lunes, 9 de diciembre de 2019

FREDY ORDAZ Y EL MANDATO PERMANENTE por José Gregorio Medina






Estimados Amigos

El 4 de diciembre nuestro amigo Freddy hubiese cumplido otro aniversario pero no fue asi. Hoy saldamos una deuda con nuestro amigo Freddy Ordáz, fallecido el pasado 2018 con este texto que escribio José Gregorio Medina.



 José Gregorio Medina

En la tarde del 15 de mayo de 2018 recibi una fatídica noticia, una llamada repentina irrumpió en mi aparato celular que al contestarlo me sorprende con voz necrofilica el grito cadavérico del poeta Faver Páez que exclama se murió Fredy.

  En tres palabras con las que no puede formar un sonetalo se derramo todo su dolor por la partida del inseparable lazarillo que lo acompañó durante anos en las aventuras intelectuales como pareja quijotesca digna de una novela de Cortázar.

  A Fredy lo podemos recordar de varias maneras (todas de ellas agradables) el Fredy del atracón y su manera desmesurada de comer sin arrepentimientos ni complejos. Complejos que no tubo en su carrera artística ya que de manera gallarda pudo discernir entre los convencionalismos estéticos y el experimentalismo estético y audaz de allí que se decantara por la tendencia de lo geométrico abstracto.

 Hoy recordamos con igual nostalgia al Fredy amigo como al fredy artista único genial y pícaro. Se despide hoy con sus tablitas talladas a sudor de sueños,cubierto de yute mágico  con olor a oleo y acrílico que se traspira  en cada una de sus obras que como sello personal reflejan irreverencia y creatividad propias del artista sin tapujos no poses, pero con una luz en la frente, luz reveroniana por supuesto.Luz que irradia su obra y que hou lo escolta magistralmente en su pase de lo transitorio a lo eterno. Con el mandato permanente de la inmortalidad digna de los se quedan en la memoria     



Freddy Ordáz

Freddy Ordáz

Fue un Artista plástico y amante de la ciudad de Valencia, la de Venezuela y colaborador del blog del grupo Li Po.

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 José Gregorio Medina

Profesor de Literatura y amante de la Poesía.



viernes, 29 de noviembre de 2019

Nada más que otro duro golpe para un coyote.





¿Quién no se ha sentido mil veces como el coyote?

Ese coyote proletario, chusma obrera que no hace más que procurarse el pan y la sal, persiguiendo a la siempre esquiva y pizpireta burguesía, que sólo saber vivir gozando de los pequeños y grandes placeres de la vida. Burguesía que no hace más que exhibirse, en forma de correcaminos, delante del famélico proletariado, encarnado por el coyote. Ese coyote siempre ingenioso, con más puñaladas que el hambre, ocurrente, sacrificado y leal a sus principios. Un burro de carga que tira del carro donde los correcaminos gozan de su festival diario a costa del sudor de los parias del mundo, de los coyotes de la tierra.

Ya lo contó Herbert G. Wells en su novela Máquina del tiempo (1895): elois versus morlocks, o Luis Buñuel con su película El discreto encanto de la burguesía (1976). Pues fue Chuck Jones el que sitúo este drama político-económico y social en el desierto, allá por 1949 (algunos serios académicos hablan de una inspiración en un libro de un tal Mark Twain... pues será, ¿Quién soy yo para discutir a un académico?) en formato de dibujo animado.



Pero si con una referencia me he de quedar, es con un cuento de EliaBarceló (una de nuestras damas del fantástico patrio) y su espectacular “Metáfora del que corre por el desierto” publicado en el fanzine BEM en 1994. No cuento más, por no desvelar más de lo que ya he hecho.

Yo, que me he sentido mil veces corriendo tras correcaminos, siempre a punto de alcanzarlo y siempre escapándose de entre mis garras. Y como está escrito, tras la fallida persecución: el batacazo final, el desastre, la derrota. Un derrota magnificente y autoinflingida, pues sólo acaece cuando se mira abajo, al suelo y se adivina lejos… pero duro y expectante. La gravedad, que se acomodó para ver la morrocotuda caída, ejerce su terrible influjo y me lleva al caos primigenio, a la desolación absoluta. La gravedad nos lleva a la moraleja del cuento, esa donde la burguesía nos recuerda, coercitivamente pero con la envoltura de dibujitos para niños, que la morralla proletaria debe seguir siendo eso, morralla, que no debe aspirar a dejar de tirar del carro y subirse a él. O zanahoria o palo, esa es la disyuntiva para los parias encarnados en coyotes. Eso es correr en el desierto tras un correcaminos, perseguir la zanahoria por siempre.


Me gustaría acabar siendo optimista, y cantar a los cuatro vientos: ¡Hoy el coyote cazó al correcaminos! Hoy, pese a los relicarios y a los muchos panderetas comiendo risketos, tenemos gobierno de izquierdas en esta santa balsa pétrea que diría Don José Saramago. Hoy el coyote ganó. Pero ya sabéis que la alegría en casa del pobre dura poco, seguramente porque no llegue a haber gobierno de izquierda, o porque finalmente no sea un gobierno con políticas de izquierda pese a los nombres de los partidos que lo forman. A la postre no dejará de ser; nada más que otro duro golpe para un coyote.

Málaga a 20 de noviembre de 2019
by PacoMan




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by PacoMan 

En 1968 nace. Reside en Málaga desde hace más de tres lustros.

Economista y de vocación docente. En la actualidad, trabaja de Director Técnico.


Aficionado a la Ciencia Ficción desde antes de nacer. Muy de vez en cuando, sube post a su maltratado blog.

Y colabora con el blog de Grupo Li Po



lunes, 11 de noviembre de 2019

Conrad, Sulaco, Valencia, y El corazón en las Tinieblas con Nosotros.






Noticias de Sulaco, por Carlos Yusti

La ciudad de Valencia, la de Venezuela, o de San Simeón el estilita, como le gusta denominarla el escritor José Carlos De Nóbrega, ha tenido todos los síntomas de ciudad irreal.
La comparé siempre con dos ciudades imaginarias de Italo Calvino, debido a su lago y a su famoso siquiátrico de Bárbula. Unas veces para mí era Valdrada, o como escribe Calvino: “Los antiguos construyeron Valdrada a orillas de un lago con casas todas de galerías una sobre otra y calles altas que asoman al agua los parapetos de balaustres. Así el viajero ve al llegar dos ciudades. Una directa sobre el lago y una de reflejo invertida”. Otras se me parecía a Perinzia. Calvino anota: “(…) la primera generación de los nacidos en Perinzia empezó a crecer entre sus muros, y aquéllos a su vez llegaron a la edad de casarse y tener hijos. En las calles y plazas de Perinzia hoy encuentras lisiados, enanos, jorobados, obesos, mujeres barbudas. Pero lo peor no se ve; gritos guturales suben desde los sótanos y los graneros, donde las familias esconden a los hijos de tres cabezas o seis piernas”.
La Valencia (donde nací y crecí) no ha dejado su vocación de ciudad envuelta en esa neblina insensata de cuento gótico. Cruzada de personajes históricos de opereta; de lugares con prosapia de historia patria, especie de garitos para las conspiraciones y la componenda oscurantista; plagada de una sucesión de gobernantes melodramáticos, rozando el ridículo más aparatoso, es tan real e imaginada que los límites se borran.
El gobernante de turno, en rol de alegorismo salta de las páginas de la novela Drácula, de Bram Stoker, que sin duda no ha leído. A tal guiso pintarrajea con murciélagos, de alas extendidas, toda la ciudad. No obstante la Valencia que imaginaba traspapelada con las ciudades de Calvino (o esa que el actual gobernador concibe como la cueva del Batman peliculero) se encuentra más cerca de otra ciudad asimismo inventada.

El libro Valencia-Sulaco (Signo Ediciones, 2019), de Pedro Téllez, conduce al lector por ramificados senderos con rumbos bastantes desiguales. He deambulado con admiración por la escritura ensayística de Pedro Téllez y de José Carlos De Nóbrega, quien cierra el libro con reflexiones puntuales con respecto al libro y a su autor. Tanto Téllez como De Nóbrega trabajan el ensayo tratando de proporcionarle al género agilidad, sorpresa, ironía para sacarlo de ese academicismo acartonado de literatura comparada. Me atraen esos escritores que tratan de hacer fisuras en los géneros literarios, de quitarle las telarañas de alma acomplejada a la escritura. Me gusta esa inteligencia de bisturí mentida entre las líneas de un poema, un cuento o un ensayo. Téllez y De Nóbrega escriben con sabiduría lectora, pero por sobre todo hacen literatura con lo improbable, con esos nenúfares flotantes de lo leído en los que se cifra la incomparable música de las palabras, y ellos tienen muy buen oído.
El libro está conformado por veintidós textos en los que se encuentran artículos de prensa, ensayos y una cartografía imprecisa de escritos que exponen las taras de una ciudad que a ratos es sólo un collage de perspectivas extáticas. Es pertinente lo escrito por De Nóbrega: “Partiendo de la novela Nostromo, de Conrad, Téllez se alía al Bolívar encaramado en el monolito, cual Simeón el estilita, para reivindicar su terredad portátil e inmisericorde. La ciudad es paciente psiquiátrico al que se le extrae la piedra de su psicopatología”. Eso podría ser este pequeño libro: un paseo por Valencia, pero no por sus calles y avenidas, sino por los callejones huidizos de su estructura mental y espiritual un tanto dañada.


 La Casa de la Estrella. Imagen tomada de aquí:

Por ese motivo el Congreso de 1830, cuyo escenario fue La Casa de la Estrella, es para Téllez no un hecho histórico relevante, sino una obrita teatral en tres actos con todo el sarcasmo venenoso del caso. Téllez acota que un año antes, pero en la Casa Páez, se escenificó una pieza de Shakespeare cuyos actores fueron el general Páez en el papel de Otelo, el general Soublette como Brabancio, el sempiterno y aciago doctor Miguel Peña como Yago. Téllez escribe: “Destaquemos que el reparto del primer gabinete del gobierno provisional de 1830, un año después de la obra, fue así: Miguel Peña en la Secretaría del Interior, Justicia y Policía; Carlos Soublette en la de Guerra y Marina. Y Páez presidente. Un caso único en que el elenco de una obra de teatro prefigura un gabinete de gobierno”.


Museo Casa Páez
Los artículos de prensa abordan lo político intentando ofrecer respuestas a la intolerancia, a la violencia y a los convulsos momentos políticos que se viven en el país y que subrayan cómo el autor, más que acudir a un bando determinado, decide utilizar la escritura como trinchera. Otros textos exquisitos son el dedicado al doctor José Solanes y a la Revolución rusa. También sondea el libro Lope de Aguirre, el peregrino, escrito por Casto Fulgencio López, escritor un tanto polvoso de olvido. Transitar las páginas de Valencia-Sulaco es entrar en el bulevar del ensayo breve, pero preciso como mecanismo de relojería; del ensayo como experiencia personal (como bien enseñó Montaigne) hasta desembocar en el texto que cierra el libro, “Un cielo de librerías en Sabana Grande”, y en el cual el autor traza un mapa metafórico de esas librerías que forman parte de la estantería de su memoria.
El ensayo que presta el título al libro toma como excusa los 460 años de la fundación de Valencia y los 111 de la publicación de Nostromo, escrita por Joseph Conrad. Téllez anota: “Novela política y psicológica a la vez, sus protagonistas participan en un golpe de Estado movido por ideas y convicciones, a su vez movidas por intereses extranjeros…”.
Nostromo se desarrolla en un país imaginario llamado Costaguana y su capital portuaria es Sulaco. Téllez escribe “Sulaco es Valencia que ‘…se extiende entre las montañas y el llano, a escasa distancia del puerto y oculta a la visión directa del mar’”. Empero Téllez asume la visión de Max Henríquez Ureña: “El escritor con datos de toda América construyó un país nuevo: la República de Costaguana. Dijérase una nación bolivariana que se fugó de la historia. Ese país imaginario tiene puntos de contacto evidentes, ya con Venezuela, ya con Panamá, pero concurren a formarlo elementos diversos tomados de toda la América española”. Téllez anota: “A bordo del Sainte-Antoine arribó a Puerto Cabello en 1876. No olvidará el golfo triste y plácido que describe años después en su novela. Parece que no llega hasta Valencia; para la ambientación se apoyará Conrad en el libro de Edward EastwickVenezuela o Apuntes sobre la vida en una República Sudamericana con la Historia del Empréstito de 1864”. Más adelante Téllez subraya: “En su Crónica personal (1909) el novelista confesará que en todo el mundo de Costaguana, hombres, mujeres, costas, casas, montañas, ciudad, campo, ‘no había ni un solo ladrillo ni una piedra ni un grano de arena de aquel terreno que no hubiese colocado yo con mis propias manos en su debido lugar”.

Conrad concibió Costaguana y su ciudad Sulaco con fragmentos de ciudades reales. Ureña hace un conteo de verificación: “(…) en Sulaco hay una Alameda y una estatua de Carlos IV, como la que se conserva en la ciudad de México en atención a su mérito artístico; hay también un Club Amarilla, que recuerda a los amarillos o antiguos liberales de Venezuela, contrarios a los azules o conservadores; las antiguas luchas de federales y unitarios en Costaguana evocan el proceso de las ideas políticas en las Provincias Unidas del Río de la Plata; en vez de alcalde hay en Costaguana el cargo de Intendente Municipal, como en algunas repúblicas sudamericanas, pero también hay el de Jefe Político, como en otras del continente; el vocablo gringo se aplica, como en muchos países de la América española, a los extranjeros blancos que hablan distinto idioma. La banda militar de Sulaco toca la Marcha de Bolívar, el Libertador, y Páez es mencionado como héroe de la independencia de Costaguana, cuyos llanos se asemejan a los de Venezuela (…)”.
Conversando con Téllez me dijo que el librito poseía cierto tono panfletario. En primer lugar un texto panfletario tiene como prioridad un estilo desencuadernado y es escrito para salpicar de lodo a enemigos/contrincantes visibles. Savater asegura que la virtud del panfleto estriba no en lo que dice, sino en el tono como dice las cosas. Para Fernando Palomero, “los panfletos son excelentes armas para la refriega política, pero no suficientes”. El panfleto en ocasiones es irónico. Otras es algo incendiario. Muchas veces es sólo un artefacto para lanzar golpes y la calidad de escritura se sacrifica para darle prioridad a ese intransigente boxeo de sombra.


Pedro Téllez.

El librito de Pedro Téllez está lejos del panfleto y más bien está regido por la sombra luminosa de Conrad con sus antihéroes, villanos y personajes de relleno moviéndose en una ciudad imprecisa, nerviosa como un espejismo; donde se concentran todas las patologías políticas o sociales y de las cuales Téllez ofrece noticias desde el diván de la exquisita e inteligente literatura.

Tomado de Letralia.



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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.

Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordina la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal


 Tomado de Letralia