jueves, 12 de marzo de 2026

Ida Gramcko a José Ramón Medina: El verdadero poeta no es deudor sino para consigo mismo

 





Estimados amigos

Hoy tenemos el gusto de hacerles llegar esta nueva (nueva para ustedes) y vieja entrevista hecha por José Ramón Medina a la   escritora venezolana  Ida Gramcko que fue publicada en el portal de el diario El Nacional. Esta entrevista fue publicada originalmente en el suplemento el Papel Literario, edición del 18 de febrero de 1968. Al compartir material como este, nosotros aportamos nuestro grano de arena para favorecer la difusión  y preservación cultural nacional, lo hacemos sin alharaca pero de forma contundente.

El régimen venezolano tiene bloqueado el acceso al portal de El Nacional así que la gente para acceder directamente a esta entrevista debe utilizar una vpn. Nosotros le ahorramos el trabajo a los internautas venezolanos amantes de la literatura.

Esperamos que disfruten realmente de este hallazgo.

Atentamente


La Gerencia



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Entrevista a Ida Gramcko: “Ningún fatalismo permitirá que, pese a todo, vivamos como poetas”

Por Papel Literario

febrero 28, 2021 3:00 am





I

Al conocimiento de Ida Gramcko se llega, naturalmente, a través de la poesía. Hay otras vías, como varia y fecunda es su orgánica labor intelectual. Pero la poesía es la puerta más segura y más directa para acertar la despierta calidad de su esfuerzo. Dos o tres libros iniciales descubrieron la limpia seguridad de su voz. Y luego la confirmación de su poder excepcional como poeta vino en aquel extraordinario libro Poemas. Ese libro denso, sabio, arrastrado por una honda plenitud de lenguaje, que nos deslumbró a todos. Por ese libro sostuve una batalla que no coronó el éxito. Pero quedó el testimonio. Y la admiración ferviente. Admiración que se mantiene y acrecienta en el tiempo hasta su Este Canto Rodado, fábula y verso en el más puro homenaje del poeta por la magia deslumbrante de su propia búsqueda. Varias cosas atraen en la poesía de Ida: su fuerza insustituible, su madurez, su sentido profundo del ritmo y la palabra, su clamor y su celo en el padecer lírico y, sobre todo, la autenticidad del verso. Y el poeta mismo —artista de variadas facetas— nos da, en la cercanía de la amistad, un perfil de entrega denodada a la poesía, que es pasión y fe en su propio destino.

Imagen tomada de aquí.



II

Su último libro, El Jinete de la Brisa, podría servir de justificación para esta entrevista. Es un libro pleno, maduro y resonante que refleja un proceso de integración vital. Y como la propia autora, prendido en el aliento más cierto de la poesía. Pero la verdad que para entrevistar a Ida Gramcko no hacen falta excusas o justificaciones. Su obra, su vida, su quehacer intelectual —o su obra, que es su vida y su quehacer— afirman un incuestionable y permanente derecho a esta expresión periodística.

Esta entrevista no tiene, por eso, motivación especial. Ha surgido casi espontáneamente. O hasta podría decirse: necesariamente. Aunque sin propósito previo. Y su justificación habrá de encontrarse en el discurso de la íntima manifestación personal; es decir, en el eco de un espíritu penetrado por la más severa y auténtica vocación de poeta. Porque eso es —y nada más, por encima de todos los riesgos, Ida Gramcko. Eso ha sido, en el fervor más alto de su entrega a través de los años. Años de mirar hacia el mundo y asombrarse, de sentir y querer el hondo misterio de la realidad, donde reposa el prodigio de la revelación. Porque, a fin de cuentas, en eso consiste la poesía: en la capacidad de asombro frente a la realidad y en el poder taumaturgo de revelarse y revelar el tránsito que va de la conciencia hacia el encuentro de la instancia foránea.


III

Cuando sonó la hora del encuentro, ya todo estaba dado para el diálogo sin sombras, para la sinceridad abierta. Por allí, entonces, comenzó a fluir la palabra amiga, desenvuelta y mágica. Esto es: el lenguaje de la poesía.

El diálogo fue preciso, revelador, incisivo. Días después llegaron unas cuartillas que completaban la confesión. Así quedó integrado este testimonio sincero y veraz que transcribimos ahora.

Ida Gramcko. 1960. Fotografía de Alfredo Cortina.



IV

¿Qué ha sido tu vida literaria?

—Mi vida literaria, mi vida, ha sido una búsqueda afanosa, angustiada, un clamor y una petición de verdad. Ahora, después de muchos años de vigilia y atormentada espera, puedo decir que he hallado la inmensa plenitud. Pero sobre ésta, que es interior, podría preguntárseme: ¿es una plenitud literaria? Sí. Porque lo colmado, lo pleno de la voz responde a un alcance íntimo. Mi creación no ha estado nunca desligada de mi desvelo o de mi logro interno.

¿Qué es el lenguaje, la palabra, el verso, en tu poesía?

—Son expresión de lo que siento: una amorosa claridad de alturas. Para mí, el vocablo no es asunto autónomo que pueda tratarse jamás aisladamente de lo que se piensa o se siente. Aún en el caso de que un artista se propusiera trabajar la forma como forma, tomando para sí la teoría del arte por el arte, con ello no lograría una forma sin contenido. Todo ser contiene algo. Creo que el formalismo, la supuesta libertad del vocablo que quiere huir de todo sentimiento expreso, creo que todo este problema se debe a otra razón. Los poetas atraídos por lo formal, excesivamente elaborados, laberínticos, sólo son criaturas con un mundo interior en afán, en caos, en desorden emotivo. Y es eso lo que dan en sus estrofas. Cuando el poeta es recio, el caótico idioma duele en su clima abrupto, en su región erizada y dramática. Pero si el poeta no es muy fuerte, existe este peligro: el hermetismo se convierte en refugio. La desbandada de palabras se vuelve un consolador rescoldo para el artista débil. Las palabras llegan a convertirse en un imán: corretean, saltan y al tornarse en imán, al ser tomadas en cuenta de tal modo, son, al fin y al cabo, el único calorcillo que el autor encuentra. Y el poeta ya no maneja el idioma sino que el idioma lo maneja a él. Es un poseído, no es un dueño. Se aferra a las palabras —por razón de su problemática— como a un vientre. Hay que liberarse de estas adhesiones inmaduras. El creador hace modular sus palabras, las orienta, las dirige, las encamina: las palabras no deben envolverlo como un amparo o una invasión fetal y oscura. En términos metafóricos, las palabras son nuestras hijas, nunca nuestro claustro materno. Las palabras no nos protegen. Somos nosotros, los poetas, los que podemos proteger. Y ello resultará difícil mientras no maduremos y veamos que el lenguaje está a nuestra disposición y no a la inversa. Lo formal no es profundo. Profundo es lo formal cuando trae una carga de amor, de infinitud, de ensueño. Una palabra sola no es profunda. Profundo son los sentimientos o pensares y, a veces, tan profundos que no llegan. La dificultad no estriba entonces en la palabra sino en el sentir o pensamiento.

¿Qué es lo más importante en la vida del poeta?

—Eso depende del poeta. Hay poetas de lo sensorial, de lo inmediato, de lo agreste. En cuanto a mí, lo más importante es el amor, pero no el fugitivo: la pasión, sino aquel que es espíritu en impulso pleno y permanente. Al decir impulso quiero decir obra, acto, realización de la poesía en el poema. Desde luego que hay escribidores de versos que jamás han vivido la poesía y que el verdadero poeta es quien vive la poesía aunque no la exprese. Lo ideal es que la poesía se viva y se escriba. Pero yo —he de decirlo— no necesito ese proceso que consiste en recibir una bella experiencia para luego expresarla. Ocurre en mí una suerte de simultaneidad. Lo que me plena puedo expresarlo de inmediato. No hay pausas. Si se trata de vivir o de compartir algo alto o profundo, yo desconozco los silencios.




Puesta en la disyuntiva, ¿cómo definirías tú a Ida Gramcko?

—No como un adorno. No como una inquietud. Yo no acicalo ni me encuentro inquieta. Por lo tanto, no soy fruición ni voluptuosidad y tampoco me hallo sedienta. Diciéndolo en términos poéticos, yo sería como una fluidez. Una tutela, una protección, una dádiva, una entrega. Si hay dificultad para entenderme, quizás ello se deba a que mi agua fluida pertenece a una fuente recóndita. Mi sentir no es fácil. Creo que es hondo. Pero mana de mi como rocío, como relente. No sé cerrar la mano, mejor dicho, no sé cerrar la voz aunque lo que ella diga sea arduo pues deviene de cima o de reconditeces. No es una pretensión de mi parte. Siento lo elevado o profundo y lo ofrezco en poemas. Soy como una oficiante de un mar denso y azul y de un estrellado universo. Y lo doy. Nunca se hallan mis dedos, mejor dicho, mis cantos vacíos de una espuma o una estrella. Hay una playa para mí. Lo sé. Hay un espacio para mí. Lo sé. Le estoy agradecida a ese horizonte y a esa arena.

La poesía ¿es un compromiso o simplemente una forma de vida? ¿Te ciñes a una estética determinada?

—La poesía es una forma de vida. Para mí —no quiero generalizar; cada quien posee su propio mundo— significa una fidelidad a lo perenne, una trascendencia, una especie de ojiva inagotable, un salto más allá de la tierra. Entonces ¿es una eliminación del mundo sensorial, de los sentidos? Yo no lo elimino. Yo comprendo. Observo la limitación de los sentidos y cariñosamente les deparo un sitio en el terruño y en el tiempo. Pero esta forma de vida a la vez me señala que estas manos, que estas mejillas, con todo su color y movimiento, son polvo contenido, y no puedo absolutizar lo que no es absoluto. Por ello comprendo también que lo que me llama y me destina es lo permanente o lo perpetuo. También es un compromiso en el sentido de que ya me he hecho responsable de su querido y claro peso. No es una carga, no. Es un modo consciente de vivir. Es una reciedumbre, una entereza. No es compromiso si por él se entiende algo forzado, obligatorio, impuesto. Es un compromiso emotivo, pensante pero sentidor que, una vez contraído, no ha de soslayarse no sólo porque nos llama a cada paso sino porque en nuestra respuesta a su llamado nos captamos continuos y límpidos, sin dislocaduras, sin equívocos, unitarios, fervorosos, consecuentes. Nuestra respuesta es como el cauce a ese manantial que nos requiere. Si le damos la espalda, allá nosotros. Somos nosotros quienes nos labramos nuestra vida. Ningún fatalismo permitirá que, pese a todo, vivamos como poetas. Uno elige. Y aquí entra de lleno nuestro libre albedrío. Y si éste escoge la respuesta al lírico y limpio llamamiento, una obediencia altiva, ella nos hará percibir grande y grave alegría. Hay un júbilo, no sensual, sino grácil, en ser fieles. No me ciño a una escuela determinada, no me rijo por ninguna academia. Soy un poeta libre, con todo un mundo propio interior por decir, lleno de un contenido que acarrea su propia visión de la belleza.

Desde el punto de vista personal —no crítico sino testimonial—, ¿qué intentas revelar en tu poesía?, ¿qué es lo que buscas al expresarte poéticamente?

—Luz. ¿La velocidad de la luz? Podría interrogar a un astrónomo. ¿La electricidad? Indagaría un experto en cortocircuitos. Incapaz soy de negar las ventajas de una buena bombilla y la eficacia de los observatorios. Pero sucede, sin embargo, que con la poesía no rezan telescopios ni enchufes, los cuales se hallan colocados en su noble más limitado puesto. El poeta, para mí, va más allá del mundo natural. Va al trasfondo, no a la superficie. Y la luz de la que hablo es la que ha traspasado los confines. Es lo ilimitado, lo eterno. ¿Soy difusa? Entonces ¿cómo puedo demostrarle a los ciegos de la luz esencial que ésta es bondad, amor, alegría suprema? ¿Busco algo al expresarme poéticamente? Yo no estoy buscando nada. No estoy en la pista o pesquisa de algo. Durante mucho tiempo, yo busqué. Diciéndolo con humor, fue un pleno dolor detectivesco. Pero ya yo encontré. Esa luz sin astronomía y sin cables grisáceos. Entonces ¿por qué voy a andar buscando lo que no se me ha perdido, lo que sé que ya nunca podrá ser una pérdida?

En tu poesía, en general, se observa un cierto tono sentencioso, de profundidad vital, ¿podrías decirnos a qué se debe esta característica?

—¿Un tono sentencioso? Es muy posible. Las sentencias, sus aseveraciones o negaciones, provienen de experiencias vividas, padecidas; son pensamientos aflorados de tensos, tremendos o tiernísimos días. Sólo puedo decir que busqué densa y dolientemente y que luego viví y ahora vivo la alegría total que sólo se me niega cuando no puedo compartirla o cuando veo que no puedo proyectarme a los otros y comprendo cuán grande es la soledad, no del ser sensible e intranquilo, sino del ser sensitivo y sereno. La serenidad es algo que asusta a muchas gentes. Uno dice que está en paz y sólo por cortesía no lo insultan. Hoy en día se teme más a la esperanza que a la agitación; hoy en día, más atemoriza el amor que la agresividad o el desenfreno. En este caso, y ya que se me encuentra un tono sentencioso, yo sentenciaría: el hombre ya no busca a su prójimo sino a su enemigo. El hombre tiene sed y en vez de pedir agua, repudia el sorbo y el sosiego. El hombre, que tiene tanta sed, no sólo rechaza un breve oasis sino que enfatiza su desierto. El hombre, entonces, es un poco culpable de no encontrar alivio y un hilo de arroyuelo.

Ida Gramcko. 1960. Fotografía de Alfredo Cortina.



¿Qué sensación experimentas al escribir, sobre todo al escribir poesía?

—No es una sensación. Es un sentimiento. Que estoy entregando mi sentir esencial a lo que más admiro, que estoy desbordando un resplandor que vive dentro, en una donación fluida, espontánea. Mi desbordamiento no es un chubasco impetuoso. Es un desborde quieto. Como si fuese un torrente total de ternura. Se trata de una fuerza irradiadora que, siendo fuerza lírica, no posee el poder, el presunto poder instintivo. Creo que la verdadera fuerza del amor es también suave. El amor es, para mí, lo espiritual en grado máximo. Y aún cabría añadir que esta espiritualidad no es meramente un grado, un último escalón al que se llega después de haber hollado otros peldaños anteriores. Cuando lo espiritual es en su extremo, en su colmo, forma ya región propia, diferenciada, única, aparte. El reino espiritual irrumpe sólo, como un maravilloso castillo sin posible contacto cotidiano. Tal dimensión no es un desdén por los valores y virtudes humanos. No es que el poeta se deshumanice; no; yo diría que el poeta, en estas condiciones, se sobrehumaniza y desde tal situación está más apto para comprender el gusto fugitivo de la piel y el fuego fugaz de la manzana. Todo, desde esta perspectiva, se va situando. Se me dirá que estoy hablando desde una posición religiosa. Diré más: desde una actitud mística que yo me arrogo enteramente, sin temor a ningún agresivo o desdeñoso comentario. No se trata de que compartan conmigo lo que vivo sino simplemente de apreciarnos los unos a los otros. Yo aprecio toda poesía, me sea fraternal o distante. Ante la vida, en todas sus manifestaciones, tengo mi propio temple mas también he aprendido tolerancia. Y aún diré más. Tengo claras las motivaciones de las frases burlonas aunque éstas, desde luego, el sueño no me lo arrebatan. Esto es, pues, lo que aflora de mí porque es lo que en mí vive plenamente. Y aflore como una expresión necesaria pero también como una ofrenda, como un bien, como un estímulo para que la verdad en otros cante.

¿Cuál es tu método creador?

—Sé que hay escritores que se imponen escribir tantas horas diarias para beneficio de la exactitud y de la pulcritud del lenguaje. Pulcritud y exactitud no indican, en este caso, que lo que se exprese no sea umbrío o dramático. Me refiero a plasticidad y flexibilidad idiomáticas. Hay los que lo hacen porque son perezosos y quieren superarse. Todo ello me parece positivo. Pero a la vez sé de escritores que piensan que el método es una búsqueda de novedosas técnicas, de verbalismos intrincados. Con esto, a mi modo de ver, no se logra jamás una obra de arte. El arte es una entrega amorosa; el arte no es una curiosidad. Puede ser raro, por lo hondo, más no es una rareza, un exotismo. El arte proviene de un sentimiento o de una idea, pero no de un deseo de epatar. Y lo digo pues he podido observar que hay artistas en quienes el anhelo de “ser nuevos” conduce a una retórica contemporánea. Una palabra, larga y tediosamente trabajada, es una palabra enrarecida pero no es nunca una palabra nueva, inesperada, extraña, pues no deviene de un pensamiento y de un sentir inéditos y audaces. Se está, por un hecho interior, en lo nuevo, en el hallazgo, lo que es muy diferente y opuesto a buscar, formalmente, una voz de vanguardia. Por ello, cuando escribo nunca utilizo el regodeo verbal. No me gusta exhibir los vocablos sino darlos en su plenitud. Las excesivas fruiciones idiomáticas me parecen alarde innecesario. Lo que se percibe hondo o elevado ha de decirse, a mi manera de ver, sin pensar en el turismo. La hermosura que vive en un poema ha de brindarse sin ostentación, sin virtuosismo, sin carteles untuosos, sin fofa propaganda. Lo que hago siempre —ya es un modo de ser, no un hábito— es una compenetración constante con lo que siento, una precisión pertinaz de lo que venero y lo que amo. ¿Es ello una disciplina? Quizás, pero entendiendo por disciplina una continua disposición, receptividad o fidelidad para con lo inefable. Soy muy rigurosa, muy clara para con lo que pienso y lo que quiero. No me gustan las confusiones. Y por ello me sorprendió una nota sobre un libro mío en la que se decía que este último señalaba un ejercicio de paciencia. Además de sorprenderme, me causó mucha gracia. Pues yo no busco la rima minuciosamente, como una escolar muy aplicada. La rima, en mí, siempre ha sido natural. Pero hay que comprender que en el mundo de hoy se confunden a menudo la armonía, el equilibrio —¡carece tanto de ambas cosas!— con una tarea prolija de estudiante.




¿Cómo te definirías desde el punto de vista intelectual?

—Ese punto de vista está, para mí, ligado al emotivo. Desde él, creo que soy un poeta que percibe un romanticismo y un medievo futuros. (¡Qué barbaridad!, dirán los historicistas.) Más yo no digo que la historia se repita. Sólo digo que hay valores perdidos a los que el hombre volverá la mirada.

Yo pienso que sobre todas las cosas tú eres poeta. Entonces, ¿qué es para ti la prosa?

—La prosa está ligada al tiempo, aunque hoy en día éste haya sido tratado en ella con una elasticidad innegable. Recordemos la figura de Orlando, de Virginia Woolf, quien salta, en un solo instante, varios siglos, convirtiéndose de hombre a mujer, sintetizando así muchos años de vida de una familia inglesa. Ese tiempo elástico también podría ser estudiado en Kafka, en Faulkner y en el teatro contemporáneo. Pero, de todas formas, en la prosa siempre intervienen el personaje y el objeto, por más sutiles que sean. Se les puede matizar, tamizar, pero no eliminar. La prosa tiene un mundo sensorial, jugoso, que le es ineludible. La empleo precisamente cuando quiero referirme a lo temporal, en su gracejo pero también en su fugacidad. En mi libro Este canto rodado quise dar el tiempo en la prosa y en la poesía la eternidad.

Ida Gramcko. 1960. Fotografía de Alfredo CortinaImagen tomada de aquí.



¿Encuentras igual satisfacción cuando escribes poesía, teatro, ensayo, ciencia-ficción, etc., o si son, por el contrario, formas de la creación de las que te vales para tu creación esencial: la poesía? ¿Qué ventajas y resultados has obtenido de esa experiencia?

—Mi teatro es un teatro poético y siempre en él, aunque dibuje con todo cuidado y cariño los personajes más cotidianos y terrenales, mantengo el nudo o el hilo del asunto asido a la figura centralizadora que es siempre una voz de ensueño e idealismo. La satisfacción es la misma que en la poesía. En cuanto a la ciencia-ficción, he tratado también de dar en prosa las distinciones entre tiempo y eternidad, entre lo pasajero y lo que perdura, y siempre la madeja del asunto queda iluminada por la silueta en la que se realiza lo segundo. Siempre lo etéreo, lo inefable gana. Pero en ningún momento he desdeñado las propiedades de la prosa. No es un pretexto para la poesía. Se da en sus límites coloreados y aromados. Mi prosa no es instrumento para mi poesía. Me considero prosista también. Mis ensayos quieren ser análisis psicológicos de seres que deseo interpretar y comprender. Pero en el ensayo siempre hay un tono crítico y por ello el propio pensamiento, la propia visión del mundo irrumpe en comprensión pero también en réplica, en tono fraternal pero también señalador. Por ello me resulta tan satisfactorio escribirlos. Las ventajas y resultados que he obtenido al saber que escribo prosa y poesía acaso consistan en que me percibo abarcante.

¿Sientes que te has logrado plenamente en tu trabajo literario?

—Sí.

¿Cuál de tus libros ha tenido o tiene mayor importancia en tu obra literaria?

—Si mis últimos libros señalan un alcance, los otros señalan una búsqueda tan desmedida que no podría darles menor cabida en mí. Diciéndolo poéticamente, si el palacio ahora me colma, no puedo dejar de agradecer sus cimientos o búsquedas que fueron tan leales en su jadeo sin tregua, en su indagación trémula, incesante.




¿Te consideras integrada a una determinada generación literaria?

—Me han dicho que pertenezco a la generación del 42. Pero ¿es ello importante? Lo importante es el poeta, no su generación. Y yo me siento sola, sin pertenecer a ningún grupo.

¿A qué maestro te crees deudora? Y si es pertinente, ¿qué piensas de las influencias literarias?

—No me siento deudora a ningún poeta. Acaso he encontrado maestros en el aprendizaje de la vida y eso me colma. Ahora, sin embargo, soy yo la que quiero ayudar, dar. El verdadero poeta no es deudor sino para consigo mismo. De la fuerza dramática, dolorosa, de su pasado, dependerá su presente sereno o su esperanzado porvenir. En cuanto a las influencias, me resultan un asunto inmaduro. En palabras corrientes y molientes, y muy venezolanas, un poeta tiene que “comerse” a todos los poetas, no en el sentido de negarlos sino de ser independiente de todo influjo fuerte que debilite la individualidad de su ser. Por supuesto que soy incapaz de negar las auténticas afinidades. Pero en este caso ya no se trata de dominio sino de encuentro claro.


*Entrevista publicada en el Papel Literario, edición del 18 de febrero de 1968



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miércoles, 11 de marzo de 2026

Oswaldo Trejo a Julio Ortega: jamás para escribir tomo notas o establezco un plan



OSWALDO TREJO. Fotografía de VASCO SZINETAR. Foto coloreada.


Estimados Liponautas


Hoy compartimos esta entrevista a al escritor venezolano Oswaldo Trejo, un escritor cuya presencia en la red es bastante pobre. Próximamente publicaremos una entrevista inédita en la red del escritor. 
Al final de la entrevista podrán escuchar el cuento "Una sola rosa y una mandarina" que hasta el 10 de febrero de 2026, fue publicado el 13 de octubre de 2023, solo había tenido 41 visitas. Y después los intelectuales nacionales tenemos el tupé de hablar de la increíble raigambre y popularidad de los escritores venezolanos en nuestro propio país. 

El régimen venezolano tiene bloqueado el acceso al portal de El Nacional así que la gente para acceder directamente a esta entrevista debe utilizar una vpn. Nosotros le ahorramos el trabajo a los internautas venezolanos amantes de la literatura.

Esperamos que con la publicación de esta entrevista y del cuento hagamos más cercano al público venezolano a Oswaldo Trejo.

Disfruten de la entrada

Atentamente


La Gerencia.


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Papel Literario


Conversación con Oswaldo Trejo  (Ejido, Mérida, 10 de junio de 1924 - Caracas, 24 de diciembre de 1996)

Por Papel Literario

agosto 4, 2024 12:30 am




Julio Ortega: Sería interesante para todos remontarnos a 1960, cuando estás en Bogotá y empiezas a escribir Andén lejano, y preguntarte, en primer lugar, por las motivaciones del libro, el plan de escritura, y el tiempo que se tomó. ¿Cómo se te fue imponiendo el texto? vd

Oswaldo Trejo: Bueno, primero que nada debo decir, después de oír a Julio Ortega, que su interpretación a mi manera de ver es extraordinaria, y coincide con muchos de los aspectos que me planteé cuando comencé a escribir esa novela, con antecedentes de otros textos míos ya escritos. Me proponía, en cierto sentido, poder hacer otro tipo de literatura, otro tipo de escritura. Cuando yo comencé a escribir esta novela en Bogotá, después del año 1949, había viajado a Europa, había estado en el Brasil, había estado en Colombia, pero sobre todo tenía toda la alegría que el Brasil me pudo dar, porque se trataba de Copacabana y de Río de Janeiro, y el que no se alegra allí no se alegra en ninguna parte, ni baila en ninguna parte. Sin embargo, cuando muere mi madre yo estoy muy joven y mi apego había sido definitivo, era inseparable de ella y ella de mí; mi padre había muerto cuando yo era un niño de 9 años, y el recuerdo que tengo de él es muy lejano y áspero. Él tenía 73 años cuando muere, yo era el último hijo y el único varón que había tenido: era un hombre de piel ruda, arrugado ya, de barbas, fumaba tabaco, tenía unas manos muy gruesas, porque aparte de otros oficios, era domador de caballos; y con esas barbas, con ese olor a tabaco y con esa ancianidad, quería unirse a mi piel de niño; pero yo siempre tenía un rechazo a esas cosas ásperas, y además él era un hombre de carácter fuerte. Toda esa situación me lleva a lo opuesto, que es la madre; una mujer de gran ternura, de gran carácter, pero que a partir del nacimiento mío queda con un dolor de cabeza para toda la vida, que fue de lo que murió. Ella vivía con la cartera llena de aspirinas y de calmantes y no hubo un solo momento en su vida en que la cabeza no le doliera, a veces eso iba a unos extremos de llegar a gritar, gritos que se oían alrededor de una cuadra, de dos manzanas, y aquello era espantoso. Finalmente llegamos a saber, cuando ella ya tenía 56 años, que es cuando muere, que tenía en formación un tumor mínimo en el cerebro, que de la manera más mínima y más lenta iba creciendo. Resolvemos entonces llevarla a Nueva York a una operación de trepanación de cráneo; yo no hablaba inglés, todavía no hablo inglés, apenas leo cosas, pero la acompaño en mi primer viaje fuera de Venezuela. A los tres o cuatro días de exámenes y de toda esa serie de cosas, hay que pasar a la operación y me habían hecho creer los médicos que aquello iba a salir muy bien. Pero la víspera de la operación le inyectaron aire por los oídos para un último examen y unas últimas radiografías y se le reventó el aire en el cerebro, quedó sin conocimiento. Yo no estaba en el hospital, yo andaba con un amigo pintor del Taller Libre de Arte, Marius Sznajderman, muy amigo mío que años antes se había ido a los Estados Unidos y vivía allá; lo encontré, me acompañó a todas partes, al Museo de Arte Moderno y otros. Pero cuando llego en la tarde al hotel me dicen que me han llamado urgentemente del hospital y me sorprende muchísimo que un señor muy austero, muy distante, me dice: “Yo lo acompaño, señor Trejo”. En efecto, me lleva al hospital donde me está esperando el médico de cabecera y me dice: “La señora va a morir a las seis de la mañana”; yo había llegado al hospital como a las 7 de la noche, y efectivamente a las 6 de la mañana expiró. Aquello trajo tal carga de violencia y de incertidumbre, de no aceptarlo y de no creerlo, que todo eso permaneció en mí siempre. Además, me tengo que quedar en una funeraria, en un apartamento con el cadáver, hasta que hubiese embarque para Venezuela, no por avión sino por barco. Entonces yo andaba casi permanentemente solo y, a veces, con Mario Abreu que quería sacarme de esa situación, pero cómo me iba a sacar de un apartamento donde estaba la urna y todo lo demás. Cuando regresé me costó muchísimo reponerme, pero me quedó la idea de que ella no había muerto, de que yo tal vez había enloquecido; me había venido a Caracas y la había dejado abandonada en algún sitio en Nueva York donde estaba perdida, donde no hablaba tampoco ella inglés; donde no podía ser recuperada por nadie, donde terminaría tal vez internada en algún sitio de locos. De ahí las cartas, como tú las venías viendo, que a través de sus fragmentos, de sus palabras cortadas, son una memoria que no coordina un discurso coherente sino que se le da en pedazos; ella tal vez quiere escribir amor pero no lo escribe, y así todas las palabras están cortadas y partidas, pero conservan un sentido de recriminación, de acusación, de reclamo, de dolor. Y de allí viene el planteamiento ya en la escritura de la forma de darse la situación, porque las cartas nunca las escribí, lo que tenía era el sentimiento de culpa de un abandono y de que ella me lo reclamaba. Como dije, habiendo estado en Río de Janeiro, en Copacabana, en los grandes carnavales, ese tipo nunca se alegró lo suficiente como para sentirse liberado de ese peso de muerte y culpabilidad. Y si yo no escribo ese texto tal vez hubiera enloquecido, no habría podido hacer más nada. De manera que dentro del planteamiento de un nuevo lenguaje, de una nueva escritura que ya venía en mí desde los primeros trabajos literarios que había publicado, especialmente aquel cuento que se llama “Escuchando al idiota”, la novela se realiza a partir de la situación de dos personajes, yo diría que tres, que son: el que narra, que es un Ecce Homo, y las dos figuras, segunda y tercera personas, que son otros dos Ecce Homo, pero que en el fondo no son sino uno solo. Inclusive en el diálogo, desde que la novela comienza, viene de unos puntos suspensivos, de algo que ya está dicho, y en todas partes donde el diálogo se establece entre un Ecce Homo y otro Ecce Homo, es con puntos suspensivos y letras minúsculas, porque no es diálogo propiamente, sino un diálogo dentro de la fluidez de un discurso que se va dando como una continuidad muy reiterativa a través del texto, la muerte de la madre, y no solamente eso sino la muerte misma: está al comienzo del texto la ubicación del sitio desde donde habla ese hombre, que es un apartamento de Bogotá, situado en la Carrera Séptima, que es lo único que mantiene de veracidad, porque es un dúplex con quince escalones muy reiterados en el texto, la mesa ovalada, un espejo en la parte alta del cuarto, etc. Pero ocurre que ese apartamento viene a ser habitado por otro apartamento, un apartamento romano, que se enquista en el primero donde se viene dando toda la situación. Las referencias de ese apartamento romano son: una calle muy marcada siempre, una agua que emana de la pila, un árbol que está en la cuadra, una acera rota; y esto es lo que resuena continuamente en ese otro apartamento, que es un pequeño estudio de sólo quince escalones que conducen al segundo piso.




En este aspecto de la novela siempre estuvo planteado el proceso del lenguaje, el proceso de escritura: cómo voy a dar esto, desde qué punto de vista, desde qué forma verbal; y, al mismo tiempo, buscando la manera de que no resultara una cosa barroca sino de una dirección muy limpia en la escritura, pero muy reiterativa. Entonces, los dos personajes que dialogan permanentemente son uno mismo pero uno buscando una diferencia; porque para uno de los dos Ecce Homo la madre está muerta y enterrada, olvidada o en proceso de ser olvidada definitivamente, y es él quien escoge seguir, porque una vez que una persona ha superado esta situación tan terrible puede seguir, una vez que ha aceptado que se murió y que no hay nada que hacer sino seguir adelante; mientras que el otro se queda permanentemente en el esperar, en el esperar que aparezca, que la encuentre, y a donde vaya todas sus salidas son a buscar a la madre, que se le aparece algunas veces en ancianas que andan por las calles, decrépitas, locas, un personaje totalmente desposeído de la vida y de la fortuna, y él las sigue, las persigue, se le pierden, cruzan en una esquina, se meten en un almacén, y él va persiguiéndolas cuando salen, y siempre está a la espera de encontrarla.

Andrés Mariño Palacio. Ilustración de Orlando Oliver

JO: En el momento que tú estás desarrollando finalmente este planteamiento narrativo, estas dos situaciones frente a la muerte de la madre, ¿había una familia literaria, o algunas novelas que te importaran como ejemplos o estímulos?

OT: No en ese momento. Conmigo ha pasado que cuando estoy escribiendo, cuando comienzo algún trabajo, me aparto un poco de las lecturas, sean nuevas o sean lecturas que ya quiero volver a hacer, porque me distrae muchísimo, me perturba muchísimo. Yo tuve la suerte de pertenecer al grupo Contrapunto. Entre otros miembros de mucho valor, de mucha inteligencia y mucha inquietud, eso en el año 45, estaba un muchacho que se llama Andrés Mariño Palacio, que murió muy joven y que pudo haber sido uno de los grandes escritores de este país; era un ser extraordinario, de una gran inquietud, y escribía continuamente. Reseñaba todo lo que iba leyendo y todo lo involucraba en la lectura de grupo; eran los grandes escritores que después de la guerra mundial publicaban editoriales de México, Argentina, Chile, empezando con los rusos, Dostoyevski, Chejov, los alemanes; en ese momento estamos leyendo aquí La muerte de Virgilio, Los sonámbulos, La montaña mágica; y también Ulises de Joyce, en la primera traducción de Salas Suvirat; Proust y Kafka, por supuesto; y los italianos y escritores norteamericanos. Se daba más una relación con ese tipo de escritores que con los escritores del continente latinoamericano. Habíamos tenido una formación directamente a través de la universidad o de las carreras que se hacía independientemente, pero siempre con ese norte que marcaba el grupo Contrapunto, que fue muy importante en ese momento venezolano. De manera que entonces es cuando uno comienza a escribir, ya sabe que la literatura no puede ser a la manera de Gallegos, como tampoco podía ser de las maneras ya viciadas del nativismo, del costumbrismo, que produjeron magníficas realizaciones, pero que ya no pertenecían al nuevo decir, a otra época y a otra sensibilidad. De allí los planteamientos que en mí fueron indispensables, que surgieron como algo que tenía que enfrentar y correr el gran riesgo de hacer algo con lo cual no hubiera perdido yo nada, ni los demás tampoco; pero no podía hacer sino este tipo de escritura, que era ya mi manera de ver y mi manera de haber aspirado a algo importante.

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Antonia Palacios y Oswaldo Trejo. 1978. Fotografía de Vasco Szinetar. Imagen tomada de aquí.



JO: ¿Y cómo aparece tu relación con Antonia Palacios, a quien pertenece el epígrafe del libro?

OT: Mi relación con Antonia Palacios aparece posteriormente a mi relación con Guillermo Meneses y Sofía Imber, cuando yo publico el primer libro que se llama Los cuatro vientos, un libro de cuentos, Guillermo Meneses tenía una columna semanal en El Nacional de lecturas de libros.

Mi libro aparece en diciembre del 48, editado por mí mismo, en una tirada de mil ejemplares que costaron 500 bolívares; yo había ahorrado una platica y mandé a editar el libro. Aunque ya era amigo de Mateo Manaure, yo no tenía relaciones literarias ni tampoco en las bellas artes. Pero como ocurre siempre, cuando uno publica su primer libro quiere que todo el mundo lo tenga y todo el mundo lo vea: envié 30 o 40 libros por correo. Entonces el correo funcionaba, las cosas no se las robaban, no se perdían y llegaban a su destino, pasaron las navidades y en los primeros días de enero, para mi sorpresa, aparece una nota de Guillermo Meneses hablando maravillas del libro.


El primer cuento que yo escribí, muy pobre y muy joven, fue un cuento rural: después de unas vacaciones mías en Mérida, llegué y escribí ese cuento, ya yo traía desde muy niño la cosa de la escritura y de la literatura porque vengo de una familia de muchos escritores en Mérida. Metí el cuento en un sobre y se lo mandé a Juan Liscano, a quien no conocía tampoco, él era entonces director del Papel Literario de El Nacional; le mando mi cuento para que lo publiquen y me quedo esperando. Pero pasaron tres meses y el cuento no aparecía, lo primero que hacía yo al amanecer era ir a buscar el periódico a ver si el cuento había salido; hasta que la mañana de un domingo, yo no sé si era porque no tenían nada más que meter, lo publicaron. Yo más nunca lo he recogido ni he querido saber nada de él porque me parece malísimo. Pero entonces compré tres o cuatro periódicos, llegué a mi casa: “El cuento lo publicaron”, y todo el domingo lo paso yo por todas las cuadras del barrio donde vivía en Catia: “Este soy yo, este soy yo, este soy yo”, mostrándole a todo el mundo el cuento; y tanto lo dije en el vecindario, que terminaron llamándome los amigos, y también gente que yo no conocía: “Este soy yo”: “Aquí viene Este soy yo”, “Allá va Este soy yo”, “Este soy yo va con sombrero nuevo”, porque entonces usaba sombrero.


Después conocí a Juan Liscano y, apenas hace dos años, en la Bienal Picón Salas, públicamente le di las gracias, porque yo era escritor por culpa de él, porque si él no hubiera publicado el cuento tal vez yo no me hubiera ocupado de escribir nada de esto. Guillermo Meneses escribió esa nota sorprendente sobre un nuevo escritor que había aparecido, de las intenciones de su escritura; y Sofía y Guillermo empiezan a preguntar quién es Oswaldo Trejo, dónde está Oswaldo Trejo, de dónde salió este escritor. Y llegan una tarde a Catia, a mi casa, frente a la plaza Pérez Bonalde, a buscarme. Allí nos hicimos amigos, me incorporé a la parranda de ellos, que ya era el Taller Libre de Arte, y fui presentado, como se dice, en la alta sociedad literaria de este país. En las grandes recepciones de Antonia Palacios y Carlos Eduardo Frías, de Inocente Palacios, de Isaac Pardo, de Elías Toro, de Miguel Otero Silva, de Juan Liscano, de pronto me vi yo en mi primer valse y de allí una de las amistades más antiguas y más extraordinarias que yo he tenido es la de Antonia Palacios. Ella me ha visitado a donde quiera que yo he estado y yo exactamente igual; y, aun viviendo en una misma ciudad, sea París o Caracas, siempre nos habíamos escrito, hasta hace un tiempo que uno perdió el hábito de las cartas. Yo tengo un rimero de cartas de Antonia y ella tiene un escaparate de cartas mías; es la correspondencia más abundante que yo he tenido, y una cosa casi amorosa, una afectividad extraordinaria.

JO: ¿Pero el epígrafe es posterior a la escritura o su motivación?

OT: No, es anterior, de mucho antes, viene de una carta de Antonia.

JO: ¿Cómo es el manuscrito de la novela?, ¿hay muchas revisiones en su proceso?

OT: Mira, no existe el manuscrito. Yo no tengo el manuscrito, no guardo manuscritos; escribo todo a mano, en cuadernos, y voy rehaciendo los textos, en el mismo cuaderno o en otro, como los fondos, tú sabes, de los trapiches de los ingenios, donde el guarapo se va pasando de un lado para otro hasta que por fin está el caramelo hecho, el papelón de batir y hacer los papelones. Voy pasando de un sitio a otro, escribo con distintas tintas y lápices de colores para destacar determinada frase, determinada palabra y hacer tachaduras, y también otras tachaduras para volver a incluir. Eso que llaman la crítica genética, si esos manuscritos existieran, se darían un banquete de cardenal.

JO: Pero ¿qué pasó, están destruidos esos manuscritos?

OT: Todo lo voy destruyendo; finalmente voy a la máquina de escribir y paso, y a veces vuelvo a la máquina de escribir para pasar a otros cuadernos, y así voy construyendo. Hay una cosa que me ocurre como escritor, yo no puedo pasar de un párrafo a otro si para mí ese párrafo no está dentro de lo que yo quería, donde yo deseaba y como yo lo visualizaba. Después no sé cómo va a ser el segundo párrafo, porque jamás para escribir un libro o un cuento tomo notas, jamás establezco un plan. La mía es una escritura sumamente gozosa, sumamente lenta y sumamente involucrada por una pasión y una dedicación de horas y días para lograr dos cuartillas; tal vez cinco o diez en un mes. Además, hay otra cosa que no sé si te lo dije alguna vez, me he considerado siempre un escritor sin tema; si yo leo esta novela u otro texto mío, no lo puedo contar, y no creo que nadie lo pueda contar; pero sí son textos que se pueden penetrar a través de una mirada, a través de una cultura y a través de una gran sensibilidad.

JO: Y el tiempo de escritura, ¿cómo se te aparece, Oswaldo?

OT: Muy largo, muy lento. Andén lejano se llevó seis años, ocho años, y cada uno de esos textos largos míos se llevan diez, doce años. Y no son cuatrocientas, quinientas páginas, sino que llevado a limpio, a máquina, no pasan de 200 cuartillas, tipo carta, con grandes márgenes; para creer que he escrito mucho suelo coger grandes márgenes. Entonces, lo que para otro resulta ser dos páginas, para mí son veinte.

Visualizo mucho el texto, no solamente lo visualizo, sino que lo transmito, lo traslado inmediatamente, a través de la memoria, en imágenes; de pronto uno está describiendo un brazo de la posición de una persona en el espacio, y resulta que cuando termina le he puesto cinco brazos. Por eso me gusta visualizar lo que va ocurriendo y lo que se va haciendo, lo llevo casi a cuadros donde está ocurriendo lo descrito. Es decir, como si fuera un pintor que está trazando un cuadro y poniendo unos colores.

Es una escritura sumamente lenta pero nunca me ha producido dolor o malestar; cansancio por supuesto que sí porque, a veces, son tantas las horas del día que le dedico a algunas páginas, que llego vencido a la cama, en la madrugada. Y a veces me ha pasado, con este último texto, que es algo absolutamente obsesivo, a veces con gran acentuación de la escritura, que al levantarme para ir a mi trabajo me he acercado a la mesa donde tenía lo que había escrito la noche anterior y encontrado que el trabajo había seguido. Debo haber estado en una especie de sonambulismo y he seguido escribiendo el texto; no era un texto perfecto, ni demasiado coherente, pero el texto estaba allí fregándome y yo fregándolo a él. Me ocurrió dos o tres veces ese fenómeno. Y decidí detenerme allí. Nunca he tenido nada que ver con psiquiatría ni con analistas, todos mis problemas me los resuelvo yo porque a mí una persona que no tenga nada que ver conmigo no me va a decir cómo voy a resolver mis problemas. Entonces, me tomé un descanso, hice un paréntesis de un par de meses y volví.

JO: ¿Y cómo se te impone el grado de complicación comunicativa del texto, no sientes en un momento dado deseos de resolver esa complejidad para el lector?

OT: Sí, a través de la estructura, porque lo que puede ser la motivación, sobre todo una tan importante como fue para mí ésta de Andén Lejano, siempre se queda atrás, siempre.

JO: Un texto también a flor de piel. No se puede olvidar ese ¡ay! agonista que se reitera al final.

OT: Un ¡ay! con el que volvemos a Cristo en la cruz: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, ese ¡ay! terrible.

JO: El final es muy desgarrado, y además se separan los dos personajes, lo que lo hace angustioso.

OT: Claro, pero estas cosas yo pienso que un escritor no las debería contar, los orígenes de un texto. No hay nada que agregar a lo que ya está hecho y dicho, pero es muy interesante que haya conversado un poco de todo esto. Ahora, hay una cosa que quiero señalar; la razón de por qué este libro se dio, o cualquier libro mío, e inclusive cualquier otro cuento. Como no hay la armazón de lo anecdótico, como no estoy contando una cosa que pasa y comienza, se desarrolla y termina, y sigue una línea directa o indirecta, como quiera que sea, no hay esa posibilidad de un leer amarrado de la anécdota, y si la hubiese tenido la cuento y no la escribo. Yo tengo cantidades de relatos en la cabeza, pero si se me vuelven cuentos no los escribo. Si yo los puedo contar, alegre, en la charla con música de fondo, ya para qué los voy a escribir. Siempre será distinto el cuento en la escritura, cosa que no se da, a veces, en la mera historia lineal.

OSWALDO TREJO. Fotografía de VASCO SZINETAR



*Entrevista realizada en el Instituto de Investigaciones Literarias de la Universidad Central de Venezuela, 1994. Copiada del libro inédito Trece Trejos, compilado por Violeta Rojo.









Cuento: Una sola rosa y una mandarina. de Oswaldo Trejo
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