viernes, 17 de mayo de 2019

Nora K. Jemisin: “Mi padre tenía prohibido mirar a los ojos a un hombre"





Nora K. Jemisin: “Mi padre tenía prohibido mirar a los ojos a un hombre blanco”

Sus novelas fantásticas son multiculturales, alternativas y políticas. “No puede ser de otra forma”, asegura la escritora norteamericana en esta entrevista.



Hace 30 años no hubiese ni soñado con la carrera literaria que hoy posee. Era mujer, negra y vivía en Brooklyn, dice la estadounidense Nora K. Jeminsin, la primera afroamericana en ganar el Hugo de novela, el premio más importante que la industria concede a los libros de ciencia ficción y literatura fantástica y con el que ella ya se ha hecho tres veces. Antaño, ni pensarlo. Tampoco le han regalado nada a N.K Jeminsin. Su primera novela fue rechazada tres veces.

Podría decirse que el género literario que cultiva es la novela fantástica, aunque con una vuelta de tuerca. Ella lo llama ficción épica. Su carácter político es manifiesto. Desde que se dio a conocer con Los mil reinos (2010), la primera entrega de la llamada Trilogía de la Sucesión, sus novelas se han caracterizado por la multiculturalidad y la irrupción de personajes de distintas grupos y colectivos normalmente periférico. Su más reciente historia publicada en inglés, La quinta estación (Ediciones B), llega a ahora a España.

Como en la mayoría de las novelas de Jemisin, sus protagonistas tienen que superar el influjo de un poder superior, en este caso una cadena de terremotos que asolan la tierra. "La meta es sobrevivir; y la supervivencia implica el cambio", dice una de las tres mujeres que protagonizan esta historia. Porque todo en sus entregas parece ir más allá: tienen una moraleja evidente, un propósito. Las novelas de Jemisin buscan ir contra el status quo. "Hasta ahora, la ciencia ficción y la fantasía han sido demasiado conservadoras. Si algo amenaza a una civilización, en lugar de proponerse la supervivencia en un orden distinto, las novelas de fantasías siempre buscan reparar y sustituir al poder que ya mandaba. Si algo amenaza a un reino, todo en la trama ocurre para restituirlo, no para plantearse una cosa nueva… Por, cierto, ¿no está muy bien que diga esto en España verdad?”. Jemisin es una mujer directa, lúcida y consciente de cada palabra que dice. "La fantasía debe de ser política".

Hace 30 años no hubiese ni soñado con la carrera literaria que hoy posee. Era mujer, negra y vivía en Brooklyn, dice la estadounidense Nora K. Jeminsin, la primera afroamericana en ganar el Hugo de novela, el premio más importante que la industria concede a los libros de ciencia ficción y literatura fantástica y con el que ella ya se ha hecho tres veces. Antaño, ni pensarlo. Tampoco le han regalado nada a N.K Jeminsin. Su primera novela fue rechazada tres veces.

Hace 30 años no hubiese ni soñado con la carrera literaria que hoy posee. Era mujer, negra y vivía en Brooklyn, dice la estadounidense


Podría decirse que el género literario que cultiva es la novela fantástica, aunque con una vuelta de tuerca. Ella lo llama ficción épica. Su carácter político es manifiesto. Desde que se dio a conocer con Los mil reinos (2010), la primera entrega de la llamada Trilogía de la Sucesión, sus novelas se han caracterizado por la multiculturalidad y la irrupción de personajes de distintas grupos y colectivos normalmente periférico. Su más reciente historia publicada en inglés, La quinta estación (Ediciones B), llega a ahora a España.

"Hasta ahora, la ciencia ficción y la fantasía han sido demasiado conservadoras"

Como en la mayoría de las novelas de Jemisin, sus protagonistas tienen que superar el influjo de un poder superior, en este caso una cadena de terremotos que asolan la tierra. "La meta es sobrevivir; y la supervivencia implica el cambio", dice una de las tres mujeres que protagonizan esta historia. Porque todo en sus entregas parece ir más allá: tienen una moraleja evidente, un propósito. Las novelas de Jemisin buscan ir contra el status quo. "Hasta ahora, la ciencia ficción y la fantasía han sido demasiado conservadoras. Si algo amenaza a una civilización, en lugar de proponerse la supervivencia en un orden distinto, las novelas de fantasías siempre buscan reparar y sustituir al poder que ya mandaba. Si algo amenaza a un reino, todo en la trama ocurre para restituirlo, no para plantearse una cosa nueva… Por, cierto, ¿no está muy bien que diga esto en España verdad?”. Jemisin es una mujer directa, lúcida y consciente de cada palabra que dice. "La fantasía debe de ser política".



"Tolkien creó una civilización, un mundo, una sociedad. Lo hizo justo en los años siguientes a la Segunda Guerra Mundial, cuando las personas necesitaban crear un lugar tras los años de horror"

“Se puede entender mi trabajo como una alegoría: plantear que todo se destruye como oportunidad de reconstrucción. La buena fantasía está en la raíz de la historia, por ejemplo Tolkien creó una civilización, un mundo, una sociedad. Lo hizo justo en los años  siguientes a la Segunda Guerra Mundial, cuando las personas necesitaban crear un lugar tras los años de horror. Esa también es una función política de la fantasía. También, claro, toda historia es susceptible de ser manipulada. Yo me he dedicado a estudiar la historia oral de muchos pueblos y llegado a descubrir cómo muchos antropólogos han cambiado el sentido original de la historia de muchas comunidades y tribus, al menos en Norteamérica”.

La idea de fondo en la literatura de Nora K. Jemisin es el cambio y la reinvención asociada a los procesos de ese tipo. El mundo cambia. Las civilizaciones cambian. La naturaleza cambia. Los errores se superan no por la vía del castigo colectivo, sino de la transformación. De ahí que sus héroes y heroínas nunca sean siempre distintos, desde los egipcios esclavizados de The Killing Moon hasta las tres generaciones de mujeres que intentan sobrevivir a un mundo que se cae a pedazos en La quinta estación.  "La humanidad no es blanca. Hay afroamericanos, asiáticos, egipcios… En EEUU hay gente de todo tipo, no sólo blancos. Aunque es cierto que con los cambios políticos que estamos viviendo, probablemente retrocedamos. Aunque pienso en lo que dicen mis padres: hija, esto nunca será peor de lo que ya vivimos”, explica la novelista durante su visita a la Feria del Libro de Madrid. “Mi padre no podía mirar a los ojos a un hombre blanco, lo tenía prohibido”, dice Nora K. Jemisin taladrando con la pupila a su interlocutor. En ella hay cierta distancia, una educada y desafiante frialdad. Una intensidad que transmite en su prosa y deja caer, como gotas, en la conversación.

 Tomado de Voz Populi




jueves, 16 de mayo de 2019

Umberto Eco: ¿De qué sirve el profesor?





Por Umberto Eco Para LA NACION

LUNES 21 DE MAYO DE 2007


¿En el alud de artículos sobre el matonismo en la escuela he leído un episodio que, dentro de la esfera de la violencia, no definiría precisamente al máximo de la impertinencia... pero que se trata, sin embargo, de una impertinencia significativa. Relataba que un estudiante, para provocar a un profesor, le había dicho: "Disculpe, pero en la época de Internet, usted, ¿para qué sirve?"

El estudiante decía una verdad a medias, que, entre otros, los mismos profesores dicen desde hace por lo menos veinte años, y es que antes la escuela debía transmitir por cierto formación pero sobre todo nociones, desde las tablas en la primaria, cuál era la capital de Madagascar en la escuela media hasta los hechos de la guerra de los treinta años en la secundaria. Con la aparición, no digo de Internet, sino de la televisión e incluso de la radio, y hasta con la del cine, gran parte de estas nociones empezaron a ser absorbidas por los niños en la esfera de la vida extraescolar.




De pequeño, mi padre no sabía que Hiroshima quedaba en Japón, que existía Guadalcanal, tenía una idea imprecisa de Dresde y sólo sabía de la India lo que había leído en Salgari. Yo, que soy de la época de la guerra, aprendí esas cosas de la radio y las noticias cotidianas, mientras que mis hijos han visto en la televisión los fiordos noruegos, el desierto de Gobi, cómo las abejas polinizan las flores, cómo era un Tyrannosaurus rex y finalmente un niño de hoy lo sabe todo sobre el ozono, sobre los koalas, sobre Irak y sobre Afganistán. Tal vez, un niño de hoy no sepa qué son exactamente las células madre, pero las ha escuchado nombrar, mientras que en mi época de eso no hablaba siquiera la profesora de ciencias naturales. Entonces, ¿de qué sirven hoy los profesores?



He dicho que el estudiante dijo una verdad a medias, porque ante todo un docente, además de informar, debe formar. Lo que hace que una clase sea una buena clase no es que se transmitan datos y datos, sino que se establezca un diálogo constante, una confrontación de opiniones, una discusión sobre lo que se aprende en la escuela y lo que viene de afuera. Es cierto que lo que ocurre en Irak lo dice la televisión, pero por qué algo ocurre siempre ahí, desde la época de la civilización mesopotámica, y no en Groenlandia, es algo que sólo lo puede decir la escuela. Y si alguien objetase que a veces también hay personas autorizadas en Porta a Porta (programa televisivo italiano de análisis de temas de actualidad), es la escuela quien debe discutir Porta a Porta. Los medios de difusión masivos informan sobre muchas cosas y también transmiten valores, pero la escuela debe saber discutir la manera en la que los transmiten, y evaluar el tono y la fuerza de argumentación de lo que aparecen en diarios, revistas y televisión. Y además, hace falta verificar la información que transmiten los medios: por ejemplo, ¿quién sino un docente puede corregir la pronunciación errónea del inglés que cada uno cree haber aprendido de la televisión?


Pero el estudiante no le estaba diciendo al profesor que ya no lo necesitaba porque ahora existían la radio y la televisión para decirle dónde está Tombuctú o lo que se discute sobre la fusión fría, es decir, no le estaba diciendo que su rol era cuestionado por discursos aislados, que circulan de manera casual y desordenado cada día en diversos medios –que sepamos mucho sobre Irak y poco sobre Siria depende de la buena o mala voluntad de Bush. El estudiante estaba diciéndole que hoy existe Internet, la Gran Madre de todas las enciclopedias, donde se puede encontrar Siria, la fusión fría, la guerra de los treinta años y la discusión infinita sobre el más alto de los números impares. Le estaba diciendo que la información que Internet pone a su disposición es inmensamente más amplia e incluso más profunda que aquella de la que dispone el profesor. Y omitía un punto importante: que Internet le dice "casi todo", salvo cómo buscar, filtrar, seleccionar, aceptar o rechazar toda esa información.

Almacenar nueva información, cuando se tiene buena memoria, es algo de lo que todo el mundo es capaz. Pero decidir qué es lo que vale la pena recordar y qué no es un arte sutil. Esa es la diferencia entre los que han cursado estudios regularmente (aunque sea mal) y los autodidactas (aunque sean geniales).


El problema dramático es que por cierto a veces ni siquiera el profesor sabe enseñar el arte de la selección, al menos no en cada capítulo del saber. Pero por lo menos sabe que debería saberlo, y si no sabe dar instrucciones precisas sobre cómo seleccionar, por lo menos puede ofrecerse como ejemplo, mostrando a alguien que se esfuerza por comparar y juzgar cada vez todo aquello que Internet pone a su disposición. Y también puede poner cotidianamente en escena el intento de reorganizar sistemáticamente lo que Internet le transmite en orden alfabético, diciendo que existen Tamerlán y monocotiledóneas pero no la relación sistemática entre estas dos nociones.

El sentido de esa relación sólo puede ofrecerlo la escuela, y si no sabe cómo tendrá que equiparse para hacerlo. Si no es así, las tres I de Internet, Inglés e Instrucción seguirán siendo solamente la primera parte de un rebuzno de asno que no asciende al cielo.

(Traducción: Mirta Rosenberg)

La Nacion/L’Espresso (Distributed by The New York Times Syndicate)

 Tomado de La Nación 




miércoles, 15 de mayo de 2019

CARLOS EDUARDO FRÍAS: Un escritor debe ser espejo del destino de su pueblo





  CARLOS EDUARDO FRÍAS | 25 DE DICIEMBRE DE 1943 




Preguntas sobre periódicos y literatos 







En Carlos Eduardo Frías coexisten dos ciudadanos. En él conviven el jefe de la poderosa agencia de publicidad ARS y un intelectual de prestigio.



Pertenece a la Cámara de Comercio y  la Asociación de escritores, al Rotary Club y al Ateneo. Ama la contabilidad y la poesía. Y no se confunden los guarismos con las metáforas.



Irrumpen en El Nacional las dos personalidades. El publicista Frías se detiene en la administración y expone un criterio positivista sobre nuestra pauta de avisos. Y luego el intelectual Frías sube las escaleras que conducen a la redacción para corregir las pruebas de su ensayo literario acerca de la cifra poética de Otto De Sola.


Frente a nuestro escritorio están los dos Frías, unificados en un risueño personaje de anchas espaldas. Magnífica ocasión para entrevistarlos a los dos.

‹¿Quieres contestarnos unas preguntas para El Nacional?

‹Encantado ‹responde el intelectual entre dientes, sin levantar la vista de las cuartillas que está corrigiendo.

‹A tu juicio. ¿Cuál periódico tiene mayor circulación en el país? ¿La Esfera o El Nacional?

El publicista alza el rostro aterrado. Es fácil leerle el pensamiento: Si digo que El Nacional me mata Suegart. Y si digo que La Esfera no salgo de aquí vivo. Pero el publicista de bien templados nervios se repone enseguida y dicta la respuesta cual si yo fuera su secretario:

El publicista: ‹Es sumamente difícil, aún para un publicista que tiene datos más fidedignos a la mano, determinar la circulación exacta de cualquier periódico venezolano. Hasta el presente nuestros cálculos son estimativos.

Y sonríe satisfecho de su escape tangencial. Yo insisto:

‹¿Y qué opinas de nuestro careo con La Esfera?

Ahora pisa terreno firme:

El publicista: ‹Considero muy saludable esta verificación de la circulación porque doy por sentado que todos los diarios de Caracas seguirán el ejemplo y obtendremos un censo general del tiraje. A los anunciadores en primer término, y a los lectores luego, les interesa despejar esa incógnita de la circulación exacta de los diarios venezolanos.

Otto De Sola


Y el intelectual Frías regresa a corregir sus pruebas. Pero la tercera pregunta va con él:

‹¿Qué es un escritor?

El intelectual: ‹Un escritor debe ser espejo del destino de su pueblo.

Es concisa la definición pero yo la entiendo. Y como en ese instante se acercan Antonio Arráiz y Otto DSola, la charla se generaliza sobre literatura y literatos. Antonio menciona a Arturo Uslar Pietri y ese nombre me sugiere la cuarta pregunta que ando buscando:

‹¿Es Arturo Uslar más útil a Venezuela como político o como escritor?

‹¡Eso no es una pregunta, eso es una bomba de tiempo! ‹interviene Otto DSola.

Pero el intelectual Frías se ha comprometido a responderme.

El intelectual: ‹Reconozco en Arturo un valor positivo nuestro. Por tanto, en el plano que actúe desempeñará un papel de primera importancia. Nuestras letras han perdido con su temporal ausencia una segura cosecha ejemplar.

Pero como nuestro principal problema es el político-social, estimo que Arturo en los actuales momentos es más útil porque se encuentra en el sitio donde hombres más capaces exige el país.

Carlos Eduardo Frías se despide. Pero luego regresa a preguntarme:

‹¿Qué te pareció mi respuesta sobre Arturo? ¿Qué hubieras contestado tú?

Y yo, a mi vez en un aprieto:

‹No sé. Para juzgar si un hombre es útil en política, las más veces hay que esperar que finalice su actuación política.


Tomado de El Nacional