miércoles, 29 de abril de 2026

«Aspasia tenía nombre de corneta» de Oswaldo Trejo

 

Plaza Bolívar, Mérida, Circa 1930 / Foto Carmona





La crónica fue tomada de la “Antología de cuentos navideños venezolanos” de María Elena Maggi (1985)



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«Aspasia tenía nombre de corneta» de Oswaldo Trejo


Aspasia-Oswaldo Trejo 2




I


Este es un decir que corre de boca en boca en la montaña. Lo llaman la voz de Aspasia y nace en la Loma del Viento. Como un eco retumba hacia las cabeceras del Chama, y luego baja con el río hasta las cercanías del Lago de Maracaibo, en la Tierra Llana.


—Escuchá las aguas, indio. Cuando joven este río se desbordó, hi­zo bulla y arrastró puentes, casas y animales. Va es viejo. Se ha vuelto un poco necio y loco. Es como un espejo de los pájaros.


Aspasia fue la mujer de la pequeña aldea. Vivió bonito entre la serranía.


Tenía un hijo llamado Félix, que esperaba cada luna de di­ciembre.


El rancho de Aspasia y Félix estaba en las márgenes de la lagu­na, arriba, en la Loma del Viento. Eran aguas olvidadas, alimenta­das por un caño. Había también para Aspasia, además del agua, otras cosas: una cabra, gallinas y las crías de la puerca; y azules del cielo y de los pájaros, árboles, colinas y caminos que no eran de ella, pero que estaban en el mundo.


 


II


—Mamá, ¿cuántas lunas han venido? —pregunta Félix.


—Las suyas son varias, indio. Hace siete años que la luna le trajo la luz como primer regalo.


Félix había venido de lejanas tinieblas.


—¿Verdad que la luz fue su mejor juguete, indio?


En las entrañas de Aspasia sopló el viento de la laguna. Oyó que el hijo la llamaba. Llegaba por el firmamento en la luna de la luz. Fue su compañero en la montaña.


 


III


Los dos bajaban de la loma. En el pueblo tenían un puesto en el mercado. Vendían flores unas veces. Otras, cestas de frutas; cuan­do no, Aspasia y Félix arreaban la puerca con la manada de lechones.


—Cuatro pesos cuesta un cochino de Aspasia —decían los pobla­nos.


Son buenos marranitos porque engordan hasta comiendo flores. —Aspasia, la Corneta, ta, ta, ta —le gritaban los muchachos.


De los cabreros del mercado sabía muchos cuentos. De ella con­taban el de la serpiente. En el rancho convivían con las culebras. Félix se las presentaba a los muchachos campesinos y era como es­tar con ellos en un circo. Cuando llegaban compradores de galli­nas, el indio con un látigo las espantaba para que fueran a refres­carse en la laguna.


—Cuéntanos un cuento, Aspasia.


—Ahora no.


—Corne…. ta, ta, ta —Los muchachos le tiraban piedras.


—Corneti… ca, ca, ca —y le quitaban el sombrero de fieltro a Fé­lix con el cual y los calzones, parecía un hombre recortado.


Cuando pasaba vendiendo frutas se oía la gritería de los muchachos, unos para comprarle frutas que era como comprarle cuentos y otros para tirarle piedras. Era un pueblo sin cornetas, que sólo tuvo el pregón de Aspasia. Existía un automóvil, de los primeros que salieron. Inservible estaba en la plaza de la iglesia. De la carretera, derrumbada, quedó un camino angosto con peda­zos anchos.


—La corneta… ta, ta, ta. —Esta vez le habían soltado la marrana.


Calle Independencia, Mérida, Circa 1930 / Foto Carmona

 

IV


Por la loma se ven mejor los astros. La luna en nochebuena casi se pone encima de los cerros, y cuando explota, los muñecos, ra­nas, caballitos de celuloide y cajas de sorpresas se desparraman por el cielo.


En el catre se quedó dormido el indio. Siempre ocurría lo mis­mo: el sueño era más fuerte que la luna. Sin embargo, Aspasia le reseñaba el espectáculo: Por allí corrían fugaces los rebaños y los pastores iban ensartando estrellas. Por aquel lado aparecieron los elefantes. Allá en el sitio de la nube estaban las pelotas y tambo­res. “Como te quedaste dormido, aquí tienes, toma”. Le daba un soldadito de plomo.


Si Félix había despertado muy de mañana, volvía a dormirse y con los objetos que había visto en el Libro de Mantilla, en la Es­cuela Rural, completaba el inventario de juguetes que la luna lan­zaba sobre el cielo.


—Félix bobo —le decían sus amigos, los muchachos de la aldea—. No hagas caso del cuento de la luna.


Para comprobarlo, Aspasia trató durante el nuevo año de con­vencer a los muchachos.


 

 


V


Volvió la navidad. Cuando la luna estuvo grande, más grande que en años anteriores, todo era bueno porque los niños la espera­ban. Aspasia también estaba muy contenta. Entonces, compren­dieron claramente la verdad que traían las lunas de diciembre.


La voz de Aspasia susurraba por los ranchos, por los caminos, en catres de los campesinos. Así llegó el día de sacarlos. A cada uno le fue señalando mariposas, peces, ranas, pájaros y los inquietos ca­ballitos del diablo; y también las riquísimas frutas y los corpulen­tos árboles, así como los toros y los caballos grandes.


—Ja, ja, ja —se reía de alborozo—. ¿No ven que la luna sí re­vienta en el espacio con su cargamento anual de cosas? Como uste­des son niños campesinos, esta vez les trajo toda esa vegetación y los animales vivos que están sobre la tierra.


Los niños fueron felices con los juguetes de tales reinos. ¡Qué de mariposas y de peces!


 


VI


Los que ya eran grandes y los viejos se quitaron el sombrero. Ha­bía pasado un cajón que en romería bajaron de la Loma del Vien­to. Aspasia cruzó el pueblo con un lazo morado sobre el cuerpo y un ramo de capachos en el pecho. Era como un día de fiesta na­cional porque a las ventanas le nacieron pañuelos de todos los co­lores. Muy pocos supieron que Aspasia había pasado. Lo dijo des­pués el sacerdote en el sermón de una mañana.


—Se nos ha ido Aspasia.


En la montaña todos la lloraron porque en el viaje, para se­guirla, diciembre se desprendió del año.


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