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viernes, 22 de febrero de 2019

“Es peligroso tener razón cuando el Gobierno está equivocado” : Voltaire contra los santurrones



Fotografía de Yuri Valecillo


Voltaire contra los santurrones


Su estilo fue incordiar a la administración. Era un cobarde, lo que no impidió que se entintara las manos denunciando la intolerancia en todos sus escaños, y sobre todo en ese cubículo particular con el cartelito de religioso en la puerta y que lo llevó a empuñar su grito de guerra contra esa horda con crucifijos y sotana: “Aplastad al infame”. Aunque en francés suena más chirriante, “Écrasez l’infâme!”. La Iglesia, como institución, claro, sigue tan infame como de costumbre, pero el escritor que combatió sus dogmas y su intolerancia sigue tan cortante y en plena forma; los siglos le hacen cirugía y lo rejuvenecen cada tanto, de allí que no pierda un ápice de vigencia. Con la muerte de los humoristas de la revista Charlie Hebdo a manos de terroristas religiosos, su Tratado sobre la tolerancia sigue ofreciendo una luz para enfrentar la oscuridad con la cual manchan la existencia los fanáticos de todo pelaje.

Su nombre de bautismo, horroroso por lo demás, François-Marie Arouet, lo llevó a elegir un seudónimo, sin mencionar que con su histrionismo sin recato era natural que eligiera un falso nombre para brillar; como hacen los actores y actrices del cine actual, y por eso surge Voltaire.



Se teoriza que es un anagrama de su nombre; lo cierto es que es un falso nombre, preciso, con pegada y sonido que recuerda un poco la revuelta, todo eso que se coloca de cabeza. Y eso iba a realizar Voltaire con sus cuentos, sus obras teatrales y su obras históricas (con más de telenovela que de historia), ponerlo todo “patas arriba”.
Fue el primer escritor que entendió que necesitaba un público en el que se mezclaran admiradores y detractores por igual; amigos y enemigos en dosis proporcional. Por eso sus piruetas de actor y sus frases de ingeniosos filos fueron abonándole el terreno para hacerse de un auditorio. Su sabiduría/filosofía, comparable a las disertaciones de borracho de bar de mala muerte, siempre eran asertivas: “La estupidez es una enfermedad extraordinaria, no es el enfermo el que sufre por ella, sino los demás”, “Decimos una necedad, y a fuerza de repetirla, acabamos creyéndola”, “Hay que saber que no existe país sobre la Tierra donde el amor no haya convertido a los amantes en poetas”, “A los muertos se les debe respeto, a los vivos, nada más que verdad”, “Cambiad de placeres, pero no cambiéis de amigos”.
Para Roland Barthes este peculiar filosofo francés fue el último escritor feliz debido a su capacidad escurridiza, o como él lo escribe: “Voltaire se escurre. Doctrinalmente, era ¿deísta? ¿leibniziano? ¿racionalista? Siempre sí y no. No tiene más sistema que el odio del sistema (y sabemos que no hay sistema más duro que este); sus enemigos hoy serian los doctrinarios de la Historia, de la Ciencia (véase cómo escarnece a la ahora ciencia en L’Homme aux quarante écus), o de la Existencia; marxistas, progresistas, existencialistas, intelectuales de izquierda, Voltaire les hubiera odiado, se hubiese ensañado con ellos con sus incesantes burlas, como en su tiempo hizo con los jesuitas”. Fue un escritor feliz, según Barthes, ya que tuvo la fortuna de ubicar y desenmascarar a los detractores de la razón y el avance humano apuntalado en las ideas y la filosofía. Sabía con certeza a dónde dirigir los golpes y que pueden leerse entrelíneas en sus textos. Estuvo un tanto a la defensiva en la trinchera de su escritura. Nunca dejaron de atacarlo y Voltaire, siempre maltrecho y sin aire, devolvía los ataques con esa volatilidad implacable del ingenio. Esa capacidad de atacar y defenderse le permitió convertirse en un escritor inquieto, claro que no genial, pero con esa frescura natural para escribir de lo humano y lo divino con una seguridad convencida que a la larga hacía mella y resquebrajaba toda endeble creencia, toda superchería y cualquier prejuicio con delicadeza y en apariencia no sin cierta frívola superficialidad.
Voltaire fue un exhibicionista de postín. Le gustaba estar en la palestra pública. Ser noticia. Para él nada de encierro, nada de cuarto alejado y polvoso donde el genio florece. No. Voltaire necesitaba ser visto, comentado, aplaudido o rechazado, pero jamás ignorado. Por ese motivo Fernando Savater escribe: “Voltaire comprendió enseguida que la opinión pública era la nueva fuente de poder de su época, la fuente de poder de quien no tiene otra: ni genealogía, ni armas, ni iglesia que le respalde con su autoridad inquisitorial. Por eso se convirtió en un hombre-anuncio de las causas que consideraba útiles, como la razón, la tolerancia y la libertad”. Si Voltaire estuviera vivo hoy de seguro tendría un blog, descargaría sus invectivas por las redes e incluso estaría en Instagram. Brillando, siempre iluminado y luminoso.
Con Voltaire no hay que llamarse a engaños. Fue un hombre con muchas debilidades. En una oportunidad fue detenido por fraude. Le gustaba la buena vida y estaba alejado de esa figura del sabio al margen social roído por la miseria. Su capital era su ingenio y le sacó gran provecho. Fue exitoso y esto tuvo sus consecuencias. El hijo de un simple notario debía despertar la inquina de sus adversarios y de los envidiosos más heterogéneos. Sus libros fueron prohibidos, cuando no confiscados y quemados en piras públicas. Fue exiliado. Perseguido. Pero no por ello no dejó de tener ingresos regulares al punto tal que logró amasar una desmodulada fortuna.
Savater ha escrito que uno de sus rasgos característicos, compartido con muchos de sus contemporáneos, fue el entusiasmo por la sabiduría alfabética. En su tiempo proliferaron los diccionarios y enciclopedias como moscas. Voltaire participó en la Enciclopedia capitaneada por Diderot, pero como ésta tuvo infinidad de largas y tropiezos, decide escribir su portátil Diccionario filosófico. Obra interactiva según palabras de su autor: “Este libro no exige una lectura continuada, pero en cualquier parte por la que se abra, se encontrará algún tema de reflexión. Los libros más útiles son aquellos en los que los lectores ponen la mitad de su parte; comprenden los pensamientos con sólo presentarles el germen de ellos; corrigen lo que les parece defectuoso, y dan fuerza, con sus reflexiones, a aquello que les parece débil”.

Diderot
El Diccionario filosófico todavía hoy tiene una frescura infrecuente. Su tono irónico; su humor, que a veces se salta cualquier corrección política, le proporciona al diccionario su tono intemporal. En una carta hablando de su disputa contra Rousseau, escribió: “Soy por naturaleza bastante obstinado. Jean-Jaques no escribe más que para escribir y yo escribo para actuar”.
Voltaire escribió mucho y fue un participante/actor consumado de causas espinosas. Pero de toda su obra se salvan algunos cuentos, el diccionario, las cartas filosóficas. Con él se inventó eso del intelectual comprometido. Aunque se le tenía por un escritor asustadizo y un desfalleciente cobarde, tuvo la capacidad de mantenerse firme contra los embates del fanatismo: “El fanatismo es a la superstición lo que el delirio es a la fiebre, lo que la rabia es a la cólera. El que tiene éxtasis, visiones, el que toma los sueños por realidades y sus imaginaciones por profecías es un exaltado; el que confirma su locura con un crimen es un fanático”. Alguien que ha escrito algo así, con tal contundente vigencia, debe estar siempre de ese lado de lo humano combatiendo las injusticias fanáticas, disimuladas muy bien en estos globales días.
Se mantuvo fiel hasta el final en eso de darle la vuelta a todo. Envejeció en buena forma y en una carta del mes marzo de 1761 escribió: “Cuanto más envejezco, más audaz soy. Tengo que declarar la guerra y morir sobre un montón de santurrones aplastados a mis pies”. En vida recibió todos los honores posibles. Su divisa fue impecable: la mejor arma contra los enemigos es ser feliz, pese a todo. Su gran enseñanza política está concentrada en una frase: “Es peligroso tener razón cuando el Gobierno está equivocado”. Y, como se sabe, todos los gobiernos están equivocados.

Tomado de Letralia



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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.

Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordina la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal

 Tomado de Letralia


Enlaces relacionados:

domingo, 21 de mayo de 2017

LECTORES

(Para celebrar el millón de lectores/visitantes del Grupo Li Po).

Por Carlos Yusti






Carlos Yusti



Esta fase teleinformática en la que estamos enganchados ha cambiado la manera de comunicarnos y relacionarnos. Los adminículos electrónicos se han convertido en extensiones no sólo del cuerpo, sino de las emociones y el pensamiento. En una reunión la gente ya no necesita compartir con los demás de la manera tradicional ahora cada individuo es un ser simultáneo  que atiende una llamada por el móvil, mira un video en la tabla, toma fotos y las sube de manera inmediata a la red. Ya lo social no tiene ninguna rigidez formal y se caracteriza por esa simultaneidad que proporciona estar conectados a la red. El mundo ha dejado de ser una vastedad inusual (o inexplorada) para devenir en un punto simultáneo de hechos, imágenes y noticias.


Dinosaurio de la máquina de escribir jamás imaginé (encerrado en mi cuarto tecleando sobre mi destartalada Brother mis primeros textos, el giro espasmódico que daría mi entorno inmediato con el advenimiento del computador personal y la Internet.

Portadade la  revista Zikeh


Todavía recuerdo la primera revista multigrafiada (500 ejemplares) que hice con otros amigos de farra y literatura. Todo el esfuerzo y el dinero invertido; todos los innumerables desasosiegos y sinsabores que soportamos para editar, en un lapso de tres años, los cuatro números que logramos costear sin ningún subsidio institucional ni cosa parecida y sin duda con un contingente de lectores irrisorio.




Hoy todo desde esta distancia resulta una anécdota de hemeroteca, sólo nostalgia amarillenta ya que la Internet hizo desaparecer por el desagüe de los días  la manera de leer e incluso de diseñar una revista. A pesar que los utensilios para elaborar una revista y subirla a la Web son más de la ciencia ficción, que una mecánica máquina de escribir, el esténcil y el multígrafo, las vicisitudes (y los pájaros agoreros que nunca faltan) para subir el contenido a la red no ha cambiado un ápice.

Una revista literaria, un blog, una página poética por la Internet, además de manejar los recursos de la tecnología al uso, posee un mecanismo y un ritmo distinto a una publicación en papel, sin mencionar los costos. En lo particular asumo que la pasión por la palabra escrita es determinante, luego debe estar la perseverancia como ese combustible necesario e indispensable para vencer todos los obstáculos y poder llevar a buen puerto todo proyecto de  carácter literario y en eso Dimitri Lipo y la gente (quienes arriman el hombro para contribuir con la publicación) que hace posible el GRUPO LI  PO[1], los cuales ha demostrado pasión y perseverancia a toda prueba que es ya decir bastante si de un proyecto con característica literarias y culturales se trata, sin hacer mención que la ciudad de Valencia, de San Desiderio que dijeran mis amigos Slavko Zupcic[2] y José Carlos De Nóbrega[3], no es el patio ideal para la siembra de las palabras y las ideas.

Légitimo escudo de Valencia


Valencia por su raigambre tan pacata y conservadora, hoy sin embargo ha perdido algo de brillo y pedigrí, no se rinde con facilidad ante la inteligencia o el talento, prefiere la periferia del individuo (sin bienes de fortuna, su apellido con registros, los títulos académicos, etc.) para sentirse a gusto. Nunca ha tolerado la inteligencia a contracorriente y mucho el talento respondón. A pesar de esa hostilidad, disimulada con buenas maneras, la inteligencia se abre paso y le ofrece a la ciudad su lado más afable.



Como es lógico no hago referencia a la inteligencia modosa o acomodaticia, sino a esa inteligencia filosa, aguda y creativa que busca comunicar cierta dosis de espiritualidad; de imaginación fecunda que accione los mecanismos prácticos para darle impulso a la escritura sin domesticidad alguna.

Con la Internet se ha incrementado el lenguaje y hay una especie de neolengua pero en un sentido inverso al pronosticado por Orwell en su novela. Byung-Chul Han ha escrito: “Neolengua es la lengua ideal en Estado vigilante de Orwell. Tiene que desplazar totalmente a la vieja lengua. La neolengua tiene como único fin estrechar el espacio de pensamiento. Cada año el número de palabras disminuye y el espacio de la conciencia se reduce. Syme, un amigo del protagonista Wiston, está entusiasmado por lo bella que es la aniquilación de palabras. Los delitos de pensamiento deben resultar imposibles erradicando del vocabulario de la neolengua las palabras que se requieran para estos delitos.  Así también se elimina el concepto de libertad. Ya en esto se distingue sustancialmente del panóptico digital, que hace un uso excesivo de libertad. No la eliminación, sino el incremento de palabras sería lo característico de la sociedad de información actual”.

1984 (John Hurt) - Official Trailer



Esta libertad de enriquecer la lengua no es suficiente en un sitio web (o en un blog) que le de espacio a otros escritores. En tal sentido no puede ser unidireccional y mucho menos estar anclado a determinada ideología. Un sitio web debe aspirar (en la medida que la administración, o el estado vigilante, lo permitan) a poseer un gran sentido de pluralidad y tener presente aquella frase atribuida erróneamente a  Voltaire, pero con visos volteriano indiscutibles: “Combato tus ideas, que son contrarias a las mías, pero estoy dispuesto a luchar hasta perder la vida para que tú puedas expresar tus ideas libremente”.



Meterse en lo zapatos del otro siempre es un asunto complicado. Aunque es bueno tener presente que las ideas del otro no son nada y se pueden pisotear, responder o colocarla en el cesto de basura lo que es intocable es aquel que emite la ideas. A propósito de Voltaire hay una anécdota ilustrativa. En cierta ocasión en una reunión con ilustres ciudadanos y militares las puyas y de dardos de Voltaire dieron blanco en un militar encopetado y con ínfulas. Como este carecía de inteligencia e ingenio no fue capaz de responder las banderillas ingeniosas del filósofo. Para desquitarse del tal afrenta pública contrató a dos vagos de cantina para que le dieran una lección de puñetazos al descarado hombre de letras. Los vagos cumplieron su cometido y el militar veía todo desde su carruaje deleitándose, pero como los vagos golpeaban a Voltaire en la cabeza se bajó del carruaje y se acercó gritando: “No lo golpeen en la cabeza, en la cabeza no, que de allí puede que salga algo bueno”. Cuando no hay argumentos se recurre a la fuerza, sin embargo la inteligencia siempre seduce incluso al enemigo más conspicuo.

Un sitio web debe tener entre sus premisas argumentos y mucha dosis de tolerancia y manejar los prejuicios con cierta equilibrada disposición a meter el pie.



Tanto la poesía como la literatura hacen daño y es bueno tener esto presente cuando se tiene un sitio web. Un hombre que lee es un hombre que piensa y ahí comienzan las elucubraciones menos perversas. Hay que desterrar todo romanticismo y entregarnos al practicismos verborreico (envolvente e inútil) de los coachs o como ironizaba Fernando Savater en un artículo: “Si duele no es amor”, han decretado los coachs(esos psicólogos para quienes no tienen ya psique). Así podemos despachar el estorbo de casi toda la literatura occidental, basada en que solo es amor si duele. Y sus contradicciones: el poeta que se queja de la espina en el corazón clavada y cuando se la quitan protesta porque ya no siente el corazón... ¡Bah, no tienen pensamiento positivo, no saben pasarlo bien! Así les va a las pobres chicas, Emma, Ana, Desdémona... el último beso de Otelo. ¡Otelo! ¡Cómo no le da vergüenza a Shakespeare ser tan romántico al hablar de la violencia de género! Necesitamos menos poetas y más pilates: hay que decírselo a los adolescentes enseguida, para que no se amarguen la vida”.

Todo espacio en la Internet que enriquezca nuestra vida, nuestro cerebro y nuestra alma siempre es bienvenido y que, por otra parte, no se amolde del todo a los dictados de la administración es ya una ganancia que se agradece.

Creo que no importa el soporte para que la escritura descanse (la web, la piedra, el papel, las pieles de animales, la madera, la tablilla de arcilla, etc.). Lo importante al parecer es tender un puente de palabras con el otro. Se escribe sin saber si lo escrito tendrá lectores. Es como la araña que teje su esplendida tela sin saber si habrá insectos en el mundo. De igual modo uno teje con palabras una tela a la espera de ese lector ideal y que puede ser uno, doscientos o ninguno o incluso uno mismo. En una oportunidad Juan Rulfo dijo que escribió su novela Pedro Páramo  debido a que deseaba leer un libro como ese y que no había encontrado. Alberto Manguel ha escrito: “Leer nos brinda el placer de una memoria común, una memoria que nos dice quiénes somos y con quiénes compartimos este mundo, memoria que atrapamos en delicadas redes de palabras”. Algo permanece cuando escribimos/leemos.


Para cerrar el círculo este poema de Li Po



EL SUEÑO DE CHUANG CHENG

EN SUEÑOS, CHUANG CHEN SE CONVIERTE EN MARIPOSA
y la mariposa vuelve a ser Chuang Chen.
Un solo cuerpo toma diversas formas.
Las cosas de aquí abajo son en verdad inciertas.
¡Quién sabe si el agua de Pen-lai no proviene de un
humilde arroyuelo!
El que ahora cultiva melones en Puertas Verdes
era ayer el duque de Tong-ling.
Nobleza y fortuna son así, fugitivas.
¿Hacia qué parte corres y qué es lo que deseas?







[1] El escritor mexicano José de la Colina ha escrito: “Li Po (701-762), nacido en la nobleza provinciana, pasó la mocedad estudiando libros "raros", ejercitándose en las armas, soñando ser una especie de don Quijote: un hsieh, un héroe vengador de los agravios que sufrían las mujeres desvalidas, los huérfanos, los pobres, los humillados y ofendidos. Durante unos años convivió en los montes y fuera del hogar con un monje taoísta al que llamaba el Maestro del Acantilado Oriental. "Nunca poníamos los pies en una ciudad —escribió—, y miles de pájaros acudían a comer en mi mano sin dar signos de desconfianza o temor." De tal gusto por los estudios, por la vida viajera, por las soledades, lo apartarían las seducciones mundanas. Cantó la vida cotidiana de los guerreros, y, llamado en 1843 a la ciudad capital de la dinastía por un alto funcionario admirador suyo, fue un poeta áulico: celebrador de las fiestas de la Corte. Con unos letrados heterodoxos formó la sociedad Los Ocho Inmortales de la Bebida, quienes “bebían sus poemas y se recitaban entre ellos el vino”.

[2] “Quien hizo traer los huesos de San Desiderio a Valencia fue el padre Ricardo Alterio. Era Director del Seminario Salesiano de Altamira. En 1947, visitando las catacumbas de San Calixto en Roma, compró para el Seminario las reliquias de San Desiderio e hizo que las transportaran a Caracas. Las reliquias viajaron en barco, como era usual entonces. Cuando finalmente llegaron, el Padre Alterio ya no estaba en Altamira y, años después, en 1969, días antes de la consagración del Santuario de María Auxiliadora, como viera que las reliquias de San Desiderio no estaban precisamente en un lugar privilegiado del Seminario sino, todo lo contrario arrumadas en un rincón oscuro de sus dependencias, las trajo a Valencia y las colocó en la primera capilla”.

[3]En la Valencia del Rey, preferiblemente de San Desiderio como lo novelaba y ensayaba Slavko Zupcic, todavía se cree que el Morocho del Abasto merodea los bares de la ciudad en un nuevo exilio que desmiente su muerte trágica en Medellín, recostando su manoseada humanidad en la rocola clásica, la de los acetatos de 45 rpm”.



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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.



Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordina la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal


 Tomado de Letralia


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MIENTRAS BEBO, SOLO, A LA LUZ DE LA LUNA

Y TRES POEMAS MÁS DEL POETA CHINO LI PO DE LA DINASTÍA TANG .

Traducción de Luis Gregorich.


31/01/2026

martes, 19 de mayo de 2015

La escritura:

Un vuelo sin motor






Estimado Amigos

Hoy tenemos el gusto de compartir un nuevo ensayo de nuestro amigo el escritor valenciano, afincado en el estado Bolívar, Carlos Yusti.

Deseamos disfruten del texto.


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Aunque parezca anómalo la escritura es una actividad en solitario, pero la vida del escritor es todo lo contrario y allí están esos versos de Alberto Caeiro: No tengo ambiciones ni deseos. /Ser poeta no es una ambición mía./ Es mi manera de estar solo.



Retrato de Alberto Caeiro


Al parecer se equivocaba Fernando Pessoa, a través de la voz de su heterónimo Caeiro, ser poeta es estar solo en la multitud, cuestión que aplica para los escritores en general.



Voltaire escribió que lo más funesto de la profesión de escritor era la inquina y envidia de los otros escritores, sin mencionar a los necios que mezclan espíritu de venganza y fanatismo para hacerle la vida a cualquier escritor un infierno portátil que le acompañará hasta la tumba.

Retrato de Voltaire, por Nicolas de Largillière



Mi ideal de escritor era ser carcomido por el insomnio y el hambre que encerrado en su desaliñada buhardilla, y de espaldas al mundo, se enfrascaba a su tarea de escritura sin impórtale que su gran obra se publicara. Pero esta idealización romántica del escritor escondido en su torre de marfil jamás tuvo adeptos entusiastas entre mis amigos de farra y bohemia literaria. Para ellos el escritor ideal era ese que se inmiscuía en los vaivenes sociales y era un militante fervoroso por la redención de los pueblos sojuzgados.





Por un tiempo estuvo bien visto que escritores y poetas nadaran a contracorriente, que fueran el tóxico idóneo  para espantar las moscas de la rutina y el bostezo social. Nunca declarados abiertamente de izquierdas, pero cuya actitud de desaliño y desplanche contracultural los ubicaba en esa orilla de intelectual progre. Esto les permitió darle mucha plusvalía curricular a su estado incivil y entrar por la puerta de servicio a las instituciones (burguesas) culturales que despreciaban, pero las cuales les permitiría subir un nuevo peldaño social y retomar su obra con más fiambre contestario.





Si uno no es un Rimbaud de barriada pobre es necesario fajarse bastante para convertirse en un lector más o menos solvente y luego comenzar a garrapatear los primeros poemas y los primeros gritos de literatura incomprendida y toda esa broza tan panfletaria, pero eficaz. Si estudias es sencillo obtener un título en letras que te certifique como escritor, pero si eres autodidacta y quieres escribir el ambiente se vuelve enrarecido y tus amigos de antaño (con los cuales hiciste algunos maratones en las barras de los peores bares de la ciudad) ya graduados en letras, y con cargo cultural incomparado, han desarrollado ciertas pezuñas y algunos hábitos siniestros de “llena esta planilla para escribas en la revista” o “recibimos tu artículo para el suplemento, pero al director no le convence el tono”…A pesar de todo uno sigue en ese vuelo sin motor que es a fin de cuenta la escritura.



Con el pasar del tiempo uno se percata que los escritores conforman un gremio como los demás donde hay muchos que hacen las veces de escritores, en donde sobra mucha carpintería literaria y poca creación, mucha gramática encuadernada sin vida y por supuesto están los consabidos escritores de café y farra que en la cabeza tienen muchos Macondos por escribir, pero que jamás llegan a papel alguno. También hay escritores-profesores preocupados por la tesina de acenso y el ensayo de literatura comparada para cerrar con broche dorado el año sabático. Por supuesto sobran los relacionistas públicos de siempre que consiguen las becas, los premios, las páginas culturales y los cargos de cultura, para ellos la escritura ha quedado reducida al informe del mes o al memo correspondiente.

Henri Michaux


 
La escritura creativa sigue siendo una actividad de solitarios. A menudo a muchos escritores su trabajo los ha llevado a estar más solos. Samuel Beckett cuando lo llamaron para informarle que había ganado el nobel de literatura, sólo atinó a decir: “Que gran calamidad”. Todo aquello acabaría con su morosa y solitaria tranquilidad. Desde hace años se había apartado de todo (y de todos) e incluso estaba sometiendo su escritura a una depurada aproximación al silencio. Henri Michaux, antes de morir, le comentaba a Cioran que le habían llamado de una editorial para publicar sus poemas en una edición de cincuenta mil ejemplares, cuando el lo que quería era volver al principio cuando apenas publicaba un delgado libro que alcanzaba apenas el tiraje de 40 ejemplares. Juan Carlos Onetti terminó tumbado en una cama en España acompañado de su mujer y un perro. Ernesto Sábato en completa soledad comenzó a pintar unos cuadros fríos y oscuros. La lista podría incluir a Clarice Lispector, César Vallejo, Roberto Arlt, Alejandra Pizarnick, Argenis Rodríguez y un extenso etcétera.




Juan Carlos Onetti



Terminar solos y traspapelados con los personajes ficticios es un fracaso menor en comparación con ese que tiene que ver con la creación o como lo ha escrito Enrique Vilas-Mata:  “En cualquier caso, el auténtico y verdadero gran fracaso del escritor, aquel que alcanza a tantos, llega siempre con puntualidad, generalmente muy temprana. Es un fiasco doloroso, íntimo. Llega cuando no podemos reproducir con fidelidad lo que a acabamos de pensar y querríamos haber escrito. Llega cuando comprendemos que no hemos podido ser fieles a la ambiciosa idea que nos habíamos propuesto al comenzar un libro o un artículo”.



No sé a dónde me llevará la escritura. Desconozco cual es el destino de este vuelo sin motor, si me estrellaré como tantos otros o seré capaz de planear con cierto arte y aterrizar lo mejor posible.





Siempre me resultó trágica, con risa nerviosa de fondo, esa anécdota de Raymond Roussel quien después de publicado su primer libro (costeado de su bolsillo ya que tenía bienes de fortuna) salió a la calle muy envarado a dar un paseo, con su libro bajo el brazo, sintiéndose un artista, un gran escritor. Su paseo sólo buscaba que la gente al verlo se precipitara a felicitarlo por su libro o que al menos lo reconociera y lo saludara como un autor editado, pero nada. La gente pasaba a su lado y lo ignoraba por completo. Deprimido y al borde de un colapso nervioso se sentó en el banco de una  plaza y sintió el metal frío del fracaso mordiéndole las entrañas.





Las palabras te llevan a todos lados y a ninguno. La realidad no satisface nuestras expectativas y hay una urgencia de enriquecerla, magializarla leyendo mucha literatura. Escribir es muchas veces un malentendido, es ese día en el que cargas el paraguas y no llueve, es como cuando quedas a encontrarte con la mujer que amas en un sitio determinado y no encuentras el sitio. Escribir es tratar de que la realidad se desplace hacia la desnudez poética, para que lluevan paraguas en un día radiante, es esa mínima posibilidad para que la vida se torne una elemental metáfora, algo simple en su metafórica complejidad o como escribió Enriqueta Arvelo Larriva: “Sencilla como ese hilo sin perlas”.


Carlos Yusti

  Tomado de Arte Literal

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 Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaiones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordina la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal.