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jueves, 11 de junio de 2026

José Pulido, Venezuela, sus ciudades y los escritores

 




José Pulido, las Ciudades venezolanas y los Escritores


LA CIUDAD Y LOS ESCRITORES


Un conocido poema de Kavafis dice:


 


“No hallarás nuevas tierras, no hallarás otros mares.


La ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas


calles. Y en los mismos barrios te harás viejo;


y entre las mismas paredes irás encaneciendo”.


Constantino Kavafis.


Cada ciudadano crea con su huella una partícula de ciudad. El ciudadano construye la ciudad; inclusive el ciudadano que jamás coloca un ladrillo, o una piedra, un cable o un tubo: todos los habitantes van haciendo la ciudad según sus intereses y sus ignorancias, sus conocimientos y sus sentimientos.


Y al mismo tiempo, la ciudad va procreando los ciudadanos que necesita para descomponerse o embellecerse, para sublimarse o envilecerse.


Hay paisajes en la ciudad que pueden marcar para siempre una vida o muchas vidas. Cada paisaje urbano contiene otro paisaje y dentro de ese otro paisaje anidan los espacios que usa el alma para ejercer la nostalgia o el ensimismamiento. He ahí los paisajes de la memoria, manifestándose en los sueños de los seres que disfrutan y padecen los laberintos de la urbe.


¿Cómo influye la ciudad en el conductor de autobús? Hace que coloque en su vehículo un enorme anuncio de su fe, la imagen de una virgen, un santo o cualquier deidad milagrera, sin que esto le impida detestar a los ancianos porque se mueven lentamente y no pagan pasaje.


 


Todo eso y más, hacen que la ciudad a su vez sea un caos en lo metafísico, en lo amoroso, en lo auditivo, en lo visual. Pero ese caos es lo que genera situaciones de asombro que pueden constituirse en obra de arte y en historia. En literatura, poesía, teatro, cine o danza. Creaciones que sirven en todo caso para enaltecer la espera. Porque como ya lo dijo Jorge Luis Borges hay que ensayar el futuro ¿y cómo se ensaya el futuro? Pues con la esperanza.


 

Vista de Caracas. Imagen tomada de aquí


Escritores que vivieron en Venezuela


Algunos destacados escritores de otros países vivieron mucho o poco tiempo en Caracas y escribieron una o varias obras en este lugar. ¿Cómo influyó en ellos la ciudad? Seguramente eso equivale a hurgar más minuciosamente en sus textos, pero sin duda alguna debe haber algo en sus escritos que refleje el tiempo vivido en estas calles y en estos cuartos amparados por el Ávila.

José Asunción Silva


En el año 1894 se estableció en Caracas el poeta José Asunción Silva como Secretario de la Legación de Colombia en Venezuela. Y aunque su estadía fue de pocos meses, resultaron tan intensos que se dedicó a escribir una novela titulada “Amor”, regresó antes de tiempo a Bogotá y se dio un tiro en el corazón.

Imagen tomada de aquí.


José Asunción Silva decía que El Cojo Ilustrado era “Un periodicazo mensual donde escriben los mejores”. El Cojo Ilustrado, dirigido por Herrera Irigoyen, anunció que publicaría los cuentos negros de José Asunción Silva y una novela que titularía “Amor”. El poeta se encerró a escribir la novela, pero de repente sintió deseos de ir a Bogotá. Entonces su barco naufragó y después de eso, ocurrió el suicidio.


Caracas le había dado muchas alegrías. A Emilio Cuervo Márquez le confesó: “Aquí me han recibido como no merezco; no sé cómo hacer para devolver atenciones y bondades y fiestas. El país va bien, rebosa de oro, tiene el sentimiento del arte y adora la buena literatura. En Bogotá hay muchos que creen lo contrario en lo referente a los dos últimos párrafos; pues bien, están equivocados de medio a medio”.


En Venezuela vivieron y trabajaron Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Manuel Mejía Vallejo, Manuel Puig, Plinio Apuleyo Mendoza, Alfredo Pérez Alencart, José López Rueda, Tomás Eloy Martínez, Isabel Allende entre otros.

Alejo Carpentier.


Su estancia en Venezuela le aportó más conocimientos a Carpentier sobre la lengua castellana enriquecida y divinamente atormentada por el Nuevo Mundo; le destapó más claridad respecto a las maravillas del trópico; le suministró los nombres de las cosas olvidadas, silvestres, diminutas y clandestinas; le hizo comprender al detalle la presencia del barroco en lugares que fueron puertos donde se mercadeaba la modernidad, como Ciudad Bolívar, que alguna vez vio pasar barcos de vapor similares a los que recorrían el Mississippi.

Alexis Márquez Rodríguez. Imagen tomada de aquí


Venezuela le proporcionó a Carpentier un ambiente idóneo para desarrollar varias de sus obras. Según ha escrito el profesor Alexis Márquez Rodríguez:


“Residenciarse en Caracas, contratado para un trabajo publicitario que él dominaba como pocos, bien remunerado y en compañía de un equipo en que figuraban varios intelectuales, entre ellos jóvenes escritores y artistas en ciernes, le proporcionó a Carpentier algo que siempre había buscado afanosamente: tiempo y tranquilidad para emprender la obra literaria que, por vocación y por responsabilidad ciudadana, se sentía obligado a realizar”.



Alejo Carpentier vivió durante catorce años en Venezuela, junto con su esposa Lilia. Fue contratado inicialmente por su amigo Carlos Eduardo Frías para trabajar en la agencia pionera ARS Publicidad. También escribía en El Nacional sobre libros y música. Le gustaba caminar y se iba desde el lugar donde quedaba la agencia publicitaria hasta el periódico. Allí se encontraba con otro de sus amigos: Miguel Otero Silva.


Varias de sus novelas fueron escritas en Caracas. Después regresó a Cuba donde ejerció funciones diplomáticas para el gobierno cubano.


Manuel Mejía Vallejo



Mejía Vallejo


Manuel Mejía Vallejo, el narrador colombiano, trabajó en Maracaibo desde 1950 hasta 1952. Se ganó el concurso de cuentos de El Nacional de Venezuela y el concurso de cuentos de El Nacional de México. Fue el primer latinoamericano que ganó el Premio Nadal y muchos años después de eso obtuvo el Premio Rómulo Gallegos con su novela La casa de las dos palmas. Era periodista. Trabajó como redactor de planta del diario Panorama de Occidente, en Maracaibo. El gobierno de Pérez Jiménez lo expulsó por sus editoriales. En Maracaibo se sintió tan a sus anchas que escribió sus cuentos más reconocidos y premiados.




García Márquez


En 1957 Gabriel García Márquez estaba en París, sin trabajo y sin dinero. Su amigo Plinio Apuleyo Mendoza, era jefe de redacción de la revista Élite de Caracas y le pidió varios trabajos para la publicación caraqueña. Luego Plinio Apuleyo Mendoza le consiguió trabajo en la revista Momento; Trabajó en Venezuela durante los últimos tiempos de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez escribiendo crónicas inolvidables.

Pérez Jiménez


En marzo de 1958 viajó a Barranquilla para contraer matrimonio con Mercedes Barcha. En mayo de ese mismo año apareció «El coronel no tiene quien le escriba», en la revista Mito de Bogotá. El Gabo también trabajó en las revistas Élite y Venezuela Gráfica. Abandonó su colaboración en la revista Momento porque estaba escribiendo «Los funerales de la Mamá Grande».


El Gabo es el más venezolano de los escritores colombianos y aunque tuvo tiempos mejores en otros lugares, nunca dejó de recordar su paso por Caracas. «El otoño del patriarca», su obra maestra incomprendida, revela lo que fue una marca existencial para él. En una reseña biográfica lo señalaron: “Aunque su actividad periodística en Venezuela es muy intensa, García Márquez no abandona el quehacer literario: escribiendo sólo los domingos, redactó casi todos los cuentos de Los funerales de la Mama Grande”.


Según Plinio Apuleyo Mendoza, uno de sus mejores amigos, la caída del dictador venezolano fue el germen de «El otoño del patriarca».


William Faulkner

 



William Faulkner y Juan Rulfo


En una ocasión vino invitado a la hacienda de un amigo, el escritor William Faulkner. Estuvo en Caracas. Se reunió con los escritores agremiados. No sé mucho sobre esa visita, pero Faulkner es uno de mis escritores preferidos. Sí conocí a Isabel Allende, y a Manuel Puig, también a Tomás Eloy Martínez. Y tuve el privilegio de ser amigo de Manuel Mejía Vallejo, quien se quedaba en nuestra casa cuando visitaba Caracas.  Manuel Puig era un ser humano extraordinario. Estuvo poco tiempo en Venezuela porque no le ofrecieron un empleo que le sirviera para escribir con tranquilidad.

Elisa Lerner sobre Manuel Puig: “Manuel no era dócil. No le gustaba todo el mundo. Era muy observador”.

Juan Rulfo vino una sola vez y no sintió ningún deseo de quedarse en Caracas. Lo atracaron por los lados de Parque Central y lo golpearon con tanta saña que al día siguiente parecía un boxeador que ha perdido la pelea.


Juan Rulfo


Sobre Rulfo sí puedo decir, con toda certeza, que esta urbe intensa y atropelladora lo marcó para siempre. Fue una vergüenza para el gentilicio. Porque en vez de golpear a ese señor han debido leerlo.

Parque Central . Imagen tomada de aquí


https://circulodescritoresvenezuela.org/2023/01/08/jose-pulido-la-ciudad-y-los-escritores/


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José Pulido. Fotografía de Gabriela Pulido Simne

José Pulido

Poeta, escritor y periodista, nació en Venezuela, el 1° de noviembre de 1945.

Vive en Génova, Italia. 

En 1989 obtuvo el Segundo Premio Miguel Otero Silva de novela, Editorial Planeta. En el 2000 recibió el Premio Municipal de Literatura, Mención Poesía, por su poemario Los Poseídos. Ha publicado cinco poemarios y nueve novelas. Desde el 2018 el Papel Literario de El Nacional creó la Serie José Pulido pregunta y publica las entrevistas que ha realizado a creadores y artistas.

(Ha fundado y dirigido varios suplementos y revistas de literatura. Si se requiere información detallada sobre estas publicaciones, favor solicitarla a este  correo: jipulido777@gmail.com)

Forma parte de la Antología Por ocho centurias, XXI Encuentro de Poetas Iberoamericanos, Salamanca, España, entre otras. Ha sido invitado a festivales en Irak, Colombia, Brasil, Chile, España y Génova. Participó, en 2012, como invitado de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos que se celebran en Salamanca. En el 2018 y en el 2019 invitado al Festival Internacional de Poesía de Génova. 

Publicaciones más recientes:

El puente es la palabra. Antología de poetas venezolanos en la diáspora.

Compilación: Kira Kariakin y Eleonora Requena, para Caritas.

Poeti Uniti per il Venezuela, Parole di Libertà  (Poetas Unidos por Venezuela, Palabras de Libertad) publicado por Borella Edizioni, evento respaldado por la Associazione culturale Orquidea de Venezuela, con sede en Milán.

Poemario Heridas espaciales y mermelada casera editado por Barralibro Editores


Enlaces relacionados:






viernes, 17 de abril de 2026

EL GRAN ESCRITOR VENEZOLANO ENRIQUE BERNARDO NÚÑEZ CON BETANCOURT EN EL PALACIO DE MIRAFLORES




Reunión en el Palacio de Miraflores. Rómulo Betancourt y Enrique Bernardo Núñez, circa 1960: Autor desconocido. Foto coloreada ©Archivo Fotografía Urbana




EL GRAN ENRIQUE BERNARDO NÚÑEZ EN EL PALACIO DE MIRAFLORES


Milagros Socorro


Fecha de publicación: octubre 4, 2015




El 30 de septiembre de 1940, Rómulo Betancourt le envió una carta a Enrique Bernardo Núñez, desde Santiago de Chile, donde se había instalado con su familia después de haber sido apresado por la policía política. Allí le dice que quiere reanudar a distancia el diálogo epistolar que habían iniciado cuando Betancourt estaba todavía en la clandestinidad. “Sigo atentamente lo que escribes”, le dice el exiliado al gran escritor a quien va a admirar por décadas. “Y veo que casi siempre coincides con el Partido, ojalá que estés cada día más cerca de él, más al lado nuestro”.


El propósito de la misiva era, pues, conquistar al autor de “Cubagua” para que se uniera al Partido Democrático Nacional (PDN), fundado por Betancourt, que, al funcionar entre 1937 y 1941) es uno de los antecedentes de Acción Democrática.


“El trabajo por equipo alrededor de un programa concreto y de una disciplina colectiva conscientemente aceptada, aumenta la capacidad creadora del escritor  y le da una proyección más seria a su obra. Pareciera ser más cómoda y más ‘libre’ la postura del francotirador. Pero no es así. Las fuerzas que combatimos están coaligadas, vertebradas por lazos que aún en países como el nuestro, sin aparente estructuración política, de los reaccionarios, son muy sólidos. El instinto de defensa de las comodidades y privilegios hace el papel del cemento. Los aglutina. Nosotros no podremos derrotarlos sino oponiendo a su bloque antivenezolano otro de base nacional y seriamente organizado. No otra cosa es el Partido, con todo y sus grandes deficiencias, nacidas de las condiciones mismas en que se ha forjado. Estoy seguro de que cuando llegues a sus filas, en ellas te encontrarás bien y sentirás cómo tu admirable labor de columnista, así como también la otra tan valiosa de escritor y artista, se enriquecerán de matices nuevos. Para mí personalmente, que tanto he llegado a estimarte como intelectual y como ciudadano, será un momento de honda satisfacción aquel en que te sepa ya actuando en la fervorosas filas pedenistas”.


Pero Enrique Bernardo Núñez nunca se integró a esas filas ni a ningunas otras de carácter partidista. Está escarmentado de haber servido al gomecismo y, una vez muerto Gómez, no quiso oír hablar de alineamientos con poderes o con aspirantes a serlo.


En su libro Hombres y villanos, publicado en 1975, Rómulo Betancourt consigna que esa carta “no obtuvo respuesta”. Agrega que ya de regreso a Venezuela, en 1941, habló personalmente con Enrique Bernardo Núñez, quien le dijo que el grupo político le merecía confianza, pero “su individualismo incurable —según expresión textual— lo inhabilitaba para someterse a una disciplina de partido”.


—Y como francotirador murió—, acota Betancourt en 1975, citando la expresión que él mismo había empleado en la carta de 1940, en un día de 1964, pero dejándole al país el ejemplo limpio de una inteligencia y de una pluma que siempre estuvieron al servicio de Venezuela, de la libertad, de la justicia. De la democracia.


Un día en Miraflores

Esta fotografía, propiedad de la Fundación Fotografía Urbana, fue tomada alrededor del año 1960, por autor desconocido. Capta una reunión en el Palacio de Miraflores. El centro de la imagen lo ocupa el abrazo que reúne a Rómulo Betancourt, entonces Presidente de la República (1959-1964) y a Enrique Bernardo Núñez (Caracas, 1895 – 1964), quien se había iniciado en la escritura desde su juventud y no había parado ni un día de su vida, que dedicó a cincelar una prodigiosa pronunciación.


–Enrique Bernardo Núñez se hizo a sí mismo, —dice Betancourt en el perfil de su amigo, incluido en “Hombres y villanos”— en ese duro esfuerzo del autodidacta, nacido y criado en casa pobre. Y qué pobre se era en la Venezuela estancada, aletargada, muerta en vida, pudriéndose en vida, en los días de Cipriano Castro y de Juan Vicente Gómez.

Juan Vicente Gómez y Cipriano Castro


Y, ciertamente, EBN, como, por cierto, solía firmar sus notas periodísticas, había sido pobre, pero no propiamente autodidacta. En Valencia, donde creció, hizo la primaria y el bachillerato, y luego marchó a Caracas en cuya Universidad Central se matriculó para estudiar Medicina y asistir como oyente a las clases de Derecho.


En 1918, Núñez recibe una mención en los Juegos Florales con el título “Bolívar Orador”, y publica su primera novela: Sol interior. Dos años más tarde aparece, Después de Ayacucho. Para entonces ya es periodista, una labor que nunca va a abandonar y que incrusta su portentosa voz en las más importantes publicaciones de Venezuela: El Imparcial, El Universal, El Heraldo, El Nuevo Diario, las revistas Élite y Billiken, Heraldo de Margarita —del que fue fundador y director—, y El Nacional, entre otras.


Como era bastante habitual en la época, cuando los escritores eran miembros asiduos del servicio diplomático, desempeñó cargos en las legaciones Colombia, Cuba (fue en La Habana donde empezó a escribir Cubagua, en 1929), Panamá (donde terminó la novela, en 1930, y empezó a trabajar  en La galera de Tiberio, una crónica sobre el Canal, que finalizó ya de regreso a Venezuela, en 1932. Seis años después, muerto ya Gómez, partió a Baltimore como cónsul de Venezuela.


En 1945, Núñez fue nombrado cronista de Caracas, tarea que ejerció en dos oportunidades, la segunda entre 1953 y 1964. De manera que, en el momento del que somos testigos, el jefe del Estado está zarandeando afectuosamente al cronista de la ciudad. Tienen mucho en común. Ambos han credido en lugar distinto a Caracas; leen y escriben con pasión; dejaron los estudios universitarios antes de llegar a graduarse; se iniciaron en la escritura con cuentos cortos; cultivan una apasionada afición por la Historia; y son perfeccionistas y obsesivos, Núñez hasta el punto de corregir una novela, ya publicada, durante 36 años. Es fama que nada más salida de la imprenta la novela La galera de Tiberio, la arrojó al río Hudson, en Nueva York (por suerte, se salvaron algunos ejemplares que permitieron su posterior reedición en Cuba).


“Núñez era un obsesivo”, dice Alejandro Bruzual, quien hizo una edición crítica-genética de Cubagua, que incluye un segundo final. “Era un tipo descontento con lo que hacía. Corregía y corregía. Llegaba hasta la autodestrucción. Todas sus obras sufrieron eso”.


Escritor y jardinero

La bibliografía de Enrique Bernardo Núñez consta de una decena de títulos (entre novelas, ensayos y compilaciones de artículos periodísticos); y fue cuentista, ensayista, novelista, cronista e historiador, faceta ésta por la que ingresó a la Academia Nacional de la Historia, en 1948. En su discurso de incorporación comenzó hablando de notables historiadores para luego precisar: “Yo, en cambio, vengo de las legiones de la prensa. Mis trabajos de historia tienen más bien carácter periodístico, informativos para los de mi generación. Sería, pues, del caso, hablar aquí del papel que ha desempeñado esta maestra de los pueblos. La prensa, si no abandona su misión, si no la mixtifica, es el más eficaz instrumento en la creación de un país.  Por lo mismo, la mejor forjadora de historia. Típicos ejemplos pueden hallarse en el Correo del Orinoco y la Gaceta de Caracas, dirigida por José Domingo Díaz. El primero hace historia, la segunda se propone detenerla o desconocerla. Pero el tema de este discurso es la historia de Venezuela, o mejor dicho, será un reportaje en torno de esa historia”.


He aquí otro punto que comparten los dos que con afecto visible se palmean. Ambos vienen de las legiones de la prensa y encontraron en ella una manera de comunicar sus percepciones de la historia a su generación.


Se echa de ver que su intercambio es muy jovial. Parecen compartir vivencias gratas al recuerdo y, quién quita, ciertos destellos de picardía. Luis Cubillán Fonseca ha contado que, cuando Betancourt era presidente, vio pasar por la Plaza Bolívar de Caracas a Enrique Bernardo Núñez, quien estaba vigilando que sembraran unas matas de rosa. “Rómulo le mandó un policía para que impidiera la siembra. Cuando Enrique Bernardo estaba más caliente, discutiendo con el policía, se bajó Rómulo del carro y se acercó:  “¡Rómulo! ¿qué te parece?, este policía no me deja sembrar las matas, y dice que fue orden tuya. Y Rómulo le soltó la carcajada”.


“Combatir tercamente el derrotismo…”

Se habían conocido en 1936, “inicio del nuevo tiempo venezolano”, apunta Betancourt, quien sería, sin embargo, expulsado del país en 1937. Pero, igual que otros 36 dirigentes de partidos fundados tras la muerte de Gómez, decidió quedarse clandestinamente en el país porque consideró que aquel era el tiempo “de echar las bases de una organización democrática popular”. Tres años estaría haciendo “vida de topo”. En esos 36 meses mantuvo un activo contacto por escrito con Enrique Bernardo Núñez, intercambio que Betancourt alude en la carta que le envió desde Santiago de Chile, en 1941, donde expresa su voluntad de “reanudar, a distancia, el diálogo epistolar” iniciado cuando el de Guatire estaba enconchado.


Aquella extensa comunicación se pierde por galerías de reflexión política, pero vuelve constantemente al ánimo que la inspiró. Betancourt quiere una fotografía con Enrique Bernardo Núñez que demuestre el apoyo de éste a sus afanes partidistas.


—Tienta —le dice Betancourt a EBN en la carta de Chile— la empresa de forjar una gran nación donde sólo existe ahora un vasto y rico espacio geográfico, poblado por escasos cuatro millones de habitantes a los que necesitamos despertarle el apetito de hacer historia. Nuestro pueblo guarda en el subconsciente, como una formidable fuerza latente, el recuerdo de aquellos días en que fuimos vanguardia de América y lo que se requiere es la acción de encendida de fe de un equipo de hombres entregados a la gran cruzada, para que el venezolano de hoy vuelva a ser el mismo de los mejores días. Creo que una manera de ir logrando ese renacer de la confianza nacional en las posibilidades creadoras de Venezuela consiste en combatir tercamente el derrotismo, la falta de entusiasmo la abulia, el “pata-de-palismo”. Tú en tu sección puedes y debes hacer mucho en ese sentido. Lo que escribes se lee y se medita. Tienes ya ámbito para tu palabra en todo el país.


Espero estar muy pronto de regreso. Entonces podremos hablar largamente sobre estas y sobre tantas otras cuestiones. mientras tanto te va desde aquí un abrazo afectuoso y una palabra de fraternal estímulo.


Firma: Roca.


La espina del pasado gomero

Como ya quedó dicho, ni siquiera esta inflamada prosa alcanzó a entusiasmar a EBN para apuntarse a los proyectos de Betancourt, quien poco después de franqueado el sobre desde la capital chilena, fundaría Acción Democrática, el 13 de septiembre de 1941. Es así como en el acto inaugural del partido, en la Plaza Nuevo Circo de Caracas, estaban Rómulo Gallegos, Andrés Eloy Blanco, Luis Augusto Dubuc, Tomas Pino, Juan Oropeza Riera, Gonzalo Barrios, Leonardo Ruiz Pineda, Jesús Ángel Paz Galarraga, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Carlos “Chicho” Herrera, entre otros, pero no estaba el autor de La galera de Tiberio.


Betancourt no se molestaba. Sabía cuál era la razón profunda de esta terca inhibición. “Ese paso suyo por el elenco gomero, en cargos subalternos y de ínfimas pagas le dejó una huella imborrable de desagrado con él mismo.” Consignó Betancourt en el libro citado. “Alguna vez, conversando en la plaza de La Misericordia, entonces umbroso rincón caraqueño, me volcó la confidencia ingenua. ‘Toda mi vida purgaré, en desdén de mí mismo, no haber compartido con ustedes, los del 28, un par de grillos, en el castillo de Puerto Cabello’. Le dije, con sinceridad al afirmarlo, que la nuestra había sido una acción de grupo, un proceder de muchos, actuando bajo el acicate de condiciones nuevas creadas en el país. Estoy seguro de no haberlo convencido. Siempre lo acompañó, compañera incómoda, la espina clavada de haberle cobrado estipendios, aún cuando fuera de escasos centenares de bolívares mensuales, a un despotismo cuya acción destructiva y corruptora del país apreciaba con toda lucidez”.


En su libro Rómulo Betancourt y el Partido del Pueblo (1937-1941), Arturo Sosa Abascal se refiere a esta amistad y las divergencias políticas que la puntuaron. “Con Enrique Bernardo Núñez, mayor que Betancourt y de una posición más centrista desde el punto de vista política, estableció un tono de conversación en el que se notaba al mismo tiempo, confianza y respeto. Tras demostrar el interés por lo que hacía, le reconocía su labor como escritor y la importancia de su posición para combatir al derrotismo y “pata-de-palismo” extendido entre los venezolanos de todos los sectores”.


Pérez, antes del regaño del médico

En la esquina izquierda de la fotografía vemos, de perfil, al músico José Antonio Calcaño, quien igual que Enrique Bernardo Núñez alterna su trabajo creativo con el de diplomático y  por esos días es su compañero en las páginas de El Nacional, donde ambos son colaboradores. Calcaño, entonces de 60 años y con una destacada carrera como compositor, arreglista e intérprete, es crítico musical de El Nacional en la época que capta la imagen.


Entre Calcaño y Betancourt, hacia el fondo, está Carlos Andrés Pérez, entonces ministro de Interior y Justicia. Pérez había regresado a Venezuela en 1958, tras su exilio en Costa Rica, país al que marchó luego de salir de la cárcel Modelo, —donde lo había tenido el régimen de Pérez Jiménez por más de un año. Nada más llegar fue nombrado Secretario General de Acción Democrática en el Táchira. Y a los pocos meses de iniciado el gobierno de Betancourt fue designado Ministro del Interior para enfrentar las insurrecciones militares de Carúpano y Puerto Cabello, y las constantes acciones subversivas de inspiración castrista, que no dieron tregua a la naciente democracia venezolana consagrada en las urnas de votación.

Pérez Jiménez


Para este momento, alrededor de 1960, Pérez luce más grueso de lo que estaría en décadas posteriores, cuando fue candidato a la Presidencia y mandatario nacional. Y está fumando, cosa que también dejaría de hacer. “Dejó el cigarrillo cuando era ministro”, dice su hija Sonia Pérez, “y no por un asunto de cálculo para mejorar su imagen de cara a la campaña. Mi papá fumó desde muy joven y muchísimo… hasta que un día, cuando juzgó que el malestar que venía experimentando se había prolongado demasiado, fue al médico. Tenía el principio de un enfisema pulmonar. El médico le advirtió que si no cambiaba de hábitos inmediatamente, su condición se agravaría. Ese mismo día dejó de fumar, comenzó un programa de ejercicios para recuperar la capacidad pulmonar y cambió su forma de alimentarse”.


Sonia Pérez recuerda que en la habitación de sus padres se instaló una polea del techo. En la soga que pendía del artilugio debía colgarse el entonces Ministro del Interior para ejercitar los músculos del pecho y aliviar los maltratados pulmones. “Hasta ese día llegó la costumbre de poner, en la mesa de noche de mi  papá, un platico con dulce de leche. Como solía llegar a las diez de la noche, le guardaban ese postre, su favorito, para que lo comiera antes de dormir. Nunca más volvió a probarlo”.

Carlos Andrés Pérez. Imagen tomada de aqui


Antonio Ledezma, quien contesta la consulta periodística desde el presidio político que cumple en su casa, dice que nunca vio a Carlos Andrés Pérez fumando. “Era un hombre de un gran autocontrol. De hecho, también se dispuso a dejar el café, que le encantaba. Y no lo dejó del todo porque decía que no podía hacer un desprecio a la gente humilde en cuya casa le ofrecían una tacita, pero se limitaba a saborearlo. En el despacho tomaba manzanilla, naturalmente sin azúcar. Sólo se reservó un hábito que no guardaba relación con la sobria alimentación que observaba: el whisky, que gustaba tomar con una sola piedra de hielo y mucho agua”.

Reunión en el Palacio de Miraflores. Rómulo Betancourt y Enrique Bernardo Núñez, circa 1960: Autor desconocido ©Archivo Fotografía Urbana



Angustia por lo venezolano

Enrique Bernardo Núñez va a morir de cáncer el 1 de octubre de 1964. Ese hombre que sonríe con gesto de conejo y mira a los ojos al amigo que lo abraza, al tiempo que lo sujeta con fuerza por las espalda, no tiene más de cuatro años de vida por delante. Los suficientes, no obstante, para escribir tres grandes libros Codazzi o la pasión geográfica (1961), Figura y estampas de la antigua Caracas (1962) y La estatua de El Venezolano: Guzmán o el destino frustrado (1963).


—Tenía premonición de su próxima muerte –escribe Betancourt en una columna periodística de noviembre de 1964—. Me lo encontré una noche en la Plaza Bolívar. Iba yo de Miraflores a mi casa y sentí deseos de estirar las piernas y de ver las estrellas en un lugar tan vinculado a mis recuerdos de caraqueño asimilado. Hablamos con la misma mutua estimación de siempre. Le propuse que se fuera Washington, con un contrato de trabajo del gobierno, a seguir escudriñando en los documentos accesible a la Cancillería de EE.UU. La respuesta me la envió con Marcos Falcón Briceño. “Dígale al Presidente que no puedo aceptar su ofrecimiento. Ya yo me voy. Estoy recogiendo mis papeles”.


En 1975, Betancourt volvería a recordarlo: “Fueron siempre cordiales y amistosas mis relaciones con Enrique Bernardo Núñez. Era hombre introvertido, poco o nada expansivo y persona de escasos amigos. Trabajaba con tenacidad de hormiga. Entre papeles y sueños discurrió su vida. Hay una constante en su obra: la angustia por lo venezolano”.


Betancourt terminó su periodo de gobierno el 13 de marzo de 1964. Murió en Nueva York casi dos décadas después, el 28 de septiembre de 1981.



https://elarchivo.org/el-gran-enrique-bernardo-nunez-en-el-palacio-de-miraflores/




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Fotografía coloreada de Vasco Szinetar






Periodista y escritora venezolana nacida en Maracaibo en 1960. Trabaja como periodista independiente en diversos medios impresos, como la revista Exceso, el diario El Nacional y la revista Bigott. Ha publicado Una atmósfera de viaje (cuentos, 1989), Catia, tres voces (testimonio, 1994), Alfonso "Chico" Carrasquel. Con la V en el pecho (testimonio, 1994) y Actos de salvajismo (cuentos, 1999) con el que obtuvo el premio de narrativa de la Bienal José Antonio Ramos Sucre (Cumaná), en 1997. Sus textos se pueden leer en La BitBlioteca.
Ganadora del premio Nacional de Periodismo en el año 1999 y del premio La Haya el Premio Oxfam Novib/PEN por su interminable labor a favor de la libertad de expresión.

Fotografía original de Vasco Szinetar
 Tomada de Prodavinci

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