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miércoles, 28 de septiembre de 2022

Melancolía en la literatura de Israel en el 5765




Desierto de Negev.



Estimados Liponautas


Hoy compartimos este texto que no es futurista. El año es el correspondiente a la tradición judía que asume que su calendario se inició con el Génesis del mundo en el año 3760 a. C., el año 2022 del calendario gregoriano correspondería con el año 5783 del calendario hebreo.

Esperemos disfruten de la entrada.


Atentamente

La Gerencia.


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Melancolía en Israel en el 5765


05/03/2012




El pasado cinco de Iyar de 5.765 cumplía la nación-Estado de Israel cincuenta y cinco años de vida independiente. Desde el punto de vista geográfico, el pequeño territorio por cuyo dominio comenzaban a luchar hace unas décadas los nuevos ciudadanos consiste en una zona costera, abierta al comercio marítimo, y un ancho litoral de cultivos intensivos que da lugar paulatinamente, conforme el país se adentra hacia el interior, a una zona montañosa en la que alternan los minifundios, las explotaciones ganaderas y las forestales para, finalmente, abrirse a una extensa zona desértica, en el que durante estos años sólo han osado vivir una parte insignificante de los nuevos ciudadanos —unos cabreros nómadas que en pos de los rebaños mueven sus tiendas—.

Un rincón poco particular del mundo, pues, parecería el nuevo Estado, si no fuera por una ciudad antigua, pétrea, hermosa —es decir, disputada— que se llama Jerusalén. Los siglos han arrojado allí sobrados representantes de las múltiples razas y religiones significadas en el Mediterráneo oriental y el Próximo Oriente: musulmanes palestinos y palestinos cristianos; judíos jerosolimitanos viejos y los llegados de la diáspora; griegos ortodoxos, monjes y laicos; armenios cristianos, y romanos, y reformados; de más lejos, la ortodoxia rusa; del Occidente tecnológico, los del protectorado inglés, la colonia americana y los vecinos alemanes... Con todos ellos Jerusalén ha creado un centro urbano poco más que medieval: la judería, la aljama, el barrio armenio se yuxtaponen sin mezclarse, como las colonias residenciales fuera de la ciudad vieja, que se rozan apenas cuando sus vecinos se ignoran muy conscientemente unos a otros o se amenazan con miradas que devienen no pocas veces gestos de desafío. Jerusalén es una ciudad compleja, importante y dramática, apta para encuadrar un poema épico, un texto heroico que no ha encontrado todavía vecino o vecina que lo escriba. 

De momento, la asombrosa ciudad ha producido algunos relatos memorables, protagonizados la mayoría por niños israelíes, vencidos precisamente por la complejidad de la ciudad en la que viven.

Haim Beer. Imagen tomada de Wikipedia.


Haim Beer es uno de los mejores contadores de historias jerosolimitanas (inéditas por desgracias en España). En El puro elemento del tiempo, por ejemplo, Beer ha dado forma a las tensiones —que serían contradicciones, si el protagonista tuviera madurez neuronal para sustanciar el uso de la lógica— con las que convive un niño a quien subyugan las fantásticas, apenas verosímiles pero nunca necias del todo, historias que le cuenta su abuela relativas a tiempos pasados y a tierras lejanas que aportan no obstante destellos de significación a su vida cotidiana; un niño, pues, ilusionado, que pasa acto seguido al estado previo al desen- gaño cuando su madre trata de apearle de esas fantásticas memoraciones a fuerza de análisis racionales con que ella, en absoluto el tipo de cre- yente ultraortodoxo que es la abuela, pugna por explicar a su hijo los mecanismos de la realidad en la que viven. Un colapso.

Ciudad asombrosa e imposible es también aquella en la que transcurre la historia de Una pantera en el sótano, según reza la traducción al castellano del relato que Amos Oz ha situado, asimismo, en Jerusalén. El título basta para sabernos frente a otro relato fantástico, escuchando la voz de otro niño israelí hechizado por el mundo en el que vive. (Es notable la afición que los escritores de esta nación tienen por la literatura infantil: Oz, Grossman, Shalev, Beer han escrito relatos infantiles, y cuando han querido meterle mano al mundo de los adultos, lo han hecho con frecuencia a través de los ojos de un niño).

Amos Oz. Fotografía de Michiel Hendryckx.
Imagen tomada de Wikipedia. 



La historia de Una pantera en el sótano ocurre pocos días antes de la declaración de independencia del Estado de Israel, aquel catorce de mayo de 1948. La dominación inglesa tiene sus agentes; el pueblo israelí, sus sublevados; los vecinos de Jerusalén, sus opiniones y los niños, dominación, resistencia, patriotismo y traiciones-juguete. La política en este país que está por nacer, como el descubrir las formas de una mujer joven un hombre que está en trance de serlo cabalmente, colocan los primeros fardos de realismo en el alma de quien de allí a poco será considerado un adulto lucha- dor patriota, un voceador de opiniones políticas, un experto interlocutor del bello sexo.

Es verdad, sin embargo, que en Israel hay también ciudades importantes que no son Jerusalén. Tel Aviv es una de ellas, balanza o contra- polo de la ciudad santa, según algunos la pintan allí. Ella es muy capaz también de generar historias dignas de una memoria transhodierna. La última novela de Oz, por ejemplo, traducida al castellano como El mismo mar, se refiere a varios vecinos de esta ciudad, alguno de los cuales, buscando la definición de su personalidad, marcha hasta... el Tibet. Tel Aviv parece más promiscua que abigarrada; una ciudad que colapsa más que entusiasma, apta más para el éxtasis pasional que para la exaltación intelectual o el enardecimiento patriótico. Tel Aviv dista de Jerusalén lo que Sión de Sodoma, a ojo, digamos.

No ha de incomodarnos, sin embargo, binomios tan intransigentes como el de estas ciudadanías tan opuestas, pues en el nuevo Israel hay otras ciudades y sobre todo hay desiertos, valles y campo. De hecho, relatos humanos, historias de seres ni dioses ni diablos ocurren la mayoría extramuros de la ciudad, a cielo abierto, en tierras que cultivan los isrealíes nuevos.

Unos lo hacen sometidos a esas férreas organizaciones que son los kibbutzim. Instituciones para pioneros convencidos, modelos de socialización agrícola que no acertaron a poner en marcha los soviéticos en sus mejores tiempos; a los habitantes de esas cárceles del entusiasmo ha dedicado Oz Un descanso verdadero, que se cuenta entre sus últimas novelas.

Otros israelíes han vivido sometidos a esa extraña lógica con que procede el azar, es decir, la no-lógica. A ella quiero ahora prestar atención, pues la primera obra de Meir Shalev traducida en nuestro país creo que la merece por más de una razón.

Meir Shalev.
Imagen tomada de Wikipedia. 




El autor de Por amor a Judit (Salamandra, 2003) ha posado su mirada en el valle de Jezreel, una zona ya algo elevada sobre el nivel del mar, cerca de Haifa, no lejos del Carmelo. Un valle apto para ofrecerse como tierra prometida a quien viniera de cumplir una larga travesía por el desierto, pues en él hay manzanos, hay perales, en Jezreel se da el maíz, diversas especies de flores se cultivan allí, prospera el ganado, prospera la apicultura, hay muchachas y canciones también. Es un valle agradecido para quien dobla el espinazo y lo trabaja.

Como casi todo en este Israel de 1950, los habitantes de Jezreel son recientes vecinos de estos pagos. Se apellidan Rabinovich, Scheinfeld, Globerman o similares; las historias de sus respectivas familias vienen de lejos, pero las suyas personales, que ahora comienzan, parecen construirse con dos tipos de teselas que abundan en tierras de aluvión, como ésta.

Las vidas que arrollan en el nuevo país son, para empezar, soberanamente anecdóticas, rebosantes de eventos, se diría que fantásticas —en el sentido de fantasiosas—. Como en las marcas anulares de un árbol medra- do; como las sinuosas líneas de plancton, conchas y algas que las olas más impulsivas han dibujado sobre la playa, así la vida de cada israelí parece tejida de peripecias, avatares y antojos de un sino mudable y complejo. .

Tantos vaivenes, sorpresas y definiciones a medias que al cabo ni siquie- ra una tierra nueva puede naturalizarlas todas. Para no pocos de los recién llegados, la vida en Israel será solamente una estación de tránsito, una parada más en un trayecto con destino desconocido mas casi siempre de largo recorrido. Las vidas del marido y de la hija de Judit, la protagonista de la novela, han corrido esa suerte: llegaron a Israel por casualidad y la misma casualidad ha querido sacudírselas de encima. El traqueteo violento de un tren, pues, que agita a quien entra en el país hasta que sale un día de él con la misma figura que trajo: en calidad de extranjero.

Otros sí llegan a enraizarse, como Zaide, el narrador, el hijo de Judit, la abandonada. Su voz es la de un israelí nuevo, asentado más por fuerza, desde luego, que de buen grado. «Cada vez que me harto del caos sobre el que se me ha decretado vivir, o que me encuentro asqueado en el abis- mo de las suposiciones y a merced del viento dé las conjeturas...», declara Zaide, hijo de un vecino de Jezreel llamado Rabinovich, más hijo también de otro vecino llamado Scheinfeld, e hijo del vecino ganadero de la comarca, llamado Globerman, es decir aquí: declara este hijo de Israel, que es tanto como decir: este producto del acaso.

El segundo rasgo que corresponde a los neonatos israelíes es la añoranza de su primera patria. Hay quien sueña con las frondosas riberas del Dnieper que recorrió durante su infancia; o con la ciudad gótica centroeuropea, si no son los amaneceres sobre el puente viejo de Marraquex lo que vislumbran los ojos abiertos de un israelí que ensueña. Si Israel es el país del albur, es también el de la añoranza del suelo firme, de la alianza sagrada con la tierra.

Sobre el humus del anhelo de una sustancia imputrescible cunde entre estos seres un anhelo grande, impulsivo, poderoso de amar. La fórmula más probada aquí contra la nostalgia de otros mundos parece ésta: amar. Ama y desenraizarás de tu alma los fantasmas de otras patrias. Junto a los animales, junto a las plantas, junto al agua que arroya y al tiempo que pasa: cumple aquí el ciclo natural al que perteneces y empezará para ti una vida nueva. Ama y será tuya esta tierra. Nadie que ame será un apátrida en ella. Dale un hijo a este suelo, verás cómo te lo agradecerá. Ama, y atrás quedarán el frío, la soledad y la añoranza que cortacircuitaban tu potencial, extranjero.

Un curioso tutor para el amor se introduce en el último capítulo de la novela, rompiendo la clasicidad, por así decir, de los personajes primeros de la novela: un «gentil» meridional, homosexual y básicamente iletrado, enseñará a un israelí cómo ha de amar. Como si, entre las muchas reglas que hubiera en Israel, faltara precisamente la más importante: aquella que conduce al reconocimiento en el amor. Bailar un tango, condimentar la comida, zurcir un traje: la seriedad en el cumplimiento de estos oficios del amor habrá de conducir por necesidad a la unión con la mujer que se desea, pues en el plan, en la seriedad de quien lo ha previsto todo, asegura este italiano, se condensa la fórmula secreta del amor.

Pero también este recurso falla en Israel, el azar se impone a los más prometedores cálculos metódicos. La vieja y alegre gentilidad no puede enseñar nada al nostálgico Jacob. Éste ha experimentado momentos de alegre esperanza, pero al cabo vuelve a la añoranza, al anhelo de la mujer amadá, que nunca poseerá. .

¿Cómo redimir esta ansiedad? ¿Cómo asentarse en esta tierra, fracasado el último Salvatore que llegó a ella arrastrado por la guerra? El trato de Jacob con la tierra del nuevo Estado ha hecho de él un ser simple, natural, obstinado como la propia naturaleza, pero no un hombre abotargado ni bestial; el trato con los gentiles ha derramado sobre este campesino una mano de mundanidad, de heterogeneidad social que no obstante ha seguido mereciendo el respeto de sus vecinos. La vida en el nuevo Estado ha producido en el ciudadano Jacob una suerte de ciencia, de saber existencial que, aunque de aparente simplicidad, merece ser contado.

Primero, Scheinfeld el recién llegado a Israel; luego Scheinfeld enamorado; luego Scheinfeld frustrado; finalmente Scheinfeld el sabio, convocan al narrador, Zaide, junto a la mesa de la cocina para contarle allí la verdad de su vida; una experiencia que podrían resumir las palabras de otro anciano de Israel, rey de Jerusalén, que dibujó así la almendra de su vida: «Emprendí grandes obras, me construí palacios, me planté viñas, me hice huertos y jardines y planté en ellos toda suerte de árboles frutales. Me hice estanques para regar con ellos el bosque donde los árboles crecían. Compré siervos y siervas y tuve muchos nacidos en mi casa; tuve mucho ganado, vacas y ovejas, más que cuantos antes de mí hubo en Jerusalén. [...] Y de cuanto mis ojos me pedían, nada les negué. No privé a mi corazón de goce alguno, y mi corazón gozaba de toda mi labor, siendo este el premio de mis afanes. Entonces, miré todo cuanto habían hecho mi manos y todos los afanes que al hacerlo tuve, y vi que todo era vanidad y apacentarse de viento y que no hay provecho alguno bajo el sol» (Ecl. VIII, 14 ss.).

Hay grandes diferencias entre este rey de Jerusalén, que fue Cohelet, y el contemporáneo inmigrante apicultor llamado Scheinfeld. En la vieja ciudad se asentaba el Templo y el poder; en el valle de Jezreel, el cultivo de la tierra y el medro de la ganadería; al asentamiento urbano pertenecían el comercio y la artesanía; al valle, las familias campesinas, los arroyos traicioneros, las asambleas de los cuervos. Muy distintos los trabajos, muy distintos los bienes que gozaron uno y otro. Pero al término de las experiencias más importantes de sus vidas, cuando el rey se sienta a escribir y el campesino a comer junto a su hijo, concluyen por igual:

«Esto es lo que queda de sus trabajos en los días de vida que le da Dios al hombre bajo el sol: comer, beber y alegrarse».

Hay, pues, una sabiduría añeja que, renovada, se transmite en este reciente Israel. Pero en un punto parecen separarse la vieja gnosis israelita y la de estos nuevos campesinos. Pues aquéllos parece que vivieron junto a un Dios que se gozaba estableciendo su tienda entre las de los hijos de los hombres, mientras los nuevos ciudadanos viven libres de aquel que se hacía llamar padre, un severo aunque eficaz protector del que apenas se acuerdan hoy sino para, tal vez inconscientemente, invocarlo con melancolía.

No es sólo, pues, añoranza de la infancia abandonada, ni añoranza de la tierra prometida: orfandad se llama la última componente de la nostalgia que entrañan los ciudadanos dé Israel. El niño narrador de la novela, Zaide, tiene una madre, Judit; la nación-Estado recién nacida tiene también la suya: el azar, ya lo hemos dicho, pero ambos carecen de un padre. Es verdad que, del primero, hasta de tres progenitores sacan cábalas los vecinos; pero es tan decisivo el peso del azar, tan engañosas las apariencias del amor que todos tres valen tanto como ninguno.

Y lo mismo sucede a Israel: hijo de la vida y el tiempo, hijo del amor y de la historia, hijo de la inmigración y la añoranza, este Israel no tiene ahora un Dios que repita como antaño: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy» (Ps. II). Llegar a saber si hubo alguna vez un Dios como ése o si fue un sueño de los ancestros; si aquel padre ha regresado o si ha preferido buscarse otras naciones; una cuestión, una circunstancia importante para un relato a gran escala que está por escribir en Israel.

Mientras llega o no llega, no hay camino único que los israelíes recorran a una, como un pueblo. Oded, el huérfano de la novela, «el eterno abandonado, el Simbad furioso, el lechero que sueña otras tierras más vastas», construye para sí un «estrecho caminito de orfandad y de reproche», al margen de las reglas y las normas colectivas. Y muchos como Oded marchan en Israel por la senda que abren cada día sus zapatos.

Scheinfeld renuncia a comprender a la divinidad, se siente viejo: «El Dios de los judíos —sentencia rencoroso— entiende muy bien la soledad, pero no comprende el amor. Un Dios único como el nuestro, solo en el cielo, sin hijos, sin amigos ni enemigos y, lo peor de todo, sin mujer, acaba por volverse loco de soledad y por eso nos vuelve locos también a nosotros, llamándonos puta, virgen, novia y todo tipo de nombres con los que los hombres estúpidos llaman a la mujer».

Todas estas nostalgias se amalgaman en el más veloz y el más esquivo de los sentimientos, según Shalev, y en la novela se dan cita en las comidas. «Ve —dice Cohelet—, come alegremente tu pan y bebe tu vino con alegre corazón», pues esta es la parte que, según Cohelet, le ha tocado en suerte a cada uno.

Y comparte, añade el anciano Jacob, tus nostalgias junto al fuego: la nostalgia del pasado, la nostalgia de la infancia, la nostalgia de la mujer que pudo ser amada. Al calor del hogar y con vino viejo, se confunden las voces del pasado y las del futuro, la del padre con la del hijo, la del sabio y la del campesino, la del judío se une con la del comediante gentil.

¿Qué es lo que resulta al final de esta jomada? Resulta la melancolía. La que podemos sentir por «alguien que se ha marchado pero que quizá vaya a volver»; o por alguien que ha vuelto pero que «ya no es el mismo»; y la peor de todas, concluye Jacob, ésa que sentimos por alguien que ha muerto: la nostalgia que no lleva consigo esperanza de regreso.

Una cosa comparten todas las nostalgias: que no hay alimento que las sacie, bebida que las calme ni medicamento que las cure. La nostalgia no tiene razones para existir, porque no las necesita. Existen hombres y mujeres fuertes para sentir melancolía, simplemente, y ésos no necesitan motivos para aceptarla, para convivir con ella cada día.

Meir Shalev es un escritor poderoso y sabio que en cuatro comidas ha referido una parte de la nostalgia de Israel. Un país complejo, amenazado, contradictorio; un país que puede despertar en nosotros, sin motivos aparentes, una bella aunque amarga nostalgia y que agudiza lo que es mejor que la imaginación, que la invención incluso, y que será lo más nuestro hasta la hora de la muerte, dice el sabio Shalev: aquello que nos salva, cuando lo recordamos.


RAFAEL LLANO



Tomado de Antroposmoderno





miércoles, 18 de mayo de 2022

Judíos en China



Imagen tomada de Por Israel.



Judíos en China


por Tomás Merlos Hernández




A partir de los años 80, el estudio de los judíos en China se ha convertido en un tema candente de investigación académica e interés público, según la expresión de uno de los más conocidos especialistas chinos en la materia. En 1992 China estableció relaciones diplomáticas con Israel, y desde entonces han sido numerosas las películas, exposiciones o conferencias de temática judía. En Israel también hay ahora mucho interés por China, pero en el caso de muchos israelíes eso tiene que ver con su propia historia familiar. Miles de judíos huyeron del Holocausto hacia Shanghai, que contaba ya con una importante colonia judía, y bastantes de ellos emigraron luego a Israel. No eran los únicos judíos que vivían en China. A lo largo de la historia del Imperio Chino hubo comunidades judías en varias ciudades, perfectamente integradas en la sociedad china, que nunca conoció el antisemitismo, hasta que fueron finalmente asimiladas por ésta. En Kaifeng aún quedan descendientes de aquellos judíos, no tienen ya ni religión ni costumbres judaicas, pero se siguen denominando a sí mismos como youtairen (judíos).

Judíos en la Ruta de la Seda

Las vías tradicionales de comunicación entre Oriente y Occidente reciben desde finales del siglo XIX el nombre de Ruta de la Seda, por alusión al producto más preciado que transitaba a través de ella. Esta ruta, tanto terrestre como marítima, fue cambiando según los avatares políticos de los territorios que atravesaba, y su apertura fue un logro chino. A mediados del siglo II a. C. el Imperio Chino había contactado con pueblos lejanos de Asia Central para controlar con ellos a los temibles hunos. Los acuerdos diplomáticos permitieron a su vez la apertura de una vía comercial por la que la seda china, junto con las perlas de la India y los perfumes de Arabia irían al Imperio Romano, alcanzando allí precios de fortuna (Plinio se lamentaba de que los romanos se gastaran en estos tres productos suntuarios unos cien millones de sestercios al año).

Se ha especulado mucho con el hecho de que los judíos hubieran llegado a China en la época de los Han (206 a. C. - 220 d. C.). Para avalar esta teoría se cita el texto de una estela conmemorativa que había en la sinagoga de Kaifeng: Un templo fue establecido en Tailiang (Kaifeng) que se mantuvo a lo largo de las dinastías Han, Tang, Song y Ming. Esta inscripción de bellos caracteres chinos fue grabada en 1663; pero en el mismo lugar había otra estela similar más antigua, de 1489, que remontaba el origen de la sinagoga de Kaifeng al año 1163. Aunque pudiera ser posible que hubieran llegado a China judíos en el tiempo próspero y estable de la dinastía Han, no hay prueba arqueológica ni documental alguna que pueda avalar esta hipótesis.

La presencia de judíos en China empieza a ser evidente a partir de la dinastía Tang (618-907), otro momento de esplendor de la civilización china. Se ha descubierto en el noroeste de China una carta comercial en judeo-persa, datada hacia el año 718 y escrita en papel, que por entonces sólo se manufacturaba en China, y un texto de finales del siglo VIII con citas en hebreo de la Biblia. De la misma época y región son unas figuritas funerarias de aspecto semítico que se supone representan a judíos. En base a estos descubrimientos y otros más, se piensa que habría comunidades judías en Luoyang y Dunhuang, dos ciudades muy importantes de la Ruta de la Seda en China, y también en Xian, la capital de la Dinastía Tang, la metrópoli más grande del mundo en aquel tiempo. Al Colegio Imperial de la refinada capital de los Tang acudían estudiantes desde Japón y otros países de Asia, entre ellos muchos persas, incluyendo algún príncipe. Eran muy conocidos allí los mercaderes árabes y persas, por lo que se cree que no podrían faltar tampoco los judíos (un poema chino de entonces da testimonio de la presencia de judíos en Xian).

El final de la época Tang vino marcado por la pérdida de hegemonía política y cultural china en Asia Central, que empezaba a estar bajo dominio musulmán, y por una serie de revueltas populares. En una de ellas, ocurrida en Cantón en el año 879, murieron 120.000 musulmanes, judíos, cristianos y persas, según el relato de un viajero árabe. La cifra es del todo exagerada, pero las crónicas chinas dicen que se desató una plaga que diezmó la población. Por lo demás, el puerto de Cantón tenía entonces mucho tráfico internacional, la inestabilidad política había desviado el comercio a la ruta marítima entre China y el Golfo Pérsico, un ambiente que se refleja en la historia de Simbad el Marino, donde se fabulan aquellas arriesgadas travesías. Entre los comerciantes atrevidos que hacían ese trayecto estaban los judíos radanitas. Un geógrafo bagdadí del siglo IX describía a los radanitas como mercaderes judíos políglotas que viajan de Occidente a Oriente, y de Oriente a Occidente, tanto por tierra como por mar. Llevan de Occidente eunucos, esclavas, niños, pieles y espadas (...) al regreso de China vienen cargados de almizcle, aloe, alcanfor, canela y otros productos de las regiones orientales.

Benjamín de Tudela en el Sahara, en el siglo XII (Grabado de Dumouza, siglo XIX). Imagen tomada de Wikipedia.


La presencia de comunidades judías asentadas en regiones muy orientales, como la costa Malabar y Ceilán, es señalada por Benjamín de Tudela, que en el siglo XII salió de su ciudad natal hacia Oriente Medio y Persia. Fue haciendo de camino un registro minucioso de cada kehillah (comunidad judía) por la que pasaba o de la que tenía noticias, aunque con cifras cuestionables en algunos casos de poblaciones que se cree que no llegó a visitar. El manuscrito de su viaje, escrito en hebreo en Tudela en 1173, donde regresa después de un periplo de trece años, es el más valioso texto medieval sobre la diáspora judía.

Por entonces, las invasiones de los pueblos del norte de China fuerzan a la dinastía Song a desplazar la capital al sur, a Hangzhou, en el delta del Yangtsé (dinastía de los Song del Sur: 1127-1279). Sabemos de la existencia de un barrio judío en Hangzhou por el tangerino Ibn Battuta, el viajero árabe más famoso, que dijo en 1346 que esa ciudad era la más grande que había visto nunca, y que uno sus seis distritos, al que se accedía por “la puerta de los judíos”, estaba habitado por israelitas, cristianos y turcos que adoran al Sol.

Cuando los mongoles inician la progresiva conquista de China, instaurando la dinastía Yuan en 1271, empiezan a aparecer referencias a los judíos en documentos oficiales. Los nuevos soberanos son muy respetuosos con todas las religiones, y los judíos son citados en las crónicas de los Yuan con la palabra mongola zhuhu, expresión tomada del árabe djhud (en hebreo “judío” se dice yehudi). Marco Polo, que viajó a Extremo Oriente entre 1271 y 1295, también habla de ellos. Cuenta en su relato que en el ejército mongol iban sarracenos y judíos, y comenta un incidente con los cristianos que muestra la tolerancia religiosa de Kublai Khan. En otro pasaje dice Marco Polo que en la fiesta de cumpleaños del Emperador es preciso también que todos los pueblos, sea cual fuere su religión, cristianos, judíos, sarracenos y los demás paganos invoquen a sus dioses con solemnes plegarias por la vida, la salud y la prosperidad del Gran Khan.

El propio Kublai Khan había invitado al Papa a que enviara misioneros a China. El primer franciscano, Juan de Montecorvino, llegó en 1294, fundando a los pocos años el Obispado de Khanbaliq (Pekín). En las cartas de algunos de estos franciscanos se hacen comentarios sobre los judíos que vivían en China, como en una de 1326 del obispo de Zaitun (Quanzhou), en el sur de China, que comenta lo relativamente sencillo que es convertir “idólatras” (es decir, budistas), aunque ningún sarraceno o judío se convierte.

Juan de Montecorvino. Imagen tomada del  blog de Víctor Nomberto.



Estas noticias sobre los judíos de China finalizaron al caer la dinastía mongola. Ésta era muy impopular entre los chinos, que siempre consideraron a esos emperadores como gobernantes extranjeros, especialmente cuando los últimos emperadores Yuan se empeñaron en acentuar su procedencia mongola. Las revueltas populares provocaron en 1368 la toma del poder de la dinastía Ming, de etnia han, mayoritaria en China. Los emperadores Ming, en su afán ultranacionalista, cerraron las puertas de China a los extranjeros. Salvo alguna referencia aislada, no volvemos a tener noticias de los judíos chinos hasta que los que vivían en Kaifeng irrumpen de lleno en la historia al contactar con el sabio jesuita Mateo Ricci. Era el año 1605.

Matteo Ricci (a la izquierda) junto a su colaborador Xu Guangqi (chino tradicional徐光啟; chino simplificado徐光启); pinyin: Xú Guangqi;Wade-GilesHsu Kiang-ch'i) . Dominio público.
Imagen tomada del  blog de Víctor Nomberto.





El mandarín Ai Tian, un judío de Kaifeng, estando de visita en Pekín, quiso conocer a un célebre erudito europeo de religión monoteísta, que él creía que era judío. Gracias a sus conocimientos de matemáticas, astronomía y cartografía, y rodeado de complejas máquinas europeas, el jesuita Matteo Ricci había recibido en 1601 la autorización para residir en la capital imperial y su fama de hombre sabio se había extendido. Cuando se presentó ante él Ai Tian, Ricci se enteró de que había judíos viviendo en China, y que la kehillah de Kaifeng era la última que quedaba (según ellos hubo otras en Ningpo, Ningxia y Huizhou). Eran entonces unos pocos clanes familiares, tenían sinagoga y rabino, estaban circuncidados, guardaban el shabat y las fiestas judaicas, seguían las prescripciones alimentarias, pero ya pocos sabían leer el hebreo y tenían necesidad de que se instruyera a los jóvenes en el conocimiento de esa lengua y de la Biblia. Ai Tian no sabía de la existencia de Jesucristo, y Ricci tampoco intentó aclararle sus diferentes creencias, dado que intuyó que esos judíos podrían llegar a convertirse en cristianos.

Judíos de Kaifeng. 1907. National Geographic.



Matteo Ricci comunicó inmediatamente a Roma el “descubrimiento” de los judíos de Kaifeng, pero pasaron tres años hasta que se pudo enviar a un jesuita a esa ciudad, con una carta en chino de Ricci para el rabino, en la que ponía a su disposición la Biblia en hebreo, así como el Nuevo Testamento, donde se narra la llegada del Mesías. El rabino comentó al enviado que el Mesías no llegaría antes de 10.000 años (esta es la cifra china para “lo innumerable”), no obstante si el padre Matteo aceptaba venirse a vivir a Kaifeng y dejar de comer carne de cerdo, le haría sucesor suyo como rabino de la sinagoga. Pero a los pocos meses tres jóvenes judíos se presentaron ante Ricci para informarle de que el rabino había muerto y para pedirle que los instruyera en religión. Éste escribió de nuevo a Roma pidiendo urgentemente que le enviaran a uno o dos miembros de la orden que supieran hebreo y chino para convertir a los judíos de Kaifeng, dada la buena predisposición que tenían.

 Un modelo de la sinagoga de Kaifeng en el Museo de la Diáspora, Tel Aviv .Imagen tomada de Judíos de Kaifeng.




La noticia de que había judíos chinos se extendió por Europa. El rabino sefardí Manasseh ben Israel, en su libro escrito en ladino y publicado en Ámsterdam en 1650, Esperança de Israel, identificó a estos judíos como descendientes de una de las tribus perdidas de Israel, según lo que se dice en Isaías 49:11-12, donde se habla de la alegría del retorno de los miembros del pueblo elegido: Yo tornaré todos los montes en caminos, y estarán preparadas las vías. Vienen de lejos: Estos del norte y del poniente; aquéllos, de la tierra de Sinim. Manasseh identificó erróneamente esa tierra de Sinim con China (a partir de los manuscritos del Mar Muerto sabemos que ese lugar era la antigua población egipcia de Siene, la actual Asuán). No obstante, el libro de Manasseh tenía un mensaje mesiánico y en pocos años fue traducido a cinco idiomas y se multiplicaron las ediciones. El descubrimiento de que había judíos viviendo en China reavivaba la interpretación bíblica de que el Mesías vendría cuando los judíos estuvieran habitando todos los confines de la Tierra. El único “confín” que faltaba, según Manasseh, era Inglaterra, conocida precisamente por los judíos medievales como Kezé ha-Arets, el “confín de la Tierra”. Los judíos habían sido expulsados de Inglaterra en 1290 por Eduardo I, y era vital conseguir que hubiera de nuevo comunidades judías en Inglaterra para que viniera “ya” el Mesías, de ahí el título de su libro. Pero había más motivos para esa petición.

Corrían tiempos muy difíciles para el mundo judío, una ola de antisemitismo barría Europa desde sus regiones orientales, donde en 1648 se había producido en Ucrania una masacre de judíos de proporciones apocalípticas, lo que había hecho resurgir la esperanza mesiánica. En palabras de Paul Johnson: 1648 fue un hito sombrío en el camino que condujo al Holocausto. Pero 1648, con su masacre y su angustia, fue también –gracias a una serie de coincidencias que algunos podrían denominar providenciales– el primer eslabón de una notable cadena de hechos que condujo a la creación de un Estado judío independiente. Muchos judíos empezaron a emigrar hacia Occidente, en busca de un lugar donde poder vivir en paz. El destino final no podía ser Ámsterdam puesto que allí, aunque los judíos vivían en paz, no tenían derecho a la ciudadanía, y una inmigración masiva los habría puesto a todos en una difícil situación, como había pasado en Hamburgo, de donde fueron expulsados todos los judíos en 1649. Inglaterra parecía, pues, un destino ideal para esos judíos errantes, dado que se acababa de derrocar la monarquía y se había ejecutado en 1649 al rey Carlos I. Manasseh pidió a Cromwell que se derogara la ley que impedía a los judíos vivir en Inglaterra, y se presentó en Londres en 1655. El Consejo dictaminó ese mismo año que no existía tal “ley”, que aquella expulsión fue una prerrogativa real, aunque no llegó a un acuerdo sobre la aceptación de los judíos. No obstante, por vía de omisión, al año siguiente se fundaba la sinagoga de Londres, la primera comunidad judía moderna, con todos los derechos reconocidos. Cuando en 1664 la ciudad de Nueva Ámsterdam pasa a ser de soberanía inglesa y a denominarse Nueva York, los judíos comienzan a emigrar allí. Los judíos norteamericanos ya no iban a ser una minoría carente de derechos, sino miembros partícipes del Estado naciente que estaba por venir y cuya democracia tan bien encajaba con la manera judía de organizarse socialmente. Nueva York se convertiría en la ciudad con más judíos del mundo (12 % de la población de ese Estado en la actualidad), y éstos se enraizarían con el pueblo norteamericano hasta el presente, con un estatus de poder, como grupo social, que no es necesario destacar.

Mientras tanto, los contactos de los jesuitas con la sinagoga de Kaifeng iban siendo cada vez más frecuentes, habían instalado allí una misión, pero no llegaban los expertos solicitados y las relaciones empezaron a enturbiarse. Los judíos se percataron de que los jesuitas eran “cristianos de la cruz”, como llamaban los musulmanes a los nestorianos, que aunque tuvieran los mismos libros sagrados que los judíos, sus creencias y costumbres eran muy diferentes: no se circuncidaban, no sacrificaban como se debía a los animales, comían cerdo… Estas diferentes prácticas convirtieron la conversión al cristianismo de los judíos de Kaifeng en algo imposible, no sólo para los jesuitas sino también para los protestantes, que fracasarían igualmente en el intento. Pero fueron esas mismas prácticas comunes las que los aproximaron cada vez más a los musulmanes, muy numerosos en Kaifeng, cuando sus propias creencias se debilitaron.

Dibujo del interior de la Sinagoga de Kaifeng. Imagen tomada de Judíos de Kaifeng.



La presencia de judíos y musulmanes en Kaifeng, llamada antiguamente Bianliang y Tailiang, está también relacionada con la Ruta de la Seda. La ciudad de Kaifeng, muy cercana al río Amarillo, había sido elegida capital del Estado de Wei en el siglo III y de la dinastía Zhuo en el siglo X. No obstante, fue durante la dinastía Song del Norte (960-1126) cuando se convirtió en una de las ciudades más pobladas y opulentas de la Tierra, comparable a Bagdad y Córdoba, por su situación estratégica junto al Gran Canal. Ahí terminaba en la época Song la Ruta de la Seda, por lo que como ya sucediera en Xian y más tarde en Pekín, la presencia de mercaderes extranjeros era continua y algunos terminaron por establecerse definitivamente allí. La historia y creencias de la kehillah de Kaifeng se encuentran fundamentalmente en las estelas que había en su sinagoga, ya citadas. En esas inscripciones se cuentan los avatares de la comunidad, sus creencias principales, así como la concordancia de éstas con la tradición china. Los judíos de esta ciudad habían conseguido escalar puestos sociales relevantes y no querían que sus creencias religiosas pudiera suponerles un perjuicio en sus carreras. Por ello, no sólo conciliaron su religión con la moral confuciana, sino que su misma sinagoga mostraba claramente su adhesión tanto al Dios de Moisés como al Emperador de China.

La sinagoga de Kaifeng que, como ya se dijo, había sido construida por primera vez en 1163, fue destruida dos veces por sendas inundaciones. En 1461 se desbordó el río Amarillo y la sinagoga tuvo que reconstruirse, lo que se aprovechó para ampliarla y embellecerla. Pero en 1642 hubo un desastre terrible, en una de las sublevaciones que precedieron a la caída de la dinastía Ming (1644). La ciudad de Kaifeng llevaba algún tiempo sitiada, y para poner fin al asedio las tropas rebeldes rompieron los diques del río Amarillo, muriendo en la inundación unas 100.000 personas. La sinagoga quedó totalmente devastada y los rollos de las Escrituras y los manuscritos hebraicos quedaron destruidos, pero lograron salvarse unas 200 familias judías. Se rehizo un Sepher Torah completo con fragmentos salvados de diferentes rollos, y de nuevo se reconstruyó la sinagoga, por tercera y última vez. Este edificio ya desapareció, pero guardamos una descripción bastante detallada de principios del siglo XVIII.

La nueva sinagoga de Kaifeng tenía un aspecto exterior e interior muy semejante a los templos chinos. Arriba del pórtico de la entrada había un gran rótulo en chino con el nombre Templo de la Pureza y de la Verdad, y a cada lado un león de piedra traídos de la entrada de un templo budista. Se sucedían luego hasta cinco pórticos más, el primero con otra inscripción en chino que decía Venerad al Cielo y bendecid al Imperio, y el último con otros dos leones de mármol. La distribución de salas y lugares de culto procuraba conciliar el ámbito de las prácticas confucianas, el culto a los antepasados, con las propiamente judías. Al mismo tiempo, las inscripciones doradas en hebreo y en chino daban cuenta del sincretismo religioso de los judíos de Kaifeng. Como ejemplo de inscripciones hebraicas: “Escucha Israel, Dios nuestro Dios es el único Dios. Bendito sea su nombre, gloria a su reino por la eternidad”, “Inefable es su nombre, porque Dios es el Dios de los Dioses”, etc. Y como ejemplo de inscripciones en chino: “Viva, viva, viva el actual Emperador”, “Honrad al Cielo y rezad por el Imperio”, “La ciencia de la religión judía está de acuerdo con las enseñanzas de Confucio”, “Cultivando las virtudes de la Benevolencia, Rectitud, Corrección, Sabiduría y Fidelidad alcanzaréis el primer principio de los sabios y filósofos” (las cinco virtudes confucianas), etc. En total se conocen 61 inscripciones en chino que había en los arcos y muros de la sinagoga que muestran cómo los letrados judíos armonizaban perfectamente la tradición judía con la china.

 Lista de miembros en un libro de oraciones, en caracteres hebreos (sin señalar vocales) y caracteres chinos, alrededor del siglo XVII.Imagen tomada de Judíos de Kaifeng.



Cuando los jesuitas vieron cómo habían adaptado los judíos su religión al confucianismo creyeron que eso podía servir de ejemplo al cristianismo para que por fin tuviera plena aceptación en China. El propio padre Ricci, rasurándose el pelo y ciñéndose un traje talar a la manera budista, en un primer momento, e investido luego con todo el ropaje de un erudito chino, años después, había buscado una manera de aproximarse a la cultura china. Cuando se vistió de budista se equivocó, porque él pensaba influir en el entorno del Emperador, pero los budistas estaban poco considerados entre el funcionariado. En cambio, estudiando a fondo la lengua y cultura chinas, exhibiendo sus conocimientos científicos y mostrándose en apariencia como un letrado más, pudo lograr el beneplácito imperial. Los franciscanos, que desde el tiempo de los mongoles habían perdido influencia en China, y también los dominicos, protestaron ante el Papa por lo que consideraban una introducción de prácticas paganas en la liturgia de los jesuitas en China. Es lo que se conoce como “querella de los ritos chinos”, una controversia teológica que se desata en 1633 y que durará todo el siglo, aunque el trasfondo era tanto político como teológico, ya que estas órdenes denunciantes querían gozar en China de los privilegios de la orden denunciada.

Fundamentalmente esa controversia tiene que ver con la aceptación por los jesuitas de la moral confuciana, los ritos del culto a los antepasados y la identificación de Dios como Tian (Cielo), a la manera china. Las órdenes mendicantes decían que la moral confuciana era puramente civil, ajena por completo a lo sagrado, que el culto confuciano a los antepasados no era más que idolatría y que al identificar a Dios con el Cielo se rebajaba lo insustancial a lo meramente material. El papa Inocencio X condena en 1645 los ritos confucianos, pero la Compañía de Jesús persiste aún muchos años intentando convencer a la Jerarquía Católica que la manera como los judíos de Kaifeng han logrado perpetuar su religión durante siglos es muy válida para los cristianos en China. Otro jesuita, el padre Giampaolo Gozani es enviado a Kaifeng para hacer una meticulosa investigación de las creencias de los judíos. El informe que envía a Roma en 1704 argumenta con claridad la compatibilidad de creencias distintas y ritos semejantes, pero antes de llegar el escrito al Santo Oficio éste ya había prohibido a los jesuitas realizar esas prácticas (sin embargo, en 1933, el papa Pío XI autorizaría a los chinos convertidos al cristianismo el poder seguir realizando sus ritos de culto a los antepasados).

Otra polémica teológica relacionada con los judíos chinos fue la llamada “querella de las Escrituras”. La polémica era muy antigua, los Padres de la Iglesia habían acusado a los judíos de eliminar de la Biblia toda referencia a Jesucristo como Mesías y durante siglos se había soñado con encontrar alguna vez unas Escrituras “puras”. Cuando se supo que los judíos de Kaifeng tenían su propia Biblia, se suscitó de nuevo esta cuestión. Leibniz, que seguía atentamente las informaciones de los jesuitas en China, muy interesado por la filosofía de Confucio y Mencio y por los hexagramas del Yi Jing (I Ching), pidió en una carta a un padre jesuita que se examinara atentamente la Biblia de Kaifeng para observar si había diferencias con la Biblia cristiana. Ese examen completo no pudo llevarse a cabo hasta 1721, en que el jesuita Jean Domenge tuvo el permiso para comparar un Sepher Torah de Kaifeng con la Biblia cristiana, aunque no pudo comprar ninguno de los rollos como se le había encargado. Por lo demás, la visita de Domenge, experto en chino y hebreo, como había pedido Ricci hacía más de un siglo, fue fundamental para el conocimiento de esta kehillah, por el trabajo tan esmerado que hizo, no sólo por la copia de diversos textos hebraicos, sino también por sus dibujos muy detallados: el exterior e interior de la sinagoga, los objetos de culto, etc. El resultado fue, según Domenge, que la Biblia de Kaifeng era idéntica a la edición de la Biblia de Ámsterdam. Se venía con ello a comprobar una vez más que no había habido falsificación de la Biblia, que la extensión de la diáspora judía habría impedido censurar los mismos pasajes en todos los rollos, y que, en suma, ningún rabino responsable habría consentido jamás quitar o cambiar una sola letra del texto bíblico, por la razón que fuese.

Con la llegada de los manchúes, la nueva dinastía Qing (1644-1912), habrá un cambio en profundidad en lo referente a las religiones. Los emperadores Qing tuvieron en general una actitud mucho más xenófoba que los Ming. Se cerraron todas las misiones y se impidieron los cultos cristianos, por ser occidentales, se toleraron los musulmanes, puesto que llevaban siglos en China, y se ignoró a los judíos, dado su escasísimo número. Estos últimos prefirieron instruirse más a fondo en los arcanos de la lengua y cultura chinas, antes que dedicar tiempo al estudio del hebreo y de la Biblia, que como no la habían traducido al chino, se fue convirtiendo para todos en un gran enigma. Por otra parte, los matrimonios mixtos habían ido en aumento, por la disminución de la población judía, y empezaron a realizarse sin que hubiera conversión al judaísmo de la pareja, por lo que las tradiciones y prescripciones judías se fueron perdiendo. La muerte del último rabino, hacia 1800, aceleró el final de la larga crisis anunciada por Ai Tian hacía ya dos siglos al padre Matteo Ricci: si no había educación hebrea de la juventud, la kehillah terminaría por desaparecer. Por otra parte, el aislamiento de los judíos de Kaifeng fue realmente extraordinario. Las comunidades judías siempre necesitaron del contacto de unas con otras para seguir existiendo, y la de Kaifeng sobrevivió demasiado tiempo aislada.

El siglo XIX es testigo de unos judíos de Kaifeng desorientados que, por una parte, se niegan celosamente a mostrar su sinagoga a los cristianos y menos aún a cederles uno de los trece rollos de la Torah que conservaban, pero, por otra parte, ni le dan uso social o religioso al recinto ni saben ya exactamente en qué consistía la religión de sus antepasados. Esto viene a coincidir con una pérdida de prestigio social de los judíos de Kaifeng, ya no hay un número importante de letrados, oficiales del ejército, médicos, etc., como había en siglos anteriores, los antiguos clanes judíos van desapareciendo, y los que quedan apenas tienen recursos para mantener una sinagoga, que había sido suntuosa pero que en 1840 era ya una pura ruina. Es entonces cuando se expone en la plaza del mercado un Sepher Torah abierto, con un cartel ofreciendo una recompensa a quien descifre qué es lo que se dice ahí. Pocos años después, los descendientes de aquellas familias judías empiezan a vender rollos de la Torah, llegando a quedarse a final de siglo sin ninguno. Aun así, aunque fueran para entonces totalmente ignorantes en cuanto al judaísmo, todavía seguían manteniendo las prescripciones alimentarias. Muchos se hicieron musulmanes, por esas prácticas comunes citadas antes, de hecho, en Kaifeng hay hui hui de gorro blanco (musulmanes) y hui hui de gorro azul (musulmanes de origen judío). Otros siguieron las prácticas religiosas chinas, y algunos incluso se hicieron monjes budistas, como se ve reiteradamente en los censos de población de estos dos últimos siglos.

La memoria de sus raíces judías ha quedado en los pocos herederos de aquellos judíos de Kaifeng que siguen viviendo en esta ciudad (no llegan a 300 en la actualidad). Hay historias conmovedoras de niños en la escuela y mayores en el trabajo reclamando su condición judía e Yicili (Israel) como el lugar de sus ancestros. Cuando en 1953 el gobierno comunista hizo su primer censo, una ciudadana de Kaifeng consiguió que se la inscribiera como de nacionalidad judía, apelando a que su padre había sido censado así treinta años atrás. Esa es la voluntad actual de la mayoría de los descendientes de los judíos de Kaifeng, ser considerados como una nacionalidad china más. En la actualidad hay reconocidas oficialmente 55 minorías étnicas o nacionalidades, más la etnia han dominante. No obstante, esta voluntad puede estar movida por algún interés, si consiguieran el reconocimiento de “minoría étnica” tendrían algunas ventajas, como la posibilidad de tener más hijos, que estos tuvieran preferencia en el acceso a la Universidad, subvenciones estatales, etc. No obstante, a estos “judíos” les faltan requisitos fundamentales de las nacionalidades chinas como una lengua distinta, costumbres y creencias diferentes, y, especialmente, un lugar de origen dentro de los límites de China.

Los antiguos judíos de Kaifeng se llamaban a sí mismos yiciliye (israelitas), leían en hebreo y hablaban persa entre ellos (en el siglo XVIII aún hablaban persa los ancianos), sus costumbres alimentarias los diferenciaban de la mayoría han, aunque, como hemos visto, habían conciliado sus creencias y tradiciones chinas con las judías. Pero, ¿tenían una etnia distinta? Esto plantea una cuestión muy interesante, porque desde que tenemos noticia de ellos, según todos los testimonios, su fisonomía era semejante a la de los chinos, además de indumentaria y aspecto físico cultural similar, como las coletas de los hombres que habían impuesto los manchúes, o los pies vendados de las judías de Kaifeng. Las fotografías que se tomaron a principios del siglo XX así lo muestran, y los descendientes actuales presentan rasgos fisonómicos totalmente chinos.

Judíos en la China moderna

Cuando China pierde la Guerra del Opio contra Gran Bretaña (1842), cinco puertos chinos quedan abiertos al comercio internacional. Uno de ellos, Shanghai, no era más que un puñado de cabañas, pero en un enclave excepcional. El territorio se divide en tres partes, una china y dos concesiones extranjeras, la angloamericana y la francesa, que se constituyen a su vez como territorios soberanos independientes de cualquier Estado. Uno de los primeros comerciantes extranjeros establecidos en Shanghai fue el judío sefardí David Sasson. Natural de Bagdad, había huido a la India en busca de un lugar más amable con los judíos, y de ahí pasó a Shanghai, en 1845, donde viene a crear lo que sería con el tiempo un auténtico emporio, con negocios bancarios y comerciales de todo tipo. La kehillah sefardí de Shanghai se convierte en poco tiempo en floreciente, en 1930 son unos 700 miembros, no muchos contando con una población de 57.000 extranjeros, pero muy influyentes, dado que de los 99 miembros de la Bolsa, 38 eran judíos sefardíes.

Cuando en 1931 los japoneses invaden Manchuria, empiezan a emigrar a Shanghai judíos asquenazíes rusos que se habían establecido tiempo atrás en Harbin, en el noreste de China. La política expansionista del zar Nicolás II le había llevado a ocupar un territorio chino que quería rusificar. Viviendo Rusia en aquel final de siglo una ola de antisemitismo que empujó a miles de judíos rusos hacia Norteamérica, el zar garantizó la libertad de culto y laboral de los judíos que se fueran a vivir a Harbin. Poco después, la revolución bolchevique provocó la llegada de unos 200.000 rusos a la zona, aunque de ellos sólo algunos miles eran judíos. Durante la invasión japonesa de Manchuria la mayoría de éstos emigró a Shanghai, donde a finales de los años 30 había unos 4.000 judíos rusos, y otros marcharon a Tianjin y Qindao (por esos años quedaban unos 2.500 judíos rusos en Harbin).

Los sefardíes de Shanghai prestaron apoyo y dieron sustento a los asquenazíes de Harbin, pero pronto se constituyeron como dos comunidades diferentes. Aquellos, más numerosos y con buena posición económica, eran políticamente conservadores. Los recién llegados, en cambio, muy empobrecidos, eran muy activos políticamente, muchos de ellos comprometidos con la causa sionista.

A esta emigración de Harbin se vino a sumar en Shanghai la procedente de Europa, huyendo de los nazis. En abril de 1933 se publican en Alemania las primeras leyes antijudías, e inmediatamente salen de allí unos 37.000 judíos, de los que unos 300 emigran a Shanghai. Son los primeros de un total estimado de unos 18.000 judíos centroeuropeos que buscaron refugio en esta ciudad, casi todos alemanes y austríacos. La ruta marítima hacia China se hacía normalmente por Italia, por este trayecto: Trieste, Alejandría, Suez, Bombay, Hong Kong y Shanghai.

En 1937 los japoneses bombardean Shanghai y ocupan la parte china de la ciudad. Unos 120.000 chinos se refugian en las concesiones extranjeras. Éstas se declaran neutrales y siguen acogiendo a refugiados europeos, que al llegar a Shanghai se encuentran con una ciudad devastada por los bombardeos y superpoblada. La vida no es fácil, pero los comités de apoyo judíos funcionan a la perfección y no sólo se garantiza la supervivencia de los refugiados, sino que además se imparte enseñanza a niños y jóvenes y se organizan actividades culturales para los mayores. La edición de periódicos, revistas y panfletos es continua, y en varios idiomas: inglés, alemán, francés, yiddish, hebreo, chino..., la vitalidad y energía de Shanghai fue extraordinaria en aquellos años.

El bombardeo de Pearl Harbour y la entrada en guerra de los EEUU tiene consecuencias en Shanghai. Las autoridades japonesas imponen la creación de un gueto judío al que envían unos 14.000 refugiados en mayo de 1943. Un mes después, la Cruz Roja Internacional comunica que unos 6.000 judíos del gueto están a punto de morir de hambre y otros 9.000 lo estarán pronto. La solidaridad judía internacional acude en socorro de Shanghai y logran sobrevivir a la hambruna, pero los bombardeos de la aviación americana causan muchas bajas. Fue precisamente el auxilio que prestaron los médicos judíos a los miles de chinos heridos en los bombardeos lo que selló una amistad que aún se recuerda. Los testimonios de agradecimiento de los ciudadanos chinos de Shanghai para con los refugiados judíos son innumerables.

Al término de la guerra muchos judíos partieron de Shanghai con múltiples destinos, incluyendo Israel. La llegada al poder de los comunistas en 1949 provocó en los siguientes años la salida de China de los judíos, que llegó a ser prácticamente total durante la Revolución Cultural (las estelas judías de Kaifeng, como tantos restos venerables de la antigua China, sufrieron también el furor ignorante y enloquecido de los guardias rojos de Mao Zedong). Muchos de los judíos que abandonaron la República Popular China se quedaron con sus familias en Taiwán y Hong Kong (en la entonces colonia inglesa, unos 1000).

Las reformas políticas de China durante las últimas décadas ha cambiado la situación de los judíos en este país, que de hecho están volviendo a crear pequeñas comunidades en grandes ciudades. Se ha pasado de la demonización de los judíos en la época de Mao, al considerarlos como el grupo de poder dominante dentro del capitalismo, a una manifiesta atracción de los chinos por todo “lo judío”, paralela al poder de sugestión del consumismo entre la sociedad china actual y a la identificación que se hace de los judíos como miembros de una comunidad con estrechos vínculos familiares y sociales, que sobresale en el ámbito científico y cultural. En el imaginario de los chinos de hoy día, los iconos con los que identifican al pueblo judío: Poder-Dinero-Familia-Inteligencia, no son sino una muestra de sus deseos más inmediatos. Más allá de los tópicos al uso, tanto chinos como judíos reconocen que sus tradiciones culturales tienen bastantes elementos en común: amor a la familia, cohesión social, énfasis en la educación, tolerancia con las creencias, sentido práctico de la vida, fidelidad a una escritura ancestral, etc. La historia de los judíos en China es milenaria y aún no se ha reflexionado lo suficiente sobre las enseñanzas que se pueden extraer de esa historia, más allá de lo puramente anecdótico de los “judíos de ojos oblicuos”, que nos sigue sorprendiendo. En China los judíos no han sufrido nunca persecución a causa de su religión (en el caso del maoísmo, el motivo no era religioso sino político, un judío que contribuyó mucho a la difusión del maoísmo en Occidente fue el periodista Israel Epstein, que vivió en China prácticamente toda su vida hasta su muerte). Los judíos han sido siempre una minoría, pero tampoco por ello mismo han estado marginados. Las razones de los prejuicios religiosos, exclusión social y masacres que han sufrido los judíos a lo largo de su historia hasta culminar en el horror del Holocausto no son universales, el antisemitismo no es el reverso lógico y atroz del judaísmo, es pura ideología.

Mientras el antisemitismo era común en el continente europeo, desde el vulgar desprecio al judío hasta la hoguera donde ardía el converso judaizante, la sinagoga de Kaifeng se embellecía con inscripciones de inspiración bíblica y confuciana. La serenidad que emanan es aún más potente cuando nos percatamos de que eran contemporáneas del dolor de tantos hermanos suyos de religión. Acabemos con una de caracteres chinos de 1658: La inteligencia penetra los misterios profundos.





Tomás Merlos Hernández es catedrático de Filosofía en secundaria y coordinador del programa Comenius “From Prejudice to Knowledge. Jewish History and Culture in Europe". 



Fuente:

http://www.alfonselmagnanim.com/debats/103/espais03.htm

 


Nunca pensé encontrarme con chinos-judíos | Kaifeng.
23 mil visualizaciones para el 18 de mayo de 2022.





La Comunidad JUDÍA Más Grande de CHINA | HARBIN
123.966 visualizaciones para el 18 de mayo de 2022.




domingo, 7 de noviembre de 2021

LA POESÍA DEL HOLOCAUSTO.

Conferencia impartida por Carlos Morales del Coso

 


Imagen tomada de Jotdown.


Estimados Amigos

Hoy compartimos con ustedes esta conferencia que nos obsequio el escritor Carlos Morales del Coso, con la finalidad de compartirla con todos nuestros lectores. Al final del texto podrán disfrutar la conferencia en video.


Esperamos que el material sea de su agrado.


Atentamente:


La Gerencia.


*******



LA POESÍA DEL HOLOCAUSTO

Carlos Morales del Coso*

 

Quede aquí mi gratitud hacia el profesor

y poeta de dicho cuerpo universitario

don Víctor Toledo,

que ha hecho posible mi participación

en las sesiones del Congreso.

Ambos nos debemos una charla y una

botella de vino como manda Dios

y los duendes de los ríos de su tierra.

 

 




SIETE DÉCADAS DESPUÉS SEGUIMOS SIN SABER

QUÉ NOS IMPIDE HABLAR DEL HOLOCAUSTO 

A pesar de las más de siete décadas transcurridas desde su culminación, seguimos sin saber todavía las razones que nos impiden hablar del Holocausto con la naturalidad con que solemos hablar de otros hechos dramáticos de nuestra Historia, como pueden ser la Revolución Francesa, o la revolución soviética de 1917


EL ARTE HA JUGADO UN PAPEL MONUMENTAL EN EL PERFILAMIENTO DE UNA CONCIENCIA SOBRE ESTE GIGANTESCO APOCALIPSIS 


Algunos historiadores, como Iam Kershav, no han dudado incluso, en acusar al Mundo del Arte de esta circunstancia, responsabilizándolo de haber escarbado en los lados más más brumosos y oscuros de aquella Catástrofe, con el objeto de fidelizar a sus consumidores y fortalecer sus cuotas de mercado. Sin embargo, el hecho de que esa perversión de la que habla el gran biógrafo de Hitler haya ocurrido más de una vez, no le da derecho a nadie a lanzar un anatema tan general y tan aplastante sobre el papel monumental jugado por el mundo del Arte y el de los grandes medios de comunicación de masas, no sólo en la universalización del conocimiento de los hechos que jalonaron aquella carnicería monumental sino, también,  en el delicado perfilamiento de la Conciencia que el mundo ha logrado construirse de aquel gigantesco apocalipsis. 

Iam Kershav. Imagen tomada de Wikipedia. 


No sería justo, y no lo sería por dos razones; en primer lugar, porque dentro de la misma Historiografía, son muchos los autores -y en este caso no me refiero a Kershaw, al que admiro- que han tergiversado y manipulado infinidad de veces el Holocausto hasta convertirlo en un arma arrojadiza que disparar contra los adversarios ideológicos de un mundo desgraciadamente polarizado como el nuestro. 


EL ARTE Y LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN FUERON LOS UNICOS EN PONERLE NOMBRE Y APELLIDO AL DOLOR 


Y, en segundo lugar porque antes de que la Historia pudiera acceder a los archivos de las cancillerías para poder ofrecer su visión del exterminio al que fue sometida la judería europea, el mundo del arte y el de los medios de comunicación fueron los únicos que se atrevieron a intentarlo y a poner nombre y apellidos a aquel pozo de dolor que nos hizo nacer desnudos a un mundo nuevo, y también desamparado, para poder reconstruir los valores sin los que no es posible hablar de Civilización. 


Pero no se trata aquí de imponer ninguna hegemonía ni para el lenguaje del arte ni para el de la Historia. Ambos pueden ir de la mano; son en realidad, caminos distintos para intentar el conocimiento, así como reformular la conciencia del mundo que aquello nos dejó,  y poder como especie humana mirarnos frente a frente en nuestro espejo con el objeto de encontrar los hilos por cuya naturaleza nos sea dada la posibilidad de suturar los bordes mal cauterizados de la herida que dejó la Shoah, cuyo escozor parece seguir resistiéndose a morir.    


LOS JUICIOS DE NUREMBERG,  EL ENJUICIAMIENTO DE EICHMANN Y EL PROCESO CONTRA AUSCHWITZ ABRIERON AL MUNDO LA DIMENSIÓN DEL GENOCIDIO 


No es este el momento de analizar el papel jugado por el Arte y los medios de comunicación en esta tesitura, al que dediqué un amplio artículo en un volumen colectivo titulado El Delirio nihilista, Y a cuyo importancia dedicó en sus estudios y conferencias el profesor y superviviente Jaime Vándor a lo largo de los últimos días de su vida. 

Jaime Vándor. Imagen tomada de La Vanguardia.


Más o menos, la cosa ocurrió así. La proyección sobre el mundo, durante las décadas de los años cuarenta, cincuenta y sesenta del pasado siglo, que los medios de comunicación arrojaron sobre el mundo de los juicios de Núremberg, así como del enjuiciamiento de Eichmann en Jerusalén y el macroproceso seguido contra Auschwitz en la ciudad de Fráncfort, pusieron a la civilización de Occidente frente al hecho de que el más descabellado genocidio de la Historia había sido intelectualmente originado y ejecutado con perfección industrial en el corazón de la que, como Alemania, era tenida como una de las naciones más cultas y avanzadas del mundo Occidental. De nuestro mundo. 


ESO HIZO IMPOSIBLE HABLAR DEL HOLOCAUSTO

COMO OTRO HECHO DE LA HISTORIA 

La conciencia de que, como civilización no parecíamos ser mejores ni más perfectos que otras  civilizaciones más primitivas y menos organizadas que la nuestra nos llenó de estupor, e hizo imposible que se pudiera hablar del Holocausto, nuestro genocidio, con la naturalidad precisa con que lo hacíamos de otros acontecimientos de nuestra Historia. Todo aquello generó multitud de debates en todos los territorios de nuestra cultura, y resquebrajó los diques que habían mantenido en el silencio el mundo del arte y la voz dolientes de los supervivientes. 


Carlos de la Rica, en su biblioteca. Fotografía de JOSÉ LUIS PINÓS. Imagen tomada de ABC.



LA POESÍA NO SE QUEDO ATRÁS 


El cine, la novela, las memorias biográficas, el teatro, incluso el cómic se lanzaron con auténtico frenesí a aquel abrevadero del dolor que fue el Holocausto. Aunque su papel en la construcción de la conciencia fue de menor envergadura, la poesía no se quedó atrás. Durante muchos años, sus protagonistas fueron los poetas que habían sobrevivido a la Catástrofe, así como aquellos que, sin ser judíos, la habían tocado con las yemas de sus dedos y aquellos que no habiéndolo vivido en carne propia se vieron concernidos por aquel apocalipsis. 


Uri Grinberg. Imagen tomada de Wikipedia.


DE LAS DIVERSAS FORMAS DE ENCARAR EL SUFRIMIENTO 


Una poesía la de estos hombres y mujeres construida sobre un lenguaje simbólicamente complejo -que, en el caso de Celan, condujo a un lenguaje fracturado u originalísimo- y a un universo emocional elevado sobre la culpa de haber sobrevivido a la Catástrofe, orientada insistentemente a elevar una o varias formas de conciencia de lo que ocurrió, que oscilaban entre la visión anticristiana de Uri Grinberg y Paul Celan, y la quienes como Jaime Vandor y Carlos de la Rica proponían la necesidad de un reencuentro entre el cristianismo y el cristianismo que, en opinión de la israelí Margalit Matituahu, debía extenderse a la cultura árabe, mediante el combate contra los prejuicios intelectuales y vitales que impedían el desarrollo de un mundo mínimamente armónico entre civilizaciones separadas pero condenadas a entenderse. 

Margalit Matituahu. Imagen tomada de Wikipedia.

UN VISTA A LA OBRA DE LOS SOBREVIVIENTES 


Y tras la caída a finales de la década de los ochenta del Muro de Berlín y la implosión de los criminales totalitarismos comunistas, comenzaron a llegarnos como una auténtica marea las traducciones a lenguas universales de la obra de los poetas que no lograron sobrevivir al Holocausto. A diferencia de la de los supervivientes, y para nuestra sorpresa, la escritura de estos creadores se orientó a dar testimonio, sin meandros literarios, de la arbitrariedad en los  en los campos de la vida y la muerte, a evocar el hambre y las visiones presentidas de la muerte, y a dejarse llevar por los vientos de las melancolía como única forma viable de supervivencia. 

Caída del Muro de Berlín. Imagen tomada de CNN en español.


Permítanme ahora que les lea tres poemas recogidos en la Antología de la poesía del Holocausto, que está próxima a salir en los primeros meses del año próximo gracias, entre otros al impulso originario de don Víctor Toledo y La Universidad de Puebla y Centro Sefarad de Madrid.


 

Auschwitz I. Imagen tomada de Wikipedia


PAVEL FRIEDMANN

EL ADOLESCENTE GASEADO 

El primero de ellos es un poema por el adolescente Pavel Friedmann, que murió gaseado en Auschwitz el 29 de spetiembre de 1944, y en el que utiliza la métáfora de las mariposas como el gran elemento figurativo del hambre que llevaba a los niños a cazarlas con desesperación, para no morir de hambre.


 (7 de enero de 1921 – 29 de septiembre de 1944)


Imagen tomada de Éxito y superación personal.



La última mariposa

Traducción y versión de Jaime Vándor y Carlos Morales

Theresientadt, 4 de junio de 1942


 La última,  precisamente la última,


era de un brillante amarillo que aún me deslumbra.

Era como si el sol no pudiera dejar de llorar sobre las piedras...

Tan amarilla era, y volaba ligera hacia lo alto

Seguramente quería despedirse del mundo, con un beso.

Hace siete semanas que vivo encerrado en este gueto,

al lado de mi gente, y las flores me llaman,

y la rama blanca del castaño del patio.

Pero ya no he vuelto a ver más mariposas.

Aquella fue la última mariposa que yo vi.

Aquí, en el gueto, las mariposas ya no saben, no pueden volar.

La última mariposa…

Imagen tomada de Colorado Holocaust Educators.



En el  segundo, La Libertad Pequeña, de Ilse Weber, se manifiesta la voluntad testimonial de una poesía orientada a dejar constancia de lo que se vive y de esa muerte que se advierte, y que, al final, se eleva como última esperanza.




La Estatua de la Libertad o La Peregrina como la llaman en Valencia, la de Venezuela. Cuando estaba ubicada en la Avenida Bolívar Norte frente al rectorado en los años 50.



Ilse Weber

Libertad pequeña

 

Traducción y versión de Jaime Vándor y Carlos Morales del Coso

 


Allí donde el vigía monta la guardia,


ante el espacio verde de los prados


en los que se dibuja el camino hacia Bauschowitz,


termina el gueto.


 


Allí se cierra el pétreo cerco de los murallones


y se abre el camino hacia los humanos.


¡Uno querría tanto estar con ellos,


y compartir su respiración, y su esperanzas!


 


Pero el cerco nos rodea, y el vigía


permanece erguido y silencioso sobre el puente.


 


Nosotros, como mendigos pobres y quebrantados,


sólo suplicamos con los ojos un poco de pan.


 


No tenemos dudas: de aquel mundo


nada forma parte ya de nuestra vida.


Sólo nos ceden generosamente


un campo lejano cubierto de hierbajos.


 


Allí estaremos a salvo, libres,


no necesitaremos hogares ni riquezas.


 


Y no habrá un guarda que nos cierre el paso


cuando en él, sombríos, nos den la sepultura.


Ilse WeberImagen tomada de Wikipedia.



 

Imagen tomada de Re:thinkworship

Paul Celan

(1920-1970)

Tenebrae

Traducción y versión de Jaime Vándor y Carlos Morales del Coso


Con el Tenebrae, de Paul Celan, se pretende dar cuenta de la importancia que tenía para los supervivientes, detenerse con su poesía en la reflexión éstética y moral sobre la naturaleza de la tragedia que vivieron, y del uso capital que hicieron de los recursos literarios del lenguaje poético. Celan creyó hasta su muerte que el Holocausto fue la culminación de dos mil años de cristianismo.


 


Cerca estamos, Señor,


cercanos y apresables.



Presos ya, Señor,


engarzados los unos en los otros, como si


cada uno de nuestros cuerpos fuera


tu cuerpo, Señor.


Ruega, Señor,


ruéganos,


estamos cerca.


Agobiados íbamos, encorvados bajo el viento


hacia la fuente, hacia la zanja,


para arrodillarnos sobre el charco y sobre la oquedad.



Al abrevadero íbamos, Señor.


Era sangre, la sangre


que tú mismo derramaste, Señor.


Y relucía.


Nos arrojaba tu imagen a los ojos, Señor.


Los ojos y la boca tan vacíos, tan abiertos, Señor.


Hemos bebido, Señor.


La sangre y la imagen que en tu sangre estaba, Señor.


Ruéganos, Señor.


Estamos cerca.


Paul Celan en París / Fotografía de Lufti Özkök, 1963.Imagen tomada de Prodavinci.



  Arturo Borra 

Hatikva (Esperanza)

Figuras de asfixia

Editorial Germanías, Valencia, 2012


Y en último término dejamos sobre la mesa el poema Hatikva, del poeta argentino Arturo Borra, que hace descansar la Esperanza del nuevo Israel sobre la esperanza que entonaron con su muerte los viejos, las madres y los niños que acabaron su vida en el Holocausto. Un poema realmente fabuloso, con la que quiero manifestar mi gratitud hacia los hijos de mi otra patria mexicana.


Imagen tomada de Frases de la Vida.


Con la punta del fusil en silencio los enfilaban. 


Traían la promesa de Heydebreck pero la desmentía el trayecto exiguo.


 Oscuramente lo sabían los cuerpos, las manos, la nuca.  


Vendrá el amanecer pero el frío del metal sobre la espalda venía a


 desmentirlo. La orden de desvestirse confirmó lo que todos temían: una ducha


 blanca no es lluvia.  


Entonces desobedecieron. Con el presentimiento de la ceniza


se destrabó la garganta. 


 


Y cantaron. Y el canto llenó el vacío del vestuario y    su miedo


también fue ceniza en un salmo de viento. 


 


Y la noche blanca cantó 


en la hora angosta donde se asfixia la última resistencia


entonando uno a uno  sus himnos


desnudos de pura pérdida


desnudos en los márgenes del cielo.


 


Y en pie siguieron cantando "Hatikva"


mientras las culatas se empecinaban en acallar la canción


           final.


 


Y cantaron los viejos    las madres con sus hijos en brazos         


cantaron los hombres


        todo el campo cantó


como pueden cantar 3792 muertos que enloquecen de esperanza. 


 


(Alemania, 9 de marzo de 1944)


 

Arturo Borra. Imagen tomada de Bestia Lectora.


* Conferencia impartida vía en línea en el Congreso Internacional de Poesía y Poética, el 27 de octubre del 2021, en la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad Mexicana de Puebla




La poesía del holocausto


Tomado de Embustería








Carlos Morales es autor, como poeta, de "Palabras de Tierra y Vino" (1982), "S" (1984), "Un rostro en el jardín" (2000), "Il tridente nel giardino" (2000), "El libro del Santo Lapicero" (2000) y "Salmo" (2005). Traducido a varios idiomas, publicó en el año 2003 una de las versiones más celebradas de El Cantar de los Cantares. Como antólogo, ha editado la "Poesía secreta" de Federico Muelas, "El cántio de la Creación", de Carlos de la Rica y "Coexistence", una antología de poetas árabes y hebreos que trabajan por la reconciliación. Como editor, dirige "El toro de barro" (la segunda colección de poesía más antigua de España), los "Cuadernos Sefardíes" (con M. Matitiahu) y la "Biblioteca del Holocausto" (con J.Vandor). Actualmente, codirige con Juan Ramón Mansilla la revista "Hilos de araña". Ha dirigido en TV Toledo el programa "El suelo perdido"