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miércoles, 3 de diciembre de 2025

ENCUENTROS INOLVIDABLES CON ESCRITORES

 


Ilustración de Rafael Gómez Alejos para la portada del libro ‘Voces íntimas. Entrevistas con autores latinoamericanos del siglo XX’, de Reina Roffé (Punto de Vista). /WMagazín.





      La pasión de la lectura me viene desde muy temprano, mi madre me enseñó a leer cuando tenía 5 años y el primer libro que repasaba cada día, por cierto en voz alta, era la Historia Sagrada.
    Deseo compartir en este texto, la devoción que me produjo la lectura de algunas páginas, por quienes las habían escrito.


   La primera vez que degusté los poemas de Constantino Cavafis, sentí la necesidad vital de sentarme con él en una taberna del puerto, para hablarle de mis viajes, de las causas de mi exilio voluntario. 

Pero entre los dos, existía una separación irremediable de tiempo y de distancia, entonces lloré, lloré de impotencia y de tristeza, por la imposibilidad de comunicarme con el ser, que creía, hubiera vislumbrado mi alma a través de las palabras.

En silencio, resonaron sus versos, mientras las lágrimas fluían de los ojos.
 
   Dices; " Iré a otra tierra, hacía otro
mar
y una ciudad mejor con certeza
hallaré.
Pues cada esfuerzo mío està aquí
condenado,
y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos
en esta desolada languidez.
....
No hallarás otra tierra, ni otro mar.
La ciudad irá en tí siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás
pues la ciudad es siempre la misma.
Otra no busques. No hay...

    Afortunadamente, pude conocer y conversar muchas veces con otro de mis poetas amados: Eugenio Montejo. Recordarlo es meditar sobre el habla de los árboles, en el grito de los pájaros al atardecer, en Manoa, ese lugar que buscamos más allá del Orinoco y de los tepuyes.



    Alguna vez, en una madrugada cuando salíamos de un bar de Sabana grande, nos topamos con ese gran narrador venezolano: Eduardo Liendo, quien entre otras cosas, compartió con nosotros, una anécdota de Montejo. Dijo que se lo había encontrado una mañana muy preocupado, con algo que sus dedos sostenían con cuidado, era un pichón que él había recogido en la acera, y juntos fueron a buscar una fuente para que el ave bebiera agua y sanara. 

Eduardo Liendo (Caracas, 1941 – 2025) retratado por Jaime Ballestas.
Fotografía tomada en los años 80 y que forma parte del libro "Retratos selectos"
publicado en el año 2005.

     Esa era la Caracas que perdimos, en los crueles aconteceres de los últimos 25 años

       Montejo fue mi inolvidable profesor de las cátedras: Poesía I - II cuando cursé la maestría de literatura en el postgrado de la Universidad Central de Venezuela. Sus clases eran un acontecimiento intelectual y emocional, al finalizar, compartíamos un café, su lenguaje era siempre terso y profundo, yo lo llevaba después en mi carro, hasta su casa.
     
    Estos son sus versos:
    "La poesía cruza la tierra sola.
apoya su voz en el dolor del mundo
y nada pide.

                _Ni siquiera palabras.
          Llega de lejos y sin hora, nunca avisa;
tiene la llave de la puerta. 
Al entrar siempre se detiene a mirarnos. 
Después abre su mano y nos entrega
una flor o un guijarro, algo secreto,
pero intenso que el corazón palpita
demasiado veloz. Y despertamos."


Eugenio Montejo. Fotografía de Vasco Szinetar.


     Eugenio Montejo fue un poeta universal, con un discurso que cae sobre las aristas del corazón, y lo estremece, porque nos recuerda la humanidad que nos sostiene, en un planeta azul que gira y gira.


   Hernán Vargas Carreño, un poeta colombiano que soñaba con reunir toda la poesía de Montejo, en una antología bilingüe español portugués, me dijo, que éste era un poeta con una obra digna de un premio Nóbel. 




    Sigamos hablando de los escritores amados, conocí a Antonio Skarmeta, el autor de Ardiente paciencia, la novela que fue llevada al cine, sobre il postino, que le llevaba las cartas a Neruda durante su exilio en Italia. Andaba con mi amiga entrañable, Marisol Marrero, quien no sé si por accidente o decisión propia, trastabilló y cayó en brazos del novelista, mientras él reía de una manera jocosa.
      Debo confesar que nunca he conocido a alguien con una personalidad tan cálida y tan arrolladora como la del novelista, dramaturgo, guionista de cine y televisión chileno, fallecido el año pasado.

Pablo Neruda, Juan Rulfo y Antonio Skarmeta.1969. Fotografía de Sara Facio



   Nos contó de su cercana amistad con Neruda, lo que le permitía la confianza, de llevar a las chicas que él deseaba seducir, a visitar al bardo ya retirado, en su casa de Isla Negra.

Fernando VallejoImagen tomada de aquí.



   En 1993 cuando Fernando Vallejo ganó el premio Rómulo Gallegos con su libro: El desbarrancadero, fui a almorzar con la ya mencionada amiga Marisol Marrero, a un restaurante de Los Palos Grandes. El portero que nos conocía, nos dijo si queríamos acompañar al novelista laureado, quien estaba muy solo en una mesa. Debo confesar que no había leído los libros de este autor colombiano residente en méxico, pero su físico muy delicado y su tímida personalidad no concordaban con las desafiantes propuestas de su narrativa.

Isabel Allende, Arlington, VA, 1981. Fotografía de Marcelo 
Montecino.Tomada de Flickr.

   Otra experiencia amable fue mi encuentro con Isabel Allende.

La lectura de su primer libro: La casa de los espíritus fue impactante, por eso asistí en 1984 a la firma de su segunda novela escrita en Caracas, donde ella vivía en esa época: De amor y de sombras.  



      Llegué a la librería Lectura del Centro Comercial Chacaíto muy puntual, ella era joven y atractiva, llevaba un chaleco rosado que no he olvidado. Había muy poca gente, lo que me dio la oportunidad de sentarme y conversar animadamente sobre su primera novela. Desde entonces, se convirtió en una de mis escritoras favoritas.


   
      Debo confesar que la conmoción que la lectura de algunas páginas me produce, a veces, se transforma en fascinación, casi en un culto sagrado, lo que me impide aprovechar la cercanía con los escritores admirados, como hace la mayoría de las personas.


    Creo que eso me pasó con Gabriel García Márquez, cuyo hermano Gustavo, mi vecino y el mejor amigo de mi marido, nos invitaba casi todos los diciembres a la casa de su madre en Cartagena de IndiasAllí conocí a casi todos los García Márquez, quienes llamaban: "rincón guapo" a la cocina inmensa, donde se reunían para desayunar. Sus conversaciones eran tan delirantes, como los cuentos del Nobel.  Entre ellos, hice una amistad especial con el menor: Eligio Gabriel, quien también era escritor y falleció tempranamente. 

    Al Gabo lo conocí en Caracas. Compartimos en más de tres ocasiones. Cuando Gustavo se lo presentó a mi marido le dijo: Este es Ballestas, mi hermano, entonces él respondió:_ Si es tu hermano, me toca aceptarlo también como mío, lo abrazó con una sonora carcajada. Desde entonces tomó la costumbre de enviar sus cuentos inéditos, vía fax. Al llegar en la mañana a la oficina, el rollo de papel extendido por el suelo, nos indicaba un nuevo mensaje del patriarca del realismo mágico.

   La segunda vez vino a Venezuela, con Jaime, el hermano que dirigía el Instituto del nuevo periodismo en la ciudad heróica, a quien invitamos a almorzar. Creímos que el Nóbel, por tener una agenda repleta, le era imposible asistir. Nos sorprendió que cuando Jaime le comunicó que los Ballestas lo habían invitado a un restaurante italiano, éste le dijo que era una oportunidad para llevar a la amiga que había traído: Susana Cato, una cineasta mexicana. La única condición que pidió fue que no asistiera ningún periodista.

Años después supimos que había tenido una hija con ella, llamada Indira Cato, brillante periodista mexicana.


   Esa tarde inolvidable, Gabito no habló de literatura. Casi con voz profética, describió en un futuro que él no vería, la destrucción de la cultura occidental por los nuevos bárbaros, los seguidores del Islam.

   Pidió como plato principal, pennes a los cuatro quesos, y nos dió, entre whiskys y vinos, una clase de como comerlos, tal como lo hacen los nobles romanos.
    
    El siguiente encuentro ocurrió cuando el Gabo sufrió un aparatoso accidente, cuando iba de salida del país, al aéreopuerto de Maiquetía.

     Gustavo vivía entonces, en la urbanización: Los Corales, cerca del mar. Esta vez, fui con un médico amigo que quería conocerlo. Napoleón Ascanio tocaba la guitarra magistralmente, y cantaba baladas italianas y rusas. Fue una velada inolvidable. 

Me permití, esta vez, preguntarle sobre algunos personajes de Los cuentos peregrinos, en forma empática, GGM compartió eventos vividos, los cuales habían inspirado algunos, de esos relatos.

     Doy gracias, porque por largos años pude intercambiar cartas con escritores famosos, pero, la oportunidad que agradezco infinitamente, es haber compartido largas conversaciones, fiestas inolvidables, con amigos escritores como: Luis Beltrán Mago, José Tomás Angola, Edgard Vidaurre, Carmen Cristina Wolf, Nora Carbonell, Magaly Salazar, Belkis Arredondo, Marisol Marrero, Anabelle Aguilar, y tantos otros que saben que están en mi corazón y cuya lista sería interminable.

   Hago mía la canción de Violeta Parra: Gracias a la vida que me ha dado tanto.

Lidia Salas
Noviembre del 2025
Mes del escritor







Violeta Parra "Gracias a la vida"




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Lidia Salas. Poeta y ensayista. Nació en la ciudad de Barranquilla, Colombia. Ha vivido en Venezuela por más de 40 años. Posee doble nacionalidad, colombo-venezolana.

Licenciada en  Filología e Idiomas de la Universidad del Atlántico. (Colombia)  Obtuvo su maestría en Literatura venezolana en la  Universidad Central de Venezuela.

Autora de los siguientes poemarios: Arañando el silencio. Finalista del 1º Concurso de Poesía Libre de la Universidad de Córdoba. (Colombia) Ediciones Puesto de Combate. Bogotá. Colombia. 1984 Mambo  Café Ediciones Círculo de Escritores de Venezuela. Caracas.1994. Mención de honor del Concurso de Poesía del Ateneo “Casa de Aguas” (Venezuela) Venturosa. Premio Único del VII Concurso Nacional de IPASME. Caracas, Venezuela. 1995.  Luna de Tarot Ediciones Círculo de Escritores de Venezuela. Caracas. 2000. Este poemario fue llevado al teatro en la Semana del Poesía en Escena en Caracas.. Coautora con Elena Vera de la antología Quaterni Deni 1988. Katharsis. Editorial Lector Cómplice. Caracas. 2013. Ciudad de Azul y Vientos,  libro digital    (Amazon) Edición impresa: Editorial Lector Cómplice. Caracas, 2016. Autora de las siguientes plaquettes: Sedas de otoño (2006)  e  Itinerario Fugaz. (2007) Edición de la Universidad Nacional  Abierta. .Su poema “Hechizo de isla” fue finalista  en el III premio Internacional de Poesía Amorosa en Palma de Mallorca. España. Publicado en la Antología del Círculo de Bellas Artes de la misma ciudad. 2005.

Muestra de su obra ha aparecido en las siguientes  antologías: Poetas en Abril. (1985.)  Quienes   escriben   en  Venezuela. Diccionario    abreviado  de  escritores venezolanos (2004).  El hilo de la voz (2004). Antología poética (Ediciones Círculo de Escritores de Venezuela.  Caracas. 2005). Antología del Octavo Encuentro Internacional de Escritoras (2008)  La mirada Femenina  (Universidad Metropolitana. Publicaciones Arbitradas. Caracas.2008.) Sus ensayos han sido publicados por revistas nacionales e internacionales como  A la Mar de la Universidad de California. USA. Ateneo y Caracola. Y en periódicos tales como El  Nacional, Ultimas Noticias. (Caracas) El Impulso (Barquisimeto) y Frontera (Mérida).


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viernes, 14 de noviembre de 2025

José Pulido: La ida de Eduardo Liendo es la pérdida de otro pedazo de alma

 

Eduardo Liendo en tres tiempos


Estimados Liponautas

Hoy compartimos el texto que el poeta José Pulido escribió al escritor Eduardo Liendo (Caracas, 12 de enero de 1941-Caracas, 3 de julio de 2025), al enterarse de de su fallecimiento. El texto lo abre un poema que Pulido le escribió al iniciar el siglo XXI y lo cierra otro poema que le dedicó en el año 2023.


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EDUARDO LIENDO

Sencillez magnífica y voz hechicera
su dulzura cae como guillotina
sobre la cabeza ignorante
veo sus zapatos, el pavimento, desde abajo
capto un chaleco adornado  
quizás checoslovaco, rumano, gitano
invocando libertad para los ojos que ruedan por el piso
 
A veces buscaba su rostro en una biblioteca
donde retoñaba y florecía
como una primera edición de Hamlet 
o de Niétochka Nezvánova

pantalones con tirantes elásticos
añorando un tango, una partida de billar
prohibido sonar las elásticas contra tu cuerpo
si estás enfrascado en un silencio donde tu inteligencia
se elevará de nuevo como un cohete en nochebuena

sonrisa interior buscando entre las ruinas de la humanidad
un fulgor razonable
el mago que ha extraído de nuestros corazones
el significado propio del pasado en cada palabra
uno sintiendo que se está ahogando en un párrafo
de aguas ancestrales y te golpean
una ventana desgarrada de estrellas, una mesa 
de noche, un pedazo de altar, un rumor de abejas 
en el humo,
y un cocodrilo acostado bocarriba advirtiendo
que no te como porque estoy desganado
y por tu parte: agradeces el ámbito que su voz de embrujo ha creado
narrando con cada molécula de su identidad
la verdad más bella, la que nos escuece sin nostalgia



Eduardo Liendo. Fotografía de Vasco Szinetar. Serie Frente al espejo.




4 de julio de 2025

He estado esbozando esto porque no puedo dejar que nuestros amigos se vayan sin decir algo que no parezca un adiós. 


Imagen tomada de Somos tu voz. Fotografía hecha por Abraham Tovar.

EDUARDO LIENDO, TAN VERDADERO

No escribo para actuar públicamente. Si en algún aspecto de mi vida quiero ser auténtico es en mi actividad de escritor. No me interesa parecer un escritor. Es relativamente fácil parecerse a un escritor. Hay una cantidad de mecanismos que permiten inventar un escritor. A mí me interesa ser, que mis libros existan de verdad, que tengan lectores de verdad. Eso deseo. No tengo al respecto exageradas pretensiones. Sólo la de escribir alguna vez un libro que soporte dignamente el fuerte oleaje del tiempo sin irse a pique demasiado pronto.

En una de tantas noches soñé que había pensado algo así y el sueño quedó latente, pero hibernando. Presentí ese sentimiento de hallar o no la autenticidad como escritor. Lo viví como abstracción, como la bruma soñada, pero cuando leí ese párrafo lo supe de un modo concreto, se volvió un ritmo iluminador en cada palabra. 

Estaría hoy muy eufórico si hubiese sido obra mía ese pensamiento.
Pero me satisface igual, porque lo ha meditado y lo ha escrito Eduardo Liendo, un autor cuya creatividad es un talento incrustado dentro de una infinidad de talentos que le ayudan a cosechar buenos lectores, porque además, su canto es el de la sinceridad del hombre que ha soñado la vida y ha vivido el sueño con humildad de carne y hueso. Él cabalga la realidad lleno de magia.

Es difícil encontrar en la vida un escritor tan verdadero como Eduardo Liendo, él es la escritura como arte, como pasión, como amor y como identidad.

Hemos sido amigos desde los años setenta y nos encontrábamos tanto que nos hemos detenido a conversar en todas las parroquias de Caracas y frente a todos los paisajes que se volvieron nostalgia en esta época. Después, cuando Eduardo comenzó a trabajar en la Biblioteca Nacional tuvimos encuentros más profundos en la cercanía de los libros raros, de los libros cuya vejez no significaba muerte.

Lo entrevisté varias veces y lamento no tener a mano alguna de esas entrevistas, porque Eduardo Liendo era un maestro sincero y sólido usando la palabra. Uno de nuestros últimos contactos de antigua amistad ocurrió en el 2015 cuando tuvo la generosidad de presentar una breve y leve novela mía, jamás a la altura de las suyas pero que se contagió de literatura porque su voz le dio la bienvenida. Eso ocurrió en la Librería Lugar Común y muchos amigos se citaron allí para ver a Eduardo

Inclusive, yo aproveché esa circunstancia para estar con él otra vez. Admirarlo y quererlo. Había una Venezuela hecha de mujeres y hombres que creaban obras de arte, piezas de arte, páginas de arte conmovedoras, emocionantes, reveladoras que nos hacían sentir orgullosos de ser venezolanos. Una Venezuela hecha de gente especial. Nada mediocre en ellos. Nada fastuoso en ellos. Nada igualable en ellos. Y han muerto tantos. Con Eduardo yéndose es como si a uno le dijeran que al Ávila se le hundió una cumbre, que al Orinoco se le perdió una orilla. Hay que seguir leyendo sus libros. Hay que seguir queriendo su nobleza. 

Sí: a uno le falta otro pedazo de alma. Desaparecemos como rompecabezas de lo sublime con cada pieza maestra que se va. 

Pero todo permanece si se ama la obra que han dejado, la obra que servirá para reconstruir la calidad humana de un país.

Mis condolencias a la familia, a los amigos y a Venezuela.

PENSANDO EN EDUARDO LIENDO

Su sensibilidad es más portentosa 
que la de un colibrí viviendo
envuelto en miles de aleteos por minuto 
suspendido en una fragilidad eterna. 
Él puede amanecer desde el oriente de su alma
y atardecer sucediendo, inclusive, 
páginas de libros igual que en la vida

Nada oscurece su modo de mirar, 
dice la verdad naturalmente
Su reino es perfecto: 
la imaginación lo lleva y lo trae
no ha pasado un día sin que se convierta 
en otros seres y los deje deambulando 
en páginas donde el lector
sentirá que hay un Zeus caraqueño 
haciendo de las suyas

(Señora: pegado a la rocola
un hombre despechado repetía y repetía
canciones en la voz de Pedro Infante
y ese hombre decía que su despecho 
era culpa de usted
y lloraba con lágrimas que nunca habían rodado
en donde llorar y cantar es simultáneo
-¿Y cómo eran esas lágrimas, si me hace el favor?
-Como de cocodrilo, señora, como de cocodrilo)

Tiene una jungla de talento, 
su voluntad halló la tierra prometida
de la bella escritura y su sonrisa 
es una generosa sensación:
nunca extravió su básica dulzura de la infancia.
 
Difícil olvidar cuando usaba tirantes y se movía
en la Biblioteca Nacional como buscando el sitio,
el estante indicado para el enorme libro,
un clásico de la literatura: su corazón

Eduardo Liendo. Fotografía de Roberto Mata.



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José Pulido. Fotografía de Gabriela Pulido Simne



José Pulido:

Poeta, escritor y periodista, nació en Venezuela, el 1° de noviembre de 1945.

Vive en Génova, Italia. 

En 1989 obtuvo el Segundo Premio Miguel Otero Silva de novela, Editorial Planeta. En el 2000 recibió el Premio Municipal de Literatura, Mención Poesía, por su poemario Los Poseídos. Ha publicado cinco poemarios y nueve novelas. Desde el 2018 el Papel Literario de El Nacional creó la Serie José Pulido pregunta y publica las entrevistas que ha realizado a creadores y artistas.


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lunes, 10 de noviembre de 2025

Eduardo Liendo: hay que ser medio masoquista para escribir cuentos



Eduardo Liendo. Fotografía: Oriana Lozada


Estimados Liponautas


Hoy tenemos el gusto de compartir una entrevista hecha por el portal Ficción breve al fallecido escritor venezolano Eduardo Liendo.


Esperamos disfruten de la lectura


Atentamente


La Gerencia.


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Eduardo Liendo: Los libros deben defenderse solos



6 de Febrero de 2013

 

 

 


Durante uno de esos primeros meses del 1998, Eduardo Liendo visitó La Victoria, ciudad del estado Aragua donde comenzamos a hacer Ficción Breve, para asistir a la entrega de premios de la bienal Ciudad de La Victoria, en la que él fue jurado. Él, un autor con una obra ya consolidada; nosotros, jóvenes y deslumbrados editores nacientes, que nos atrevimos a solicitarle una entrevista, a la cual accedió gustosamente. Fue la primera que hacíamos y la primera que publicamos en nuestro sitio. Con la intención de recuperar el material que hemos producido y recopilado a lo largo de nuestra historia, publicamos la primera de una serie de entrevistas realizadas desde 1999 hasta 2008, las cuales iremos revisando y publicando en este espacio.



En su novela Los platos del Diablo se presenta un interesante diálogo imaginario entre Oscar Wilde y Jean-Paul Sartre. Si Sartre representase a la literatura de «compromiso social» de los sesenta, y Wilde a la idea del «arte por el arte», más bien de los setenta, ¿Dónde estaría el punto de equilibrio de la función social de la literatura?


Yo, en la medida en que me aproximo más a una interpretación de lo que puede ser la escritura literaria, he llegado al convencimiento de que el primer deber del escritor es hacerlo lo mejor que le sea posible. Todo lo demás está dado por extensión. Hay escritores que le gusta establecer un compromiso social, y de hecho lo hacen, y otros que no; pero, en definitiva, lo importante es la obra. En una oportunidad le oí decir a Alejo Carpentier algo que me parece absolutamente cierto: «Es preferible una novela policial lograda a una epopeya fallida». Todo está en el resultado.


Usted tiene publicado un sólo libro de cuentos, mientras que ha editado cinco novelas ¿Por qué, a pesar de dominar la forma, trabaja tan poco el cuento?


Yo tengo la tentación de la novela, y sobre todo la tentación de la novela breve, aunque en alguna ocasión Augusto Monterroso dijo que el gran sueño de un escritor de textos breves es escribir una novela larga, pero creo que es el género que más me interesa. En cuanto al cuento, te confieso que implica un esfuerzo enorme para lograr unas poquitas páginas; hay que ser medio masoquista para escribir cuentos, porque el trabajo se multiplica y las páginas no rinden.

Antonia Palacios


¿Escribió minicuentos, entonces, para demostrar que puede escribir con rigurosa concisión?


Bueno, yo me precio de ser un escritor intenso en el sentido de que la síntesis se me da como algo normal, casi espontáneo; o sea, yo tengo que luchar contra mi propensión a ser demasiado sintético. Incluso, hay lectores que me exigen que escriba de una manera más abundante. Pero a lo mejor tienes razón, porque en el momento que yo escribí los cuentos de El Cocodrilo Rojo, era bastante más joven que ahora; creo que la mayoría se corresponden a la época en que yo visitaba al Taller Calicanto, en la casa de Antonia Palacios. Uno de los ejercicios literarios que se acostumbran en los talleres son los textos breves y brevísimos, e incorporé algunos de esos textos al libro.



Cuando se sienta a escribir, ¿Cómo y cuándo sabe que el material que tiene entre manos va a ser un cuento o una novela?


Yo siempre me siento con la esperanza de escribir una novela, lo que ocurre es que a veces se desinfla o desaparece del todo, y sólo queda como una ensoñación (que en los últimos meses me ocurre bastante). Por eso, ahora no me aventuro a decir que estoy escribiendo un determinado asunto hasta lograr un borrador, porque ya no confío en las primeras impresiones acerca de una historia. Pero tengo tiempo que no digo «voy a escribir un cuento». Va a llegar un momento en que lo haga, pero en este momento no, porque no estoy escribiendo para revistas, ni para suplementos literarios que es una vía. La otra vía (acumular un libro de cuentos) sería para mí algo maratónico; esperar a tener reunidos diez, doce cuentos, es una cosa de varios años. Creo que con más facilidad podría lograr en ese mismo lapso una novela breve.


¿A qué se debe que, a pesar de haber tenido un número importante de novelistas reconocidos en el pasado, ahora tengamos tan pocos?


Yo no creo que tengamos poco novelistas, lo que ocurre es que a este país le encantan los muertos; para incluir un nuevo creador a nuestro inventario de personalidades ilustres de la literatura, tenemos que tenerlo difunto. Pero yo creo que tenemos buenos novelistas, que están vivos y tienen una obra magnífica. Para citarte uno que vive en este estado: Orlando Chirinos es un excelente novelista, cuando se muera lo vamos a decir en letras mayúsculas.


Orlando Chirinos (Maracaibo, 11 de septiembre de 1944 - Valencia, 13 de junio de 2021)


¿Cuáles considera que son los más destacados de la Venezuela actual?


Bueno, hay muchos. Aunque yo me había prometido no hacer inventarios, porque es fastidioso. Yo respondo por mi propio trabajo narrativo. Pero no es autosuficiencia, ni mezquindad, lo que pasa es que no soy crítico de oficio. Yo creo que Venezuela tiene ahora una cantidad enorme de novelistas y cuentistas, la mayoría de ellos relativamente jóvenes. Y no hablemos de poetas, porque tenemos excelentes poetas. Venezuela siempre ha producido una enorme cantidad de poetas de alta calidad. Se puede apostar perfectamente a un buen momento de la literatura venezolana.


Hay quien piensa que una de las características del cine venezolano es la ausencia de buenos guiones. Pensando en eso, nuestra literatura puede ser una fuente útil para el cine ¿Cómo juzga el resultado de la cinta de Thaelman Urgelles: Los platos del diablo?



Los platos del diablo (1992)

3392 Visualizaciones desde el 23 abr 2015 hasta l fecha de publicación de esta entrada

https://m.youtube.com/watch?v=yqL2XNcakgM


Mira, ahí si no me gustaría opinar mucho, porque yo tengo una relación de gratitud esencial con Thaelman Urgelles, porque eso de que alguien se aventure a tomar un texto tuyo para realizar una versión cinematográfica, ya de por sí representa una suerte de homenaje o de reconocimiento, que no debería mal pagar con una crítica adversa a su resultado. Entonces, yo prefiero eximirme de ese criterio. A mí me parece que él hizo un interesante trabajo, y además tengo una gran estimación por los actores que participaron allí.


Como espectador, ¿le gustó la película?


Es un juicio que le dejo a los espectadores, porque me he encontrado con opiniones sobre la película de gente que sabe de cine y que tiene un juicio crítico y la ponderan muchísimo, les resulta una buena película. Fui invitado a verla en la Universidad de Colorado, en los Estados Unidos, con una gente que no es venezolana y no tiene prejuicios al respecto. Algunos veían sus limitaciones pero reconocían un trabajo interesante. Y como no eran amigos ni enemigos de Thaelman, era un juicio más o menos ponderado.

Thaelman Urgelles con el brazo extendido. Imagen tomada de aquí.


Ahora, tratando de ser objetivo, ¿Qué tanto se ajusta al espíritu de la novela la actuación de Mimí Lazo y Gustavo Rodríguez?


Mira, uno tiene que acostumbrarse a considerar que un texto literario es un texto literario, y una película es una película. Es una cosa diferente. En todo caso, es una versión, una recreación. Y el caso que tú me preguntas, por ejemplo, el personaje de Mimí, prácticamente no existe como tal en el libro, porque es una incorporación de algunos elementos que hacen Edilio Peña (el guionista) y Thaelman.


¿No siente terror de que su obra sea lectura obligada en el sistema de educación oficial venezolano? ¿No puede eso generar a futuro un rechazo de los lectores a su obra?


No, todo lo contrario; yo me siento un escritor muy afortunado de que la obra mía sea leída por cantidad de jóvenes en el bachillerato y en la universidad, y no creo que eso implique rechazo de la obra. Las obras deben defenderse solas. Los libros deben defenderse solos. Si mi libro es recomendado para ser utilizado por alumnos de un liceo, y les resulta a ellos una cosa sumamente latosa, es un riesgo del libro y algo que no se cumplió felizmente. Pero yo estoy seguro que si el libro tiene algún encanto, alguna calidad literaria que resulte atractiva, ellos van a ser sumamente receptivos y su respuesta va a ser generosa. Y la prueba es que en esta visita que yo estoy haciendo a La Victoria, muchos alumnos me expresaron con palabras generosas el gusto que habían tenido en leer esos libros, entonces no puedo decir lo contrario.



Plaza José Félix Ribas en La Victoria. Imagen tomada de aquí.



¿Por qué el nombre definitivo de El Cocodrilo Rojo para una obra que se conoció inicialmente como Lágrimas de Cocodrilo?


Mira, porque lo recogí como libro y el título de Lágrimas de cocodrilo para todo un libro no me gusta. Me resulta, además de manido, porque «lágrimas de cocodrilo» es una frase hecha, me resultaba algo como de un humor… que no me gusta; no voy a calificar ese tipo de humor, pero no me gusta. Me gusta que el humor mío permanezca dentro de un ámbito que podemos llamar el humorismo; o sea, algo un poco más sutil que la comicidad abierta completamente, como lo sugiere un título como lágrimas de cocodrilo. Pero lágrimas de cocodrilo tampoco fue el título original de ese cuento, el título original fue Esquizofrenia, y se editó por primera vez en la revista Hojas de Calicanto. Pero entonces el título de esquizofrenia vendía demasiado la anécdota, esa división allí entre cocodrilo y Ramón que se advierte en el conjunto del texto. Por eso modifiqué dos veces el título. Pero es un derecho que tiene un autor. De hecho, Julio Garmendia, Rómulo Gallegos y Borges le cambiaron a sus obras varias veces el título, e hicieron numerosas modificaciones en los mismos, y también lo hizo Ramos Sucre, con los textos que publicaba en la prensa. O sea, que uno no tiene que arrepentirse ni avergonzarse de esas cosas.


¿Cuál personaje lo identifica más: Perucho Contreras, Ricardo Azolar o Prudencio González?


No, yo soy Eduardo Liendo (risas). Los personajes son una derivación de nuestras ensoñaciones, de nuestras frustraciones, de nuestras percepciones; pero no somos exactamente esos personajes. Yo no soy Ricardo Azolar porque no he plagiado a nadie, no he matado a nadie; no soy Perucho Contreras porque no soy un oficinista enajenado, y no soy Prudencio porque no soy la sombra de nada. Soy simplemente un escritor que se llama Eduardo Liendo.


 

Primero se publicó El Cocodrilo Rojo, y luego vino Si yo fuera Pedro Infante. Relatos como «La venganza de Pepe el Toro» y «13» se encuentran presentes en la segunda obra ¿Qué fue primero: Los cuentos o la idea de la novela?


Mira, el cuento 13 es primero, lo que pasa es que (como decía Oswaldo Trejo) yo quería rendir mi novela; entonces tenía que meterle algunas cosas que la hicieran más gorda; y además ya tenía la historia de un burdel perfecta en 13, entonces dije: «¿Qué voy a hacer? No le voy a cambiar el número tampoco, no lo voy a convertir en 17», entonces la metí así como estaba. Ahora lo otro si es más interesante, porque yo había desechado el borrador de Si yo fuera Pedro Infante y dije: ¿Qué se puede salvar de aquí? se puede salvar el episodio de la pelea de Pepe el Toro, que por cierto no es la misma de la película, sino una imaginaria, porque es un recuerdo que tiene el personaje que no terminó de ver esa película, y después que había publicado el cuento, por varias razones que serían largas de enumerar aquí, rescaté otra vez el borrador de la novela que ya había desechado. Entonces dije: «Bueno, lo que ya publiqué como cuento también va en la novela», lo que considero también lícito.

Enrique Bernardo Núñez


Recuerdo una frase de Enrique Bernardo Nuñez que decía: «A veces me gustaría tener una segunda versión de la vida como los autores tienen la oportunidad de una segunda versión de sus obras». Eso es lo que hizo Walt Whitman con sus Hojas de Hierba; le dio para arriba y para abajo hasta que quedó un libro definitivo. Rómulo Gallegos escribió algo llamado La Coronela antes de escribir Doña Bárbara, que fue una versión más primitiva. García Márquez escribió una cosa llamada: La Casa Grande antes de escribir Cien Años de Soledad. Entonces, es bueno que él haya superado ese borrador de La Casa Grande y haya escrito Cien Años de Soledad. Es decir, esa es una soberanía que tiene un escritor, porque yo creo que una obra es infinitamente perfectible. Hay argumentos en contra y yo los conozco. Uno de los que opina en contra de esta posición es el doctor Uslar Pietri. Él dice que el escritor maduro no tiene por qué enmendarle la plana al escritor más joven. Esa fue una polémica pública que estableció él con Miguel Otero Silva cuando éste, muchos años más tarde, hizo modificaciones a Fiebre, una novela juvenil.


Para concluir: Una poética urgente del cuento según Liendo.


Yo privilegio algunos elementos, no solamente en el cuento si no en otras formas literarias. La intensidad es importante para mí, y la tensión, con lo cual no estoy descubriendo el agua tibia. Esa es una de las virtudes que consideraba Julio Cortázar que debía tener todo cuento. Otro gusto mío, pero ese es un gusto de lector, es la diafanidad, pero entiendo que eso no es generalizable; yo aprecio mucho la diafanidad, y considero que todo lo que obstaculice el discurso, desde el punto de vista de su capacidad comunicacional, es un estorbo para la literatura, con lo cual tampoco descubro el agua tibia, porque de alguna manera lo dijo Borges, que en una época fue ultraísta, su literatura estaba llena de metáforas, y después llegó a la mayor sencillez.


 




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