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| Eduardo Liendo retratado por Vasco Szinetar. De la serie Frente al espejo. s/f. ©Vasco Szinetar. |
Eduardo Liendo: “El escritor venezolano es huérfano”
December 1, 2012 by fuenmayore
Comparto aquí la transcripción que en su momento hice del encuentro que con Eduardo Liendo celebramos los participantes del Taller de Narrativa del Celarg, dictado por Eloi Yagüe, el 14 de octubre de 2003. El autor de Los platos del diablo, El mago de la cara de vidrio y Si yo fuera Pedro Infante habla sobre la que entonces era su más reciente novela, El round del olvido, y comparte con generosidad reflexiones maduradas sobre sus errores y aciertos como escritor. Revisando mis archivos me he topado accidentalmente con este documento, que al releerlo me parece que no solo no ha perdido sino que más bien ha ganado vigencia.
Eloi Yagüe: Aquí desempolvé una recopilación de viejas entrevistas que hice, entre ellas hay una que le hice a Eduardo Liendo en 1987 y salió publicada en El Diario de Caracas. Quisiera recordar un fragmento que podría servir para comenzar la conversación:
“Liendo considera que tras varios libros publicados y premios obtenidos –el último fue el Municipal de Narrativa por Los Platos del Diablo– ha logrado hacerse un lugar en el panorama narrativo nacional. ‘A pesar –dice– de que finalmente pude publicar, en algún momento fui extremadamente silencioso, hasta el punto de que llegué a suponer que mis primeros libros (El mago de la cara de vidrio, Los topos y Mascarada) habrían tenido mayor resonancia inmediata de ser firmados por otro autor, pues yo estaba cercado por una fuerte marginalidad reforzada por tres cosas: mi condición de extremista y guerrillero, que me creaba una marginalidad política; mi condición de autodidacta, que me alejaba del mundo intelectual, y mi negritud, que no cuadra con la imagen que algunos tienen de los escritores, pues al parecer los más cotizados son los de narices aguileñas, barbas blancas y calvas prematuras”.
Eduardo, bienvenido al taller. ¿Eso sigue siendo así?
Eduardo Liendo: No, no lo veo tan así. Esa es una entrevista que generosamente me hizo Eloi en el año 87 y en ese momento todavía era yo bastante tremendista. Uno con los años va como atemperando muchas actitudes; uno cree como que le deben algo… Ya no creo que nadie me deba nada a mí en particular por escribir porque ese es un hecho voluntario y nadie está en la obligación de retribuirme eso ni con besitos ni con diplomas ni con premios ni con nada. Yo me siento sumamente gratificado simplemente por tener algunos lectores, con los cuales se crea una cierta complicidad, como decía el maestro Julio Cortázar. Uno busca esa complicidad. Me satisface escribir, es una actividad primordial en mi vida. Yo no me sentiría como el ser humano que soy si no escribiera, hasta el punto de que ha llegado un momento en que algunas cosas no las pienso completamente, sino que las escribo. Por eso me gusta no llevar exactamente un diario, pero sí reflexiones sobre mi propia existencia y sobre algunas lecturas y otros asuntos, que es como un itinerario, como un mapa que tengo allí. Yo escribo mucho en agendas viejas, y cuando me encuentro con esas agendas a veces estoy de acuerdo con el Eduardo Liendo que fui en ese momento y a veces entro en contradicción con él, porque todos nos modificamos y la realidad se modifica.
En eso que leyó Eloi hay un poco de ironía. Primero, esa condición de la exclusión por la militancia política. Eso tiene algo de verdad, porque yo siempre he estado como a destiempo de las cosas: cuando era una nota ser escritor de izquierda (estaban en el tapete Orlando Araujo, nuestro querido Adriano González León, etc.) yo estaba preso en la Isla de Tacarigua; cuando salí de la cárcel y en el 75 escribo Los topos (antes había escrito El mago de la cara de vidrio), ya ser escritor de izquierda no estaba de moda, era una raya. Entonces estaba como escribiendo a contracorriente y no se imbricaba mi actitud de escritor con lo que se estaba viviendo, un poco con la moda, y mucho menos con la circunstancia política.
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| Alejo Carpentier. |
Lo otro, lo del autodidactismo (que es bastante cierto) es relativo, porque en realidad todo escritor es autodidacta; es decir, ese no es ningún elemento especial. Claro, hay autodidactas y autodidactas. Yo le pregunté en una oportunidad a Alejo Carpentier justamente si él era autodidacta, como me habían dicho, y me dijo: “Ay, pero qué bueno que me haces esa pregunta”. Mi vanidad en este momento se revuelca porque agregó algo, me dijo: “Tú tienes la virtud de hacerme preguntas que me hacen sentir feliz”. Entonces me dijo: “Claro que fui autodidacta, porque yo fui un niño asmático y lo que tenía era la biblioteca de mi abuelo; pero resulta que a los trece años, aunque yo no había ido a la escuela por esa asma aguda que tenía, ya me había leído todo el Siglo de Oro español”. Y así, si uno se pone a ver la lista de los autodidactas cercanos que tenemos aquí en el mismo país, como Salvador Garmendia, que es un hombre que se hace de las lecturas, como todos los escritores, aunque hay escritores que además de esas lecturas están diplomados, pero eso es otra cosa… Pero su formación específica los escritores la toman de donde deben tomarla: de la tradición literaria, que es milenaria. Sería el caso de José Rafael Pocaterra, de Augusto Monterroso (si queremos salir de aquí), de Pablo Neruda, que decía que de las reglas elementales de suma, resta, multiplicación y división, ya se le estaban olvidando dos: la multiplicación y la división. Entonces eso que yo tomé como algo que podría marginarme, era más bien una constante. Además yo reivindico una cosa: mi vocación de escritor es mucho más terca que mi ignorancia, y eso es lo que me hace persistir en el oficio.
Salvador Garmendia. Foto tomada de aquí
Y lo tercero, lo de la negritud… pues a mucha honra (risas), pero no creo que sea ni un estigma ni lo contrario. O sea, que hoy no respondería de la misma forma porque he tenido otras experiencias y me he modificado; quizá ahora tenga otras cosas que agregar pero no son esas precisamente. Pero te sigo agradeciendo la entrevista, muchísimo… Por cierto que le gustó mucho esa entrevista a Ibsen Martínez porque en ese momento nosotros no teníamos una amistad muy cercana y él me llamó por teléfono para decirme que le habían gustado mucho la entrevista y el libro que la propició, El cocodrilo rojo, mi libro de cuentos.
Eduardo Fuemayor: Me gustaría oír la opinión de Eduardo Liendo sobre el comentario que te hizo Vila-Matas cuando le preguntaste, Eloi, qué le había parecido El round del olvido.
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| Ibsen Martínez |
Eloi: Me pones en un aprieto (risas). Cuando vino Vila-Matas acá, en una de esas conversaciones informales yo le pregunté qué le había parecido tu novela y él me dijo, con ese tono característico suyo, que le había parecido “anticuada”. Supongo que se refería al planteamiento literario, no sé si a la estructura… La verdad no pregunté más porque no tuvimos oportunidad de conversar.
Eduardo Liendo: Bueno, es un juicio… respetable y que tomo muy en cuenta por venir de quien viene, Vila-Matas, un escritor al que admiro mucho. Y es posible que tenga razón, por lo menos en algunos aspectos. Como toda novela un tanto de evocación, de rescate de un mundo que no es completamente ficticio, pudiera considerarse de esa manera. Lo que pasa es que yo ando con mis fantasmas y Vila-Matas anda con los suyos. Bueno, lo respeto como un juicio… Además creo que es una novela que, sin llegar a ser compleja, es así como contradictoria porque, por ejemplo, las entrevistas que aparecen allí, las supuestas entrevistas, que tienen una cierta autonomía del resto del texto, no creo que tengan nada de anticuado, sinceramente. Las reflexiones sobre el origen de la militancia comunista, sí puede tenerlo; pero como decía Goethe hace mucho tiempo: “Ya todo está dicho, lo difícil es decir las cosas por segunda vez”, o por ene vez, porque no hay ningún tema en literatura, y menos un tema primordial, que de alguna manera no haya sido tocado antes: el amor, la muerte, los celos, el crimen, la traición, el heroísmo, el pánico… todo está dicho.
A los que escribimos lo que nos queda es decir esas cosas de una manera que sea auténtica, al menos en relación con nosotros mismos, y hacer, por supuesto, trabajo de lenguaje. Ahora, la antigüedad de los temas siempre estaba allí. Cuando escribí Si yo fuera Pedro Infante de repente me entró un pánico después que tenía un borrador, después que tenía cierto entusiasmo, porque un día me pregunté: “Bueno, y ¿a quién demonios le interesa Pedro Infante en este momento, un ídolo popular mexicano de las películas y las rancheras, si ese es un problema y una evocación de mi adolescencia, de cuando yo iba al cine Roxi o al Royal o al Rivera, que son ya salas de cine que no existen en Caracas? ¿A quién le interesa eso?” Y me entró realmente un desánimo total. Tiré el texto en una gaveta y dije: Bueno, perdí estos meses… los gané como ejercicio literario, pero los perdí como obra. Y entonces un día dije: Voy a escribir un artículo para el Papel Literario de El Nacional porque se cumplía un aniversario de Pedro Infante y para salvar algo dije que escribiría una crónica. Y le puse: Los mariachis callaron. La crónica era sobre Pedro Infante y Jorge Negrete, y se la llevé al poeta Luis Alberto Crespo, que era el director de Papel. Él me dijo: Esta vaina me gusta mucho, pero tiene un problema; digo: cuál será el problema. Y me dice: ¡Que no tiene a Javier Solís, que es el que a mí me gusta! Yo no tenía ninguna erudición sobre el tema ranchero. Él me dijo: Tú me trajiste una cosa de seis cuartillas, escribe tres más y te lo saco en el Papel Literario muy destacado. ¡Casi fue un chantaje la vaina! Por supuesto que yo simpatizaba también con Javier Solís aunque no estaba en mi onda, y llegué y me lancé un puñal: me metí en una disquera, busqué las contratapas de Javier Solís, donde decía que había sido boxeador, que había sido carnicero y yo no sé qué, y terminé mi cosa. Bueno, nunca me habían llamado a mi casa tanto como esa vez.
Como aquí lo gradúan a uno rápidamente con el primer artículo que escribe, me graduaron por supuesto de “ranchólogo”. Por esos días hicieron en el Ateneo eso que llaman un “foro de cultura popular”. Estaba invitado nada más y nada menos que el maestro José Ignacio Cabrujas a hablar de telenovelas; una joven llamada Tania Ruiz, periodista, a hablar del bolero; Luna Benítez, escritora y periodista, a hablar de la radionovela, y dijeron: Eduardo Liendo puede hablar de rancheras. Voy yo para mi Ateneo y empiezo a hablar de Pedro Infante y de Jorge Negrete, a quien le decían el “ídolo de las cocineras” y tal, y empieza aquella gente, un grupo como de treinta personas, a decirme: “Coño, pero te falta Juan Gabriel, ‘tirado en el suelo como una basura’, ¿tú no conoces eso?”, y yo no sé qué más. Entonces yo salí de allí plenamente convencido de que el tema era absolutamente actual y de que todo el mundo, varias generaciones de venezolanos, habían visto Escuela de música, con Libertad Lamarque, y Escuela de vagabundos y cualquier otra por ahí, porque el canal 8 y otros canales tienen unos ciclos que pasan de vez en cuándo esas películas mexicanas viejas.
Roberto Echeto: Gran Cine de Siempre.
Eduardo Liendo: Fíjate, éste tiene un puñal en la vaina… Y me ocurrió una vez que me dijo el poeta William Osuna:
– Tú estás escribiendo, me dijeron, de Pedro Infante.
– Bueno sí. No una biografía de Pedro Infante, me interesa la figura del ídolo popular.
– ¿Tú has visto La tercera palabra?
– No, chico, yo no he visto eso.
– ¡Si no has visto esa vaina no has visto nada y no escribas sobre Pedro Infante porque no sabes nada!, porque allí Marga López enseña a Pedro Infante a leer con las Hojas de hierba de Walt Whitman.
Un día regreso yo a mi casa en Semana Santa, leo el periódico y veo: La tercera palabra en el Cine Principal. Digo: ¡Coño, yo tengo que ver esto! No sé por qué en Semana Santa estaban dando aquella película… Atravieso aquel desierto que era la Plaza Bolívar y cuando voy a entrar al Cine Principal, que tenía un continuado (aproximadamente a las 7 de la noche), me dice la muchacha de la taquilla: “Tiene que esperar porque no hay butaca”. ¡Aquella vaina estaba llena! Porque Pedro Infante siegue siendo para el Oeste de Caracas un ídolo, es lo que se llama un “ídolo popular”. Y en México, todos los días del mundo pasan películas de Pedro Infante. Entonces, ¿qué es lo anticuado? Las imágenes están allí, los mitos están allí… Puede ser el tratamiento, tal vez.
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| Uslar Pietri |
Fíjense que una cosa me llevó a la otra, y no sé si ustedes tienen el mismo problema, creo que lo tenemos todos los escritores en algún momento, que es este de los temas. Lo mismo me ocurrió con el Diario del enano. Diario… es una novela breve que escribí… antes había escrito un cuento que se llama Carisma, que aparece en El cocodrilo rojo, que tiene la almendra de lo que será Diario del enano y fue publicado en 1995. Yo estaba muy angustiado –sigo estándolo–, hasta el punto que recuerdo que Eloi, que me hizo una entrevista y reseñó la novela en El Nacional, me dijo en aquel momento: “Yo noto algo crítico, como si estuvieras escribiendo esta vaina desde la clandestinidad”. Yo tenía una gran preocupación por todos los alzamientos militares que ocurrieron en 1992 y me hice una pregunta: ¿para qué otra novela del tirano? (ya la había empezado). Si la escribió Ramón del Valle-Inclán, Tirano Banderas, si la escribió Miguel Ángel Asturias, Señor Presidente, la escribió García Márquez con El otoño del Patriarca, Roa Bastos con Yo, El Supremo, Uslar Pietri con Oficio de difuntos, el colombiano que debía nombrar pero siempre olvido su nombre (Jorge Zalamea), autor de El gran Burundú Burundá ha muerto, que es una excelente novela del tirano; si la escribió Shakespeare cuando escribió Julio César… Bueno, porque cada quién ve el tirano de alguna manera y ese es uno de los temas universales y a uno le da la realísima gana de volver a escribir sobre el tirano, tan sencillo como eso… tratando uno de ser, en esa combinatoria de las influencias que es la originalidad, lo más original posible desde ese punto de vista, que es el único punto de vista posible porque un escritor es el producto de todas sus lecturas. Por eso Umberto Eco dice que un libro es una antología de todos los libros.
Pero allí se me volvió a presentar el dilema: ¿deshecho el tema por escrito, o trato de darle una visión personal? Y esto último fue lo que hice. Por cierto, Diario del enano también fue finalista del premio Rómulo Gallegos y se agotó muy rápidamente, y no lo han reeditado… Creo que es un dilema que todos los escritores vivimos de algún modo.
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| Jesús Sanoja Hernández |
Lo que él dijo del testimonial sí es como más personal, porque yo no me planteé hacer una ficción propiamente dicha, sino utilizar los elementos de la novelística para rescatar una experiencia carcelaria fundamentalmente, que es Los topos, y una experiencia de una guerrilla nonata que no llegaba ni a recolectores de naranjas pero en la que hubo mucho muerto, lamentablemente; eso es lo doloroso del asunto. Por lo demás, una guerrilla muy improvisada, de esas de los años 70… Por supuesto, aquella no era la persona que les está hablando acá, porque esta es una persona mayor de sesenta años y aquel era un muchacho de veinte, entonces no hay comparación: yo no voy a entrar a juzgarlo a él con la visión que hoy tengo de las cosas; él hizo lo que debía hacer en aquel momento y en aquella circunstancia. Pero yo pensé que aquel era un aprendizaje, una experiencia rescatable desde el punto de vista de una reflexión de la vida carcelaria, cosa muy pertinente porque el profesor Jesús Sanoja Hernández tuvo hasta hace muy poco una cátedra en la universidad, en la escuela de periodismo, que se llamaba así: Literatura carcelaria. ¿Quiénes estaban allí? Antonio Arráiz con Puros hombres, José Rafael Pocaterra con Memorias de un venezolano de la decadencia, José Vicente Abreu con Se llamaba SN… ¡Y entonces por qué demonios uno no puede escribir sobre la cárcel!
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| José Rafael Pocaterra (1889-1955) siempre fue un escritor que estuvo en el ojo del huracán de los acontecimientos de su tiempo |
Los temas están allí y vuelven, como decía Enrique Federico Amiel: en literatura y en arte todo es copia de copia y reflejo de reflejo. Claro, una cosa es la influencia recibida por vía de la literatura y asimilada y reelaborada artísticamente, y otra cosa es el plagio, que es cuando impúdicamente uno se apodera de las ideas de otro. Pero hasta eso, cuando se hace con genialidad, como que vale, porque Shakespeare le fusiló los dramas a todo el mundo. Lo que pasa es que tenía la poesía shakesperiana, ¡una pendejada!
Eloi Yagüe: Eduardo, antes de seguir con la ronda de preguntas, y considerando que en este grupo la mayoría son, somos, escritores en formación; considerando que la formación de un escritor nunca termina, ¿podrías hablarnos un poco de la concepción y del proceso de escritura de El round del olvido?
Eduardo Liendo: Bien. Primero, allí están varias de mis obsesiones, que espero haber dejado liquidadas con estas quinientas páginas. Yo me prometo a mí mismo no incursionar más en este rollo subversivo de los 60-70, pero el hecho de que la haya escrito quiere decir que no había saldado esa necesidad.
Hay tres personajes que me resultan caros: la narradora, que es la periodista, Noelia, quien me interesa por varias razones: una, por mujer. A mí la condición femenina siempre me ha atraído y me ha deslumbrado, y meterme en el pellejo de una fémina en primera persona era un desafío; yo no quería que fuese una especie de hombre disfrazado, sino que tuviera una sensibilidad que pudiera ser apreciada como femenina. No me corresponde a mí decir si lo logré, pero muchas mujeres me lo han dicho. Además, Noelia es periodista, que es otra, si no de mis frustraciones, otra de mis ensoñaciones. Yo ocasionalmente he incursionado por allí en artículos, alguna vez tuve cierta regularidad en Papel Literario, pero ni soy periodista ni lo puedo ejercer ni en la práctica ni en toda la preparación académica que lleva implícita, es como un demonio que tengo allí. Yo tuve más de dos años trabajando en la biblioteca de Enrique Bernardo Núñez, una biblioteca de más de cinco mil volúmenes de un hombre que era un extraordinario intelectual, periodista, narrador, historiador, etcétera, uno de los escritores más completos que ha tenido este país. Les recomiendo que se acerquen a él. Tiene un libro que se llama Bajo el samán, que es una reflexión sobre el mundo intelectual venezolano, sobre la condición del escritor, y nosotros, que siempre nos gusta ver lo que dicen los extranjeros sobre el oficio, no nos ocupamos lo que han dicho los nuestros del oficio… Lo que quiero decir es que esa vertiente del periodista para mí es cara, importante, significativa.
Después está la del boxeador, que también pertenece un poco a esa ensoñación juvenil en el barrio, de adolescente, porque ese era uno de los valores de El Valle (allí pasé mi adolescencia). Nosotros practicábamos boxeo y todas esas cosas e íbamos al Nuevo Circo a ver las prácticas de los boxeadores. Por allí me quedó una cierta fijación con ese deporte. Además, yo reivindico en el boxeo que tiene una estética y una ética. Aunque es un deporte que se puede calificar de violento, de brutal, hay que considerar que allí hay una técnica, un lujo, hay boxeadores a los que realmente provoca verlos combatir por su inteligencia, por su sagacidad… Y del boxeo me interesa mucho que es prácticamente uno de los pocos elementos con que cuenta la gente más desfavorecida, lo que hoy llaman los excluidos, para ser protagonistas. Sólo cuentan con el beisbol y los puños. Si llegan a campeones mundiales, están resueltos; a los que se quedan en el camino nadie los conoce, son los reventados. Ésa es prácticamente su única posibilidad de ser protagonista.
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| Nuevo Circo de Caracas. Imagen tomada de aquí. |
Y finalmente, ese demonio que está allí en mi relación con la vida subversiva, revolucionaria de los años sesenta. Hay anécdotas que el personaje se las roba al autor. Ese personaje no es exactamente Eduardo Liendo, pero yo sí estuve en Checoslovaquia, estuve en la Unión Soviética, conozco de qué estoy hablando. Es un personaje que se afinca mucho en hechos verídicos, en hechos reales, personalmente experimentados o por referencias cercanas. Y por supuesto hay una parte de invención que es la que se puede permitir un escritor, que yo no me permití en Los topos, porque aquélla es un testimonial y El round del olvido es una novela. La novela es para mentir, no para decir verdades; pero se miente desde una sinceridad, obviamente.
Bueno, un día me dio por allí, yo siempre he escrito novelas relativamente breves, y por la temática, por el cruce de los personajes, esta novela fue haciéndose más extensa. No obstante, yo no perdí de vista algo: a pesar de ser una obra de quinientas páginas, yo quise que mantuviera una cierta intensidad. Obviamente no puede ser la intensidad de un cuento. Ya lo dijo el maestro Cortázar con una metáfora de boxeo, por cierto, inigualable: el cuento gana por nocaut y la novela gana por puntos. Ni el Quijote gana por nocaut. Hay cosas que el mismo Cervantes dice que metió allí de relleno, y la novela tiene mucho de eso.
OSWALDO TREJO. Fotografía de VASCO SZINETAR. Foto coloreada.
El round del olvido está lejos de ser una novela experimental. Yo no me casé con el experimentalismo literario, lo respeto pero no me casé con eso; incluso hay un cuento mío que se llama ¿Quién mató a Sherezade?, que es una parodia de la gente que dejó la anécdota a un lado y todo lo centró en el ejercicio de pirotecnia verbal. Yo respeto eso pero no lo he asumido como escritor. Yo discutía mucho, amistosamente, con un extraordinario escritor venezolano que se llama Oswaldo Trejo. Oswaldo tuvo una vida sumamente interesante, para mi gusto, una vida paradójica. Es un hombre autodidacta; la diferencia entre él y yo es que él llegó a embajador plenipotenciario y yo apenas a director del área cultural de la Biblioteca Nacional. En él se daban algunas paradojas tremendas: él fue primero policía de punto. Decía que era el hombre más bello que había en Caracas. Cuando era policía de punto estaba en la esquina de San Francisco; en Caracas no había sino dos carros, lo vieron los choferes y ¡pum!, chocaron… Después fue fiscal de cochinera; fiscal de cochinera un tipo que termina siendo director del Museo de Bellas Artes, además con toda la erudición, con suficiente conocimiento del área de la plástica, y él mismo había sido un pintor, poco conocido pero ahí tiene su obra, un poco encaletada. Después que conocí su currículum siempre le decía: ¿Por qué tú escribes “Trujo, trajo, trejo”, por qué escribes sin verbo si tienes una vida tan apasionante? “A mí no me interesa esa vaina. ¡Si te gusta tanto escríbela tú, pues, escríbela tú!” Eso decía. La cosa vivencial no le interesaba.
Se ve que asimilé el gancho de Vila-Matas…
¿Qué era lo in en los años 60-70? El experimentalismo. Hasta un premio Nobel obtuvo esa literatura, que es un autor que hoy no lee nadie, porque querían acabar con la historia y en eso yo sí creo, que el cuento es para contarlo. Claro, eso es inseparable del modo de contar. Lo dijo Sartre y no hay más nada que decir al respecto: “Nadie es escritor por haber decidido decir ciertas cosas, sino por haber decidido decirlas de cierta manera”. Ahí está el detalle. Los escritores que quedan desde antes de Ovidio y su Arte de amar para acá son los que cuentan algo. Por supuesto, tienen que decirlo de la manera más virtuosa posible y eso crea los estilos, que también pueden pasar de moda; ojo, también pueden ser anticuados. Eso lo dice Carpentier: los adjetivos son la quincallería del momento literario, y hay que tener mucho cuidado con eso. El sustantivo siempre tiene vigencia.
El round del olvido lo escribí con mucha aprehensión. Me sucedió algo parecido con lo de Pedro Infante. Me dije: ahora resulta que voy a revivir mi pasado, que ya tengo por allá bien arrinconado, de militante de la Juventud Comunista de Venezuela. Pero para que ese personaje fuese auténtico yo tenía que resucitar eso y lo que él experimentó en ese momento, y no jugarle sucio, en el sentido de utilizar la experiencia que tengo hoy para meterlo en su mentalidad de los años 60, porque eso sí es un truco. Yo tenía que hacer un personaje lo más auténtico posible, un personaje que paradójicamente termina ciego, cosa que al principio yo no sabía que iba a ocurrir, pero en algún momento pensé que esa frustración, todo ese fracaso de la utopía tenía que tener un reflejo no sólo desde el punto de vista de las ideas, sino algo más corporal.
José Ramírez: Esos acontecimientos que son vistos desde distintas ópticas, cuando Noelia se entera por sus compañeros de que Teo había matado a sus contrincantes y es Teo el que reflexiona sobre el hecho, no había visto ese tratamiento para mostrar un episodio desde distintas ópticas, me parece interesante. Una pregunta es si esa estructura es preconcebida, planificada.
Krina Berr: (no se oye la pregunta)
Eduardo Liendo: No me plantearía rescribir El round del olvido en ningún momento, todo lo contrario. Para mí es como haberme desprendido de algo y todavía tampoco tengo la distancia necesaria como para decir que fue un experimento fallido, que suele ocurrirme a veces con otros textos míos, pero no soy el primer escritor al que le ocurre eso, que piensa un día que su texto es una maravilla y se lo lleva a un editor y seis meses después la anda recogiendo porque cree que no sirve. Incluso le pasó eso a Enrique Bernardo Núñez: fue a la Biblioteca Nacional a buscar dos libros suyo, después de Ayacucho y no recuerdo qué otro, de los que quedaban unos poquitos ejemplares, porque no quería que quedaran pruebas de esa vaina.
Lo que se ha dicho: uno siempre escribe la novela que puede, no la que quiere. Hay una distancia entre la ensoñación y lo concreto. Siempre la imaginación va a ir algo más allá de lo que logramos después como obra, y esto es válido prácticamente para todos los autores, porque si no, no reincidiríamos. Si un autor llegara a la conclusión de que su obra es perfecta, no reincidiría; reincide porque cree que todavía puede lograr algo superior a lo que ha hecho. Creo que era Turguéniev o Chéjov el que decía: qué maldición, escribo algo y dicen “él es muy bueno pero no tan bueno como Tolstói”, y tengo que salir corriendo a escribir otra cosa. El reto del escritor no termina nunca. Para decirlo con una frase contundente de Baudelaire: un poema es el último borrador que llevamos a la imprenta. Todo texto literario es perfectible, siempre hay algo que se puede cambiar o agregar, por eso no es muy conveniente releer las cosas que uno publica, porque entonces te empiezan a espantar tus propios gazapos. Por eso uno de los pocos consejos que daba Jorge Luis Borges a los escritores era no apresurarse a publicar, porque él mismo cometió eso. Por si ustedes no lo saben, él mismo escribió un libro que es una apología de la Revolución Bolchevique, ¡imagínense ustedes a un Borges escribiendo eso! Por supuesto, ese libro lo persiguió toda la vida, y si un periodista quería interrumpir la comunicación con Borges no tenía sino que nombrarle ese libro. No obstante, él dio una respuesta muy buena cuando vino a Venezuela en el año 86, en el programa de Sofía Imber y Carlos Rangel. Dijo: no es lo mismo ser un simpatizante del socialismo en los años 20 que en los años 80.
Pero no he concretado. Ahorita estoy, no complacido, pero hasta el momento no tengo una contradicción importante con El round del olvido, me ha proporcionado muchas satisfacciones.
Roberto Echeto: Los nombres de los personajes. ¿Cómo llegas a ellos? Pastelito, por ejemplo.
Eduardo Liendo: Ustedes son escritores, saben que si todo estuviera preconcebido sería un fastidio. A uno se le ocurre el nombre de un personaje y realmente es algo muy importante porque desde ese momento empieza a funcionar como un ente con cierta autonomía. En Venezuela hay un famoso deportista que es Teo Capriles, en quien no pensé mucho; pensé más bien, para el protagonista, en mi amigo Teodoro Petkoff, a quien quiero mucho. Hay autores que utilizan la guía telefónica para buscar los nombres de sus personajes. Está la famosa anécdota del escritor que no halla el título para su novela y otro escritor le dice que eso es muy fácil. ¿Cómo que fácil?, pregunta el primero. Bueno, ¿en tu novela hay bombos y platillos? No, contesta el otro. Ya está, ponlo así: Sin bombo ni platillos.
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| Teodoro Petkoff. 1988. Fotografía de Vasco Szinetar. Imagen tomada de aquí |
Eloi: Quedó pendiente la pregunta de José, si la estructura de la novela es preconcebida.
Eduardo Liendo: Sí, es preconcebida. Bueno, preconcebido son los puntos de vista del narrador; es decir, hay dos narraciones en primera persona, la de Noelia y la del boxeador. Ya dije por qué me interesaba Noelia. Me interesaba la voz de Teo en primera persona porque era el boxeador y tenía cierta jerga popular, y me interesaba una voz omnisciente porque era el personaje que más se podía confundir conmigo en ciertos momentos y yo necesitaba distanciarme de él de algún modo. Si hubiese escrito a Olivier en primera persona, algunos aspectos me habrían resultado chocantes porque lo hubiese sentido como autobiográfico (Checoslovaquia, la cárcel). Pero la tercera persona te da una distancia que te permite ser otro. Luego, los capítulos breves son por la intensidad, porque yo tengo una preocupación muy grande por el lector, a mí me interesa muchísimo el lector. Yo nunca diré nada parecido a esos autores que dicen: “Yo escribo para mí mismo, y el lector, allá él, que se las arregle”. Porque yo, siendo el lector, agarro mi vaina y tiro el libro a la papelera. Soy medio obsesivo con eso; no es que lo logre, pero en todos mis libros lo intento. Creo mucho en una frase de García Márquez que capté en una entrevista que le hicieron por televisión: la relación con el lector es un acto de hipnotismo, hay que hipnotizar al tipo y no dejarlo más. Yo disfruto los libros que mantienen un interés narrativo que me obliga a seguir interesándome en la historias.
Este es un libro que escribí con mucha persistencia. Me tomó casi tres años.
Uno de los elementos que creo fundamentales para un narrador, un escritor, un poeta, es la investigación: hay que investigar. Lo del poeta lo digo con toda propiedad. En Confieso que he vivido Neruda da una serie de consejos para informarse de los asuntos que van a ser tratados literariamente. En El cuarteto de Alejandría, Lawrence dice algo que a mí me gusta mucho: que los poetas sólo conocemos dos pájaros, la gaviota y el gorrión, y todos lo demás están en los libros. O sea, que hay que investigar. Yo me leí varias revistas de boxeo, me puse al día con el asunto técnico… Esas son las razones por las cuales escogí estas tres voces.
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| Krina Ber |
Krina: ¿Tenías un plano de conjunto previamente concebido o te dejaste llevar por los personajes?
Eduardo Liendo: Fue una combinación de las dos cosas. Yo tenía un punto de partida y un punto de llegada, aunque no sabía el punto exacto de llegada. Sabía que uno de los personajes tenía que hacer toda la travesía, que iba a ser Olivier. Ahora, como inicié un contrapunto eso me obligaba a que la historia del boxeador arrancara. Ese fue como el diseño. Llegó un momento en que me preocupé por la extensión, pero no porque estaba fastidiado, sino porque la peripecia, como ya la tenía organizada en el tapete, se me hacía muy extensa. Están también los trucos propios del oficio, que es cuando Noelia hace pausas reflexivas que enriquecen su propio personaje, pero que también es una manera de que participe del contrapunto, del juego. No basta con que yo diga que ella es periodista, tiene que demostrarlo en el transcurso de la narración.
Eduardo Fuenmayor: (Pregunta sobre los hábitos y la disciplina de Eduardo Liendo como escritor).
Eduardo Liendo: Tú estás mencionando algo que para mí representa una de las claves de la condición del escritor. Una vez me tocó hablar sobre Salvador Garmendia en una exposición que hicimos en la Biblioteca Nacional y yo lo calificaba allí como “el escritor de la voluntad”. Salvador siempre fue un escritor a tiempo completo, no sólo porque era un narrador, sino porque escribía artículos, telenovelas… Él se ganó la vida escribiendo, un caso excepcional en Venezuela porque no se puede vivir de la literatura. Pero yo siempre he considerado que la voluntad es la cualidad fundamental de un escritor, sobreentendido el talento. Sin voluntad de creación, no hay obra. Todos conocemos tipos muy simpáticos que echan cuentos sabrosos y la gente le dice que por qué no escribe, pero es que una cosa es con guitarra y otra cosa es con bandola: el asunto está en concretar. Ese carisma que puede tener la persona hay que concretarlo en la cuartilla y allí es donde viene el trabajo. Hay que decir como Carlos Fuentes: yo no creo en la inspiración, yo creo en las nalgas. Hay que trabajar. Lo mismo te dice un músico, un pintor.
Yo he internalizado que sin voluntad no hay obra, que las mejores ideas se pierden si las dejas escapar, porque esa historia de esperar el momento idílico para uno concretar la obra no llega. Dostoievski escribió Los endemoniados en una prisión rusa. Entonces, simplemente hay que trabajar y sacar tiempo del tiempo que te queda. Hacías alusión a que ahora estoy jubilado pero eso no sirve tampoco de mucho porque resulta que no puedes escribir veinticuatro horas al día. Yo tengo un tiempo útil de dos horas, de ahí en adelante empieza a decaer mi concentración, mi capacidad de elaborar un discurso, una escritura que me complazca y tengo que abandonar. Además no se trata de eso. Hay períodos de incubación y hay períodos en que haces cosas, haces un borrador, haces una primera versión de tu trabajo y estás emocionado porque sabes que esa liebre ya la cazaste, sabes que si persistes, ahí está. Eso lo dicen la mayoría de los escritores, que llega un momento en que el tema se te rinde.
Con este trabajo fui muy persiste. Eso quiere decir que si me invitaban para una conferencia en Yaracuy, yo me iba para allá con mi cuadernito, daba mi conferencia y cuando llegaba al cuarto del hotel comenzaba a escribir. Alejo Carpentier me dio un consejo: ni un día sin una página. Cuando uno ya está cabalgando sobre una historia tiene que atreverse y persistir. Hay un dicho muy hermoso que dice: si te pones a tejer, los dioses te dan el hilo. Te pones a trabajar y de repente se te ocurren cosas que no sabías que sabías, porque son asociaciones que haces durante el proceso creador. A Borges se le ocurrieron sus mejores cuentos mientras se afeitaba. Ahorita estoy trabajando disciplinadamente en algo, tengo una idea espada que me permite escribir sistemáticamente. Y leer mucho, porque cuando uno está en un proceso de creación, de cualquier lugar brinca la mosca, como dice Monterroso. Estás leyendo el periódico y de repente dices: ¡Coño, pero si esto es!
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| Renny Otolina |
Alfredo Chacón me comentó una vez: en Venezuela, el que apuesta a la notoriedad se jodió, porque fíjate que ya nadie se acuerda de quiénes fueron ni Renny Otolina ni Mariano Picón Salas. Imagínate, más notoriedad que Renny Otolina, solamente el-que-te-conté [Chávez]. Y Picón Salas era el intelectual por antonomasia, discutido por la izquierda y demás, pero nadie le regateaba la estatura intelectual; es una figura que podía medirse con Alfonso Reyes, el mexicano. Lo que pasa es que nació aquí y nosotros ninguneamos a todo lo que nace aquí. Nosotros tenemos que hacer como los boxeadores: ganar afuera. Y como los escritores nuestros, por inhibición en cierto modo, no ganan afuera, pues no los reconocemos; pero aquí hay talento literario sobrante: narradores, poetas y ensayistas. Victoria D’Stefano es una gran escritora, sin que me quede nada por dentro; Francisco Massiani es un gran cuentista, sin que me quede ninguna duda de ello… Por supuesto que Rafael Cadenas es un gran poeta. Si todos ellos fueran mexicanos, ¡coño, serían universales! (risas) El problema es que nacieron en Caracas y eso es muy problemático.
Mariano Picón Salas cerca de 1940.
Roberto Echeto: Es cierto que Venezuela es malísima madre, más bien madrastra de cuento de brujas; pero creo que también tiene que ver con nuestros escritores. Uno lee la literatura venezolana y encuentra una lista enorme de personajes pusilánimes, desde Mariano Urquízar, el mismo Santos Luzardo, Perucho Contreras, los personajes de Los últimos espectadores del Acorazado Potemkin. En otras palabras: la literatura venezolana carece de héroes.
Eduardo Liendo: Partamos la respuesta en dos. Una, en relación con la escritura de nuestros escritores. Una vez hablando con Salvador Garmendia me comentó: independientemente del valor de las obras, tras un escritor mexicano, digamos Juan Rulfo, está el Estado mexicano; detrás de un escritor venezolano… no está nadie. Eso explica que Pedro Páramo esté traducido a cincuenta y pico de idiomas, porque una vez que se está convencido de que allí hay un valor intrínseco el Estado asume eso como algo que le interesa al gentilicio mexicano y que hay que potenciar: porque Pancho Massiani no tiene cómo hacerse traducir al inglés, pero el Estado venezolano sí tiene cómo hacerlo, pero no le interesa esa vaina. Yo no quiero hacer ningún lloriqueo aquí, pero el escritor venezolano es huérfano en ese sentido. También es verdad que no se mueve mucho, que viaja poco, que no hace lobby; pero a veces lees a un escritor argentino –por si acaso, estoy casado con una argentina, así que nada de xenofobia– que no es notablemente superior a Luis Britto García, por citar un caso, y el tipo está traducido a quince idiomas; entonces ves que hay una maquinaria que lo acompaña. Hace poco los italianos hicieron una edición limitada de Julio Garmendia, creo que es Siruela o algo así, que impresionó mucho a los críticos: cómo era posible, decían, que un hombre que escribió Tienda de muñecos y La tuna de oro en la década del 20 hubiese sido ignorado todo este tiempo fuera del país. El médico de los muertos, La mano junto al muro, Había una vez un tigre no tienen nada que envidiarle a ningún cuento magistral de ninguna parte. Como a nosotros nos encantan los cadáveres, cuando se muere un escritor vamos a la funeraria Vallés y ya está, pero no hay un reconocimiento.
Massiani por Hen's Monologue
Lo otro que tú dices. No es una fórmula para el lector la creación de héroes, todo lo contrario: la modernidad se caracteriza por ser una época de antihéroes, o sea, que estaríamos en la onda, aunque tú utilizas una palabra un poco dura que es la del “ser pusilánime”. Don Quijote no es un héroe, más bien todo lo contrario. No es un héroe en el sentido de Alejandro Magno, su fortaleza es otra, es ética… La obra de Cortázar está llena de perdedores. Yo creo que eso no es determinante en la recepción del autor por parte del lector. El logro tiene que ser en términos de literatura, independientemente del personaje. Un personaje más fracasado que el de la Metamorfosis de Kafka no puede haber, Gregorio Samsa; lo que pasa es que es una maravilla literaria y llega un momento en que la confidencia del cuarto todos somos Gregorio Samsa porque en cierta forma todos los seres humanos somos perdedores: la primera pelea que perdemos es la de la vida, llegas a la conclusión de que tienes que morirte. Nuestros libros, al menos de los que tenemos esa manía, son una manera de luchar contra esa fatalidad que es la muerte. Tenemos un espejismo de que escribir esas pendejadas tendrá alguna trascendencia. Es mentira, porque imagínate los millones de libros que salen en la actualidad. Uno entra a las librerías y provoca como que no escribir más, lo que pasa es que uno es terco; pero por falta de libros, no es que hace falta uno más…
Hemingway decía que un libro escrito era un león muerto; es decir, que uno no debía ocuparse más de los libros ya escritos, sino escribir otros y continuar adelante con su trabajo, de lo contrario se convierte uno en lo que llamaba Oswaldo Trejo “chofer del propio libro”. Hay escritores que son choferes de sus libros, los ves yendo a los periódicos y llevan esto… Yo, utilizando esa metáfora de Hemingway, ahora digo que no cacé ni una liebre ni un cunaguaro, ahora tengo un león personal de quinientas páginas en mi biblioteca
https://fuenmayoriscausa.wordpress.com/2012/12/01/eduardo-liendo-el-escritor-venezolano-es-huerfano/
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