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| Plaza Bolívar, Mérida, Circa 1930 / Foto Carmona |
La crónica fue tomada de la “Antología de cuentos navideños venezolanos” de María Elena Maggi (1985)
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«Aspasia tenía nombre de corneta» de Oswaldo Trejo
Aspasia-Oswaldo Trejo 2
I
Este es un decir que corre de boca en boca en la montaña. Lo llaman la voz de Aspasia y nace en la Loma del Viento. Como un eco retumba hacia las cabeceras del Chama, y luego baja con el río hasta las cercanías del Lago de Maracaibo, en la Tierra Llana.
—Escuchá las aguas, indio. Cuando joven este río se desbordó, hizo bulla y arrastró puentes, casas y animales. Va es viejo. Se ha vuelto un poco necio y loco. Es como un espejo de los pájaros.
Aspasia fue la mujer de la pequeña aldea. Vivió bonito entre la serranía.
Tenía un hijo llamado Félix, que esperaba cada luna de diciembre.
El rancho de Aspasia y Félix estaba en las márgenes de la laguna, arriba, en la Loma del Viento. Eran aguas olvidadas, alimentadas por un caño. Había también para Aspasia, además del agua, otras cosas: una cabra, gallinas y las crías de la puerca; y azules del cielo y de los pájaros, árboles, colinas y caminos que no eran de ella, pero que estaban en el mundo.
II
—Mamá, ¿cuántas lunas han venido? —pregunta Félix.
—Las suyas son varias, indio. Hace siete años que la luna le trajo la luz como primer regalo.
Félix había venido de lejanas tinieblas.
—¿Verdad que la luz fue su mejor juguete, indio?
En las entrañas de Aspasia sopló el viento de la laguna. Oyó que el hijo la llamaba. Llegaba por el firmamento en la luna de la luz. Fue su compañero en la montaña.
III
Los dos bajaban de la loma. En el pueblo tenían un puesto en el mercado. Vendían flores unas veces. Otras, cestas de frutas; cuando no, Aspasia y Félix arreaban la puerca con la manada de lechones.
—Cuatro pesos cuesta un cochino de Aspasia —decían los poblanos.
Son buenos marranitos porque engordan hasta comiendo flores. —Aspasia, la Corneta, ta, ta, ta —le gritaban los muchachos.
De los cabreros del mercado sabía muchos cuentos. De ella contaban el de la serpiente. En el rancho convivían con las culebras. Félix se las presentaba a los muchachos campesinos y era como estar con ellos en un circo. Cuando llegaban compradores de gallinas, el indio con un látigo las espantaba para que fueran a refrescarse en la laguna.
—Cuéntanos un cuento, Aspasia.
—Ahora no.
—Corne…. ta, ta, ta —Los muchachos le tiraban piedras.
—Corneti… ca, ca, ca —y le quitaban el sombrero de fieltro a Félix con el cual y los calzones, parecía un hombre recortado.
Cuando pasaba vendiendo frutas se oía la gritería de los muchachos, unos para comprarle frutas que era como comprarle cuentos y otros para tirarle piedras. Era un pueblo sin cornetas, que sólo tuvo el pregón de Aspasia. Existía un automóvil, de los primeros que salieron. Inservible estaba en la plaza de la iglesia. De la carretera, derrumbada, quedó un camino angosto con pedazos anchos.
—La corneta… ta, ta, ta. —Esta vez le habían soltado la marrana.
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| Calle Independencia, Mérida, Circa 1930 / Foto Carmona |
IV
Por la loma se ven mejor los astros. La luna en nochebuena casi se pone encima de los cerros, y cuando explota, los muñecos, ranas, caballitos de celuloide y cajas de sorpresas se desparraman por el cielo.
En el catre se quedó dormido el indio. Siempre ocurría lo mismo: el sueño era más fuerte que la luna. Sin embargo, Aspasia le reseñaba el espectáculo: Por allí corrían fugaces los rebaños y los pastores iban ensartando estrellas. Por aquel lado aparecieron los elefantes. Allá en el sitio de la nube estaban las pelotas y tambores. “Como te quedaste dormido, aquí tienes, toma”. Le daba un soldadito de plomo.
Si Félix había despertado muy de mañana, volvía a dormirse y con los objetos que había visto en el Libro de Mantilla, en la Escuela Rural, completaba el inventario de juguetes que la luna lanzaba sobre el cielo.
—Félix bobo —le decían sus amigos, los muchachos de la aldea—. No hagas caso del cuento de la luna.
Para comprobarlo, Aspasia trató durante el nuevo año de convencer a los muchachos.
V
Volvió la navidad. Cuando la luna estuvo grande, más grande que en años anteriores, todo era bueno porque los niños la esperaban. Aspasia también estaba muy contenta. Entonces, comprendieron claramente la verdad que traían las lunas de diciembre.
La voz de Aspasia susurraba por los ranchos, por los caminos, en catres de los campesinos. Así llegó el día de sacarlos. A cada uno le fue señalando mariposas, peces, ranas, pájaros y los inquietos caballitos del diablo; y también las riquísimas frutas y los corpulentos árboles, así como los toros y los caballos grandes.
—Ja, ja, ja —se reía de alborozo—. ¿No ven que la luna sí revienta en el espacio con su cargamento anual de cosas? Como ustedes son niños campesinos, esta vez les trajo toda esa vegetación y los animales vivos que están sobre la tierra.
Los niños fueron felices con los juguetes de tales reinos. ¡Qué de mariposas y de peces!
VI
Los que ya eran grandes y los viejos se quitaron el sombrero. Había pasado un cajón que en romería bajaron de la Loma del Viento. Aspasia cruzó el pueblo con un lazo morado sobre el cuerpo y un ramo de capachos en el pecho. Era como un día de fiesta nacional porque a las ventanas le nacieron pañuelos de todos los colores. Muy pocos supieron que Aspasia había pasado. Lo dijo después el sacerdote en el sermón de una mañana.
—Se nos ha ido Aspasia.
En la montaña todos la lloraron porque en el viaje, para seguirla, diciembre se desprendió del año.
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