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domingo, 4 de agosto de 2024

Ida Gramcko, Stella Díaz Varín y Yolanda Westphalen: Tres Poetas silenciadas y convidadas invisibles

 

Poetas latinoamericanas  Ida Gramcko, la chilena Stella Díaz Varín y la peruana Yolanda Westphalen


Las convidadas invisibles, historia de tres poetas silenciadas


La venezolana Ida Gramcko (1924-1994), la chilena Stella Díaz Varín (1926-2006) y la peruana Yolanda Westphalen (1925-2011) ejemplifican el olvido al que se ha sometido la vida, obra y trayectoria de muchas autoras latinoamericanas



MARÍA ALCANTARILLA

19 JUL 2021 - 11:34 VET

Mucho se ha hablado de la necesidad de revisitar aquello que se dio en llamar el boom latinoamericano, que, por una parte, se ha terminado asimilando como un fenómeno incompleto (debido a la llamativa ausencia de representación femenina. Rosario Castellanos, María Luisa Bombal, Nélida Piñón o Clarice Lispector —por citar solo a algunas de las excluidas entonces— dan buena muestra de ello) y que, por otra, ha mostrado sus costuras, más como un fenómeno mercadotécnico (otra forma de “vender” América Latina) que como un movimiento exclusivamente literario. Sin embargo, la historia en ocasiones “imparte justicia” y, hoy en día, narradoras como Samanta Schewblin, Guadalupe Nettel, Margarita García Robayo, Vera Giaconi o Mónica Ojeda no solo están rompiendo con las propuestas estéticas asimiladas como puramente latinoamericanas (hasta ahora en su mayoría masculinas) sino que han abierto una nueva puerta de comunicación con el mundo y, en cierta medida, están llevando a cabo un ejercicio de disolución de las fronteras —físicas y mentales—.


Con todo, en la actual tesitura, aún sigue presente un escalón que parece insalvable: el hecho de que se siga considerando a la poesía un género de segunda. En este sentido no son pocas las poetas nacidas en los años veinte que, como en una línea paralela, hubiesen debido brillar con la misma luminosidad con que lo hicieron, y aún lo hacen, figuras tan conocidas como Eugenio Montejo, Nicanor Parra, Pablo Neruda, César Vallejo, Drummond de Andrade o Lezama Lima. Silenciar de forma deliberada una gran parte del imaginario femenino aumenta nuestra deuda con la historia. Lo dejó dicho Machado cuando nos advertía de que solo existe la desesperanza cuando aparecen los tres símbolos de la nada: el silencio, la muerte y el olvido. La venezolana Ida Gramcko (1924-1994), la chilena Stella Díaz Varín (1926-2006) o la peruana Yolanda Westphalen (1925-2011) ejemplifican el olvido al que se han sometido, no solo sus vidas, sino sus obras y sus trayectorias profesionales.


Elizabeth Shön


Fe en el destino

Vivía escribiendo, encerrada dentro de un cuarto —escribe Elizabeth Shön en su Relato sentimental sobre Ida Gramcko—. Le pregunté qué escribía y me dijo que eran poemas, y que los escribía desde siempre. ¿Cómo que desde siempre, Ida? Su mamá me contó entonces que cuando ella tenía cuatro o tres años y medio, empezaba a llamarla, le decía que corriera para dictarle una cosa, «una cosa que tengo aquí arriba en la cabeza». Eso era un poema”. Además de su sensibilidad precoz, Gramcko fue una de las primeras reporteras de periodismo policial en El Nacional y, en torno a 1948 —encomendada por el presidente Rómulo Gallegos—, ejercerá labores diplomáticas como encargada cultural (en realidad se desempeñó como encargada de negocios. Nota del editor) en la Unión Soviética. Nueve años después sufre un doloroso episodio de psicosis que se alargó más de lo esperable pero del que sigue manando una gran obra. No en vano, su propuesta podría emparentarse con la de Rilke, Santa Teresa de Ávila o William Blake. “No eres lo que se piensa —leemos en Poemas de una psicótica—. Eres lo que se ama. No eres conocimiento sino solo estupor. No eres el perfil sino el asombro. No eres la piedra sino lo inaudito. No eres la razón sino el amor”.

Voluntad de paso

“Quise estudiar en la universidad pero el jefe de la familia, que era mi hermano mayor, dijo que estudiar era una tontería, que la mujer debía estar en casa, casarse, tener hijos y mantener su hogar. […] Fue la primera vez que lloré, me acuerdo, sola, con un llanto que exprimía todo mi ser, porque al instante sentí mi vida completamente fracasada”, contaba Westphalen en 2006 para Gaceta Cultural del Perú. Y no se conformó a pesar de que, para ello, tuvo que pagar ciertos peajes (ser esposa y madre era más una imposición que una cuestión de libre albedrío). Terminó doctorándose en literatura en la Universidad Mayor de San Marcos, en 1976, con la tesis Interpretación y análisis de la novela Pedro Páramo, de Juan Rulfo. La emotividad de lo cotidiano, lo que habitualmente pasa desapercibido y que podría resultarnos incluso baladí a ciertos ojos poco experimentados, funda una obra en sintonía con lo que Chantal Maillard refiere: “¿Qué fue de aquella inocencia en la que la percepción, lo percibido y quien percibe era uno y lo mismo?” Westphalen escribe en Palabra fugitiva: “Desde tu infancia quieta llega a sepultarse / en la brisa / tu primera sonrisa. / Héme aquí sola / entre la niebla que presagia un viento interminable”.

Nihilismo rabioso

Hija de un padre relojero anarquista y de una madre descendiente de una familia francesa de alto abolengo, Stella Díaz Varín “La colorina” es una poeta controvertida que supo desenredarse de etiquetas generacionales para regalarle a su sociedad una voz comprometida con su firma. Y, aunque llegó a Santiago en el 47 para estudiar medicina y especializarse en psiquiatría —propósito que abandonó—, terminó por integrarse activamente en la Alianza de Intelectuales. Sin embargo, al tiempo, ese mismo grupo la expulsó alegando traición. Porque, si algo derramaba Díaz Varín era personalidad y voz propia. Al igual que Gramcko, su relación con la poesía es prematura, con un especial ensalce de la figura de su padre, que falleció cuando ella solo tenía siete años, razón por la cual, más tarde, advertimos su interés por las abandonadas, las viudas, las mujeres que han de desenvolverse en solitario. “De ella, la tentadora de la muerte durante ocho siglos, / la que en sus manos tiene dos trigales y en sus sienes de niña / una rama florecida de lágrimas, / de ella la novio que tendió sus velos por sobre los abismos / de ella la vencedora, la cercana / de esa mujer soy hija”.


“El poeta se aferra a las palabras como a un vientre”, nos dejó escrito Gramcko en Poemas de una psicótica. Pero las tres representan esta idea. ¿De qué otra manera podrían haberse emancipado de su tiempo si no fuese por esa férrea convicción en el oficio que las ha hecho, no solo universales, sino voces perennes en la historia? Desde el olvido de sus obras, desde un canon que, a sabiendas, omite su memoria, estas tres poetas siguen hablándonos en presente.


Tomado de El País




domingo, 21 de julio de 2024

Silver Reed,esa máquina de escribir, color gris plomo, al fondo

 

No es gris plomo ,pero es una Silver Reed



NOTAS DESABROCHADAS


Esa máquina de escribir color gris plomo al fondo


Carlos Yusti domingo 24 de marzo de 2024


A Miriam Yusti, in memoriam


La noticia sobre la entrega de su primera máquina de escribir (una Olivetti Estudio 46 de color azul) que hizo Rafael Cadenas al Instituto Cervantes, me resultó una metáfora de ese particular oficio/trabajo que es escribir.




Hoy la máquina de escribir es un artefacto en desuso con la irrupción de las computadoras personales. Sin embargo, fue un adminículo que forma parte de un capítulo importante de la evolución de la escritura que aún no ha terminado.


Hay muchas historias de los escritores con sus máquinas de escribir. Algunos de ellos desarrollaron determinadas manías antes de comenzar a pasear sus dedos por las teclas, tratando de encontrar la armonía exacta para escribir algún texto importante.

Gabriel García Márquez en las oficinas de Prensa Latina,Bogotá,1959.


Hay un artículo de Gabriel García Márquez, titulado “El amargo encanto de la máquina de escribir”, en el cual relata esa peripecia de escribir a mano y esa de escribir a máquina. El Gabo asegura que esos escritores que escriben a mano son mucho más de lo que uno cree. Ellos defienden esa noción de que las ideas fluyen mejor cuando el lápiz, o la pluma, se desliza sobre el papel. En cambio, esos escritores que lo hacen en vivo y en directo en la máquina de escribir sienten algo de superioridad y no conciben cómo era posible que en alguna época de la humanidad se haya escrito de otro modo.




En el artículo, García Márquez hace un recuento de sus amigos que escriben. Había uno que lo hacía directo en la máquina, pero había párrafos que se resolvían mejor si los escribía a mano. Que Carlos Fuentes escribía sólo con el índice. Que es poco frecuente que los escritores que escriben a máquina lo hagan con todos los dedos. Pero escribe algo preciso: “La verdad es que cada quien escribe como puede, pues lo más difícil de este oficio azaroso no es el manejo de sus instrumentos, sino el acierto con que se ponga una letra después de la otra”.



Ese monstruo del nuevo periodismo como lo fue Hunter S. Thompson, en un paraje solitario y lleno de nieve en Colorado, le disparó a su máquina escribir y después se disparó a sí mismo. Para Thompson sin duda su máquina era otra parte de su cuerpo, otro pedazo de sí mismo y que le permitió dar salida a sus delirios sicodélicos. Thompson con su portátil escribió de esa locura (disfrazada de normalidad inexpresiva) que le rodeaba con sensata brillantez.


 



Paul Auster es uno de sus ensayos rememora cómo un pintor se obsesionó con su máquina de escribir. Una que tuvo que comprar luego que la suya, después de un viaje, quedara inservible. Auster, sin dinero para adquirir una nueva, le contó a un amigo sobre lo de su máquina y éste le vendió una Olympia portátil, fabricada en la extinta Alemania Occidental.

Paul Auster y su máquina de escribir Olympia.


El pintor llegaba a la casa de Auster y se concentraba en la Olympia. Hacía bocetos coloreados, fotos, dibujos a carbón. Iba con frecuencia y si no estaba Auster le pedía permiso a su mujer y volvía a estar a solas con la máquina. Esto en un principio no fue del agrado del escritor, pero logró verlo desde otra perspectiva, o como Auster lo escribe: “Tengo que admitir que todo esto me produce cierto desasosiego. Los cuadros están ejecutados con brillantez, y me siento orgulloso de mi máquina de escribir por haberse constituido en tan valioso tema pictórico, pero al mismo tiempo Messer me ha obligado a ver de otro modo a mi vieja compañera. Aún me encuentro en pleno proceso de adaptación, pero, ahora, siempre que contemplo esos cuadros (tengo dos colgados en la pared del cuarto de estar), me resulta difícil pensar en mi máquina de escribir como en un eso. Sin prisa, pero sin pausa, eso se ha convertido en ella”.

Fernando Savater


Fernando Savater recuerda su primera máquina. Un regalo, o como él lo escribió: “De todos los regalos de mi vida, el que más me ha gustado fue una máquina de escribir portátil (este adjetivo hay que entenderlo en su época, ahora quizá nos pareciese un cachivache demasiado pesado y voluminoso). Me lo trajeron los Reyes cuando yo debía tener unos trece años: era de austero color gris, compacta, con teclas que me parecieron las de un piano mágico. Su marca era bien visible, con plateadas letras cursivas en relieve: Remington.

Remington





También, mi primera máquina portátil (una Silver Reed de color gris plomo) fue un obsequio de mi hermana mayor, Miriam. Estaba terminando el bachillerato y siempre andaba en apuros con los trabajos del liceo que debían ser a máquina. Un día llegó con una caja de cartón, la delicadeza no era el fuerte de mi hermana, pero era solidaria, malhablada y tremendamente gente. Me dijo: “Un regalo”. “¿Qué, una caja?”. “No seas bobo, lo que está adentro”. Saqué la máquina. Era de segunda mano, pero estaba impecable y parecía nueva. “Gracias”, le dije, “pero no sé usarla”. Me dijo con algunas palabrotas: “Ya aprenderás, además no es indispensable que seas mecanógrafo para ser escritor”.


Por algún tiempo esa máquina gris plomo estuvo al fondo del cuarto en un rincón. Hasta que llegó el momento de usarla. Aprendí a escribir con una sola mano y todavía lo hago. Me gustaba el ruido de las teclas golpeando el rodillo. En esa máquina escribí mis primeros textos y mi primer libro. Escribía con furia y la máquina llegó un momento en que colapsó. Sus mecanismos internos saltaron y la guaya que movía el carro se rompió. La puse al fondo del cuarto como amuleto y recordatorio. Luego he tenido otras máquinas y esa primera máquina gris plomo desapareció en esos torbellinos de limpieza doméstica sin darme por enterado.





En la película de David Cronenberg El almuerzo desnudo, basada en la novela homónima de William Burroughs, hay unas máquinas de escribir bastante alucinantes. La cinta de Cronenberg toma de la novela de Burroughs (y de otros de sus libros) la atmósfera de alucinaciones, aportadas por esos viajes con drogas duras, y esto la aleja bastante de la novela de Burroughs, lo que la convierte en una obra autónoma.

Naked Lunch [1991] Original Trailer 4K Restored



Cronenberg hace una biopic velada de Burroughs, a tal punto que el personaje principal es un duplicado del escritor hasta en el vestir (traje, sombrero y corbata). La trama no puede ser más caricaturesca. William Lee (Peter Weller, encarnando al propio Burroughs) es un exterminador de insectos que trata de alejarse de las drogas y de su vida algo turbia. Ahora es escritor. En este entretanto descubre que su esposa (Judy Davis) se ha vuelto adicta a la sustancia (un polvo amarillento) con que su marido extermina a las cucarachas. Una noche de tragos, en medio de un juego a lo Guillermo Tell, el exterminador mata accidentalmente a su esposa de un disparo. Debido a ello William Lee debe escapar a la Interzona, una versión de pesadilla retocada de Tánger (lugar donde el propio Burroughs escribió la novela en la que se basa esta película). Antes de escapar a la Interzona cambia la pistola por una máquina de escribir Clark Nova, ficticia claro. Esa Clark Nova se trasmuta en un insecto que habla a través de su cavidad anal y donde un escritor amanerado (Ian Holm) y su esposa (también Judy Davis) son peones de un entramado de espionaje retorcido entre los seres humanos y una raza de ciempiés gigantes. Las máquinas de escribir dejan de ser objetos inanimados y en un giro kafkiano se tornan en seres zoomorfos parlantes, especie de escarabajos, cuya cabeza está conformada por las teclas y debajo de sus alas se esconde su cavidad anal, por donde habla. Cronenberg debió aferrarse a lo dicho por Burroughs en una entrevista: “Mi teoría fundamental es que la palabra escrita fue literalmente un virus extraterrestre que hizo posible la palabra hablada. La palabra no ha sido reconocida como un virus porque alcanzó un estado de simbiosis estable con el huésped…”.

Clarice Lipector frente a su máquina de escribir. ¡Mentira! es la modelo y escritora Alice Denham'playmate' de Playboy en 1956

No siempre la relación del escritor con su máquina de escribir ha sido tan extraña como en la película de Cronenberg. Algunos escritores hablaban de su extenuación al pasar horas frente al teclado; otros tuvieron que pagar exceso de equipaje al llevar su portátil. Además, por el excesivo y rudo uso las máquinas se deterioraban. La escritora Clarice Lispector en una de sus crónicas, titulada “¿Hasta la máquina?”, escribe: “Mandé a reparar mi máquina de escribir. Insertado alrededor del rodillo (o como quiera que se llame lo que ustedes saben) todavía estaba el papel donde el reparador de máquinas había intentado escribir para ver si ya no tenía defectos. En el papel estaba escrito: s d f g ç l k j a e v que Dios sea loado p oy 3 c”.


 

Miyó Vestrini


Se editó un libro póstumo de poemas inéditos de Miyó Vestrini con el sugerente título Es una buena máquina. Dicho título surgió debido a que entre sus papeles había un folio escrito a máquina:


kkksskkskskkskkskkk oosoosoo


magali ruz si —fafafannnn


su es


sí es una buena máquina


 

Es una buena máquina


Ahora que mi hermana Miriam no está, el recuerdo de esa máquina de escribir, color gris plomo, al fondo de mi cuarto, me hace escribir todo esto. Miriam leía a veces mis textos y aunque no los entendía mucho estaba orgullosa de su hermano que escribía libros. Su regalo me permitió trabajar con las palabras, organizarlas de tal manera hasta conseguir arrancarles alguna chispa de belleza. Esa máquina de escribir color gris plomo fue nuestro nexo afectivo secreto, la complicidad a toda prueba; esa complicidad filial que se escribe con esa estridente música de las teclas golpeando el rodillo.



Silver-Reed Silverette ultraportable typewriter demo




Tomado de Letralia



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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.



Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordinó la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal. Actualmente es coeditor de la revista digital Cárcava


sábado, 7 de abril de 2018

El "Boom latinoamericano" fue un club donde no se aceptaban señoras.


Clarice Lispector



“Los hombres presumen de no tener interés por lo que escriben las mujeres para no tener que declarar públicamente su talento. Prefieren decir que no las han leído»

Nélida Piñón (escritora brasileña).


Leer la historia de la literatura, tal como ocurre con todas las disciplinas del arte, por mencionar solo a la creación, ilustra de manera patente la discriminación sufrida por las mujeres en cuanto autoras. Nada nuevo digo con esto, pero tengo un artículo escrito por la periodista catalana Núria Marrón que llama la atención sobre el movimiento conocido como “Boom latinoamericano”.

Núria Marrón

Todos hemos disfrutado, leído y admirado las brillantes novelas y cuentos de esos autores que nos reivindicaron y exaltaron nuestra realidad. Sin embargo, no es bastante extraño que no haya escritoras mujeres en ese grupo? 

Portada de Historia Personal del Boom de José Donoso. En la edición de los ochenta realizada por la editorial Andrés Bello incluyen como anéxo el texto de María Pilar Donoso titulado "El  Boom doméstico".


Por la sola ley de probabilidad y lógica sabemos que debió haber más de una. ¿Qué pasó entonces con esos nombres? 

¿Donde quedaron guardados (escondidos) esos libros? 

Este artículo analiza las brutales circunstancias de ocho escritoras de esa época, todas de éxito, con varias ediciones, con premios, con buenas críticas pero inmersas en un verdadero infierno vital producto de contradicciones sociales que literalmente las execraron de todo merecimiento. Alguna era madre de varios hijos, la otra era la esposa de un escritor famoso y egocéntrico y así todas siguen un patrón imposible de componer a beneficio de la creadora.

Portada del libro "Los de entonces" de María Pilar Donoso


Con ingenuidad me pregunto cómo pudo ocurrir esto cuando ese movimiento y esos autores del boom eran todos de avanzada, la vanguardia del pensamiento al rescate de los desvalidos. No sé, hay algo que no termino de comprender. 

Tal vez la respuesta esté entre las líneas que escribe Nuria Marrón.

Graciela Bonnet

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Las mujeres en el 'boom' latinoamericano: o invisibles o asistentas

50 AÑOS DE LA PUBLICACIÓN DE '100 AÑOS DE SOLEDAD'


NÚRIA MARRÓN

Domingo, 30/04/2017 | 


Clarice Lispector



El 'boom' tuvo sus hitos incontestables, pero también mandó a las tinieblas a autores poco interesados en escribir la gran novela latinoamericana y a mujeres a menudo asfixiadas por el machismo y el canon literario de la época. «Cuando veo 'Mad Men', identifico a Don Draper con la imagen del escritor del 'boom', exitoso, convincente, trajeado y encorbatado, fumando y bebiendo whisky, hablando de negocios, arte o política, mientras a su alrededor orbitan mujeres vulnerables», disparó el escritor Iván Thays, que definió el movimiento como un club que no admitía señoras. En restitución, aquí van unos cuantos nombres que están siendo rescatados del ninguneo o la chanza despiadada que recibieron en vida.

De izquierda a derecha, Nélida Piñon, Clarice Lispector y Marly de Oliveira


CLARICE LISPECTOR: «El odio era un vómito que los libraba del vómito mayor: el vómito del alma»

Clarice Lispector, hija de refugiados ucranianos judíos que llegó a Brasil con apenas dos meses de vida, sacaba tiempo de donde podía para escribir. Su hijo Paulo, fruto de su matrimonio con el diplomático Maury Gurgel, suele recordarla con la máquina de escribir sobre el regazo, tecleando absorta en medio del salón, mientras a su alrededor los niños correteaban, el teléfono sonaba y la asistenta pasaba la aspiradora. Se hacía difícil determinar si, en el centro del torbellino doméstico, Lispector -que no sabía freír un huevo y los quehaceres cotidianos le importaban un pito- perfilaba una de sus columnas en las que, con pseudónimo y para ganarse la vida, prescribía recetas y consejos de moda o belleza, o bien se encontraba resbalando por una de esas pendientes introspectivas, conflictivas e inquientantes en las que iba en busca de la «palabra-cebo» que, como ella misma decía, le permitía «captar la entrelínea, algo que está más allá del lenguaje».


Hélène Cixious



La escritora (1920-1977), que con 9 años perdió a su madre a causa de una sífilis que había contraído cuando unos soldados rusos la violaron en grupo, falleció de cáncer de ovarios a los 57 años. «¡Se muere mi personaje!», gritó a la enfermera. Quizá pocas personas fueran tan conscientes como ella de la obra abisal, desconcertante y experimental que dejaba tras de sí («sé un montón de cosas que nunca he visto», decía) y que en los últimos años ha dejado, por fin, los márgenes rumbo a la catedral del canon literario del siglo XX. Una de las primeras en vindicarla, la filósofa francesa Hélène Cixious, definía así sus laberintos y océanos interiores: «Si Kafka fuera una mujer; si Rilke fuera una escritora brasileña judía nacida en Ucrania; si Rimbaud hubiera sido madre y hubiera llegado a cumplir 50 años; si Heidegger hubiera sido capaz de dejar de ser alemán... En este ambiente escribe Lispector».





ELENA GARRO: «Si los intelectuales son revolucionarios, yo soy antirrevolucionaria»


Podría decirse que la vida de Elena Garro es una madeja imposible de desenredar, un mensaje encriptado autodestructivo e irresoluble. La madre maldita del realismo mágico -ella siempre renegó de la etiqueta por «mercantilista»- y uno de los pulsos más brillantes y feroces de Latinoamérica asiste últimamente -y desde la tumba- a una exhumación literaria que intenta mirar, por fin, más allá de sus problemas mentales y de su insano matrimonio con Octavio Paz, del que llegó a decir: «Yo vivo contra él y escribo contra él (...). Todo, todo, todo lo que soy es contra él».

De verbo aniquilador -«es tan grande el poder de su veneno que se han intoxicado hasta los bañistas del mar de Mármara», dijo de ella Carlos Fuentes una vez que le dijeron que se hallaba en Cannes-, se enfrentó a los intelectuales de izquierdas por, según ella, desdeñar la causa indigenista («si ellos son revolucionarios, yo soy antirrevolucionaria»), al mismo tiempo que, tras la matanza de Tlatelolco de 1968, se prestó a colaborar con la policía secreta, como consta incluso en informes de la CIA. 

La escritora es una madeja imposible de desenredar, un mensaje autodestructivo y encriptado

Tras el siniestro episodio, huyó de México y parece que de sí misma, y se afincó junto a su hija Helena en Europa. En el papel que les tocó jugar, el poeta, cuya egolatría podía resultar asfixiante, pasaba por ser el intelectual respetado. Ella, el peligroso abismo. «Octavio buscó siempre el ascenso, yo no he hecho más que meter la pata», dijo años después sobre una errática trayectoria marcada por sus delirios persecutorios y por el irrespirable machismo de la época. "En México -dijo en una ocasión-, por el simple hecho de ser mujer, todo queda invalidado, todos se confabulan para ver cómo te dañan".


Elena Poniatowska. Fotografía de los años 50.

De vuelta a México en 1993, la mujer que según Elena Poniatowska «amaba y odiaba en la misma respiración» y era «mágica y adictiva, pero vivía contra sí misma», acabó sus días malviviendo en una pocilga de Cuernavaca junto a su hija, su perra Enriqueta y 37 gatos. Sin un duro pero envuelta en un abrigo de piel de pantera, pedía dinero a todo el que se acercaba y, aquejada de un enfisema pulmonar, mataba el hambre, y su vida, a base de Coca-cola, cigarrillos y café. Con este historión y una obra incontestable, ¿adivinan cómo promocionó la editorial Drácena la última reedición de 'Reencuentro de personajes'? «Mujer de Octavio Paz, amante de Bioy Casares, inspiradora de García Márquez y admirada por Borges».




ROSARIO CASTELLANOS: «El trabajo no me ha herido como el amor y la convivencia»

El legado de la mexicana Rosario Castellanos (1925-1974) llega hasta hoy con una dualidad estremecedora. En sus ensayos, novelas y artículos periodísticos, pulsó con lucidez desde el desencaje de las mujeres en un mundo de hombres hasta la «espantosa» opresión en Chiapas, empresa que le costó, por cierto, ser tachada de «provinciana y caserita». Incluso en su doliente poesía, apuntaba Elena Poniatowska, «hacía abstracción, trazaba signos; al descifrarse, descifraba el mundo». Pero, ay, sus cartas. Su correspondencia es el reverso doloroso de un intelecto bien armado, una carta de amor desesperado que se alarga 17 años, los mismos que duró su convivencia con el profesor Ricardo Guerra.

Así, sus escritos dan cuenta de una infancia desdichada, de abortos, de la muerte de una niña recién nacida, de la crianza de su hijo, de la vara feroz con la que se psicoanalizaba, de sus intentos de suicidio, y de un amor tóxico y no correspondido al que ella, lectora de Simone de Beauvoir, respondía flagelándose y tirando de buena cara y tranquilizantes. Poco a poco, sin embargo, se fue recomponiendo. Y tras años convirtiendo «sus celos patibularios en un refinado instrumento de tortura», sigue Poniatowska, logró echar la culpa y las dependencias por el desagüe y, en 1971, firmó el divorció. Tres años más tarde, siendo embajadora en Israel, murió electrocutada al contestar el teléfono tras salir de la ducha. Un despiadado final para alguien que «siempre fue ninguneada en los medios culturales por gente harto inferior a ella», apuntilla el cronista mexicano José Joaquín Blanco.





MARÍA LUISA BOMBAL: «La muerte es una aventura que me parece más accesible que la huida»

«Juan Rulfo no existiría sin María Luisa Bombal», afirmaba días atrás la escritora Núria Amat, en alusión a la novela 'La amortajada', escrita 16 años antes que 'Pedro Páramo' y sobre una mujer fuerte y de vida azarosa que, de cuerpo presente, ajusta cuentas con quienes la están velando. Sin embargo, mientras Rulfo se fue convirtiendo en el mítico padre del 'boom', la figura de Bombal (1910-1980), formada en la Sorbona, quedó eclipsada por el morbo que provocaba una vida que transitó entre Sudamérica, Europa y EEUU, y que estuvo cuajada de alcoholismo, intentos de suicidio y relaciones tormentosas en las que no faltó un tiro en el brazo al que fue su primer y gran amante. Teniendo en cuenta el historial de sus colegas de artículo, imaginarán que murió consumida y sola, en la habitación colectiva de un hospital de Santiago de Chile. Sin embargo, a los 17 años de su muerte, se publicaron sus obras completas y los estudios de género se han empleado en excavar su figura.




NÉLIDA PIÑÓN: «La familia es lo único que mata»

La escritora brasileña (1937), la más laureada del grupo y con un hatillo a rebosar de premios, destapaba así el frasco de los rencores en una entrevista con Elena Hevia. «Los hombres presumen de no tener interés por lo que escriben las mujeres para no tener que declarar públicamente su talento. Prefieren decir que no las han leído», aseguraba con sorna esta autora que, a diferencia de otras colegas de vidas más erráticas, sí ha invertido ambición y tiempo en ir a por la gran novela latinoamericana. «Sigue habiendo unos prejuicios impresionantes. En mi caso, circuló que yo tenía un cierto talento y eso fue considerado peligroso para algunos».

MERCEDES BARCHA, PATRICIA LLOSA Y MARÍA PILAR SERRANO


ESPOSAS Y SECRETARIAS: MERCEDES BARCHA, PATRICIA LLOSA Y MARÍA PILAR SERRANO

Vladimir Nabokov presumía de no saber ni escribir a máquina. ¿Para qué iba a restar tiempo a la construcción de su catedral literaria si Vera, su mujer, ya se encargaba incluso de abrirle y cerrarle el paraguas? Sin llegar a esa exquisita y privilegiada inutilidad, sí parece que uno de los papeles que el gran estallido latinoamericano reservó a las mujeres fue el de erigirse en el dique que separaba el proceso creativo de la tromba cotidiana, a tenor de lo que contó la propia María Pilar Serrano, esposa de José Donoso, en una acerada crónica que tituló 'El boom doméstico'.

Vera y Vladimir Nabokov



"ELLA DEFIENDE MI TIEMPO"

En sus tiempos en Barcelona, Mario Vargas Llosa, regular y metódico, escribía cada día de ocho a una del mediodía. Luego almorzaba y se echaba un rato a dormir la siesta. De tres a cuatro despachaba la correspondencia y después comentaba 'Le Monde' con su entonces íntimo Gabriel García Márquez en algún café cercano (vivían en Sarrià a una manzana de distancia). Más tarde, quedaba con amigos hasta una hora prudente que le permitiera tener «un rato con los niños» y madrugar de nuevo al día siguiente.


Fidel Castro, Gabo y Carmen Balcells, en La Habana, 1980. suponemos que el Gabo si toleraba mucho el intelecto de Fidel. Imagen tomada de El Español

Para que eso pasara, Patricia Llosa debía estar las 24 horas de servicio. ¿Recuerdan lo que dijo de ella al recibir el Nobel? «Resuelve los problemas, administra la economía, pone en orden el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos: defiende mi tiempo», explicó el hoy novio de Isabel Preysler, quien también depositaba sobre los hombros de su esposa «las manías, los nervios y las rabietas». Al fin y al cabo, parecía decir el escritor, pocas cosas puede haber más imperiosas y elevadas que su trabajo literario.

Vargas Llosa afirmaba que "el único intelecto femenino" que respetaba era el de Aurora Bernárdez.


Vargas Llosa con Patricia Llosa, Donoso y su esposa Pilar Serrano, Mercedes Barcha, mujer de Gabo. Imagen tomada de El Español

LA PERFECCIÓN DE 'LA GABA'

En su coronación en Estocolmo, García Márquez no habló de su esposa, Mercedes Barcha, pero sí solía hacerlo Carmen Balcells, la superagente literaria del 'boom'. «Se puede decir cualquier cosa de 'la Gaba', siempre que se parta de la base de que es perfecta». En efecto, cumplía a la perfección con todas las tareas de lugartenencia e incluso, que se sepa, no puso un pero el día que su marido, roído por la novela que tenía en la cabeza –'Cien años de soledad'– paró el coche en medio de la carretera a Acapulco y dijo: «Ya está, ya tengo el libro. Vendemos el coche, nos morimos de hambre, pero lo escribo». «Una vez que yo quería empeñar un clip de platino con brillantes –explica María Pilar Serrano–, Gabo me dijo: ‘Que te acompañe Mercedes, ella está acostumbrada a hacer estas cosas y las hace bien’».


José Donoso y su hija Pilar mucho antes de las tragedias.

García Márquez aseguraba "detestar" a las mujeres intelectuales, según explica María Pilar Serrano.

La mujer, según Serrano, era «la gran compañera y la amiga, la que compone todo lo que Gabo descompone». Y, como Patricia y ella misma, tampoco solía participar en aquellas tertulias y discusiones que «terminaban siempre en Flaubert». En el 'boom' más íntimo, aun capitaneado por la implacable Balcells, las mujeres no acostumbraban a ser consideradas colegas ni interlocutoras válidas. «El reparto de roles era muy definido, sobre todo en el caso de los García Márquez y los Vargas Llosa –escribió Serrano–. Un día, Gabo declaró, al volver de una larga entrevista con una profesora norteamericana, que detestaba a las mujeres intelectuales». Otra vez, Vargas Llosa –que medio en broma medio en serio acusó a María Pilar de «arruinar» su matrimonio por «instigar» a su esposa a aprender italiano– aseguró ante ella y Patricia y "sin arrugarse" que el único intelecto femenino que «respetaba» era el de la escritora Aurora Bernárdez, exmujer de Julio Cortázar.


Aurora Bernárdez

UNA CORTINA TERRORÍFICA

María Pilar descorrió algunos visillos del boom, pero no los más míseros de su propia casa. A ello se puso su hija, Pilar, que en Correr el tupido velo (2009) destapó un hogar carcomido por las penurias económicas, el alcoholismo materno, y las paranoias y las agresiones machistas del escritor, un ser roído por su velada homosexualidad y el terror a no estar a la altura de su ego. Desgraciadamente, a los dos años de publicar el libro, Pilar se suicidó. De la aciaga familia, Vargas Llosa escribió: «No debió de ser nada fácil vivir junto a alguien para quien su trabajo literario era lo único que importaba, un objetivo a lo que todo lo demás, empezando por la mujer y la hija, debía subordinarse y, si era preciso, ser sacrificado». En efecto, descorrer algunas cortinas puede resultar terrorífico. 




Tomado de El periódico







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Graciela Bonnet


 Nació en Córdoba, Argentina, en 1958. Es Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela (1984). Ha trabajado 25 años como correctora de pruebas y supervisora de ediciones por contrato para todas las editoriales venezolanas, entre ellas Monte Avila, Planeta, Biblioteca Ayacucho, ediciones de la Casa de la Poesía, Pomaire, Eclepsidra, Santillana, Editorial Pequeña Venecia, La Liebre Libre. Experiencia de tres años como redactora free lance para una editorial de libros de autoayuda. Escritora fantasma (sin firma) realizó investigaciones para crear libros, novelas, tesis y monografías. Es dibujante amateur. En 1997 el grupo editorial Eclepsidra publicó su poemario "En Caso de que Todo Falle." En 2013 editorial Lector Cómplice editó "Libretas Doradas, Lápices de Carbón" En el año 2000 participó del encuentro de Mujeres Poetas en Cereté, Colombia.



 Y su blog es: Graciela Bonnet Vertiente Recíproca