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sábado, 29 de julio de 2017

Cristhian Hova: El ILUSTRADOR QUE ROMPÍA VENTAS.






He usado como portada de mi perfil en facebook la ilustración de Cristhian Hova de Darth Vader sosteniendo un helado con la leyenda “Helado Oscuro”. Me agrada todo lo que he visto de la obra de este ilustrador peruano, me place su reconocible estilo y los motivos que ilustra. Mi opinión sobre su arte no ha variado un ápice, me sigue gustando mucho.

El pasado 25 de Julio de 2017 en clasesdeperiodismo.com publicaron el artículo que estoy introduciendo: un trabajo de investigación de Diego Salazar donde demuestra que Cristhian Hova ha mentido, se ha atribuido méritos que no posee, publicaciones de sus trabajos que son falsas, ha hinchado su currículum para acrecentar su fama y (supongo yo) facilitar la venta de su obra.

No voy a desvelar como acaba el artículo, el trabajo de Diego Salazar merece ser leído, y ya de paso contemplar la obra de Cristhian que ilustra magníficamente el artículo.

Comentar mi primera reacción de incredulidad. ¿Alguien se ha tomado la molestia de investigar algo tan nimio? ¡Pero si no le hace daño a nadie! Ese fue mi primer pensamiento, instantes después reaccioné aterrorizado de mi mismo, de esa primera opinión instintiva, no filtrada por mis esfínteres mentales. Y acabé abochornado. Esta entradilla es mi redención, mi condena. Lo admito, la corrupción ha anidado en mí, prometo combatirla. En mi interior daba por bueno mentir en el currículum vitae para beneficiarse. Me parecía poca cosa. Vivo en una sociedad, la española, que ha aceptado que el Rector de una Universidad pública, que ha plagiado continuadamente, no dimita de su puesto (LINK 1). Una sociedad que aplaude y sostiene a ministros reprobados por el parlamento que no sólo no dimiten, sino que se atreven a dar lecciones de moralidad. O ese otro ministro también reprobado, y que tampoco dimite, ha visto como el Tribunal Constitucional sentencia que la Amnistía Fiscal que él promovió es inconstitucional y no lo destituyen. Pero en el rizo de lo esperpéntico, los españoles se quedan impasibles ante el Presidente del Gobierno que acaba de declarar ante la justicia sobre la probada financiación ilegal de su partido. Su defensa ha sido negar cualquier conocimiento sobre el asunto… no sé que me da más miedo: que me gobierne un corrupto o un necio que nada sabe.

En cualquier caso la corrupción generalizada tiene efectos perversos: el evidente empobrecimiento de la sociedad española, la destrucción del tejido empresarial honesto a manos de los empresarios corruptos (la forma de corrupción más extendida es la de una empresa que da dinero a un político para que este la conceda contratos públicos) y la aceptación de su existencia, de su inevitabilidad, por parte de los ciudadanos.

Los españoles estamos aceptando como algo dado por descontado, intrínseco al gobierno, la existencia de la corrupción generalizada, sistemática y constante en el tiempo. El umbral de aceptación es tan alto que mentir en el currículum no llama la atención. ¿Por qué va a estar mal si todo el mundo lo hace?

Una vez sentadas las bases de la aceptación de la corrupción, es fácil deducir el proceso por el cual, a pesar de los continuos escándalos de corrupción del partido político en el gobierno, las encuestas de intención de voto lo dan como ganador e incluso con un leve crecimiento en el número de sus votantes.

Es sutil pero constante, es lento pero imparable, la corrupción al no atajarse pudre nuestras creencias, embota nuestra percepción de la realidad, desequilibra nuestra báscula moral, en suma nos hace proclives a ella.

Por eso hay que aplaudir y darle resonancia a todas las acciones que la combata. Aplaudir a esos empleados que denuncian las prácticas corruptas de sus empleadores (lo que suele costarles el puesto de trabajo), a los arrepentidos que confiesan y denuncian, a la policía y guardia civil que la investiga pese a las presiones y represalias, a los fiscales y jueces que, como superhéroes de cómic, se enfrentan a ella arriesgando incluso sus vidas y no digamos ya su carrera judicial. Y también a quien combate la pequeña corrupción, la de estar por casa, la que no hace daño a nadie, también hay que dar difusión al trabajo de Diego Salazar. En el fondo es un ejemplo de la controvertida teoría de criminología: Ventanas rotas (link X).



by PacoMan


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El ilustrador peruano que no publicó en The New Yorker



Por Diego Salazar  (*)
El sábado 22 de julio, la revista Somos del diario El Comercio publicó un artículo sobre el artista peruano Cristhian Hova, quien, decía la nota: “ha ilustrado cuatro portadas alternativas de películas de Marvel, 11 para DC Comics y una para Century Fox. Además, tres tapas para la revista The New Yorker”.

Fue esto último lo que me llamó la atención. Yo he visto el trabajo de Hova antes. He sonreído, como muchos, ante el nostálgico y sutil sentido del humor de la que debe ser su obra más conocida: Helado Oscuro, un retrato de Darth Vader sosteniendo una paleta de negra de helado -un Jet de D’onofrio para los peruanos- mordisqueada en la mano derecha.

De hecho, como buen fanático de Batman, tengo uno de sus afiches homenaje al Caballero de la noche. Pero, además, soy subscriptor de The New Yorker desde hace años. Al igual que mi esposa, Elda Cantú, que fue quien me mostró el artículo sobre el ilustrador peruano que hacía portadas de nuestra revista favorita. Snobs, nosotros, nos dijimos: ¿Cómo es posible que un artista peruano haya publicado no una sino varias veces en The New Yorker -portadas, de hecho- y no nos hayamos dado cuenta?

En el artículo de Somos un recuadro indicaba que “Este año, por medio de un ilustrador de The New Yorker que conoció, la revista lo contactó para que produzca algunas portadas. A la derecha, Donald Trump protagonizó alguna de ellas”.

La “portada” en cuestión es esta:

No recordaba haber visto nunca esa imagen en The New Yorker, y mucho menos en portada, así que de inmediato fui al archivo digital de la revista. Había algo familiar en la ilustración, además del trazo de vectores que ha hecho reconocible el trabajo de Hova, pero en ese momento todavía no sabía qué. En el archivo del New Yorker revisé todas las portadas de la revista entre 2016 y 2017, un total de 75, ninguna de las cuáles mostraba la ilustración del artista peruano. Había una, publicada en el número del 23 de enero de 2017, con motivo de la toma de poder de Trump, que tenía un vago parecido temático. Aun cuando el trazo de su autor, Barry Blitt, no tiene ninguna semejanza con el de Cristhian Hova:

Intrigado, me fui a revisar la página pública de Facebook de Hova, a ver si había algún error y la ilustración en cuestión había aparecido en alguna otra página de The New Yorker. De ser así, seguramente el ilustrador había compartido en sus redes sociales la página correcta. Ahí encontré esto:



La ilustración, entonces, según esa imagen compartida por Cristhian Hova en su página de Facebook, no había sido portada sino que había ilustrado un artículo en las páginas interiores de la versión impresa. Un artículo escrito por Jeffrey Frank y titulado Trump Can’t Stop Himself. Para cualquiera familiarizado con el diseño de The New Yorker, esa página resulta extraña. No se parece en absoluto a la icónica y clasicista maqueta de la revista.

De todas formas, busqué el artículo en el archivo digital. Nada. No existía. Lo siguiente fue buscar artículos de Jeffrey Frank sobre Trump en newyorker.com. Ahora sí. El artículo existía, solo que nunca se publicó en la revista impresa. Apareció en una sección de la web llamada Daily Comment, donde distintos autores escriben textos cortos comentando noticias del día.

Esta es la cabecera del artículo de Jeffrey Frank, como apareció publicado el 14 de marzo de 2017 en la página web de The New Yorker:

La imagen que ilustra la nota es una fotografía de Al Drago, fotógrafo de The New York Times, y, como cualquiera puede ver, no un trabajo de Cristhian Hova. Este hallazgo hizo que me sumergiera de lleno en la página de Facebook de Hova y en su cuenta de Instagram, a la que también había llegado buscando la dichosa portada de The New Yorker. En Somos hablaban no de una portada, sino de tres. No tuve que buscar mucho más. Las redes sociales de Hova son pródigas en muestras de su trabajo.

El 16 de marzo, el ilustrador compartió esta imagen en su cuenta de Instagram:



Al parecer, otro trabajo suyo había aparecido en las páginas de The New Yorker. De hecho, en una entrevista aparecida en la sección postdata del diario El Comercio el viernes 7 de abril de 2017, el periodista Renzo Giner Vásquez dice lo siguiente: “El año pasado uno de sus dibujos acompañó la nota que hizo The New Yorker tras la muerte de David Bowie y en marzo de este año volvieron a recurrir a él para graficar al presidente Donald Trump”. A continuación, Giner Vásquez le pregunta al artista: “¿Cómo te contactó The New Yorker?”, a lo que Hova responde: “A través de una agencia con la que trabajo. Yo solo hice el dibujo y ellos se encargaron de todo”. El mismo ilustrador compartió ese día la entrevista en su cuenta de Instagram:



Una vez más, hay algo muy extraño en esa página de The New Yorker ilustrada con una imagen de David Bowie obra de Hova. La maqueta dista bastante del estilo clásico de la revista. Así que volví a newyorker.com. Bastó buscar el titular de la nota publicitada por Hova en su Instagram para llegar al artículo original:



Es una nota de la periodista Sarah Larson, corresponsal de Cultura de newyorker.com, que no se publicó en la versión impresa de la revista ni fue ilustrada con el trabajo del artista peruano. Pero no sólo eso. La primera línea del artículo posteado por Hova en Instagram dice: “This was not supposed to happen”, mientras que la nota de Larson empieza así: “Like many of us who adored David Bowie, I’ve had his music in my head lately”.

¿De dónde había salido esa primera línea? Una vez más, Google tenía la respuesta. Una sencilla búsqueda me llevó a otro artículo publicado en la web de The New Yorker, esta vez obra del crítico de arte de la revista, Hilton Als, titulado Postscript: David Bowie, 1947-2016. Esta es la cabecera de la nota, una vez más, publicada únicamente en la página web de The New Yorker:

Y este es su primer párrafo, de donde sale la primera línea de la página publicada por Hove en su cuenta de Instagram:



Alguien, no podía saber quién pero tenía una sospecha, había fabricado esa otra página de The New Yorker, cogiendo un titular de aquí, un arranque de artículo de allá, y pegando una ilustración obra de Cristhian Hova.

La supuesta relación del ilustrador, siempre según sus redes sociales y sus declaraciones en entrevistas (y los crédulos periodistas que las repetían sin verificación alguna), con The New Yorker no quedaba aquí. El 16 de abril de 2017, Hova posteaba esta nueva página en su cuenta de Facebook:



A diferencia de los otros artículos, este relato de Stephen King sí había sido publicado en las páginas de la revista impresa de The New Yorker. Apareció en el número del 9 de marzo de 2015 y fue ilustrado de esta manera:

La ilustración pertenece al artista Jon Gray, no a Cristhian Hova. La siguiente página, donde comienza el texto del relato, es esta:

De hecho, en la entrevista de El Comercio de abril de este año, el periodista Renzo Giner Vásquez señala que la primera colaboración de Hova con The New Yorker fue la imagen que “acompañó la nota que hizo The New Yorker tras la muerte de David Bowie”. Bowie murió el 10 de enero de 2016, así que, según el relato del periodista y del propio Hova, es imposible que el artista haya realizado una ilustración para The New Yorker para un relato que se publicó casi un año antes, en marzo de 2015. Las fechas, además de la maqueta de las páginas, el archivo de la revista impresa, las notas de la página web y demás evidencia, no cuadran.

Como tampoco cuadra esta otra supuesta página de The New Yorker que Hova publicó en sus cuentas de Facebook e Instagram hace poco más de un mes, el 2 de junio de 2017:



De nuevo, el artículo que se supone ilustra la imagen del artista peruano, escrito por John Cassidy y titulado “Donald Trump’s ‘Screw You’ to the World”, fue publicado únicamente en la página web de la revista, nunca en la versión impresa:



Y, una vez más, había sido ilustrado con una fotografía y no con una obra de Cristhian Hova, como mostraba la página que el artista había posteado en sus redes sociales.

A través de un amigo periodista que trabaja en The New Yorker, me comuniqué con Genevieve Bormes, asistente editorial de la editora de Arte de la revista. En un email le envié las imágenes con ilustraciones de Hova que él mismo había posteado en sus redes sociales y le pregunté si podía confirmarme que esos trabajos habían sido encargados y publicado en la revista o no. Un par de horas después, Bormes respondió: “Hasta donde tengo conocimiento -la expresión en inglés es ‘To the best of my knowledge’, una formalidad habitual en las comunicaciones oficiales-, puedo afirmar que este artista no tiene relación alguna con The New Yorker ni con sus portadas”.

Con esa confirmación, decidí ponerme en contacto con los periodistas de Somos y El Comercio, que habían escrito o editado artículos sobre la obra de Cristhian Hova en los que se mencionaban las portadas que supuestamente había hecho para The New Yorker.

Primero llamé a Rafaella León, editora de Somos, para contarle lo que había encontrado y preguntarle si ellos, en la revista, habían realizado algún tipo de comprobación. León respondió que no. A continuación me explicó que Cristhian Hova había ido a la entrevista acompañado de dos personas de la agencia de comunicación con la que trabaja, que la revista recibió un USB con el dossier del artista y ellos dieron por bueno todo lo que afirmaba. “Fue un acto de fe”, me dijo León cuando insistí y le pregunté si en ningún momento se les había cruzado por la cabeza verificar si en efecto el trabajo del ilustrador había aparecido en The New Yorker.

Luego de hablar con León, llamé a Renzo Giner Vásquez, autor de la entrevista publicada en abril de 2017, quien había escrito: “El año pasado uno de sus dibujos acompañó la nota que hizo The New Yorker tras la muerte de David Bowie y en marzo de este año volvieron a recurrir a él para graficar al presidente Donald Trump”. Giner se mostró tan sorprendido como Rafaella León cuando le comenté lo que había encontrado. Le pregunté de dónde había sacado que The New Yorker había publicado ilustraciones de Hova. A lo que respondió de inmediato: “Me lo dijo él. Y estaba en la nota de prensa cuando me ofrecieron la entrevista”. Así que repregunté: ¿En ningún momento verificaste si en efecto se habían publicado? “No”, me dijo Giner. 

Después de esto, hablé con la autora de la nota en Somos, Brunella Vásquez. Su editora, Rafaella León, me facilitó su número de teléfono. Cuando me comuniqué con ella, Vásquez me dijo que León le había contado lo ocurrido. Después de hablar con su editora, Vásquez, me dijo, llamó a la responsable de la agencia y le explicó lo que pasaba. “Ella está haciendo todas las averiguaciones del caso”, me dijo Vásquez. Una vez más, como había hecho con León y Giner, le pregunté a Vásquez si en algún momento se le había ocurrido verificar si lo que decía Cristhian Hova, que The New Yorker había publicado varias portadas realizadas por él, era cierto. Al igual que sus colegas, Vásquez me dijo que no.

Ni bien colgué con Vásquez, llamé a la responsable de la agencia de relaciones públicas que maneja la comunicación de Cristhian Hova para solicitarle que me contactara con él. Le dije que Brunella Vásquez, de Somos, me había dicho que la había llamado antes y explicado la razón de mi interés. La responsable, que me pidió que no mencionara su nombre, me explicó que ella se había sorprendido también y que había hablado con Hova para exigirle que le explicara qué estaba ocurriendo. Las respuestas que le dio, que una supuesta galería de arte en Estados Unidos le había solicitado realizar unas ilustraciones para homenajear portadas de The New Yorker, con consentimiento de la revista, no la convencieron y su agencia había decidido ya terminar la relación laboral con el artista.

Cuando le pedí que me pusiera en contacto con él, me dio su teléfono y me dijo que le había recomendado que aceptara conversar conmigo y, sobre todo, que tuviera a mano el supuesto email o recibo o lo que fuera que comprobaría el pedido de la galería. “Porque si no aclara esto resulta que le ha mentido hasta al curador de su exposición en Índigo, donde hay una línea de tiempo que señala que ha publicado trabajos en The New Yorker”, me dijo.

La explicación, por supuesto, resulta bastante improbable. Sobre todo cuando desde el mismo The New Yorker, recordemos, la asistente editorial de la editora de Arte señala que: “hasta donde sé, puedo afirmar que este artista no tiene relación alguna con The New Yorker ni con sus portadas”. Y cuando las páginas fabricadas que Cristhian Hova publicó en sus redes sociales no corresponden a portadas sino a supuestas páginas interiores de la revista.

Las publicaciones de Cristhian Hova en las páginas de The New Yorker no son el único caso sospechoso que he podido desenredar echando un vistazo a sus redes sociales, haciendo uso de Google y redactando unos cuantos emails y mensajes de Facebook messenger.

El 27 de marzo, Hova publicó en su página de Facebook esta imagen:




Pero si uno descarga la imagen de Gallagher sosteniendo el cuadro y realiza una búsqueda en Google Images, se encontrará con que la foto ha sido modificada, tomando como base esta otra:

El 19 de marzo, Daniel Pitts, un artista inglés residente en Manchester, compartió en sus varias redes sociales la imagen de Liam Gallagher sosteniendo un cuadro pintado por él. El cuadro era un homenaje a la portada del soundtrack de la película Quadrophenia. Luego de encontrar la imagen, contacté a Pitts a través de Facebook messenger. Me respondió de inmediato.

Antes de explicarle la razón de mi mensaje, le pregunté si podía decirme cuándo, dónde y quién había tomado la foto de Gallagher sosteniendo su cuadro que estaba en su página de Facebook. Pitts me dijo que la foto fue tomada el 17 de marzo por una amiga suya que conoce a Liam Gallagher y que le habló al músico del trabajo del pintor. O sea, 10 días antes de la primera publicación de Hova. Digo primera porque un par de meses después, el 4 de junio, el artista peruano volvería a compartir la misma imagen de Gallagher con su ilustración. Esta vez en su cuenta de Instagram:




Al terminar de hablar con la responsable de la agencia de comunicación que trabajaba con Hova, lo llamé una decena de veces. No hubo respuesta. Le dejé un mensaje de voz y varios mensajes a través de messenger en sus dos cuentas de Facebook. La responsable de comunicación me escribió minutos después diciéndome que el ilustrador le había escrito por whatsapp diciéndole que tenía varias llamadas perdidas y que ella le había dicho que “conteste y que asuma lo que tenga que asumir”. Las llamadas eran mías. La responsable de la agencia me pidió un momento para volver a hablar con él. Segundos después me escribió: “Nada, a mí tampoco me contesta”.

RECONOCE ERROR

EL COMERCIO SE PRONUNCIÓ
“A raíz de la publicación “El ilustrador peruano que no publicó en The New Yorker” en el blog del periodista Diego Salazar, El Comercio ofrece disculpas a sus lectores por no haber hecho las verificaciones respecto a la versión ofrecida por Cristhian Hova quien en una entrevista en la sección Posdata y en la revista Somos aseguró que había ilustrado cuatro portadas alternativas de Marvel, 11 para DC Comics y una para Century Fox. Además, de tres tapas para “The New Yorker”. Todo ello, según reveló Salazar y confesó luego Hova, resultó falso”, señaló el diario.

(*) Este artículo se publicó inicialmente en el blog de Diego Salazar.

Cristhian Hova | the new yorker

Fuente:

http://www.clasesdeperiodismo.com/2017/07/25/el-ilustrador-peruano-que-no-publico-en-the-new-yorker/


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by PacoMan 

En 1968 nace. Reside en Málaga desde hace más de tres lustros.
Economista y de vocación docente. En la actualidad, trabaja de Director Técnico.
Aficionado a la Ciencia Ficción desde antes de nacer. Muy de vez en cuando, sube post a su maltratado blog.

Y colabora con el blog de Grupo Li Po

domingo, 25 de agosto de 2013

FUIMOS HÉROES.

Un acercamiento sentimental al Cine Arte Patio Trigal de Valencia, la de Venezuela.








Estimados Amigos

Hoy les obsequiamos este texto que gentilmente escribió Javier Dominguez para ustedes (todos lo heroes de Reabramos el Cine Arte Patio Trigal y los lectores de este blog) y nosotros. Esperamos lo disfruten.


Gracias Javier.



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FUIMOS HÉROES



Hay aniversarios que suelen olvidarse, como el día de la primera comunión, la graduación o el aniversario bodas. Hay otros que se recuerdan de manera imprecisa y les agregamos fechas a sabiendas de que estamos dejando que nuestra “memoria” nos invente el recuerdo. Siguiendo esta particular forma de rememorar, puedo decir que mi vínculo con el Cine Arte Patio Trigal nació en agosto del 1994. Ese año hice un curso introductorio en una universidad privada (que ahora languidece en las afueras de Guacara y de la que me quedaron gratos recuerdos, uno de ellos fue conocer la clase de persona que definitivamente no quería ser) y en una de las tareas asignadas debía vincular el tema competitividad con el cine y así conocí a FUNDACINE y al profesor Daniel Labarca, quien amablemente me permitió el acceso a la hemeroteca (Internet era una novedad limitada) de donde obtuve los pedazos con los que después di vida al Frankenstein competitividad/cine. En esa época me 


Daniel Labarca




afilié a FUNDACINEy por un módico pago obtuve un carnet con el que tenía un descuento del 50% para todas las funciones del Cine Arte. En noviembre de ese año hubo un festival de Igmar Bergman en las que pudimos ver tres películas de Bergman cada martes pagando sólo una entrada y como afiliado pues cancelaba apenas media película y corría el maratón existencial que empezaba con el Séptimo Sello y cerraba con las Fresas Salvajes. Entre


Si ganas te quedas con el Cri-Cri

películas se hacía una pausa que se aprovechaba para ir al baño y recargar chucherías y en ese receso se hizo un pequeño círculo de jóvenes, todos alrededor de la misma edad, y en ese círculo conocí a uno de mis amores imposibles: una morena de ojos castaños e inmensos, cabellera larga, negra, brillante y una voz de un timbre grave y difuso que la hacía lucir mayor hasta que sonreía y se mostraba más cercana a su edad real (diecinueve supe después). En ese momento no sabía que la iba a amar con locura, apenas me pareció simpática. Al despedirnos, prometimos encontrarnos el siguiente martes para la otra tanda del festival, lo hicimos con la misma convicción de una partida de borrachos que promete reencontrarse pronto. Al siguiente martes sólo repetimos tres personas: un estudiante de la Universidad de Carabobo (UC), la chica y yo. Aún faltaban unas semanas para que yo cayera alelado en la red de sus encantos. Pero el amigo de la UC ya se deslizaba por ese barranco, sin embargo tuvo que marcharse después de la primera película y ella se iría con él, yo vería el resto de las funciones porque mi hermano me recogería a las nueve en su carro, en la conversación descubrimos que ella y yo vivíamos en la misma zona y entonces se quedó, el amigo de la UC se marchó con expresión derrotada, sólo se despidió de ella. Ese martes fue el último día del festival y a las nueve mi hermano fue en su Chevette a buscarme. La llevamos a su casa, anotó su teléfono con lápiz labial en un papel de un chocolate (Cri-Cri, su favorito supe tiempo despuès) y yo guardé el papelito el cual extravié por semanas y cuando lo encontré por accidente decidí invitarla nuevamente al Patio Trigal a ver La Naranja mecánica, la velada no tuvo nada de particular, y pensé que no volveríamos a ver. 
 




Pero al  siguiente lunes me llamó y fuimos a ver Juego de patriotas con Harrison Ford en el mítico Cine Guaparo. Y ese día inicié la caída por el mismo despeñadero del pana de la UC. Lo que vino después no viene al caso de esta nota, es otra historia, basta saber que fue uno de esos amores irrealizables que a veces nos asalta y nos hace preguntarnos: ¿Y si aún me recuerda? ¿Y si la encuentro en el banco o en el supermercado? ¿Y si…






            Por este tipo de experiencia  el Cine Arte se ha convertido en un tótem, en uno de esos sitios físicos con los que desarrollamos anclajes inesperadamente profundos (y que han crecido por casi veinte años). Algunas personas lo hacen con parques como el Peñalver, la plaza Montes de Oca o los caraqueños con el Parque del Este. Yo hice mis lazos con esa sala oscura y pequeña y que son difíciles de desarrollar con las impersonales salas múltiples de los centros comerciales, aunque en el futuro algunos escribidores seguramente nos hablarán con tierna nostalgia de los monstruos multiplex con los que crecieron, llevaron a sus novias o conocieron amores imposibles.



 Durante estos años el Patio Trigal me permitió llevar a otros amores, los correspondidos, y en esa sala disfruté y padecí películas culturosas, festivales de cine francés, de cine independiente norteamericano,  de cine alemán, latinoamericano y pude inocular esta pasión a mi última novia (ahora mi esposa) con quien acudía al menos una vez al mes a ver alguna película que no entraba al circuito comercial o simplemente porque estábamos cortos de dinero (en un momento dado la entrada costó Bs. 5, equivalente a unos centavos de dólar, casi tan barato como lo es poner gasolina en Venezuela). Y con el pasar de los años lo vimos decaer. Hicieron el cambio de butacas y renovaron el aire acondicionado, pero la ingrata entropía del desgaste llegó al punto que una vez, viendo Bastardos sin gloria, el proyector se detuvo en plena función y tuvimos que esperar media hora para que reiniciara la película, afortunadamente la obra maestra de Tarantino lo  aguanta todo y nadie se movió de su asiento, ni chifló, ni gritó, ni nada, los asistentes compartimos el ruido de las bolsas de cotufas hasta que Aldo Raine y sus bastardos volvieron a la pantalla a hacer de las suyas. Pero el deterioro del cine estaba muy avanzado, y a finales del 2011 la marquesina de la avenida ya no indicaba la función del día, y una semana después decía CERRADO POR REMODELACIÓN y nos alegramos por eso, pero pasaron los meses   y nada, lo dimos por perdido, a nadie le importaba el asunto, ni a los medios, ni a la ciudad, ni al centro comercial donde estaba al cine, ni a la urbanización que lo alojaba, nadie dijo algo (o al menos no lo noté). 


Reproducción de la nota de prensa realizada por Alfredo Fermín sobre el cierre sin ningún tipo de aviso del Cine Arte Patio Trigal. En esta nota aparecen los nombres de los profesores Pedro Crespo ( el finado profesor que más uso dio a esta sala y que en un conferencia en la UC llegó a decir que aprendió más en cine que en la universidad), Faver Páez, AlbertoSubero y Alexis Pavel



Y esta es la parte en la entra el Grupo Li Po: un día curioseando en el Facebook, me encontré con estas palabras: REABRAMOS EL CINE ARTE PATIOTRIGAL, la frase me dio como una pedrada en los ojos, ahí estaba alguien o “alguienes” pidiendo por mi antiguo templo, mi amigo, al que yo había dado por perdido como todo lo que esta ciudad industrial se lleva sin remordimientos como un tren sin frenos. Y entonces vino el Grupo Li Po (con su hermenéutica a defender lo bueno donde quiera que se encuentre) a mostrar fotos del Cine Arte, a hacer listas de las películas clásicas y raras que se habían exhibido, hubo sabrosas discusiones sobre las fechas en las que proyectaron La última tentación de Cristo, y algunos señalaron que originalmente se proyectó en el cine HS, sala que decayó hasta ser un centro religioso y luego nada, Nada como la de la Historia sin fin. Y esa Nada, parecía que iba a comerse también a este otro cine, y comentaban que sería vendido y personalidades de la misma universidad alegaron que eso estaba bien, porque con la falta de recursos, pues tener un cine para películas de autor era una exquisitez innecesaria y con tantos equipos que hacen falta en la Facultad de Ingeniería o Medicina, etc. 




Pero los hilos de discusiones se hicieron cada vez más largos, más nostálgicos, más exigentes con los resultados de la remodelación y lo que parecía ser un espacio virtual apenas para el desahogo por el posible cierre permanente, tuvo su efecto: una nota en El Carabobeño, una nota a dos columnas en la que le hacía seguimiento al cierre del cine. Y días después otra con la Rectora dando explicaciones sobre retrasos con los materiales y recursos económicos y finalmente autoridades dando fecha de reapertura con el documental Tiempos de Dictadura





El cine volvió a abrir sus puertas en la fecha prometida y todos estaban dándose felicitaciones y ahora defendían al cine como un espacio para la promoción cultural y descubrimos que eran fanáticos tanto de Román Chalbaud  como de Lars von Triers y una parte de la distinguida valencianidad se tomó las fotos en el renovado lobby del cine y unos días después asistimos y quedamos gratamente sorprendidos con la remodelación que incluyó la instalación de un proyector DVD para las pelis que sólo llegan formato digital. 


Maria Alejandra, Miguel Angel Landa y Roman Chalbaud

¿Luego que ocurrió en el grupo que pedía reabrir el cine? Pudo haberse marchado a los cuarteles de invierno a contar sus hazañas mil veces a los nietos, pero en lugar de eso permaneció como un espacio digital vivo, local pero de alcance universal desde donde celebramos curiosidades cinematográficas, trivias desconcertantes, recibimos recomendaciones que no llegarían de otro modo, a algunos nos han dado espacios para publicar textos, nos han puesto al tanto de actividades culturales en sitios como el Museo Casa de La Estrella, encuentros que se han convertido en sabrosas tertulias reales. Así como un espacio para  la difusión de la cultura en general.


Museo Casa de la Estrella. Foto de Capibara



De esa forma el Grupo Li Po nos convirtió en héroes y salvamos al Cine Arte Patio Trigal (aunque realmente no sabemos que tanto peso tuvo este grupo en la reapertura del cine) pero así se lo contaré a mis nietos cuando me retire a mis cuarteles de invierno.


Reestreno de Casablanca en la Casa de la Estrella. Esta actividad se realizó con la ayuda de David Osío (de espaldas), Ada Virginia Vasquez (la creadora del grupo Reabramos el Cine Arte Patio Trigal) y Régulo Castro. Quien conozca a Grethel Bertorelli la podra hallar en la imagen. Agradecemos la participación de todos los asistentes a esta actividad.


Ya el Grupo Li Po ha pasado las 100.000 visitas y esta curiosidad numérica es la excusa perfecta para darle un espaldarazo, pedirle que siga ahí, que nos siga regalando las curiosidades culturales, políticas, económicas, científicas, nacionales e internacionales y que además invitar a todo el que tenga algo para compartir (en literatura, video, cine, música, etc.) a hacerlo. Si es hermoso y bueno, el Grupo Li Po estará ahí para propagarlo y defenderlo. ¡Salud, poeta! y gracias… totales.



Javier Domínguez

Cartel del reestreno del filme Casablanca que se llevó a cabo en la Casa de la Estrella.




David Bowie - Heroes (Official Video)



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Javier Domínguez. Valencia. Venezuela.

Narrador. Autor de los libros de cuentos “El camino de los hilos” (2005) y “Mundos diagonales” (2015). Y la novela inédita “Crónicas del triunfo”.

2do. Lugar en el XI Concurso de cuentos de La Policlínica Metropolitana 2017. Caracas. Venezuela.



Actualmente es coordina el taller de narrativa “Escribe tu cuento” en la Fundación La Letra Voladora. Además de colaborar con microcuentos en el sitio web www.microcuentos.es


Javier Domínguez, Valencia, Venezuela. Narrador. Ha participado en diversos talleres literarios. Entre sus obras publicadas tiene el libro de cuentos El camino de los hilos, además de haber colaborado en varias antologías nacionales e internacionales, en la revista Tlön, en las publicaciones del Celarg y en los medios digitales Letralia.com y panfletonegro.com. Participó en la III Semana de la narrativa urbana en Caracas, Vezuela. Actualmente trabaja en su primera novela y una nueva colección de cuentos.



El camino de los hilos puede leerse o descargarse pulsando aquí  

Enlaces relacionados:



























































































12/12/2025