Mostrando entradas con la etiqueta Comunismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Comunismo. Mostrar todas las entradas

lunes, 12 de octubre de 2026

David Graeber: El Capitalismo ha superado al Comunismo creando empleos inútiles, como son los CEO del capital privado, los lobbistas y los asesores legales

 


https://www.facebook.com/1562557874/posts/10231142758423308/?app=fbl


Sobre el fenómeno de los trabajos de mierda

No
Edición 145

Según un célebre economista británico, hacia finales del siglo XX todos estaríamos trabajando menos de 15 horas a la semana. Esto no ocurrió. En cambio, muchas personas tienen ahora trabajos excesivos, inútiles, frustrantes. ¿A qué se debe este fenómeno? 

Ensayo


Enero 27 2021


 

En el año 1930, John Maynard Keynes predijo que, hacia finales de siglo, la tecnología habría avanzado lo suficiente como para que países con el desarrollo de Gran Bretaña o Estados Unidos hubieran conseguido una semana laboral de 15 horas. Hay muchas razones para creer que estaba en lo cierto. En términos tecnológicos, somos muy capaces de ello. Y sin embargo no ocurrió. En lugar de eso la tecnología ha sido dirigida, en el mejor de los casos, a descubrir formas de hacernos trabajar más a todos. Para lograr esto han tenido que crearse empleos de hecho inútiles. Gran cantidad de personas, particularmente en Europa y Norteamérica, pasan toda su vida laboral desempeñando tareas que realmente, en el fondo, no creen necesario llevar a cabo. El daño moral y espiritual que resulta de esta situación es profundo. Es una cicatriz en nuestra alma colectiva. Sin embargo, prácticamente nadie habla de ello.

¿Por qué la utopía prometida por Keynes –que aún se esperaba con impaciencia en los sesenta– nunca se materializó? La explicación más común actualmente es que él no imaginó el incremento masivo del consumismo. Dada la elección entre menos horas y más juguetes y placeres, hemos escogido colectivamente la segunda. Esto plantea un bonito cuento moral, pero un momento de reflexión muestra que no puede ser cierto. Sí, hemos sido testigos de cómo se creó una interminable variedad de nuevos trabajos e industrias desde los años veinte, pero muy pocos tienen algo que ver con la producción y distribución de sushi, iPhones o calzado de marca.

Entonces, ¿cuáles son exactamente esos nuevos trabajos? Un informe reciente que compara el empleo en Estados Unidos entre 1910 y 2000 nos da una idea clara (y, añado, una idea que se repite casi exactamente en el Reino Unido). A lo largo del siglo pasado, el número de trabajadores empleados como personal de servicio doméstico, en la industria y en el sector agrícola, se ha desplomado de forma dramática. Al mismo tiempo, “profesionales, directivos, administrativos, comerciales y trabajadores de servicios” se han triplicado, creciendo “de un cuarto a tres cuartos del empleo total”. En otras palabras, los trabajos productivos, justo como se predijo, han sido ampliamente automatizados (incluso si contamos a los trabajadores de la industria globalmente, incluyendo las masas trabajadoras en la India y China, dichos trabajadores siguen lejos de ser el gran porcentaje de la población mundial que eran antes).

Pero en lugar de una reducción masiva de horas laborales que dejara en libertad a la población mundial para dedicarse a sus propios proyectos, hobbies, visiones e ideas, hemos visto la inflación no tanto del sector “servicios” como del sector administrativo, incluyendo la creación de industrias enteras como la de los servicios financieros o el telemarketing, o la expansión sin precedentes de sectores como el derecho empresarial, la administración educativa y sanitaria, los recursos humanos y las relaciones públicas. Y estas cifras ni siquiera reflejan a todas aquellas personas cuyo trabajo consiste en proporcionar soporte administrativo, técnico o de seguridad para estas industrias; es más, tampoco un sinfín de industrias secundarias (lavado de mascotas, domicilios nocturnos de pizza), que solo existen porque todo el mundo pasa la mayor parte de su tiempo trabajando en todo lo demás.

Estos son a los que yo propongo llamar “trabajos de mierda”.

Es como si alguien estuviera por ahí inventando trabajos inútiles solo con la intención de mantenernos a todos trabajando. Y aquí, precisamente, radica el misterio. En el capitalismo, esto es precisamente lo que se supone que no pasa. Por supuesto, en los viejos e ineficientes Estados socialistas como la Unión Soviética, donde el empleo era considerado tanto un derecho como un deber sagrado, el sistema inventó tantos puestos de trabajo como era necesario (por eso era que en los grandes almacenes soviéticos hacían falta tres empleados para vender un trozo de carne). Pero, desde luego, este es el tipo de problema que se suponía solucionado por la competencia en el mercado. Al menos de acuerdo con la teoría económica lo último que una empresa con fines lucrativos hará es pagar dinero a trabajadores a los que realmente no necesita emplear. Sin embargo, de alguna manera, esto ocurre.

A pesar de que las empresas pueden hacer implacables reducciones de plantilla, los despidos y las presiones caen siempre sobre la gente que realmente está haciendo, moviendo, reparando y manteniendo cosas. Por una extraña alquimia que nadie puede explicar, el número de burócratas asalariados, en el fondo, parece aumentar; más y más empleados se ven a sí mismos –en realidad de forma no muy diferente a los trabajadores soviéticos– laborando 40 o incluso 50 horas en papeleo, pero con un trabajo efectivo de 15 horas, justo como predijo Keynes, pues el resto de su tiempo lo pasan organizando y asistiendo a cursillos de motivación, actualizando sus perfiles de Facebook o descargando recopilatorios de TV.

La respuesta, obviamente, no es económica: es moral y política. La clase dirigente se ha dado cuenta de que una población feliz y productiva, con tiempo libre, es un peligro mortal (piensa en lo que comenzó a suceder cuando en los años sesenta esto aún se encontraba en sus inicios). Y, por otro lado, la sensación de que el trabajo es un valor moral en sí mismo es extremadamente conveniente para ellos, pues según eso cualquiera que no esté dispuesto a someterse a algún tipo de intensa disciplina laboral durante la mayoría de sus horas de vigilia no merece nada.

Una vez, al contemplar el crecimiento aparentemente interminable de responsabilidades administrativas en los departamentos académicos británicos, se me ocurrió una posible visión del infierno. El infierno es un grupo de individuos que se pasan la mayor parte del tiempo trabajando en una tarea que no les gusta y para la que no son especialmente buenos. Digamos que fueron contratados por ser excelentes ebanistas, y entonces descubren que se espera de ellos pasar una gran parte del tiempo friendo pescado. La tarea ni siquiera es realmente necesaria, o al menos hay una cantidad muy limitada de pescado que sea necesario freír. Pero, de alguna manera, todos se obsesionan tanto con el rencor ante la idea de que algunos de sus compañeros de trabajo podrían dedicar más tiempo a fabricar muebles, y no a cumplir su parte correspondiente de freír pescado, que en poco tiempo hay enormes e inútiles de pescado mal cocinado acumulándose por todo el taller, y es a lo único que se dedican.

Creo que esta es una descripción precisa de la dinámica moral de nuestra propia economía.

*

Bueno, me doy cuenta de que cada argumento va a tener objeciones inmediatas: “¿Quién eres tú para decir qué trabajos son realmente ‘necesarios’? De todos modos, ¿qué es necesario? Tú eres profesor de antropología, ¿qué ‘necesidad’ hay de eso?”. (De hecho muchos lectores de prensa sensacionalista tomarían la existencia de mi trabajo como la definición precisa de gasto social despilfarrado.) Y a cierto nivel, esto es obviamente cierto. No puede haber una medida objetiva de valor social.

No me atrevería a decirle a alguien que está convencido de hacer una contribución significativa al mundo que, realmente, no lo hace. ¿Pero qué pasa con aquellas personas que están convencidas de que sus trabajos no tienen sentido? No hace mucho volví a contactar con un amigo del colegio al que no veía desde que tenía doce años. Me sorprendió descubrir que, en este tiempo, primero se había convertido en poeta y luego en el líder de una banda de indie rock. Y había oído algunas de sus canciones en la radio sin tener ni idea de que el cantante era alguien a quien conocía. Él era obviamente brillante, innovador, y sin duda su trabajo alegró y mejoró la vida de mucha gente en todo el mundo. Sin embargo, después de un par de discos sin éxito perdió el contrato y plagado de deudas y con una hija recién nacida terminó, como él mismo dijo, “tomando la opción por defecto de mucha gente sin rumbo: la facultad de derecho”. Ahora es un abogado empresarial que trabaja en una destacada empresa de Nueva York. Él es el primero en admitir que su trabajo no tiene absolutamente ningún sentido, no contribuye en nada al mundo y, a su propio juicio, realmente no debería existir.

Hay muchas preguntas que uno puede hacer aquí, empezando por: ¿qué dice esto de nuestra sociedad, que parece generar una demanda extremadamente limitada de poetas y músicos con talento, pero a la vez una demanda aparentemente infinita de especialistas en derecho empresarial? Respuesta: si un 1% de la población controla la mayoría de la riqueza disponible, lo que llamamos “el mercado” refleja lo que ellos piensan que es útil e importante, no lo que piensa cualquier otro. Pero aún más, muestra que la mayoría de la gente con estos empleos, en el fondo, es consciente de ello. De hecho, no estoy seguro de haber conocido a algún abogado empresarial que no piense que su trabajo es una mierda. Lo mismo pasa con casi todas las nuevas industrias descritas antes. Hay una clase entera de profesionales asalariados que, si te encontraras con ellos en fiestas y admitieras hacer algo que podría ser considerado interesante (la antropología, por ejemplo), querrán evitar por completo hablar de su trabajo. Dales un poco de alcohol, y lanzarán diatribas sobre lo inútil y estúpido que es en realidad su trabajo.

Hay una profunda violencia psicológica en esto. ¿Cómo puede uno empezar a hablar de dignidad en el trabajo cuando secretamente siente que su trabajo no debería existir? ¿Cómo puede evitar una profunda sensación de rabia y resentimiento? Sin embargo, una peculiar genialidad de nuestra sociedad es que sus dirigentes han descubierto una forma de asegurarse, como en el caso de los freidores de pescado, de que la rabia se dirige precisamente contra aquellos que realmente tienen la oportunidad de hacer un trabajo valioso. Por ejemplo: en nuestra sociedad parece haber una regla general según la cual, cuanto más obvio sea que el trabajo de uno beneficia a otra gente, es probable que se pague menos por él. De nuevo, es difícil encontrar un baremo objetivo, pero una forma sencilla de hacerse una idea es preguntar: ¿qué pasaría si toda esta clase de gente simplemente desapareciera? Di lo que quieras sobre enfermeros, basureros o mecánicos, pero es obvio que si se esfumaran como una nube de humo los resultados serían inmediatos y catastróficos. Un mundo sin profesores o trabajadores portuarios pronto tendría problemas; incluso uno sin escritores de ciencia ficción o músicos de ska sería claramente un sitio inferior. No está del todo claro cómo sufriría la humanidad si todos los CEO del capital privado, lobbistas, investigadores de relaciones públicas, notarios, vendedores telefónicos, alguaciles o asesores legales se esfumaran de forma similar. (Muchos sospechan que podría mejorar notablemente.) Sin embargo, aparte de un puñado de excepciones (doctores), la norma se cumple sorprendentemente bien.

Algo aún más perverso es que parece haber un amplio sentimiento de que así deben ser las cosas. Esta es una de las fortalezas secretas del populismo de derechas. Puedes verlo cuando los periódicos sensacionalistas avivan el rencor contra los trabajadores del metro por paralizar a Londres durante los conflictos laborales: el mismo hecho de que los trabajadores del metro puedan paralizar a Londres muestra que su trabajo es en realidad necesario, pero esto parece ser precisamente lo que molesta a la gente. Es incluso más evidente en los Estados Unidos, donde los republicanos han tenido un éxito notable movilizando el resentimiento contra los profesores escolares, o los trabajadores del automóvil (y no, significativamente, contra los administrativos escolares o los gestores de la industria del automóvil, quienes realmente causan los problemas), por sus supuestos salarios inflados y sus beneficios. Es como si les dijeran a estos: “¡Ustedes han llegado a enseñar a niños! ¡A fabricar coches! ¡Ustedes han llegado a tener trabajos auténticos! ¿Y encima tienen el descaro de esperar también pensiones de clase media y asistencia sanitaria?”.

Si alguien hubiera diseñado un régimen laboral perfectamente adecuado para mantener el poder del capital financiero, es difícil imaginar cómo podría haber hecho un trabajo mejor. Los trabajadores reales y productivos son incansablemente presionados y explotados. El resto está dividido entre el estrato aterrorizado de los –universalmente denigrados– desempleados y un estrato mayor conformado por gente a la que se le paga básicamente por no hacer nada, en puestos diseñados para que se identifique con las perspectivas y sensibilidades de la clase dirigente (gestores, administradores, etc.) –y particularmente para sus avatares financieros– pero, al mismo tiempo, para fomentarles un resentimiento contra cualquiera cuyo trabajo tenga un claro e innegable valor social. Obviamente, el sistema nunca ha sido diseñado de manera consciente. Surgió de casi un siglo de prueba y error. Pero es la única explicación de por qué, a pesar de nuestra capacidad tecnológica, no estamos todos trabajando tres o cuatro horas al día. 

© Strike! Magazine, 2013

ACERCA DEL AUTOR


David Graeber . IMAGEN TOMADA DE AQUÍ.


David Graeber (1961-2020) fue doctor en Antropología y profesor del Goldsmiths College de Londres. Con un largo historial de activismo y compromiso político, colaboró en medios como The Nation, The Guardian o Harper's Magazine, entre otros. En 2006 la London School of Economics le reconoció como un destacado antropólogo que transformó radicalmente el estudio de la cultura. Fue un pensador icónico y un renombrado activista, y sus primeros esfuerzos en el Parque Zuccotti hicieron de Occupy Wall Street el movimiento que definió toda una era. Es autor de En deuda, de Trabajos de mierda y de La utopía de las normas. Además, es coautor, con David Wengrow, del superventas El amanecer de todo: Una nueva historia de la humanidad. 



Fundación Malpensante
Carrera 23 # 73-27

Bogotá - Colombia


+57(601)3677015

COPYRIGHT © 2026 Fundación El Malpensante. / Uso de datos personales



David Graeber y los Trabajos de M* - Pensamiento Actual



Enlaces relacionados:


















































miércoles, 25 de junio de 2025

“EL CERO Y EL INFINITO” Y “LA CONFESIÓN”. Por Alberto Hernández.

 

Imagen tomada de aquí.



Crónicas del Olvido

“EL CERO Y EL INFINITO” Y “LA CONFESIÓN”

**Alberto Hernández**




“Es imposible para mí vivir más lejos del arte, al cual he dado mi vida, ya que ha sido destruido por el ignorante y arrogante mando superior del Partido y este mal no puede ser enmendado. Los mejores exponentes de la literatura –un número que los sátrapas zaristas no podían ni soñar llegar a tener- han sido físicamente exterminados o han muerto bajo la mirada condescendiente y criminal de aquellos que ostentan el poder”.


Aleksandr Fadéyev. Imagen tomada de aquí.


-Nota suicida de Aleksandr Fadéyev, autor de la novela “La Joven Guardia”- (*) 

1.-

Nicolás Salmanovich Rubachof está sentado frente a Ivanof. Con el parpadeo inseguro frente a la cara iluminada del ex comisario del pueblo comienza el interrogatorio de lo que habría de calificarse como el Proceso de Moscú, situado entre 1936 y 1938. Se trata de una escena tenebrosa, gris sino fuera por la lámpara que ciega al preso de la celda de los 400.

Arthur Koestler. Imagen tomada de aquí.


“El cero y el infinito” (“Darkness at Noon”) del húngaro Arthur Koestler, publicado por Ediciones Destino, S.L., Pelayo 28, Barcelona, España 1954, cuenta los avatares de un período terrible por el que pasaron no sólo los enemigos del despotismo de la URSS en tiempos de Stalin, sino también quienes por alguna razón se “desviaron” del camino “correcto” de la revolución, entre ellos los fundadores – la llamada vieja guardia- del primer régimen comunista creado por Lenin en 1917.

Artur London. Imagen tomada de aquí.


Confieso que no sabía –o no recordaba- que ese libro estaba en un rincón oscuro de mi biblioteca. Mientras leía “La confesión” de Artur London, me dio por husmear entre tantos títulos con la intención de encontrarme con otro texto dedicado a esa epidemia criminal instaurada en aquella Europa hoy superada pero amenazada por otros monstruos colectivistas tanto ideológicos como religiosos.

Y se me dio la ocasión de encontrarme con este Koestler que un día me sonó familiar por algún texto cercano a Walter Benjamin o a Hannah Arendt.

Comencé la lectura sin descanso. La lectura de un libro de 260 páginas donde la tensión dura hasta el último párrafo, pese a que algunos autores señalan que este largo relato del húngaro, luego nacionalizado británico, se queda corto ante el sufrimiento contado por Solneyitzin, Ajmátova y otros prisioneros del Gulag, entre otros infiernos comunistas o nazis, que en fin de cuentas tienen el mismo objetivo: el exterminio.

Entré de lleno en la personalidad de Rubachof, quien ya había demostrado sus cualidades como interrogador, como torturador psicológico, y quien había hecho fusilar hasta a su secretaria Arlova. Un hombre duro, inclemente, incapaz de expresar el más leve sentimiento de perdón. Pues bien, le tocó a él, precisamente, ser víctima de uno de sus más cercanos camaradas. 

Como todo libro que aborda estos temas, la historia se desarrolla en un clima áspero, oscuro, frío. Rubachof está encerrado en una celda, rodeado de otros presos a quienes no conoce, pero sí sabe de su destino como el que le tocará a él: ser fusilado con un tiro en la nuca.





2.-

Koestler nació en Hungría en 1905. Hijo de judíos siempre fue un “disidente vocacional”. Preso de Hitler y de Franco, perseguido de los nazis por toda Francia, termina en Londres, donde en 1983 se suicida con veneno en compañía de su esposa.

El autor llegó a señalar: “Arruiné la mejor parte de mis novelas por mi manía de defender en ella una causa; sabía que un artista no debe exhortar ni pronunciar sermones, y seguía exhortando y pronunciado sermones”.

Esta declaración del autor de “El cero y el infinito” desmiente la afirmación de un autor según la cual Koestler “No escribió para la eternidad”. Pues bien, esta novela, que tiene mucho de historia real y de autobiografía, es más que una novela, es un testimonio sobre un tema que en estos tiempos que nos tocan está vigente, porque el monstruo del fascismo, el comunismo y el nazismo aún se mueve entre nosotros. Algunos críticos han llegado a expresar la poca cercanía literaria de esta obra. Para este cronista es una novela con todos los ingredientes de una excelente novela. Manejo de los personajes, de la ambientación, del suspense, de la tensión y de la narración: no tiene desperdicio.

Rubachof es un referente de los enjuiciados, la otrora “joven guardia”, Zinóviev, Kámenev, Mrajkovski, Bujarin, Piatokov, Rykov, entre otros, sometidos al escarnio por fiscales como Vishinki, Ivanof o Gletkin, sujetos a la realidad o a la ficción. 


La imagen superior es de Japón después de sufrir dos bombas atómicas. La imagen inferior es de La Habana, Cuba después de 66 años de Socialismo.
Imagen tomada de aquí.



3.-

Stalin se decía lingüista, creador de monsergas morfo sintácticas donde cabía cualquier expresión ligada con el lenguaje, con el comportamiento verbal de los comunistas. Para este proceso, el de Moscú, se fabricó la “ficción gramatical”, que trataba el yo singular (el cero) y el yo colectivo (el infinito); sobre ese teorema donde también se expresaba una matemática criminal, el militante estaba obligado a borrar su personalidad y limitarse a ser masa, volumen sin identidad. Y quien no entrara por el aro era destruido como sujeto psíquico durante los interrogatorios y como físico con el tiro en la nuca, detrás de una de las orejas. Envilecidos, los presos terminaban autoculpándose y admitiendo que merecían morir por haber traicionado a la revolución.

El partido lo era todo. Era el todo: “-El Partido no se equivoca jamás –dijo Rubachof-. Tú y yo podemos equivocarnos. Pero el partido, no. El Partido, camarada, es algo mucho más grande que tú y que yo y que otros mil como tú y como yo. El Partido es la encarnación de la idea revolucionaria en la Historia…”

Y como “en el paraíso no hay criminales” sino culpables o sospechosos de serlo, la última hora de vida del personaje se fija, precisamente, en la pérdida de ese “paraíso”, de ese sueño que se convierte en una pesadilla. 

Esta obra merece un trabajo más extenso, pero para los efectos del espacio, la empalmo con el título de London, “La confesión/ En el engranaje del Proceso de Praga” (“L´Aveu”) publicado por Monte Ávila Editores, Caracas, 1970, contiene el testimonio de quien fue funcionario del Partido Comunista en varios países de Europa y terminó siendo otro chivo expiatorio, en este caso, no como el anterior de Rubachof, quien tuvo que pasar por la maquinaria policial del régimen y acumular gran cantidad de expedientes falsos que a la larga se convirtieron en “verdades” que lo condujeron a la prisión, con la diferencia de que luego quedó en libertad y se fue a vivir a Francia. 

Al final, luego de tanto sufrimiento, a London, quien había nacido en Ostrava, en 1915, en mayo de 1968, le fue conferida la Orden de la República Checoeslovaca.

Manuel Caballero en 2008. Tomado de Wkipedia


Manuel Caballero, en su libro “Ve y toma el libro que está abierto en la mano del ángel” (Editorial Ateneo de Caracas, 1979), escribe:

“Son muy pocos los que podrían resistir verse tratados en esa forma por sus propios camaradas sin cargarse de odios definitivos, sin maldecir para siempre, con toda la quiebra moral que ello significa, las ilusiones de su juventud. London nos proporciona el más hermoso de los espectáculos, que es su absoluta fidelidad para consigo mismo”. Caballero aún creía que era posible la redención del hombre a través del socialismo, razón por la cual, líneas más abajo, casi justifica el sacrificio de London. Pero eso ya es parte de otro relato. 

Ambos libros, que han sido fichados por este autor extensamente, merecen un estudio más sosegado, pero los días corren rápidamente y es preciso dejar sentado que tanto London como los personajes de “El cero y el infinito” siguen existiendo, no en nuestra imaginación, sino en cárceles de este país nuestro y en otros donde impera el “socialismo”, esa venganza histórica que no termina de desaparecer, pese a que quien lo practica tampoco cree en él, sino en los beneficios que éste les aporta. 

Una cita acerca de este invento stalinista, la leemos a continuación en “La confesión”:

“Kohoutek me anuncia, una mañana, que Doubek controlará personalmente si yo conozco bien mi proceso verbal estudiado de memoria. Me llevan a su despacho. A su lado está sentado un hombre que nunca vi y que escuchará muy atentamente mi recitación, sin pronunciar una sola palabra. ¿Uno de los “verdaderos” jefes? Doubek, por su parte, se declara satisfecho: aprobé mi examen con éxito”.

Es decir, una confesión fabricada con el “permiso” del mismo confesado, quien no tenía opción si quería que su familia y sus amigos siguieran respirando. 

4.-

Dos libros, entre tantos, que hurgan en la llaga de una maldición que asoma la cabeza cada cierto tiempo, como esos tumores que se esconden en el tejido sano de los cuerpos vivos.


(*) A. Fadéyev fue uno de los escritores soplones más notables al servicio de Stalin. Acosó, persiguió e hizo encarcelar y asesinar a muchos músicos de la URSS. Con la muerte del “padrecito” y la llegada de Nikita Kruschev al poder, perdió todos sus privilegios y se suicidó en 1954



*******


Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.


Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Galina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés. 

sábado, 28 de diciembre de 2024

Kohei Saito: para enfrentar la crisis del cambio climático hay que disminuir el crecimiento económico bajo un sistema político comunista democrático

 



"Estoy intentando crear una nueva imagen del socialismo y el comunismo, porque si siempre pensamos que son dictaduras, la gente no piensa en alternativas a la globalización actual": el filósofo japonés que defiende el decrecimiento económico



El último libro de Kohei Saito fue best seller en Japón


Cecilia Barría


6 octubre 2024

Cuando le piden que firme su libro, a Kohei Saito le gusta estampar un sello con un dibujo en el que aparece junto a Karl Marx.


No es nada extraño dado que Saito, un filósofo japonés de 37 años que se transformó en un fenómeno en su país al vender más de 500.000 copias de su libro “El Capital en el Antropoceno”, se declara a favor del decrecimiento económico y del marxismo.


Profesor asociado de la Universidad de Tokio, Saito se ha convertido en un best-seller en su país, lo que le ha catapultado a otros países donde se ha traducido su trabajo.


Entre las ideas que plantea, y por las que ha llamado la atención en Japón, Europa y Estados Unidos, está la propuesta de que para enfrentar la crisis del cambio climático hay que decrecer (disminuir el crecimiento económico) bajo un sistema político comunista democrático.


Desde que su libro fue publicado en 2023 en Reino Unido bajo el título “Slow Down: how degrowth communism can save the Earth” (Desacelerar: cómo el decrecimiento comunista puede salvar la Tierra), se ha vuelto popular en algunos círculos de jóvenes ambientalistas europeos.


El decrecimiento no es una idea nueva, pero ha ganado tracción en la últimas décadas, y en Latinoamérica lo ha defendido el presidente de Colombia, Gustavo Petro.


La gran novedad del pensamiento de Saito es que lo vincula con el comunismo democrático, entendido como una versión de la utopía de los pensadores del siglo XIX.


Esta es la conversación que tuvo el filósofo japonés con BBC Mundo.


Sello con el que Saito firma sus libros donde aparece junto a Karl Marx.


Usted argumenta que, para enfrentar la crisis del cambio climático, es necesario terminar con el capitalismo y crear un sistema llamado decrecimiento comunista. ¿Qué es el decrecimiento comunista?


El capitalismo busca la infinita expansión del crecimiento económico, algo que no es compatible con una vida sustentable. No estamos viendo buenos avances en la solución del cambio climático. ¿Por qué? Porque no estamos cambiando el capitalismo, y ese es el problema.


Aunque estamos invirtiendo en autos eléctricos y energías renovables, el problema es que el capitalismo busca producir más. Entonces hay una contradicción interna en el argumento de que necesitamos descarbonizar más rápido, pero al mismo tiempo, necesitamos crecer más. Eso no funciona.


Mi propuesta es que hay que reducir el uso de energía, producir menos y consumir menos.


A muchos les sorprende que un filósofo joven siga defendiendo el comunismo en 2024. ¿No teme que un sistema comunista termine siendo un régimen totalitario como vimos en el pasado?


Entiendo el temor que existe frente a los regímenes autoritarios porque son parte de la historia. Pero al mismo tiempo, defiendo el comunismo porque soy de una generación más joven, supongo. Nací en 1987, así que no tengo una experiencia directa del estalinismo.


Yo crecí en la década de los 90 y los 2000 y en los últimos 30 años, el mundo ha celebrado la idea de que el capitalismo y la democracia traen más prosperidad económica en todas partes. Esa es la promesa de la globalización.


Pero ¿qué pasó en los últimos 30 años? Hemos visto más desigualdad, hay más trabajos precarios, más cambio climático, ahora tenemos guerras, genocidio, etc.


El capitalismo no ha cumplido sus promesas, por el contrario, está creando una situación más caótica, destructiva y brutal. Por eso entiendo que mi generación, e incluso las generaciones más jóvenes, están más interesadas en la idea del socialismo.


Estoy intentando crear una nueva imagen del socialismo y el comunismo, porque si siempre pensamos que el socialismo y el comunismo son dictaduras, eso favorece a los capitalistas, a las élites, entonces la gente no piensa en otras alternativas distintas a la actual globalización.


Y creo que Marx ofrece un análisis muy bueno sobre las contradicciones del capitalismo y también da una buena esperanza para un nuevo futuro, una imagen utópica de la sociedad futura y eso es algo que realmente necesitamos.


Portada libro Kohei Saito


Muchos ambientalistas que defienden el decrecimiento lo ven como un cambio necesario dentro del mundo globalizado, pero sin transformar todo el orden social reemplazando el capitalismo por el comunismo. ¿Por qué usted defiende a estas alturas de la historia el decrecimiento dentro de un sistema comunista?


Lo que pasa es que el decrecimiento económico es incompatible con el capitalismo. Tenemos que compartir de una manera más equitativa y eso es el comunismo.


Necesitamos educación gratuita, salud gratuita, movilidad gratuita. Tenemos que compartir más y garantizar el acceso a los servicios básicos. Esa es mi idea de comunismo, una sociedad basada en los “comunes”, en el pueblo.


Entiendo que el comunismo tiene una mala imagen, pero lo que yo digo es que deberíamos compartir más para que todos puedan vivir más felices, para que no tengan que estar constantemente trabajando, ni produciendo dinero.


El capitalismo no es sustentable y el crecimiento no es sustentable.


Si el capitalismo no funciona, ¿por qué la alternativa tiene que ser el comunismo?, ¿no vislumbra otras opciones?


Me atrajo mucho la idea del comunismo en el siglo XIX, no en el siglo XX. En el siglo XIX había distintas ideas sobre el comunismo porque la gente buscaba utopías, buscaba cómo construir una sociedad mejor, entre ellos estaban William Morris, Peter Kropotkin, Robert Owen, y otros.


Si miras ese tipo de tradición comunista, es una tradición más democrática, más antiestado, más igualitaria, más sostenible. Son ejemplos inspiradores que vienen del comunismo del siglo XIX y yo quería recuperar algunas de esas investigaciones.


Kohei Saito.



¿Cómo usted llevaría a la práctica su teoría del decrecimiento comunista?


Soy un filósofo. Lo que he querido hacer es cambiar la imagen que tiene la gente sobre el decrecimiento y sobre el comunismo. Lo que quiero es convencer a la gente de que el capitalismo no es la etapa final absoluta de la historia, nosotros podemos crear un mundo nuevo, es decir, el capitalismo no es la respuesta definitiva.


El decrecimiento no se trata de generar pobreza, sino de crear un nuevo tipo de abundancia con servicios gratuitos como transporte, educación, internet.


Y el comunismo no se trata de estalinismo, se trata de ayudarse unos a otros, de la organización democrática de los “comunes”, de igualdad y sostenibilidad.


Desde esta perspectiva, quizás la gente comenzará a pensar que el decrecimiento comunista no es algo malo y que podría ser mejor que el capitalismo. Ese es el primer paso.


¿Pero cómo esa teoría se lleva a la práctica en la actualidad?


El paso siguiente es cómo lo implementamos. Algunos piensan que esta idea es como una especie de ciencia ficción, pero no es así.


Si queremos tener un entendimiento básico del decrecimiento comunista, hay que mirar alrededor, porque existen muchos indicios de una futura sociedad decrecentista en todas partes.


No estamos hablando del comunismo que se consigue con una revolución, no. El comunismo está en todas partes, el comunismo es el cimiento necesario para el capitalismo también, porque incluso en el capitalismo nos ayudamos los unos a los otros, nos ayudamos entre familias, entre amigos, colegas, comunidades.


Ese es el comunismo que está en todas partes, pero el capitalismo lo explota y marginaliza este tipo de actividades porque no contribuyen al crecimiento económico, al PIB (Producto Interno Bruto).


Hay muchas experiencias: acabo de visitar Copenhague, donde hay estrictas limitaciones a la altura de los edificios, todos los edificios son bastante bajos, y eso es, de alguna manera, una ciudad decreciente.


La gente de Copenhague no se da mucha cuenta de esto, pero si vienes de Nueva York o Tokio, lo ves.


Hay muchas ciudades europeas que han creado espacios donde los autos no tienen autorización para circular. En el Reino Unido están discutiendo una semana laboral de cuatro días, y todas esas medidas apuntan al decrecimiento, lo que es bueno para los humanos y el planeta.


Protesters march during the global climate strike organized by Fridays for Future in Berlin, Germany, on September 20, 2024 FUENTE DE LA IMAGEN,GETTY IMAGES

Jóvenes protestan en Berlín, Alemania, contra el cambio climático.


Esas medidas se han implementado dentro del sistema capitalista, no fuera de él...


Hay muchas semillas que no se han convertido en grandes árboles ni en bosques, porque el capitalismo está tratando de destruirlas, o si tienen éxito, el capitalismo las toma y las convierte en mercancía.


Tenemos que ser cuidadosos, tenemos que caminar de manera consciente hacia una sociedad de decrecimiento postcapitalista. Estoy muy orgulloso de ver ciudades progresistas en Europa, como Ámsterdam o Barcelona, que son compatibles con mis ideas.


¿Usted dice que esas ciudades están implementando un decrecimiento comunista? Lo pregunto porque no son ciudades que busquen activamente que sus economías entren en recesión, ni que se conviertan en una sociedad comunista...


Ellos no usan la palabra comunista porque algunas de esas transformaciones, como decía antes, pueden ser implementadas dentro del capitalismo. Quizás piensan que es una buena transformación capitalista, pero yo creo que podemos acelerar ese tipo de transformaciones cuando reconozcamos que no son compatibles con el capitalismo.


No se trata de una revolución, y esa es una gran diferencia con el socialismo del siglo XX.


Yo no propongo una revolución, sino más bien reformas que pueden implementar cambios dentro del capitalismo, pero no es para construir un mejor capitalismo, es para ir más allá del sistema, es un reformulismo revolucionario.


¿Cuál sería el rol de los gobiernos? ¿Cómo sería esa transición democrática hacia el decrecimiento comunista?


Es muy difícil imaginar que un gobierno en Estados Unidos se convierta en un Estado amigable con el decrecimiento. Creo que hay que comenzar con los gobiernos locales, es por eso que presto atención a las cosas que están pasando en las ciudades, porque las ciudades pueden implementar muy buenas políticas de decrecimiento.


Personas en bicicleta en Ámsterdam.FUENTE DE LA IMAGEN,GETTY IMAGES

El filósofo destaca ejemplos de ciudades como Ámsterdam, Copenhague o Barcelona, porque son "compatibles" con sus ideas.



¿Y a nivel de gobiernos nacionales?


Necesitamos más ejemplos exitosos. La idea es que en el camino hacia el decrecimiento comunista los gobiernos implementen políticas más radicales sobre decrecimiento, como prohibir el uso de jets privados, crear impuestos a la riqueza o invertir en energías renovables.


No estoy negando el rol de los gobiernos centrales, pero las medidas de decrecimiento no son tan fáciles de implementar porque la gente, los consumidores, desean más crecimiento económico. Por eso es importante impulsar las decisiones a nivel local, desde abajo hacia arriba.


Pero al mismo tiempo, entiendo que el cambio climático es una crisis inmediata, que necesitamos mayores transformaciones, y que el Estado debería jugar un rol más importante.


Tenemos que planificar la transformación hacia una sociedad más descarbonizada, porque tenemos muchos desastres naturales y problemas de migración que derivan del cambio climático.


Hay que planificar cómo garantizar el acceso a la salud de todas las personas, a la electricidad, al agua.


Pero la experiencia previa muestra que a menudo la planificación se vuelve antidemocrática, entonces quisiera presentar nuevas ideas sobre cómo sería una planificación democrática en la era de la crisis climática.


En su libro usted propone ideas como que los trabajadores sean los dueños de las empresas y que los ciudadanos tengan el control de la producción de la energía local. ¿Es eso parte de la planificación que usted está pensando?


Eso también es parte de la planificación democrática. A veces los gobiernos tienen que hacer inversiones públicas, no digo que toda la producción energética debe pertenecer a los trabajadores o los ciudadanos, porque tampoco es tan eficiente. Pero pienso que se puede hacer más.


Construir más cooperativas, proveer más servicios públicos en una economía basada en cooperativas, esa es una forma en que los trabajadores pueden ser dueños de los medios de producción.

Manifestación en Glasgow, Escocia, durante la Cop 26.FUENTE DE LA IMAGEN,GETTY IMAGES

Saito critica el "capitalismo verde" y dice que las medidas ambientales que no cuestionan el sistema son "el opio del pueblo".


También en su libro usted dice que no está de acuerdo con el “capitalismo verde”, por ejemplo, con las metas de reducción de emisiones que propone las Naciones Unidas, o medidas que sean amigables con el mercado. Las llama “el opio del pueblo”. Entonces no me queda claro si propone cambios dentro del sistema o fuera del sistema, progresivos o radicales...


Yo no estoy en contra del mercado, no estoy proponiendo la abolición inmediata del dinero y el mercado. Solamente soy crítico de la ideología de mercado que dice que el mercado es siempre lo más eficiente, lo mejor.


Hemos visto mucho “greenwashing”, cuando las empresas usan las buenas ideas sobre sostenibilidad para encubrir la realidad.


En Japón, los Objetivos de Desarrollo Sustentable de Naciones Unidas son extremadamente populares, pero no están cambiando la realidad, y esa es una de las razones por las que mi libro se hizo popular en Japón.


Pero no soy crítico de esos ideales, mi punto es que a veces son incompatibles con el capitalismo, con los intereses de las élites o de las ganancias comerciales.


Tenemos que cambiar el sistema capitalista de los últimos 300 años y esto no es algo que ni la discusión dominante sobre el capitalismo verde ni los objetivos de Naciones Unidas pueden resolver.


Frente a la crisis climática, usted propone reducir el crecimiento económico en el mundo. ¿Cómo pretende reducir el crecimiento económico, que significa recesión, sin causar menos empleos, más pobreza, más hambre? Porque eso es un hecho: cada vez que hubo grandes recesiones en la historia, la gente sufre las consecuencias de manera brutal...


El problema es que cuando hablamos de crecimiento, solo miramos el PIB. El PIB puede crecer con las guerras, o privatizando el sistema de salud, por ejemplo.


Entiendo que si no hay crecimiento, eso lleva a una recesión, desempleo, etcétera. Mi punto es que el decrecimiento no es eso. El decrecimiento no sólo se trata de disminuir la economía, se trata de abandonar el PIB como la única medida de progreso o prosperidad.


Deberíamos centrarnos más en la sostenibilidad, en el bienestar, en la igualdad. Así, no podemos considerar la guerra o la privatización de los recursos como progreso.


"Pienso que el decrecimiento no es algo necesario para los países latinoamericanos", dice Saito.



Sin embargo, el decrecimiento económico sí implica disminuir el tamaño de la economía y sí afecta a la gente...


Se trata de distinguir qué es esencial para la gente y qué no es esencial. Creo que podemos estar mucho mejor con un PIB más pequeño.


En Estados Unidos y los países europeos mucha gente murió durante el covid, siendo EE.UU. es el país más rico del mundo. Eso significa que el PIB en Estados Unidos es desperdiciado. Más PIB no salva más vidas.


Hoy tenemos miedo a caer en una recesión porque todo el sistema está diseñado en torno al crecimiento constante, pero podemos cambiar eso.


Podemos cambiar el sistema, cambiar la manera en que pagamos el arriendo, los intereses, las ganancias financieras y transformar gradualmente este sistema basado en el supuesto de que con el crecimiento eterno podemos tener una mejor sociedad.


Pero está consciente de que un PIB más bajo, un PIB negativo, va a causar sufrimiento de todas maneras, especialmente entre la gente más vulnerable...


Eso también es verdad. Realmente tenemos que buscar otra cosa que no sea el PIB.


Es muy poco probable que en América Latina los movimientos ambientalistas defiendan el comunismo. ¿Cree usted que su propuesta puede encontrar eco en un continente donde gobiernos que se han autodefinido como comunistas o socialistas, como Cuba, Nicaragua, o Venezuela, han sido denunciados por violar los derechos humanos y son criticados por sus prácticas no democráticas?


Bueno, pero también la región tuvo a [Jair] Bolsonaro [en Brasil], que dañó gravemente a la Amazonía, y ahora Argentina tiene a [Javier] Milei que está dañando la economía.


En otros países latinoamericanos, como Bolivia, Brasil, Colombia, hay líderes políticos más socialistas, de izquierda, progresistas, que están regresando al poder.


América Latina tiene una situación geopolítica muy difícil y hay países como Estados Unidos o China que están mirando a la región, porque es rica en sus recursos naturales, pero ha sido empobrecida por una larga historia de colonización.


Activistas ambientales marchan frente a una planta deTesla en Gruenheide, al sureste de Berlín, el 11 de mayo de 2024, para protestar contra los planes de la compañía de talar los árboles para ampliar la fábrica.FUENTE DE LA IMAGEN,GETTY IMAGES

Activistas ambientales protestan en Gruenheide, Alemania, con pancartas que dicen "comunismo para el futuro", o "comunismo climático ahora".

¿Y en ese contexto usted recomienda el decrecimiento para América latina?


Pienso que el decrecimiento no es algo necesario para los países latinoamericanos porque Latinoamérica está claramente subdesarrollada por su larga historia de colonización.


En cambio, los países europeos, Estados Unidos o Japón son países sobredesarrollados por la relación desigual que existe entre el norte global y el sur global.


Mi propuesta básica de decrecimiento es una solución para los problemas del norte global, donde los países sobreconsumen, sobreproducen, destruyendo el planeta.


Entiendo que el decrecimiento puede tener una mala imagen en países de África, China, India, o en Brasil. Entiendo que estos países a menudo necesitan más infraestructura, más desarrollo y por eso es que el norte global necesita reducir rápidamente el exceso de producción y consumo por el bien del sur global.


También entiendo que el término comunismo puede tener una mala imagen en Latinoamérica. Pero el comunismo, o el socialismo, no se trata de crear algún tipo de dictadura. Espero que la gente también reconozca que el orden capitalista en los países latinoamericanos en el pasado también provocó muchos problemas.


El filósofo Kohei Saito: "el comunismo puede ser muy atractivo para el futuro"





领风者 The Leader Вождь (Karl Marx Anime)- Opening




https://www.bbc.com/mundo/articles/cr54344ee0zo