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miércoles, 1 de octubre de 2025

Dios, ciencia, escarabajos y best-seller

 


Imagen tomada de El Opinadero.





REVISTA

Dios no es tema de la ciencia

Los argumentos “científicos” sobre la existencia de Dios son argumentos filosóficos sin valor de prueba. Que algunos los encuentren persuasivos dice más de sus fuerzas retóricas que de su solidez lógica.


Por Antonio Diéguez

1 agosto 2024


No deja de sorprender que un tema tan trillado como el de la ciencia y Dios vuelva cada cierto tiempo a la palestra, como si hubiera novedades que contar. Esta vez ha sido por la aparición de un libro que ha tenido un gran éxito en Francia y que también está creando revuelo en su traducción al español. Me refiero a Dios, la ciencia, las pruebas. El albor de una revolución (Funambulista), de Michel-Yves Bolloré y Olivier Bonnassies. El tema es rescatado en él no para sostener la incompatibilidad de la ciencia y la religión, como sido la tónica casi general desde los clásicos de John William Draper y de Andrew D. White a finales del XIX, sino todo lo contrario, para defender que la ciencia actual puede proporcionar pruebas convincentes de la existencia de Dios. No voy a hacer una reseña crítica del libro en lo que sigue, entre otras razones porque no lo he leído en su totalidad. Lo tomo solo como excusa para intentar clarificar algunos puntos sobre este asunto, aun cuando ingenuamente pensaba que ya no daba mucho más de sí.



Desde una perspectiva epistemológica y metodológica, la ciencia no sirve para demostrar que Dios existe, ni para demostrar que Dios no existe. Dejemos de lado la cuestión de si tiene sentido emplear el término “demostración” en ciencias empíricas. No es desde luego un término que se emplee en filosofía de la ciencia como sinónimo de confirmación, o de argumentación a favor, o de mero apoyo o indicio, como parece usarse muchas veces en este contexto. La cuestión principal es otra. Sencillamente, desde sus orígenes mismos, la ciencia moderna se intenta construir como un conocimiento empírico que deja fuera todo lo que vaya más allá de la experiencia controlable. Es verdad que Newton todavía recurre a Dios para explicar algún fenómeno natural, como que todos los planetas del Sistema Solar se muevan en el mismo sentido, y que antes de Darwin en biología también se hacía. Pero desde entonces, tanto la física como la biología tomaron un rumbo epistemológico y metodológico distinto, que es el que hoy sigue presentando la ciencia.


Ese rumbo, que se convierte ya en el siglo XIX en una característica definitoria de la ciencia, viene marcado por el naturalismo metodológico, según el cual, en la ciencia hemos de proceder como si solo hubiese entidades y causas naturales. Solo las causas naturales y las regularidades que las gobiernan tienen auténtica capacidad explicativa. Aclaremos que un científico no tiene por qué ser obligatoriamente un naturalista ontológico, que es una posición filosófica discutible, como todas, pero sí tiene que ser necesariamente un naturalista metodológico, porque si deja de serlo, deja de hacer ciencia. Así pues, por su propia naturaleza, la ciencia no puede decir nada acerca de Dios, porque entonces estaría asumiendo la existencia de lo sobrenatural, lo que queda excluido por su modo característico de explicar la realidad. Dedico un capítulo a todo esto en mi libro La ciencia en cuestión (Herder, 2024) y remito al lector interesado a las justificaciones filosóficas e históricas que allí detallo. Nadie encontrará jamás como consecuencia de los principios y leyes de una teoría científica el enunciado “Dios existe” o el enunciado “Dios no existe”. Y cualquier salto desde una hipótesis o una teoría científica a alguna cuestión relacionada con lo sobrenatural, se hace ya solo con base en la creencia personal del científico, no en lo que la ciencia autoriza.




La falsabilidad, por cierto, no tiene nada que ver con esto. La clave –insisto– es el naturalismo metodológico, no la falsabilidad. La falsabilidad es la posibilidad de refutar una hipótesis o teoría a partir de la experiencia. Fuera de la ciencia hay cosas falsables (como la idea pseudocientífica de que el agua tiene memoria o que los seres humanos convivieron con los dinosaurios) y dentro de la ciencia pueden aceptarse cosas infalsables (el segundo principio de la termodinámica lo es en la práctica, la teoría de cuerdas lo es por el momento, los multiversos también lo son). Por eso, la falsabilidad propuesta por Popper no es aceptada en la filosofía de la ciencia actual como una característica definitoria de la ciencia, aunque pueda ser ciertamente un rasgo muy deseable y buscado en las hipótesis científicas.




Lo que suele ocurrir cuando se dice que la ciencia apoya o demuestra la existencia de Dios (o todo lo contrario, que demuestra su no existencia) es que se utilizan argumentos filosóficos, cuando no claramente teológicos, que introducen en las premisas algún dato o hipótesis tomado de la ciencia, y todo ello para obtener conclusiones filosóficas o teológicas. Pero el hecho de que utilicen contenido científico en las premisas no los convierte en argumentos pertenecientes a la ciencia. Es claro que no es la ciencia la que establece las conclusiones, sino las interpretaciones filosóficas que algunos hacen de ella y que casi siempre han recibido cumplidas respuestas en el seno de la filosofía.


Al biólogo ateo John B. S. Haldane le preguntaron una vez qué podía decir la biología acerca de Dios, y este contestó que, dado que hay unas 9.000 especies reconocidas de aves y más de 300.000 especies de escarabajos, lo que la biología puede decir es que, si Dios existe, tiene una afición desmedida por los escarabajos. Interpreto la boutade de Haldane como una manifestación clara de que la pregunta misma carece de sentido en la ciencia.


Eso no significa que no haya determinadas creencias religiosas que sean incompatibles con la ciencia. Claro que las hay, y muchas. Por ejemplo, si uno acepta la teoría de la evolución, no puede aceptar que las especies biológicas, incluyendo la humana, fueron creadas por Dios tal y como son ahora, o no puede aceptar que la distribución del registro fósil en los diferentes estratos se debe al lugar en el que estaban los organismos durante el diluvio universal. No estoy defendiendo, por tanto, la tesis de Stephen Jay Gould del no solapamiento de los magisterios, porque creo que sí hay solapamientos entre las conclusiones de la ciencia y muchas creencias religiosas que tienen implicaciones sobre el mundo natural, como la del ejemplo evolutivo que acabo de poner.


El Gran Diseñador no es necesario para explicar la evolución de los seres humanos


Uno de los argumentos más esgrimidos para sustentar en la ciencia la existencia de Dios es que el ser humano presenta rasgos (la consciencia, las capacidades cognitivas fiables, los ojos, el lenguaje, la cultura, etc.) que no pueden proceder de la evolución por selección natural y que, por tanto, tienen que ser obra de un Gran Diseñador. El asunto de la singularidad humana frente al resto de los animales es complejo, no lo vamos a negar, y la discusión está presente ya en Darwin y en sus contemporáneos. Y, por supuesto, es un tema en el que las creencias religiosas han jugado un papel fundamental, aunque las aguas parecen ahora mejor encauzadas que hace 150 años.


El punto en el que, en efecto, puede radicar la discrepancia mayor entre muchos creyentes (de diversas religiones) y lo que mantiene una visión naturalista evolutiva es la mente humana. Como afirmó el papa Juan Pablo II en su “Mensaje a los miembros de la Academia Pontificia de Ciencias” el 22 de octubre de 1996, aunque el creyente puede aceptar que el cuerpo humano es producto de la evolución biológica, ha de asumir la existencia de un “alma” que no es producto de la evolución, ni surge de la materia, sino que es creación de Dios. Y entonces, importará lo que entendamos por “alma”. Si se trata de un principio espiritual, indestructible por la muerte, y en el que reside lo que de especial y valioso hay en el ser humano, incluyendo la autoconsciencia y la razón, entonces el creyente asume una idea que, por respetable que sea, no pertenece a la ciencia, puesto que presupone la existencia de lo sobrenatural y de Dios, y, en consecuencia, no puede utilizar esa misma idea como base para intentar demostrar desde la ciencia que Dios existe. No tiene sentido decir que lo singular del ser humano reside en un alma espiritual e inmaterial y concluir de ahí que la singularidad del ser humano prueba la existencia de Dios, puesto que lo que está en cuestión es si se da tal singularidad y, en caso de darse alguna, si esta es explicable sin recurrir a lo sobrenatural. De hecho, si por “alma” entendemos lo que la ciencia llama mente, o, de forma menos comprometida ontológicamente, procesos mentales, entonces no hay más remedio que discrepar de la posición que mantiene que no puede ser el resultado de la evolución por selección natural. Los estudios actuales sobre cognición animal, etología cognitiva, primatología y paleonantropología muestran de una forma muy convincente que la mente humana, igual que la mente de los animales, es producto de una historia evolutiva en buena parte compartida. Está bien documentado al respecto en la literatura científica la existencia en los grandes simios de un grado bastante alto de autoconsciencia, de metacognición (es decir, de acceso a sus propios estados cognitivos) y de capacidad para realizar inferencias causales y de otros tipos. Se discute incluso, con evidencias cada vez más favorables, si poseen una Teoría de la Mente, es decir, si saben interpretar a los otros como agentes intencionales, agentes cuya conducta obedece a estados mentales.


Ha de admitirse, sin embargo, que no todos los que aceptan una visión naturalista de la mente están dispuestos a asumir que es el producto de la selección natural. Hay quien piensa que es un subproducto de la evolución (una exaptación), o quien piensa que es más bien una lenta construcción social. Hay hasta quien piensa que no tiene sentido hablar de mente desde un punto de vista científico. En mi opinión, estas explicaciones no adaptacionistas son mucho menos parsimoniosas y plausibles que la explicación adaptacionista, pero, en todo caso, el tema de la evolución de las capacidades cognitivas humanas está en auge.


La percepción del abismo ontológico entre seres humanos y animales (que cuando se refiere a las capacidades cognitivas quizás sería mejor llamarlo “abismo epistemológico”) puede ser debida a que han desaparecido todas las especies de homínidos descendientes del ancestro común que tenemos con los chimpancés, y que existió hace algo más de 6 millones de años.


Este aparente abismo en lo que a las capacidades cognitivas se refiere ha llevado a algunos, como al filósofo creyente norteamericano Alvin Plantinga, a sostener que solo la acción de Dios puede explicar la fiabilidad de las mismas. Una fiabilidad tal que nos permite conocer el mundo con la precisión con la que la ciencia lo hace. Según Plantinga, la probabilidad de que la presión selectiva conduzca por sí sola a la posesión de capacidades cognitivas tan fiables es –según su tesis– baja o inescrutable y, por tanto, tenemos buenas razones para aceptar la intervención sobrenatural en la aparición de las mismas. Este razonamiento se basa en la idea de que, incluso si asumimos el adaptacionismo evolucionista, la selección natural no puede explicar la fiabilidad de dichas capacidades, puesto que para la supervivencia y reproducción bastan capacidades cognitivas efectivas en la consecución de esos fines, aunque no sean fiables en su representación del mundo. Nuestras capacidades cognitivas tienen un grado de fiabilidad que va mucho más allá de lo que necesitamos para la lucha por la supervivencia y el éxito reproductivo. La debilidad del argumento es que no es en absoluto evidente que la fiabilidad de las capacidades cognitivas humanas no pueda ser explicada de una forma naturalista. De hecho, la epistemología evolucionista, una corriente de pensamiento fundada por Quine, sostiene justo lo contrario. Sin esas capacidades cognitivas fiables los primates y, entre ellos, los seres humanos no habrían podido, por ejemplo, adaptarse al ambiente social complejo en el que viven. En un ambiente social complejo el éxito reproductivo depende en gran medida de lo correctas que sean, por ejemplo, las creencias sobre las relaciones dentro del grupo.


El creyente, si así lo quiere, puede hacer compatible su aceptación de la evolución del ser humano, incluida la evolución de la mente humana, con su creencia en Dios. Hay creyentes evolucionistas que consideran que el proceso general de la evolución por selección natural está últimamente regido de algún modo por la voluntad de Dios. Un ejemplo notable fue el biólogo evolucionista Theodosius Dobzhanky, que era un creyente fervoroso. Lo que no puede hacer (y me parece que muchos creyentes estarían de acuerdo con esto) es basar una supuesta demostración de la existencia de Dios en que hay algo en el ser humano que escapa a una explicación científica evolucionista, porque, aunque por ahora lo hubiera, en nada probaría esa carencia la existencia de Dios. Digamos de pasada que la evolución biológica es un hecho bien establecido por la ciencia, y que la supuesta crisis de la teoría de la evolución a la que algunos aluden cuando se discuten estos temas consiste únicamente en ver si la versión actual de la teoría de Darwin, la Teoría Sintética, necesita de una ampliación bajo los mismos supuestos fundamentales o debe introducir algunos supuestos nuevos que complementen la acción de la selección natural en la explicación de la aparición de ciertos rasgos novedosos.


El Gran Diseñador no es necesario para explicar la evolución de rasgos complejos


Un planteamiento similar al que acabamos de exponer es el que encontramos en el llamado “Diseño Inteligente”. Dentro del ámbito protestante, en especial de las iglesias evangélicas de los Estados Unidos, lleva tiempo arraigando esta corriente. Según la doctrina del Diseño Inteligente, la biología nos muestra la existencia de fenómenos que presentan una “complejidad irreductible”, es decir, que contienen mecanismos que solo pueden ser funcionales si están completos, y no sirven de nada si falta alguno de sus elementos. Esos fenómenos no podrían ser el resultado de un proceso de evolución por selección natural, puesto que la evolución darwiniana requiere que cualquier sistema complejo se haya ido formando gradualmente a partir de elementos más simples. Tales fenómenos de complejidad irreductible, como el que presentaría, según los defensores de esta tesis, el flagelo bacteriano o la cascada química de coagulación de la sangre, serían, por tanto, pruebas de un “diseño inteligente” en la naturaleza que debe ser obra de un Diseñador.


No puede decirse que el argumento sea nuevo. Un antecedente claro lo encontramos en 1802, en la obra Teología natural, de William Paley. Si encuentro un reloj en la playa –decía Paley, al que Darwin admiraba mucho–, aunque no sepa lo que es, solo con ver su estructura compleja, puedo inferir que no está ahí de forma espontánea, como lo está cualquier guijarro, sino que es obra de un diseñador que lo ha realizado para un fin determinado. Según Paley, los seres vivos presentan signos de diseño comparables o más sofisticados que los de un reloj y eso debe llevarnos a concluir que son criaturas diseñadas por Dios. La analogía falla, puesto que, desde la perspectiva evolucionista, la selección natural, junto con algunos otros mecanismos evolutivos, es la que genera esa apariencia de diseño, sin necesidad de un diseñador.


Desde que surgiera esta propuesta, han sido muchos los biólogos y filósofos de la biología que la han rebatido con buenos argumentos. El concepto de “complejidad irreductible” es confuso y carece de rigor científico. Es evidente que la mera complejidad no exige una intención (muchos sistemas complejos, en física, por ejemplo, tienen explicaciones no intencionales). Lo que parece exigir la existencia de un Diseñador, según los defensores del Diseño Inteligente, es la “irreductibilidad” de dicha complejidad; pero esa “irreductibilidad” lo único que significa es que ellos creen que nunca se podrá mostrar que el sistema en cuestión es el resultado de un proceso gradualista de selección natural. Ahora bien, el evolucionista no acepta dicha “irreductibilidad” como un dato bruto.


De hecho, ha habido estudios que han ofrecido una explicación evolutiva de los dos ejemplos favoritos del Diseño Inteligente que hemos mencionado. El flagelo bacteriano comparte una buena parte de la estructura de su rotor con los poros activos de la membrana celular de las bacterias conocidos como Sistema Secretorio Tipo III. A través de este tipo de poros las bacterias inyectan proteínas en las células del organismo infectado. De las 22 proteínas que componen el flagelo de Salmonella, por ejemplo, veinte son homólogas de proteínas que forman parte de otros sistemas. Hay indicios sólidos obtenidos mediante análisis filogenéticos de los genes de cuarenta y un especies de bacterias flageladas que apuntan la posibilidad de que el flagelo bacteriano surgiera por duplicación y modificación sucesiva de unos pocos genes, quizá de uno solo. En cuanto a la cascada química de coagulación de la sangre, se ha comprobado que puede seguir funcionando en ciertos animales aun cuando falten algunas de sus partes.

Microscopía electrónica de Salmonella typhimurium


El defensor del Diseño Inteligente quizás no acepte esa explicación, o busque nuevos ejemplos, pero lo importante es que su afirmación de que no hay explicación evolucionista posible de los ejemplos que pone de sistemas de “complejidad irreductible” no se sostiene y que, si por definición considera que la complejidad irreductible jamás podrá tener una explicación naturalista, sea la que sea, asume una posición que se autoexcluye de la ciencia, a la que, por cierto, no ha hecho ninguna contribución.


Hipótesis científicas acerca del origen de la vida


Otro de los argumentos que suelen aducirse para basar en la ciencia la existencia de Dios es el de la extremada improbabilidad del origen de la vida por causas puramente naturales. No solo no hemos sido capaces de crear vida en el laboratorio, y quizás nunca lo seamos, sino que la forma de vida más simple, una bacteria, es de una complejidad enorme que –según el argumento– no puede surgir por mera combinación aleatoria de componentes materiales (abióticos) más simples. La información contenida en el código genético, que rige la estructura de cualquier ser vivo, sería una manifestación muy clara de esa complejidad irreductible al mero azar.


En el argumento se suele suponer que el surgimiento de la vida por causas naturales implica que ha tenido que ser por azar. No se considera en tal caso la posibilidad de una evolución prebiótica en la que actuaran factores selectivos adicionales, principios autoorganizativos y constricciones físicas que facilitaran la formación de polímeros necesarios para la vida, lo que, sin embargo, es una hipótesis bastante verosímil. No tenemos, además, seguridad de que la vida sea un acontecimiento tan improbable como establece el argumento. De hecho, es posible –y esto es hoy doctrina común– que la vida hubiera surgido de forma independiente varias veces en nuestro planeta, aunque todos los seres vivos actuales son descendientes de un solo ancestro común, al que se designa como luca (por Last Universal Common Ancestor).


Algunos críticos han señalado que la noción de improbabilidad carece de sentido en este contexto (¿de qué tipo de probabilidad se habla?). ¿Podríamos preguntarnos igualmente por la probabilidad de que uno mismo haya nacido, en lugar de que no naciera o naciera otra persona? Si es así, esta probabilidad sería infinitesimal como quien dice, pues debería incluir a su vez la (im)probabilidad de que hubiera nacido cada uno de nuestros ancestros en lugar de individuos con otras combinaciones genéticas procedentes de otros óvulos y otros espermatozoides, así como la (im)probabilidad de que se hubieran conocido y apareado cada uno de esos ancestros masculinos y femeninos. Sin embargo, tenemos una explicación natural para el hecho de haber nacido que nos satisface, y no consideramos necesario apelar a la intervención divina para ello.


El estudio del origen de la vida es un tema científico cada vez más atendido, pero lo es desde hace no mucho. Es de rigor mencionar el experimento de Stanley Miller a comienzos de los cincuenta, en el que obtuvo aminoácidos y otras moléculas orgánicas a partir de una mezcla química y unas condiciones que supuestamente simulaban las condiciones de la Tierra primitiva. Algo todavía muy alejado de la vida. En los últimos años se han formulado diversas hipótesis para explicar lo que pudo suceder en el comienzo de la vida, aunque son hipótesis que solo pueden contar con evidencias muy indirectas, pero no se olvide que hay disciplinas científicas muy sólidas, como la cosmología o la paleontología, en las que las evidencias indirectas juegan un papel fundamental.


La hipótesis que más aceptación tiene por el momento es la del mundo del arn, a veces conocida como “los genes primero”. Sugiere que la vida surgió como un polímero portador de información (posiblemente arn) capaz de replicarse a sí mismo y de desempeñar en el proceso una función catalítica, aunque sin capacidad de metabolizar. La hipótesis rival habla más bien de vesículas aisladas del entorno por una membrana lipídica que encerraron reacciones químicas automantenidas. Se la conoce como “el metabolismo primero”. No sabemos si alguna de las dos es correcta o si hay otra explicación mejor que aún ignoramos. Quizás ambas tengan su parte de verdad, como sugirió el físico Freeman Dyson, porque la vida, según decía John von Neumann, no es una cosa, sino dos: replicación y metabolismo.


Por lo poco que sabemos, puede haber miles de planetas solo en nuestra galaxia, muchos millones según los más optimistas, que cumplan las condiciones necesarias para que se dé la vida, lo cual no significa, por supuesto, que la vida haya tenido que surgir en ellos. De ahí la importancia de seguir buscando vida o restos de vida pasada (biofirmas) en esos otros planetas, a lo que se dedica la exobiología. Entre las dificultades que encierra todo esto está el que, por no saber, tampoco sabemos qué condiciones serían realmente imprescindibles para el surgimiento de la vida, si es que esta puede tomar formas muy diferentes a las que conocemos. Ni siquiera tenemos una definición consensuada de qué es la vida. Puede que el término “vida” no designe una categoría homogénea, no sea un “género natural”. ¿Es un virus informático capaz de modificarse a sí mismo un ser vivo? ¿Lo es un virus natural o un prión? ¿Lo serían los robots de Asimov o un cíborg como Robocop? ¿Lo es Gaia, toda la biosfera en su conjunto?

Olivier Bonnaissies (izqda.) y Miche-Yves Bolloré (drcha.) Imagen tomada de Retrato literario.

El argumento del ajuste fino


Sin lugar a dudas, el argumento que ha cobrado más fama en los últimos años es del ajuste fino, y hay que reconocer que tiene fuerza. Se ha convertido en la principal pieza de convicción de los que quieren resucitar la teología natural. Según dicho argumento, el universo parece tener un orden especialmente diseñado para poder albergar vida en él. Variaciones muy pequeñas en el valor de las constantes físicas, en las condiciones iniciales del universo o en las leyes de la naturaleza habrían dado lugar a un universo en el que habría sido imposible la vida, cuando no a un mero caos. Tomemos el caso de la constante de estructura fina, que se obtiene de dividir la carga eléctrica elemental elevada al cuadrado por el producto de la velocidad de la luz multiplicado por la constante de Planck, y cuyo valor es aproximadamente 1/137. Una variación de menos de un 1% de ese valor haría que en las estrellas no se produjese suficiente carbono como para que la vida hubiera podido surgir en algún planeta (al menos una vida basada en el carbono). Igualmente, si la fuerza fuerte, que mantiene unidos a los protones y neutrones dentro del núcleo atómico, hubiera tenido un valor ligeramente menor del que tiene, no se habrían formado las cantidades necesarias de carbono y oxígeno que encontramos en el universo y que posibilitan la vida en nuestro planeta. A su vez, la fuerza fuerte ha de estar finamente ajustada con la fuerza electromagnética para que la proporción de carbono y oxígeno producido en las estrellas sea la adecuada para la vida. Si la gravedad hubiera sido más intensa esto habría inhibido también la aparición de la vida. Y en la literatura sobre el tema pueden encontrarse más ejemplos.


Si el argumento del ajuste fino se lleva de la improbabilidad de un universo ordenado que pueda albergar vida a la improbabilidad de un universo capaz de dar lugar a un ser inteligente y consciente como el ser humano, se convierte entonces en lo que se conoce como argumento antrópico fuerte, pero en lo esencial se trata de lo mismo.


El filósofo Richard Swinburne ha proporcionado una variante con lo que podría decirse que es un ajuste fino especial. Swinburne se pregunta por las condiciones que tienen que darse para que un universo sea capaz de albergar seres humanos con libre albedrío, responsabilidad y comportamiento moral. Sostiene que solo la hipótesis teísta puede dar cuenta de algo así. Es dudoso, sin embargo, que esta variante añada algo sustancial. Si aceptáramos que hay una explicación naturalista para un universo con vida, no es un problema teórico insalvable proporcionar una explicación evolutiva del comportamiento moral, como mostró el propio Darwin en su libro El origen del hombre y la selección en relación al sexo. Primatólogos como Tomasello o Frans de Waal lo vienen haciendo desde hace tiempo. En palabras de este último, “toda la moralidad humana es un continuo con la socialidad de los primates”.


Pero volvamos a la versión original del argumento del ajuste fino. ¿Demuestra que Dios hizo el universo de forma que las constantes físicas y las leyes fundamentales tuvieran exactamente ese valor y no otro? Así lo creen, obviamente, sus defensores, que no ven una alternativa mejor. Sin embargo, el argumento no tiene la fuerza probatoria que ellos pretenden. Hay explicaciones naturalistas alternativas del ajuste fino, como la hipótesis de los multiversos, que sostiene que nuestro universo no es más que uno entre una multitud de universos que también existen, aunque no interactúan. En esos otros universos las constantes físicas tienen valores distintos y, por tanto, la gran mayoría o son caóticos o no son lo suficientemente ordenados para albergar vida. Los críticos teístas señalan que la hipótesis de los multiversos es una explicación ad hoc del ajuste fino que carece de cualquier apoyo empírico independiente. Al parecer, no son capaces de ver el mismo problema, y bastante agravado, en su propia explicación. Aunque la hipótesis de los multiversos ha surgido en un debate filosófico, como este que describimos, y por ahora tiene un carácter ad hoc, hay que decir que, en principio, nada impide que forme parte de la ciencia, incluso aunque se considere que no es falsable y probablemente nunca lo sea, porque, como ya dijimos, el criterio de falsabilidad hace tiempo que fue abandonado como criterio de cientificidad.


Por otro lado, hasta donde sabemos, no podemos descartar la idea de que haya alguna o varias causas naturales para que las constantes físicas tengan el valor que tienen, o que, simplemente, estemos enfocando mal el problema. Algunos físicos, como Fred C. Adams, de la Universidad de Michigan, han defendido en diversos estudios que el rango de valores para estas constantes que habrían permitido la existencia de estrellas y de la vida es mayor de lo que se piensa, e incluso podrían haber existido combinaciones de valores más propicias aún que las de nuestro universo.


Una recapitulación


Obsérvese que estos argumentos que hemos presentado, y que son los más socorridos, en realidad no utilizan un conocimiento científico para demostrar que Dios tiene que existir, sino que el esquema argumental parte más bien de la tesis de que hay algo que la ciencia no puede explicar, supone que jamás podrá hacerlo, y de ahí infiere que solo cabe explicarlo apelando a Dios. Son versiones distintas de lo que tradicionalmente se ha llamado “el Dios tapa agujeros” o “el Dios de los vacíos”. Un problema no menor de esta estrategia es que si la ciencia consigue tapar el agujero, como ha ocurrido con el ejemplo del flagelo bacteriano o la cascada química de la coagulación de la sangre, el que se ha basado en ella para probar la existencia de Dios queda en evidencia.


Por eso, para algunos teólogos esta mezcla de la ciencia y lo divino es una estrategia equivocada. Lo expresa claramente el teólogo de la Universidad de Georgetown John F. Haught en su libro crítico con el naturalismo Is nature enough? (Cambridge University Press, 2007, p. 72): “Aunque teológicamente pueda resultar tentador seguir esta línea de investigación, preferiría hacer caso a la advertencia de Paul Tillich de que hay que evitar que las explicaciones teológicas parezcan hacer de la acción divina parte de una serie causal científicamente comprensible.”


Desde un punto de vista lógico, se trata de inferencias abductivas, una forma de inferencia no demostrativa. Las premisas podrían, por tanto, ser verdaderas y la conclusión falsa, al igual que sucede en la inducción, y a diferencia de la deducción, que sí es demostrativa. En las inferencias abductivas, se parte de un fenómeno que necesita una explicación y se concluye aquella hipótesis que mejor explica dicho fenómeno, entendiendo por tal aquella de las explicaciones disponibles que sea más simple, más coherente con otras hipótesis aceptadas, más exacta, más capaz de encajar todos los detalles, más abarcadora, etc. El esquema argumental sería el siguiente: D es una colección de datos; la hipótesis H explica D; ninguna otra hipótesis puede explicar D tan bien como H; por lo tanto, H es probablemente verdadera. Es un tipo de argumento bastante común en la vida cotidiana, y es, por ejemplo, el que utiliza Sherlock Holmes en las novelas de Conan Doyle.


Para que una inferencia abductiva funcione bien hay que tener bastante seguridad de que, en efecto, ninguna otra hipótesis puede explicar tan bien los datos como lo hace la hipótesis que se quiere concluir. Pero esto es precisamente lo que está en cuestión en este caso. De hecho, se puede decir que en estos argumentos la hipótesis teísta no explica nada en realidad, puesto que no aporta ninguna información nueva acerca de ningún fenómeno natural decir que es así justamente porque Dios lo ha querido. No se añade nada con lo que consigamos una mejor comprensión del fenómeno, no aprendemos nada nuevo acerca de él.


Aclaro para terminar que si he hecho referencia a todos estos supuestos argumentos “científicos” en favor de la existencia de Dios no es para rebatirlos aquí, lo que sería pretencioso en tan poco espacio, sino únicamente para ilustrar lo que he tratado de decir, a saber, que son argumentos filosóficos que no tienen en absoluto el carácter de prueba en ningún sentido en que esta palabra puede usarse en la ciencia, y que su aparente fuerza consiste en saltar injustificadamente de hechos que parecen inexplicables por la ciencia a afirmar que solo pueden ser explicados por la existencia de Dios, obviando que esa explicación científica existe en muchos casos. No niego que para algunos creyentes estos argumentos puedan resultar persuasivos; seguro que lo son, y ahí no tengo nada que decir, pero esto no los convierte en buenos argumentos, solo muestra que tienen fuerza retórica. Lo que sí cabe negar es que permitan afirmar que la ciencia actual proporciona pruebas de la existencia de Dios, como algunos pretenden. ~



No.309 / septiembre 2024

 


Aparece en:


NO.275 AGOSTO 2024


Clásicos de la columna literaria


España



Antonio Diéguez

Antonio Diéguez es catedrático de lógica y filosofía de la ciencia en la Universidad de Málaga. En 2021 publicó Cuerpos inadecuados: El desafío transhumanista a la filosofía (Herder)



https://letraslibres.com/revista/dios-no-es-tema-de-la-ciencia/01/08/2024/



sábado, 20 de abril de 2024

El Muskismo: Las malas lecturas de Ciencia Ficción de Elon Musk y sus panas tecnobillonarios

 

Elon Musk, Bill Gates y Jeff Bezos. Imagen tomada de Infobae.






Elon Musk y los tecnobillonarios han leído mal la ciencia ficción


Imagen de Robert Beatty




7 de noviembre de 2021




Por Jill Lepore


Es profesora de historia en Harvard y presentadora del pódcast, “Elon Musk: The Evening Rocket”, del cual se adaptó este ensayo.





La última semana de octubre, Bill Gates cumplió 66 años y lo celebró en una cala de la costa de Turquía, trasladando a los invitados desde un yate alquilado hasta un complejo turístico de playa en un helicóptero privado. Entre los invitados, según los informes locales, se encontraba Jeff Bezos (valor neto: 197.000 millones de dólares), quien después de la fiesta voló de vuelta a su propio yate, que no debe confundirse con el “superyate” que está construyendo y cuyo valor asciende a más de 500 millones de dólares.


La persona más rica del mundo, Elon Musk (valor neto: 317.000 millones de dólares), no asistió. Lo más probable es que estuviera en Texas, donde su empresa Space X estaba preparando el lanzamiento de un cohete. Mark Zuckerberg (valor neto: 119.000 millones de dólares) tampoco estuvo allí, pero al día siguiente de la fiesta de Gates, anunció su plan para el metaverso, una realidad virtual en la que, llevando unos auriculares y un equipo que te aísla del mundo real, puedes pasar el día como un avatar haciendo cosas como ir a fiestas en islas remotas del Egeo o subir a un yate o volar en un cohete, como si fueras obscenamente rico.


El metaverso es a la vez una ilustración y una distracción de un giro más amplio y preocupante en la historia del capitalismo. Los tecnobillonarios del mundo están forjando un nuevo tipo de capitalismo: el muskismo. Musk, a quien le gusta burlarse de sus rivales, se mofó del metaverso de Zuckerberg. Pero desde las misiones a Marte y a la Luna hasta el metaverso, todo es muskismo: capitalismo extremo y extraterrestre, donde los precios de las acciones se rigen menos por las ganancias que por las fantasías de la ciencia ficción.



El término metaverso procede de una novela de ciencia ficción de 1992 escrita por Neal Stephenson, pero la idea es mucho más antigua. Hay una versión de ella, la holocubierta, en Star Trek, una serie de televisión con la que Bezos estaba obsesionado de niño; el mes pasado, envió al espacio a William Shatner, el actor que interpretó al Capitán Kirk en la serie original. Después de haber leído historias sobre la creación de mundos en la infancia, los multimillonarios, ahora como adultos, tienen la suficiente riqueza para construirlos. Los demás estamos atrapados en ellos.

Neal Stephenson


Por extraño que parezca, el muskismo, una forma extravagante de capitalismo, se inspira en historias que critican… al capitalismo. En Amazon Studios, Bezos intentó hacer una adaptación para televisión de La Cultura, una serie de libros que crean una epopeya espacial del escritor escocés Iain Banks (“un gran favorito personal”); Zuckerberg incluyó un volumen de esta antología en una lista de libros que piensa que todos deberían leer, y, en una ocasión, Musk tuiteó: “Si acaso se lo preguntan, soy un anarquista utópico como los que de manera atinada describe Iain Banks”.


William Shatner comparte su profunda experiencia en el espacio



Sin embargo, Banks era un socialista declarado. Y, en una entrevista de 2010, tres años antes de su muerte, describió a los protagonistas de La Cultura como “comunistas hippies con hiperarmas y una profunda desconfianza tanto de la mercadolatría como de la codicia”. También expresó su asombro por el hecho de que alguien pudiera leer en sus libros un fomento del libertinaje del libre mercado, y preguntó: “¿Qué parte de la falta de propiedad privada y la ausencia de dinero en las novelas de La Cultura esta gente no vio?”.

Iain Banks


Hay que reconocer que es posible que la afición a la ciencia ficción de estos hombres se deba a la palabrería de los tecnócratas, pero se trata de personas muy inteligentes y da la sensación de que en efecto leyeron esos libros. (Gates, filántropo, no está muy involucrado en todo esto. “No me interesa Marte”, dijo el invierno pasado. Leía mucha ciencia ficción de niño, pero en general es cosa del pasado para él, y, he de confesar que en una ocasión incluyó un libro mío en una lista de libros para regalar en las fiestas navideñas, así que quién soy yo para cuestionar su gusto literario). Parece que el muskismo implica una mala interpretación de la lectura.



El muskismo se originó en el Silicon Valley de la década de 1990, cuando Musk abandonó un programa de doctorado en Stanford para crear su primera empresa y luego la segunda, X.com. A medida que la brecha entre ricos y pobres se hacía cada vez más grande, las pretensiones de las empresas emergentes de Silicon Valley se hacían cada vez más grandilocuentes. Google abrió una división de investigación y desarrollo llamada X, cuyo objetivo es “resolver algunos de los problemas más difíciles del mundo”.




Las empresas tecnológicas comenzaron a hablar sobre su misión, y su misión siempre parecía muy rimbombante: transformar el futuro del trabajo, conectar a toda la humanidad, hacer del mundo un lugar mejor, salvar el planeta entero. El muskismo es un capitalismo en el que las empresas se preocupan (de manera muy pública y apasionada) por todo tipo de desastres que acaban con el mundo, por la catástrofe demasiado real del cambio climático, pero con mayor frecuencia se preocupan por los misteriosos “riesgos existenciales”, o riesgos x, incluida la extinción de la humanidad, de la que, al parecer, solo los tecnobillonarios pueden salvarnos.


Pero el muskismo también tiene orígenes anteriores, incluso en la propia biografía de Musk. Gran parte del muskismo emana del movimiento tecnocrático que floreció en Norteamérica en la década de 1930, encabezado por el abuelo de Musk, Joshua N. Haldeman, un ferviente anticomunista. Al igual que el muskismo, la tecnocracia se inspiró en la ciencia ficción y se basaba en la convicción de que la tecnología y la ingeniería pueden resolver todos los problemas políticos, sociales y económicos. Los tecnócratas, como se llamaban a sí mismos, no confiaban en la democracia, los políticos, el capitalismo ni la moneda. Además, también se oponían a los nombres de pila: un tecnócrata se presentó en un mitin como “1x1809x56”. El hijo menor de Elon Musk se llama X Æ A-12.


El abuelo de Musk, un aventurero, trasladó a su familia de Canadá a Sudáfrica en 1950, dos años después del inicio del régimen del apartheid. En la década de 1960, Sudáfrica atrajo a los inmigrantes presentándose como un lujoso paraíso para los blancos, bañado por el sol y hecho a medida. Elon Musk nació en Pretoria en 1971 (para que quede claro, Elon Musk fue un niño del apartheid, no un autor del mismo. Además, abandonó Sudáfrica a los 17 años para evitar ser reclutado por el ejército, lo cual era obligatorio).


En la adolescencia, leyó Guía del autoestopista galáctico de Douglas Adams; tiene previsto bautizar el primer cohete de SpaceX a Marte con el nombre de la nave espacial protagonista de la historia, el Corazón de Oro. En esta novela no hay ningún metaverso, pero sí un planeta llamado Magrathea, cuyos habitantes construyen una computadora enorme para hacerle una pregunta sobre “la vida, el universo y todo lo demás”. Transcurridos millones de años, contesta: “Cuarenta y dos”. Musk afirma que el libro le enseñó que: “si puedes formular correctamente la pregunta, entonces la respuesta es la parte fácil”. Pero esa no es la única lección de esta novela que tampoco empezó como un libro. Adams la escribió para la BBC Radio 4 y, a partir de 1978, se emitió en todo el mundo, incluso en Pretoria.


“Hace mucho, entre la niebla de los tiempos pasados, durante los grandes y gloriosos días del antiguo Imperio galáctico, la vida era turbulenta, rica y ampliamente libre de impuestos”, entona el narrador al comienzo de uno de los primeros episodios. “Desde luego, muchos hombres se hicieron sumamente ricos, pero eso era algo natural de lo que no había que avergonzarse, porque nadie era verdaderamente pobre, al menos nadie que valiera la pena mencionar”. En otras palabras, Guía del autoestopista es una extensa y muy divertida crítica de la desigualdad económica, una tradición de la ciencia ficción que se remonta a las distopías de H. G. Wells, un socialista.



La ciencia ficción de los primeros tiempos surgió en una época de imperialismo: las historias sobre viajes a otros mundos por lo general eran historias sobre el Imperio británico. Como dijo el propio Cecil Rhodes: “Me apoderaría de los planetas si pudiera”. En sus inicios, la mejor ciencia ficción denunciaba el imperialismo. Wells comenzó La guerra de los mundos, su novela de 1898 en la que los marcianos invaden la Tierra, haciendo un comentario sobre la expansión colonial británica en Tasmania, y escribió que los tasmanienses, “a despecho de su figura humana, fueron enteramente borrados de la existencia en una guerra exterminadora de cincuenta años, que emprendieron los inmigrantes europeos. ¿Somos tan grandes apóstoles de misericordia que tengamos derecho a quejarnos porque los marcianos combatieran con ese mismo espíritu?”. Wells no estaba justificando a los marcianos; estaba acusando a los británicos.

Ursula K. LeGuin

Douglas Adams fue para Sudáfrica lo que H. G. Wells fue para el Imperio británico. La Asamblea General de la ONU denunció el apartheid por violar el derecho internacional en 1973. Tres años más tarde, la policía abrió fuego contra miles de estudiantes negros durante una protesta en Soweto, una atrocidad de la que informó la BBC a detalle.



Adams escribió Guía del autoestopista para la BBC en 1977. En ella arremete en especial contra los megarricos, con sus cohetes de propiedad privada, que fundan colonias en otros planetas. “Y para todos los mercaderes más ricos y prósperos, la vida se hizo bastante aburrida y mezquina y empezaron a imaginar que, en consecuencia, la culpa era de los mundos en que se habían establecido; ninguno de ellos era plenamente satisfactorio”, dice el narrador. “O el clima no era lo bastante adecuado en la última parte de la tarde, o el día duraba media hora de más, o el mar tenía precisamente el matiz rosa incorrecto. Y así se crearon las condiciones para una nueva y asombrosa industria especializada: la construcción por encargo de planetas de lujo”.

Octavia Butler


Justo esto parecería ser lo que pretenden los señores Bezos y Musk, con sus planes para la Luna y Marte, y anexarían los planetas si pudieran. ¿Y Douglas Adams? Escribió Guía del autoestopista en una máquina de escribir manual Hermes. Había decorado esa máquina de escribir con una calcomanía. Decía: “FIN AL APARTHEID”.


¿Cómo pudieron estos hombres entender tan mal estos libros? Una pista está en la ciencia ficción que parecen ignorar en gran parte: la nueva ola, el afrofuturismo, la ciencia ficción feminista y poscolonial, la obra de escritores como Margaret Atwood, Vandana Singh, Octavia Butler y Ted Chiang.



Ursula K. LeGuin escribió una vez un ensayo, una réplica a un ensayo de Virginia Woolf, sobre cómo el tema de todas las novelas es el ser humano ordinario, humilde y con defectos. Woolf la llamaba “la señora Brown”. LeGuin pensaba que la ciencia ficción de mediados de siglo (como la de Isaac Asimov y Robert Heinlein, otros dos escritores bastante admirados por Musk y Bezos) se había olvidado de la señora Brown. Le preocupaba que esta versión de la ciencia ficción pareciera estar “atrapada para siempre dentro de nuestras grandes y relucientes naves espaciales, que surcan a toda velocidad la galaxia”, naves que describió como “capaces de contener capitanes heroicos con uniformes negros y plateados” y “capaces de hacer volar en pedazos a otras naves hostiles con sus apocalípticas y holocáusticas pistolas de rayos, y de llevar a montones de colonos de la Tierra a mundos desconocidos”, y, por último, “naves capaces de cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa, excepto una: no pueden tener a la señora Brown como su pasajera”.


De izquierda a derecha: Asimov, Clarke y Heinlein.


El futuro imaginado por el muskismo y el metaverso (los mundos reales y virtuales que construyen los tecnobillonarios) tampoco pueden tener en sus filas a la señora Brown. Al interpretar mal la historia y la ficción, ni siquiera puede imaginarla. Creo que alguien debería hacer una calcomanía. Podría decir: “SALGAN DEL METAVERSO”.

Jill Lepore. Fotografía de Connie Yan. Imagen tomada de The Crimson,


Jill Lepore, profesora de historia en Harvard, acaba de publicar If Then: How the Simulmatics Corporation Invented the Future y conduce el pódcast de la BBC/Pushkin “Elon Musk: The Evening Rocket”, del que se adaptó este ensayo.


Tomado de The New York Times








Dimension X (Ep. 1) | Elon Musk: The Evening Rocket | Jill Lepore



ERVD | ¿Genio, vendehumos, estafador, visionario o todo ello junto?





Enlaces relacionados:


Elon Musk, el Lado Inseguro de la Fuerza y La mezquindad de los multimillonarios que viene acompañada de un gran poder.



El Muskismo: Las malas lecturas de Ciencia Ficción de Elon Musk y sus panas tecnobillonarios



jueves, 6 de octubre de 2022

Doctor José Gregorio Hernández: Un médico americano para la historia médica mundial


Imagen tomada de Academia Nacional de Medicina.





Dr. Ambrosio Perera

Miembro Fundador de la SVHM. (1904-1977) Trabajo presentado por el autor en el XXIII Congreso Internacional de Historia de la Medicina en Londres, Octubre de 1972



NR. Para la Dirección de la Revista, los Directivos y demás Miembros de la Sociedad Venezolana de Historia de la Medicina es motivo de satisfacción publicar este interesante trabajo, de uno de los doce ilustres Fundadores de la SVHM. La estructura y el lenguaje del texto reflejan el talento y el dominio de temas históricos del Dr. Perera, quien cumplía funciones en el exterior, como Embajador en Costa Rica, para el año de la publicación. Por otra parte hemos considerado notable dicho estudio biográfico del Doctor José Gregorio Hernández Cisneros (1864-1919), muy oportuno además, en la celebración del Sesquicentenario del natalicio del Dr. Hernández. Especialmente valioso es el análisis que hace el Dr. Perera, sobre diversas facetas de la personalidad y de la actuación del ilustre sabio trujillano, especialmente como educador médico y profesor universitario.

Parecerá audacia y quizás algo inoportuno el que, en un Congreso Internacional de Historia de la Medicina y ante sabio eminentes personajes del mundo civilizado, venga a hablar de un venezolano que, iluminado su cerebro en la cultura médica europea de las décadas postreras del siglo pasado, llego a su patria a violentar, con los métodos de la revolución pasteuriana las y con las conquistas de Claude Bernard, la enseñanza medica hasta el punto de darle nuevo rumbo y de hacer brotar, de la fuente luminosa del nuevo pensamiento, las verdades que dieron nuevas vías a la patogenia, a la cirugía y a la terapéutica médica.



Por trascendental que hubiera sido la labor de José Gregorio Hernández en su papel de vehículo de la revolución pasteuriana, podrá tal vez aparecer impregnada en un sentido regional de posibles semejanzas a la realizada por muchos; otros en las escuelas medicas de múltiples países. Pero es el caso que en José Gregorio Hernández se conjugaron factores de índole variada que lograron tallar la figura de un medico excepcional y al cual hoy se le tributa gran admiración entre gremios médicos y pueblos de varios países de América.

Fue José Gregorio Hernández no solo el fundador de la medicina experimental en Venezuela, sino también el profesor sabio y con gran intuición pedagógica, el filosofo perspicaz y valiente, el profesional abnegado y adornado con la aureola de una caridad conmovedora y con eso que se ha dado en llamar ojo clínico y el hombre de fe que supo encajar su vida en los moldes de elevadísima virtudes las que, a más de 50 años de su muerte, permanecen en el recuerdo con olor de santidad.

Mi propósito de hoy es claro que no puede ser otro que tratar de delinear algunas de las facetas más importantes que se sorprenden en la vida del sabio venezolano. Suerte singular mía seria que pudiera cumplir con mi propósito y ganar la atención de mis egregios oyentes y dejar en ellos grabada la figura de un medico americano que juzgo que merece entrar en las páginas de la historia de la medicina contemporánea.



Dije una vez que la medicina sin experimentación era comparable a la teología sin dogmas, a la jurisprudencia sin códigos, y a la pintura sin colores. De ahí deduje el valor trascendental que represento para la Escuela de Medicina de la Universidad Central de Venezuela la creación por José Gregorio Hernández de las cátedras de histología, de bacteriología y de fisiología experimental y el haber fundado una escuela médica moderna, de donde surgieron numerosos discípulos con potencialidad creadora con ellos nuevas enseñanzas, como la de la parasitología, que lleva al descubrimiento de parásitos mortales o anemiantes, tanto en el hombre como en animales.

El método pedagógico de Hernández tuvo la sencillez con que los sabios exponen lo que verdaderamente conocen y así mismo el don especial de ganar la atención placentera del discípulo. Hernández se salía de los moldes trazados en los textos magistrales y, dotados como estaba de una memoria profunda y bien orientada, dada a sus exposiciones una fisonomía peculiar, sin salirse de lo estrictamente científico y docente. Tenía un poder de síntesis asombroso, con lo que conseguía, en pocas palabras, desarrollar un tema difícil de compendiar. Oigámos como explicaba a sus alumnos la contractibilidad del tejido muscular:



“La única parte contráctil es la masa filamentosa en los protoplasmas de las células; pero en la célula muscular esta propiedad se ha exaltado en grado máximo. No se sebe bien en qué consiste la contractibilidad; en este punto no están de acuerdo los histologista y los fisiologistas. Si observamos un musculo que se contrae tenemos: 1º- Que cambia de forma; 2º- Cambia de dimensiones, aunque propiamente no existe el cambio de dimensiones, pues si aumenta un diámetro lo hace disminuyendo los otros y es por esto que cambia de forma. Si es esférico el cuerpo disminuye en algunos de sus diámetros, pero nunca hay disminución de volumen, como creen algunos; así pues, la contractibilidad es un cambio de diámetro. Este cambio se explica del modo siguiente: se supone que los cuerpos se componen de moléculas; supongamos una fibra compuesta de doce moléculas en dos hileras de seis y que se disloquen en tres hileras de a cuatro: se varia la forma; así se explica la contractibilidad diciendo que es un cierto movimiento en el interior que desplaza la materia en un sentido; pero como esto no es una propiedad característica, se supone que hay fuerzas encerradas dentro de los moléculas bajo las formas de materia y que, en un momento dado, el protoplasma rompe las moléculas y pone en libertad la energía. Así pues, la contractibilidad depende de una elaboración, pues esas materias que representan la energía son elaboradas por el protoplasma, lo que constituye su única propiedad, propia, pues las otras, unión, figurabilidad son físicas y comunes”



Hernández logro especializarse de manera notoria en la histología y fisiología del sistema nervioso. Sus láminas de tejido nervioso llamaron tanto la atención que en medios científicos europeos no las encontraron inferiores a las realizadas por el célebre sabio español don Santiago Ramón y Cajal. Transcribo enseguida uno de los párrafos de las maravillosas descripciones que sobre el sistema nervioso hacìa en sus clases.

“La célula nerviosa es el asiento de la influencia nerviosa, quiere esto decir que la consideramos como el asiento de las acciones. Estas acciones son tres: reflejas, automáticas y voluntarias (consientes o síquicas). A este respecto hay dos escuelas. Para la una esa influencia nerviosa refleja, automática y psíquica es el producto de la célula nerviosa, que la produce de por sí. Para la otra, esas influencias se producen en un principio distinto de la célula, el Alma, que luego las trasmite a la célula nerviosa. Dicho de otro modo, para la primera la célula es el principio de los actos nerviosos, en ella se produce la voluntad, así como la leche en la glándula mamaria, por ejemplo; para la segunda la célula nerviosa es, no el principio, que llamamos Alma, sino el co-principio de los actos nerviosos. Para la fisiología lo mismo da una teoría que la otra, las funciones se verifican del mismo modo con cualesquiera de las dos explicaciones. Esto no es cuestión de fisiología que estudia a este respecto las causas secundarias, sino de la metafísica, o sea la ciencia que estudia los actos primeros. Las dos hipótesis, por consiguiente, no chocan en fisiología sino en metafísica”.

En la anterior explicación se pone de relieve al científico puro, imparcial y respetuoso. Hay que saber que el doctor Hernández era un hombre profundamente creyente y piadoso, para valorar mejor la honradez y la ecuanimidad del científico. Veremos ahora otra descripción de la vida nerviosa dada por Hernández a sus discípulos:

“La célula nerviosa produce también la inervación trófica. Para la nutrición todo elemento anatómico tiene que estar en conexión con ella, porque ella gobierna su nutrición; de lo contrario perece. No sabemos cómo reciben esas influencias los elementos que no están en conexión con la célula nerviosa, los glóbulos blancos, por ejemplo; pero el hecho es que tienen que recibirla porque ellos tienen una vida dependiente; no pueden ser separados del organismo a que pertenecen sin que perezcan. También la célula nerviosa es el centro trófico de sus propias ramificaciones, lo cual se demuestra por una experiencia de merotomia. Si se corta una fibra nerviosa, el cabo que queda separado de la célula degenera”.



Con las anteriores transcripciones de las lecciones del doctor Hernández, tomadas por sus discípulos, no hemos pretendido otra cosa que poner en evidencia el excelente método pedagógico usado por el científico. Expresiones cortas, sentenciosas, claras, se ponen de relieve endichas transcripciones. El maestro tenía el don peculiar de lograr la creación de frases concisas y de fácil comprensión y memorización para sus oyentes.

Doctor José Gregorio Hernandez - Sabio y Santo Médico venezolano
Doctor José Gregorio Hernandez
Sabio y Santo Médico venezolano
Tocò al doctor José Gregorio Hernández fundar e inaugurar, en 1891, la cátedra de Bacteriología en la Universidad Central de Venezuela. Por vez primera los estudiantes de medicina empezaron a oír admirados, las lecciones sobre una ciencia que venía a cambiar la etiología y la patogenia con innovaciones trascendentales que echaban por tierra viejos conceptos que se habían tenido hasta entonces como los pilares sostenedores de la terapéutica. Empezó a repercutir en las aulas la palabra de Hernández, cargada del mayor respaldo científico experimental y que proclama la infección como obra de los microbios y señalaba los verdaderos agentes causales de muchas enfermedades, sobre las cuales se habían creado unas fantásticas etiologías, que, como es lógico, conducían al médico a emplear métodos caprichosos en el aire de curar. De las aulas la voz del maestro se extendió, como ondas salvadoras, entre los canosos profesores y profesionales, esclavos reverentes de los miasmas, de las sanguijuelas y de los calomelanos. Costo a los cirujanos tener que hacer caso a los dictámenes de la asepsia y a no confiar ciegamente en las enseñanza de Lister sobre la acción de los antisépticos.

La sorpresa fue mayor cuando vieron al joven venezolano, recién regresado de Europa, entrar un día a su clase con un gran aparato y con unas laminas preparadas por el mismo y que decía que si se miraba a través del grueso tubo dotado de dos lentes milagrosos se podía ver, muy claramente, en las laminas, que en apariencia nada contenían, a no ser una coloración translucida, unos corpúsculos, ya redondos y con varias formas de juntarse o ya como bastoncitos diferenciados entre sí. Nunca antes ningún venezolano, sino los pocos que habían tenido el privilegio de viajar a centros científicos europeos, había visto un gran microscopio y muchos ni siquiera imaginaban su existencia. Apenas pequeños microscopios simples habían sido importados por algún estudioso, como el caso del doctor Daniel Beauperthuy, que se salió del común por poseer una vocación especial alimentada por la siempre prometedora curiosidad científica.



Los alumnos de la cátedra de Bacteriología se hallaron felices al oír de labios del maestro la afirmación de que la luz que la bacteriología proyecta hacia la medicina es de tal intensidad que, por ella sola, había progresado mas en esos últimos años que en los muchos siglos que hasta entonces contaba la medicina científica. Los ávidos y admirados oyentes empezaron a tomar copias de las lecciones que oían y luego las rumiaban para mejor asimilar la nueva verdad que iluminaba al mundo.

Después de varios años dedicados a la cátedra, el doctor Hernández publico una obra compuesta de dos partes; la primera con el título de Bacteriología General y la segunda con el de Bacteriología Especial. En ellas se pone una vez mas de bulto al conspicuo profesor y al sabio que, sin rodeos y adaptaciones más o menos rebuscadas, expone con su habitual método pedagógico, de síntesis y frases cortas y llenas de erudición, todo lo concerniente a la nueva ciencia que le ha tocado implantar en Venezuela. Nada escapa al escritor científico de lo que tenga interés a no quedar en el olvido. El técnico acostumbrado a manipular cultivos, hacer preparaciones e inocular animales, describe los procedimientos conocidos de un modo peculiar suyo, que, a la vez que elimina las dificultades de muchas descripciones clásicas, despierta un interés tal que convierte en placentero lo que a veces es capaz de producir aburrimiento. Se pone en evidencia en las descripciones de Hernández el abundante caudal intelectual que ha recogido en el viejo mundo, de los propios labios de los grandes descubridores e innovadores. El profesor de bacteriología acompaña siempre la teoría a la práctica. De ahí que los conocimientos adquiridos por sus discípulos fueron sólidos y que muchos de estos llegaran a ser, en el futuro, por la técnica bacteriológica, por el inquieto espíritu experimentador y por la constancia en seguir los métodos del maestro, las mejores pruebas de su superación intelectual y docente.

En las descripciones que aparecen en su Bacteriología Especial no escapa nada que pueda dar luz al estudiante y despertar su atención y entusiasmo relacionado con la enfermedad infecciosa y con su agente productor. Sin dejar a un lado su método de síntesis, se ocupa en la morfología, en el cultivo y en la biología del microbio. Habla de los síntomas patognomónicos de las diferentes infecciones y describe, además, la anatomía e histología patológica de las mismas.

Infografía tomada de Boyacá Siete días.



De las técnicas especiales aplicadas para el descubrimiento y estudio de cada microbio y hasta de las vacunas y de la seroterapia entonces en uso y de las técnicas de las mismas. En algunos casos las observaciones y experimentaciones personales por él realizadas complementan sus enseñanzas en orden a las variaciones tropicales que algunas enfermedades sufren a consecuencia de factores autóctonos. En este sentido es admirable su trabajo sobre Anatomía Patológica de la Fiebre Amarilla. En él describe lo que ha encontrado en el estudio histológico por el realizado en el vaso, en el hígado y en el riñón de personas muertas por aquella enfermedad. Las conclusiones a que llega son de suma importancia e innovadoras en algunos conceptos clásicos sobre dicha enfermedad.

Aunque ya no se trata de la bacteriología, creo oportuno referir ahora que el doctor Hernandez publicó en 1894 un estudio sobre el número de los glóbulos rojos. En él examina la influencia de la zona tropical sobre los glóbulos rojos y llega a conclusiones revolucionarias que hablan por primera vez, de aquella influencia e introdujo así un nuevo factor en la conocida monografía que trae el Hadluch de Hermann, que solo hablaba de la influencia de la edad, del sexo, del estado de preñez o de lactancia en orden al número de hematíes en la sangre del hombre. No es para sorprender que una persona estudiosa, meditadora y dotada de una espiritualidad exuberante, haya encontrado tiempo para dedicarlo al estudio y a la contemplación filosófica. En 1912 publica su libro titulado “Elementos de Filosofía”. Hasta esa época el nombre de Hernández, como profesor, como científico y como profesional de la medicina había ganado una justa fama en el mercado de la opinión del país y en el corazon del pueblo. Por eso fue una sorpresa la aparición de su nueva obra y de ahí que el Presidente de la Academia Nacional de medicina de Venezuela haya escrito, en la Gaceta Médica de Caracas, lo siguiente:



“Preciso es convenir que nuestro benemérito colega, el doctor José Gregorio Hernández, posee, entre otras múltiples cualidades, el raro don de sorprendernos. Cuando lo suponíamos con la vista fija en el lente del microscopio, para arrancarle los signos característicos a nuestras entidades patológicas, lo vemos ascender, con majestuoso vuelo, a las serenas regiones de la filosofía y en sintético lenguaje, con independencia de criterio que le honra, y revela al hombre de ciencia, aborda los mas abstrusos problemas filosóficos”.

El Doctor Hernandez llego a comprender claramente que la filosófica no es una ciencia meramente especulativa, sino, antes que todo, una exposición de principios que sirven de fundamento a la personalidad del hombre y al uso provechoso de su vida natural. En su texto y refiriéndose a él mismo dice, con clara y sincera expresión, que su filosofía le ha hecho posible la vida y que, confortado por ella, seguirá viviendo apaciblemente. Es dicho texto, un manual de enseñanzas formativas y que al mismo tiempo de ser en extremo didáctico, es un signo de su elevada personalidad, que lo lleva a defender sus tesis con sencillez y valor extraordinario y sin herir ni menospreciar al adversario.

La psicología experimental ocupa gran extensión en la obra de Hernández. No podía ser de otro modo por tratarse de un sabio con vocación y entrega decidida a la experimentación científica. El médico preside en gran parte, con su criterio y su lógica, las exposiciones filosóficas. El mismo método empleado en sus lecciones de Fisiología se evidencia en su obra filosófica. Frases lacónicas, claras y con una concentración de ideas maravillosas, de las cuales, como ejemplo, transcribo esta consideración suya sobre el error: “El error, dice, no está en el objeto, puesto que todo lo que existe es verdadero; no está tampoco en el concepto, porque el concepto, como todo lo que existe, es igualmente verdadero. El error, quien lo produce es el juicio emitido, porque al emitirlo se afirma una relación que no existe en la realidad”.

Mucho espacio dedica al doctor Hernández a la teología racional o teodicea, mas en apenas tres páginas nos habla de las pruebas físicas, metafísicas y morales de la existencia de Dios. Su exposición invita al lector a prolongar por sí mismo y con la orientación excelente que le da, el desarrollo fácil e inteligente de toda la argumentación que se infiere de una corta y grata lectura. En su tratado de Cosmología Racional se muestra con una originalidad y valencia especial cuando habla del origen del mundo. Desglosa, en pocos párrafos, la relación del Génesis y acompaña de una explicación científica sus relatos. En una época que estaba muy lejana de cuando empezó a tener la teoría de la evolución vehementes y entusiastas defensores en el cìrculo de sabios creyentes y de haber empezado la intolerancia a dar paso al estudio y a la comprensión, resulta asombroso que un hombre de vida ascética y de rígida disciplina religiosa, como José Gregorio Hernández, escriba:

“La doctrina de la evolución concuerda perfectamente con la verdad filosófica y religiosa de la creación, a la vez que explica admirablemente el desarrollo embriológico de los seres vivos, la existencia en ellos de órganos rudimentarios, la unidad de estructura y la unidad funcional de los órganos homólogos” y que agregue enseguida que “la misma generación, espontanea nada tiene de opuesto a la creación, pues bien puede admitirse que, reunidos convenientemente los cuerpos minerales que han de constituir el cuerpo vivo, Dios concurra para animarlos, así como una vez que están reunidos el ovulo y el espermatozoide de la manera natural, Dios termina la formación del hombre, creando el alma que ha de animarlo”. No puedo dejar de copiar de una vez lo que nos dice Hernández sobre la doctrina de la descendencia. “Recibe ella, escribe, de la verdad de la creación un grado de verosimilitud sorprendente, porque ninguna inteligencia bien equilibrada podrá nunca admitir que por pura casualidad las fuerzas físico-químicas, que necesitan dirección, hayan podido, en las distintas partes del mundo y en los distintos siglos, producir todos los hombre con una estructura y una organización siempre las mismas; es decir, con el mismo número de partes óseas en su esqueleto, con músculos y nervios enteramente idénticos, con igual número de órganos y de aparatos y no solamente con todas las partes del cuerpo necesarias para el funcionamiento de él absolutamente iguales, sino que hasta los órganos rudimentarios, inútiles para el individuo, están presentes en todos los hombres, revelando la identidad de los individuos de la raza humana y manifestando claramente que, sin la intervención divina, el mundo es completamente inexplicable para la ciencia”.Continúa luego hablando el autor de los fenómenos vitales y de las fuerzas físico-químicas que intervienen en la vida orgánica y se adelanta mucho, en la claridad de la exposición y en la lógica contundente, a la famosa Escuela Filosófica de la Universidad de Lovaina, en la cual el gran Cardenal Mercier brillo con sus lecciones concisas y magistrales que dieron base a su famoso tratado de filosofía, que bien puede servir de texto complementario en una escuela de Fisiología experimental.



El resumen que hace el doctor Hernández en solo veintidós pàginas de la historia de la filosofía deja al lector, que no goza del privilegio del tiempo para dedicarlo a la lectura de interminables volúmenes sobre la materia, con un acopio de datos y enseñanzas suficientes para quedar bien apertrechado, de modo a no sentirse ayuno en las múltiples ocasiones que aquella historia, de uno y otro modo, hace su aparición en el polifacético mundo científico, donde operan las inteligencias ilustradas o ávidas de conocimiento. Trabajos varios, relacionados con las ciencias biológicas y médicas publico el doctor Hernández. En algunos de ellos las observaciones personales vienen a darlo a los mismos notas de singular originalidad. Su estudio sobre la Bilharziasis en Caracas, llegó a constituir piedra fundamental sobre la cual se levantaron las posteriores investigaciones y exposiciones que sirvieron de orientación, en aspectos internacionales, en el estudio de la parasitología. Si la nota original no llega a sorprender en descripciones de Hernandez, si se pone en claro que son hechas después que él mismo ha realizado investigaciones pertinentes a la materia que estudia. Así en sus descripciones sobre casos de anatomía patológica tiene por delante sus propias observaciones macroscópicas o microscópicas.

Creo haber presentado un muestrario de la gran labor científica, pedagógica e interpretativa del doctor José Gregorio Hernández. Sería interminable hacer un juicio crítico sobre el total de su obra, es muy difícil encerrar en una corta síntesis una noción siquiera de sus múltiples conocimientos biológicos, los cuales armonizaban los aspectos fundamentales de la medicina experimental con la erudición humanística tan imprescindible en el profesional de la medicina, si no quiere quedarse a la deriva o como naufrago sin brújula orientadora dentro del mare magnum de la medicina contemporánea.

La obra docente, profesional, publicitaria y de investigación científica realizada por el doctor José Gregorio Hernandez tuvo una gran trascendencia en Venezuela. La Universidad de Caracas presencio la implantación en sus aulas de la revolución pasteuriana. Asimilo aquel de tal manera los conocimientos adquiridos en varios países de Europa, que el joven profesor no tuvo que realizar grandes esfuerzos para hacer comprender las nuevas ideas y los nuevos métodos que la gran revolución iniciada por Pasteur habían hecho cambiar, en proporciones insospechables, los conceptos científicos de la medicina. Fue sin duda la labor del doctor Hernández, en los medios científicos venezolanos, el movimiento más grande, más beneficioso y más noble llevado a cabo en Venezuela después del que, gracias a la dirección genial e incomparable de Simón Bolívar, el Libertador, dio por resultado la libertad y la independencia de la nación.

Así como la obra del Libertador se proyectó gloriosa en el Continente Americano, así también los ecos renovadores de la revolución científica de Hernández se sintieron en varios países. No era fácil imponer la doctrina microbiana con todos sus corolarios en ciertos espíritus aferrados a la vieja escuela y no debe olvidarse que represento una acción ciclópea la de conseguir que personas con mentes anquilosadas aceptaran la asepsia como esencial regla en el arte quirúrgico. En la vida profesional cotidiana la lucha tuvo que ser enérgica, tenaz y permanente para que la obra de la revolución se hiciera sentir, con sus grandes beneficios de incalculables esperanzas, en el cuerpo victimado por la enfermedad. Varios lustros tuvo que pasar Hernandez dando golpes tras golpes con el martilla de la doctrina nueva sobre el yunque de la vieja profesión. La labor hercúlea del sabio venezolano en sus diversos aspectos prolonga sus resultados proficuos hasta nuestros días. En alas de sus discípulos se extendió sublime sobre el ambiente científico del país y a la voz de sus heraldos continua vibrando en las escuelas y en el mundo medico venezolano.

Si la revolución implantada por Hernández consiguió grandes beneficios en su patria, no por eso debe su nombre circunscribir su gloria dentro de los límites de la misma. Hemos visto, y solo como pequeña muestra de sus óptimas virtudes científicas, parte de su variada actividad medica. Creemos que la justicia de la historia de la medicina internacional tendría un lunar dentro del brillo de su cielo, si no tributara a ese gran medico científico el homenaje quela brillantez de su obra merece bajo todo punto de vista.

En el resumen que me he propuesto hace de la vida y obra del doctor José Gregorio Hernández no podía faltar, para terminarlo, un aspecto que juzgo de trascendental importancia para la historia de la medicina mundial. La variedad en las glorias humanas constituye la expresión más feliz de los conceptos referentes a ellas. Encaja bien dentro de las paginas luminosas de la historia de la medicina mundial aquellas fases que llevan a exaltar el nombre de un sabio profesional de la medicina, dentro de un ambiente que tiene repercusión y vigencia en todas la latitudes del conglomerado humano. La gloria, de don Gregorio Marañón y de don Santiago Ramón y Cajal, por ejemplo, no circunscriben las ondas dispersoras del concepto mundial de sus grandezas, a la importancia de sus estudios de endocrinología e histología, sino que también impone sus personalidades en el terreno de relato histórico y del buen decir para legitimo orgullo del humanismo que sirve de realce a la historia de la medicina.

He hablado de Hernández científico, de Hernández profesional, de Hernández pedagogo y de Hernández filosofo. Son ejemplares los cominos recorridos por el gran venezolano en esas disciplinas intelectuales. Pero hay algo más grande en la existencia de los hombres que las propias realidades de su labor intelectual. La vida misma del hombre, su perseverante e ininterrumpido trabajo de escultor de su propia personalidad es, sin duda, lo más grandioso que puede realizar el artista de su propio yo cuando consigue, a golde del cincel cotidiano de una voluntad bien orientada y enérgica, presentar una figura capaz de merecer la veneración de respetables y gloriosas instituciones humanas.

Es raro en la vida de los hombres sorprender a uno de esos virtuosos artistas de su propia personalidad y más aun cuando el brillo inmenso de su obra reciba el respeto y el alto aprecio de una institución mundial. José Gregorio Hernández, desde su niñez y a través de su vida de estudiante en Caracas y en Europa, llego a su etapa de investigador, de profesor y de profesional de la medicina y hasta su muerte, con el concepto general de santo sustentado por virtudes heroicas y por una modestia y pureza de costumbres que le han merecido hallarse hoy en proceso de beatificación.

Cualquiera que sea la creencia o la no creencia de los valoradores de las glorias humanas, no es posible ignorar, dentro del concepto mundial de la historia de la medicina, el hecho de que un sabio investigador y profesional médico este en camino de recibir, en un futuro imprevisible, el mayor homenaje que la Iglesia Católica Romana, extendida en todo el mundo y con más de 500 millones de fieles, tributa dentro del radio de sus facultades. El hecho actual de que el nombre de José Gregorio Hernández ocupe la atención de un jurado competente de dilatada jurisdicción y de que exista la legítima esperanza de que habrá de recibir un día el culta universal de los altares, es motivo más que suficiente para que, unida a las otras glorias que resaltan de sus actividades fecundas, sea apreciada ésta como una consagración especial que honra en algo grado las páginas de la historia mundial de la medicina. Estoy seguro de que la pequeñez de espíritu no estará presente para imponer un juicio sectario cuando de lo que se trata es de valorar la glorificación de un medico que, es de creer, será proclamada por una institución universal.

Es frecuente confundir las virtudes profesionales con la falta de acatamiento a las normas morales de la profesión. No es raro oír hablar de caridad en un medico y de dedicar a éste el hermoso tìtulo de “Mèdico de los pobres”. Más cuantas veces la abundancia en la entrega al ejercicio profesional, se reciente de graves violaciones de los preceptos morales. Con el dejarse llevar por las inclinaciones innatas y a veces, porque no decirlo, por un vedado apetito de ganancias, se consigue, con frecuencia, fama popular de medico abnegado y altruista, sin que se piense que la gran mayoría de las veces el beneficio que imparten esos médicos, en el orden sentimental, va mezclado con el maleficio que se hace a los enfermos con recetas medicas, muchas veces cargadas de medicamentos inoperantes. Esto es debido al hecho de haberse relegado a un total olvido la obligación moral que existe para el médico de mantenerse al día por el estudio, la meditación y la experimentación, de los progresos que, sin interrupción, va conquistando día a día la medicina, los cuales muchas veces llegan a poner, fuera del terreno científico, conceptos patogénicos e indicaciones terapéuticas. Ese gran pecado moral, tan común por desgracia en la profesión de la medicina, no lo cometió nunca el doctor José Gregorio Hernández. Con desbordante actividad y entre numerosa clientela ejerció el sabio venezolano la profesión médica.

Pero están de acuerdo hasta los más exigentes de sus colegas contemporáneos, los más respetados de la escuela médica de Venezuela y aun aquellos que no compartieron con él su fe y su esperanza o quienes llegaron a ser por su ateísmo intransigente, antítesis suya, en reconocerle que siempre fue un nocturno y asiduo lector, estudioso de la nueva literatura médica que llegaba al país, a través de los mares, por los diferentes canales que tenían entonces a su disposición los adelantos científicos.

La luz que permanecía encendida en su cuarto hasta muy avanzada la madrugada y que era observada por los que, con frecuencia, iban a tocar a su ventana para hacer una consulta, no tenían otra significación que el constante ahínco que él tuvo en quitar horas al sueño a fin de poder cumplir, con eficacia, el deber moral que representa el estudio en el profesional de la medicina. Hasta su muerte fue Hernández exigente, y estricto cumplidor de ese deber moral. Por eso su profesión no se resintió nunca de la ignorancia en sus procedimientos.

Constituye algo extraordinario en la vida de los hombres el ajustar continuamente su conducta científica, profesional y moral dentro de las más estrictas y exigentes normas de los códigos que regulan las acciones humanas según los dictámenes de la conciencia social. La historia, para ser fiel a su condición justiciera y de austera imparcialidad, está obligada a recoger en sus páginas a los seres humanos que, en todas sus manifestaciones, han rendido el más elevado culto a aquellos sublimes principios. De ahí que crea que el doctor José Gregorio Hernández, alto exponente de elevados quilates científicos, de profesional y de pedagogo ejemplar y de continuo y firme practicante de heroicas virtudes, merece formar parte de la gloriosa galería de médicos eminentes que da brillo y ejemplo en las páginas de la historia universal de la medicina. su canonización habrá un día de obligar más aun su consagración en el mundo de las ciencias medicas donde no impera el sectarismo excluyente ni el espíritu de un regionalismo de un todo anacrónico, en un mundo donde las ideas vuelan al parejo de los grandes descubrimientos científicos y de las reformas sociales.



Sociedad de la Historia de la medicina.

Volumen 63, No. 2, Año 2014


Imagen tomada de aquí









Santo José Gregorio (bolero plegaria). Daniel Santos (intèrprete, letra y mùsica). Sonora Caracas.
Esta pieza que fue prohibida por la iglesia Católica en Venezuela, la prohibición consistía en que la canción no podría ser radiada. Santos tambien llego a ser   censurado por el gobierno de Estados Unidos, que prohibió radiara la canción: Vengo a decirle a adios a los muchachos.