domingo, 9 de junio de 2019

RETRATO HABLADO DEL ESCRITOR IMAGINARIO



Fotograma de El Hombre Invisible de 1933.


Carlos Yusti
El escritor Rafael Bolívar Coronado, durante su exilio español, apremiado por el hambre, prepara algunas antologías de poetas latinoamericanos. Lo distintivo de estas antologías fue que si al compilador le faltaba algún poeta, sencillamente se lo inventaba. No obstante su osadía no llegaba hasta allí, sino que también escribía los poemas y le concebía una vida, con algunos libros publicados con una que otra chispeante anécdota. Así fue armando las antologías para darle grosor de páginas y cobrar más de lo acordado. Sin duda fueron antologías un tanto descocidas, pero innegablemente creativas, arbitrarias y rebosantes de imaginación creadora.
Esto de inventar escritores (con sus obras irreales respectivas) es una práctica recurrente de una buena porción de escritores. Algunos lo harán por hambre como Coronado, otros por juego intelectivo, en un lúcido alarde de erudición y otros por sátira para desacralizar el boato ecuménico que muchos profesores y críticos bartheianos le imponen a la literatura.


Jorge Luis Borges, en unos de sus obras, hace la reseña de una novela imaginaria, escrita por un autor hindú ficticio, Mir Bahadur Alí, de Bombay. Él, que nunca escribió una novela, en su exégesis refiere la trama y las vicisitudes que le ocurren al protagonista. Para darle un tono creíble cita la fecha en la que se imprimió el libro, describe el papel, etc. O así Borges lo escribe: “La editio princeps del Acercamiento a Almotásim apareció en Bombay, a fines de 1932. El papel era casi papel de diario; la cubierta anunciaba al comprador que se trataba de la primera novela policial escrita por un nativo de Bombay City: En pocos meses, el público agotó cuatro impresiones de mil ejemplares cada una.(…) Bahadur publicó una edición ilustrada que tituló The conversation with the man called Al-Mu'tasim y que subtituló hermosamente: A game with shifting mimo» (Un juego con espejos que se desplazan). Esa edición es la que acaba de reproducir en Londres Victor Gollancz, con prólogo de Dorothy L. Sayers y con omisión -quizá misericordiosa- de las ilustraciones. La tengo a la vista;…


Inventar autores va a la par en eso de imaginar libros no escritos. Santiago Key-Ayala tiene un exiguo volumen, que Pedro Téllez encontró traspapelado en sus obras completas, titulado Cateo de bibliografía. En el cual reseña libros, pero no impresos sino esos que “jamás existieron”, otros que “fueron concebidos y no llegaron a nacer” y otros que “fueron ajusticiados”.  Key-Ayala escribe de esos libros abortados, perdidos o que se quedaron varados en ese limbo de la no impresión, que fueron ideas (o  anhelos) que jamás cristalizaron.
Stanislaw Lem, escritor polaco destacado autor de ciencia ficción, en dos libros hace un compendio de libros imaginarios, con sus respectivos autores: Vacío perfecto y Magnitud imaginaria. Libros algo agemelados, pero con subrayadas diferencias. En el prólogo del primero se lee: “La crítica de libros inexistentes no es una invención de Lem. Encontramos intentos parecidos no sólo en un escritor contemporáneo como J. L. Borges (por ejemplo, Examen de la obra de Herbert Quain, en el tomo Ficciones), sino en otros mucho más antiguos, y ni siquiera Rabelais fue el primero en poner en práctica esa idea. Sin embargo, Vacío perfecto constituye una especie de curiosum, por cuanto la intención del autor es presentarnos toda una antología de esta clase de críticas. ¿Cuál fue su propósito? ¿El de sistematizar la pedantería o la broma? Sospechamos que en este caso se trata de un subterfugio jocoso,…” Se ocupa de libros y autores bastante raros, pero en Magnitud imaginaria revisa a unos artistas que hacen pornografía utilizando  rayos X, científicos que realizan cultivos de bacterias que pueden comunicarse empleando el código Morse y capaces de predecir el futuro, vendedores de enciclopedias impresas con la historia que todavía no sucede, inteligencias artificiales que escriben obras de autores clásicos con una brillantez creativa que ni ellos mismos habrían podido elucubrar.


Vacío perfecto se inicia con el análisis al  libro Gigamesh de  Patrick Hannahan  (Transworld Publishers, Londres). Gracias a Lem el lector se informa que Hannahan sentía una rivalidad envidiosa  por Joyce; que su libro es una proeza lingüística y vanguardista, etc. Esto lleva al escritor español Luis Goytisolo ha redactar el ensayo “Joyce por fin superado”. Goytisolo puntualiza: “Mi propósito no es el de polemizar con Lem sino, muy al contrario, el de aportar mis propias consideraciones al caudal bibliográfico que gracias a Lem y a tantos otros exegetas (exegetas mejor que críticos) se ha ido desarrollando en torno a la obra de Hannahan”. Goytisolo cuenta que fue una odisea conseguir el libro, hasta que por azar y en Londres descubre en una librería, en la mesa saldo, un pirámide de Gigamesh. Señala así mismo que “el propio Hanna­han, con su prólogo de 847 pági­nas para una novela de 395, se haya convertido en el principal exegeta de sí mismo?” En fin que el escritor español hace un exhaustivo estudio sobre la novela para concluir: “Lo realmente decisivo ha sido el he­cho de que, con la publicación de Gigamesh la polémica ha sido ob­viada: la presunta copia (Giga­mesh) supera el modelo (Finne­gan's wake), quedando para Joy­ce el papel de mero precursor”.
Roberto Bolaño hace otro aporte con “La literatura nazi en América”. Su intención fue (como lo expresó él mismo) recopilar “una antología vagamente enciclopédica de la literatura filo-nazi producida en América desde 1930 al 2010”. Con un estilo abstracto y profesoral va presentando la biografía de unos autores con sus respectivos títulos. Hay una mezcla de lo ficticio con lo real para darle credibilidad a esta aterradora invención literaria. La obra cierra con un extenso complemento: Epílogo para monstruos, en cual contiene un índice onomástico y una investigada e irreal bibliografía de los autores citados.
Otro libro infaltable es La sinagoga  de los iconoclastas de J. Rodolfo Wilcock,  en la se que registran, con innegable genio, los retratos biográficos prefigurados por Marcel Schwob y la de libros inventados. Solo que estos seres se encuentran en ese limite de los extremos donde el suicidio (o la locura) aguardan con fría paciencia. Estos «iconoclastas» reinventan el universo conocido para arrastrar al lector a una delirante aventura.



Dos escritores imaginarios insignes son Marcelo Chiriboga y Bustos Domecq. El primero nació en 1933 y era el menor de tres hermanos; pero lo relevante es que forma parte del conocido Boom Latinoamericano. Sus dos libros que han cimentado su fama son: La línea imaginaria(1969) y Diario del infiltrado(1973). JoséDonoso ha escrito: "Marcelo Chiriboga, el más insolentemente célebre de todos los integrantes del boom, sus ediciones alcanzan millones en todas las lenguas, incluso en armenio, ruso y japonés: este ecuatoriano ha hecho más por dar a conocer su país con sus novelas, que todos los textos y las noticias publicadas sobre el Ecuador".
Chiriboga surgió de la imaginación de dos escritores: José Donoso y Carlos Fuentes. Al parecer su aparición fue como una necesidad para colocar en el mapa de la literatura a Ecuador o como lo expresó Fuentes: “Por lo menos ese favor le hicimos a Ecuador: le dimos un miembro del boom. Por ahí anda Chiriboga. Y, a lo mejor, hasta nos sobrevive”.
Bustos Domecq según semblanza contenida en Seis problemas para don Isidro Parodi de la educadora, señorita Adelma Badoglio:El doctor Honorio Bustos Domecq nació en la localidad de Pujato (provincia de Santa Fe), en el año 1893”. Este libro también trae una palabra liminar escrita por Gervasio Montenegro, De la Academia Argentina de Letras. Buenos Aires. Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares a cuatro manos escriben las obras de Domecq y en esta conjunción de nombres y prólogos Lisa Block de Behar escribe:Borges y Bioy inventan a un autor ficticio (Bustos Domecq) y también inventan a la autora de la biografía de ese autor inventado (Adelma Badoglio) a quien precede un invento anterior (Adelia Puglione),(…)inventan además al prologuista (Gervasio Montenegro), miembro de la Academia Argentina de Letras (institución que aparece mencionada en la edición del 64,no en la del 42),quien es asimismo personaje de la ficción, invadiendo, más de una vez, el espacio de verdad que el prólogo -otra convención- suele acreditar”.

Lisa Block de Behar
Lo atrayente es que el tal Domecq escribe Crónicas de Bustos Domecq en la que también inventa a escritores y artistas; la sátira de altos vuelos está servida: las reseñas apelan a todos los recursos del ensalzamiento ripioso y ditirámbico. Graciela Sheines escribe: “Crónicas de Bustos Domecq puede entenderse como una burla a las escuelas y estilos en boga, a las estéticas de vanguardia, a los cultores de la originalidad a ultranza, a los escritores vernaculos que veneran la literatura del Norte a tal punto de no poder concebir la escritura sino como copia de los modelos consagrados”. El libro está conformado por veinte breves comentarios sobre arte y literatura con ese estirado, pomposo y rebuscado estilo utilizado por las revistas especializadas en arte o literatura.
                                 
Después que Domecq escribió el libro Un modelo para la muerte hizo un paréntesis. Borges y Bioy Casares seguían frecuentándose, pero Domecq estaba engavetado a decir de Bioy: “Bustos Domecq se había convertido en un bromista insoportable, similar a Rabelais, autor que no nos gustaba”. Transcurrió  un buen tiempo y Borges pasaba por otro amor naufragado y Bioy Casares le propuso sacar de su retiro a Domecq o como lo escribió él mismo: “Una mañana yo sacaba a pasear a mi hija y al hijo de la cocinera. Cada uno de esos chicos tenía en la mano un muñeco y se lo describía al otro. Yo estaba calentando el motor del auto y los oía atrás, describiendo, como si no pudieran ver uno el muñeco del otro. Entonces esa noche le propuse a Borges que escribiéramos un cuento sobre un escritor que describiera por el solo placer de la descripción, aunque fuera la cosa más desprovista de interés: el lápiz, el papel, la mesa de trabajo, la goma de borrar, etcétera. Así surgió “Una tarde con Ramón Bonavena”, que es la primera de las crónicas. Meses después, porque con Borges siempre fuimos reticentes y corteses, me agradeció porque comprendía que yo le había propuesto ese cuento para hacerle olvidar su mal de amores. No fue así. Yo se lo propuse simplemente porque se me había ocurrido el cuento”.

Muchos poetas y escritores se inventan heterónimos y Pessoa fue un mago consumado en dicha materia. El poeta Luis Alberto Ángulo ha creado a un poeta malo llamado Armando Amanaú. No entiendo si se puede inventar un poeta competente con las metáforas, a que viene crear un poeta segundón. Los poco datos del poeta son: Armando Amanaú (Valencia, Venezuela, 1988) es un poeta del Decir que incursiona en el poema político y popular. Textos suyos aparecen en compilaciones como «Poetas venezolanos en solidaridad con Palestina, Irak y El Líbano», «El Corazón de Venezuela. Patria y Poesía» y «100 poemas contra el fascismo». Su poesía es algo así: “Aliado siempre con Cristo,/No me rindo a los imperios,/Mi corazón es un nicho,/Para guardar los recuerdos”.

Luis Alberto Angulo. Fotografia de MAAO.


La captura de Josu Ternera, terrorista etarra, prófugo de la justicia española por múltiples crímenes se llevó a cabo en Francia. Para ocultarse se había convertido en Bruno Martin, escritor con pasaporte venezolano. Como es lógico Bruno Martín escribe libros infantiles que hablan de la libertad y de esa capacidad imperiosa de soñar. Uno de sus libros más editados es La niña que se alimentaba de nubes. Otros libros suyos son: La araña que no sabía tejer y El poético cantar de Grillo Zurdo, escrito en verso con chispeantes trabalenguas y juegos de palabras que recuerda mucho al libro Chamario de Eduardo Polo.

De Bruno Martin he leído frases delirantes que  me recuerdan al siniestro y desquiciado escritor imaginado Jack Torrance del libro El resplandor, de Stephen King que en un absurdo soliloquio, casi hamletiano, se dice: “Era cuestión de usar el cerebro, el celebrado cerebro de Jack Torrance. ¿No es usted el tipo que pensaba vivir de su ingenio? Jack Torrance, autor de best-sellers. (…) Jack Stephen Torrance, hombre de letras, pensador de valía, ganador del premio Pulitzer (…) Y toda esa mierda se reducía a una sola cosa, se dijo, vivir de su ingenio. Vivir del propio ingenio es saber siempre dónde están las avispas”.


   
Stéphane Mahieu publicó La Bibliothèque invisible, (Éditions du Sandre), Paolo Albani y Paolo Della Bella escribieron Mirabiblia. Catálogo razonado de libros que no se encuentran y Alberto Manguel con Gianni Guadalupi publicaron Breve guía de lugares imaginarios, en el que se compilan todos esos territorios que solo existen en la literatura. Algo así se podría hacer con los escritores inexistentes, una especie de Breve catálogo de escritores imaginarios.

Coda final: Un escritor irreal escribe un libro ficticio sobre escritores que no existen, lo extraño es que muchos escritores del Canon literario nacional aparecen allí como fantasmas inleíbles.

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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.

Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordina la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal


 Tomado de Letralia


viernes, 17 de mayo de 2019

Nora K. Jemisin: “Hasta ahora, la ciencia ficción y la fantasía han sido demasiado conservadoras"





Nora K. Jemisin: “Mi padre tenía prohibido mirar a los ojos a un hombre blanco”

Sus novelas fantásticas son multiculturales, alternativas y políticas. “No puede ser de otra forma”, asegura la escritora norteamericana en esta entrevista.



Hace 30 años no hubiese ni soñado con la carrera literaria que hoy posee. Era mujer, negra y vivía en Brooklyn, dice la estadounidense Nora K. Jeminsin, la primera afroamericana en ganar el Hugo de novela, el premio más importante que la industria concede a los libros de ciencia ficción y literatura fantástica y con el que ella ya se ha hecho tres veces. Antaño, ni pensarlo. Tampoco le han regalado nada a N.K Jeminsin. Su primera novela fue rechazada tres veces.

Podría decirse que el género literario que cultiva es la novela fantástica, aunque con una vuelta de tuerca. Ella lo llama ficción épica. Su carácter político es manifiesto. Desde que se dio a conocer con Los mil reinos (2010), la primera entrega de la llamada Trilogía de la Sucesión, sus novelas se han caracterizado por la multiculturalidad y la irrupción de personajes de distintas grupos y colectivos normalmente periférico. Su más reciente historia publicada en inglés, La quinta estación (Ediciones B), llega a ahora a España.

Como en la mayoría de las novelas de Jemisin, sus protagonistas tienen que superar el influjo de un poder superior, en este caso una cadena de terremotos que asolan la tierra. "La meta es sobrevivir; y la supervivencia implica el cambio", dice una de las tres mujeres que protagonizan esta historia. Porque todo en sus entregas parece ir más allá: tienen una moraleja evidente, un propósito. Las novelas de Jemisin buscan ir contra el status quo. "Hasta ahora, la ciencia ficción y la fantasía han sido demasiado conservadoras. Si algo amenaza a una civilización, en lugar de proponerse la supervivencia en un orden distinto, las novelas de fantasías siempre buscan reparar y sustituir al poder que ya mandaba. Si algo amenaza a un reino, todo en la trama ocurre para restituirlo, no para plantearse una cosa nueva… Por, cierto, ¿no está muy bien que diga esto en España verdad?”. Jemisin es una mujer directa, lúcida y consciente de cada palabra que dice.


Hace 30 años no hubiese ni soñado con la carrera literaria que hoy posee. Era mujer, negra y vivía en Brooklyn, dice la estadounidense Nora K. Jeminsin, la primera afroamericana en ganar el Hugo de novela, el premio más importante que la industria concede a los libros de ciencia ficción y literatura fantástica y con el que ella ya se ha hecho tres veces. Antaño, ni pensarlo. Tampoco le han regalado nada a N.K Jeminsin. Su primera novela fue rechazada tres veces.


Podría decirse que el género literario que cultiva es la novela fantástica, aunque con una vuelta de tuerca. Ella lo llama ficción épica. Su carácter político es manifiesto. Desde que se dio a conocer con Los mil reinos (2010), la primera entrega de la llamada Trilogía de la Sucesión, sus novelas se han caracterizado por la multiculturalidad y la irrupción de personajes de distintas grupos y colectivos normalmente periférico. Su más reciente historia publicada en inglés, La quinta estación (Ediciones B), llega a ahora a España.


Como en la mayoría de las novelas de Jemisin, sus protagonistas tienen que superar el influjo de un poder superior, en este caso una cadena de terremotos que asolan la tierra. "La meta es sobrevivir; y la supervivencia implica el cambio", dice una de las tres mujeres que protagonizan esta historia. Porque todo en sus entregas parece ir más allá: tienen una moraleja evidente, un propósito. Las novelas de Jemisin buscan ir contra el status quo. "Hasta ahora, la ciencia ficción y la fantasía han sido demasiado conservadoras. Si algo amenaza a una civilización, en lugar de proponerse la supervivencia en un orden distinto, las novelas de fantasías siempre buscan reparar y sustituir al poder que ya mandaba. Si algo amenaza a un reino, todo en la trama ocurre para restituirlo, no para plantearse una cosa nueva… Por, cierto, ¿no está muy bien que diga esto en España verdad?”. Jemisin es una mujer directa, lúcida y consciente de cada palabra que dice. "La fantasía debe de ser política".





“Se puede entender mi trabajo como una alegoría: plantear que todo se destruye como oportunidad de reconstrucción. La buena fantasía está en la raíz de la historia, por ejemplo Tolkien creó una civilización, un mundo, una sociedad. Lo hizo justo en los años  siguientes a la Segunda Guerra Mundial, cuando las personas necesitaban crear un lugar tras los años de horror. Esa también es una función política de la fantasía. También, claro, toda historia es susceptible de ser manipulada. Yo me he dedicado a estudiar la historia oral de muchos pueblos y llegado a descubrir cómo muchos antropólogos han cambiado el sentido original de la historia de muchas comunidades y tribus, al menos en Norteamérica”.

La idea de fondo en la literatura de Nora K. Jemisin es el cambio y la reinvención asociada a los procesos de ese tipo. El mundo cambia. Las civilizaciones cambian. La naturaleza cambia. Los errores se superan no por la vía del castigo colectivo, sino de la transformación. De ahí que sus héroes y heroínas nunca sean siempre distintos, desde los egipcios esclavizados de The Killing Moon hasta las tres generaciones de mujeres que intentan sobrevivir a un mundo que se cae a pedazos en La quinta estación.  "La humanidad no es blanca. Hay afroamericanos, asiáticos, egipcios… En EEUU hay gente de todo tipo, no sólo blancos. Aunque es cierto que con los cambios políticos que estamos viviendo, probablemente retrocedamos. Aunque pienso en lo que dicen mis padres: hija, esto nunca será peor de lo que ya vivimos”, explica la novelista durante su visita a la Feria del Libro de Madrid. “Mi padre no podía mirar a los ojos a un hombre blanco, lo tenía prohibido”, dice Nora K. Jemisin taladrando con la pupila a su interlocutor. En ella hay cierta distancia, una educada y desafiante frialdad. Una intensidad que transmite en su prosa y deja caer, como gotas, en la conversación.

 Tomado de Voz Populi





jueves, 16 de mayo de 2019

Umberto Eco: ¿De qué sirve el profesor?





Por Umberto Eco Para LA NACION

LUNES 21 DE MAYO DE 2007


¿En el alud de artículos sobre el matonismo en la escuela he leído un episodio que, dentro de la esfera de la violencia, no definiría precisamente al máximo de la impertinencia... pero que se trata, sin embargo, de una impertinencia significativa. Relataba que un estudiante, para provocar a un profesor, le había dicho: "Disculpe, pero en la época de Internet, usted, ¿para qué sirve?"

El estudiante decía una verdad a medias, que, entre otros, los mismos profesores dicen desde hace por lo menos veinte años, y es que antes la escuela debía transmitir por cierto formación pero sobre todo nociones, desde las tablas en la primaria, cuál era la capital de Madagascar en la escuela media hasta los hechos de la guerra de los treinta años en la secundaria. Con la aparición, no digo de Internet, sino de la televisión e incluso de la radio, y hasta con la del cine, gran parte de estas nociones empezaron a ser absorbidas por los niños en la esfera de la vida extraescolar.




De pequeño, mi padre no sabía que Hiroshima quedaba en Japón, que existía Guadalcanal, tenía una idea imprecisa de Dresde y sólo sabía de la India lo que había leído en Salgari. Yo, que soy de la época de la guerra, aprendí esas cosas de la radio y las noticias cotidianas, mientras que mis hijos han visto en la televisión los fiordos noruegos, el desierto de Gobi, cómo las abejas polinizan las flores, cómo era un Tyrannosaurus rex y finalmente un niño de hoy lo sabe todo sobre el ozono, sobre los koalas, sobre Irak y sobre Afganistán. Tal vez, un niño de hoy no sepa qué son exactamente las células madre, pero las ha escuchado nombrar, mientras que en mi época de eso no hablaba siquiera la profesora de ciencias naturales. Entonces, ¿de qué sirven hoy los profesores?



He dicho que el estudiante dijo una verdad a medias, porque ante todo un docente, además de informar, debe formar. Lo que hace que una clase sea una buena clase no es que se transmitan datos y datos, sino que se establezca un diálogo constante, una confrontación de opiniones, una discusión sobre lo que se aprende en la escuela y lo que viene de afuera. Es cierto que lo que ocurre en Irak lo dice la televisión, pero por qué algo ocurre siempre ahí, desde la época de la civilización mesopotámica, y no en Groenlandia, es algo que sólo lo puede decir la escuela. Y si alguien objetase que a veces también hay personas autorizadas en Porta a Porta (programa televisivo italiano de análisis de temas de actualidad), es la escuela quien debe discutir Porta a Porta. Los medios de difusión masivos informan sobre muchas cosas y también transmiten valores, pero la escuela debe saber discutir la manera en la que los transmiten, y evaluar el tono y la fuerza de argumentación de lo que aparecen en diarios, revistas y televisión. Y además, hace falta verificar la información que transmiten los medios: por ejemplo, ¿quién sino un docente puede corregir la pronunciación errónea del inglés que cada uno cree haber aprendido de la televisión?


Pero el estudiante no le estaba diciendo al profesor que ya no lo necesitaba porque ahora existían la radio y la televisión para decirle dónde está Tombuctú o lo que se discute sobre la fusión fría, es decir, no le estaba diciendo que su rol era cuestionado por discursos aislados, que circulan de manera casual y desordenado cada día en diversos medios –que sepamos mucho sobre Irak y poco sobre Siria depende de la buena o mala voluntad de Bush. El estudiante estaba diciéndole que hoy existe Internet, la Gran Madre de todas las enciclopedias, donde se puede encontrar Siria, la fusión fría, la guerra de los treinta años y la discusión infinita sobre el más alto de los números impares. Le estaba diciendo que la información que Internet pone a su disposición es inmensamente más amplia e incluso más profunda que aquella de la que dispone el profesor. Y omitía un punto importante: que Internet le dice "casi todo", salvo cómo buscar, filtrar, seleccionar, aceptar o rechazar toda esa información.

Almacenar nueva información, cuando se tiene buena memoria, es algo de lo que todo el mundo es capaz. Pero decidir qué es lo que vale la pena recordar y qué no es un arte sutil. Esa es la diferencia entre los que han cursado estudios regularmente (aunque sea mal) y los autodidactas (aunque sean geniales).


El problema dramático es que por cierto a veces ni siquiera el profesor sabe enseñar el arte de la selección, al menos no en cada capítulo del saber. Pero por lo menos sabe que debería saberlo, y si no sabe dar instrucciones precisas sobre cómo seleccionar, por lo menos puede ofrecerse como ejemplo, mostrando a alguien que se esfuerza por comparar y juzgar cada vez todo aquello que Internet pone a su disposición. Y también puede poner cotidianamente en escena el intento de reorganizar sistemáticamente lo que Internet le transmite en orden alfabético, diciendo que existen Tamerlán y monocotiledóneas pero no la relación sistemática entre estas dos nociones.

El sentido de esa relación sólo puede ofrecerlo la escuela, y si no sabe cómo tendrá que equiparse para hacerlo. Si no es así, las tres I de Internet, Inglés e Instrucción seguirán siendo solamente la primera parte de un rebuzno de asno que no asciende al cielo.

(Traducción: Mirta Rosenberg)

La Nacion/L’Espresso (Distributed by The New York Times Syndicate)

 Tomado de La Nación