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domingo, 7 de abril de 2024

José Pulido a Julio Bolívar: El periódico que sueño sería un oficiante de la sabiduría, apegado a los Derechos Humanos, creyente del arte y la cultura, que jamás renunciara a la dignidad y a la honestidad.

 

Foto: Javier Cedeño Cáceres




El gran preguntador: conversación con José Pulido


28/01/2019



Desde que el periodista, escritor y poeta José Pulido se puso a escribir desde otra distancia, ya no es posible verlo en la avenida Urdaneta esperando una camioneta que lo lleve a Bello Monte, donde vive con su esposa la también periodista Petruska Simme y su nieta de ojos grandes e iluminados. Sabemos de él por las noticias culturales, las redes sociales, un poeta que es traducido al italiano y un poco común embajador de los poetas venezolanos en Italia.

El cambio de horario nos obliga a escribirnos por messenger, por allí tocamos los temas de siempre que tiene que ver con los amigos comunes, las visitas a viejo historiador Guillermo Morón y una especie de cofradía de caroreños y larense visitando al viejo maestro de Cuicas devenido en caroreño. Recientemente El Papel Literario de El Nacional decidió publicar una selección de sus entrevistas, tan actuales que parece que las acabara de hacer, en esta conversación quisimos tocar esa faceta del periodismo con uno de sus mejores cultores.

 

Siempre has sido identificado como un narrador, o un poeta, por supuesto con razón y obra, pero antes que narrador eres periodista. Háblame de ese oficio en tu vida.

Escogí el periodismo porque deseaba ser escritor. Tuve leves inicios de obrero y de agricultor, pero sin destrezas manuales. Era poeta. Desde niño me gustaba conocer el origen de las palabras. Escribía sonetos que aprendía leyendo a los clásicos y a Cruz Salmerón Acosta. Primero fue la poesía. Era una obsesión. Y eso me hizo leer y escribir mucho. Decidí que me dedicaría a escribir. Busqué el oficio ideal para sobrevivir y escribir a la vez. En Villa de Cura comenzó a destacarse en el periodismo un amigo, un paisano de mi generación, Oldman Botello. Y dije “Me gusta lo que hace Oldman” y ese fue el arranque del periodismo.

¿Cómo fueron tus primeras notas en los periódicos de Villa de Cura, tu lugar de nacimiento?

Mis primeras notas ocurrieron en periódicos que yo mismo creaba y hacía con esténcil. Luego escribí en pequeños semanarios y una vez me publicaron un reportaje en El Regional de Maracay. Publiqué muy poco en ese diario, pero hacía mis propias fotos.  Después tuve mi primer trabajo serio en El Regional de Valencia.

En Villa de Cura escribí notas con mucho humor. Y algunas fueron para reclamar lo mal que estaban las calles. Siendo muy joven me conocieron un poco a nivel nacional porque en El Gallo Pelón me publicaron un soneto humorístico muy en la onda de lo que escribía Aquiles Nazoa.

Nadie te imaginaría como jefe de un periódico católico, pero lo fuiste en San Cristóbal, puedes contarnos tu relación con la iglesia y el periodismo católico.

El Diario Católico de San Cristóbal, estado Táchira. Una experiencia preciosa. El director era monseñor Nelson Arellano Roa con quien aprendí mucho. Tenía un gran sentido del humor y le gustaba mi manera de trabajar y de escribir. Me apoyó en todo. Él y Marina Rivas, quien era la administradora del diario nos dieron el más cariñoso y fuerte apoyo a Petra y a mí. Me gustó esa experiencia porque no solo se trataba de difundir conocimientos: también de ayudar en concreto a cada comunidad difundiendo sus inquietudes, necesidades, su cultura. Siendo yo tan pecador, el padre Nelson me soportaba y me animaba. Hasta lo ayudé una vez en misa. Pero me reprochaba a veces porque me bebía el vino de consagrar.

Cómo fue tu experiencia en Valencia en el diario El sol.

Fue un sueño, un diario que duró poco. Igual que el sol desde la mañana a la tarde. Ya ahí desarrollaba mi modo de acercarme a la comunicación: narrativa y poesía revueltas con el periodismo. Fue un proyecto que no cuajó. Ni siquiera recuerdo la sala de redacción.



Has publicado un libro con grandes entrevistas, Muro de confesiones y La sal de la tierra, no sé si coincides, pero pereciera que en cada entrevista esperamos a un observador que estructura la conversación como si fuera un relato que describe al personaje entrevistado. Recuerdo la imagen de la mosca revoloteando sobre la chaqueta de Julio Cortázar y su café. ¿La ficción siempre acecha tus textos periodísticos? ¿O te sientes deudor de aquello que se llamó “El nuevo periodismo” que nos ha dado a estos cronistas contemporáneos?

Descubrí el nuevo periodismo después que hacía algo parecido, aunque yo aprendía en cada entrevista, no era un periodista con la conciencia y el talento de Gay Talese o Tom Wolfe. En mis entrevistas la ficción es aquello que me imagino en torno a los entrevistados. Trato de reflejar sus verdades y sus mentiras y de ubicarlos en el lugar que quizá les corresponde. El lugar que podría corresponderles de acuerdo a su sensibilidad.

Tu vida transmite una pasión eterna con el periodismo, un día estás en la redacción de un periódico, otro en una revista; pero en particular siempre con entrevista a artistas de diversa índole, ¿qué importancia le das a ese ejercicio de preguntar? Más allá del personaje entrevistado, de su fama, o del libro o la obra de teatro reciente ¿qué buscas en el entrevistado?

El periodismo es mi oficio y trato de hacerlo siempre, aunque no me paguen, porque se trata de un servicio que debo prestar a la gente, a la sociedad y a mi mismo: es lo que sé hacer y debo hacerlo…como hablar, como respirar. En el entrevistado busco el porcentaje de autenticidad y de sinceridad que contengan tenga su existencia y su persona.

Algunos dicen que para hacer una buena entrevista solo necesitas conseguir a una celebridad, más o menos revisar lo que ha hecho y ya está, listo, preguntar lo consabido. ¿Qué piensas al respecto?

Voy a decir algo ya dicho: hay quienes harían un caliche, una mala entrevista, si tuvieran la oportunidad de entrevistar a Jesucristo. Y hay quienes pueden lograr una maravillosa entrevista haciendo preguntas al señor o a la señora que barren la calle.

¿Por qué te gusta entrevistar en medio de tanta visibilidad y grandilocuencia mediática, donde cada quien se promueve como quiera, o se autoentrevistan? ¿Cuándo entrevistas cuál es tu objetivo?

Mi objetivo primordial es que en la entrevista haya algún párrafo o alguna frase que le sirva al espíritu o a la mente del lector. Definir al personaje de la manera más justa. Y más contundente. Y más estética. Y que al mismo tiempo la gente pueda saber cuán justo o errático es el entrevistador.

Hay entrevistadores que han logrado desaparecer al preguntar, dejar solo al personaje que despliegue sus ideas, casi que las preguntas se las hiciese el mismo. Como una reflexión. ¿Qué piensas de este tipo de periodismo?

Cada entrevistado es distinto. También cada entrevistador. Si decides que el entrevistado haga todo, sería más honesto que el entrevistado escribiera su entrevista. La entrevista es un diálogo entre alguien que quiere vender una imagen y alguien que trata de que esa imagen contenga la menor cantidad de mentiras posible.

¿Planificas las entrevistas, estudias la obra de los entrevistados o surgen las preguntas en la conversación?

A veces se analiza al entrevistado, se estudia su obra. Cuando estás trabajando en una redacción te sale la pauta el mismo día: “entrevista a fulano” y si no sabes nada de fulano debes sincerarte con el entrevistado y hacer el mejor trabajo posible. Hay entrevistados que solo desean publicar su punto de vista, su interés y lo demás les resulta indiferente.

He leído, la manera como escribes ciertos acercamientos a la biografía, con pintores, músicos, pero no con narradores o poetas o políticos. ¿Por qué la preferencia con la música y la pintura?

No he tenido preferencias. He entrevistado a tantos poetas y escritores como a pintores y músicos. La biografía ha surgido con Dudamel porque me la solicitaron y me encantó la idea. Con dos o tres pintores a quienes he hecho biografías, ha sido por cuestión de amistad. Y mis biografías son en realidad muy fallidas, muy emotivas. Ningún amigo escritor o poeta me ha pedido que le escriba la biografía porque narradores y poetas en el fondo acarician la idea de escribir algún día sus memorias.


Foto: Gabriela Pulido Simne

Tu trabajo por medios impresos, como El Nacional, te dio la oportunidad de conocer a muchas personas, recientemente el Papel Literario del mismo periódico que ahora es digital, decidió publicar algunas de tus entrevistas, que motivó al medio a recordarnos aquellas entrevistas, ¿cómo se decide cual se publica y cual no?

No lo sé, me parece una de las ideas del escritor y editor Nelson Rivera, quien siempre ha sido justo y certero y es además un buen lector. Él ha sido muy amplio y considerado conmigo desde que publiqué mis primeras novelas. Y creo que muchos lectores le agradecen haber publicado esas entrevistas porque no las conocían. Una entrevista o cualquier escritura de interés no deberían quedar en el olvido: la gente nace y crece todos los días. Nelson escoge las entrevistas que se publicarán, aunque ha publicado todas las que pude encontrar. Hay muchas más en los archivos. Lo que ha salido no es ni la cuarta parte de lo que hice. Me parece que eso mismo debe hacerse con otros entrevistadores. Por otra parte, El Nacional es mi periódico, mi casa periodística.

Fuiste un corresponsal de Guerra a la caída de Somoza en Nicaragua. ¿Cómo es la vida de un corresponsal en medio de una guerra? ¿Cómo recoge la visión de las partes en conflicto?

Esa experiencia es un desastre, estás desamparado, tienes mucho miedo, duermes en cualquier parte, escasean el agua limpia y la comida. Y lo peor de todo: cualquiera puede matarte y sin que nadie se lo reclame. En mi caso, no pude recoger la visión de las partes en conflicto: solo lo que habían hecho ambos antagonistas en la carne y el alma de la población. Uno se dedica a echar los cuentos de lo que ve, de la muerte y la esperanza. A veces la esperanza es mínima y la muerte una montaña.

Una vez, no recuerdo cuando, creo que, en la redacción del Diario de Caracas, o caminando por la avenida principal de Boleíta, comentabas que querías hacer un periódico especializado solo en investigación, aún no comenzaba esta tendencia de la crónica y la investigación donde han aparecido nuevos medios, múltiples formas digitales. ¿Puede volver a soñar ese periódico? ¿Cómo sería?

Lo soñé y participé en la conformación del equipo de investigación que creó El Diario de Caracas. Apoyé los inicios de muchos cronistas y promoví la crónica. Nada de eso fue meritorio: era el desarrollo normal de la comunicación que siempre anda buscando su voz, una voz acorde con los tiempos.

El periódico que sueño sería intelectual, apegado a los Derechos Humanos, oficiante de la sabiduría, creyente del arte y la cultura, que jamás renunciara a la dignidad y a la honestidad. Por eso es solo un sueño.

¿A quién te gustaría entrevistar todavía?

A cualquiera que tuviera algo interesante qué decir. ¿Alguien en concreto? Los escritores más imponentes se han ausentado: Virginia Wolf, Rilke, Walt Whitman y Jorge Luis Borges. Entre los que no han muerto me gustaría entrevistar al señor que vive En el monasterio Mater Eclessiae, el Papa Benedicto.


Foto: Javier Cedeño Cáceres



¿A tu juicio, como lector de grandes conversaciones, cómo sería tu lista de las mejores entrevistas?


Carlos Eduardo Frías entrevista al joven Arturo Uslar Pietri en 1934

De una vez, Arturo Uslar Pietri lanza con lucidez unos conceptos que marcarían su producción literaria.

En esa entrevista Uslar dijo:

En mí la afición literaria fue precoz, voluntaria y casi morbosa. A una edad en que aún leía con dificultad, amaba ya la letra impresa, ese olor tierno de la tinta y del papel que flota en los depósitos de las librerías. Con esfuerzo, con dolor, con incomodidad del cuerpo y del espíritu quería escribir y me constreñía a hacerlo como una disciplina”.


Carmen Clemente Travieso entrevista a Armando Reverón en 1946

Interesante la atmósfera que se logra, aunque se nota la escasez de preguntas profundas para un pintor como ese, pero la descripción de su mundo y de su espiritualidad hace trascendente esa entrevista. Se pone de manifiesto la soledad de un gran artista que sin embargo, en su ternura de hombre infantil, conserva la amistad y la fidelidad del mono Pancho y de su dulce Juanita.


Rómulo Betancourt entrevistado por MOS en 1963

Ellos se conocían desde la adolescencia, estudiaron juntos. No temían hablar de sus puntos de vista. Una de las mejores entrevistas. Betancourt siempre sabía lo que estaba diciendo. Hablaba con la certeza de que sus palabras no perderían vigencia. Miguel Otero escribía con arte pero preguntaba con la contundencia de quien no permite engaños. ¿Cómo no va a ser trascendente una entrevista con dos protagonistas de una misma época?


Guillermo Meneses entrevistado en 1976 por Tomás Eloy Martínez

Creo que haciendo un juego de misterio y de incertidumbres, Tomás Eloy consigue un magnífico retrato de Meneses. Me atrevería a decir que esta entrevista, en sí misma, es un cuento de Tomás Eloy. Una obra maestra, de verdad.


Ramón Hernández en 1980 entrevistando a Germán Carrera Damas

Fue una entrevista puntual en torno a la Venezuela de esos días. Es importante  el castellano precioso y lúcido de Ramón Hernández. Creo que Hernández es uno de los mejores entrevistadores en la historia del periodismo venezolano. Él investiga mucho antes de entrevistar. Sabe lo que debe preguntar para conseguir buenos resultados.


Miyó Vestrini entrevistando a Carlos Cruz Diez en 1971

Miyó profundizaba en los entrevistados. Logra que Carlos Cruz Diez exprese con total claridad sus planteamientos. Lo deja fluir. Ella explica con claridad:

Todo lo que propone Cruz Diez son situaciones. Y es importante partir de este criterio para colocarse frente a su obra sin patrones culturales determinados. Dejarse envolver y arrastrar por la situación propuesta, en este caso el color, no deteniéndose jamás en definiciones o limitaciones preestablecidas. –Los patrones culturales contribuyen a la ceguera –señaló–. Se pierde la facultad de ver. Mientras menos patrones culturales se tengan, más receptivo se es a la vanguardia cultural. Hay que intentar despertar esa cosa dormida que hay en nosotros, reaprender a mirar. La cultura es muy vieja, hay que renovarla y para ello, debemos ir hacia las sensaciones, destruyendo los patrones culturales


Nelson Hippolyte Ortega con Yolanda Moreno  1985

Es uno de los grandes entrevistadores. Esta entrevista es extraordinaria. No hay ocultamientos, Nelson refleja la verdad de dos seres. Casi simultáneamente a las preguntas-respuestas, Nelson logra mostrar la relación entre la artista y su esposo, lo mucho que él interfiere en ella. Y cómo ella, siendo aparentemente manejable, es una artista que defiende lo que hace.


Elizabeth Fuentes 1984 entrevista a Edmundo Chirinos

Sin mostrar preguntas y respuestas, Elizabeth consigue un retrato de Chirinos de lo más premonitorio. Ahí estaba todo su terrible potencial. Elizabeth ha actuado como el psiquiatra que coloca en el diván a su paciente. El diván del ego, las confesiones de un demonio desatado que apenas podía ocultar su verdadera esencia. Después, Ibéyise Pacheco lo desnudaría por completo.


La entrevista con José Ignacio Cabrujas hecha por Luis García Mora, Víctor Suárez, Ramón Hernández y Trino Márquez en 1987

José Ignacio Cabrujas hacía que cualquier entrevista con él fuera trascendente, inolvidable. Mucho más si respondía ante tantas figuras del periodismo. Ahí está el país, completo. Creo que Cabrujas es la imagen auténtica de la cultura venezolana, de una generación que aprendió a esgrimir la cultura como instrumento de transformaciones.


Gabriel García Márquez entrevistado por Boris Muñoz en 1997

Una maravilla de entrevista, he ahí el nuevo periodismo. Boris relata todo, lo describe todo, con un lenguaje certero y precioso. Y muestra al Gabo. Así era él. Boris se mueve en las palabras con paciencia, humildad y gracia. Es un intérprete del entrevistado con apenas expresar un gesto, una situación.


Isaac Chocrón entrevistado por Milagros Socorro en 2011

Esta es una de las entrevistas que he leído varias veces. Milagros hace un retrato de Chocrón como nadie lo hizo. He ahí la gracia, la sabiduría y el desenfado de un entrevistador y de una entrevistadora, tejidos, como una obra maestra. A Chocrón lo entrevistamos muchas veces, siempre hubo alguien entrevistándolo, pero la entrevista de Milagros es la mejor. Ella lo trasladó al futuro.


Julio Bolívar 

Foto: Javier Cedeño Cáceres

José Pulido

Comunicador social, escritor, poeta. (Nació en Villa de Cura, estado Aragua. Venezuela (1-11-1945). Asistente a la dirección de la revista BCV Cultural (1999). Asesor Comunicacional de diversas instituciones culturales. Talleres y diplomados en diversas universidades. Uney, ULA Trujillo. Asesor del Museo de Arte Contemporáneo. 1996. Dirigió las páginas de arte de El Nacional (1981-1988), El Diario de Caracas (1991-1995) y El Universal (1996-98). Miembro fundador de los suplementos Bajo Palabra (1995)  y El otro cuerpo (1997-1998) Jefe de redacción, bajo la dirección de Salvador Garmendia, de la revista cultural Imagen (1994-1996). Jefe de redacción del diario Ultima Hora en Acarigua, 1978. Jefe de redacción y subdirector del Diario Católico de San Cristóbal entre 1975 y 1977. Le fue otorgado el Premio Municipal de Literatura, Mención Poesía, año 2000, por su poemario Los Poseídos. Ha publicado los poemarios: Esto, García Hijos, editores. (1971). Paralelo Lelo, García Hijos, editores. (1971). Peregrino de vidrieras (2001) Duermevela (2004). Es coautor de los poemarios: Linajes (1994).Vecindario (1994). Cortejos (1995). Invocaciones, 1996,  Ediciones Pavilo. Fue editado en la Antología del Círculo Metropolitano de Poesía de Caracas, publicada por el Centro de Estudios Ibéricos y Americanos de Salamanca “Federico de Onís-Miguel Torga” en 2005. Los Poseídos, (poemario, ediciones Pavilo) (1999). La Academia de la Historia publicó el libro de entrevistas: Muro de confesiones (1985). Ha publicado en narrativa: Pelo Blanco (novela), Editorial Planeta (1987) Una mazurkita en La Mayor (novela premio Otero Silva, de Planeta, 1989) Vuelve al lugar que se te ha señalado (cuentos). Ediciones Contraloría General de la República. (Un cuento de este libro fue publicado en Narrativa venezolana attuale, Bulzoni Editore, Roma) (1995) Los Mágicos (novela, Monte Avila) (1999). La canción del ciempiés (novela, Alfadil) (2004). La sal de la tierra (entrevistas, Banco Central de Venezuela, 2004). El bululú de las Ninfas (Novela, Editorial Alfa, Colección Orinoco, 2007). Dudamel, la sinfonía del barrio, Libros de El Nacional 2011. El requetemuerto (novela, Ediciones B) 2012. Los héroes son villanos tímidos (cuentos 2013 Otero Ediciones). Forma parte de la Antología en homenaje a Miguel de Unamuno, XV Encuentro de Poetas Iberoamericanos, Salamanca 2012. Ponzoña de paisaje, novela (2015, Editorial Negro sobre Blanco). Invitado al Festival Internacional de Poesía de Génova en 2018

 

 



Julio Bolívar

Escritor venezolano (Valencia, Carabobo, 1954). Graduado en literatura y con estudios de maestría en literatura hispanoamericana contemporánea en la Universidad Simón Bolívar (USB). Además tiene estudios de posgrado en estudios literarios en la Universidad Central de Venezuela (UCV). Es miembro fundador de la Fundación Aurín y del fondo editorial Maltiempo Editores (Barquisimeto, Lara). Director editorial de la Fundación Biblioteca Ayacucho y de Ediciones Iesa. Fundador de Sellos de Fuego Editores. Asesor y editor independiente de Libros de El Nacional. Ha publicado los poemarios Catálogo (Editorial Río Cenizo; Alcaldía de Iribarren; Barquisimeto, Lara, 1998) y Corazones de paso (Fondo Editorial del Caribe; Barcelona, Anzoátegui, 2012), y los libros de ensayo Guía del promotor de la lectura (coautor; Ediciones de la Secretaría de Cultura de Aragua; Maracay, 1994), Lectura y censura en la literatura para niños y jóvenes (coautor; Fondo Editorial del Caribe; Barcelona, 1995), Desarrollo cultural y gestión en centros históricos (coautor; Unesco/Flacso; Ecuador, 2000) y Lo bello y lo útil de Lara (coautor; Ediciones del Banco Casa Propia; Barquisimeto, 2005). Textos suyos aparecen en diversas antologías.



Tomada de NoticiasJR


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sábado, 6 de abril de 2024

Gabriel García Márquéz, el hijo del telegrafista de Aracataca: Los periodistas siempre han tenido el poder de llegar al poder

o La alergia por Boris Muñoz del Gabo

 



"Nunca en mi vida he hecho frente al espejo algo distinto a lo que hacen las demás personas. Nunca me he preguntado quién soy, porque siempre lo he sabido: soy el hijo del telegrafista de Aracataca", se definió el escritor colombiano en este reportaje exclusivo realizado en Manhattan a fines de la década del '90. En la charla, el autor de Cien años de soledad habla de su rutina cotidiana cuando escribe, de las mediocridades del periodismo actual y de sus múltiples tareas “invisibles” como operador político entre Estados Unidos y los países de América latina.




Octubre 1997

La alergia del Gabo; por Boris Muñoz




El mensaje terminante fue enviado con un amigo personal, luego de una semana de cartas infructuosas:


–Dile que, si es un verdadero periodista, él sabrá qué tiene que hacer.


Desde las nueve y media de la mañana, el periodista novato esperaba pacientemente sentado en un sofá del lobby del Hotel Mark. La voz en el teléfono de la habitación le había dicho: “Salió temprano. Usted sabe que se la pasa de agasajo en agasajo”. Pero algo le decía que estaba ahí, en su habitación, leyendo tranquilamente los diarios colombianos, que un hombre con bigotes de charro mexicano acababa de alcanzarle.


A las once y media el veterano Premio Nobel salió del ascensor y caminó hacia la puerta del hotel sin mirar a los lados y con el paso rápido del que no quiere ser descubierto. Iba abrigado con un saco de cachemira negro y, debajo, un suéter deportivo que dejaba ver el cuello de una camisa blanca con rayas negras. Unos diminutos lentes oscuros –redondos, de montura antigua– ocultaban sus ojillos de aceituna negra. La forma de vestir y los inesperados anteojos generaban un perfecto contraste con la celebérrima cabeza de rulos color ceniza y los bigotes de leche. Al borde de la puerta se detuvo. Por fin, después de todo: ahí estaba García Márquez. Era el primer día de un otoño resplandeciente y en las calles de Nueva York hacía un frío que calaba los huesos. El periodista novato dijo:


–Señor García Márquez. Mucho gusto. Lo estoy buscando para hacerle una entrevista.


–¿Para qué me quiere hacer una entrevista? En Latinoamérica hay una magnificación viciosa de la entrevista. Creen que todo el periodismo se reduce a la entrevista. No entienden que la entrevista tiene sentido sólo cuando el entrevistado tiene algo que decir. Y yo no tengo nada que decir. Es mejor que no pierda su tiempo conmigo –dijo buscando con la vista la enorme limusina plateada que lo transportaba a lo largo y ancho de la Gran Manzana.


Controlando su estado de nervios, el periodista novato se atrevió a responder:


–Usted sabe cuál es la misión de un entrevistador.


–Yo nunca en mi vida he escrito una entrevista. Puede buscar en todo lo que he escrito y, si encuentra una entrevista mía, tráigamela que se la compro. Cuando trabajaba como reportero me iba a los lugares, observaba muy bien a su gente, tomaba algunas notas en una libreta y al volver escribía todo, recreando la situación de memoria. Vamos a tener que invitarlo a los talleres de la Escuela de Periodismo para que aprenda algunas cosas del oficio.


–Pero los editores...


–Los editores –dijo elevando su dedo índice hacia el cielo– mándelos a la mierda.


–¿A la mierda? ¿Cómo?


–Bien lejos, a la mierda. Usted no tiene que hacer lo que quieren los editores. –Acto seguido, García Márquez miró su muñeca y se dio cuenta de que había olvidado su reloj en la habitación–. Mire, es muy tarde. Tengo una cita a las once y media y olvidé mi reloj por el apuro. ¿Usted conoce el significado de la palabra ocupado? Yo soy una persona ocupada y lo que menos me gusta es que me pongan en situación de decir que no. No me gusta que me obliguen a decir no.


Todo esto dicho sentenciosamente, mientras tomaba al novato periodista por el brazo y caminaba hacia la limusina.


–Pero usted sí tiene cosas que decir. La semana pasada se reunió con el presidente Clinton. Y el problema de la desertificación de Colombia, en el asunto drogas...


–Mi reloj... voy a llegar tarde. Vamos a hacer algo: espéreme aquí en el hotel. Cuando vuelva, hablamos quince minutos. No sé por qué no entienden que uno es una persona ocupada –alcanzó a oír el periodista novato, mientras la cara de García Márquez desaparecía tras el cristal oscuro de la limusina. Antes de arrancar, el chofer (el mismo hombre con bigotes de charro mexicano que dos horas antes le había hecho llegar a la habitación 1451 los diarios del día) salió del auto con un mensaje: “El maestro García Márquez le manda decir que no se vaya”.


LA ALEGRIA DEL GABO


El periodista novato volvió al mismo sofá donde había estado desde las nueve y media. El lobby del hotel parecía la trastienda de un mercado de puerto, donde empleados y turistas pasaban de un idioma a otro en sus monólogos superpuestos: del francés al inglés, del español al árabe, del alemán a un dialecto de la India. Después de cuatro horas, el conserje del hotel, un argentino con destrezas políglotas, se atrevió a expresar su solidaridad al periodista novato: “No se preocupe, tenga paciencia que los inmortales se hacen esperar”.


Era la una y media cuando la limusina se detuvo nuevamente frente a las puertas del hotel. Casi al mismo tiempo salió de uno de los ascensores Mercedes Barcha, la sabia esposa de siempre y quizás el más famoso de los personajes de la vida de García Márquez. Caminaba con el mismo afán de invisibilidad de su marido, pero con paso aún más rápido. En un segundo desapareció tragada por una de las puertas de la inmensa ballena blanca con ruedas. Un momento después apareció García Márquez, calzándose en la muñeca el reloj que había olvidado en su habitación, y dijo:


–Llevo dos horas angustiado pensando que usted está aquí esperándome. Me tuve que quedar más tiempo en el sitio donde estaba y ahora voy saliendo a almorzar. Venga a las cuatro en punto y hablaremos quince minutos. Sólo quince minutos, porque tengo que salir volando al aeropuerto. Pero sepa que así no es la cosa. Así no se hace periodismo. La entrevista no es esto. La mejor entrevista que yo he leído en mi vida fue la que trató de hacerle Gay Talese a Frank Sinatra. ¿Quiere que le cuente?


–Por favor.

Revista Esquire. Abril 1966. Frank Sinatra Has a Cold. Imagen tomada de El Portadista

–Sinatra citó a Gay Talese en un hotel de Las Vegas. Cuando Talese llegó, a Sinatra no se le ocurrió nada mejor que enfermarse. Durante una semana estuvo Gay Talese tratando de entrevistar a Sinatra y durante una semana Sinatra canceló encuentro tras encuentro. Eso es la entrevista de Talese: la historia de cómo no pudo entrevistarlo durante toda esa semana. Es la mejor entrevista que he leído. ¿Sabe cómo se llama? “La gripe de Sinatra”.


Ahora son las 3.55. El periodista novato está sentado en el mismo sofá que al principio. Ha revisado mil veces la lista de preguntas. Ha chequeado el funcionamiento del grabador. Se siente sin duda listo, aunque un poco agotado física y mentalmente por las horas de espera. García Márquez y su esposa irrumpen en el hotel. Antes de abordar el ascensor, Mercedes le recuerda a su esposo: “Gabo, no te tardes, recuerda que te estamos esperando arriba”. García Márquez toma asiento y mira su reloj una vez más.


–Bueno, ¿de qué vamos a hablar?


–Un segundo. Voy a encender el grabador.


–¡Ah, no, nada de grabadoras! La grabadora es la culpable de muchos de los problemas y desviaciones del periodismo actual. Si quiere, tome notas. Pero, por favor, guarde la grabadora. Cuál es la primera pregunta.


–A dos años del siglo XXI, ¿cómo ve usted la situación de América latina? Pobreza, drogas, violencia, corrupción... ¿seguiremos siendo un callejón de sueños sin salida?


–Sí. Seguiremos siendo un callejón de sueños sin salida. Así será.


–¿Lo dice de verdad?


–¿Qué quiere que le diga? Para contestar a esa pregunta hacen falta tantas horas que el producto de la conversación alcanzaría para llenar una enciclopedia de cuatro tomos. Siguiente pregunta.


–Desde hace algunos años la enseñanza del periodismo ha sido un interés central en su trabajo intelectual. ¿Por qué le preocupa tanto el periodismo? ¿Cuál es el papel que le asigna en la actualidad y en el futuro de Latinoamérica?


–Cada día nos olvidamos más de la ética. Las escuelas de periodismo enseñan todo lo que tiene que ver con el periodismo, menos el oficio. El reportaje, que es el género que amo, ha sido degenerado a la entrevista. El reportaje es la reconstrucción de un hecho tal y como sucedió en todos sus detalles. Y eso es cada vez menos frecuente en el periodismo: cada vez hay menos reportajes y reporteros en Latinoamérica.


–Pero se publican buenos reportajes en todos los países de América latina, y además, hay también excelentes especialistas en reportajes.


–Nómbreme uno.


–Sin ir más lejos en Colombia están Germán Castro Caycedo y Mauricio Vargas. Y aquí está Alma Guillermoprieto...


–Ah, pero usted me está haciendo trampas. Me está nombrando a los buenos, y ésa no es la regla sino la excepción.


–Pero el problema del periodismo no es responsabilidad exclusiva de los periodistas y las escuelas, sino también de una concepción contemporánea de los medios de comunicación.


–Los periódicos han priorizado el equipamiento material e industrial, pero han invertido muy poco en la formación de los periodistas. La calidad de la noticia se ha perdido por culpa de la competencia, la rapidez y la magnificación de la primicia. A veces se olvida que la mejor noticia no es la que se da primero, sino la que se da mejor. En otros casos, se le pide al periodista que escriba un reportaje y luego llega una publicidad y el reportaje se ve reducido a una columna. Lo que creo es que debemos volver a la vieja manera del oficio. Eso es lo que tratamos de meterles en la cabeza a los periodistas que van a Cartagena. Llevamos a periodistas de mucha trayectoria para que les hablen a los jóvenes desde su experiencia directa en los medios. La ética y el oficio son los ingredientes principales.


–Al leer sus crónicas recogidas en Textos costeños sorprende la naturalidad con que asumió el oficio de periodista. La crítica habla mucho de cuáles fueron sus influencias literarias pero poco o nada de sus influencias periodísticas.


–Es muy sencillo. El reportaje era para mí un género literario. Yo llegué al periodismo con vocación y aptitudes de escritor. Lo que hice fue aplicar al periodismo las mismas técnicas de la literatura. No hay otro secreto que ése. ¿Está tomando notas?


–Lo estoy grabando... Con la mente, no con el grabador, no se preocupe.


García Márquez no contesta, pero mira su reloj, y el periodista novato se apresura a pasar a la pregunta siguiente.


–Este año se cumplen cincuenta años de la publicación de su primer cuento, treinta de Cien años de soledad, quince del Premio Nobel. ¿Se ha detenido a pensar por un momento qué significa esto? En sus años de La Cueva de Barranquilla, ¿sospechó alguna vez que todas estaban grabadas en la palma de su mano?


–No tenía nada grabado en la palma de mi mano. Yo sabía cómo y qué quería hacer, y lo hice contra viento y marea. Quería contar historias reales o ficticias y siempre lo supe. Nunca he ganado un centavo sin la máquina de escribir. Nunca me dejé seducir por algo que no fuera lo que yo quería hacer: contar historias en el periodismo, la literatura o el cine. Lo de la fama, las ventas de libros y el dinero vino después de que hice muchos reportajes que nadie leía y escribí algunos libros que nadie compraba. He sido feliz, y el secreto de la felicidad ha sido hacer siempre sólo lo que me gusta hacer: contar historias.

Mercedes Barcha, esposa del Gabo,  Fidel Castro y Gabriel García Márquez, hacia 1985.
Fotografía de Rodrigo Castaño.
Tomada de Programa Ibermedia.


–Usted, que es mediador entre Washington y La Habana, ¿cómo ve en este momento las relaciones bilaterales? ¿Será posible un cese al bloqueo antes del año 2000, algo así como un borrón y cuenta nueva?


–Esa me parece una afirmación alegrona.


–¿Cuál?


–La de que yo soy mediador entre Cuba y Estados Unidos.


–Pero usted ha tenido varias reuniones con el presidente Clinton y es, además, amigo personal y cercano de Fidel Castro. Si no me equivoco, ha estado muy activo en los trámites de devolución del Canal de Panamá por parte de Estados Unidos. Y hace algunos años intervino para solucionar la crisis de los balseros cubanos...


–Nunca he sido mediador. Esa palabra es incorrecta.


–Al menos sí ha sido un observador...


–Observador sí, pero no mediador.


–Como observador, ¿considera usted que es posible poner fin al bloqueo?


–No lo sé. Lo único que sé es que ése es un bloqueo injusto y sin derecho. Tiene casi cuarenta años y no les ha servido para nada. El bloqueo de Estados Unidos sobre Cuba es un gran fracaso. Desde hace mucho tiempo. Cuba lo quiere tumbar, pero no hay señales del otro lado. A partir del día en que termine el bloqueo, la situación de los dos países fluirá instantáneamente. De eso sí estoy seguro.


–Dicen que hay dos tipos de escritores: aquellos para los cuales la literatura es una esposa y aquellos para quienes es una amante. ¿En cuál bando se ubicaría usted?


–¿Quién dice eso?


–Me dijeron que lo dijo Carmen Balcells, su editora.


–Se equivoca, Carmen Balcells no es mi editora, es mi agente literario.

El dictador cubano Fidel CastroGabriel García Márquez y su agente literaria Carmen Balcells en La Habana. Tomada de El País.


–Perdón, su agente literario. Pero ¿en cuál bando se ubicaría?


–Las mejores esposas son siempre las grandes amantes. La literatura es mi esposa, mi amante, mi tía, mi hija y mi abuela.


–Si tuviera que contar una historia de amor en este momento, ¿cómo sería?


–Ya la he contado.


–El amor en los tiempos del cólera, por supuesto. Pero si tuviera que contarla en este momento...


–La contaría igual. Sólo que esta vez, en lugar de narrar su vida hasta los setenta años, la narraría hasta los noventa.


–Todo escritor tiene una historia que siempre ha querido escribir y que tal vez nunca escribirá. En su caso, ¿cuál es esa historia?


–Me surgen ideas a cada rato. Pero no tomo notas, porque si tomo notas les presto más atención a las notas que a la historia. Muchas de las ideas se van, otras siguen dándome vueltas. Las que resisten esa prueba son las que escribo. La historia, cuando es buena, se impone por sí misma.


–¿Y cómo ve el amor en este momento?


–Igual que a los quince o dieciocho: como la cosa más maravillosa sobre la Tierra.


–Usted ya no tiene quince ni dieciocho. ¿No ha cambiado el tiempo su ideal del amor?


–No crea que hay tanta diferencia. Como dice un amigo mío, que tiene ochenta años: el índice de mortalidad infantil es muy elevado, mientras las tasas de longevidad crecen día a día. El amor mueve con la misma fuerza a cualquier edad.


–Es cierto. ¿Se enamora usted todavía? ¿Se ha vuelto a enamorar?


–Y qué tal si yo le dijera que eso pertenece a mi vida privada. ¿O usted es un paparazzo?


–¡He estado esperándolo en la misma silla del lobby de este hotel hace ocho horas, y con su autorización!


–¿No será un paparazzo de esos que buscan detrás de la vida de la gente para...? –siguió García Márquez, ignorando al periodista novato, y desenredando el aire con los dedos, como si su mano nadara en una piscina imaginaria.


–No, no soy paparazzo. Soy estudiante y periodista. ¿Qué hace en el momento justo antes de sentarse a escribir?


–He logrado una rutina. Me despierto a las cinco de la mañana. Leo en la cama entre las cinco y las siete. A las siete me levanto, me baño y tomo el desayuno. Después me visto, como un empleado de banco que va a la oficina, y me siento a escribir. Escribo siempre vestido, nunca en pijama. Apenas me siento, reviso lo que hice ayer y continúo escribiendo lo que estaba haciendo. Porque al terminar el día anterior ya sabía por dónde seguir. Es una rutina que cumplo todos los días, no importa dónde esté, pues no sufro de bloqueos ni del terror a la página en blanco. Trabajo siempre hay y muchísimo.


–Entonces, ¿cuál es su mayor problema al escribir?


–El mayor problema es saber cuándo uno se miente a sí mismo. Porque cuando te mientes a ti mismo le mientes al lector, y la mentira es algo que el lector nunca perdona.


–¿Se ha descubierto mintiéndose a sí mismo?


–Todos los días. A veces estoy escribiendo y me detengo y me digo: “Mmm, por aquí no es la vaina. Esto no me suena”. Entonces vuelvo atrás y empiezo de nuevo. Hay que tener cuidado, porque mentirse a uno mismo es lo más peligroso que hay para un escritor.


–¿Sigue preguntándose cada mañana frente al espejo quién es y cuál es su lugar en el mundo?


–Nunca me he preguntado quién soy, porque siempre lo he sabido. Soy el hijo del telegrafista de Aracataca. Por cierto, ¿de dónde sacó eso?


–Lo leí en una crónica de Fernando Quiroz que cuenta las rutinas de Gabriel García Márquez.


–Nunca en mi vida he hecho frente al espejo algo distinto de lo que hacen las demás personas. Lo que pasa es que Fernando tiene mucha imaginación y, por supuesto, derecho a usarla.


–Entre Relato de un náufrago y Noticia de un secuestro hay cuarenta años de distancia. ¿Cómo juzga el veterano escritor Gabriel García Márquez al reportero novato, feliz e indocumentado que recogió el testimonio de aquel sobreviviente?


–No entiendo.


–¿Piensa que el reportero novato que escribió Relato de un náufrago hubiera podido escribir Noticia de un secuestro?


–Sí, pero hubiera necesitado los tres años de dedicación absoluta que me tomó a mí Noticia de un secuestro. Relato de un náufrago se escribió en los mismos catorce días que duró el naufragio. Entrevistaba al náufrago por la mañana y durante el resto del día escribía artículos y editoriales. Tenía una presión bárbara. En Noticia de un secuestro tuve todo el tiempo del mundo para investigar y verificar los datos. Mi amigo Antonio Caballero dice que el libro es un reportaje en todo, excepto en una cosa: la falta de presión del cierre que define al reportaje como género. Si tuviera que escribir hoy Relato de un náufrago, lo escribiría igual. Y creo también que, si aquel joven que lo escribió hubiera tenido tiempo y dinero, habría podido escribir Noticia de un secuestro.


–Pero aquel periodista sin la fama y el prestigio de los que goza usted hoy en día no hubiera podido acceder al poder de la misma forma que usted lo hizo.


–No creas. Los periodistas siempre han tenido el poder de llegar al poder. Es cierto que antes era más fácil que hoy en día hablar con un presidente. Pero claro, muchos de los presidentes con los que tengo que hablar son menores que yo. Y eso sin duda me da una ventaja a la hora de llegar a ellos.


–¿Cuál es la frontera que separa al periodismo de la literatura?


–La realidad es el límite. La literatura es, para usar una expresión de nuestra época, la realidad virtual. Pero hay que ser verosímil en los dos campos. La diferencia es que en el periodismo, además, hay que ser fiel a los hechos.


–Le hago esa pregunta porque hay un texto suyo que aparece en un libro como crónica y en otro como cuento.


–¿Qué texto?


–Se llama “Cuento de horror para la noche vieja” y relata su visita y la de su familia a un castillo de Miguel Otero Silva, ubicado en la Toscana. El castillo estaba habitado por fantasmas. Si mal no recuerdo, usted contaba que había dormido en una habitación de la planta baja pero a la mañana siguiente se despertó con su esposa en el segundo piso y en la misma cama donde el antiguo dueño del castillo había matado a su amante. Ese relato aparece como cuento en Doce cuentos peregrinos y como crónica en Notas de prensa: 1980-1984.


–¡Ah, pero eso no es periodismo! Son notas de prensa... y no sólo esa historia, sino todo el libro está lleno de fantasmas. Además, voy a confesarle algo, todo lo que cuento allí ocurrió en verdad. Es una lástima que Miguel Otero Silva no esté aquí para verificarlo.


–Por cierto, ¿qué está escribiendo actualmente?


–Estoy escribiendo tres historias cortas. Bueno, no tan cortas: de unas 200 páginas cada una. Son historias que quería escribir antes de Noticia de un secuestro. Estaban en la cola, pero sólo ahora he podido entrarles de frente. Pero no se preocupe por escribir esto: no es una primicia. Ya ha sido publicado en todo el mundo y en todos los idiomas.


–¿De qué tratan?


–Son historias de amor entre personas con grandes diferencias de edad.


–¿Una mujer muy joven con un hombre muy viejo?


–Una mujer mayor con un hombre joven.


–¿Podría contar algo más?


–No puedo porque se me empavan.


–¿No es cierto que una de esas historias es el relato de una mujer que todos los años va a una isla a visitar en un cementerio los restos de su madre, y que en esos viajes le es infiel a su marido con un hombre distinto cada vez?


–¡Cómo supo eso!


–Usted mismo lo contó ante una audiencia de estudiantes en la Universidad de Georgetown, en Washington.


–Ah, sí... Pero lo que conté no tiene nada que ver con el resultado final de la historia. En realidad, conté una cosa distinta de la que estoy escribiendo. Esa es una técnica que tengo para probar las historias, que me permite ver las reacciones de la gente: saber qué están pensando, cómo sienten un argumento, si lo que les cuento los hipnotiza.


–¿Escribe doble, entonces?


–Alvaro Mutis, quien siempre lee primero que nadie lo que escribo, a veces me dice, cuando le llevo la versión final de un texto: “Ah, pero tú sí que eres cabrón; esto no fue lo que me contaste”.



–Hay una película que trata de dos amantes que se reúnen una vez al año en una isla, secretamente, para amarse. Los amantes son Jack Lemmon y Shirley Mac Laine, la película se llama El año que viene a la misma hora.


–Los actores son Alan Alda y Ellen Burstyn y no hay ninguna isla. Como ve, conozco la película. Pero en estos tiempos sabemos que no es la originalidad lo importante, sino la manera de contar la historia. Antígona y Prometeo... Cada siglo se vuelven a escribir los grandes mitos de la antigüedad griega porque son historias inmortales.


–Vuelvo a la primera pregunta de este reportaje: a dos años del siglo XXI, ¿cómo ve la situación de América latina?


–Lo único que me interesa es que Latinoamérica vaya adelante y no para atrás. Estamos en busca de la felicidad. Pero por favor no me pongas a hacer teoría política porque hace tiempo que nadie cree en ella, y en estos días nadie sabe qué se debe y qué no se debe hacer. La única certeza es que los latinoamericanos estamos en busca de la sociedad feliz.


–Una pregunta más. ¿A qué se debe que los escritores, pese a todas las debacles, sigan conservando el prestigio y autoridad que los políticos y los otros líderes de la sociedad han perdido?


–Un buen escritor, un buen artista, logra perpetuarse cuando se identifica plenamente con determinada realidad, cuando es un personaje de su lugar y su tiempo...


–“Yo soy yo y mi circunstancia”, como decía Ortega y Gasset...


–Eso lo dice usted, no yo. Usted está interpretando lo que yo digo. Yo no citaría ese ejemplo.


–¿A quién citaría?


–A Dante, Cervantes y Juan Rulfo. Me están esperando arriba desde hace rato –dijo García Márquez mirando el reloj por última vez.


–Una pregunta más.


–Hace una pregunta me dijiste “una pregunta más”, y con ésta son dos. Recuerda: lo más difícil de una entrevista no es saber por dónde empezarla sino dónde terminarla.


–¿Cómo se ve a sí mismo en este momento?


–Más simpático y más guapo que nunca.


Parecía un final jocoso, pero tenía a la vez algo solemne. Los dos personajes se levantaron de sus asientos y se estrecharon las manos en señal de despedida. Eran las 4 y 40 de la tarde: los quince minutos establecidos se habían multiplicado por tres. Un poco confundido, el periodista novato volvió a su asiento para poner las cosas en su sitio, mientras García Márquez permanecía infinitos segundos de pie con las manos en los bolsillos de su saco de cachemira negro, como esperando un ascensor invisible. No se miraban, aunque tampoco se decidían a moverse. Por fin, García Márquez volvió a extender la mano:


–Ahora sí me tengo que ir.


–Nos volveremos a ver.


–Bueno, pero no hoy, ¿verdad?


*Boris Muñoz es periodista e investigador venezolano.


Tomada de Página 12



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Historia secreta de una entrevista


"García Márquez transformó la conversación en una clínica sobre la entrevista reprochándome con severidad paternal no conocer bien las técnicas y la ética del mejor oficio del mundo".

Por:

Boris Muñoz


17 de Abril de 2014


Fui a encontrarme con García Márquez en el hotel Mark de Nueva York, la mañana de un lunes de mediados de otoño. Yo iba con la excusa práctica de buscar una corbata que le había prestado a Jaime Abello y que Gabo ya había calificado como la más fea del mundo, pero mi verdadera intención era entrevistarlo. Tomás Eloy Martínez había sido el otro cómplice en la jugada. En mi mente había visualizado la ocasión en sus más mínimos detalles: un encuentro muy amigable en el que el maestro se entregaba a mis preguntas encadenando anécdotas y frases geniales una tras otra. Todo concluiría con García Márquez dedicándome con dibujos y fórmulas de afecto algunos de sus libros más importantes que yo llevaba en mi morral de estudiante.


Tomás Eloy me había prevenido que iba un poco de mi cuenta, pero nada me había preparado para lo que encontraría. García Márquez estaba renuente a dar la entrevista y tuve que arreglármelas para vencer dos obstáculos muy serios que se atravesaron en mi camino. Primero la negativa inicial que me dio con las más variadas excusas y luego mi propia duda entre si aceptarla e irme derrotado o tomar la situación como un desafío e insistir hasta lograrlo.  Opté por lo segundo, de modo que toda la mañana se convirtió en un forcejeo. Usé todos los trucos posibles desde invocar a los amigos comunes hasta decirle que aquel era un encargo especial de mis editores en el diario El Nacional –a lo que el respondió: “!A los editores mándalos a la mierda!”– y nada parecía funcionar.


Cuando estaba a punto de desistir, él quizás percibiendo el tamaño de mi decepción o tal vez viendo que estaba decidido a lograr mi objetivo, me mandó a decir con el chofer de su enorme limosina blanca que lo esperara porque sí me daría la entrevista. Esa fue la primera parte de la lección magistral de periodismo que recibí aquel día. La segunda parte fue la entrevista misma. Por voluntad propia, García Márquez transformó la conversación en una clínica sobre la entrevista reprochándome con severidad paternal no conocer bien las técnicas y la ética del mejor oficio del mundo. Empezó reprobando el uso del grabador, siguió corrigiendo y editando las preguntas que le formulaba y concluyó ofreciendo una cátedra sobre el estado actual –en 1997– del periodismo latinoamericano y la importancia que en ese contexto tenía la FNPI.


Durante todo nuestro tenso diálogo, sin embargo, sentí que, ya fuera prestándole concentrada atención a sus palabras como lo hice o provocándolo con mis preguntas, fui ganándome su respeto o, al menos, su consideración, hasta que por fin entramos en una conversación franca y sin reticencias. Esto último no se lo debo tanto a él como a un instinto periodístico que se despierta cuando ciertas situaciones nos ponen a caminar por el filo de la navaja. La misión que yo me había autoasignado era entrevistarlo, pero en el trayecto de las siete horas que tuve que montarle guardia para lograrlo entendí que la verdadera misión estaba dispersa en las preguntas que yo quería hacerle, preguntas que de alguna manera reflejaban mis propios intereses.


Y eso fue lo tercero que aprendí durante aquella mañana, una entrevista de personalidad y actualidad como la que yo pretendía hacer siempre debe estar sustentada en la búsqueda del conocimiento original, a través de un cierto grado de confrontación y eso obliga al entrevistador y al entrevistado a ir más allá de sus propios lugares comunes. Me fui del Hotel Mark en un gran estado de nerviosismo y excitación, sin que Gabo me firmara ninguno de sus libros. Pero a cambio me había dado una lección magistral sin que yo la buscara y, tal vez, sin que él se lo propusiera. Incluso al prohibirme grabarlo, me había hecho el favor de obligarme a observarlo todo con detalle y a anotar sus respuestas con la mayor precisión pero prescindiendo de artificios y florituras.


Fue una lección sin grandes prédicas, sino a través del ejemplo y abarcó los campos centrales del oficio: la ética, la técnica y la práctica. Una de las lecciones más importantes e inolvidables que he recibido en mí vida como oficiante de este difícil, pero amado oficio


Tomada del Centro Gabo



Boris Muñoz cuenta cómo fue entrevistar a Gabo en Nueva York
187 visualizaciones  6 dic 2017


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