domingo, 12 de agosto de 2012

CÓMO CELEBRÉ EL FIN DE AÑO LUNAR

por Lin Yutang




Estimados amigos

Hoy compartimos con ustedes este bello texto del escritor chino Lin Yutang, con seguridad el autor que logró mas por el acercamiento entre el Occidente y China. Durante muchísimo tiempo fue muy común hallar las obras de Lin Yutang en las casas de nuestro país. Pero con el pasar del tiempo muchos de esos libros fueron olvidados o desplazados por literatura más de moda. Sin embargo la dulzura de la prosa de Lin Yutang permanece y el tiempo no hace mas que mejorarla.

Deseamos disfruten de la entrada.


Richard Montenegro


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CÓMO CELEBRÉ EL FIN DE AÑO LUNAR

 

 

A  consecuencia de la revolución de Xinhai en 1911, que provocó la abdicación del último emperador, Puyi, y condujo a la proclamación de la República de China al año siguiente, muchas cosas empezaron a cambiar en la vida de los chinos. Una de ellas fue que se abolió el calendario lunar con semanas de diez días y se implantó el calendario gregoriano occidental. 


Lin Yutang

Lin Yutang (Fujian, 1895 - Taiwan, 1976) fue un prolífico escritor, un gran divulgador de la cultura china en Occidente, traductor de sus clásicos e inventor de un sistema de indexación y romanización del chino, de una máquina de escribir en este idioma y de un cepillo de dientes con dispensador de pasta, entre otras cosas. Probablemente escribió poco después de la abolición del calendario tradicional chino este entrañable artículo costumbrista que posteriormente se recogió en la antología With Love and Irony, publicada en 1940.


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El antiguo Año Nuevo del calendario lunar era la festividad más importante del año para los chinos. En comparación, todas las demás fiestas palidecían como si carecieran por completo del espíritu de la celebración. Durante cinco días la nación entera vestía sus mejores galas, cerraba los negocios, holgazaneaba, jugaba, aporreaba gongs, tiraba petardos, hacía visitas y asistía a representaciones teatrales. Era el gran día de la buena suerte, en el que todo el mundo imaginaba con ilusión un nuevo año, mejor y más próspero; en el que todos añadían con placer un año más a su edad y a nadie faltaba un comentario auspicioso para sus vecinos.



Hasta la criada más humilde tenía derecho a no ser reprendida el día de Año Nuevo; y lo que es más extraño, incluso la más industriosa de las mujeres de China se dedicaba a holgar y a comer pipas de melón y se negaba a lavar o a preparar comida alguna, y ni siquiera consentía tocar un cuchillo de cocina. La justificación de tal ociosidad era que cortar carne el día de Año Nuevo equivalía a cortar la buena suerte; y que verter agua en un fregadero era derramar la buena suerte; y que lavar cualquier cosa era desvaír la buena suerte. En todas las puertas se pegaba rollos rojos con las palabras: Suerte, Felicidad, Paz, Prosperidad, Primavera. Porque era la celebración del regreso de la primavera, de la vida, la fertilidad y la prosperidad.



Y por todas partes, en los patios de las casas y en las calles resonaba el estruendo de petardos y cohetes y el olor del azufre flotaba en el aire. Los padres perdían su dignidad, los abuelos eran más afables que nunca, y los niños tocaban silbatos, se ponían máscaras y jugaban con muñecos de barro. Las mujeres del campo, vestidas con sus mejores atavíos, caminaban varios kilómetros hasta una aldea vecina para asistir a una representación teatral y med1los galanes de pueblo se atrevían a ir más lejos de lo habitual en sus requiebros. Era el día de la emancipación para las mujeres, emancipación de la monotonía de la cocina y la colada. Y si los hombres tenían hambre, podían freír nienkao1- o hacerse un bol de tallarines con salsa preparada, o ir a la cocina y robar un trozo de pollo frío.

El Gobierno Nacional de China ha abolido oficialmente el Año Nuevo lunar, pero el Año Nuevo lunar sigue con nosotros, y se niega a ser abolido.

Yo soy ultramoderno. Nadie podrá acusarme de ser conservador. No solo estoy a favor del calendario gregoriano, sino que incluso soy partidario del calendario de trece meses, en el que todos los meses tienen exactamente cuatro semanas o veintiocho días. En otras palabras, soy muy científico en mis puntos de vista y muy lógico en mis razonamientos. Y fue este orgullo científico mío el que resultó malherido con el rotundo fracaso de mi celebración del Año Nuevo oficial, como cualquiera que haya pretendido celebrarlo con auténtico sentimiento habrá descubierto por sí mismo.

Yo no quería el Viejo Año Nuevo. Pero el Viejo Año Nuevo vino. Vino el cuatro de febrero. Mi gran Mente Científica me dijo que no hiciera caso al Viejo Año Nuevo, y yo le prometí que no se lo haría.

—No voy a defraudarte —le dije, con más buena voluntad que convencimiento.

Porque ya había sentido el rumor de la proximidad del Viejo Año Nuevo desde principios de enero, cuando una mañana me sirvieron como desayuno un bol de lapacho, o congee2- con semillas de loto y ojo de dragón3, que repentinamente me recordó que era el octavo día del doceavo mes. Una semana después, mi criado vino a pedirme que le adelantara la paga extra, que le correspondía cobrar el día de fin de año. Me pidió la tarde libre y me enseñó el paquete con el corte de paño azul que iba a enviar a su esposa. Los días primero y segundo de febrero tuve que dar aguinaldo al cartero, al lechero, al cochero, a los repartidores de las editoriales, etcétera. Desde el principio supe lo que se avecinaba.

Llegó el tres de febrero. Con todo me dije, "No voy a celebrar el Viejo Año Nuevo". Aquella misma mañana, mi esposa me dijo que me cambiara de ropa interior.

—¿Para qué? —le pregunté.

Chouma te va a lavar hoy la ropa interior. No va a lavar mañana, ni pasado mañana, ni al otro.

Siendo humano, no pude negarme. Y ese fue el principio de mi caída. Después del desayuno mi familia iba a ir al banco, ya que se había desatado un leve pánico bancario, a pesar de que según la orden ministerial el Viejo Año Nuevo no existía.

Yutang —me dijo mi esposa—, vamos a alquilar un coche. Podrías venir con nosotros y cortarte el pelo.

No me apetecía cortarme el pelo, pero el coche era una gran tentación. Nunca me ha gustado hacer el tonto en los bancos, pero me encantan los coches. Pensé que podía aprovechar para ir al mercado del Templo de los Dioses y ver qué podía comprar para los niños. Sabía que en esta época habría faroles, y quería que mi hija pequeña viera cómo eran los faroles giratorios. 

med2En primer lugar, no debería haber ido al mercado del Templo de los Dioses. Cuando te metes allí en esta época del año ya sabes lo que va a pasar. En el camino de vuelta a casa me di cuenta de que no solo llevaba faroles giratorios y faroles con forma de conejo y varios paquetes de juguetes chinos, sino también varias ramas con flores de ciruelo. Al llegar a casa me encontré con que alguien de mi tierra natal me había llevado una maceta de narcisos, los narcisos por los que era famosa en todo el país mi tierra natal y que tan esplendorosamente florecían y tan sutilmente perfumaban los días de Año Nuevo de mi niñez. No podía cerrar los ojos sin que mi infancia reapareciera ante mí con todo detalle. Cada vez que olía los narcisos, mi pensamiento regresaba a los rollos rojos, el banquete de fin de año, los petardos, las velas rojas y las naranjas de Fukien, las visitas de buena mañana y aquella túnica de satén negro que sólo me permitían ponerme una vez al año.

A la hora del almuerzo, el perfume de los narcisos me hizo pensar en unos budines de arroz con nabo que hacen en Fukien.

—Este año nadie nos ha enviado budines de nabo —dije apenado.

—Es porque no ha venido nadie de Amoy. Si hubieran venido nos los habrían mandado —dijo mi esposa.

—Recuerdo que una vez compré unos budines exactamente iguales en una tienda cantonesa de Wuchang Road. Seguro que puedo volver a encontrarla.

—No lo creo —me desafió mi esposa.

—Pues claro que sí —insistí aceptando el desafío.

A las tres de la tarde estaba en un autobús de vuelta a casa desde North Szechuan Road con una gran cesta de nienkao de un kilo y medio.

A las cinco de la tarde nos comimos los nienkao fritos, y con la sutil fragancia de los narcisos flotando en la habitación, me sentí terriblemente mal, como un pecador.

—No voy a celebrar el fin de año —dije con firmeza—. Esta noche pienso ir a ver una película.

—¿Cómo vas a irte? —me reconvino mi esposa—. Hemos invitado al señor Ts___ a cenar esta noche.

Todo iba de mal en peor. A las cinco y media mi hija menor apareció con su nuevo vestido rojo.

—¿Quién le ha puesto el vestido nuevo? —exclamé, visiblemente alterado pero guardando a duras penas la compostura.

—Ha sido Huangma —fue la respuesta.

A las seis de la tarde encontré velas rojas encendidas sobre la repisa de la chimenea, y sus vibrantes llamas proyectaban un irónico resplandor triunfal sobre mi Conciencia Científica. Mi Conciencia Científica, por cierto, estaba ya muy baja, y cada vez parecía más vaga e irreal.

—¿Quién ha encendido las velas? —pregunté en tono desafiante.

—Ha sido Chouma —fue la respuesta.

—¿Y quién ha comprado las velas? —exigí saber.

—Vamos, las has comprado tú esta mañana.

—Oh, ¿de verdad?

No podía haber sido mi Conciencia Científica. Tenía que haber sido mi Otra Conciencia.



Mi expresión debió ser bastante ridícula, y no tanto por haber olvidado lo que había hecho aquella misma mañana como por el conflicto que enfrentaba a mi cabeza y mi corazón en aquel momento. Pero no tardó en sacarme de mi conflicto mental el estruendo de los petardos que resonaban en el vecindario. Uno a uno, aquellos estampidos fueron asentándose en mi conciencia más profunda, pues tienen la cualidad de hacer vibrar el corazón de un chino como ningún europeo imagina. El desafío de mi vecino del este fue aceptado por mi vecino del oeste, creciendo hasta convertirse en una descarga cerrada de fusilería.

No iba a permitir que mis vecinos me avasallaran. Sacando un billete le dije a mi chico:

-Ah Ching, toma esto y ve a comprarme unos petardos cielo y tierra y unas cuantas tracas, tan grandes y ruidosas como sea posible. ¡Recuerda, cuanto más grandes y ruidosas, mejor!

En medio del estruendo de los petardos me senté a la mesa para la cena de fin de año. Y a mi pesar, me sentí muy feliz.


Lin Yutang

Caligrafías de Año Nuevo de Xu Guoliang (estilo Kaishu):

"Cuando canta el gallo dorado el alba es hermosa.
Y cuando resuenan los petardos,
el sabor de la primavera se hace aún más intenso".

Traducción del inglés de Luis Soldevila


NOTAS:
1) Nienkao. Pastelillos de arroz que se preparan por Año Nuevo.
2) Congee. Sopa espesa de arroz similar a las gachas.
3) "Ojo de dragón", o longan, fruto de un árbol tropical del sur de China, parecido al lichi.





Amor e ironía
Lin Yutang
Buenos Aires: Biblioteca Nueva
1943, 333 páginas


 Tomado de Tai Chi Chuan


Puedes descargar un pdf con fragmentos del libro Amor e ironía pulsando aquí

Si te interesa descargar el libro La importancia de vivir pulsa aquí

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Richard Montenegro. Perteneció a la redacción de las revistas Nostromo y Ojos de perro azul; también fue parte de la plantilla de la revista universitaria de cultura Zona Tórrida de la Universidad de Carabobo. Es colaborador del blog del Grupo Li Po: http://grupolipo.blogspot.com/. Es autor del libro 13 fábulas y otros relatos, publicado por la editorial El Perro y la Rana en 2007 y 2008; es coautor de Antología terrorista del Grupo Li Po publicada por la misma editorial en 2008 y en 2014 del ebook Mundos: Dos años de Ficción Científica editado por el Portal Ficción Científica. Sus crónicas y relatos han aparecido en publicaciones periódicas venezolanas tales como: el semanario Tiempo Universitario de la Universidad de Carabobo, la revista Letra Inversa del diario Notitarde, El Venezolano, Diario de Guayana; en las revistas electrónicas hispanas Alfa Eridiani, Valinor y Gibralfaro, Revista de Creación Literaria y de Humanidades de la Universidad de Málaga y en portales o páginas web como la española Ficción Científica, la venezolana-argentina Escribarte y la colombiana Cosmocápsula.

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Enlace relacionado:

Del Año Viejo, del Año Nuevo y de como los trámites burocrático romanos influyen en nuestra vida en el siglo XXI




8 comentarios:

  1. Gracias po compartirlo , es un bellísimo artículo y hay información que no conocia . Saludos
    JEM WONG

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  2. Gracias por hacerme recordar lecturas de mi juventud. Por cierto, ¿quién hizo la traducción? Seguramente fue traducido del inglés. Saludos, Emma

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  3. Es un placer compartirlo Fanny. Gracias por comentar la entrada y por los saludos. Pásala bien

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  4. Gracias Emma por tu visita y por comentar.La traducción es de Luis de Soldevila y fue hecha a partir del texto en inglés.

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  5. Es una maravilla descubrir la escritura de Lin Yutang a través de esta crónica. Realmente fue una grata lectura que invita a leer más sobre este autor. Y gracias por los enlaces a otros libros de él. lamentablemente el enlace a La importancia de vivir no funciona. ¿Será posible corregirlo?

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    1. Gracias a ti I.P. por tu visita. El enlace de La importancia de vivir ya fue actualizado. Ahora si podras descargar el libro. Disfruta del año nuevo lunar y gracias por dejar tu comentario.

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