Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.
Estimados Amigos Hoy tenemos el gusto de hacerles llegar una breve biografía de nuestro amigo Carlos Yusti.
Deseamos disfruten de esta entrada.
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BIOGRAFÍAS PORTÁTILES (5): CARLOS YUSTI
Biografías Pórtatiles (5): Carlos Yusti está dedicada a este escritor, polemista y artista plástico nacido en Valencia, la de Venezuela, el año 1959. Yusti ha desarrollado una obra ensayística vigorosa y voluntarista que ennoblece, más allá de los convencionalismos, el panorama de la literatura regional y nacional. JCDN.
Pedro Téllez. Fotografía de Yuri Valecillo.
Carlos Yusti (1959) es uno de nuestros más polémicos y, paradójicamente, simpáticos ensayistas. No en balde, su primer libro Pocaterra y su mundo(Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991), constituye un ensayo biográfico sin concesiones apologéticas que se aproxima con honestidad descarnada a José Rafael Pocaterra, un valioso escritor de esta ciudad que, encasillado por la crítica malsana en el realismo ramplón, desarrolló un discurso narrativo hiperrealista, enternecedor y satírico muy apegado a sus contradicciones de vida.
En sus inicios, Yusti fue cofundador de la revista Zikehy el grupo literario Animales Krakers. Estableció una dupla sólida en la amistad y el arte con el fotógrafo Yuri Valecillo. Como lo delata su segundo libroVírgenes necias (Predios, 1994), nuestro díscolo e inconformista amigo ha desarrollado una prosa crítica colindante con la aparente despreocupación formal (lo cual lo emparenta con el primer Alberto Moravia o el cine de Buñuel, por ejemplo), la virulencia polemista y el vitalismo como religión sin Dios ni espíritus edulcorados que ascienden en el desdén por la humanidad. Que nuestro autor nos perdone, pero además de la fluencia dialógica del escritor español Francisco Umbral en sus textos iniciales, se imposta y cuela el tono endurecido y controversial del filósofo Juan Nuño (éste a su vez se empapó del rumano Cioran), ello muy a pesar del texto a contracorriente que este áspero sobrino político le dedica en Vírgenes necias.
Edición especial de la publicación mexicana “Humo Sólido”, dedicada a Carlos Yusti (foto de Yuri Valecillo)
Carlos Yusti, en plena efervescencia de la militancia política en la Causa R de los 90 (la auténtica que fundó Alfredo Maneiro), se traslada a Guayana donde no sólo siguió escribiendo sus ensayos “desembraguetados”, sino también realizó diversas exposiciones artísticas, amén de formar su propia familia, eso sí, sin claudicar sus impulsos irreverentes muy picantes. Desde el lejano Sur del país, Yusti colaboró con las revistasPredios, La Tuna de Oro, Zona Tórrida y Auditorio, además de publicaciones electrónicas como Escaner Cultural, Ficción Breve, Venezuela Analítica y Letralia. Fundó y dirigió las revistas Fauna urbana y Fauna nocturna, además del portal web Arteliteral. Pedro Téllez lo ubica en su Mapa del Ensayo Venezolano, estupenda aproximación publicada por el CELARG en un libro sobre el siglo XX, haciendo hincapié en su incursión virtual en portales propios y prestados.
Hemos tenido el privilegio placentero de reseñar y divulgar la obra escrita y plástica de Carlos Yusti en varias ocasiones. Por ejemplo, su trabajo ensayístico cuando nos tocó dar un curso en la Cátedra Ramos Sucre de la Universidad de Salamanca (noviembre de 2015); o reseñando libros como Para evocar el olvido y otros ensayos inoportunos (el perro y la rana, 2011) con el título “Carlos Yusti o el ensayo como puñetazo y arte” (en la revista Arte de leer, n° 7, 2011), y De ciertos peces voladores (Fondo Editorial Predios, 1997) con el título “Del morbo como tono, tino y desatino” (en la revista Predios, n° 13, septiembre 1997). Consideramos a Yusti no sólo como uno de nuestros mejores amigos, sino también en tanto hermano mayor literario. Aprovecho la ocasión para agradecerle mi consolidación como periodista y crítico cultural, pues me permitió publicar durante más de dos años mi columna “Salmos Compulsivos” en el diario El Venezolano de Ciudad Guayana. Por supuesto, no podemos obviar nuestro texto de clausura a la exposición “La Tapa del Frasco” (Museo Quinta La Isabela, Valencia, 2015), un inventario de poemas objetos con que obsequió a los espectadores en un espíritu lúdico y festivo.
Uno de los poemas objetos comestibles de la exposición
Como crítico de artes plásticas, su libro Poéticas del ojo. Una mirada impertinente acerca de las artes visuales (1999-2008), publicado por el perro y la rana en 2011, nos resulta un incunable del género en el país que implica la sensibilidad y el arrojo expresivo del ensayista, amén de la empatía del artista plástico. Los textos dedicados a Michelena, Reverón, Régulo Pérez, Roger Herrera, Javier Téllez, El Bosco, Balthus, Cartier-Bresson, Basquiat o el muy amoroso dedicado a Diane Arbus, manifiestan su rechazo militante al academicismo para declarar sus convicciones estéticas en sintonía con la magia de lo visual que parte de la vida misma.
Un libro de excepción sobre las artes visuales de aquí y de allá
Dentro de la metáfora(Fondo Editorial del Caribe, 2007) es uno de sus mejores volúmenes de ensayo, pues establece pasadizos y vasos comunicantes entre temas y autores disímiles en apariencia como Santiago Key-Ayala, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Argenis Rodríguez, el Índice de Libros Prohibidos, Juan Antonio Navarrete, Osvaldo Soriano y un sentido y celebratorio responso por la revista “Nanacinder” del Psiquiátrico de Bárbula. Es otro libro-objeto que se convierte en metáfora viva, tal como la describe magistralmente Paul Ricoeur en su libro homónimo.
Un libro de ensayo que presenta peldaños, pasadizos y canales vinculantes entre diversos autores
Esperamos que este ejercicio biográfico que raya en el elogio a un amigo escritor, por demás merecido, sea un incentivo para que los lectores viejos revisiten sus libros, dibujos y pinturas, al igual que los lectores por venir se sientan reivindicados por su discurso estético, vitalista y, por qué no, cachondo en extremo.
Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones El correo del Caroní en Guayana y el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordina la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal
Hoy tenemos el gusto de hacerles llegar una nueva entrega de nuestro amigo Carlos Yusti. Esta vez nos zambullirá en las experiencias vividas dentro de la revista de un grupo literario ajeno a las roscas culturales usuales en la Valencia del Rey. Con anterioridad ya nos ha mostrado celajes de esa revista y su grupo literario y en esta oportunidad nos mostrará un poco más las corrientes subterráneas que permitieron cuajar de manera exitosa (por lo menos editorialmente) el fanzine Zikeh, organo divulgativo del grupo Animales Krakers.
El Dragón Chino es el enmascarado
Deseamos disfruten de la entrada y de los animales krakers en su plato mañanaero si logran conseguir la leche que ahora se encuentra tan escasa en la patria de Miranda, Bolívar, Piar y el Dragón chino.
Richard Montenegro
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Foto fija de grupo literario con revista
“No se sorprendan de mi silencio: el motivo principal es que
nunca encuentro nada interesante que contarles. Viviendo en uno de estos países
nunca hay nada que contar. Desiertos poblados de estúpidos negros, sin caminos,
sin correos, sin viajeros: ¿qué queréis que les escriba?...”
(Arthur
Rimbaud, Cartas Abisinias,Harar, 25 de febrero de 1890)
Carlos
YUSTI
La foto del grupo literario Los
Animales Krakers no existe como tal. Para el momento que comenzamos a reunirnos
(en algún bar, en una que otra plaza o en un café cercano de la Escuela deTeatro Ramón Zapata, situada a un costado de la plaza Sucre) los teléfonos
celulares eran un invento de la ciencia ficción (al igual que el computador
personal o las tablas). Además como éramos unos desclasados de la literatura,
unos pirañas advenedizos de las letras,
especie de manada underground interesada
más de leer la vida en el día a día, que en documentarla para la posteridad. Nunca
estuvimos preocupados en llevar un registro fotográfico de nuestras actividades
circunscritas a beber mucha literatura más que a escribirla; ah sí y a discutir
en demasiado sobre arte, libros y política.
Escuela de Teatro Ramón Zapata
Así estuvimostres o cuatro
años como un grupo asiduo en la ciudad cultural de Valencia, nuestro anonimato
era nuestra fortaleza y aunque todos escribíamos poemas y cuentos nos importaba,
como grupo se entiende, era encontrarnos
para compartir nuestro descontento y cierto desgano hacia una literatura y una
actividad cultural muy apegada a las normas establecidas, al boato
universitario y a ese discurso municipal del orden (o las buenas maneras) y que
despreciaba/desechaba nuestros escritos en sus revistas, en sus páginas
literarias muy ordenadas y bostezantes, donde todas las palabras eran pescadas
con cuidado del gran diccionario de la literatura convertida en artefacto
arbitrado y especializado, en puente de tráfico de influencias para enchufarse/acomodarse
en ese gran engranaje cultural de papeles literarios y revistas de literatura.
Todo un tanto asqueante, achacoso y vomitivo.
El grupo estuvo integrado por Judith Pezzente, Humberto Gonzáles,
José Vicente Arcila, Juan Aponte Celis, Argenis Azuaje, Gersón Barrientos. Como
constantes compinches estaban Alida Gonzáles, Alexis Gonzáles y una buena lista
de cómplices colaboradores. Nuestras conversaciones se inyectaban con una
sobredosis de nicotina y no sólo la literatura nos resultaba aburrida, sino la
política donde todo se resumía a una farsa teatral con un libreto escrito por
secretarios de segunda. En el mar de la utopía política navegábamos a las mil
maravillas. Éramos unos suicidas que nunca encontraron su vena ni la navaja
oportuna. Mientras en otros grupos (similares al nuestro) algunos de sus
miembros se abrían las venas o se arrojaban del quinto piso de algún edificio,
nosotros seguíamos atornillados al madero de la literatura, más voceada que
escrita, aferrados como plantas parásitas al frío metal de la página en blanco,
la ilusión de que a futuro mancharíamos páginas y páginas con nuestros gusanos
tipográficos nos mantenía “al filo de la navaja”( y en ese tiempo
despreciábamos a rabiar a William Somerset Maugham).
William Somerset Maugham
En fin, estábamos felices en nuestra burbuja de malditismo
convocante y oral hasta que a Humberto Gonzáles se le ocurrió la diletante idea
de que era necesario editar una revista y que él se identificaba mucho con un
hipopótamo y explicaba que el dichoso animal, a pesar de su corpulencia,
evitaba la confrontación y que cuando el mundo le resultaba hostil sólo se
sumergía en el agua y listo. Y entonces cada quien fue buscando su animal con
cual traspapelarse. De allí surgió el nombre de los animales. Le agregamos el Krakers por la película de los hermanos
Marx y por esas galleta con forma de animalitos, especie zoo dulce y crujiente
con el que acompañábamos el café de la tertulia y la miseria. El nombre de la
revista lo decidió el azar. Fuimos colocando nombres en una caja y el nombre
que más saliera sería el seleccionado. Al finalel nombre que se impuso en varios intentos fue ZIKEH y entonces para darle una explicación aludíamos a la psique, en su concepción griega referida
al «alma humana» y otros embustes más o menos eruditos que fuimos improvisando
sobre la marcha.
Shirley Temple : Animal Crackers In My Soup Extended Version
No teníamos dinero para la dichosa publicación y trabajamos duro
para conseguirlo. Además un grueso del capital salió de nuestros bolsillos.
Alguien tenía un multígrafo, otro tenía tinta y un poco así conseguimos los
materiales restantes y el papel necesario. En esta etapa tuvimos que
enseriarnos con la escritura. Ahora lo hacíamos con regularidad y fuimos
seleccionado el material escrito acorde con nuestro espíritu chocarrero y
contestario. Por supuesto no faltarían
las groserías, las malas manera y los exabruptos reaccionarios y de todo tipo.
Veníamos a meter las pezuñas en las oraciones, a descorrer las cortinas de la
literatura hecha con las entrañas y la rabia. Zikeh (17 X 27cm) resultó una especie de cuaderno febril de 100
páginas y más que una revista fue la pared de un baño público, con oxido en la
tuberías y ese vaho de la desidia subiendo como un puñetazo de orina pestilente
directo a la garganta del lector.
Julio Cortazar. Julio Cortazar. Caricatura de Julio Ibarra
Asiduos lectores de Vallejo, Rimbaud y Cortázar como grupo sabíamos que nuestro
norte no era ser comparsa de ese mundillo literario de Valencia tan godo y de
apellidos. Teníamos presente ese fragmento poético de Cortázar:“La
lucha de un puñado de pájaros contra la Gran Costumbre.” Íbamos con dientes y
garras a por la Gran Costumbre. Por otra parte asumimos al pie de la letraeso escrito
por el gran cronopio: “Toda poesía que merezca ese nombre es un juego…”
Asumimos ese juego desde lo excrementicio
y lo bizarro.
Logramos editar 4 números de la revista ZIKEH y estuvimos casi
cinco años bebiendo y escribiendo como posesos. Al final hastiados y con los
hígados lesionados decidimos separarnos en rabiosos términos y aunque quedamos
como amigos cada quien fue a lo suyo y nos largamos a una Abisinia (de metáfora
y mampostería falsa) para olvidarnos de la poesía y volvernos hombres de bien
con la pierna del alma amputada.
Hace poco he conversado con los viejos camaradas del grupo. Ya
ninguno pinta, ninguno escribe y ninguno ha publicado un libro. Todos se han replegado
y se han quedado en ese umbral chinesco del anonimato. Sólo yo, que nunca me
curé de esa enfermedad de la literatura, he tenido el caradurismo de seguir en
el filo de las palabras, haciendo equilibrios de funambulista como si de una
cable tenso se tratara.
Animal Crackers (1930) Official Trailer - Marx Brothers Movie HD
Ahora que veo a distancia la travesía de los Animales Krakers y su revista Zikeh
presumo que se trató de un momento de urgencias existenciales, todo un
tanto lleno de azar y nausea sartreana. Nunca escribimos un manifiesto, jamás
caligrafiamos el rosario de nuestros principios, mucho menos tallamos en roca
nuestros postulados. Fuimos un grupo literario atípico sin ínfulas artísticas o
literarias. Necesitábamos quemar el momento, militar en la inutilidad llana y
simple. Para que todo resultara profundo y con cosa le dimos algunos brochazos
de poesía, cuento y ensayo, pero en realidad íbamos dejando el talento en esos
días sin huellas y en la página solo fuimos dejando nuestra sombra rupestre y
sin trascendencia. Como grupo literario nos esmeramos en acicalar nuestra pose
a contracorriente, nuestra pose váyase
todo a la mierda. Todo tenía algo de performance, de arte efímero.
Descuidamos las palabras y en vez de escribir literatura estábamos preocupados
en saldar cuentas con nuestros demonios mal hablados y peor escritos.
Hoy los grupos literarios son hojas amarillentas en las
hemerotecas, anotaciones nerviosas en algún blog. En lo personal creo que el
grupo para todos sus integrantes fue una terapia, un diván para acostar
nuestras obsesiones literarias y de otro tipo. Todos salimos ilesos, dentro de
lo que cabe (esperar), de dicha experiencia. La poesía duele menos cuando se
vive (y se bebe) que cuando se escribe. El escritor siempre anda de puntillas
en el filo de las palabras con ese peligro latente de caer en el abismos y los
otros integrantes lo detectaron a tiempo y arrojaron las hojas en blanco a la
papelera para salvarse en el silencio, de ese terrible silencio sin escritura
que prolifera cuando no hay nada que contar y cuando la Gran Costumbre toma la palabra.
Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.
Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones El correo del Caroní en Guayana y el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordina la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal
Estimados Amigos Hoy tenemos el gusto de compartir otra incursión literaria de nuestro amigo Carlos Yusti, donde nos hace participes de su primera labor como escritor y editor de una revista cultural en Valencia, la de Venezuela. Continuamos así nuestra labor de rescate de la historia local de a cultura. Deseamos disfruten la entrada.
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Animales literarios en el paisaje
“Lo más importante no es ya la existencia de Krakers, sino las ideas que profesan, pues de hecho, el grupo pudiera desaparecer, mas no así las ideas, que provocan un daño terrible y en nada ayudan sino que obstaculizan el desarrollo de la joven poesía y arte venezolanos...”.
Javier Brizuela (grupo literario Labraga).
La adolescencia es una etapa irreal. A veces transcurre sin traumas ni contratiempos, otras es una etapa sometida a vaivenes inesperados y singulares. De la mía recuerdo con nitidez mis primeras lecturas de Herman Hesse y ese tiempo blando (algo daliliano y frenético) que pasé con el grupo literario.
El grupo nació por azar. Un buen día sin razones de fondo todas las tardes merodeaba por la plaza Sucre en el centro de la ciudad de Valencia. Cerca estaba la escuela de teatro Ramón Zapata que hoy todavía funciona. A la cita de cada tarde llegaba Judith Pezzente, antigua condiscípula de clases en el liceo Martín J. Sanabria. Después se incorporó Juan Aponte Celis, estudiante de ingeniería en la UC que leía mucho a Nietzsche, Humberto González, que fue mi profesor de castellano y literatura, y Argenis Azuaje, también maestro.
Agazapados en la sombra de un café discutíamos (por horas) de lo humano y lo divino, de nuestras lecturas, de la crisis política que aguijoneaba al país y de lo acartonado que era el mundo literario y cultural a nuestro alrededor. Cuando teníamos algo de dinero llegábamos como náufragos sedientos a la orilla de la barra en algún bar. Al poco tiempo se fueron anexando Alexis González, José Pérez, José Vicente Arcila y un pintor llamado Gerson Barrientos, que tenía una prótesis en una pierna y uno de los mejores hígados que recuerde.
En una de esas interminables reuniones, en las que nos enfrascábamos con regularidad, surgió el nombre del grupo y la idea de editar una revista. El nombre, Animales Krakers, lo tomamos de una película de los hermanos Marx, en referencia a esas galletas con figuras de animales. Como cada miembro había adoptado a un animal (o un insecto) que reflejaba como espejo las peores y mejores cualidades, el nombre era inmejorable, y si a esto le añadimos nuestra intención de realizar un quiebre, un crack con ese medio literario anodino oficial de la godarria valenciana, las piezas del rompecabezas fueron encajando en sus lugares respectivos. En todo esto había como un juego. El nombre de la revista, Zikeh, surgió de una lluvia de nombres metidos en un sombrero y apuntaba a la psique, del griego psyché, “alma”.
Delante del café de la miseria, como decía Umbral, evaluamos nuestras finanzas y eran nulas, así que ingeniamos algunos planes para recolectar dinero. Sorteamos un sin fin de peripecias y dificultades, pero logramos un incipiente capital para editar el primer número. A la sazón de tres o cuatro años como grupo editamos cuatro números. Era una revista editada en multigrafo, tenía cien páginas y su formato era como de un cuaderno escolar a lo ancho. El contenido estaba conformado por poemas, cuentos, ensayos y un etcétera variopinto. Como no teníamos quien ilustrara los textos tuve que realizar los primeros dibujos. Otra característica de la revista fue su lenguaje soez y en muchos casos escatológico. Las razones de esta elección nunca fueron claras, quizá nuestra mayor pifia, nuestra mayor inocentada. Pensábamos que así éramos creativos, rebeldes y efectistas.
Después de que el grupo se disolvió, con sus traumas respectivos, seguimos siendo amigos, pero ya sólo nos reuníamos para jugar dominó, celebrar los cumpleaños y esas cuestiones domésticas tan propias de los seres normales. Muchos hoy, creo, dejaron por completo la escritura y como es natural han engordado lo previsto y es hasta lógico si uno está a merced de la vida hogareña.
La pasión por la lectura nos llevó a conformar un grupo y de ese impulso inicial llegamos hacia ese otro paso vital de la escritura. Susan Sontag ha escrito: “Y el impulso de escribir casi siempre se desata por la escritura. La lectura, el amor a la lectura, es lo que incita el sueño de ser escritora”. No creo que en tiempos de Zikeh algunos de los integrantes del grupo soñara con convertirse en escritor, más bien publicábamos nuestras urgencias tipográficas por el gusto de hacerlo. Cuando se edita una revista, o se comienza a escribir, uno en verdad se hace muchas expectativas, cree que el mundo literario dará un giro completo o que la literatura es lo que uno hace y todo lo demás es sólo monte y culebra, para emplear una expresión del argot.
Muchas veces me pregunto qué motivó a mis compañeros del grupo Animales Krakers a dejar la escritura, por qué abandonaron. Quizá carecían de talento o descubrieron que, a veces, llevar al papel esas formidables ideas que elucubramos, esas intensas metáforas que pensamos, cuando las escribimos se nos resisten, y en el papel sólo quedan remedos menores de nuestros grandes pensamientos. Quizá tuvieron la suficiente entereza autocrítica para saber que sus escritos eran sólo materiales sin trascendencia. La literatura de todos los tiempos es un mapa florido de fracasos rutilantes y de malogradas experiencias con el arte de escribir, incluso muchos escritores geniales han sido unos fracasados sin remedio.
Además hacer equilibrios en esa cuerda tensa de lo que llaman vida literaria en la que se desatan las envidias, villanías y demás odios subalternos de colegas y allegados es doblemente frustrante. Enfrentar esos molinos de vientos trasmutados en camarillas, mafias y cofradías literarias que se reparten los premios, las becas y la calderilla del subsidio del Estado y los pocos espacios en las revistas literarias (o páginas culturales), es tremendamente desalentador. Leonardo Sciascia le dijo en una oportunidad a Gesualdo Bufalino que escribir era sencillo, pero que publicar libros era una aventura realmente siniestra, y él lo decía con profundo conocimiento después de haber publicado una veintena de libros y haber alcanzado éxito y una relativa notoriedad.
Por qué he insistido en publicar, seguir editando revistas y por sobre todo he seguido con la escribidera, como decía mi madre, no lo sé. En los días de la revista Zikeh todos éramos inéditos y esa condición nos resguardaba del fracaso, pero editar la revista fue el paso a nuestra extinción como grupo, como gente común que escribía algo y se lo leía a los demás sin otra pretensión que compartir y pasar un rato distinto. Había en todo esto un dejo de irresponsabilidad y falta de seriedad. Luego la vida, con sus horarios y obligaciones de gravedad y cosa, te ponen en su sitio, y vuelves a ser un tipejo del común que cuando joven tuvo la peregrina idea de escribir. Si yo sigo escribiendo lo hago desde esa irresponsabilidad amable que aprendí en el grupo, y en libro de apuntes de Elias Canetti leí una frase que él anotó, pero perteneciente al libro de Job 32:18, que puede explicar en algo el motivo por el cual sigo en la escribidera: “...porque lleno estoy de palabras, y me apremia el espíritu dentro de mí”.
Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.
Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones El correo del Caroní en Guayana y el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordina la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal