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martes, 9 de mayo de 2023

Los libros únicos de Roberto Calasso

 

Imagen tomada de Revista Santiago.




NOTAS DESABROCHADAS


La impronta de Roberto Calasso


Carlos Yusti. viernes 13 de agosto de 2021



“En definitiva: libro único es aquel en el que rápidamente se reconoce que al autor le ha pasado algo y ese algo ha terminado por depositarse en un escrito”.

Roberto Calasso




Es conocida esa leyenda de que Alejandro Magno dormía con una caja, una daga y una copia de la Ilíada. Plinio el Viejo, en su Historia natural, relata que, entre el botín tomado a Darío, Alejandro cogió una caja en la que se guardaban perfumes, perlas y piedras preciosas para guardar el libro de Homero. Martin Puchner escribe que estos tres objetos tenían un significado especial para el guerrero. La daga le serviría para escapar al destino de su padre, que fue asesinado. La caja se la había arrebatado como trofeo a Darío, su adversario persa, y la Ilíada era el relato que le servía de espejo para contemplar su vida de guerrero a la par de Aquiles y la campaña militar en Asia.


Para algunos lectores los libros que determinados autores escriben se convierten en objetos indispensables; libros que acompañan a sus dueños en las duras jornadas de la realidad cotidiana, especie de amuletos que contrarrestan (o hacen más llevaderas) todas las adversidades. Roberto Calasso, que fue editor y escritor, tuvo clara la función del libro como objeto de fascinación y de la escritura como pulsación de la belleza creada por las palabras ordenadas con pasión inteligente y humanista.



Como escritor supo devolverle lozanía a la literatura clásica y traspapeló esos grandes mitos griegos con el mundo cultural contemporáneo, logrando que se acoplaran como engranajes (sin hacer ruido) en un sutil y docto mecanismo literario. Entre sus libros hay que mencionar La ruina de Kasch (1983), La boda de Cadmo y Harmonia (1988), El rosa Tiepolo (2006), La locura que viene de las ninfas (2008), El ardor (2010), El cazador celeste (2016) o La actualidad innombrable (2017).


Su trabajo como editor en Adelphi Edizioni (adelphi es una palabra griega, ?de?f??, que significa hermanos, asociados, y que de algún modo condensaba el fin común entre los participantes que fundaron la editorial) estuvo sujeto a su gusto heterogéneo y heterodoxo como lector. Además su precisa intuición para editar autores y títulos poco comunes permitió el reencuentro de una literatura dejada al margen, especie de obras literarias ubicadas en la periferia de perdedoras por no ser rentables para el mercado editorial. La visión editorial de Calasso, abierta y a contracorriente, permitió que libros que en su momento pasaron inadvertidos se tornaran piezas literarias extravagantes, despertando el interés en los lectores y así se convirtieran en éxitos de venta.



Calasso, en su libro L’impronta dell’editore (La marca del editor, en su edición en español), número 642 en la Piccola Biblioteca Adelphi, ofrece muchas pistas sobre el trabajo de editor. Calasso escribe: “Si se le pregunta a alguien: ¿qué es una editorial? La respuesta habitual, y también la más razonable, es la siguiente: se trata de una rama secundaria de la industria en la cual se busca hacer dinero publicando libros. ¿Y qué debería ser una buena editorial? Una buena editorial sería —si se me concede la tautología— la que supuestamente publica, dentro de lo posible, sólo buenos libros. O sea, para usar una definición rápida, libros de los que el editor tiende a estar orgulloso y no a avergonzarse. Desde este punto de vista, tal editorial difícilmente podría revelarse de especial interés en términos económicos. Publicar buenos libros nunca enriqueció enormemente a nadie. O, por lo menos, no en una medida comparable a lo que puede suceder si se abastece al mercado del agua mineral, de los ordenadores o de las bolsas de plástico”.


Tuvo como ejemplo de gran editor a un impresor del siglo XVI llamado Aldo Manuzio que inició de algún modo la edición de los clásicos griegos en su idioma original, y que después fue el primero en “imaginar una editorial en términos de forma”, o como lo escribe Calasso: “Y aquí la palabra ‘forma’ se debe entender de muchas y diferentes maneras. En primer lugar, la forma es decisiva en la elección y en la secuencia de los títulos que hay que publicar. Pero la forma tiene que ver también con los textos que acompañan a los libros, además de la manera en que el libro se presenta como objeto. Por eso incluye la portada, el diseño, la compaginación, los caracteres, el papel”.



También Manuzio solía escribir en forma de cartas (o epistulae) cortos textos introductorios sobre los libros salidos de su imprenta, y que para Calasso “son los precursores no sólo de todas las introducciones modernas, prefacios y epílogos, sino también de todos los textos de cubiertas, de presentación a los libreros y de la publicidad actuales”. Sin duda con esta idea, y en homenaje a Manuzio, recopiló cien solapas escritas para los libros de Adelphi, de las más de mil contracubiertas que escribió, en un libro titulado Cien cartas a un desconocido.


Además Calasso admiraba en Manuzio sus riesgos como editor al publicar Hypnerotomachia Poliphili. Una novela cuyo título sería “Batalla de amor en sueños”. Calasso escribe: “Y, además de ser de autor desconocido (y hasta hoy enigmático), estaba escrito en un tipo de lenguaje imaginario, una especie de Finnegans Wake compuesto sólo de mezcolanzas e hibridaciones de palabras italianas, latinas y griegas (mientras el hebreo y el árabe se comparaban en las xilografías). Una operación más bien arriesgada, se diría. Pero ¿qué aspecto tenía el libro? Era un volumen en folio, ilustrado con magníficos grabados que constituían una perfecta contraparte visual del texto. Lo que es aún más arriesgado”. Riesgos que él también tomaría como editor.



Explica Calasso que Manuzio en 1502 publicaría una edición de Sófocles en un formato que el impresor denominó como parva forma, “pequeña forma”. Calasso escribe: “Si alguien fuera tan afortunado de tenerlo en sus manos enseguida comprobaría que fue el primer libro de bolsillo de la historia, el primer paperback. Literalmente, el primer libro que se podía meter en un bolsillo. Inventando un libro de tal formato Manuzio transformó los gestos que acompañan a la lectura. Así, el acto mismo de leer cambió de manera radical”.



Para Calasso, lo realizado por Manuzio, que era una especie de juego, es lo que todo buen editor debería imitar, y por eso acota: “…se podría definir la edición como un género literario híbrido, multimediático (…). La edición, como juego que es, sigue siendo fundamentalmente ese mismo viejo juego que Aldo Manuzio practicaba. Y un nuevo autor que se nos acerca con un libro abstruso es para nosotros muy parecido al aún elusivo autor de la novela titulada Hypnerotomachia Poliphili. Mientras dure este juego, estoy seguro de que siempre habrá alguien dispuesto a jugarlo con pasión”.


Otro libro en el cual Calasso demuestra su destreza como ensayista es La locura que viene de las ninfas y otros ensayos. Libro que el propio Calasso estructuró para la editorial Sexto Piso, conformado por cinco ensayos que se interconectan, de manera imperceptible, por ese hilo de telaraña confeccionado con la profusa lectura que enlaza muchos textos y libros.


El ensayo que abre el libro, titulado “La locura que viene de las ninfas”, se vale del poema homérico dedicado a la deidad mitológica griega de Apolo. Calasso explora la locura no como patología, sino desde la idea griega que la tenía como una forma especial de conocimiento. Calasso narra con soltura esa fuerza atrayente de la ninfas hacia los hombres que los conduce a perder la razón. Este ensayo es un abreboca para el siguiente texto, titulado “El síndrome Lolita”. La novela de Vladimir Nabokov es vista desde un prisma distinto o, mejor, desde esa paradoja de la ninfa, o como lo escribe su autor: “La paradoja de la Ninfa es esta: poseerla significa ser poseídos”. El siguiente texto es un puente entre los otros textos del libro: “El plató de la mente”. En este texto Calasso trata de acercar al lector a una película que él considera perfecta: La ventana indiscreta, de Alfred Hitchcock. Los otros dos textos del volumen tienen que ver con los libros: “Confesiones bibliográficas” y “La edición como género literario”. Este último texto se encuentra en el libro La marca del editor. La locura y el arrebato siguen presentes (y como entre líneas) en ambos textos. En el primer texto Calasso hace un recorrido personal por el libro Masa y poder, de Elias Canetti, y le causó sorpresa, al igual que a muchos lectores, el caudal bibliográfico tan variopinto utilizado por el escritor. Canetti escribe sobre un libro en particular que le interesa a Calasso y éste cuenta que trabajaba en la edición italiana de Memorias de un enfermo de nervios, de Daniel Paul Schreber, y para tal fin preparó un texto que buscaba reconstruir las lecturas distantes que recibió el libro por parte de otros autores. Canetti estaba en la lista de Calasso, y Canetti le escribe una larga carta contando su peripecia con el libro. Luego Calasso escribiría su primera novela, El loco impuro, cuyo personaje es Schreber y su diario en un tenue juego de hipertextualidad.



Otro libro imprescindible de Calasso es El rosa Tiepolo, en el cual dirige su mirada hacia el pintor del siglo XVIII Giambattista Tiepolo, quien en su tiempo era un artista por encargo, pero aparte de esta obra visible, sujeta a los antojos pictóricos de los contratantes, estaba otra más personal, sombría y poco valorada, consistente en treinta y tres grabados divididos en dos series: los Scherzi y los Caprichos. Esto despertó la curiosidad de Calasso, y para entender esta obra un tanto oscura, poblada de magos, efebos, serpientes y un infrecuente zoológico de figuras escapadas de un imaginario algo enmarañado, realiza una travesía a través del Tiepolo menos publicitado. Dos cosas parecen reprocharle sus contemporáneos: en primer lugar que era un pintor feliz, que pintaba sin complicarse mucho, y la otra que era una especie de pintor superficial, sin un pensamiento elaborado que exhibir y con poca vida interior. Calasso escribe: Tiepolo no renunciaba nunca al aire de quien ‘trabaja sin esfuerzo y casi sin pensarlo’, ni siquiera cuando los significados se agolpaban en sus imágenes con una furia insolente. Así consiguió hacernos creer que en él no había pensamiento. Era una manera de defender ese pensamiento de los intrusos”.


Calasso realiza a través de Tiepolo un viaje cultural y erudito para despojar al pintor de una serie de malentendidos. Un comentario de Marcel Proust le servirá como título: “Para Marcel, Tiepolo fue ante todo la bata de Odette. A sus ojos de joven y empecinado adorador, ninguna de las toilettes con las que Madame Swann aparecía en sociedad era ni de lejos comparable con la ‘maravillosa bata de crêpe de Chine o de seda, rosa antiguo, cereza, rosa Tiepolo, blanca, malva verde, roja, amarilla, lisa o con dibujos, con la que Madame Swann había desayunado y que estaba a punto de quitarse’. Como fiel adorador, Marcel deploraba que no saliese vestida de ese modo, y recordaba que entonces Odette ‘reía, para jugar a la indiferencia o por el placer del cumplido’. Acaso entre Odette y Marcel no se repetiría nunca un momento de tal intimidad, protegido por el color que se desprendía de la gama de la bata: el ‘rosa Tiepolo’”.


Calasso descubre un pintor no desde la crítica pictórica, ni desde la idea prefabricada de las guías turísticas, sino desde una visión cultural amplia. Para Calasso los grabados de Tiepolo son un libro que puede leerse y en el que hay una trama suculenta que se dispara en varias direcciones. Él se detiene en cada grabado tratando de penetrar en una historia velada, pero rica en significados. Para cerrar este bello y original libro utiliza como metáfora de sencilla desnudez el cuadro Reposo en la fuga de Egipto. Calasso escribe: “Allí casi subsiste solamente el paisaje: la roca resplandeciente, el pino, los pájaros, el río vítreo. María, José, el niño y el burro apenas se ven, en un ángulo. Son comparsas anónimos, absorbidos por el paisaje. La visión debe aún sobrevenir. Hay una estasis intacta —y la mudez maravillosa del mundo”.


Reposo en la fuga de Egipto. Imagen tomada de Reproarte.

Roberto Calasso supo escribir libros únicos como nadie y por eso no fue en exclusiva un excelente editor, sino un escritor agudo, penetrante y al mismo tiempo transparente. Sus libros, tanto los publicados como los escritos, son su contribución a ese gran libro de la memoria de lo humano por encima de todas las vilezas.


Tomado de Letralia.



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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.

Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordina la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal



domingo, 22 de enero de 2023

Roberto Calasso: ¿Con qué criterios se puede juzgar la grandeza de un editor?

 

Roberto Calasso. Imagen tomada de función Lenguaje.




La edición como género literario

Roberto Calasso

 

Resulta fácil saber en qué consiste una mala editorial. Las hay por decenas y todas se parecen mucho en la mezcla de mercantilismo y miopía. En cambio, no existe una fórmula cierta para hacer una buena. El autor de este ensayo, sin embargo, puede hablar del tema con conocimiento de causa, pues la suya ha sido durante años una de las mejores editoriales en lengua italiana.

 

Traductor

Teresa Ramírez Vadillo

 

N° 65


Septiembre - Octubre de 2005


Quisiera hablarles de algo que generalmente se da por entendido, pero luego no se revela como obvio en absoluto: el arte de publicar libros. Y primero quisiera detenerme un instante en la noción de edición en sí, porque me parece que está envuelta en una notable cantidad de equívocos. Si se le pregunta a alguien: ¿qué es una editorial?, la respuesta habitual, y también la más razonable, es la siguiente: se trata de un ramo secundario de la industria, en el cual se trata de hacer dinero publicando libros. Y ¿qué debería ser una buena editorial? Una buena editorial sería —si se me concede la tautología— la que supuestamente publica, dentro de lo posible, sólo buenos libros. O sea, para usar una definición rápida, libros de los que el editor tienda a estar orgulloso, y no a avergonzarse de ellos. Desde este punto de vista, una editorial semejante difícilmente podría revelarse de particular interés en términos económicos. Publicar buenos libros nunca ha vuelto espantosamente rico a nadie. O, por lo menos, no en una medida comparable con lo que puede suceder abasteciendo al mercado de agua mineral o computadores o bolsas de plástico. Al parecer, una empresa editorial puede producir ganancias notables sólo a condición de que los buenos libros sean sumidos entre muchas otras cosas de calidad muy diferente. Y cuando están sumidos, se pueden anegar fácilmente —y así desaparecer por completo.


Imagen tomada del blog UPN.

Luego, será bueno recordar que la edición en numerosas ocasiones ha demostrado ser una vía rápida y segura para derrochar y chuparse patrimonios sustanciosos. Se podría además agregar que, junto con roulette y cocottes, fundar una editorial siempre ha sido, para un joven de nobles orígenes, una de las maneras más eficaces de despilfarrar su fortuna. De ser así, la pregunta es cómo es que el papel del editor ha atraído a lo largo de los siglos a un número tan alto de personas —y continúe considerándose fascinante y, en cierto modo, misterioso también hoy—. Por ejemplo, no es difícil darse cuenta de que no hay título más codiciado por ciertos poderosos de la economía, quienes con frecuencia se lo conquistan literalmente a un precio de oro. Si esas personas pudiesen afirmar que publican verduras congeladas, en vez de producirlas, presumiblemente serían felices. Se puede entonces llegar a la conclusión de que, además de ser un ramo de los negocios, la edición siempre ha sido una cuestión de prestigio, no por nada sino porque se trata de un género de negocios que es a la vez un arte. Un arte en todos los sentidos, y seguramente un arte peligroso porque, para practicarlo, el dinero es un elemento esencial. Desde este punto de vista, bien se puede sostener que muy poco ha cambiado desde los tiempos de Gutenberg.

 

Y sin embargo, si pasamos la mirada por cinco siglos de edición tratando de pensar en la edición misma como un arte, en seguida vemos surgir paradojas de todo tipo. La primera podría ser ésta: ¿con base en qué criterios se puede juzgar la grandeza de un editor? Sobre esta cuestión, como solía decir un amigo mío español, “no hay bibliografía”. Se pueden leer estudios muy doctos y minuciosos sobre la actividad de ciertos editores, pero muy rara vez se encuentra un juicio sobre su grandeza, como en cambio sucede normalmente cuando se trata de escritores o pintores. ¿De qué estará hecha, entonces, la grandeza de un editor?


Aldo Manuzio

Trataré de responder a la pregunta con algunos ejemplos. El primero, y quizá el más elocuente, nos remite a los orígenes de la edición. Con la impresión ocurrió un fenómeno que se repetiría más tarde con el nacimiento de la fotografía. Al parecer hemos sido iniciados en estas invenciones por maestros que inmediatamente han alcanzado una excelencia inigualable. Si se quiere entender lo esencial de la fotografía, basta estudiar la obra de Nadar. Si se quiere entender qué puede ser una editorial, basta echar un vistazo a los libros impresos por Aldo Manuzio. Él fue el Nadar de la edición, el primero en imaginar una editorial en términos de forma. Y aquí la palabra “forma” se entiende de muchas y diferentes maneras. En primer lugar, la forma es decisiva en la elección y en la secuencia de los títulos a publicar. Pero la forma tiene que ver también con los textos que acompañan a los libros, además de la manera en que el libro se presenta como objeto. Por eso incluye la portada, el diseño, la compaginación, los caracteres, el papel. El propio Aldo solía escribir bajo la forma de cartas o epistulae aquellos breves textos introductorios que son los precursores no sólo de todas las introducciones, prefacios y epílogos modernos, sino también de todas las solapas de los forros, los textos de presentación a los libretos y la publicidad de hoy. Fue aquél el primer indicio del hecho de que todos los libros publicados por cierto editor podían ser vistos como eslabones de una misma cadena, o segmentos de una serpiente de libros, o fragmentos de un solo libro formado por todos los libros publicados por ese editor. Ésta, obviamente, es la meta más audaz y ambiciosa para un editor, y así ha persistido desde hace quinientos años. Y si les parece que se trata de una empresa impracticable, bastará recordar que también la literatura, si no oculta en su fondo lo imposible, pierde toda magia. Algo similar creo que se puede decir de la edición —o al menos de ese particular modo de ser editor, que ciertamente no ha sido practicado muy a menudo a lo largo de los siglos, pero a veces con resultados memorables—.

 

Hypnerotomachia Poliphili.

Para dar una idea de lo que puede nacer de esta concepción de la edición, me referiré a dos libros impresos por Aldo Manuzio. El primero fue publicado hace quinientos dos años con el abstruso título Hypnerotomachia Poliphili, que significa “Batalla de amor en sueños”. Pero ¿de qué se trata? Era lo que hoy se llamaría una “primera novela”. Y, además, de autor desconocido (y hasta hoy enigmático), escrita en una suerte de lenguaje imaginario, una especie de Finnegans Wake compuesto sólo de mescolanzas e hibridaciones de palabras latinas e italianas. Una operación más bien arriesgada, se diría. Pero ¿qué aspecto tenía el libro? Era un volumen en folio, ilustrado con magníficos grabados que constituían una perfecta contraparte visual del texto. Lo que es aún más arriesgado. Pero llegados a este punto debemos agregar algo: según la inmensa mayoría de los apasionados de libros, éste es el libro más bello jamás impreso. Lo que puede ser verificado por cada uno de ustedes, si acaso les cayera en las manos una copia de aquella edición o también, en el peor de los casos, un buen facsímile. Aquel libro era obviamente un golpe de genio, único e irrepetible. Y al crearlo, el editor tuvo una función capital. Pero no deben pensar que Manuzio era grande sólo como preparador de tesoros para los bibliófilos de los siglos venideros. El segundo ejemplo que tiene que ver con él va en una dirección completamente distinta: tres años después de la Hypnerotomachia, en 1502, Manuzio publicó una edición de Sófocles en un formato que él quiso definir como parva forma, pequeña forma: es el primer libro de bolsillo de la historia, el primer paperback. Literalmente, el primer libro que se podía meter en un bolsillo. Al inventar un libro de tal formato, Manuzio transformó los gestos que acompañan a la lectura. Así, el acto mismo de leer mutó de manera radical. Observando el frontispicio, se puede admirar la elegancia del caracter griego cursivo que aquí es usado por primera vez y en seguida se convirtió en un valioso punto de referencia. Por eso, Manuzio fue capaz de alcanzar dos resultados opuestos: por un lado, crear un libro como la Hyp-nerotomachia Poliphili que jamás tendría igual, y es casi el arquetipo del libro único. Por otro, crear un libro completamente distinto, como el Sófocles, que en cambio sería copiado millones y millones de veces en todas partes, hasta hoy.


Roberto Calasso joven.Imagen tomada de Descontexto.


No diré más sobre Aldo Manuzio porque ya veo perfilarse una pregunta en su mente, pregunta que se podría formular así: bien, todo eso es fascinante y pertenece a las glorias del renacimiento italiano, pero ¿qué tiene que ver con nosotros y con los editores de hoy, anegados por la marea creciente de CD-ROM, sitios de Internet, e-book y DVD —por no hablar de los diversos incestuosos connubios entre todos estos mecanismos—? Si tuvieran la paciencia de seguirme todavía unos instantes, trataré de dar una respuesta a esta pregunta usando otro ejemplo. En efecto, si les dijera sin medias tintas que a mi parecer un buen editor de nuestros días debería simplemente tratar de hacer lo que hacía Manuzio en Venecia en el primer año del siglo XVI, ustedes podrían pensar que estoy bromeando —aunque no bromeo para nada—. Entonces les hablaré de un editor del siglo XX, precisamente para mostrarles cómo actuó exactamente de ese modo, aunque en un contexto totalmente distinto. Se llamaba Kurt Wolff. Era un joven alemán, elegante, rico, pero tampoco demasiado. Quería publicar nuevos escritores de alta calidad literaria. Entonces inventó para ellos una colección de cuadernos más bien inusitados, de formato vertical, llamada “Der Jüngste Tag”, “El Día del Juicio”, un título que hoy parece completamente apropiado para una colección de libros que salieron en Alemania durante la Primera Guerra Mundial. Si dan una ojeada a estos libros de color negro, delgados y austeros, con las etiquetas pegadas encima, como sobre cuadernos de escuela, quizá se pondrán a pensar: ¿es así que debería presentarse un libro de Kafka? Y, en efecto, varios de los relatos de Kafka fueron publicados en esta colección. Entre ellos, La metamorfosis, en 1917, con una bella etiqueta azul y marco negro. En esa época Kafka era un joven escritor poco conocido y extremadamente discreto. Pero, leyendo las cartas que Kurt Wolff le es-cribía, se darán cuenta en seguida, por su exquisito tacto y delicadas atenciones, que el editor simplemente sabía quién era su interlocutor.


Imagen tomada de UCP.

Kafka, por lo demás, no era ciertamente el único joven escritor publicado por Kurt Wolff. Ese mismo año 1917, más bien turbulento para la edición, Kurt Wolff recogió en un almanaque, que llevaba por título Vom Jüngsten Tag, textos de algunos jóvenes autores. He aquí el almanaque y he aquí algunos de los autores: Franz Blei, Albert Ehrenstein, George Heym, Franz Kafka, Else Laske-Schüler, Carl Sternheim, George Trakl, Robert Walser. Son los nombres de los jóvenes escritores que en ese año se encontraron reunidos bajo el techo del mismo joven editor. Y esos mismos nombres, ninguno excluido, vuelven a entrar en la lista de los autores esenciales que un joven hoy debe leer si quiere saber algo de la literatura en lengua alemana de los primeros años del siglo XX.

 

Llegados a este punto, mi tesis debería mostrarse bastante clara. Aldo Manuzio y Kurt Wolff no hicieron nada sustancialmente distinto, a distancia de cuatrocientos años el uno del otro. De hecho, practicaban el mismo arte de la edición —si bien este arte puede pasar inadvertido a los ojos de los demás, editores incluidos—. Y este arte puede ser juzgado en ambos casos con los mismos criterios, el primero y el último de los cuales es la forma: la capacidad de dar forma a una pluralidad de libros como si fueran los capítulos de un único libro. Y todo ello teniendo cuidado —un cuidado apasionado y obsesivo— de la apariencia de cada volumen, de la manera en que se presenta. Y, finalmente, también —y no es ciertamente el punto de menor importancia— de cómo ese libro puede ser vendido al más alto número de lectores.

 

Hace aproximadamente cuarenta años Claude Lévi-Strauss propuso considerar una de las actividades fundamentales del género humano —cabe aclarar, la elaboración de mitos— como una forma particular de bricolaje. Después de todo, los mitos están constituidos de elementos ya preparados, muchos de ellos derivados de otros mitos. Llegados a este punto sugiero sumisamente considerar también el arte de la edición como una forma de bricolaje. Traten de imaginar una editorial como un único texto formado no sólo de la suma de todos los libros que ha publicado, sino también de todos sus otros elementos constitutivos, como las portadas, las solapas, la publicidad, la cantidad de copias impresas o vendidas, o las diversas ediciones en las que ha sido presentado el mismo texto. Imaginen una editorial de esta manera y se encontrarán inmersos en un paisaje muy singular, algo que podrían considerar una obra literaria en sí, perteneciente a un género específico. Un género que se jacta de sus clásicos modernos: por ejemplo, los vastos dominios de Gallimard, que de las tenebrosas florestas y de los pantanos de la “Série Noire” se extienden a los altiplanos de la “Pléiade”, pero incluyendo varias graciosas ciudades de provincia o asentamientos turísticos que a veces se parecen a los pueblos Potëmkin de cartón, levantados en este caso no por la visita de Catalina, sino por una temporada de premios literarios. Y bien sabemos que, cuando llega a expandirse de esta manera, una editorial puede adquirir un cierto carácter imperial. Así, el nombre Gallimard resuena hasta los limbos más remotos adonde se extiende la lengua francesa. O, en otra vertiente, podríamos encontrarnos en las vastas haciendas de Insel Verlag, que dan la impresión de haber pertenecido por mucho tiempo a un iluminado señor feudal que al final ha dejado sus propiedades a los más devotos y probados intendentes... No quiero insistir más, pero ya ven que de este modo se podrían concebir mapas muy detallados.


Retrato de Aleksandr Blok por Konstantín Sómov. 1907

Considerando a las editoriales desde esta perspectiva, se mostrará quizá más claro uno de los puntos más misteriosos de nuestro oficio: ¿por qué un editor rechaza cierto libro? Porque se da cuenta de que publicarlo sería como introducir un personaje equivocado en una novela, una figura que arriesgaría desequilibrar al conjunto o desvirtuarlo. Un segundo punto concierne al dinero y a las copias: siguiendo esta línea, se estará obligado a tomar en consideración la idea de que la capacidad de hacer leer (o, por lo menos, comprar) ciertos libros es un elemento esencial de la calidad de una editorial. El mercado —o la relación con ese desconocido, oscuro ser llamado “el público”— es la primera ordalía del editor, en la acepción medieval del término: una prueba de fuego que puede también convertir en humo considerables cantidades de billetes. Por lo tanto, se podría definir a la edición como un género li-terario híbrido, multimediático. E híbrido sin duda lo es. En cuanto a que se mezcla con otros media, se trata de un hecho ya obvio. No obstante, la edición, como juego, sigue siendo fundamentalmente ese mismo viejo juego que Aldo Manuzio practicaba. Y un nuevo autor que se nos viene encima con un libro abstruso es para nosotros parecido al aún elusivo autor de la novela intitulada Hypnerotomachia Poliphili. Hasta que este juego dure, estoy seguro de que siempre habrá alguien dispuesto a jugarlo con pasión. Pero si un día las reglas tuvieran que cambiar radicalmente, como a veces estamos inducidos a temer, estoy igualmente seguro de que sabremos convertirnos a alguna otra actividad —y podremos también reencontrarnos en torno a una mesa de roulette, o de écarté o de black jack.

 

Quisiera cerrar con una última pregunta y una última paradoja. ¿Hasta qué extremos se puede llevar el arte de la edición? ¿Es posible aún concebirla en circunstancias en que lleguen a faltar ciertas condiciones esenciales suyas, como el dinero y el mercado? La respuesta —sorprendentemente— es afirmativa. Al menos si observamos un ejemplo que nos ha llegado de Rusia. En plena Revolución de Octubre, en esos días que fueron, en las palabras de Aleksandr Blok, “una mezcla de angustia, horror, penitencia, esperanza”, cuando las imprentas ya habían sido cerradas por tiempo indeterminado y la inflación hacía subir los precios de hora en hora, un grupo de escritores —entre los cuales estaban un poeta como Chodasevic y un pensador como Berdajaev, además del novelista Michail Osorgin, que fue luego el cronista de esos eventos— pensó bien en lanzarse a la empresa aparentemente insensata de abrir una Librería de los Escritores, que permitiera a los libros, y sobre todo a ciertos libros, circular aún. Pronto la Librería de los Escritores se convirtió, en las palabras de Osorgin, en “la única librería en Moscú y en toda Rusia en la que cualquier hijo de vecino podía adquirir un libro ‘sin autorización’ ”.


Michail Osorgin

Lo que Osorgin y sus amigos hubieran querido crear era una pequeña editorial. Pero las circunstancias lo hacían imposible. Entonces usaron la librería como una suerte de doble de una editorial. Ya no un lugar donde se producían libros nuevos, sino donde se trataba de dar hospitalidad y circulación a los libros numerosísimos —a veces preciosos, a veces comunes, con frecuencia dispares, pero, como sea, destinados a estar desperdigados— que el naufragio de la historia hacía arribar al mostrador de su negocio. Lo importante era mantener con vida ciertos gestos: continuar tratando a esos objetos rectangulares de papel, hojearlos, ordenarlos, hablar de ellos, leerlos en los intervalos entre una tarea y otra, en fin, pasarlos a otros. Lo importante era constituir y mantener un orden, una forma: reducido a su definición mínima e irrenunciable, ése es justamente el arte de la edición. Y así fue practicado en Moscú entre 1918 y 1922, en la Librería de los Escritores. Que alcanzó el acmé de su noble historia cuando los fundadores de la librería decidieron, visto que la edición tipográfica era impracticable, iniciar la publicación de una serie de obras en un único ejemplar escrito a mano. El catálogo completo de estos libros literalmente únicos se quedó en la casa de Osorgin en Moscú y al final se perdió. Pero, en su fantasmagoría, queda como el modelo y la estrella polar para quienquiera que trate de ser editor en tiempos difíciles. Y los tiempos siempre son difíciles.

 

Roberto CalassoImagen tomada de Moked.

 

Nota - Esta conferencia pertenece al libro La locura que viene de las ninfas y otros ensayos de la editorial Sexto Piso. 



Tomada de El Mal pensante.



 Tomado de Letralia

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La otra cara y La única hora este domingo 23/10/2016 en la FILUC




En este Octubre 2016 Oscar Todtmann Editores en la FILUC, cierra su programa editorial con dos novelas y dos poemarios y en Caracas seguirá la fiesta




“La corteza no basta” el poemario de Sandy Juhasz será presentado en la FILUC este domingo 16/10/2016 en el salón Teresa de la Parra




ESPLENDOR EN LA MISERIA LITERARIA.

Por Joan Antoni Fernández




Carpanta, Curtis Garland y sus amigos desembarcan en la Mercè.

Pregón de Javier Pérez Andújar




ESPIRAL CIENCIA FICCIÓN:

Comunica el cese de novedades editoriales




La vida cultural en Málaga es una cabra en equilibrio, de cuyas tetas todos quieren mamar:

Una entrevista canalla con los responsables de TIEZO ediciones.




Los libros de artista de Carlos Yusti




¿Algo se mueve en la Málaga fantástica? II

Una entrevista a la editorial: El transbordador




¿Algo se mueve en la Málaga fantástica? I

Una entrevista a la editorial: GasMask




"No me gustan los bebes".

Una entrevista con Esther Tusquets




VEN Y ENLOQUECE: EL DESIERTO EDITORIAL EN CARABOBO, por José Carlos De Nóbrega




Isaac Asimov me sabe a comida enlatada.

Una entrevista a Santiago Oviedo, Editor de la revista NM




La Gaveta Cortáziana

Un libro tridimensional de ensayos



LA TAPA DEL FRASCO:

ACCION POETICA Y GRAFIA



NOVIEMBRE DE CIENCIA FICCIÓN :

Los 20 años de la Tertulia de Ciencia Ficción de Bilbao (TerBi) y de la editorial Espiral CF




José Antonio Cordobés Montés,Comandante del repositorio y editorial, de propulsión volitiva, Ficción Científica: A la ciencia ficción le veo un futuro muy esperanzador




CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA …

EL ASESINATO DE LA LITERATURA (CON L MAYÚSCULA)




La Gran Fiesta de los Libros. Por Luis Britto García




Francisco Porrúa, el editor de ‘Rayuela’, ‘Crónicas Marcianas’,‘El Señor de los Anillos’ :“Yo tengo historias que parecen anécdotas de lo sobrenatural sobre cómo he recibido algunos libros”.





“Leer solo con una mano”:

Cuando el sexo mueve el mundo...

editorial




Escritores.org, Disparo, Nanoediciones y otros 45 enlaces útiles para escritores que no saben qué hacer con lo que escriben (v. 2013)




La función principal de la "Asociación de Escritores de China" es la de repartir beneficios dentro del sistema literario del gobierno, a través de los premios literarios y la publicación de libros.

Un viaje al centro del mundo editorial chino




William Osuna, poeta venezolano: Ofrecemos un reto: imponerle la paz con canto y poesía en nuestro idioma y en otras lenguas a un sector de la derecha fascista venezolana.




¿Quieres ganarte la vida escribiendo?

Aquí nos dicen:

Cómo Ganarse la Vida Escribiendo.




¿Cuántos escritores españoles viven de la Literatura?




Los matemáticos se convierten en editores



Diez mitos sobre la edición digital




De qué NO viven los escritores




Una Guía breve para publicar tus propios libros digitales




Qué hace un editor (según los editores), y qué debería hacer y no hace (según algunos autores)





Jaime Labastida, poeta y director de Siglo XXI México: "Cualquiera de nosotros, en términos generales, sabe más que Kepler, Galileo o Descartes, pero ninguno de nosotros ha hecho los aportes que ellos sí hicieron".




¡Leed, malditos, leed. !

Una tribu de letras Góticos y épicos




Una visita al hippie renacentista Lloyd Kahn

y un viaje a los inicios de la revista Whole Earth,

"el Google de los años 60"




¿Cómo triunfar con tu propio eBook?




Ramón Akal, editor español: Una editorial debe dirigirla un editor, no un economista




José Antonio Scovino el editor de la revista "Ojos de Perro Azul", a Marisol Pradas: "El arte es patrimonio de la humanidad".




Presentación de los libros editados por la Imprenta Regional de Carabobo

en el ATENEO DE VALENCIA, VIERNES 13 DE AGOSTO DE 2010, 6 PM





JORNADA X ANIVERSARIO EDICIONES TERRITORIALES EN CUBA. EN SANTIAGO Y EN CIENFUEGOS




REVISITA AL CÓMIC, LA CIENCIA FICCIÓN Y LA FANTASÍA EN VALENCIA:

NOSTROMO Y OJOS DE PERRO AZUL.

Parte III/III




REVISITA AL CÓMIC, LA CIENCIA FICCIÓN Y LA FANTASÍA EN VALENCIA:

NOSTROMO Y OJOS DE PERRO AZUL.

Parte II/III




REVISITA AL CÓMIC, LA CIENCIA FICCIÓN Y LA FANTASÍA EN VALENCIA:

NOSTROMO Y OJOS DE PERRO AZUL.

Parte I/III