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viernes, 8 de noviembre de 2024

Las Solapas de Carlos Villaverde

 





El escritor de solapas


Carlos Yusti jueves 8 de julio de 2021


En uno de esos diálogos casuales con Carlos Villaverde (poeta, médico, siquiatra, editor del Fondo Editorial Predios y diletante portentoso), me contó su intención de reunir como libro sus textos escritos para las solapas y contraportadas de los libros que con esmero editó. Eran alrededor de cuatrocientos breves escritos que sintetizaban, de forma sintetizada/apresurada, el contenido del libro, y en ocasiones una semblanza de estrella fugaz del autor.

Mario Muchnik .Imagen tomada de El País.

Editar libros es una operación compleja, plena de minucias, contiendas y tropiezos de toda índole. Mario Muchnik, en su libro Oficio editor, relata un poco este engranaje y en un aparte de la obra detalla en categorías las características de algunos escritores, sus manías y perturbaciones de divismo trasnochado al momento de publicar. Así, tenemos a escritores que no admiten que se les toque una coma de su texto, aunque no se entienda bien lo que escriben. Están los que intentan imponer su propia idea de cubierta. También los autores extranjeros que, sin saber una palabra de español, pretenden corregir una traducción. Por supuesto, hay escritores convencidos de que el editor se enriquece a costa de ellos. Y así una lista larga de un pintoresco zoológico en el que los egos bordean lo maniático. A pesar de ello Muchnik acota: “Y, sin embargo, en este oficio de editar libros, lo peor no son los autores”.

Alejandro Otero en 1960


El poeta Villaverde como editor tuvo que lidiar muchas veces con los autores. Recuerdo un incidente del que fui testigo. Fuimos a casa de un poeta, del que no diré su nombre, pero sí de su gran solvencia como poeta y de su gran aplomo estilístico como escritor; Villaverde quería comunicarle en persona el retraso de la publicación de su libro. Así, comenzó a explicarle todos los intríngulis del retraso, pero subrayó que el libro tardaría todavía más debido a que los herederos del pintor Alejandro Otero le habían entregado un manuscrito, Papeles biográficos, para su publicación. Argumentó la importancia de editar aquel libro autobiográfico de quien aparte de gran pintor vivió durante algún tiempo, en su infancia, en Upata. Yo mientras tanto degustaba un Jack Daniel’s en el sosiego zen total. Por su parte, la cara del poeta se volvió un rictus de pocos amigos y se tornó rojo de ira y, sin levantar la voz, dijo: “Poeta, usted insinúa que Otero es mejor escritor que yo; usted piensa que la obra de Otero tiene más valor que la mía y por ese motivo publicará sus paparruchas biográficas antes que mis poemas. Si es así, gracias por la visita y los acompaño a la puerta, pero debo atender otros asuntos”. Apuré como pude el trago y salimos sin decir palabra. Ya en la calle el poeta gritó: “Adiós, ex editor, y sobre el libro haga lo que mejor le parezca”. Al cabo de algunos días el poeta llamó por teléfono a Villaverde para disculparse. Casi simultáneamente se editaron los Papeles biográficos de Otero y el libro del poeta.



Carlos Villaverde como editor tiene algo de extravagante y tampoco es ahorrativo en eso de las manías. En una ocasión eliminó algunos ensayos del primer libro que me publicó en Predios. Aducía que eran redundantes, endebles y además abultaban más de lo previsto el libro, y procedió a podarlo sin que le temblara el pulso. Ese montón de textos huérfanos e inconexos fueron de nuevo al quirófano de la reescritura y armé un delgado libro. Sin saber qué hacer con semejante Frankenstein lo envié a un concurso. El libro ganó el primer premio en metálico y publicación. Una cualidad que admiré de Villaverde como editor era que nunca tuvo simpatía por los subsidios y prebendas que otorgaba el gobierno; jamás comulgó con ese engranaje cultural, repleto de trampas y engreimiento burocrático, para su trabajo de edición.


El poeta Villaverde me aseguró que escribir las “solapas” tiene más truco que técnica en sí. Su procedimiento consistía en leer los manuscritos, hacía las correcciones preliminares y en ese intervalo iba tomando notas sobre las particularidades de la obra, y luego, cuando ya el libro estaba en la imprenta, retomaba las anotaciones y la solapa salía con fluidez.

Imagen tomada de Revista Santiago.

Roberto Calasso dice que el antepasado de la solapa es la epístola dedicatoria, que tuvo su despunte en el siglo XVI y en la que el autor (o el impresor) se dirigía al príncipe que había dado su protección a la obra. Calasso escribe: “La solapa es una forma literaria humilde y difícil, que espera todavía quien escriba su teoría y su historia. Para el editor suele ser la única ocasión de señalar explícitamente los motivos que lo han impulsado a escoger un libro determinado. Para el lector, es un texto que se lee con sospecha, temiendo ser víctima de una seducción fraudulenta. Sin embargo la solapa pertenece al libro, a su fisonomía, como el color y la imagen de la portada, como la tipografía con la que se lo ha impreso. Una cultura literaria se reconoce también por el aspecto de sus libros”.


Escribir con exactitud de brevedad no es sencillo y la solapa requiere cierto tacto y una grandilocuente delicadeza. Para escribir solapas lo primero es sortear los consabidos tópicos del elogio lambiscón; a continuación debe seducir y al mismo tiempo debe ser una invitación. Que la solapa no sea una publicidad que vende un producto con el elogio de virtudes engañosas. Villaverde, por su parte, intentó con sus solapas dejar el estilo rotundo de los críticos de página cultural e intentó que cada texto fuese creativo, ameno, buscando la complicidad del lector hacia el libro y su autor. Villaverde buscó escribir una breve misiva para el lector por aquello escrito por Calasso: “Observemos a un lector en la librería: toma un libro en sus manos, lo hojea y, durante algunos instantes, está del todo ausente del mundo. Escucha que alguien habla y que sólo él lo oye. Acumula fragmentos casuales de frases. Cierra el libro, mira la portada. Después, con frecuencia, se detiene en la solapa, de la que espera una ayuda. En ese momento está abriendo —sin saberlo— un sobre: esas pocas líneas externas al texto del libro son, en efecto, una carta: una carta a un desconocido”.


Pedro Téllez. Fotografía de Yuri Valecillo

Villaverde, en la solapa del libro Tela de araña, de Pedro Téllez, escribió: “…propone catorce abordajes, en forma de notas breves, de leer por gusto, de leer y apreciar de muchos modos, de ensayar la agudeza tras la entrelínea, en donde llega a recrear no pocas de las variables que comporta toda lectura…”. En la solapa del libro Textos de la prisa, de José Carlos De Nóbrega, ediciones del Gobierno de Carabobo, escribe: “En literatura el ensayo es una voluntad, siempre insatisfecha, de conocer. Es en esencia actividad del ingenio, en afán, por acceder a una experiencia. El escritor hace en el ensayo desde el ejercicio crítico como aguda manera de solidaridad hasta la precisión de lo oculto como forma más intensa de pasión”. Para el libro Taumaturgias del verbo, de Josefa Zambrano Espinosa, anota: “Zambrano escoge el ensayo para ratificar con agudeza la perfecta compatibilidad del juego y la indagación, adentrándonos en el pasadizo-espejo donde las palabras y los signos se intercambian, se potencian y desgastan, como la vida misma en su tráfico de días”.

Josefa Zambrano.

Las razones que inducen a un poeta a convertirse en editor pueden ser muchas. Pero me gustaría pensar que lo hace por descubrir esa metáfora traspapelada que tiene cada libro impreso, esa magia de carpintería y fragua que tiene la edición de un libro. Editar libros es un arte y un negocio, sólo que a veces a muchas editoriales (o editores) se les nota más el negocio. En los libros que editó Villaverde se notaba, claro, el arte y el esmero organizado. Para él fue un desasosiego y un aprendizaje; puede que las solapas sean su huella en la arena de la edición, su visión particular de alabanza y crítica. Quizá los libros de Predios eran el poema y las solapas eran esas desprendidas y apuradas notas al pie.


Para un escritor el universo cabe en un poema, en una novela o en un cuento; para el editor el universo debe entrar con apretado equilibrio y sensibilidad en una solapa.


Tomado de Letralia



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Carlos Villaverde, médico cirujano egresado de la Universidad de Carabobo, especialista en Salud Mental.

Magister en Gerencia de Servicios de Salud por la Universidad Católica Andrés Bello.

Doctor en Salud y Sociedad por la Universidad de Carabobo.

Profesor Universitario en la Escuela de Medicina de la Universidad de Carabobo.

Coordinador General del programa avanzado de Formación de Tanatopraxia PAFT del convenio académico entre ASOPROINFU y FUNDACELAC-U.C.


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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.



Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordinó la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal. Actualmente es coeditor de la revista digital Cárcava


Enlaces relacionados:


































































































































lunes, 12 de agosto de 2024

Carlos Yusti: Pienso que Joyce escribió Ulises para aprender

 



ULISES, UNA RELECTURA


Carlos Yusti


 


Cuándo una obra de arte incurre en algunos aciertos estéticos corre el riesgo de convertirse en presa de las más inusitadas tergiversaciones. Los gacetilleros y columnistas culturales en domingo despliegan su artillería crítica, atiborrada de frases hechas entremezcladas con un inconfundible lirismo mentecato, convirtiendo cualquier libro, pintura, escultura o poema en un fetiche insustancial, en un objeto más de ese inmenso emporio que se conoce como cultura.


El Ulises de James Joyce, a pesar del tiempo transcurrido (la novela fue escrita entre 1914 y 1921, en Trieste, Zurich y París. Para el año de 1918 comenzaron a publicarse fragmentos de la misma en la "Little Review") no ha salido indemne de los malentendidos más absurdos y atroces. Ni siquiera la tremenda complejidad textual de la novela la ha salvado de ese despropósito supremo como lo es la censura. El libro fue tachado por indecente. Se armó una gran conmoción debido a sus faltas graves a la moral. Los editores de la novela fueron llevados a juicio. Enseguida Joyce y su novela encontraron incondicionales defensores, entre los cuales se contaron poetas y escritores de bastante prestigio intelectual como Valery Larbaud, T.S. Eliot, Ezra Pound, etc.

Aún hoy las tías culturales, de las que escribiese Gombrowicz, prosiguen arrastrando al pobre Joyce a sus clínicas literarias para operarlo, tasajearlo y despedazarlo con una serie de juicios tíales y trivializantes; exagerando y supervalorando una obra literaria que sin lugar a dudas constituye un escalón ineludible de la gran literatura contemporánea.


Comparto la botaude de Borges, la cual aseveraba primero que era imposible "verter" al español semejante y segundo que eran pocos los lectores que habían leído completo el libro. Sin embargo los equívocos van más allá de las dificultades lingüísticas y estructurales. David Hayman, responsable del archivo del escritor dublinés (setenta y tres volúmenes de documentos) escribió una guía de lectura para el Ulises intentando que novela se leyera en su totalidad e intentando salvar un poco a esos lectores que naufragan irremediablemente al intentar aventurarse en el texto joyciano, verdadero mar de los Sargazos, pormenorizada relojería de escritura donde el trabajo con el lenguaje llega a los extremos de la perfección y el detalle.


Hasta el propio Joyce propició uno de los equívocos mayores cuando compiló, a manera de chanza, una lista de similitudes de cada uno de los capítulos de su novela con Odisea de Homero. Cuando Joyce se percató que los estirados eruditos, eran capaces capaz de reducir su novela a una mera apostilla moderna de una obra clásica, o que eran capaces de convertir su Ulises en una alegoría actualizada de un mito bastante soso y superficial, se apresuró a suprimir los títulos pseudohoméricos de los capítulos. Demasiado tarde.



El Ulises es un armatoste intelectual de más de doscientas mil palabras las cuales describen un sólo día, el jueves 16 de junio de 1904; de las vidas separadas y combinadas de un variado número de personas. La novela se apuntala principalmente en un conjunto de escenas, donde intervienen tres personajes principales. Leopold Bloom, grisáceo agente de publicidad de origen judeo-húngaro, Esteban Dedalus, personaje delineado en detalle en una novela anterior de Joyce, "Retrato de un artista adolescente", y Molly Bloom, esposa de Leopold. Tres caracteres diametralmente opuestos. El joven Esteban Dedalus es frágil desde el punto de vista físico, pero es de intelecto despierto y de espíritu sensible. Además librepensador y con arraigadas convicciones morales. Molly Bloom es un espíritu mediocre, vulgar e ignorante; pero a pesar de su carácter convencional es capaz de captar la vida a través de su intuición y sensibilidad femenina. Leopóld es un perdedor, un outsider por excelencia. Cierta perversa obsesión sexual lo caracteriza e impulsa. Se balancea con parsimonia por los bordes de la locura. Es de espíritu riguroso y sensibilidad áspera o apolínea.


Con respecto al tema de la novela uno puede perfectamente coincidir con Vladimir Nabokov, cuando asegura que es el tiempo y las culpas, es decir un tema metafísico sometido al marcado cinismo que envuelve a los personajes. Para precisar esto, es bueno aclarar que el libro trae a colación el pasado signado por la tragedia: el hijito de Bloom, muerto hace algún tiempo. El presente tragicómico: Bloom ama a Molly, su esposa, pero no intervendrá para nada a sabiendas que por la tarde de ese día de junio, a las cuatro y treinta, Boylan, remilgado empresario, irá a visitarla. El futuro detestable y patético: Bloom ante la perspectiva de que su mujer tenga amantes cree que el joven Dedalus, con quien se encuentra constantemente ese día, es preferible al asqueroso Boylan


Cada capítulo está escrito en un estilo particular. Está ese estilo impecable, directo, lúcido, lógico y con un ritmo depurado y cadencioso. El otro estilo transcribe las frases incompletas, veloces y fragmentarias que conforman la corriente de pensamientos secretos de los personajes y que llamó tan acertadamente Valery Larbaud, como "monólogo interior". Esta palabra interior, como la llamaba el mismo Joyce, es una técnica prefigurada ya en una novela injustamente olvidada de Edouard Dujardin, "Les lauriers sont coupés". El interés por la novela de Dujardin (publicada en 1887) la despertó el mismo Joyce cuando reconoció su deuda con "Han cortado los laureles" (con dicho titulo se ha traducido al castellano). La novela de Dujardin es un monólogo continuo, en presente indicativo, no existe un nudo argumental con desarrollo ni final, de un joven que ha invitado a cenar a bella actriz. El monólogo se interrumpe en contadas ocasiones con breves diálogos y algunas indicaciones escénicas. Remy de Gourmont la calificó como transposición cinematográfica. Joyce tomó esto del monólogo interior y le dio un impulso extremo. Joyce lo definió como "el orden poético, ese lenguaje no oído y no pronunciado, por medio del cual un personaje expresa sus pensamientos más íntimos (los que están más cerca del subconciencia) anteriores a toda organización lógica, es decir, en su estado original, por medio de frases directas reducidas a un mínimo sintáctico y de manera que den la impresión de reproducir los pensamientos conforme van llegando a la mente". Joyce se vale de este recurso e introduce al lector en el mundo interior de los personajes. La narración posee un ritmo cinematográfico o como lo escribe Harry Lavin: "…el Ulises está más cerca del cine que de la novela. El movimiento del estilo de Joyce y el pensamiento de sus personajes son como la proyección de una película; su método de composición, la forma en que dispone de su material, supone esa manipulación fundamental que en el cine se llama montaje". El tercer estilo es un pastiche de géneros diversos y no-novelísticos: titulares de prensa, música, drama místico y bufo, preguntas y respuestas al estilo catequista. Existen también parodias de estilos literarios y autores clásicos y hasta de ese estilo periodístico moroso y rebuscado. Esta riqueza de erudita ilustración es en sí lo que produce un poco de oscuridad y hace difícil la lectura del Ulises.


Los manuscritos de Joyce son una inigualable red laberíntica de correcciones. Las galeradas de la novela fueron sometidas a meticulosas enmiendas y retoques. Se han llegado a contabilizar unas 75 correcciones, antes de la versión final. Joyce más que tachar y suprimir, añadía. Con todo el proceso de correcciones, pruebas y añadiduras podría escribirse una novela. Sin contar que Joyce sembró de claves la novela y que un lector desprevenido quizás nunca llegue a descubrir, lo que no disminuye en lo absoluto su cambiante juego de espejos y estratagemas estilísticas.


El Ulises constituye, pues, un monumento al lenguaje escrito y quienes busquen en esta novela de Joyce complacencia literaria o facilismo de escritura como la de los libros clásicos o los best-séller no la leerán jamás. Quienes lean el Ulises desde la piel de filólogo aficionado encontrarán en ella una riqueza textual difícilmente superada.


"Ulises es el gran obstáculo en el sendero de la novela contemporánea", escribió Levin. Pero más que un obstáculo, fue una puerta. Con Ulises la novela dejó de ser una mera diversión para lectores de fin semana, para devenir en una pasión lingüística y metafísica. Pienso que Joyce escribió Ulises para aprender por aquello que dice Esteban Dedalus: "Para aprender hay que ser humilde. Pero la vida es la gran maestra". Luego Joyce escribió "Finnegans Wake", demostrando que había aprendido algo en ese arte de escribir novelas. La vida puede enseñarnos a comprender a Joyce, porque sus libros tratan temas comunes: La decadencia de la familia Dedalus, el futuro irrelevante y bochornoso de Bloom, la bancarrota de Earwicker. Joyce como todo buen artista se tomó la molestia de trabajar esos temas vulgares y convertirlos en hazañas lingüísticas, en metáforas de acabada estética. La buena literatura es siempre una reivindicación estética del lenguaje.


Tomado de CayoMecenas


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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.



Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordinó la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal. Actualmente es coeditor de la revista digital Cárcava





sábado, 27 de julio de 2024

El sutil hilo de la memoria poética de ADHELY RIVERO.

 


ADHELY RIVERO o el sutil hilo de la memoria poética.


POR CARLOS YUSTI.

La poesía es una voz, un estilo y es sobre todo una manera de dotar al lenguaje de inigualable majestad y belleza. En la ciudad de Valencia, para algunos la sempiterna ciudad de Sulaco (perteneciente al país ficticio de Costaguana descrita en la novela Nostromo de Joseph Conrad), que un poeta logre cincelar un estilo, en el que alcance matizar su voz, en una propuesta poética de envergadura, no es sencillo. En la ciudad abundan los buenos, regulares y malos poetas. Se podría aseverar que este es el primer obstáculo que debe afrontar cualquiera que busque iniciarse en ese complejo arte de la poesía. Luego está la ciudad, especie de pandemonio de conservadurismo ancestral que jamás ha visto con ojos indulgentes a sus diligentes poetas.

Para Adhely Rivero cincelar su estilo no ha sido tarea fácil. No obstante, con perseverancia y aguzando el oído al máximo ha logrado hacerse de una manera particular de abordar el trabajo poético y que por supuesto ha sido permeado por el estilo de los buenos y malos poetas de la ciudad. Para Adhely Rivero esto de las influencias nunca ha sido una angustia, menos un problema que requiera un diván para ventilar sus traumas literarios. Como poeta en permanente formación sabe que para escribir buena y aquilatada poesía es necesario leer hasta el cansancio a los maestros del día para de alguna manera decantar un estilo que lo ubique en buen camino y tratar, en la medida de lo posible, de sacarle chispas de belleza filosófica a las palabras de siempre.

Adhely Rivero. Foto de Yuri Valecillo. Tomada del libro "Rostro y Poesía". 1996

El recorrido poético de Adhely ha sido fructífero y no solo como escritor de solvente poesía, sino como promotor cultural e impulsador de iniciativas en favor de la palabra poética y de sus distintos oficiantes. Su nombre está ligado a la revista Poesía del departamento de literatura de la Universidad de Carabobo.



Rivero ha publicado los siguientes poemarios: 15 poemas (1984); En sol de sed (1990); Los poemas de Arismendi (1996); Tierras de Gadín (1999); Los poemas del viejo (2002); Antología poética (2003); Medio siglo, la vida entera (2005);  Poesía (Casa de Poesía, IX Festival Internacional de Poesía de Costa Rica, 2010); El libro de Canoabo (con prólogo del poeta y crítico puertorriqueño David Cortés Cabán y Luis A. Crespo) y el libro antológico La vida entera (2020). Half a Century, The Entire Life, 2009, versión al inglés de Sam Hamill y Esteban Moore. Poemas (Antología editada en Costa Rica, 2009). Compañera (2012). Poesíe Caré, Poemas queridos (2016, versión al italiano de Emilio Coco, publicado en Colombia). La vida entera, antología, ediciones El Taller Blanco. Colombia, 2021. Su poesía se ha traducido al inglés, portugués, italiano, alemán y francés. Se encuentra incluido en diversas antologías, tanto nacionales como internacionales. 



En lo personal tengo el libro Los poemas de Arismendi como el poemario en el que de alguna forma Adhely Rivero consigue su tono poético, el tarén (1) estético de su voz interior. Hay en estos poemas una profundidad filosófica sin pretensiones de ninguna naturaleza que se entrelaza con el paisaje natural y el habla familiar o del contexto rural de ArismendiAdhely escribe con estos poemas una especie de conjuro coreográfico e hipertextual que le permite llegar al hueso limpio de lo metafórico con enorme economía de medios verbales y donde la sencillez en nombrar parece ser la norma, el mapa dibujado de su entorno familiar, del paisaje como memoria que aporta un aprendizaje esencial para vivir.


De  izquierda a derecha: Adhely Rivero, Carlos Osorio y Enrique Mujica.




Todo esto podría explicarse mejor a través de un ensayo (o más bien un texto-reminiscencia) que Adhely escribe sobre el poeta Lêdo Ivo, a quien conoció y con el cual departió en algunos recitales poéticos. Pedro Téllez escribe que cuando se trata de ensayo siempre este refiere más del ensayista que del tema tratado. En tal sentido, Adhely escribe: 

«“Felices los que poseen un alma distraída”. Hermosa frase que se la oí decir al poeta Lêdo Ivo en Valencia. Hablábamos de nuestros orígenes, él de Maceió, estado de Alagoas, al sur de su país, Brasil, y mi persona de Guadarrama, Arismendi, estado Barinas, al sur de Venezuela. Conversación que nos llevó a descubrir nuestros vínculos campesinos. Le comenté de mis aspiraciones de jubilarme de la Universidad, para retirarme a los paisajes de mi infancia, entre aquellos ríos bucólicos y mundos de añoranzas. La fuerza de lo telúrico. Me dijo que la Universidad no cura lo ingenuo, que volver atrás es imposible. "La vida es un tren de pasajeros que sube y baja hombres y mujeres en muchas estaciones, en idas y vueltas continuas, pero nunca repetirá su primer viaje. Lo que dejaste atrás consérvalo en el recuerdo. La memoria es un cajón de peretos»

Eso podría ser la poesía de Adhely Rivero: un acucioso, mágico y variado cajón de peretos. 

Resulta pertinente lo escrito por José Carlos De Nóbrega«Adhely Rivero se ha preocupado por revisar y componer su obra poética en la estructuración de un solo libro dividido en sucesivas entregas, integradas por el tono austero e inmediato de la Poesía del Decir. [...] La interiorización del paisaje no se regodea en el barroco trazo deslumbrante del llano, más bien se nos antoja despojada y minimalista, en pos de una revelación enmarcada en la cotidianidad del diálogo entre el entorno y su habitante asombrado y silencioso…». Con Los poemas de Arismendi Adhely reencuentra sus huellas y vuelve a esa habla poética desnuda que expresa en pocas palabras ese universo particular del paisaje, de la vida encaramada en los hombros de la sencillez, del hombre que busca a través de la palabra poética aquello que Fernando Savater escribió: «Una mente compleja y gusto sencillos».



En este libro Frontera invisible condesa de algún modo un recorrido, una manera de mirar el mundo, de buscar la otra cara menos visible del asombro dispuesto en la mesa de lo cotidiano:



SANATORIO

Hacer la siesta en el Sanatorio no es extravagancia,

había tormentas en el cielo,

fortaleza y bondad en los pacientes.


Una canción a medio dormir suena agotada.


Soñar donde otros no saben si duermen.

Tuve ojeras del cansancio

y miedo a la muerte del día.

Metido en los corrales

Me lavaba la cara con leche de vaca.

En el bote de la leche me frotaba los ojos con la espuma,

y del cincho tomaba el suero destilado del queso.

Pasaba el día triste.

Ya no sabía alegrarme.


Libro de evocaciones y de un reencuentro de eso que define, que se instala como una impronta y que no es fácil olvidar, a pesar del tiempo trascurrido:



PENSANDO EN EL CIELO

Vengo a pie de la quesera.

Me tumbó el caballo,

se me fueron los buenos tiempos.

Vi el cielo azul

y venía pensando en el cielo,

qué hermosas sabanas debía tener Dios.


Adónde va uno después de tanto Llano,

animales de día y de noche.

Si me ponen a pedir un deseo

voy a pedir que me dejen en lo mío.

Allí es donde puedo estar bien.


David Cortés Cabán y Adhely Rivero


Lo escrito por David Cortés Cabán es pertinente: «La poesía de Adhely Rivero ha mantenido a través de los años un equilibrio que refleja un mundo poético de honda gratitud hacia el entorno. El entorno es sentido como la realidad que alienta un modo de vivir integrado a la tierra, a la naturaleza, a la familia y a las faenas humildes del campo. Por eso, los temas que abarca tocan las fibras del corazón presentándonos un mundo tangible, pero también de inquietudes y cuestionamientos. Una poesía donde las posibilidades interpretativas serán determinadas no sólo por lo que germina en el poema, sino también por un decir que se convierte en un estilo y una manera muy peculiar de sentir la realidad. Se narra desde un yo que siente el paisaje no como algo sintético y lejano, sino como un vínculo con la tierra amada, ampliando así las experiencias del hablante y anexándolas a la poesía».

En Frontera invisible hay una reflexión subyacente del país de rebatiña y desasosiego que nos ha tocado vivir en estos últimos años. No hay panfleto, ni desgarro de vestiduras. Más bien una iluminada reflexión desde lo poético de todo ese marasmo político que ha destruido toda perspectiva:




LAS MIGRACIONES 

Cuando pasaban volando las migraciones 

de pájaros, decíamos: 

van a donde hay comida, van a las cosechas. 

Pasaba una parvada de pájaros amarillos, negros, 

debajo de ellos corría sobre la tierra una sombra oscura. 

Mi madre se santiguaba. 

Los espantapájaros se plantaban en la siembra 

con su cara deforme y seria a proteger los granos. 

Ahora los humanos están migrando 

y ellos son la sombra de la decadencia 

de la civilización. 

Los espantapájaros están en los puentes 

de las fronteras como muñecos perfumados, 

con gases, precintos y peinillas para inutilizar su vuelo. 

Cuando el agua migra de la mano cerrada 

asemeja al hombre cuando escapa de sus captores 

por las trochas, los caminos verdes, por los ríos. 

Los poetas son resilientes por desfachatez y testarudez. Nunca se dejan mellar por las dificultades y los contratiempos, por eso trabajan sin descanso la parcela de su destino. 

Pero si el terruño (ya estoy escribiendo como un crítico del siglo XVIII) forma el eje trasversal de la poética de Adhely, lo es de igual modo la ciudad de ValenciaAlberto Hernández ha escrito: «Las varias lecturas de la poesía de Adhely Rivero han sido registros que andan por los distintos senderos de nuestra curiosidad. Desde hace décadas las hemos tenido presentes en notas, crónicas y aventuras en las que nunca ha faltado el paisaje de su vocación llanera. No se ha dejado pasar por alto el viaje desde las sabanas de Arismendi hasta el valle de la cuenca del Lago de Valencia, ciudad donde ha escrito casi toda su obra»

Pero este poema describe mejor este cambio del campo a la ciudad:


LA HERENCIA 

No te detengas a contemplar la sabana, 

mueve la bestia, apura el paso. 

Debes comenzar temprano el viaje. 

Llévate un queso entero y carne seca, 

algo harás con ella

mientras te instalas en el mundo. 

Deja los gallos de pelea.

Estos campos ni se van, ni se borran, 

cambiarán un poco. 

Cuando vuelvas tu mirada también habrá cambiado.

Tu corazón tiene paisaje, tierra y familia.

No quiero que te quedes detrás de la herencia, 

aquí no crece el pensamiento. 

La pandemia del Covid ha dado algo de tregua. En cuarentena, aparte de no volvernos locos, encontramos ese delicado equilibrio de la lentitud. Nuestra vida de pronto entró en una espiral ascendente de ralentización y los días iban cayendo en cámara lenta como minúsculos granos de arena en el reloj del encierro. Poco a poco hemos ido recuperando la calle y se vuelve a respirar el aire transparente de la inmediatez acelerada. Para Adhely la pandemia fue oportunidad de retomar la escritura desde esa lentitud aguijoneante del encierro. Retomó la poesía rodeado de incertidumbre por todas partes, pero con la convicción de no mentir desde lo poético por aquello que le dijo el poeta Teófilo Tortolero o como lo ha escrito él mismo: «Un día entré a un restaurante y me le presenté. Me comunicó que me conocía mucho. Y me quedé hablando toda la tarde. Fue en 1980. Ya para irnos, me paró y me dio un consejo: La poesía es muy celosa, no le mienta, tarde o temprano te lo va a cobrar. Desde entonces mantuvimos una amistad por años. Siempre lo visitaba en Nirgua».

Adhely Rivero . Fotografía de José Antonio Rosales.



Por mi parte he escrito todo esto del poeta Adhely Rivero rodeado de una insondable modorra. He estado en el cuarto oscuro del bloqueo y este libro Frontera invisible vino a rescatarme del acuciante orden que impone la oscuridad.

La poesía es una extraña música del detalle que viene de los escombros del asombro. Solo quien tiene un agudo oído sabe escucharla. Sin duda Adhely tiene un amaestrado oído para lo vital y él al igual que yo nos hemos perdido todos los ruidos de las revoluciones posibles para quedarnos a escuchar la música de las palabras, pero él tiende a centrarse en los detalles que la poesía le dicta. Por mi parte, tiendo a borrarme en los detalles. Para Adhely la poesía es un sutil hilo que teje y fija todo como un cuarto memorioso de magia y espanto de preciso hallazgo de la belleza a través de las palabras. Cada poema escrito por él es un frágil hilo que enhebra la memoria. 

Por teléfono le digo al poeta cómo anda todo y con su estilo inconfundible de veguero me dice: «Camarita, todo bien. Lo frágil sigue en la trinchera de la resistencia».


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(1) Los Tarén son especie de invocaciones mágicas que tienen a las palabras como ejes más allá de los meramente comunicacionales y permiten trastocar el entorno tanto humano como natural. Cesáreo de Armellada escribe: «Nociones lexicales. Tarén es un substantivo cuya etimología desconozco; y, si es que la tiene, nadie ha sabido dármela. Muchas veces me he preguntado si coincide o es la misma palabra ta- (k, u) rén: el que está en, el que vive dentro de. Por eufonía y por otros motivos gramaticales, que no es del caso explicar aquí, también se dice taremú y más frecuentemente y alargándolo aún más, taremurú. Así tenemos las expresiones: tarénsak, el dueño o sabedor de tarén; pemontóntaremurúdapón, libro de los tarén de los pemones; apotoimátaremurútarén contra las viruelas; kaikuséekupuipéerektaremurú-pe, el tigre se destinó a ser tarén contra los diviesos. Del substantivo se deriva el verbo activo tarem-bá y el verbo reflexivo ese-tarembá, hacer tarén a otro o hacérselo a sí mismo. Y de aquí la forma verbal taremba-tok y ese-tarembatok: lo que sirve para hacer o hacerse tarén».


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Adhely Rivero. Venezuela.1954.

Lic. en Lengua y Literatura por la Universidad de Carabobo. Cursó estudios en la Maestría de Literatura Venezolana en la Universidad de Carabobo. Venezuela.

Poeta, editor. Fue jefe del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la U.C. Dirigió la revista Poesía. Coordinador del Encuentro Internacional Poesía de la Universidad de Carabobo. Director de las Ediciones Poesía. Coordinador de las Ediciones El Cuervo, traducciones, U.C.

PUBLICACIONES: 15 Poemas, 1984; En sol de sed, 1990; Los poemas de Arismendi, 1996; Tierras de Gadín, 1999; Los Poemas del Viejo, 2002; Antología Poética, 2003; Medio Siglo, La Vida Entera, 2005; Half a Century, The Entire Life, 2009, versión al inglés de Sam Hamill y Esteban Moore. Poemas (Antología editada en Costa Rica) 2009. Compañera, 2012. Poesíe Caré, Poemas queridos, 2016, Versión al italiano de Emilio Coco. Está representado en varias antologías nacionales y en la antología italiana La Flor de la Poesía Latinoamericana de hoy, tomo I, editada en Italia, 2016. La vida entera. Antología. Ediciones el Taller Blanco. 2021. Colombia. Frontera Invisible. Editorial Sultana del lago. 2022. Gente Íngrima. Editorial Sultana del lago, Zulia. 2023. Campo del alma. Traducción al alemán de Jonás Burghardt y Tobías Burghardt. E. Letra Grande. América. 2024. Sabanas en el cielo. Ediciones Rubiano. Inédito, en imprenta. Dios se está poniendo viejo. Antología. Inédito. Cajón de Peretos, poesía. Inédito.

Ha recibido los Premio Nacional de Poesía Cecilio Chío Zubillaga Perera. Carora, Venezuela. Premio Nacional de Poesía Universidad Rómulo Gallegos. Venezuela.

Premio Único de Poesía 40 Aniversario de la Reapertura de la Universidad de Carabobo. Premio Nacional de Poesía Universidad de Carabobo. Premio Beca del CELARG, de Poesía, con Rafael Cadenas.


Homenaje en la Revista Poesía 156. Condecoración en su Única Clase Alejo Zuloaga. 2009, Condecoración Chuchuíta Carvallo de Díaz, Ateneo de Valencia, 2023. Botón de FILUC. 2023.

Festival Internacional de Poesía de Medellín, Colombia, en 2007 y 2016. Festival Internacional de Poesía Al-Mutanabi en Suiza.2008. Festival Internacional de Poesía de Bogotá, Colombia. Festival Internacional de Poesía del Mundo Latino, México. Encuentro Internacional Poesía Universidad de Carabobo, Venezuela

Traducido al inglés, portugués, italiano, alemán, griego, francés y árabe.


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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.



Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordinó la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal. Actualmente es coeditor de la revista digital Cárcava


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01/09/2026