domingo, 25 de diciembre de 2016

JESUS, JOSE Y MARIA. Un cuento de Oscar Guaramato




Estimados Amigos

Hoy 25 de diciembre de 2016 compartimos este cuento del escriotr venezolano Oscar Guaramato (1916-1987), un escritor que no es leído en la medida que se merece. Sabemos que las condiciones en Venezuela son muy duras pero a pesar de las carencias que vivimos día a día seguimos soñando y trabajando por un mejor mañana. Porque este pueblo ganará su lugar bajo el Sol y los líderes ineptos será premiados con el olvido inmediato.

Le deseamos lo mejor a ustedes y que disfruten de la entrada.

Atentamente


La Gerencia

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 OSCAR GUARAMATO

        Al llegar a la cuesta, el asno apresuró la marcha. María buscó acomodo en la montura y miró hacia el hombre. El polvo y el sudor pintaban duros rasgos en el rostro de José. La barba ensortijada parecía ahora un atado de hierbas resecas. María bostezó y el ruido leve al aspirar hizo que el hombre la mirase.

        - ¿Cansada?.

        - No.

        - ¿Sueño, entonces?.

        - No. No siento sueño.

        El hombre cambió de una a otra mano el rugoso bordón. El asno había terminado de subir y ya en la meseta condicionó el trotecillo al hilo del camino.

        - Sí -murmuro el hombre-. Debes estar cansada. Hemos dejado atrás un pueblo y tres aldeas. También un rio. María comentó:

        - Suerte tuvimos en encontrar el río. Estaba sedienta. También tu. Y este -palmoteó sobre el lomo del asno- este no hubiera resistido mi carga, así como estaba... ¿Observaste cuanta agua bebió?. Bueno, ahora es noche y el aire es fresco. Esta mañana casi me ahogo con tanto polvo y tanto sol.

        - El pueblo no esta lejos.

        En los ojos de María hubo un parpadear de inquietud:

        - ¿Encontraremos posada?. En el otro pueblo y en las aldeas por donde pasamos, no encontramos.

        José no respondió. Registró el interior de una bolsa de fibras y sacó un trozo de pan. Mordió un pedazo. Miró a María -blanda de luna, húmeda de frio. Ella sintió el masticar del hombre y preguntó, sin mirarle:

        - ¿Qué comes?. Parece que comieras hojas secas, o cortezas de árboles, ¿qué comes, Jose?.

        - Estoy comiendo pan. ¿Recuerdas, cuando salimos, al hombre que cargaba la ovejita?.

        - ¿La ovejita con la pata quebrada?.

        - Sí. Ese. El mismo que me dijo: "|Que bonita correa, señor!. ¿La cortó usted?".
        - Ah...

        - Comprendí que seria feliz llevándosela y se la di. Al despedirnos, el me dijo: "¿Quiere una de mis ovejas?".

          Pero no podíamos llevar también una oveja con nosotros al lugar donde vamos, y le respondí: "Mucho le agradezco,señor, su ofrecimiento, pero he aquí a María, mi mujer, que pronto tendrá un hijo, y piénsela cuidando a un tiempo a su niño y al asno y a la oveja". Y el sin desmayar en su empeño por retribuirme el regalo, respondió: "Entonces les daré un pedazo de queso y un pan". Queso de oveja y pan de pastor, ¿quieres?.

        En ese instante el asno tropezó un pedrusco  y María estuvo a punto de caer. José alzo el bordón para castigar al animal, pero María -plumón de brisa, rama de rocío- le había mirado y el hombre apagó su ira y solo fustigó con palabras:
        - |Vamos, burrito, vamos!.

        Adelante, bajo la claridad lunar, emergían las primeras
casuchas del pueblo.

        Y por todas las callejas deambuló José en busca de albergue.

Y en todos los sitios le negaron posada. Y sucedió que en la casa del viejo Tobías, había festejos por la boda de su hija. Y cuando llegó José y suplicó cobijo, el viejo se enterneció y ofreció a los forasteros la parte trasera de la casa. Y era aquel lugar donde amontonaban los toneles inútiles, las sillas rotas y el pienso de las bestias. Y en el pesebre nació el niño. Y el niño se llamó Jesús.

        Era ya neblina de madrugada cuando uno de los invitados salio al patio y oyó el llanto del niño. Y llevó la nueva a los que festejaban.

Y todos desfilaron ante el niño. Y todos preguntaban su nombre. Y hubo una mujer que obsequió a María con un racimo de uvas y otra que trajo carne de cabra asada para Jose. Y cuando todos regresaron a la fiesta y María quiso dormir, llegaron tres hombres: rubio uno; moreno el otro;
y negro el tercero.

        Y dijo el negro:

        - Toma, para tu niño.

        Y dio a María un pomo de ungüentos olorosos.

        Y dijo el moreno:

        - Toma, para tu niño.

        Y dio a María un pájaro de siete colores.

        Y entonces el blanco llamó aparte a José y le dijo:

        - Tu vienes de un pueblo lejano. Yo voy hacia un pueblo lejano.
          Tu no posees ni una misera pieza de plata para dar lecho limpio a tu mujer. Yo te daré oro.

        - ¿Oro? -balbuceo' Jose-. ¿Me darás oro?.

        - Sí. Te daré oro reluciente. Oro que nunca has tocado
          con tus manos.

        José miraba al blanco -los ojos de añil, el cabello amarillo, el pecho de gladiador-.

        - ¿En verdad me darás oro? -pregunto' de nuevo-.

        - Ya lo has oído.

        Jesús, el niño, lloraba junto a la lumbre del amanecer.

El hombre blanco sonreía en la bruma. Jose preguntó, una vez mas:
        - Y... ¿a cambio de que me darás tu oro?.

        La sonrisa del blanco llenaba toda su faz.

        - He dicho que voy hacia un pueblo lejano. He caminado durante dias. Mis pies ya no resisten. Yo te doy mi oro y tu me das tu asno...

        En los brazos de María goteaba el llanto del niño. "Es el frio del amanecer" -pensó Jose. El hombre blanco se impacientaba. Jose miró a María -gacela de ámbar, tamborín de miel- y dijo de repente:

        - Trato hecho.

        - Toma tu oro.

        La pieza brillaba en sus manos como un pequeño sol. Y en una de sus caras había un ave con el cuello torcido. Y José observó: "Es un ave de presa".

        El blanco montó sobre el asno y los otros le siguieron.
Sobre el pesebre correteaba el alba.

Moneda de 20 dólares que circulaba en Venezuela llamada Morocota
        
Una semana después, Jose Calcurian y María Cumare llegaron a Cabimas. Y era Cabimas lugar donde reuníanse mercaderes de extrañas latitudes. Y uno de ellos, un sirio jorobado, trocó el dolar de oro por monedas de plata. Y, en las manos de Jose y de María, eran las piezas como pequeñas lunas, donde un potrillo blanco corría sin descansar.



Y entraron en la tienda de un liencero árabe y compraron a Jesús un venado de estambre y cuatro camisitas de seda artificial.



Tomado del libro Cuentos en tono menor


Ahora disfruten del Aguinaldo Criollo




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Oscar Guaramato


Nació el 8 de mayo de 1916, en Maracay, Estado Aragua. Es autodidacta. Se inició en el perio­dismo en publicaciones de vida efímera, a la vez que alter­naba su labor cotidiana como obrero en unaprocesadora láctea de la capital aragüeña. Variaría de ocupaciones, ya como inspector sanitario, secretario de juzgado, maestro alfabetizador hasta radicarse en Caracas, donde fue cola­borador del semanario "Fantoches" dirigido por el maestro Leoncio Martínez y en igual forma se incorporó a "El Na­cional", en 1943. Poco tiempo después pasaría a ser inte­grante del cuerpo de redacción de este diario, hasta la fecha en calidad de redactor especial. Fue Presidente de la Asociación Venezolana de Periodistas hasta completar el pe­ríodo en octubre de 1957. Ha publicado Biografía de un Es­carabajo, cuentos, 1950; Por el Río de la Calle, estampas, 1945; La Niña Vegetal y Otros cuentos, 1956, que vendría al galardón Municipal de Prosa del siguiente año. Anteriormen­te, en 1943, obtuvo el primer premio en el concurso de cuen­tos organizado por la revista "Alas" de Barquisimeto y en el mismo año el segundo premio en el concurso anual del Semanario "Fantoches". Ha figurado entre los ganadores del certamen anual de cuentos de "El Nacional". Algunos de sus cuentos han sido traducidos al checo, al rumano, al ita­liano, al inglés y al portugués. Figura en varias antologías nacionales e internacionales, entre ellas las referentes al cuento moderno, editadas en Italia y España. Su libro Cuen­tos en Tono Menor, figura en las ediciones de Monte Ávila. Promoción de Periodistas "Leoncio Martínez".


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