Hace pocos días dio inicio el mundial Rusia 2018 asi que nos parece pertinente compartir con ustedes este texto encontrado en la red. Esperamos lo disfruten.
******* Alejandro Finisterre, el poeta anarquista que inventó el metegol o futbolito de mesa.
Alejandro Finisterre, inventor del metegol, el inspirado poeta anarquista que nos permite ser niños para siempre.
FABIÁN MAURI
Madrid, 1936. Alejandro Campos Ramírez, un joven gallego oriundo de un pueblo llamado Finisterre -del latín finis terrae, el fin de la tierra- deambula por las calles de la ciudad y presiente que sus deseos tal vez estén a punto de cumplirse. Alguna vez soñó con ser un gran arquitecto y sólo llegó a trabajar de albañil, pero su verdadera vocación es la poesía. Consigue un empleo que lo hace feliz y de alguna manera lo acerca a ese universo bohemio de los artistas que admira: cadete en una imprenta. Se considera un idealista práctico, una especie de anarquista pacífico que aspira vivir, algún día, en un mundo en el que los hombres no necesiten ser gobernados por ninguna autoridad. En esa ensoñación se solazaba, cuando estalló en España la Guerra Civil.
Una bomba cayó sobre la casa en que vivía y quedó atrapado bajo los escombros. Malherido, fue traslado a un hospital en el que convaleció, cojo y con problemas respiratorios, durante un largo tiempo. Allí fueron llegando refugiados de guerra, mujeres y muchos niños mutilados que hicieron que su sensibilidad de poeta se activara. Años más tarde, en 2004, le contó a un periodista del diario La Vanguardia de Barcelona el episodio de su vida por el cual hoy lo recordamos.
“Era el año 1937. Me gustaba el fútbol, pero yo estaba cojo y no podía jugar… Y, sobre todo, me dolía ver a aquellos niños cojitos, tan tristes porque no podían jugar al balón con los otros niños… Y pensé: si existe el tenis de mesa, ¡también puede existir el fútbol de mesa! Conseguí unas barras de acero y un carpintero vasco refugiado allí, Javier Altuna, me torneó los muñecos en madera. La caja de la mesa la hizo con madera de pino, creo, y la pelota con buen corcho catalán, aglomerado. Eso permitía buen control de la bola, detenerla, imprimir efectos…”
Con todo acierto, el periodista catalán Víctor Amela observó que inventar un juego que logre neutralizar por un momento la ignominia de la guerra es como componer un poema con espacio y tiempo.
No fue el futbolín -así llaman al metegol en España- la única invención sensible del poeta: en una ocasión, enamorado de una pianista, pergeñó para ella un artefacto que permitía pasar las pentagramadas hojas de las partituras con sólo accionar un pedal.
Al finalizar la guerra, huyendo del franquismo, Alejandro se exilia en Francia. Más tarde sufre cuatro años de cautiverio en Marruecos y una vez liberado emprende su aventura americana y cruza el Atlántico. En Ecuador funda una revista de “poesía universal”. Vive un tiempo en Guatemala, donde perfecciona su futbolín y dobla la apuesta con un baloncesto de mesa, sin gran suceso. En México participa de la intensa actividad intelectual de la ciudad capital, se encuentra con su referente, el poeta español León Felipe, y se convierte en su albacea. Regresa a España en los años setenta. Ya es un exitoso editor y se hace llamar Alejandro Finisterre, fin de la tierra, principio de su vida.
Siempre le restó importancia al hecho de haber sido el creador del mundialmente difundido juego del metegol: “Bah…, de no inventarlo yo, lo hubiese inventado otro…” Consideraba -como Jean Cocteau- que “La poesía siempre es necesaria, no sé para qué, pero es necesaria”.
Murió en 2007, cuando los niños del mundo ya reemplazaban su invento por la Play. El poeta lo celebraba. “Yo creo en el progreso: hay un impulso humano hacia la felicidad, la paz, la justicia y el amor, ¡y ese mundo un día llegará!”
Nosotros, que junto a tantas otras generaciones fuimos beneficiarios directos de ese espléndido juego del metegol, fruto de la imaginación y la sensibilidad de aquel poeta, deberíamos prometer en su homenaje cada vez que juguemos, respetar y hacer respetar por siempre aquella regla -que más que regla es una obligación moral- de que no vale molinete.
Simon Critchley: "El
fútbol es una mezcla de deleite y asco"
El
filósofo británico Simon Critchley publica En qué pensamos cuando pensamos en fútbol (Sexto
Piso), un ensayo donde combina a Heideigger, Sartre y Gadamer con Zidane,
Jurgen Klopp o Brian Clough para tratar de explicar qué es y qué experiencia
proporciona el fútbol.
ANDRÉS SEOANE | 08/06/2018
Simon Crithley
Con un nuevo
Mundial a las puertas, decenas de títulos de literatura futbolística se
acumulan en las mesas de novedades. Libros que dan cuenta de la cada vez más
incuestionable entrada del deporte rey en la esfera de la alta cultura. Buena
prueba de ello es el ensayo En qué
pensamos cuando pensamos en fútbol (Sexto Piso), del filósofo
británico Simon Critchley (Hertfordshire, Reino Unido, 1960), un pensador
peculiar que combina en sus textos teoría literaria, filosofía política,
crítica cultural e historia, de manera a la vez erudita y accesible. Entre sus
obras, de temática variada destacan El libro de
los filósofos muertos, Apuntes sobre
el suicidio, El teatro de
la memoria y Bowie. En este libro,
salpicado de resonancias y superposiciones inesperadas entre culturas alta y
popular, Critchley analiza las contradicciones que encierra el deporte rey tratando
de descubrir qué experiencia proporciona para tener tanto éxito.
Pregunta.- ¿Cómo
se aborda el fútbol desde una visión filosófica?
Respuesta.- Antes
que filósofo soy aficionado, y aunque trate de sublevarme contra mis pasiones
una de las fundamentales, probablemente la más intensa y constante es el
futbol. Así que mi intención principal es tratar de dotar esta
pasión de sentido. No he querido plantear una filosofía del
fútbol, únicamente intento describir la experiencia que provoca desde un punto
de vista fenomenológico, que es mi rama de estudio filosófico.
P.-Destaca
el socialismo intrínseco en el fútbol, el sentido de comunidad que crea. ¿Sigue
siendo así hoy?
R.-Sí
y no. El fútbol se basa en contradicciones. Por un lado, la
cultura del aficionado, que se remonta los orígenes del fútbol sí que es
absolutamente comunitaria. Además, existe un socialismo en la naturaleza
colectiva del propio juego, tanto a la hora de jugarlo como de presenciarlo.
Sin embargo, esto entra en complejo equilibrio con el dinero, con un sistema
capitalista, mercantilizado y corrupto. No debemos olvidar que el fútbol
es un negocio que gira alrededor del dinero, dinero que muchas veces procede de
fuentes más que cuestionables.
P.- Efectivamente, el fútbol cada vez mueve más dinero e
intereses. ¿Qué queda del deporte sencillo de hace unas décadas?
R.-El fútbol
siempre es una mezcla de deleite y asco. Se une la belleza del
juego, de los cánticos de los hinchas, heredados de padres a hijos, del estadio
a rebosar..., con la parte oscura que es el mercantilismo de los jugadores, la
indecente cantidad de dinero que lo hace posible y la corrupción de las organizaciones
corruptas como la FIFA. Sin embargo, en esencia creo que todavía permanece
mucho del fútbol de los 70 o los 80. Está más internacionalizado, los jugadores
están más en forma, beben menos, tienen más tatuajes, pero la esencia del juego
es la misma. Siguen siendo veintidós tipos pateando un balón,
y puede pasar de todo.
P.- Se
culpa al fútbol de fomentar la violencia, el nacionalismo y el racismo. ¿Qué
hay de cierto en todo esto?
R.- Puede
ser cierto hablando de la violencia, ya que el fútbol en un juego físico y
violento. Pero es una violencia controlada, disciplinada. Si no hubiera
un ápice de violencia no sería fútbol. Pienso que todos los
grandes futbolistas, como Zidane o Luis Suárez son un poco violentos. Sobre el
racismo, pienso que ha sufrido un cambio espectacular y significativo en las
últimas décadas y que en muchos lugares ya no existe.
Todavía permanece en ciertos lugares, como Rusia, pero creo que dentro de otros
veinte años será solo un recuerdo. Porque no tiene sentido en un mundo tan
globalizado.
En cuanto al nacionalismo... es mucho más complicado. Es un sentimiento que
depende mucho de los países, de la situación que vivan. Puede haber por ejemplo
un nacionalismo irónico, como aquel que proclama Jean-Philippe Toussaint al
decir, "Viva Bélgica", riéndose de un país completamente dividido.
O puede ser cohesionador de una idea de país que no se uniría totalmente
de otro modo, como ocurre en Sudamérica en general, en Rusia, o
incluso aquí en España.
P.- Otro
aspecto que destaca es que las conversaciones sobre él pueden aunar fe y razón,
¿cómo es esto posible?
R.- El
fútbol consigue algo en lo que fracasa la religión y la política. Es cierto que
está más relacionado con la fe, con la creencia ciega en tu equipo, pero a la
vez está abierto a la razón, a la ecuanimidad. Puedo tener mucha fe en mi
equipo, pero escuchando los argumentos de un fan contrario puedo cambiar mi
opinión. Además tiene otra ventaja: su universalidad. Los líderes
religiosos y políticos, los mitos, o el folclore son locales, pero el fútbol
llega a todos lados.
P.- Está demostrado que el fútbol humaniza, que es bueno
socialmente. ¿Por qué entonces sigue siendo subestimado?
R.- Opino
que son viejos prejuicios elitistas, los mismos que trato de romper con mi
trabajo hibridando todos los ámbitos de la cultura. El futbol ha
sido visto durante mucho tiempo como patrimonio de la clase trabajadora, pero
esto ha cambiado totalmente. Y ha cambiado no solo a nivel de
público, sino a nivel de tratamiento especializado e informativo. Cuando era
pequeño, la prensa deportiva tenía artículos muy predecibles y nada profundos,
algo que ha cambiado radicalmente. También se han multiplicado las
aproximaciones de pensadores y escritores, como el propio Toussaint o Eduardo Galeano. Así que espero que esa percepción de división entre alta y
baja cultura, que ya está siendo cuestionada en muchos
ámbitos, afecte también al fútbol.
P.- ¿Qué
espera de un evento planetario como el próximo Mundial?
R.- Este
Mundial encierra una de esas paradojas que hacen grande al fútbol. Sabemos que
su celebración en Rusia es consecuencia directa de la corrupción de la FIFA,
igual que lo será Qatar 2022 y que el amplio número de selecciones es producto
del marketing. La FIFA ha decidido no potenciar ciertas regiones
como África, cuyos combinados nacionales son menos potentes que muchos clubes
europeos. Pero aún sabiendo esto, seguramente podremos
disfrutar igualmente del Mundial. De nuevo contradicciones.
P.- Tras
este análisis, ¿en qué pensamos al pensar en fútbol? ¿Qué genera la fascinación
por él?
R.- La
respuesta correcta es todo. Pensamos en todo. El fútbol es
capaz de aglutinar todos los grandes temas filosóficos: el significado de la
vida, el espacio, el tiempo, la racionalidad, las emociones, la pasión... Todo
eso está en el juego. La fascinación creo que nace de dos aspectos que no tiene
otros deportes más espectaculares. Por un lado, ver un partido te coloca
durante una hora y media en un estado meditativo y proclive a la catarsis,
estás a merced de que la aleatoriedad y el destino se impongan sobre el juego,
un poco en consonancia con el teatro de la Grecia clásica. Por otro está esa
esperanza constante, esa fe que te hace levantarte tras las derrotas y asimilar
el perder. Por todo esto el fútbol es el deporte más grande del mundo.
Al fondo Fernando Iwasaki. Fotografía: Manuel Gutiérrez
Estimados Liponautas Hoy tenemos el agrado de hacerles llegar una entrevista realizada por Jot Down Magazine al escritor peruano Fernando Iwasaki. En la entrevista nos da su particular parecer sobre la literatura en español. La entrevista está muy centrada en la realidad cultural española razón por la cual salpicamos el texto de hiperenlaces que ayudaran al lector a ubicarse de mejor manera. La segunda libertad que nos tomamos fue la de dividir en tres porciones la entrevista ya que consideramos que era muy extensa para publicar de manera integra y de una sola vez en nuestro blog. Cada una de las tres porciones vendrá acompañada por un texto introductorio pertenecientes a escritores colaboradores del blog donde les harán llegar a ustedes su visión de Fernando Iwasaki o de este texto en particular. La primera porción será presentada por el escritor español Armando Boix, la segunda por el escritor venezolano Carlos Yusti y la tercera parte por Alberto Hernández. La última libertad que nos tomamos fue la de cambiar el título, modificando una de sus declaraciones en la entrevista, y usándolo como título ya que consideramos que era más llamativo que el original. Ya no seguiremos quitándoles más tiempo así que finalizamos esta breve introducción aquí para puedan disfrutar del texto. Estaremos a la espera de sus comentarios.
Ya en la antigua Sumeria, un escriba grabó la preocupación
de un padre ante la poca aplicación de su hijo, comparada con la de sus
ancestros: «Piensa en las generaciones de antaño, frecuenta la escuela y
sacarás un gran provecho. Piensa en las generaciones de antaño, hijo mío,
infórmate de ellas». El mundo, en realidad, cambia poco en lo fundamental y
solo presenciamos una muda de ornamentos. No ha habido desde entonces
generación que dejara de mirar con escepticismo a las que le siguen y se ha
hecho más evidente a medida que los cambios técnicos, sociales y culturales se
aceleraban. Quizá, por repetida, esa percepción se revela falsa en lugar de
confirmada, fruto de una idealización errónea de lo que es la cultura.
¿Son nuestros jóvenes más ignorantes? A lo mejor lo son si
utilizamos como baremo un modo de entender qué es culto perteneciente ya a
otros usos, a otra realidad. Consideramos, desde esa perspectiva de la
educación humanística, más importante entender de gramática, retórica o
aritmética que la adaptabilidad al cambio tecnológico o un bagaje visual,
cuando hoy la imagen es tan importante. ¿Por qué, en nuestros institutos, no
enseñamos el placer de la lectura a nuestros alumnos entregándoles un cómic?
¿Por qué impartimos clases de historia de la literatura y no de cine? ¿Hay
materias superiores o solo se debe a un anquilosamiento de nuestros métodos
educativos, con el paso cambiado respecto a las metamorfosis culturales? Sin
embargo, todo cuanto el hombre piensa y siente lo expresa en palabras. Un foco
más amplio a lo que representa la cultura no debería eximir del dominio de
ciertas herramientas, parte indisoluble de un pensamiento estructurado y
eficaz, como es un correcto uso del lenguaje oral y escrito, comprensión
lectora incluida.
Fernando Iwasaki, puente entre dos culturas que en
realidad son una sola, la española y la latinoamerica, al tiempo que lo es
también entre las mal llamadas culturas alta y popular, reflexiona en una larga
entrevista sobre estos asuntos y muchos otros, como el multiculturalismo, la
relación entre literatura y política, la supervivencia del libro o la
frivolidad de un mundo editorial basado en el espectáculo. ¿Debería ser
obligatorio votar? ¿Necesitaríamos un servicio social obligatorio como antes se
hacía la mili? ¿Hasta qué punto debemos forzar unos deberes como contrapartida
a nuestros derechos? ¿Aumentaría así la legitimidad de nuestras exigencias? Se
esté de acuerdo o no con sus conclusiones, es un placer leer el pensamiento
expresado en voz alta de una mente bien entrenada y a la que ningún tema le
resulta ajeno o despreciable, sea el fútbol y el flamenco o la última
vanguardia literaria… Por cierto, si son ustedes aficionados al género
fantástico, y en concreto al cuento de miedo, no se pierdan Ajuar funerario,
el volumen de micro-relatos de Iwasaki. Me agradecerán la recomendación.
Armando Boix
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Fernando Iwasaki: «A nuestros
alumnos universitarios les tomaría el B2 de español el primer día de clases»
Publicado por Ángel L. Fernández
Recuero, Paula Herrero, y David del Toro
Fernando Iwasaki Cauti (Lima,
Perú, 5 de junio de 1961) es narrador, ensayista, crítico e historiador. Aunque
nació en Perú los orígenes de Fernando abarcan, al menos, cuatro países de tres
continentes: su bisabuelo materno era italiano; su abuelo paterno un japonés
que se afincó en Lima en la década de 1920; y la abuela materna, ecuatoriana.
Durante los años que ejerció como historiador fue profesor universitario en
Perú, investigador en el Archivo de Indias de Sevilla, investigador en el
Archivo Secreto del Vaticano y profesor invitado en diversas universidades de
Europa y América. Entre otros es autor de diversos estudios acerca de los
procesos de inquisición y de santidad en Lima colonial, gracias a los cuales
obtuvo en Nueva York el Conference on Latin American History Grant Award
(1996). Su obra abarca novelas, cuentos, ensayos y antologías.
Desde 1989 reside en Sevilla.
Actualmente es columnista del diario ABC, El País, suplemento de La Razón (de
México) y colaborador en la sección «El gabinete» del programa Julia en la onda. También es director de la Fundación Cristina Heeren de Arte Flamenco y
Bético. Nos citamos con él en la Fundación y mientras observamos tocar el cajón
a un rubio de dos metros que viste camiseta de tirantes, pantalones cortos estampados
y unas chanclas playeras le preguntamos sobre lo humano y sobre Borges.
¿Sevilla tiene un color especial?
¡Sobre todo tiene un calor
especial!, que no es lo mismo… He estado en la Amazonia, el Sáhara, el Ecuador
y el Caribe… y nunca he pasado más calor que aquí en Sevilla. Por lo tanto,
cambiaría una vocal para añadir que Sevilla tiene un calor especial.
¿Cómo te hiciste del Betis? ¿Qué tiene el Betis que no tenga el Sevilla?
Vine a Sevilla en 1985, un año en el que el Sevilla no andaba precisamente muy fino. Todos los domingos, un historiador escocés y yo íbamos a ambos estadios, dispuestos a dejarnos seducir por el juego de los dos equipos de la ciudad. Teníamos clarísimo que no queríamos ser ni del Madrid ni del Barcelona, pues nos parecía de mal gusto ser hinchas de unos clubes nacidos para ganarlo todo. Si fuera brasileño o argentino tendría sentido, pero los peruanos no hemos ganado nunca nada y la sobredosis de triunfos nos sienta fatal. Sin embargo, aquel año descubrí al Betis de Cardeñosa, Gordillo, Rincón, Parra, Calderón, Esnaola, Ortega, Hadžibegić… El Betis tenía un gran equipo y el Sevilla un gran jugador, Francisco, que a mí me gustaba mucho más que Schuster. Ambas aficiones eran divertidas, hospitalarias y no existía una rivalidad agresiva, pero la filosofía del manque pierda es una filosofía fascinante para los hinchas que venimos de países sin un gran palmarés futbolístico. De hecho, el Sevilla—como el Madrid o el Barcelona— compite para aspirar a lo máximo, como todos los equipos apolíneos, pero el Betis es dionisíaco y por eso no necesitamos terapias de autoayuda, porque ser del Betis ya es terapéutico.
REAL BETIS BALOMPIÉ - Sevilla, España - Temporada 1981-82 - Esnaola, Bizcocho, Alex, Ortega, Peruena y Gordillo; Benítez, López, Diarte, Cardeñosa y Parra .
Reconocerás al menos que el himno
de El Arrebato es el mejor himno futbolero…
El himno del Arrebato es un himno
extraordinario, pero totalmente apolíneo. Es como el «We are the Champions», un
himno solo para los momentos de gloria. Lo bueno del himno del Betis es que
puedes cantarlo volviendo en el autobús, incluso después de haber perdido, como
aquel novio abandonado que cantaba «Eva María se fue».
EVA MARIA SE FUE BUSCANDO EL SOL EN LA PLAYA-FORMULA V
En 1967 Eduardo Llosent dijo: «Todo ámbito literario de Sevilla lo satura una atmósfera de ranciedad». ¿Ha cambiado algo en el panorama literario de esta ciudad?
La ranciedad sigue existiendo, pero ya no satura porque se ha convertido en una suerte de adorno y hasta en una seña de identidad. Eduardo Llosent escribió aquella sentencia pocos años antes de morir, ya en la década de los sesenta, y muchos años después de haber fundado la revista Mediodía y después de haber constatado que la Generación del 27 había pasado por Sevilla sin conmover sus cimientos culturales. Sin duda, para Eduardo Llosent aquella ranciedad era un veneno. Sin embargo, con el paso de los años la ranciedad española en general y la sevillana en particular se han convertido en otra cosa. Sin esa ranciedad no existiría el cine de Berlanga y Almodóvar, Amanece que no es poco de José Luis Cuerda o la última película de Álex de la Iglesia protagonizada por Raphael. La ranciedad española se ha convertido en un colesterol bueno.
Alex de la Iglesia y Raphael.
Estudiaste Historia y te
interesaste por los procesos de Inquisición…
Como los países hispánicos no
tuvimos una Reforma religiosa ni nada que se le pareciera —Erasmo encarnó esa
única posibilidad—, en lugar de tribunales teológicos tuvimos consultorios
sexuales. Nuestros heterodoxos fueron extraordinarios, aunque aquellas «vidas
mágicas» que estudió Caro Baroja lo fueron casi siempre en el dominio sexual.
Así, a falta de alguien que desafiara el dogma, la doctrina o la ortodoxia con
alguna elaboración intelectual, abundaron quienes se convirtieron en peligrosos
por culpa de sus incontinencias. Siempre me ha atraído esa suerte de disidencia
pecaminosa que perfuma los expedientes de la Inquisición. Hubo místicos, por
supuesto, que fueron procesados, como Teresa de Ávila, fray Luis de León y Juan
de la Cruz, pero la jerarquía eclesiástica los asimiló y reescribió sus
hagiografías. Sin embargo, también existieron otros heterodoxos que fueron
represaliados y acusados de iluminismo y falsa santidad. Este grupo me interesa
de manera especial.
Llegaste por primera vez a
Sevilla en 1985 como investigador en el Archivo de Indias. ¿Qué ciudad era
aquella para un joven latinoamericano?
Recuerdo que viajé en el vagón
litera de un Talgo nocturno, cuyo billete me salió más barato porque viajaba
con los reclutas que hacían la mili. Aquellos chicos vestían uniformes
militares, acarreaban unas bolsas inmensas y fumaban Bisonte. Nos pasamos la noche
conversando e intercambiando cigarrillos, porque yo tenía tabaco rubio peruano
que ellos encontraron mejor que los Fortuna. Llegué a Sevilla a las seis y pico
de la mañana, y como era demasiado temprano para ir al piso que había alquilado
crucé Marqués de Paradas y entré a un bar para tomarme un café. El camarero que
me atendió quiso saber de dónde era y cuando supo que era peruano me animó a
ser del Betis. Aquella fue mi primera impresión de Sevilla.
Francisco Javier Labandón Pérez mejor conocido como El Arrebato
Muchas cosas me chocaron de
entrada. Por ejemplo, la manera de hablar, pues estaba persuadido de que todos
los españoles vivían cabreados, molestos y rebotados. Si pedía cualquier cosa
«por favor», me respondían que «¡Nada de por favor! Es mi trabajo». No entendía
por qué me hablaban con tanta agresividad. Muchos años después yo mismo
practico esta manera de hablar que se me antoja muy correcta y más eficaz,
porque no deja lugar a dudas. Los latinoamericanos a veces damos muchas vueltas
para decir una cosa que se puede expresar con más llaneza. Esa fue la Sevilla
que me recibió con un café muy fuerte una madrugada muy fría. Siempre he tomado
café expreso, pero el café en España resultó mucho más fuerte que el que
tomamos en América y que ahora encuentro horrible, asqueroso y aguachento. Y
por último el Archivo de Indias, que era mi sueño como historiador. Así llegué
a Sevilla sobre las seis de la mañana, con una enorme maleta sin ruedas, un
maletín de mano, una cámara de fotos, una mochila y una guitarra. Así viajaba
yo.
Y lograste el éxito literario
gracias a tus fracasos amorosos…
Éxito es una palabra muy
resbaladiza, pero acepto que a la novela de mis calabazas completas [Libro del
mal amor, RBA, N. de R.] no le ha ido del todo mal, quizá porque todo el mundo
acumula más fracasos que éxitos.
Te definiste en una ocasión como
«un lector que escribe». A escribir literatura solo se llega leyendo mucho.
Es cierto, y deberíamos repetir
esto muchas veces, porque ahora abundan quienes piensan que basta con
matricularse en un taller literario para aprender a escribir sin necesidad de
leer. No me considero apto para impartir talleres porque pienso que sería un
mal profesor de escritura literaria. Más bien, pondría al personal a leer y
casi nunca a escribir. Algunos amigos me cuentan que a ciertos alumnos suyos no
les interesa la lectura porque no quieren contaminar su estilo; pero sin ánimo
de ser aguafiestas pienso que solo un buen lector puede llegar a ser escritor.
Eres columnista de El País
Semanal, ABC y otros medios hispanos. En La Razón de México escribes que «los
zombis de las series distópicas podrían ser “burgueses proletarios” europeos
huyendo como escapan ahora los sirios».
Creo que es una imagen muy
persuasiva. Recuerdo un libro que fue finalista del Premio Anagrama de Ensayo
—Filosofía zombi— donde el autor hacía un análisis de los mensajes que subyacen
detrás de todas las ficciones de zombis. Y el caso es que halló alegatos muy
sugerentes contra el capitalismo postmoderno, porque el zombi le parecía un
feroz consumidor privado de voluntad. Sin embargo, desde otra perspectiva
también podríamos decir que los zombis conforman una multitud adocenada que no
necesita trabajar porque vive de subsidios. ¿Cuánta gente elegiría una vida
subvencionada sin obligaciones laborales, rancho diario, sexo seguro, wifi
gratis, ocio infinito y renta universal? Esa vida me parece aterradora y creo
que sería otra forma verosímil de convertirse en zombi.
Tienes ascendientes italianos,
japoneses, ecuatorianos y peruanos, ¿qué opinas de En defensa de la
intolerancia de Žižek?
Se puede ser crítico con el
multiculturalismo y no estar de acuerdo con Žižek. Sobre el mismo tema valoro
más los libros de Peter Slöterdijk, quien en lugar de hablar de postpolítica
prefiere hablar de posthumanismo. En cualquier caso, me siento más extraterritorial
que multicultural, pues mi cultura siempre ha sido la occidental y vivir en
Europa no ha supuesto para mí ningún conflicto como el que experimenta cierta
descendencia europea de inmigrantes musulmanes, seducida por el yihadismo
radical.
¿Sumisión levantó tantas ampollas
porque podría ser profética, como lo fue en su momento Plataforma?
Houellebecq no es un autor que me
disloque especialmente, aunque ahora le doy prioridad a la literatura escrita
en español. Para mí, leer a Martin Amis, Paul Auster o Houellebecq se me hace
igual de complicado. Si Coetzee sacara un nuevo libro sí lo leería, porque
Coetzee me encanta. Pero a los otros autores no puedo seguirlos a la velocidad
que publican. Sé de qué trata Sumisión y comparto su propuesta de que Europa
sufre una crisis de identidad porque los jóvenes no tienen conocimientos
cabales ni de sus propios países. En realidad, los jóvenes franceses
—cristianos, musulmanes o descreídos— lo ignoran casi todo acerca de su país, y
lo mismo podría estar ocurriendo con los jóvenes españoles. La antigua mili te
podía mandar a Jaca, Ceuta o El Ferrol y la hacías con el hijo del notario y el
hijo del pastor, con jóvenes vascos o catalanes.
No estoy a favor de restaurar el
servicio militar, mas sí soy partidario de un servicio solidario. Puedo
imaginarme a sus objetores de conciencia alegando «por qué tengo que limpiarle
los pañales a un anciano si no se lo hago ni a mi abuelo» o «por qué debo ir al
Estrecho a ayudar a los inmigrantes que naufragan». No obstante, si hubiera un
servicio solidario obligatorio habría jóvenes movilizándose por todos lados
para cubrir las deficiencias de un estado de bienestar arteriosclerótico.
Tenemos ley de dependencia pero no tenemos recursos ni humanos ni económicos.
Imaginemos por un momento que ese servicio solidario obligatorio paliara los
déficits de la ley de dependencia.
Al servicio solidario obligatorio
habría que cambiarle el nombre…
[Risas] He dicho obligatorio
porque la mili lo era; pero si hubiera un servicio solidario —a secas—, sin
duda tendría objetores de izquierdas y de derechas. Europa vive una situación
inédita y muchos ciudadanos exigen opciones alternativas a los bombardeos. Por
supuesto que hay que buscarlas, aunque una de esas opciones consistiría en
recordarle a los ciudadanos que los derechos suponen deberes y que estos
deberes tendrían que ser obligatorios. Por ejemplo, votar en las elecciones. La
democracia no es gratis y una de las razones por las cuales tenemos que votar
es para que no desertemos de nuestras responsabilidades. Si las
responsabilidades se cumplieran nuestra sociedad civil sería más robusta, pero
como la deserción ciudadana es enorme nuestra sociedad civil ni siquiera está
articulada. Vivimos gracias a los abuelos pensionistas, que son quienes le
solucionan la vida a los hijos que se quedaron sin trabajo y a los nietos que
no tienen casa.
Una vez dijiste que «hay dos
Españas, una con buen humor y otra sin humor». ¿Cómo las ponemos de acuerdo?
No pueden ponerse de acuerdo,
pues quien carece de sentido del humor no se reirá jamás. Ahora bien, debo
añadir que el sentido del humor no hace mejores a los individuos. Lo tienes o
no lo tienes y ya está, pero nadie es mejor que otro por tenerlo o no. Lo que
pasa es que si lo tienes encuentras complicidades que te enriquecen y que otros
se las pierden. Me figuro que tener profundidad, solemnidad, sobriedad y
capacidad para sentirse estupefacto debe de ser maravilloso, pero yo ya es
estoy curado de espantos y estupores. Nada de lo que no me pueda reír pasado
mañana me merece la pena.
Participas como tertuliano en
Julia en la Onda, pero rara vez hablas de literatura. ¿Qué opinión te merece la
figura del tertuliano? ¿No se merece Borges un «Gabinete»?
Borges uno y María Kodama otro.
En general, cada vez hay menos cultura en los medios de comunicación, pero Juan Adriansens —un colaborador muy querido en la casa— es quien lleva la voz
cantante en los gabinetes culturales de Julia en la Onda. Y los «gabineteros»
varían según los temas. Es cierto que a mí no siempre me toca hablar de
literatura, aunque, si puedo, procuro llevarme los temas de conversación a mi
molino.
Borges decía que en la literatura
hay esencialmente cinco temas: la infancia, la memoria, el exilio, la muerte y
el amor. ¿Estás de acuerdo?
Sí, absolutamente. Además es muy
complicado que existan muchos más temas. El amor, la infancia, el exilio, la
muerte y la memoria. Ahí está todo y todos están en la Odisea, pues la Odisea
es un libro de amor, un libro de viajes, un libro sobre la infancia y una
memoria hecha libro. La maravilla en la literatura es que los viejos temas son
tan incandescentes que no se apagan nunca.
Hoy que está tan de moda el
coaching, «salir de la zona de confort» y utilizar el palabrerío de red social
barata. ¿Es poco cool decir que la felicidad está en Borges o en Ortega Spottorno?
A mí lo cool me da por cool. ¿Por
qué huimos de nuestra lengua? Comprendo que el inglés es muy transversal, pero
el coaching es la tutoría de toda la vida. Todos hemos conocido a alguien que
ha sido un mentor, alguien que nos ha ayudado, supervisado e introducido en
temas novedosos. Todos tenemos en la cabeza a alguien así, y que nunca fue un
coach. El coaching sería —vamos a parafrasear a Lenin— la fase superior del
capitalismo en la tutoría, porque solamente se entiende la figura del coach
cuando has perdido la confianza en las personas de tu entorno, cuando ya no
existen amigos que te ayuden y no tienes más remedio que pagar para ser
aconsejado. En las genuinas relaciones entre discípulo-maestro, alumno-profesor
y pupilo-tutor siempre ha existido algo más que un salario mensual. Y así como
la sensibilidad no es el conocimiento, la ideología no es la ciencia y el
coaching no es lo mismo que la educación. Y ya de la felicidad ni hablemos,
pues si no la has disfrutado en tu casa antes de los diez años, ya puedes
pasarte toda la vida buscándola con un coach.
Armando BOIX (1966). Formado en artes aplicadas, ha desarrollado una carrera profesional como dibujante técnico y diseñador, al tiempo que, desde 1994, empezaba a publicar sus primeros relatos y artículos en fanzines y revistas. Dirigió la revista especializada en cine fantástico Stalker y ha recibido diversos premios literarios, como el Gran Angular de novela juvenil por El Jardín de los Autómatas (1997), el Pablo Rido de relatos o el Gigamesh de ensayo.
Sus últimos libros publicados son la novela La joven a la que amaban las hadas(2012), la antología El noveno capítulo y otros relatos (2014) y el volumen contres novelas cortas En calles oscuras (2015).