconda Cabrera.


Análisis de los protagonistas




La jornada del viernes 25 comenzará a las 9:00 de la mañana bajo el título “Los personajes” y estará dedicada al análisis de algunas de las figuras vinculadas con la crisis de 1826.


Participarán los historiadores Antonio Ecarri, Elena Plaza, Armando Martínez Garnica, de la Academia de Historia de Colombia, Carole Leal y Luis Hernández Contreras. Las intervenciones estarán relacionadas con Miguel Peña, José Antonio Páez, Francisco de Paula Santander, Fernando Peñalver, Santiago Mariño y José Francisco Bermúdez.


La clausura está prevista para las 12:30 del mediodía.


Según Sabatino Pizzolante, el bicentenario ofrece una oportunidad para revisar La Cosiata como un proceso histórico relacionado con la formación política de Venezuela. Además, la Academia de Historia del estado Carabobo reiteró la invitación a participar en el encuentro, que abordará hechos desarrollados en Valencia y Carabobo durante aquel período.


Canciones de José Antonio Páez, Orquesta Sinfónica Venezolana. (2005)












https://www.el-carabobeno.com/academia-de-historia-de-carabobo-convoca-a-coloquio-por-el-bicentenario-de-la-cosiata/




sábado, 19 de septiembre de 2026

Cuando Chávez leyó más que Miranda. Por Mariajosé Escobar

 



Estimados Liponautas

Hurgando en la red conseguimos este texto titulado Yo Conocí al Chávez Lector perteneciente a la escritora Mariajosé Escobar que fue publicado en el año 2013 en El Correo del Orinoco. La búsqueda no fue sencilla ya que el portal de El Correo del Orinoco no tiene colgada esta colaboración o la eliminó.  En ese texto Escobar nos presenta una imagen, que consideramos  sumamente alejada de la realidad, la de Chávez como un Lector profundo y consumado. 





Uno de los recursos utilizados es la de nombrar ciertos autores y ciertos títulos para presentarnos al finado Comandante intergaláctico como un lector estudioso y dedicado que se valía del manido recurso del subrayado en los libros. Afirma que en la biblioteca del comandante había autores tales como Marx, Ho Chi Min, Lenin, Galeano, Aquiles Nazoa y Franz Fanon. También menciona los libros que tenia dedicados por Fidel Castro. Lo que nos pareció curioso es que no mencionara a El oraculo del Guerrero, libro que le fue regalado a Hugo Chávez por la que era su esposa en ese momento María Isabel de Chávez y  que se convirtió en una espesa y pegajosa influencia para Hugo Chávez que no dejaba de recomendarlo. 



Hugo Chávez Remix 2 El oráculo del guerrero



Obviamente el texto se convirtió en un fenómeno de ventas; así que todo miembro serio del Movimiento Quinta República fue raudo y veloz a la librería o buhonero más  cercano a comprar el sucedaneo del libro rojo. Y la gente no recuerda que antes de recomendar a los libros de Noam Chomsky, Eduardo Galeano o Victor Hugo recomendó este portable libro.




El amor incondicional de Hugo por Lucas Estrella duró hasta que el periodista Venezolano Boris Izaguirre afirmó que El Oráculo del Guerrero era un libro de homoerotismo. Incluso en una entrevista televisiva llego a interpretar algunas máximas del libro de manera homoerótica. Bastó esta afirmación del escritor venezolano para que Chávez abandonará al libro y su promoción indiscriminada. 



Con posterioridad a este desliz se dio inicio a la creacion de la leyenda urbana, debidamente apoyada por los medios de comunicación oficiales,  de Chávez como megaléctor. En el año 2013, después de la muerte del presidente, Maríajosé Escobar publica un artículo en El Correo del Orinóco titulado: Yo conocí al Chávez lector donde afirma que la biblioteca personal de Chávez constaba de unos 15 mil libros. Se conoce que la biblioteca personal de Francisco de Miranda estaba formada por unos 2.613 títulos y unos 6 000 volúmenes. Pero quizá podamos confirmar ese dato preguntándole al psiquiatra y escritor Pedro Téllez.


General Francisco de Miranda por Martín Tovar y Tovar


Pero ya es el momento de dejar de atosigarlos con datos y dejarlos con Mariajosé Escobar y su Chávez, el que leyó más que Miranda, ups!... y su Yo Conocí al Chávez Lector

Disfruten de la entrada


Atentamente


La Gerencia.




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Yo Conocí al Chávez Lector




30 abril, 2014




Mariajosé Escobar Gámez


A finales de 2011, trabajaba yo en el Ministerio del Poder Popular del Despacho de la Presidencia, inicialmente como editora en la División de Publicaciones de la Dirección General de Gestión Comunicacional (luego pasaría a ser Directora de Archivo y Publicaciones, pero esa es otra historia). A finales de ese año, estaba ya el Comandante enfermo. Una esperanza se crecía en medio de tanto dolor que significaba verlo batallando contra un mal que, no me cabe duda, le fue inoculado por el malevo imperialismo que un día derrotaremos.


Por esas fechas fui convocada, junto con un equipo, a la hermosa, titánica e histórica tarea de arreglar y clasificar, nada más y nada menos, que la biblioteca de Chávez. Tal tarea nos fue encomendada desde septiembre de 2011 y se extendió hasta diciembre del mismo año. Fueron días en los que no dejaba que mi cuerpo sintiera fatiga. Vivía yo entregada, maravillada ante cada hallazgo del Chávez lector. Tenía más de 15.000 libros, entre los cuales recuerdo especialmente El Manifiesto Comunista, porque tenía una inscripción en la primera página, en rojo, con la letra que le conocimos a Chávez cuando nos dijo que él no había renunciado. Aquella impresión quedó por siempre grabada en mi retina y en mi corazón, y se me viene a la mente cuando la esperanza flaquea: “Es un río, son muchos ríos, es un gran río invisible” decía en unos versos sencillos, porque el comunismo en nuestro milenio ya no es un fantasma sino un río, como el Orinoco, como el Arauca, como el Caroní, como ese gran río al que se fue Chávez hecho pura energía y desde donde cada mañana nos rocía de amor y de espíritu de lucha.


Recuerdo claramente El libro Verde, de Gadaffi dedicado a nuestro Comandante por el líder Libio, dolorosamente asesinado ese mismo año. La noticia del homicidio de Gadaffi la recibí por cierto mientras tenía en mis manos un ejemplar, subrayado y comentado por Chávez del libro Los condenados de la tierra de Franz Fanon, y que minutos antes de la noticia estaba leyendo y curioseando las notas del gigante. Las lágrimas acudieron a mis ojos al ver la grotesca escena que circuló por los medios del momento en el cual las esperanzas de Libia estaban siendo truncadas. Compartí el dolor con mis compañeros, varios de ellos militares, sargentos, tenientes de esa nueva fuerza armada bolivariana que Chávez formó. Seguimos la labor. Porque la lucha es indetenible.


Por cierto qué, conforme avanzábamos en el trabajo, del personal civil sólo quedé yo y una camarada querida cuya amistad aún conservo, que me vivía regañando porque no hacía altos en la labor y me metía entre los libros de Chávez, como hipnotizada por su fuerza telúrica, como si él mismo me hablara desde sus libros. Ambas compartimos la ardua tarea con un grupo de sargentos y tenientes muy sensibilizados acerca de la gran importancia histórica de lo que estábamos haciendo.


Algunos de los libros que recuerdo son varios del filósofo Enrique Dussel y Noam Chomsky, dedicados por los autores, un ejemplar del Popol Vuh, todo viejito él, uno de Cien Años de Soledad del gran Gabo (por cierto que Chávez tenía toda la bibliografía del escritor colombiano) y otro de Don Quijote de la Mancha del que Chávez tenía varias ediciones y, sin embargo, había un ejemplar subrayado por él que era su favorito, y había que buscarlo siempre que lo pedía. Uno piensa entonces en Chávez como en un atesorador de libros, como uno, y eso lo hace tan noble, tan cercano.


Tenía también, en cuanto a literatura, la amplia bibliografía de poetas como Miguel Hernández, Pablo Neruda y Mario Benedetti, entre muchos otros. Por ello siempre pienso, que tuvimos y tenemos por siempre en nuestros corazones a un Presidente poeta, sensible, noble, alma buena a quien imagino, como nosotros, aprendiéndose versos sencillos, humanos, plenos de ternura.


El Comandante de los sueños leía sobre los temas más variados: ciencia, literatura, política, filosofía, religión. A veces encontraba hallazgos que quedaran siempre haciéndome eco en la memoria, alguna carta a algún amor, alguna carta de sus hijas, alguna que otra foto como marcalibros. Y es que nuestro amado Chávez era tan pueblo, tan nosotros. Sus libros estaban acuciosamente subrayados y trabajados. Era el tipo de lector estudioso, detallista, de cierta manera obsesivo, de los que marcamos cada detalle que nos interese del texto, encerramos en óvalos las palabras que no entendemos, ponemos el clásico simbolito de “ojo” en las ideas resaltantes, hacemos flechitas y establecemos, mediante comentarios marginales un diálogo cercano, casi de tú a tú con el autor, sin importar que el mismo sea Carlitos Marx o Simón Bolívar, Luis Brito García o Gustavo Pereira.


Chávez tenía volúmenes y volúmenes sobre Bolívar. Libros contentivos de sus cartas y proclamas y numerosas biografías y estudios sobre su obra y pensamiento. A veces me pregunto en qué momento leía todo lo que vi, todo lo que supe que leía porque estaba trabajado por él. Me gusta imaginarlo como yo. Leyendo mientras desayuna, mientras descansa el almuerzo, al filo de la madrugada en la que una mente en permanente ebullición como la suya no le dejaba dormir, esperando en los aeropuertos, en el avión. Me gusta pensar que alguna manchita que pudieran tener sus libros, era de tanto que los trajinaba o gotitas de ese café tan Chávez que siempre le caracterizó. Me gusta imaginar llevando sus libros a cada país al que iba a predicar “la buena nueva” del Socialismo del Siglo XXI, ese que él se inventó, ese que nos legó la apoteósica tarea de terminar, de construir, pensar y formular.


Yo conocí al Chávez lector, a ese que subrayaba y comentaba sus libros en rojo. Yo ordené su biblioteca. Aprendí a utilizar el sistema de cotas DIUU y lo enseñé al resto del equipo que se incorporó después. Fueron 4 meses de absoluta maravilla. Fueron 4 meses de resplandores de páginas. A veces salía a las 9, 11, 12 pm. A veces no salía, y me quedaba a dormir en Miraflores. Digo a dormir por decir algo, pues el trabajo era arduo y las horas de sueño eran 2 o 3 luego de las cuáles seguíamos entre sus páginas, clasificando sus libros por materia, por país, por año de publicación, por autor, por editorial, por si tenía o no comentarios marginales, por si estaba o no dedicado, por si tenía alguna cosa personal del Comandante dentro, por si era necesario mandarlo a restaurar.


Yo recorrí kilómetros de páginas de los libros de Chávez, que fue casi como recorrer kilómetros con él. Fue conocerlo desde algo tan personal, tan cercano como su biblioteca, como sus tesoros personales ya que son eso los libros para todo amante de ellos. Vi dedicatorias de familiares, amigos, grandes filósofos y políticos y desconocidos, anónimos amorosos que regalaban libros al Presidente cuando tenían la oportunidad de verlo en un mitin, en un acto, de penetrar los anillos de seguridad, abrazarlo y entregarle fervorosamente un libro “Pa que lo lea”. Puedo decirle a esos, los sin nombre, los fervorosos, los pueblo que Chávez sí leyó muchos de los libros que le entregaron en medio de la marea roja y bajo el sol. Que los que no leyó fue porque la vida no le alcanzó, pero que los atesoraba, y los guardaba con la misma devoción con que un niño guarda sus juguetes.

Entre los libros de Chávez conseguí Catalino Bocachica de mi admirado y querido amigo el poeta colombo-venezolano Luis Darío Bernal Pinilla y di la buena nueva a su autor que con su mirada de duende casi saltó de la silla.


Entre los libros de mi Comandante lector, dejé el libro de mi abuelo de 92 años Andrés Escobar Muñoz Antología de poemas revolucionarios. No sé si Chávez lo encontró. No sé si pudo leerlos, pero ahí están para la historia los versos rebeldes de mi viejito, ese viejito campesino y obrero, que no fue a la escuela, pero que dedicó su vida a la siembra, al trabajo duro y al tejido del verso.


Por esas fechas Chávez estaba enfermo e iba de viaje a curarse a Cuba. Por esas fechas se acercaba navidad, y todos orábamos por su salud. Yo todos los días dedicaba 12 horas o más de jornada laboral a arreglarle su biblioteca. Y lo hacía por amor. Lo hacía elevando de tanto en tanto una plegaria por el primer Presidente lector, poeta, promotor de lectura.


Chávez tenía entre sus libros los más diversos: los de Ho Chi Min, los de Lenin, los de Vo Nguyên Giáp, los del Che. Qué decir de tanto libro que encontré dedicado por Fidel, ese padre de Chávez, ese amigo, ese hermano que recomendaba siempre a Chávez libros que lo nutrían y le hacían crecer dentro la semilla revolucionaria.

Libros de Galeano y de Aquiles Nazoa, libros de Juan Calzadilla y Simón Rodríguez, libros de Paulo Freire y de Gramsci, libros de Trotski y de Retamar.


Libros sobre Hostos, San Martín, Pancho Villa, Emiliano Zapata, Allende, el Che, Fidel Castro, Marx, Bolívar, Simón Rodríguez, Antonio José de Sucre, Zamora, sobre los mambises, Martí, sobre el Frente Farabundo Martí, los Sandinistas, el subcomandante Marcos, era Chávez un ávido lector y conocedor de todos los movimientos insurgentes de América Latina desde la colonia hasta nuestros días. Y no sólo eso: libros sobre Vietnam, la Guerra del Golfo, La I y II Guerras Mundiales, la guerra de Irak, el conflicto entre Isrrael y Palestina, la Guerra de Angola, La Guerra Fría, La Guerra de los Cien días, La Guerra del Golfo Pérsico, Chávez estaba muy bien documentado acerca de los conflictos generados por el imperialismo en su afán expansionista y los estudiaba constantemente, junto a las diversas respuestas de resistencia de los pueblos del mundo.


Libros sobre agroecología, filosofía, comunas, poder popular, guerra de cuarta generación, economía, informática, guerra mediática, construcción de casas ecológicas –libros de Fruto Vivas-, libros sobre arte, arquitectura, avances científicos, temas indígenas y afros, multiculturalidad, libros sobre la historia de diferentes países del mundo y sus líderes, y muchos otros, Chávez poseía una vasta cultura, manejaba muchos temas diversos.


Ese es nuestro Chávez lector, yo tuve la dicha, el honor, el sueño cumplido de conocerlo, de organizar sus libros. Yo supe de sus desvelos frente a un libro abierto y no una, sino muchas tazas de café. Vivirá siempre en nuestros corazones ese Chávez sencillo, amable, ese Chávez promotor de lectura, que siempre mostraba más de 10 libros en sus alocuciones –libros que estaba leyendo y me consta- ese Chávez lector, que tenía sus libros trajinados, y que era poseedor de una biblioteca muy basta y completa, ese Chávez poeta, que en los márgenes de sus libros ensayaba versos como ese hermoso que me aprendí de memoria y que siempre que pienso en él se me viene, caudaloso, desafiante, bravío como el Orinoco al que se fue Chávez multiplicado, Chávez llovizna nuestra, Chávez tan fuerza Caribe: “Es un río, son muchos ríos, es un gran río invisible”.


Mariajosé Escobar Gámez


https://cultureandoenbarinas.wordpress.com/2014/04/30/yo-conoci-al-chavez-lector/





Mariajosé Escobar (Caracas,​​ 1986).​​ MSc. en Literatura Comparada (UCV, 2023) Lic. en Letras (UCV, 2011). Diplomado en Edición (UNEARTE y Editorial El Perro y la Rana, 2020).​​ Ha publicado​​ Poemas de Insomnio y Lluvia​​ (El Perro y la Rana, 2011);​​ Versos Diversos. Antología poética sexo-género diversa contemporánea e hispanoamericana, Zambrano y Escobar Comp. (El Perro y la Rana, 2011);​​ Gestación​​ gana el Concurso Metro Relatos (2014), auspiciado por Monte Ávila Editores y el Metro de Caracas;​​ La Casa en el Espejo​​ (Casa de las Letras Andrés Bello, 2015),​​ Mención Honorífica del Premio Municipal de Poesía, Luis Britto García, 2016;​​ Verbeldía, Locura del verbo​​ (El Perro y la Rana, 2019);​​ Liquen​​ (Fundarte, 2022);​​ Desde el Vagón,​​ Mención Honorífica del Premio Nacional de Poesía Fernando Paz Castillo (2022).


 

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