martes, 29 de septiembre de 2026

Ayudemos a los abuelitos Chiqui y Delia Herrero a recuperarse

 


Hola. Estoy apoyando esta recaudación de fondos en GoFundMe para los abuelitos venezolanos Chiqui y Delia 🩵👴🏻👵🏻💜. Si puedes, considera apoyar donando desde $1 o si puedes, compartiendo el enlace, que sería genial 🙏💜🙏. No todos sus sobrinos tenemos forma de ayudarlos económicamente y por eso pedimos este fundamental apoyo a nuestros viejitos. Cada muestra de solidaridad  marca una gran diferencia. Bendiciones y gracias 






DESCRIPCIÓN: Mis tíos, los abuelitos Remigio "Chiqui" Herrero, constructor, y la Dra. Delia Espinoza Herrero, médica, ya pasan los ochenta años y han dedicado su vida a trabajar y a cuidar de los demás. Hoy son ellos quienes necesitan nuestra ayuda. El sábado fueron asaltados y golpeados dentro de su propia casa en Venezuela. Estaban tan heridos que no podían moverse, y pasaron dos noches enteras en el piso hasta que los encontraron el lunes en la mañana. Todos los hospitales públicos estaban llenos, así que los llevamos de urgencia a una clínica privada. Los costos se volvieron imposibles de cubrir y tuvimos que sacarlos antes de que se recuperaran por completo. Delia ahora recibe atención médica y de enfermeras en casa. Chiqui logró ser ingresado en el Hospital Vargas el viernes siguiente, pero su estado es delicado: sufrió un ACV (stroke) que le paralizó la mitad del cuerpo, tiene complicaciones pulmonares graves y necesita terapia respiratoria continua además de la terapia por su parálisis y tratamiento neurologico y enfermeras privadas que nos ayuden dentro del hospital. Nuestra familia quedó con una deuda muy grande con la clínica, y los gastos siguen todos los días: enfermeras, medicinas y estudios de radiología y otros. Tu donación ayudará a cubrir: • La deuda pendiente con la clínica privada • Los cuidados de enfermería y médico internista en casa para Delia • Medicinas, estudios de imagen, otros estudios y terapia respiratoria para Chiqui y terapia futura para la parálisis de la mitad de su cuerpo. Si no puedes donar, compartir esta campaña también hace una gran diferencia. Cada aporte, grande o pequeño, acerca a Chiqui y a Delia a su recuperación. Gracias por acompañar a nuestra hermosa familia. Tu generosidad es una bendición que nunca olvidaremos ❤️. 


Con cariño y gratitud, Marichina García Herrero


Enlaces Relacionados:























































lunes, 28 de septiembre de 2026

Los dos cuadros perdidos de Arturo Michelena (más uno perdido en Valencia, la de Pocaterra)

 



Los dos cuadros perdidos de Arturo Michelena (que en realidad son tres)



Estimados Liponautas


Hoy le hacemos llegar esta nota acerca de dos cuadros perdidos de Arturo Michelena que fueron afortunadamente encontrados. El tercer cuadro que se menciona en el título es el Bautismo de Jesus o de Cristo que estuvo en exhibición en el baptisterio de la iglesia de La Candelaria en Valencia.

Iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria en Valencia, Venezuela.
Fotografía de Richard Montenegro. 6 de septiembre de 2026.

El relato habitual que maneja el valenciano de a pie es que este cuadro fue prestado entre los años  70 y 80  para una exposición y nunca fue devuelto. Para ese momento el párroco era el padre Meret. Y el comentario que comúnmente se escucha en las calles de Valencia es que el cuadro está en manos de una rancia familia valenciana. 

Monseñor Tulio Chirivella. Imagen tomada de aquí.


Pero Josefina Weidner de Fierro en su blog Historia de Valencia, la Carabobo, narrada a mi manera  dice que el cuadro fue prestado para una exposición en Caracas por monseñor Tulio Chirivella cuando la Iglesia de la Candelaria estaba bajo su gestión. De ser así el cuadro tuvo que haber sido prestado antes de 1974, porque en ese año monseñor Tulio Chirivella fue nombrado  obispo de Margarita. Averiguar el papel de monseñor Tulio Chirivella en la desaparición estará cuesta arriba ya que murió en el año 2021. Curiosamente al revisar sus biografías en la red no mencionan que haya sido párroco de la iglesia de la Candelaria. El párroco actual es el padre Oscar Corona que desconoce toda la historia relacionada con este caso.



Entrada al Baptisterio de la iglesia de la Candelaria.
Fotografía de Richard Montenegro.  6 de septiembre de 2026.

Hasta donde sabemos no se ha hecho una investigación seria del caso del atraco que sufrió el patrimonio cultural valenciano.

Interior del  Baptisterio de la iglesia de la Candelaria.
Fotografía de Richard Montenegro. 6 de septiembre de 2026.


De ese cuadro solo existe un boceto que está en manos de la Fundación Boulton y que le  mostramos a continuación:





En el costado izquierdo del baptisterio de la iglesia de La Candelaria, hay una placa colocada en el año 2000, que dice: 

Placa colocada del lado izquierdo del Baptisterio de la iglesia de la Candelaria.
Fotografía de Richard Montenegro. 6 de septiembre de 2026.


Aquí permaneció el famoso cuadro del insigne pintor valenciano Arturo Michelena, intitulado "El Baustismo del Señor".

Roguemos al Todopoderoso que vuelva al sagrado sitio donde estaba ubicado.

Valencia, 22 de septiembre

Año santo del 2000.


Este es uno de los tantos expolios que el patrimonio cultural carabobeño y valenciano ha padecido, tema  que será tratado en otras entradas de este blog. Pero si pudieron recuperarse en el extranjero los cuadros "El niño enfermo" y "Una visita electoral" quizá tengamos suerte y logremos dar con el paradero de "El Bautismo del Señor" perdido dentro la misma Venezuela. Esperamos que con este minúsculo aporte logremos reavivar el interés por la recuperación de esta obra artística que forma parte del patrimonio cultural carabobeño y de toda Venezuela. 


Atentamente


Richard Montenegro.



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La pintura de Arturo Michelena cuya pista perdimos (y recuperamos) en EEUU



Muchos hemos admirado El niño enfermo en la Galería de Arte Nacional, pero es una copia del mismo artista. Axel Stein logró reconstruir la historia completa de esta obra, hoy a salvo en buenas manos venezolanas


Tony Frangie Mawad


07 de julio de 2022


Este es el original de "El niño enfermo", con todos sus detalles claramente visibles


Axel Stein —curador, consultor de arte venezolano y antes jefe del Departamento de Arte Latinoamericano de Sotheby’s— no esperaba que un dato curioso del catálogo de la exposición Genio y gloria de Arturo Michelena, 1863-1898 en el Centenario de su muerte (Galería de Arte Nacional en 1998) lo enredara en una travesía.



Leyendo el trabajo de los investigadores venezolanos Rafael Romero y Juan Ignacio Parra Schlageter, encargados de la muestra, descubrió que El niño enfermo (1886), del pintor valenciano Arturo Michelena, que se exponía en la GAN era una copia del mismo artista. El original había desaparecido hacía un siglo.


La copia que hoy está en Venezuela, mucho más oscura que el original intacto


El niño enfermo (Enfant malade) original era de los tiempos parisinos de Michelena. Con apenas veintidós años el pintor ganó una beca creada por el gobierno en 1883 para conmemorar el centenario del nacimiento de Simón Bolívar. Eso le permitió estudiar en París. Dos años después, el 6 de marzo de 1885, se embarcó en el buque Ville de Paris en compañía del pintor Martín Tovar y Tovar, que acababa de culminar las pinturas del Salón Elíptico del Palacio Legislativo y regresaba a París. En esa capital, Michelena se convirtió en el protegé de los venezolanos Bernardo y Ana María Tarbes y se inscribió en la prestigiosa Academie Julian, donde ya estudiaba Cristóbal Rojas.


Esta fotografía de la época, propiedad del Archivo Tarbes, muestra en París a Michelena, en el extremo izquierdo, con Rojas, otros artistas y una modelo en París


El retratista francés Jean-Paul Laurens, quien tuteló el trabajo de Michelena en la Academia, rápidamente descubrió su talento. En 1887, Laurens propuso que Michelena expusiera en el Salón de los Artistas Franceses. Michelena envió el Enfant malade y Une visite electorale (Una visita electoral). El Salón le concedió la Médaille d’Or en segunda clase.

Cristóbal Rojas. Imagen tomada de aquí.


Ambas pinturas son de un período en el que “el artista venezolano tuvo mucha presencia en Europa al final del siglo XIX”, dice Stein. En aquel entonces, Cristóbal Rojas, nativo de Cúa, compartía apartamento y estudiaba con Arturo Michelena. Emilio Boggio Dupuy, neoimpresionista guaireño y amigo de Monet y Pissarro, que había llegado muy jóven a la ciudad de la luz y también desarrollaba allí su carrera. Tovar y Tovar, “el artista favorito de Guzmán Blanco”, también estaba en la ciudad y “era muy conocido”, dice Stein. Pero el Ilustre Americano en algún momento le revocaría la beca de Michelena, se dice que porque prefería que el artista estuviese en Roma y no en París.

Guzmán Blanco. Imagen tomada de aquí.

Dos años después de ese Salón Oficial en el que participó Michelena, se organizó la Exposición Universal de París, para celebrar el centenario de la toma de la Bastilla y el inicio de la revolución francesa. En ese evento, donde se presentaron ante muchedumbres atónitas los logros industriales y científicos del mundo ilustrado (la Galería de las Máquinas hecha con vidrio y hierro, el Palacio de Bellas Artes con su techo de vidrio y cerámica, la recién inaugurada Torre Eiffel), Michelena expondría su conocida Charlotte Corday en camino al cadalso junto a El niño enfermo y Una visita electoral.


El diploma y la medalla de oro que obtuvo Michelena en el salón parisino



En la asombrosa Exposición Universal, Caroline Webster Schermerhorn Astor compró Enfant malade. Webster Schermerhorn era una líder de la alta sociedad neoyorquina durante la Gilded age, esposa de William Backhouse Astor, miembro de la prominente familia empresarial estadounidense. Así, la obra terminaría colgada con una decena de pinturas academicistas en la enorme sala del estrambótico palacete de estilo francés renacentista que los Astor habían levantado entre la calle 65 y la Quinta Avenida de Manhattan. 


Pocos años después, con apenas 35 años, Michelena murió de tuberculosis en Caracas. Y esto era lo que se sabía en Venezuela, por la investigación del crítico de arte Juan Röhl, que rastreó la obra hasta su llegada a la hoy desaparecida Vincent Astor Foundation. Lo que sigue es lo que descubriría luego Axel Stein. 


Un Michelena original en Estados Unidos 

Caroline falleció en 1908 y su hijo, John Jacob Astor IV, murió poco después en el Titanic. Entonces Vincent Astor –hijo mayor de John Jacob– tuvo que hacerse cargo de la familia con solo 21 años. Así fue como El niño enfermo fue subastado a través de la American Art Association (AAA): la casa subastadora más importante de Nueva York a finales del siglo XIX y principios del XX. 


En 1938, los galeristas Otto Bernet y Hiram Parke compraron casi todas las acciones de la AAA, antes de que desapareciera. Y luego, en 1964, la casa inglesa Sotheby’s —la subastadora más antigua del mundo— compraría Parke-Bernet con la intención de introducirse también en el mercado de Estados Unidos.


«El niño enfermo» en la mansión Astor en New York


Axel Stein siguió la pista de los Astor más de un siglo después, para reconstruir la trayectoria entera de la pintura de Michelena. Primero encontró una antigua foto de la sala de los Astor con el óleo colgado entre decenas de obras academicistas en el Museo de la Ciudad de Nueva York. 


Stein supuso que los soportes de la venta de los Astor estaría en los archivos de Sotheby’s. “En Estados Unidos afortunadamente nadie bota nada”, dice Stein. “Los venezolanos botamos todo. Eso está muy mal. Porque lo que ahora nos parece que no es importante, mañana puede ser muy valioso para un investigador”. 


Para acceder a los documentos de subastas pasadas, Stein se puso en contacto con Elizabeth Gorayeb, una investigadora del departamento Impresionista y Moderno de la casa subastadora. Uno o dos meses después, recibió una caja con los documentos de la subasta del 21 de junio de 1926. El catálogo describía a Arturo Michelena como un artista italiano y a El niño enfermo lo titulaba The Doctor. Sobre el lote del catálogo, estaba escrito el apellido Burns y un precio de venta: $400 (un poco más de 6.200 dólares de hoy), uno de los más altos de la subasta. Así Stein supo entonces que el cuadro había sido vendido y por cuánto, pero no a quién. Pero cuando buscó en internet al señor Burns resultó que aparecían “como 500.000 Burns”, dice. Rastrear el apellido, entonces, no era el camino.


Con ayuda de unos conocidos del Departamento de Grandes Maestros de Sotheby’s, Stein dio con el nombre de Owen Burns, un constructor de finales del siglo XIX y principios del XX que llegó a ser dueño de gran parte de la ciudad de Sarasota, en Florida. Owen Burns —averiguó Stein— era coleccionista de arte antiguo, agente de compras de John Ringling, dueño de un monopolio de circos (Ringling Bros. and Barnum & Bailey Circus) quien también coleccionaba arte antiguo. De hecho, Ringling construyó en Sarasota el Museo de Arte John y Mable Ringling.


Stein llamó a la abogada de los descendientes de Burns, quien “no tenía absolutamente ninguna idea de un cuadro comprado por el señor Owen Burns”. Pensó entonces que ahí terminaba la historia: “Si nadie tiene idea de este cuadro, ¿dónde lo voy a buscar?”, se dijo. Pero dos o tres semanas después, recibió una llamada de Aaron de Groft, director del Museo en Sarasota: había un cuadro, sin ficha ni registro en los depósitos del Museo.


Los descendientes de Burns, ya entonces muy ancianos, recordaban haber visto El niño enfermo en la casa de Burns hasta 1937, cuando lo entregaron para la exposición permanente de la Biblioteca de Sarasota. 


La Biblioteca luego había prestado el cuadro al capítulo local de la National Society of the United States Daughters of 1812 (una asociación de mujeres que descendían de veteranos de la Guerra de 1812). Y Stein sospechó que la sociedad había guardado la pintura en las bóvedas del museo de la ciudad, para acatar la orden dada a las colecciones públicas de resguardar las obras de arte en caso de invasión o bombardeo cuando Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial, en 1941.


Acompañado por los herederos de Burns, un siglo después de la Exposición Universal, Stein fue a los depósitos del museo floridano para “reconocer al Niño”. Y allí, a principios del 2004, finalmente lo encontró con las palabras Médaille d’Or aún escritas en tiza en el dorso, y con todos sus fantásticos detalles: los afiches rotos en la pared de una casa como a punto de derrumbarse, las marcas de una mano en la ventana fría. 


Una de las cosas que más lo sorprendió fue que la obra original sea significativamente más grande que la copia de la GAN, que mide 80 x 85 centímetros. La que encontró Stein en Sarasota mide 2,43 x 3,14 metros. Tras el hallazgo, El niño enfermo original fue enviado a los talleres de Simon Parkes en Nueva York, para que lo restaurasen, pues el betún negro de la pintura se había craqueado y el barniz estaba oscurecido.


Stein pensó que el Estado venezolano, dado el auge sin precedentes de los precios del petróleo, estaría interesado en la compra de la pintura original. “Aquella gente estaba borracha de dinero”, dice. Así que la socia de Stein en Caracas, Diana Boccardo, se comunicó con Farruco Sesto, recién nombrado Ministro de Cultura para informarle del hallazgo. Pero, dice Stein, “la respuesta del Ministro fue: en la galería de arte nacional hay demasiados cuadros viejos, no hace falta otro”. Para su asombro: “Yo pensaba que iba a ser de interés nacional”. Poco después, Sesto cercenó la autonomía de los museos como parte de su proceso de “refundación institucional”.


El niño enfermo original se subastó entonces en noviembre de 2004 y lo adquirió una conocida familia empresarial venezolana por 1.450.000 dólares. “Hasta el día de hoy es el cuadro que ha alcanzado mayor precio en una subasta de arte venezolano —dice Stein—. Más que Cruz-Diez, más que Soto, más que cualquiera”.


Todavía faltaba encontrar la segunda pieza con la que Michelena participó en la Exposición Universal de 1889: Una visita electoral, el lienzo que acompañaba a El niño enfermo. Pero no se sabía su aspecto actual; en Venezuela apenas se conocía un grabado que lo copiaba, y que se consideraba extraviado, porque lo reprodujo, en un libro de 1973, el crítico de arte venezolano Juan Calzadilla. 


Un mes después de la subasta de El niño enfermo, Stein recibió un correo electrónico de Didier Brunschwig, el presidente de un grupo empresarial que incluía la tienda por departamentos Le Lido, antes conocida como Au Bon Marché, que fue fundada en 1872 por su tatarabuelo, en Vevey, Suiza. El cuadro Una visita electoral —le explicó Brunschwig, quien se había enterado de la subasta de El niño enfermo— estaba colgado en la escalera central de la tienda y en estado “impecable”. Nadie en la familia recordaba de dónde provenía y ahora sospechaban que había sido comprada en París a un propietario anterior. Así fue como el 24 de mayo de 2005 la obra fue subastada en Nueva York y comprada por la misma familia venezolana, con lo que las dos pinturas volvían a estar juntas desde la Exposición Universal de 1889.


Esta es «Una visita electoral», que volvió a reunirse con su compañera de la Exposición de 1889



Hace un par de meses, Una visita electoral y El niño enfermo se expusieron al público por primera vez junto a obras de Armando Reverón y Héctor Poleo en la exposición Michelena. Reverón, Poleo. Seven Master Paintings, curada por Stein, en la Ascaso Gallery de Miami. 


El niño enfermo original todavía no ha estado en Venezuela. De París pasó a Nueva York, de ahí a Sarasota y en 2004 volvió a Nueva York, donde continúa. “Ninguna de las dos pinturas de Michelena de la Exposición Universal ha visitado suelo venezolano —dice Stein—. El interés de la persona que lo tiene es regresarlo al país. Pero todavía no”.



https://www.cinco8.com/periodismo/la-pintura-de-arturo-michelena-cuya-pista-perdimos-y-recuperamos-en-eeuu/





EL MISTERIO de las PINTURAS🎨de ARTURO MICHELENA /Desaparecidas por más de 100 años//

https://m.youtube.com/watch?v=BMlAPoCgUAE



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Richard Montenegro. Perteneció a la redacción de las revistas Nostromo y Ojos de perro azul; también fue parte de la plantilla de la revista universitaria de cultura Zona Tórrida de la Universidad de Carabobo. Es colaborador del blog del Grupo Li Po: http://grupolipo.blogspot.com/. Es autor del libro 13 fábulas y otros relatos, publicado por la editorial El Perro y la Rana en 2007 y 2008; es coautor de Antología terrorista del Grupo Li Po publicada por la misma editorial en 2008 , en 2014 del ebook Mundos: Dos años de Ficción Científica y en 2015 del ebook Tres años caminando juntos ambos libros editados por el Portal Ficción Científica. Sus crónicas y relatos han aparecido en publicaciones periódicas venezolanas tales como: el semanario Tiempo Universitario de la Universidad de Carabobo, la revista Letra Inversa del diario Notitarde, El Venezolano, Diario de Guayana y en el diario Ultimas Noticias Gran Valencia donde fue el encargado de la columna dominical "Reflexiones urbanas"; en las revistas tangibles y electrónicas hispanas Fantastic-Films Neutrón, Alfa Eridiani, Valinor, miNatura, Tiempos Oscuros, Gibralfaro, Revista de Creación Literaria y de Humanidades de la Universidad de Málaga y en la revista cubana digital Korad y en portales o páginas web como la española Ficción Científica, la venezolana-argentina Escribarte y la colombiana Cosmocápsula.






27/09/2026




jueves, 24 de septiembre de 2026

Bornout,Psicodrama en consulta. Un monólogo de Francisco Aguiar

 




Estimados Liponautas


Hoy le hacemos llegar un nuevo monólogo del autor cojedeño Francisco Aguiar. En este espacio ya hemos publicado otros trabajos de este autor tales como LA ALCANTARILLA  y UNA ROSA EN EL TEJADO.

Esperamos que disfruten de la obra.


Atentamente


La Gerencia.


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En la sala de observación de una clínica psiquiátrica se encuentra la psicóloga Verónica Arciniegas mirando con fijeza el espejo unidireccional (espejo espía) que tiene justo al frente, pues sabe que un conjunto de especialistas la están monitoreando.
 
Está descalza, despeinada, tiene ojeras y en las muñecas el vendaje compresivo que se utiliza para detener hemorragias. 

Viste un conjunto blanco holgado. 

La psicóloga-paciente, Verónica Arciniegas, pese a saberse una rata de laboratorio no se muestra hiperquinética ni angustiada, pero deja entrever una tristeza honda. 

De fondo debe escucharse el 1er movimiento de la sonata Claro de Luna de Beetthoven, al menos por un minuto, para dar inicio al psicodrama. 

Immortal Beloved Scene - Beethoven plays "Moonlight Sonata"




Verónica Arciniegas (Camina hacia el espejo espía. Golpea con los nudillos): Sé que están haciendo anotaciones para sus insulsos informes. Sé que me monitorean cual si fuese una rata de laboratorio. (Deja de golpear. Cínica) Queridos colegas, déjenme decirles que rayan en el ridículo. ¿De verdad creen que, por el simple hecho de mantenerme monitoreada, darán un diagnóstico adecuado? Por cierto, las evaluaciones psicométricas que me hicieron dan asco.  

(Da la espalda. Escudriña la sala) Lo bueno de haber contestado esos estúpidos cuestionarios fue que me permitieron fumar. ¿Y mis cigarros? ¿Dónde están mis cigarros? Hace más de una semana que no fumo y mi cuerpo pide a gritos (Cantandito): Nicotina, nicotina, nicotina, nicotina. (Toma la caja de Marlboro que está en la mesa junto al encendedor. Extrae uno y lo enciende. Voltea. Vuelve a mirar hacia el espejo espía) Esto sí lo hicieron bien: son mis favoritos.  
 
(Se sienta. Da profundas caladas. Mira el cigarrillo consumirse por unos segundos. Como no tiene ceniceros echará las cenizas en el piso) No me vean así. Toca echar las cenizas en el piso pues los ceniceros, en esta sala de observación, brillan por su ausencia. ¿Los quitaron por seguridad o por joderme la vida? Díganme, les estoy preguntando. 

(Visiblemente molesta se levanta de la silla y arroja la colilla hacia el espejo espía) ¡Que no haya un maldito cenicero en esta inmunda sala es una grosería, un insulto! ¿Por qué recibo este trato? ¿Acaso no soy colega de ustedes? ¿Acaso, por mi permanencia aquí, mi hermano Raúl no está pagando un ojo de la cara? Y para qué, para que me mantengan sedada. (Pausa) Ya entiendo. La misión de ustedes es terminar el trabajo que empecé. (Pausa larga) Si la lobotomía fuera legal (Señala a sus colegas) desde hace rato me habrían taladrado el cráneo, pero saben algo: no hay taladro – por grande que sea – que pueda perforar lo que guardo (Se toca el corazón) aquí y (Se toca la cabeza) aquí.  
 
(Señalando a la neuróloga) Dra. Garcés, el epígrafe de la magna obra de Camus que dice: “Oh, alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible”. ¿Qué te produce? (Pausa larga) ¿Vas a responder? Entiendo, no lo harás en este momento porque eres sumamente analítica… Sin embargo, dentro de cuatro o cinco meses sorprenderás a tus lectores con un ensayo fabuloso. Esa será tu respuesta. Por cierto, te hice la pregunta no porque seas la única neuróloga de esta ratonera, sino por tu vena filosófica. 

La cita del poeta Píndaro, que acabo de mencionar, la eligió Camus para abrir El mito de Sísifo. ¿Leyeron esta obra? Espero que sí, y si no, sugiero que lo hagan. Un especialista en salud mental que no conozca este ensayo no debería estar titulado. (Pausa) Los que no lo leyeron, exijo que lo descarguen en este momento. (Autoritaria) Que lo descarguen, les digo. 

(Camina por la sala como dando tiempo a que cumplan su orden). ¡Qué lindos, hicieron el trabajo! Ahora diríjanse al primer párrafo del primer capítulo y repitan conmigo: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”. (Pausa) ¿Qué les pareció esta sentencia? ¿Cierto que todos los habitantes de este planeta deberían leer y releer este ensayo? 

(Un poco más calmada deja de desplazarse por la sala de observación) Me internaron hace trece días por haberme cortado las venas (Muestra el vendaje compresivo que tiene en las muñecas) y ahora el mundo quiere saber qué llevó a la prestigiosa doctora en psicología Verónica Arciniegas a tomar esa decisión. ¿Ven el morbo que hay en todo esto? La gente se pregunta: ¿Cómo llegan al suicidio especialistas en salud mental, prominentes médicos, enfermeras, educadores, en fin, personas que – según la opinión general – son ejemplos a seguir? Y la respuesta es simple: somos humanos y los humanos nos damos a la autodestrucción.

(Pausa. Como si mirara al psiquiatra que le suministra los ansiolíticos que la mantienen sedada) Y usted, doctor Ramírez, no me miré así. Usted mejor que nadie sabe que los psiquiatras y psicólogos presentamos altas tasas de suicidio. Para no ir muy lejos, su padre saltó de la azotea de una de las Torres de Parque Central y el mío se voló la cabeza con un disparo de escopeta. (Cínica) Diferente método, mismo resultado. 

¿Saben qué aprendí de un caleño cuando hice mi doctorado en la Pontificia Universidad Javeriana? Aprendí que “el trabajo embrutece, degenera y al final mata”. Por cierto, este caleño no era ningún letrado… era el señor que se encarga del aseo de la universidad y le escuchaba decir – mientras trapeaba los pasillos – esta sentencia. (Pausa) En ella está mi diagnóstico, pero como son tan insulsos ni en mil vidas captarán el mensaje.
 
(Queda inmóvil por unos segundos y señala las cenizas de su cigarrillo) Son la metáfora de un síndrome que produje más bajas que los drones de Israel, Irán, Ucrania y Rusia juntos. (Mira hacia la ventana con fijeza) ¿Aún no saben a qué hago alusión? Vaya, estoy siendo monitoreada por oligofrénicos. (Resignada) Bueno, acá les va: hago alusión al burnout. 

(Pausa larga) Sé que no hay registros que confirmen mi afirmación. Sin embargo, ninguno puede negar que el estrés laboral crónico y las jornadas extenuantes reducen a cenizas a ingentes cantidades de personas. 

(En tono desafiante) Anoten en sus informes que la psicóloga clínica Verónica Arciniegas padece el síndrome de desgaste profesional, que eso fue lo que la llevó a atentar contra su vida. (Pausa) ¿Ven lo buena que soy? Tan buena que entregué el diagnóstico que jamás iban a encontrar. 

(Mira en el lateral izquierdo el reloj digital) Qué reloj tan feo. Es como los edificios modernos: funcionales, asépticos, pero carentes de belleza. (Pausa) Ese reloj digital me muestra, hoy más que nunca, el peso del tiempo. (Pausa larga) ¡Vaya, por fin lo entiendo! Me sobrecargo de ocupaciones para no sentir el aplastante peso del tiempo. (Pausa) ¿Saben a cuántos pacientes atiendo por día? ¿No lo saben? Atiendo a seis, a veces siete y paso consultas de lunes a sábado. Saquen la cuenta. A la semana atiendo a más de treinta y seis… y a diferencia de ustedes: yo sí doy con diagnósticos acertados y logro que mis pacientes se restablezcan. 

(Saca otro cigarrillo. Lo enciende. Fuma) Y al llegar al apartamento qué creen, pues estudio caso por caso, hago informes… (Muestra el cigarro que se está fumando) Adquirí este horrible hábito por pasarme la vida trabajando. Hagan un ejercicio de visualización. ¿Están listos? Visualícenme a las dos, a las tres, a las cuatro de la mañana, frente al computador, fumando. (Con ironía) Trabajar y fumar, en eso se traduce mi vida. 

(Pausa larga) Burnout significa “consumirse por completo”. (Vuelve a mostrar el cigarrillo. Echa las cenizas en el piso) ¿Comprenden la analogía? (Pausa larga) Lo irónico es que la adicción al trabajo es socialmente aceptable. A los alcohólicos, a los ludópatas, a los cocainómanos los censuramos… pero al que se consume trabajando lo miremos con respeto, como un ejemplo a seguir. 

(Vuelve a mirar el reloj) Faltan unos minutos para la hora de la visita y el tiempo me está aplastando. Literalmente siento que me tritura los huesos y todo porque no puedo estar sin hacer nada. (Pausa) Si tuviera mi laptop, estaría revisando lo que tengo atrasado. (Mira sus lentes de lectura, el conjunto de libros y carpetas y la rosa que está sobre la mesa) Ah, ya sé. Me pondré a leer mientras llega Raúl. 

(Se sienta. Toma sus lentes de lectura. Se los coloca. Revisa los títulos) A ver qué tenemos por acá (Lee) ¿Cómo ganar amigos e influir sobre las personas? De Dale Carnegie. Colegas, este libro es una basura (Lo arroja con fuerza hacia el lateral izquierdo). Y aquí qué tenemos (Lee) Piense y hágase rico, de Napoleon Hill. (Lo arroja) Este libro es una basura… y por acá qué tenemos (Lee) El vendedor más grande del mundo, de Og Mandino. (Lo arroja). ¿Es en serio? ¿Ustedes recomiendan la “filosofía del éxito” de los yankees a sus pacientes? Qué asco me dan. (Pausa) Me dan asco las personas que promueven el pensamiento mágico-pendejo. (Sigue buscando. Toma un libro que llamó su atención. Lee) El hombre en busca de sentido, de Viktor Frank. ¡Por fin algo que vale la pena! Lo he leído muchas veces, me sé pasajes de memoria y sin embargo… (Sigue revisando. Lee) La empresa perdona un momento de locura, de Rodolfo Santana. (Con fruición) Una joya del dramaturgo más grande de Venezuela. 

(PROMO) La empresa perdona un momento de locura


(Pausa. Se levanta de la silla. Deja el libro en la mesa) Esta es la historia de una psicóloga industrial que manipula a un obrero para que le caiga a coñazos a un muñeco. (Como la psicóloga industrial de la obra de Santana): “Señor Orlando – como si mostrara al muñeco de tamaño natural – este es el señor González y representa esta empresa, las troqueladoras que le trituraron la mano al muchacho, la plusvalía que te roban… En fin, representa la opresión y sanarás sólo si lo golpeas, si descargas en él toda tu ira, tu frustración”. (Pausa) El resto de la historia ya la saben. El señor Orlando, al final del psicodrama: golpea, muerde y despedaza al muñeco que representa al tirano explotador. 

(Pausa) Esta es la obra más representada de Santana. Le ha dado la vuelta al mundo como catorce veces. (Pausa) ¿Sabían que Santana escribió esta pieza por un artículo que leyó sobre los obreros de Japón en los años 70?
En Japón construían muñecos parecidos a los dueños de las fábricas, para que los obreros descargaran su ira contra ellos. Si, por ejemplo, a media jornada un obrero sentía la necesidad de golpear al patrono explotador… zas, golpeaba e insultaba al muñeco. Luego, más calmado, volvía a su tarea. (Pausa) Esta terapia lograba obreros eficientes y felices. 

Hablando de psicodramas, ¿les parece si represento el mío en este momento? Total, salvo El hombre en busca de sentido y La empresa perdona un momento de locura, en esta sala no hay una obra que valga la pena. Entonces, ¿presento mi psicodrama? Creo que no me será difícil. En la UCV pertenecí al Teatro Universitario y mi histrionismo asombraba. (Vuelve a mirar el reloj) Será sólo hasta que llegue mi hermano Raúl. 

(Pausa. A modo de advertencia) No desperdicien este histórico momento pues mañana, sí o sí, deben darme de alta. Esto quedó acordado el día de mi ingreso. Conozco mis derechos. No están frente a una pendeja. (Con pedantería) Están frente a una psicóloga clínica con varias especializaciones y un IQ de 144.   

En esta sala hay micrófonos escondidos. Pregunten lo que les venga en gana o, si prefieren – cual Hamlet – responderé mis propias preguntas. Ahora que lo menciono, el príncipe de Dinamarca no estaba loco: sólo era un hombre con una severa depresión. (Con orgullo) Soy de la estampa de Hamlet y aseguro que las palabras que están grabando, en un futuro, serán estudiadas en universidades e institutos de oratoria. 

Voz en off: Doctora Arciniegas, estamos de acuerdo, proceda con el psicodrama. 
(Con asombro): Vaya, hasta que capté su atención. Está bien, empezaré mi autoconsulta. 
(Coloca el mueble que está en el lateral izquierdo de la sala justo al lado de la silla donde estaba sentada. Se arregla el cabello y ajusta los lentes. Toma una de las carpetas que están sobre la mesa y se sienta en la silla). 

(Mientras esté en la silla, usará las gafas de lectura y actuará como psicóloga clínica; cuando pase al mueble, se las quitará y hará de paciente. Transición)

Psicóloga (Revisando la carpeta): A ver, antes de empezar la consulta, dejemos los puntos sobre la mesa. ¿Estamos de acuerdo? (Pausa. Como si mirara a la paciente) Sé que eres Dra. en Psicología, pero tienes que asumir que eres mi paciente. Esto es importante aclararlo. Ahora bien, quisiera saber si escribiste alguna carta o si dejaste una grabación antes de cortarte las venas, o si – por el contrario – te las cortaste en un arrebato de crisis existencial.

(Deja la carpeta y los anteojos en la mesa y, acto seguido, se recuesta en el mueble como si este fuera un diván. Transición)

Paciente (Reflexiva): Un acto como el que realicé – ya lo dijo Camus – “se prepara en el silencio del corazón, lo mismo que una gran obra”. (Pausa larga) Como mi único pariente es mi hermano Raúl, le escribí una carta y se la dejé en el estuche de su guitarra para que pudiera leerla. La dejé allí, porque si la hubiera dejado en la mesa u otro lugar jamás la hubiese visto. (Pausa) Mi hermano es muy despistado. (Como si mirara a la psicóloga que le hace la consulta) ¿Que qué le escribí en la carta? Pues le escribí que me perdonara por dejarlo solo y un montón de sensiblerías. 

Como casi nunca estoy en el apartamento Raúl poco me visita, pero como tiene la llave de vez en cuando entra… sobre todo a ensayar. (Pausa) El día que atenté contra mi vida le dio por buscar una letra de su autoría que dejó en el estuche. (Pausa larga) Cuando reaccioné, en la clínica, me dijo que sólo iba a tomar su canción y salir, pero le llamó la atención que el reproductor estuviera sonando a todo volumen. 

(Pausa larga) Al principio pensé en ahorcarme, en la asfixia mecánica, mas no quise estropear mi hermoso cuello (Se lo acaricia). En fin, la vanidad me hizo cambiar de planes y me corté las venas. (Reflexiva) Qué cosa tan tremenda es la vanidad… quería estar muerta, pero no afear mi cuello. (Pausa) Raúl me encontró inconsciente, bañada en sangre, mientras de fondo se escuchaba el 1er movimiento de la sonata Claro de Luna de Beethoven. Un cuadro patético, tan patético como una película de Bergman.  

(Se incorpora para tomar sus lentes de lectura y colocárselos; también toma una carpeta. Da unos pasitos y se sienta en la silla que está al lado del mueble. Transición) 

Psicóloga (Abre la carpeta y toma unos apuntes con un bolígrafo imaginario): Usted y yo somos una suerte de basurero. (Pausa) No me mire así. Los pacientes sacan su basura y la depositan en nosotras… y esto, tarde o temprano, termina contaminándonos. (Pausa) En esto, que sabes bien, no quiero ahondar. Pero quiero saber cuál de tus pacientes te afectó más. ¿Si me explico? (Pausa) Bregamos a diario con la fragilidad humana y muchas veces olvidamos que, pese a la coraza del método científico y el distanciamiento profesional, absorbemos el dolor y las angustias de nuestros pacientes. 

(Deja la carpeta y los anteojos en la mesa. Toma la rosa y se recuesta en el mueble como si este fuera un diván. Transición)

Paciente (Sosteniendo la rosa sobre su pecho. Yéndose por sus recuerdos): Brindé Primeros Auxilios Psicológicos en el McDonald’s de Caraballeda, el cual sirvió como hospital para atender a los supervivientes del doble terremoto que azotó a la Guaira. (Pausa) ¿Usted leyó el reportaje que salió en El País o vio los videos del McDonald’s que se hicieron virales? 

(Como si escuchara la respuesta) Ese reportaje y esos vídeos mostraron al mundo la grave crisis de desatención institucional que hay en Venezuela. (Con rabia) En un país normal los efectivos militares se despliegan en las zonas siniestradas de manera inmediata. Acá brillaron por su ausencia. (Pausa) Si los que nos desgobiernan hubieran actuado con prontitud, se habrían salvado miles de vidas. ¿Sabes qué me gustaría? (Encrespando las manos) Me gustaría desintegrar las fuerzas armadas, destruirlas con mis propias manos, pues no sirven para nada. (Con ironía) Bueno, sirven para que una camarilla se perpetúe en el poder… y sabes qué, mejor no sigo con este vals pues me desviaré de su pregunta. 

(Pausa larga) Movida por mi vocación de servicio fui a la Guaira a brindar contención emocional a los supervivientes del terremoto. (Evocativa) En la hamburguesería que convertimos en hospital: trabajé con dos psicólogas egresadas de la Martin Luther King, con una estudiante de la Bicentenaria de Aragua y con el neuropsicólogo Miguel Romero. (Pausa) Romero nos ayudó a actualizar protocolos y después se entregó a su tarea de cirujano. Recuerdo que cuando dejó nuestra área: operó a una muchacha, que había dado a luz en la calle, para evitar que se desangrara. 

(Como si mirara a la psicóloga) ¿Qué cómo la operó? No creo que saber cómo la operó te sirva para algo, pero acá va la respuesta: la operó en una banqueta, a cuarenta grados de temperatura, mientras una enfermera iluminaba con la linterna de su celular. (Con ironía) ¿Satisfice tu curiosidad? ¿Estás contenta? 

(Pausa larga) Atendí a tres personas que tenían la mirada de las mil yardas, a nueve con ataques de pánico y ansiedad generalizada, pero – en ese McDonald’s – el síndrome del sobreviviente marcaba la pauta. Una y otra vez escuchaba decir: “¿Por qué murió mi hijo y yo no?”, “¿Por qué murió mi esposa y yo no?”, ¿Por qué murieron todos los integrantes de mi familia y yo no? (Pausa) Esas voces día y noche me atormentan. (Le muestra la rosa a la psicóloga) El mundo debería ser un campo de rosas y, en vez de eso, es un montón de escombros. ¿Ya entiende usted por qué impera la desesperanza? 

(Se incorpora, deja la rosa en la mesa. Toma sus lentes de lectura y se los cala. Se dirige a la silla y se sienta. Transición) 

Psicóloga: (Conmovida) Qué fuerte lo que cuentas. Ahora entiendo que esa catástrofe minó tu voluntad y por ello no has podido sobrellevar la carga. Y sabes qué: yo tampoco hubiera podido. (Pausa larga) Imagino que a varios de los que les brindaste Primero Auxilios Psicológicos, en la Guaira, se convirtieron en tus pacientes y las consultas fueron gratis. ¿Cierto que tengo razón? 
(Deja los anteojos en la mesa y, paso seguido, se dirige hacia el mueble para recostarse como si este fuera un diván. Transición)

Paciente: (Como si mirara a la psicóloga) ¿Y usted qué come que adivina? Tal como lo cuentas, así ocurrió. (Pausa larga) En ese McDonald’s u hospital, como quieras llamarlo, estuve una semana y siempre me llenará de orgullo saber que trabajé con un equipo interdisciplinario de altura. (Pausa) Conservo, como un tesoro, la foto donde salgo con el cirujano Fernando Jaimes, el neuropsicólogo Miguel Romero, las psicólogas de la Luther King y dos enfermeras. Esta foto la tomó un periodista de El País y, como puedes imaginar, de fondo puede verse un edificio derruido y toneladas de escombros. (Pausa) Por lo que representa esa foto la colgué en mi consultorio.
 
(Pausa larga) ¿Conoces la historia del cardiólogo René Favaloro? (Como si escuchara la respuesta) Como no la conoces te la contaré. Aquí va: Favaloro era un ferviente defensor del humanismo médico. Tan es así que creó una técnica quirúrgica revolucionaria y la entregó al mundo sin cobrar patentes, es decir, sin cobrar ni medio y no sólo eso, creó una fundación para que la ciencia estuviera al servicio del pueblo argentino. Si la dejamos hasta aquí, sería una bella historia. Pero resulta que el final fue trágico. 

(Pausa larga) Su altruismo lo llevó a contraer una deuda millonaria, una gran depresión y acá viene la paradoja: el hombre que salvó miles de corazones… destruyó su propio corazón con un disparo. ¿Sabes por qué te cuento esta historia? Pues, salvando las distancias, mi historia es igual a la de este cardiólogo. (Pausa) Le he devuelto la esperanza a centenares de personas y ¿sabes qué es lo triste?: que no siento esperanza. (Llora amargamente) Ya no siento nada. 

(Se calma un poco. Se incorpora. Dirigiéndose a los especialistas) ¿Están conformes? Espero que sí, pues en este momento doy por terminado el psicodrama. 
Voz en off: Estamos conformes. (Pausa) Dra. Arciniegas, cuando guste, diríjase al área de visitas: la está esperando su hermano. 

Verónica Arciniegas (A modo de petición): Díganle que en cinco minutos estaré por allá. (Pausa) Me fumaré otro cigarrito. Lo fumaré acá, pues a Raúl no le gusta verme fumar. 

(Toma la caja de Marlboro que está sobre la mesa, saca un cigarrillo y lo enciende. – En cuanto lo encienda, a un tiempo, debe sonar de fondo el primer movimiento de la sonata Claro de Luna de Beethoven y se apagarán las luces –. Fuma en la oscuridad de la sala hasta que el cigarro se consuma por completo). 

Fin del monólogo de Francisco Aguiar que lleva por título Burnout: Psicodrama en autoconsulta  



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Francisco Aguiar. Escritor venezolano (San Carlos, Cojedes, 1985). Licenciado en Educación Mención Castellano y Literatura por la Universidad Nacional Experimental de los Llanos Occidentales Ezequiel Zamora (UNELLEZ).  Se ha formado con talleres dictados por la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, el Sistema Nacional de las Culturas Populares y la Compañía Nacional de Teatro. (CNT). Ha publicado La Alcantarilla (Memoralia, 2015), El cuento más largo (2017), Sobre la migración venezolana (2023), Una rosa en el tejado (2025) y Reina Talavera (2026).  Textos suyos han sido incluidos en las antologías: Pido la palabra (2019), Contra las paredes del viento (2020) y Palabra ociosa (2026).  En 2018 participó en el XXII Festival Internacional de Poesía Cartagena de Indias (FIPCA)  y en el capítulo Cojedes de la Feria Internacional del Libro de Venezuela (FILVEN), en cuatro ocasiones. Ganador del concurso Ensayo Histórico sobre la Batalla de la Mata Carmelera (Gabinete Cultural Cojedes, 2012). Ha publicado entrevistas, artículos y notas, en revistas, periódicos y blogs. Autor del libro El cuento más largo.