viernes, 27 de marzo de 2026

Consuelo Saizar Guerrero: De la Cultura en Venezuela solo quedan las cenizas

 


El país que financió pensamiento crítico global perdió la capacidad de incidir en la conversación que lo interpreta.





19 de ene. de 2026


El archivo de las cenizas: la degradación cultural de Venezuela


Por Consuelo Sáizar de la Fuente

En este enero de 2026, con Nicolás Maduro bajo custodia de la justicia en Nueva York tras su captura por las fuerzas estadounidenses el 3 de enero, y con Delcy Rodríguez como presidenta interina, la política cultural venezolana exhibe más de dos décadas de estragos.


Lo que el chavismo inició en 1999 con fanfarria de inclusión y soberanía intelectual ha culminado en un desmantelamiento meticuloso, en el que las instituciones no se derrumban con estruendo, sino que se dejan erosionar por la indiferencia presupuestaria, la lealtad ideológica y el éxodo masivo. Rodríguez, figura de continuidad más que de ruptura, administra ahora estas ruinas bajo vigilancia externa. Lo que se ha perdido no es solo una política cultural admirable, sino la idea misma de la cultura como espacio de pensamiento.


De la promesa de inclusión al control del sentido

La llegada al poder de Hugo Chávez inauguró un relato de redención simbólica que sedujo tanto dentro como fuera del país. La cultura debía volver al pueblo, liberarse de supuestos intermediarios elitistas y ponerse al servicio de una nueva épica nacional. En nombre de la inclusión, se redefinieron los contenidos; en nombre de la soberanía, se estrecharon las conversaciones; en nombre del pueblo, se decretó la sospecha contra cualquier forma de autonomía intelectual.


El chavismo no concibió la cultura como un campo de conflicto productivo, sino como pedagogía de la unanimidad. No necesitó prohibir libros ni cerrar museos: bastó con saturar el espacio público de consignas, festivales y celebraciones donde el entusiasmo sustituyó al criterio. La política cultural aprendió que es más eficaz reemplazar que censurar, orientar que prohibir, administrar que discutir. No se trató de errores aislados ni de incompetencias circunstanciales, sino de una transformación deliberada del lugar que la cultura ocupaba en la vida pública. Dejó de ser un espacio de interrogación para convertirse en un dispositivo de legitimación.




Monte Ávila: la neutralización sin escándalo

Durante décadas, Monte Ávila Editores fue una anomalía virtuosa en América Latina. Fundada en 1968, cuando Venezuela todavía se permitía el lujo de una editorial estatal con estándares internacionales, publicó miles de títulos que tejieron el mapa intelectual del continente. Monte Ávila no buscaba unanimidad; buscaba conversación.


Monte Ávila no ha sido cerrada. Hubiera sido demasiado evidente. Optaron por algo más eficaz: la asfixia progresiva. Presupuestos recortados, distribución internacional colapsada, editores profesionales sustituidos por operadores administrativos. La hiperinflación, la precariedad logística y la emigración masiva aceleraron la agonía. Hoy, Monte Ávila sobrevive como nombre institucional y presencia episódica en ferias como la FILVEN (Feria internacional del libro de Venezuela), donde reediciones obsoletas y tirajes mínimos simulan vitalidad. El rasgo distintivo del autoritarismo cultural contemporáneo no es la hoguera, sino el abandono. Monte Ávila ilustra la neutralización perfecta: mantener la marca mientras se vacía la función. 




Biblioteca Ayacucho: el canon convertido en museo

La Biblioteca Ayacucho, fundada en 1974, fue una de las empresas culturales más ambiciosas de la Venezuela moderna. No pretendía exhibir grandezas nacionales, sino construir una hipótesis de lectura latinoamericana. Ayacucho no era un altar patrimonial: era una arquitectura intelectual pensada para el debate.


Su destino fue más elegante y más cruel que la censura. Más que destruirla directamente, se desvirtuó su catálogo. Interrupciones en las reediciones, ausencia de actualización crítica, digitalizaciones sin proyecto. La colección que había servido para leer críticamente América Latina quedó reducida a testimonio de un ambicioso proyecto intelectual de lectura latinoamericana. 




El Premio Rómulo Gallegos: prestigio en retirada

Durante décadas, el Premio Rómulo Gallegos fue uno de los pocos galardones latinoamericanos capaces de imponer criterios. Ganar el Premio Rómulo Gallegos significaba ingresar a una conversación continental sobre la novela y su tiempo. No otorgaba solo dinero o visibilidad: confería autoridad simbólica y prestigio inobjetable.


Fue fundamental en la creación del boom latinoamericano (Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes lo obtuvieron), y Caracas se convirtió, en gran medida gracias a ese premio, en una capital literaria reconocida. Ese capital se erosionó lentamente. Jurados previsibles, politización del entorno institucional, entregas irregulares, pérdida de resonancia internacional. Desde 2020, el premio dejó de marcar la agenda. No generó escándalo ni entusiasmo: generó algo más degradante, la indiferencia. No es que el Rómulo Gallegos haya dejado de existir. Ha dejado de significar. 


Del carisma al agotamiento: la fase Maduro

Con Maduro, el proceso entró en su fase terminal. El colapso económico, la precariedad institucional y la migración masiva vaciaron la cultura de interlocutores internos. Las instituciones siguieron existiendo, pero eran oficinas conmemorativas, sostenidas por la costumbre y la retórica.


La consecuencia más significativa fue la diáspora intelectual. Se publicaron libros, se fundaron editoriales independientes, se crearon revistas y plataformas. Todo ello ocurrió al margen —y a pesar— de la política cultural oficial. Venezuela no dejó de producir cultura; abandonó la tradición que la distinguía. 




Las cátedras: prestigio sin interlocución


Las cátedras Simón Bolívar y Andrés Bello nacieron como apuestas estratégicas: Venezuela decidió ocupar espacios de producción de conocimiento en universidades que definen agendas intelectuales globales. Cambridge y Oxford no son vitrinas; son nodos de interlocución.


Ese diseño exigía continuidad, autonomía y una articulación cultural que las alimentara desde Caracas. Lo que ocurrió tampoco fue su clausura formal, sino su desconexión. Sobreviven por la solidez institucional británica, por el gran fondo con que el gobierno venezolano las dotó al fundarlas y por inercia académica, no por una política cultural venezolana consciente. El país que financió pensamiento crítico global perdió la capacidad de incidir en la conversación que lo interpreta. 


La persistencia de la mirada

Y, sin embargo, la cultura no desaparece. Se desplaza. Vive en la negativa a aceptar que la cultura sea apéndice del poder. Reconstruir la política cultural venezolana no será un acto solemne ni un decreto bien redactado. El futuro cultural de Venezuela no está en la restauración nostálgica ni en la propaganda renovada. Está en rescatar, con lucidez y sin concesiones, la idea de que la cultura no es un instrumento del Estado, sino su conciencia más incómoda.


https://www.opinion51.com/consuelo-saizar-2601-las-cenizas/



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jueves, 26 de marzo de 2026

José Pulido: Maza Zavala era en sí mismo una Divina Comedia, donde el poeta guiaba al economista hasta desembocar en un amor único

 




EL ECONOMISTA QUE FUE POETA



Domingo Maza Zavala




José Pulido



Para recordar también a una persona que partió cabalgando sobre una callada tristeza: D.F. Maza Zavala

El doctor y profesor Domingo Felipe Maza Zavala era en sí mismo una Divina Comedia, en cuya trama el poeta enamorado de la economía guiaba al economista enamorado de la poesía. Ambos transitaron infierno, purgatorio y paraíso hasta terminar siendo un solo viajero desembocando en un amor único.

Domingo Felipe encarnaba al poeta y sus amigos lo llamaban, desde los años de liceo, DF, “Distrito Federal”. De esos amigos no quedan muchos ya. Pero el recuerdo ha sido registrado y encapsulado en el tiempo. “¿Qué vamos a hacer este fin de semana, Distrito Federal? Y DF respondía, sin levantar la cara del pupitre “leer a Rimbaud y estudiar matemáticas”.

El logotípico tandem: Maza Zavala, que la gente escribía mal casi siempre, servía para identificar al economista. Nadie se percataba de que esos apellidos conformaban una avalancha purificadora de la letra A. Sin embargo, resultaba más conocido en los predios universitarios y bancarios bajo el contundente apelativo de Maza. Pregúntenle a Maza. Que lo diga Maza.

La manera de vivir de los poetas lo convirtió, por supuesto, en un economista hondo y elevado de modo simultáneo. Para él no había mayores diferencias entre su profesión universitaria y su oficio existencial, porque la emoción es lo que determina la intensidad de la lucidez con que se actúa.

No hablo de cualquier emoción, sino de aquella contenida en ese silencio imprevisto que hace brotar la frase “acaba de pasar un ángel”. Un poco más que todo lo dicho: se trata de la emoción que puede sentir y albergar el ser humano cuando alcanza el grado supremo de buen lector.


Jorge Luis Borges decía respecto a ese tema:


“Primero sentimos la emoción y después la explicamos o tratamos de explicarla. Al mismo tiempo, para sentir esa emoción es necesario que uno sienta que corresponde a una emoción. Es decir, si leemos un poema como un juego verbal, la poesía fracasa; lo mismo si pensamos que la poesía es sólo un juego de palabras. Yo diría más bien que la poesía es algo cuyo instrumento son las palabras, pero que las palabras no son la materia de la poesía. La materia de la poesía —si es lícito que usemos esta metáfora— vendría a ser la emoción. Y esa emoción tiene que ser compartida por el lector”.



LOS ECONOMISTAS


Cuando la magia comenzó a desaparecer como deseo de lo imposible porque se volvió realidad, surgió la ciencia de la economía aspirando a ser interventora del destino. Tal circunstancia bastó para que los economistas ocuparan el lugar de los magos, esos seres alucinantes, sospechosamente cuerdos, que siempre llevan una carta o un truco escondidos en la manga.


Un economista siempre es un mago con el público predispuesto, es un poeta frustrado en el morbo estadístico. La gente espera que el economista anticipe el talante del genio encerrado en la botella de la economía.


Los economistas están condenados a hacer equilibrios en el lomo de la indomable realidad, en la cima de lo concreto cuyo abismo insondable es el azar y eso, obligatoriamente, va creando una temperatura favorable a la fermentación de la poesía. Porque el azar, que tiene nervios, circuitos y pulsaciones en todos los lugares y en todos los seres, es como un verso escrito cuando los dioses escribían.


Adam Smith se desempeñó en sus inicios como profesor de literatura y ya todos saben que de su cabeza surgió la metáfora de la fulana mano invisible.


El ensayista con más arrastre hipnótico que ha tenido la humanidad fue Carlos Marx, quien se doctoró con una disertación sobre la filosofía de Epicuro.


Epicuro escribió, entre otras cosas, lo siguiente:


“Por ello, cuando decimos que el placer es el objetivo final, no nos referimos a los placeres de los viciosos -como creen algunos que ignoran, no están de acuerdo o interpretan mal nuestra doctrina-, sino a no sufrir dolores en el cuerpo ni estar perturbados en el alma. Porque ni banquetes ni juergas constantes dan la felicidad, sino el sobrio cálculo que investiga las causas de toda elección o rechazo y extirpa las falsas opiniones de las que procede la gran perturbación que se apodera del alma”.


La teoría de Marx predice la evolución socioeconómica del futuro y saca de su prolongada manga una carta del tarot económico, la carta de la plusvalía. Una cosa llamada plusvalía que ya no tiene creyentes, aunque cientos de grandes fábricas se fueron a China porque allá la mano de obra es regalada y los consumidores abundan como la verdolaga.

El y Jesús fueron dos judíos intensamente disidentes. Y diferentes.

El poeta oral con más poder de palabra que ha tenido la humanidad fue Jesús de Nazareth. El no fue economista pero vaticinó que siempre habría pobres. Resultó muy acertado y vigente porque los pobres se han multiplicado al juntarse con los pobres de espíritu.

Jesús contenía el conocimiento de todos los conocimientos y sólo podía transmitirlo en esencialidad poética.


LA POESIA DE DOMINGO FELIPE


"Pero voy hacia el ocaso con mi voz extendida/Y busco en el recuerdo el minuto extraviado".


Ese es uno de los versos escritos por Domingo Felipe y está publicado en el poemario Quinta estación, que editó Monte Avila hace un tiempo y fue una de sus alegrías más íntimas.


El era pura expresión, de ahí se saca que la poesía lo tenía en sus manos.


Domingo Felipe Maza Zavala era un creador estético un tanto solapado porque se lo exigía su cotidianidad. Pero no desistía de ser un hacedor de belleza a través del lenguaje, que al ser liberado retorna a sus orígenes poéticos.


Sus amigos más cercanos y los humoristas, que siempre lo admiraron y lo citaron, decían que Domingo Felipe Maza Zavala era feo por fuera y bonito por dentro. De haber sido al revés, la economía habría estado en manos de un demonio. Siendo feo por fuera y hermoso por dentro pasó la vida a punto de ser besado por esa princesa que es la poesía y que nunca terminó de besarlo para que se convirtiera en el príncipe de las letras que pudo haber sido.




LA ECONOMIA


Cuando era un muchacho que estudiaba economía, Maza Zavala escribió un cuento en el que elogiaba la bondad analfabeta y empobrecedora de la agricultura del conuco frente al poder inmensurable y corruptor del petróleo. En ese cuento mostraba vocación por la búsqueda de las palabras adecuadas y del sentimiento necesario.


Siendo economista, cada vez con más conocimientos en su haber, entendió que era sumamente importante para mejorar la existencia, reconducir el valor de uso y el valor de cambio que contienen el oro y el petróleo. Porque el valor de cambio se ha convertido a través del dinero en la máxima ambición y por ello, todo valor de uso se ha visto menoscabado y no puedes lucir la cadenita de oro porque te la arrancan y te arrancan la vida y ocurre lo mismo con el petróleo: no puedes usarlo para encender la lucidez de una sociedad porque te lo secuestran y te lo arrebatan.


En las entradas y salidas que protagonizaban en los mercados populares el ocumo y los plátanos, el arroz y las caraotas, la mayonesa y la margarina, Maza podía vislumbrar una hibernación colectiva o un principio de inconformidad histórica. Un estallido social podía solaparse en la ausencia de una taza de café y la caída de un banco viajaba en un susurro.


Es la poesía, viejo, es la poesía. Buscar la dimensión justa y enseñarle al hombre que el valor de vivir, pensar y de sentir, se elevan por encima de todos los demás valores. Y que la palabra no es un medio sino un fin. Es la poesía la que usó como guía existencial el maestro Maza Zavala, quien sólo fue llamado por su nombre: Domingo, un día lunes. El lunes de su funeral.


Es la poesía lo que hizo que llegara a la conclusión de que al final de todo hacer y de todo pensar, lo que nadie puede arrebatarte como una prenda de oro o un carro con todo y gasolina, es la dignidad. Es todo lo que podemos llevarnos a la tumba. Hombres útiles como Maza Zavala se la llevan y la dejan también en sus escritos, como para que nadie pueda olvidarlos. Aunque en última instancia sólo la poesía de la memoria produce flores en los terrones del olvido.


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José Pulido. Fotografía de Gabriela Pulido Simne



José Pulido:

Poeta, escritor y periodista, nació en Venezuela, el 1° de noviembre de 1945.

Vive en Génova, Italia. 

En 1989 obtuvo el Segundo Premio Miguel Otero Silva de novela, Editorial Planeta. En el 2000 recibió el Premio Municipal de Literatura, Mención Poesía, por su poemario Los Poseídos. Ha publicado cinco poemarios y nueve novelas. Desde el 2018 el Papel Literario de El Nacional creó la Serie José Pulido pregunta y publica las entrevistas que ha realizado a creadores y artistas.


miércoles, 25 de marzo de 2026

En contra de la Enshittification de Internet y a favor de las comunidades organizadas alrededor de intereses compartidos

 


DESIGN BY JASON SPEAKMAN. Imagen tomada de aquí.






EDITORIAL


La estafa de lo transaccional


Escrito por Ángel L. Fernández Recuero




Antes de que existiera internet, existían las sociedades científicas. Los hombres —y algunas mujeres, cuando se les permitía entrar— que poblaban la Royal Society o la Académie des Sciences del siglo XVII no publicaban sus hallazgos para monetizarlos ni construían una audiencia pensando en sponsors futuros ni en colaboraciones con marcas de telescopios. Publicaban porque el conocimiento, en su concepción del mundo, era un bien que se multiplicaba al compartirse. Antes de las KPI las personas eran felices.

Newton y LeibnizImagen tomada de aquí


La correspondencia entre Newton y Leibniz, por muy envenenada que estuviera de rivalidad y acusaciones apenas disimuladas de plagio, respondía a una lógica que hoy resulta casi incomprensible. La del trabajo intelectual con una dimensión inherentemente comunitaria. La de la idea que no termina de existir hasta que circula, hasta que alguien más la lee, la refuta o la mejora. El ego estaba ahí, desde luego, con peluca y alianzas. Pero operaba dentro de un marco donde el reconocimiento se ganaba contribuyendo al acervo común, no extrayendo valor de él ni convirtiéndolo en marca personal con newsletter semanal.



Esa misma lógica, traducida al lenguaje digital y accesible a toda la ciudadanía, fue la que animó a ese primer internet que tan bien se narra en la serie Halt, catch and fire Los grupos de noticias de Usenet, los primeros foros, las listas de correo temáticas, la cultura del hipertexto en sus años formativos y el IRC, todo aquello funcionaba sobre el mismo principio que había sostenido a las sociedades científicas durante siglos. Se compartía porque compartir era el mecanismo por el que el conocimiento crecía. Se enlazaba porque el enlace era un gesto de generosidad intelectual y no una estrategia de SEO para dopar nuestro pagerank. Se comentaba porque la conversación era, en sí misma, el objetivo y no un medio para aumentar la retención.


Halt and Catch Fire - Tráiler | Filmin

https://m.youtube.com/watch?v=oKxZP-bP5Ww



No había algoritmo que premiara la viralidad ni panel de analítica que midiera el alcance de tu brillante comentario sobre sistemas operativos. No había métricas que convirtieran la atención en divisa negociable. Había, simplemente, gente que encontraba en ese espacio algo que no encontraba en ningún otro lado. Una comunidad organizada alrededor de un interés compartido, sin porteros, sin intermediarios, sin nadie tratando de venderle nada o, al menos, sin que eso fuera el centro del asunto.


Tiempo después, en un momento difícil de fechar con precisión pero fácil de reconocer en retrospectiva, ese espíritu forjado en la red primigenia empezó a cambiar. No fue una revolución con manifiesto y fuegos artificiales. Fue una lenta infiltración de lógica contable en espacios que hasta entonces funcionaban con una gramática distinta. La del intercambio simbólico, la del regalo, la de la comunidad que comparte porque compartir es, en sí mismo, el punto y no porque haya un plan de monetización al final del túnel.


Aquello que los primeros teóricos de la web llamaban con cierta ingenuidad «economía del don» tenía sus limitaciones, sus jerarquías implícitas y sus propias vanidades —como bien saben los que se topaban con un wikipedista con mal café—. No era el Edén digital pero tenía algo que el ecosistema actual ha perdido casi por completo: altruismo. Los foros, los blogs, las primeras redes sociales funcionaban sobre una moneda que no era el euro ni el dólar sino el reconocimiento, la pertenencia, la reputación ganada a pulso en una comunidad de iguales que, como todas, podía ser insoportable y fascinante al mismo tiempo.



Subías algo porque querías compartirlo. Enlazabas porque te parecía interesante. Comentabas porque tenías algo que decir y porque, milagro, alguien podía responder con argumentos y no con .un avatar sonriente de tu cara con el pulgar levantado. La idea de que ese gesto pudiera medirse en un panel de métricas y convertirse en ingreso recurrente habría sonado, entonces, a ciencia ficción distópica o a capítulo rechazado de Black Mirror.



La transformación que se ha dado a lo transaccional tiene nombre y apellidos. Se llama «creator economy» y ha conseguido algo tan notable como colonizar el lenguaje del activismo cultural para describir lo que en realidad es la más clásica de las relaciones laborales precarizadas, pero con filtro. El influencer, el creador de contenido, el newsletter writer, el podcaster con Patreon, todos ellos han interiorizado que su presencia en línea es un activo económico que hay que gestionar con la misma frialdad con que un empresario gestiona su cuenta de resultados. Y con la misma ansiedad.


La audiencia ya no es una comunidad. Es capital. Los seguidores no son interlocutores. Son clientes potenciales, miembros de un tier, objetivos de conversión. Cuando alguien habla de su «embudo de ventas», de su «ARPU», de la «retención» de sus suscriptores, no está describiendo una relación humana ni una conversación estimulante sobre el Principio de Peter. Está describiendo un entramado de extracción. Y lo peor no es que esa infraestructura exista, sino que haya sido vendida como emancipación. Como si monetizar tu tiempo libre fuera libertad y no, precisamente, la abolición de la última frontera donde el tiempo era tuyo y no una oportunidad de negocio.


La llamada «sharing economy» completó el trabajo por el otro flanco. Uber, Airbnb y su progenie prometieron un mundo de intercambio entre pares, de recursos compartidos, de comunidad horizontal, casi de fraternidad con tarifa dinámica. Lo que entregaron fue algo bastante más banal. Mercados de trabajo precario gestionados por algoritmos, donde cada gesto de «compartir» se factura, se puntúa y se convierte en materia prima para el negocio de una empresa que cotiza en bolsa. La retórica cooperativa fue el envoltorio. La extracción de valor, el producto. El abrazo, con comisión.


Pero quizás el giro más profundo, y el más silencioso, es el que ocurre cuando ni siquiera hay transacción visible. Cuando algo es «gratis». Porque en el ecosistema actual, gratis no significa sin coste. Significa que el coste es opaco y diferido, como esas condiciones que nadie lee pero que todos aceptan con entusiasmo automático.


Cada like, cada comentario, cada segundo de atención sostenida alimenta modelos algorítmicos que generan beneficio para la plataforma de maneras que el usuario no ve, no entiende y, en la mayoría de los casos, no ha consentido de forma informada. El usuario cree que está participando en una comunidad vibrante cuando en realidad está trabajando gratis y feliz en su ignorancia.




Este proceso tiene un nombre que se ha popularizado en los últimos años. Se le llama Enshittification (mierdificación en la lengua de Cervantes) El término fue acuñado hacia 2022 y 2023 por Cory Doctorow, escritor de ciencia ficción, periodista y activista canadiense-británico especializado en derechos digitales y enemigo acérrimo de los oligopolios tecnológicos. Doctorow, vinculado durante años a Boing Boing y a organizaciones como la Electronic Frontier Foundation, lo utilizó para describir el ciclo por el cual las grandes plataformas digitales se vuelven progresivamente peores para todos los actores implicados a medida que priorizan la extracción de valor económico. Primero son generosas con los usuarios para crecer. Después favorecen a los clientes que pagan. Finalmente, cuando ya tienen suficiente poder de mercado, exprimen a ambos lados y degradan el servicio mientras maximizan beneficios. Eligió una palabra deliberadamente malsonante para romper la neutralidad del lenguaje empresarial y dejar claro que no se trata de pequeños fallos, sino de un modelo diseñado para producir esa degradación.




Frente a todo esto, sobreviven algunas aldeas irreductibles que merecen ser nombradas no como curiosidades arqueológicas sino como prueba de que otro modelo es posible y, de hecho, lleva décadas funcionando con dignidad tozuda. Un digno ejemplo es Menéame, el agregador de noticias ideado por el bitólogo Benjamí Villoslada y su amigo Ricardo Galli, que ha cumplido veinte años sin haber sido comprado, vendido ni rediseñado para optimizar el engagement hasta la extenuación. Este portal sigue operando con una lógica de votación colectiva que recuerda más a una asamblea de lectores que a un producto tecnológico de Silicon Valley con quinoa en la nevera.


QuinoaImagen tomada de aquí.


No hay algoritmo opaco decidiendo qué ves. Hay usuarios que votan lo que les parece relevante y una comunidad que, con todas sus peleas internas, sus ironías excesivas y sus sesgos propios, sigue siendo reconocible. También está Reddit, en sus subforos más especializados conserva todavía destellos de aquella cultura original, aunque la empresa lleve años intentando aplanarlos en favor de la monetización con la delicadeza de una excavadora. Los wikis temáticos, los foros de hardware, los espacios de fanfiction, ciertas comunidades de jugadores de rol por texto, todos ellos son territorios contralgorítmicos donde la participación sigue midiendo su valor en moneda simbólica y no en conversiones trimestrales.


Lo que tienen en común estos espacios es significativo. Son feos. Son difíciles de usar. No tienen aplicación móvil optimizada ni notificaciones diseñadas para crear dependencia con la precisión de un laboratorio conductista. No tienen un equipo de producto trabajando para maximizar el tiempo de sesión con gráficos ascendentes en pantalla gigante. Y precisamente por eso sobreviven como espacios donde ocurre algo parecido a una conversación real, donde el conocimiento acumulado en un hilo de diez años tiene más valor que el post viral de esta mañana que ya nadie recuerda.


Son, en ese sentido, los herederos directos de las sociedades científicas del XVII. Comunidades organizadas alrededor del interés genuino, sin porteros que cobren entrada y sin la obsesión constante por convertir cada interacción en flujo de caja.


Debemos también poner de manifiesto que hay una dimensión de este problema que va más allá de las malignas plataformas y los modelos de negocio basados en algoritmos opacos. Tiene que ver con algo más profundo de la cultura contemporánea y es que vivimos en una sociedad que publica más libros que lee, que produce más contenido del que es capaz de consumir. El narcisismo no es una patología individual que algunos usuarios padecen por exceso de selfie. Es la estructura misma que el ecosistema transaccional ha construido y premiado sistemáticamente durante dos décadas con eficiencia admirable.


La lógica del creador de contenido es, en el fondo, la lógica del escritor que publica su libro sin haber leído los de los demás —ahora con la IA puede que ni el suyo—, del conferenciante que solo asiste a las charlas donde habla él, del intelectual que tiene opiniones sobre todo y curiosidad por nada porque la curiosidad no escala bien. Lo que las plataformas han hecho es industrializar ese impulso y hacerlo rentable. Han construido una infraestructura perfectamente diseñada para premiar la emisión y penalizar la recepción, para recompensar el publicar y no el leer, el hablar y no el escuchar, el producir y no el pensar.


El resultado es un ecosistema de púlpitos saturado de voces que publican en substack obligadas a revisar las métricas para ser víctimas del autoengaño. Miles de podcast que no son más que conversaciones entre amigos que se quieren hacer los interesantes. Teselas infinitas de fotografías para conforman un album de nuestro superyo. Todos son espacios donde la atención es el recurso más escaso y nadie quiere gastarla en los demás porque todos están demasiado ocupados reclamándola para sí mismos con la convicción íntima de que lo suyo es imprescindible para el destino de la humanidad.


Esto no es un accidente. Se trata de diseño, de la evolución del conductismo al neurohacking. Una plataforma que premiara la lectura profunda, la conversación sostenida, el cambio de opinión razonado, no tendría métricas que vender ni titulares sobre crecimiento exponencial. No generaría el tipo de engagement que los anunciantes compran con sonrisa corporativa. La economía de la atención necesita producción constante, no reflexión. Necesita reacciones, no argumentos. Necesita que todos sean emisores todo el tiempo, porque los receptores no generan datos suficientemente valiosos ni titulares para inversores.


Lo más revelador es lo que ha pasado incluso con los espacios de resistencia. La gratuidad ya casi nunca es inocente. Cuando alguien da algo gratis en internet en 2025, la primera pregunta que se hace el receptor, entrenado por años de exposición al ecosistema, es «¿qué quiere a cambio?». El regalo se ha vuelto sospechoso. La generosidad necesita explicación, nota al pie y modelo de negocio adjunto. Dar sin esperar algo a cambio se ha convertido en una postura que requiere justificación, casi en un acto de rebeldía que debería cotizar en bolsa.


Eso es lo que se ha perdido, y es más de lo que parece. No es nostalgia por una web que tampoco era el paraíso que la memoria tiende a construir ni por unas sociedades científicas que excluían a la mayoría de sus contemporáneos con elegancia protocolaria. Es la constatación de que cuando toda interacción se piensa como potencial transacción, algo se rompe en la textura misma de lo social.




Los miembros de la Royal Society no necesitaban un algoritmo para saber que valía la pena compartir lo que habían descubierto, aunque algunos necesitaran reconocimiento y retrato oficial. Lo sabían porque habían leído a los que vinieron antes, porque participaban en una conversación que los superaba y que esperaban que los sobreviviera, algo difícil de medir en términos de conversión pero sorprendentemente eficaz para producir conocimiento duradero. Esa humildad, la de quien sabe que forma parte de algo más grande que su propio perfil y que su siguiente publicación patrocinada, es exactamente lo que el ecosistema transaccional ha hecho todo lo posible por exterminar con método y financiación. Y lo está consiguiendo con notable eficiencia



https://www.jotdown.es/2026/02/la-estafa-de-lo-transaccional/




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