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martes, 14 de abril de 2026

Cory Doctorow, escritor canadiense de CF: Trump es un perro rabioso y ha empeorado todo de golpe

 





Cory Doctorow: "Trump es nuestra gran oportunidad"

Escritor, periodista y activista por los derechos digitales



El escritor Cory Doctorow en la librería Finestres de Barcelona. PAU DE LA CALLE






Carla Turró

06/04/2026




Cory Doctorow (Toronto, 1971) es una de las voces más lúcidas para hablar de poder y tecnología. Consciente de la importancia de las palabras –es novelista y periodista–, inventó a finales de 2022 un concepto para definir, huyendo de tecnicismos, el proceso que estaban experimentando las plataformas: emmerdificación. Un concepto que se ha popularizado y que da nombre a su último libro, que ha traducido al castellano Capitán Swing.


Has sido una inspiración para Black mirror.


— En el primer capítulo de la nueva temporada una persona tiene un ictus y le ponen un microchip que lo arregla. Pero después, este microchip hace que diga anuncios, y tiene que pagar para no decirlos. Y la situación empeora hasta el punto de que al final tiene que pagar solo por estar consciente. 


Es tu concepto: emmerdificación.


— Primero, las plataformas son buenas con los usuarios; después, atraen a las empresas interesadas en este público, y finalmente, los exprimen a todos para maximizar beneficios. Así lo convierten todo en una gran pila de mierda. 


Ponme algún ejemplo.


— Uber recibió 31.000 millones de dólares de la familia real saudí a través de una empresa de capital riesgo. Perdió los 31.000 millones en trece años. En este tiempo arruinó la mayoría de empresas de taxis. Y cuando tuvo poder de mercado subió precios. Amazon también sube costes; ahora se queda entre 50 y 60 céntimos de cada euro que vende. Y tiene una cosa increíble que se llama nación más favorecida. 


¿Qué es?


— El precio más bajo debe ser en Amazon. Si decides subir el precio porque Amazon se queda cada vez más porcentaje, lo tienes que hacer también en Carrefour, en tu propia fábrica... Si encuentran que está más barato en otro sitio, lo envían al final de todo donde nadie lo ve. ¿Quieres más ejemplos? 



A ver...


— Google. Hay circulares internas que admiten que han empeorado las búsquedas porque, si la gente está más tiempo buscando, pueden mostrar más anuncios.


El problema es que cuesta dejar la mierda, salir del sistema.


— En economía neoliberal hay una teoría que se llama preferencia revelada. Sostiene que lo que es importante no es lo que dices que quieres, sino que lo compras. De manera que si dices que quieres privacidad, pero utilizas Facebook, realmente no quieres privacidad. Creo que esto solo se puede defender si tienes una lesión neurológica que hace que seas incapaz de percibir el poder. Porque, con esta lógica, alguien que se vende un riñón para pagar un alquiler, \u00b¿está revelando que quiere vivir con un riñón?


Conozco mucha gente que odia a Elon Musk y está en Twitter.


— Se quieren más a sí mismos de lo que odian la plataforma. Musk lo sabe. Si no os podéis poner de acuerdo sobre el lugar donde tomaréis una cerveza, ¿cómo os vais a poner de acuerdo para dejar Twitter? Así se mantiene a la gente como rehén. Es un patrón común tanto en el mundo real como en el mundo virtual. Lo veo en la historia de mi familia. 


Explica


— Mi abuela fue una niña soldado en el asedio de Leningrado. Cuando tenía quince años evacuaron a las mujeres y los niños y ella acabó en Siberia, en el ejército. Conoció a mi abuelo y se quedó embarazada. Desertaron. Fueron a Azerbaiyán, donde nació mi padre. Y no volvieron a Rusia ni a Polonia, se marcharon a Canadá. El resto de la familia se quedó en Rusia, a pesar de que fuera obvio que era peor. Ahora, más de setenta años después, mi familia de San Petersburgo está mucho peor que la familia de Canadá. Tienen menos dinero, están preocupados por ser reclutados para la guerra, han tenido más dificultades para ir a la universidad. Pero como no podían marcharse todos juntos, no se marchó nadie. 


¿Cómo nos vamos todos juntos?


— Hay mucha gente que quiere una plataforma mejor y, de hecho, están trabajando en alternativas como Bluesky o Mastodon. Pero es como si hubieras construido viviendas en el Berlín Oeste para la gente del Berlín Este. No importa si eran buenas, antes tenías que derribar el muro. 


Entonces hablemos del muro… ¿Cómo se derriba?


— Cuando cambias de Telefónica a Vodafone, haces algunas gestiones y ya está, ¿verdad? A nadie le importa de qué compañía eres porque no lo tienes que saber para poder hablar. Pues tecnológicamente podríamos hacer que dejaras una plataforma y fueras a otra, y que cualquier cosa que te quisieran decir en Twitter, la pudieras leer en Bluesky. Pero no se ha hecho. Se contempló en la ley de mercados digitales, pero decidieron dejarlo para más adelante. Absurdo. 


¿No es técnicamente difícil?


— Cuando Facebook decidió abrirse a todo el mundo –inicialmente era solo para universitarios americanos–, el problema era que el público general tenía Myspace, y les costaba marcharse. Así que Zuckerberg les hizo un bot. Entonces, podías ir a Myspace, coger todo lo que tenías allí y llevarlo a Facebook. De esta manera, respondías allí y te lo enviaba también a Myspace. No estabas atrapado en una puerta unidireccional. Ahora, hace unos tres o cuatro años, unos adolescentes hicieron lo mismo con Instagram. 



¿Qué hicieron?


— Crearon la app OG. Le proporcionabas el nombre y la contraseña de Instagram y se llevaba toda tu información, pero sin anuncios, sin contenido promocionado, sin coger tus datos. Tuvo tanto éxito que en pocos días estaba en lo más alto de las tiendas de aplicaciones. ¿Qué pasó?


¿Qué?


— Meta envió una queja a Apple y a Google, y ambas retiraron la aplicación esa noche. Todas las empresas tecnológicas están unidas. 


Entonces, la solución es…


— Que sea legal hacer ingeniería inversa en estas plataformas.


Me tienes que explicar qué es eso de la ingeniería inversa.


— Analizar el sistema desde fuera hacia dentro, para entender cómo funciona y cómo cambiarlo. De esta manera, cuando Apple y Google eliminaran una aplicación, como OG, podríamos aplicar ingeniería inversa y volverla a hacer. Y que ellos no pudieran hacer nada. 


O sea, olvidarnos de intentar regular las grandes tecnológicas.


— Exacto. No regular las tecnológicas americanas, sino desregular las empresas tecnológicas europeas para que nos puedan salvar de las americanas. Esta es la oportunidad que tenemos delante nuestra. 


¿La IA ya está jodida?


— Si le preguntas cuáles son los mejores auriculares y te responde unos que son malos, es difícil saber si es un error o alguien ha pagado una comisión. Pasa también con TikTok, son algoritmos, y es difícil saber si alguien hace trampa. De manera que son sistemas propensos a lacorrupción. 


A todo esto se le suma Trump. Un presidente que favorece a los magnates de las tecnológicas.


— No hemos hecho nada sobre las tecnológicas a pesar de las señales de advertencia. Y Trump lo ha empeorado de golpe, no como Zuckerberg, que convertía las plataformas cada día en algo un poco más horrible. Por eso Trump es una oportunidad, porque cuando las crisis se mueven lentamente, es más difícil que algo cambie.  Nos ha demostrado que si dependes de las tecnológicas americanas te puede paralizar el gobierno y puede desactivar el Office 365 para todos los trabajadores europeos. Tiene mucha influencia, es un perro rabioso, y esta es nuestra oportunidad. 


No tienes WhatsApp. 


— Soy vegano de Zuckerberg. Ni WhatsApp, ni Instagram, ni Facebook.


¿Qué haces cuando te despiertas?


— Me preparo un café, me pongo un podcast y me siento delante del portátil. Me comunico sobre todo por correo electrónico, y me va bien. Odio que me interrumpan.


¿Cómo es la vida así?


— Mejor.


https://es.ara.cat/economia/tecnologia/trump-gran-oportunidad_128_5699745.html




Cory Doctorow: How Big Tech made Trump 2.0

7489 Visualizaciones desde el 19 nov 2024nhasta el 12 abr de 2026

https://m.youtube.com/watch?v=W_dZPpIACjc



Enlaces relacionados:



James Robinson, premio Nobel de economía: Estados Unidos fue construido por inmigrantes y su identidad se basa en la lealtad a la Constitución



Richard Ford en 2015: Donald Trump, no representa una amenaza. Nunca será elegido



Fernando Savater: Me tomaría a Donald Trump en salsa agridulce antes que comerme una chuleta de caballo.



N. K. Jemisin: Negros y latinos, gente pobre con trabajos basura, votaron a Trump, porque creen que esos blancos son mejores que ellos.



Cory Doctorow, escritor canadiense de CF: Microsoft, Amazon y Google se agrupan para machacar a los usuarios





viernes, 3 de abril de 2026

Cory Doctorow, escritor canadiense de CF: Microsoft, Amazon y Google se agrupan para machacar a los usuarios

 




Cory Doctorow: “Microsoft, Amazon y Google actúan como un cártel que tiene más poder que la ONU”


El escritor y ensayista, padre del término “enshittification”, cuestiona desde su último libro el estado actual de internet. Entrevista exclusiva.


Mark Zuckerberg (Meta), Lauren Sanchez, Jeff Bezos (Amazon), Sundar Pichai (Google) y Elon Musk (Tesla), en la asunción de Trump este 2025. Foto: AP



18/05/2025 04:46



Hay una historia según la cual, durante la fiebre del oro de mediados del siglo XIX, quienes se hicieron ricos no fueron los 300 mil colonos que viajaron desde la Costa Este de los Estados Unidos hacia California sino los que vendieron picos y palas para buscar el metal precioso. Eso fomenta hoy la economía de las aplicaciones: desde Airbnb, Uber y Booking hasta Google Drive, el negocio no parece ser generar valor sino vender las herramientas para que otros trabajen.


Sin embargo, al trasladar esta historia de los pioneros de 1848 a la actualidad de Silicon Valley hay un poco de trampa: "Hoy, todos quieren vender 'picos y palas digitales': no generar valor, sino vender las herramientas para que otros lo hagan. El teórico Douglas Rushkoff llama a esto 'ir a lo meta': no ser taxista, sino tener la licencia; o mejor, fundar la app que conecta choferes con pasajeros. Cuanto más lejos estés del trabajo productivo, más aislado estás del riesgo y eso es lo que premia el mercado. Por eso hay toda burbuja en Silicon Valley pero creo que esa metáfora hoy es un mito: una forma narcisista de inflar el valor comercial de las aplicaciones".


La crítica es de Cory Doctorow, escritor, activista y crítico canadiense, que publicó Picks and Shovels ("Picos y Palas") en febrero de este año, la tercera novela de la saga de Martin Hench, un joven de San Francisco que en 1986 se da cuenta de los abusos de una empresa tech que comete crímenes económicos y los enmascara con las tecnologías de la época.

IBM PC XT. Imagen tomada de aquí.


En su ficción, Hench conoce un grupo de mujeres tecnológicas, sistemáticamente excluidas del sistema, que opera como resistencia tecnopolítica y se transforma en una pieza clave de la “ingeniería inversa”, una de las ideas rectoras más importantes: desarmar sistemas, comprenderlos y crear alternativas. Como pasó con las PC a principios de la década del 80, con los clones que eran computadoras compatibles con el monopolio de IBM, pero fabricadas por otras marcas como Compaq y vendidas a menor precio.

Compaq plus portable. Imagen tomada de aquí.


“Antes había resistencia. Hoy, las empresas se concentran e imponen condiciones a los usuarios. Cuando buena parte del mundo online depende de unos pocos proveedores —como Microsoft Azure, AWS (Amazon) o Google Cloud—, esos gigantes actúan como un cártel: tienen poder internacional, incluso mayor al de la ONU, que al menos necesita consenso entre países. Estas empresas sólo deben ponerse de acuerdo entre ellas para decidir qué condiciones imponer”, explica a este medio.

 Imagen tomada de aquí.


Acá, todo sobre su novela, la dominancia de las Big Tech, el monopolio de las 5 gigantes (Google, Apple, Facebook -Meta, Amazon y Microsoft), la interoperabilidad como concepto clave, el nuevo orden mundial que quiere imponer Trump con los aranceles y la “enshittification” de las plataformas que usamos día a día, en diálogo con Clarín.



Daguerrotipo de George Johnson de la colección Bruce W. Lindberg, en el 150. aniversario de la fiebre del oro. Foto Reuters (colección)


De los 80 a la actualidad: un mundo online “enshittificado”


Cory Doctorow empezó a usar el término “enshittification”, de difícil traducción al español, pero bastante claro en inglés: cómo las plataformas que usamos todos los días se han vuelto una “mierda” (“shit”) para los usuarios. Es una idea que el autor exploró en sus libros de estos últimos tres años (La estafa de internet y Capitalismo de estrangulamiento), expuso en conferencias de hackers como DEF CON -que el año pasado tomó al término como el hilo conductor- y algunos autores argentinos hasta la han castellanizado a “mierdificación”.


El buscador de Google se convirtió en un mar de publicidades, repleto de notas periodísticas engañosas (con títulos como “Murió el dólar” ante una fluctuación de la moneda), Instagram y Facebook se llenaron de publicaciones de influencers virales para dejar de mostrar contenido de amigos y Microsoft llenó Windows de aplicaciones innecesarias con IA que, más que ayudar, molestan y vuelven al equipo más lento forzando a que se invierta más dinero en uno nuevo.



─¿Qué es la la enshittification y cómo aparece en Picos y Palas?


─He descrito a la enshittification no sólo como un fenómeno que se puede observar desde el exterior de una empresa empeorando (o muchas empresas empeorando), sino también como un fenómeno social, algo que cambió en el entorno que causó que todo empeorara y, sobre todo, es un fenómeno material. El libro ocurre antes de que estas leyes de propiedad intelectual aparecieran por primera vez en los Estados Unidos. La primera ley fue la sección 1201 de la Ley de Derechos de Autor del Milenio Digital (DMCA), en 1998, antes de que se convirtiera en un régimen jurídico mundial. En el libro sucede algo: hay una lucha justa contra la “enshittification” de estas leyes.


─¿Cómo es esa lucha?


─Hay un grupo de personas que es dueña de una empresa de computadoras, operada por el Reverendo Sirs, que puede enshittificar lo que le vende a la gente. Por ejemplo, obligarlos a usar sólo la tinta que ellos venden para sus impresoras. Y si la empresa del Reverendo acude a la violencia para resolver sus problemas es en parte porque no pueden recurrir a los tribunales, la ley de propiedad intelectual todavía no se amplió como para convertir a las preferencias de un accionista en obligaciones legales sobre sus competidores. Esto es lo que más ha cambiado en nuestra era y lo que “Picos y Palas” intenta representar, antes había más resistencia a estos fenómenos.



Cory Doctorow, autor, crítico y ensayista canadiense. Foto: NK Guy, nkguy.com.tiff


─¿Qué cambió entonces entre la década del 80, cuando ocurre el libro, y la época actual?


─A ver, no es que la gente fue a hacer un MBA, se volvió codiciosa e hizo cosas malas. Siempre ha habido codiciosos, pero la diferencia entre la época en la que nuestros dispositivos eran buenos y los servicios que usábamos [Uber, Airbnb, Amazon, Google, etc.] eran buenos en general, es que en la actualidad son cada vez peores pero esto no parece afectar a esas empresas. La diferencia es que antes había consecuencias por enshittificar los servicios que brindaban las grandes compañías y esas consecuencias se han evaporado.


─¿Qué tipo de consecuencias?


─Antes esas compañías tenían que preocuparse por los reguladores o por los competidores, incluso por sus propios trabajadores, que eran tan escasos que si trataban de perjudicar a los usuarios podrían renunciar. Todo eso desapareció, entre los despidos masivos, las desregulaciones y la monopolización.


─Hay dos ideas muy fuertes en el libro que tienen que ver con la interoperabilidad y la ingeniería inversa. ¿Cómo aparecen y por qué son tan importantes?


─Sí, porque la otra cosa por la que las empresas tenían que preocuparse era la interoperabilidad. Las empresas se preocupaban de que alguien hiciera ingeniería inversa sobre el producto que ellos habían enshittificado para hacerlo compatible, operable, aunque no fuera el oficial. Entonces si subís el precio de la tinta de la impresora que vendés, alguien va a desarmar tu cartucho para ver cómo funciona, hacer uno alternativo y venderlo: eso es hacer ingeniería inversa para hacer un producto interoperable con otro.

John Von Neuman.


─Y esto aparece como forma de resistencia en el libro. ¿Por qué es tan importante?


─Es una propiedad latente en toda tecnología. Cada dispositivo puede “hablar” con cualquier otro dispositivo, y cada programa puede ser modificado por otro programa, porque la única computadora que sabemos hacer es algo llamado máquina von Neumann Universal completa, y esa computadora se define por su capacidad de ejecutar cualquier programa válido. Eso significa que dondequiera que haya un programa enshittificador, hay un programa des-enshittificador.


─¿Por ejemplo?


─Por ejemplo, Elon Musk cambia la forma en que Twitter funciona para que ya no veas títulos de artículos periodísticos cuando compartís una nota, entonces, alguien puede escribir un programa que ponga los titulares de nuevo (una extensión en el navegador, por ejemplo). Y así podés pensar mil ejemplos que te demuestran que todo se puede modificar, pensando hasta en autos o tractores que impiden que el usuario lo repare, impresoras que quieren que uses los cartuchos que ellos fabrican y así.


La resistencia: cómo arreglar internet


Bill Gates, padre de Microsoft, habla con Mitchell Kapor, creador de Lotus 1-2-3 y fundador de la Electronic Frontier Foundation. Foto: Archivo


─¿Creés que es posible imaginar que toda esta situación cambie, por ejemplo a través de regulaciones como la que enfrentó Bill Gates por Internet Explorer a fines de los 90?


─No hay razón para pensar que la tecnología actual es su forma final. Sería raro que, tras solo 25 años de internet, ya hubiéramos llegado a un modelo perfecto e inmutable. De hecho, antes de la web, la tecnología también estaba concentrada. Fueron las acciones antimonopolio las que abrieron el juego: contra AT&T, que permitió el desarrollo de módems; contra IBM, que impulsó la PC; y contra Microsoft, que dio aire a empresas como Google.


─Entonces, ¿cuál es el problema que ocurre hoy para que las empresas tengan tanto dominio sobre los usuarios?


─Lo que se interpone en todo esto es la ley, no la tecnología. Ley de propiedad intelectual es el impedimento más grande para tener un mundo en el que las tecnologías que utilizamos puedan ser modificadas para que sean localmente apropiadas, para que respeten nuestros derechos, para que no violen nuestra privacidad, para que no nos roben nuestros salarios ni todo lo que deberíamos desear para nuestra infraestructura tecnológica.


─¿Cómo creés que pueden afectarlos aranceles de Trump al ecosistema de Silicon Valley y las grandes tecnológicas?


─Los aranceles de Trump van a generar un realineamiento, incluso si él cambia de opinión como suele hacer. Durante más de 20 años, EE.UU. presionó a países como Canadá, Argentina o hasta la Unión Europea para que adoptaran leyes que prohíben la ingeniería inversa y protegen a las empresas de las consecuencias cuando perjudican a los usuarios. Ese modelo podría empezar a desmoronarse.


─O sea que los polos tecnológicos por fuera de EE.UU. pueden ganar terreno.


─Es una oportunidad histórica para que otros países imaginen un ecosistema tecnológico más plural y distribuido, con normas comunes, interoperabilidad y decisiones que se tomen más cerca de donde vive la gente. Si EE.UU. ya no ofrece libre comercio, ¿por qué seguir atados a leyes de propiedad intelectual que sólo benefician a Silicon Valley?


─¿Puede cambiar todo esto? ¿Puede revertirse la dominancia de estas grandes compañías como Microsoft, Amazon y Apple?


─Mi amigo Mitchell Kapor, que fundó Lotus e inventó Lotus 1-2-3 y también fundó la Electronic Frontier Foundation (EFF) dijo alguna vez: “La arquitectura es política”, lo que significa que el diseño de una infraestructura es altamente influyente en el tipo de sociedad que va a vivir “encima” de ella. Todo lo que conocemos se hizo por gente que hoy está viva, así que podemos preguntarles cómo lo hicieron, no tenemos que reinventar nada. Sólo se trata de hacer algo que hicimos hace un par de generaciones, cuando yo era un niño. Así que, sí: por supuesto que podríamos hacerlo de nuevo. De hecho, es nuestro deber revertir esta enshittification.





Picks and Shovels” se publicó en febrero de 2025, por el momento no tiene edición en español. Cory Doctorow lanzará el 7 de octubre un nuevo libro, "Enshittification", y además lanzará un proyecto por los 25 años de Creative Commons y trabaja activamente con distintos países “para pensar nuevas leyes de propiedad intelectual en esta era de Trump.




https://www.clarin.com/tecnologia/cory-doctorow-amazon-microsoft-google-actuan-cartel-poder-onu_0_dQqHzAytS2.html





El caso del autor estadounidense Cory Doctorow








Cory Doctorow - Rescuing the Internet From “Enshittification” | The Daily Show



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miércoles, 25 de marzo de 2026

En contra de la Enshittification de Internet y a favor de las comunidades organizadas alrededor de intereses compartidos

 


DESIGN BY JASON SPEAKMAN. Imagen tomada de aquí.






EDITORIAL


La estafa de lo transaccional


Escrito por Ángel L. Fernández Recuero




Antes de que existiera internet, existían las sociedades científicas. Los hombres —y algunas mujeres, cuando se les permitía entrar— que poblaban la Royal Society o la Académie des Sciences del siglo XVII no publicaban sus hallazgos para monetizarlos ni construían una audiencia pensando en sponsors futuros ni en colaboraciones con marcas de telescopios. Publicaban porque el conocimiento, en su concepción del mundo, era un bien que se multiplicaba al compartirse. Antes de las KPI las personas eran felices.

Newton y LeibnizImagen tomada de aquí


La correspondencia entre Newton y Leibniz, por muy envenenada que estuviera de rivalidad y acusaciones apenas disimuladas de plagio, respondía a una lógica que hoy resulta casi incomprensible. La del trabajo intelectual con una dimensión inherentemente comunitaria. La de la idea que no termina de existir hasta que circula, hasta que alguien más la lee, la refuta o la mejora. El ego estaba ahí, desde luego, con peluca y alianzas. Pero operaba dentro de un marco donde el reconocimiento se ganaba contribuyendo al acervo común, no extrayendo valor de él ni convirtiéndolo en marca personal con newsletter semanal.



Esa misma lógica, traducida al lenguaje digital y accesible a toda la ciudadanía, fue la que animó a ese primer internet que tan bien se narra en la serie Halt, catch and fire Los grupos de noticias de Usenet, los primeros foros, las listas de correo temáticas, la cultura del hipertexto en sus años formativos y el IRC, todo aquello funcionaba sobre el mismo principio que había sostenido a las sociedades científicas durante siglos. Se compartía porque compartir era el mecanismo por el que el conocimiento crecía. Se enlazaba porque el enlace era un gesto de generosidad intelectual y no una estrategia de SEO para dopar nuestro pagerank. Se comentaba porque la conversación era, en sí misma, el objetivo y no un medio para aumentar la retención.


Halt and Catch Fire - Tráiler | Filmin

https://m.youtube.com/watch?v=oKxZP-bP5Ww



No había algoritmo que premiara la viralidad ni panel de analítica que midiera el alcance de tu brillante comentario sobre sistemas operativos. No había métricas que convirtieran la atención en divisa negociable. Había, simplemente, gente que encontraba en ese espacio algo que no encontraba en ningún otro lado. Una comunidad organizada alrededor de un interés compartido, sin porteros, sin intermediarios, sin nadie tratando de venderle nada o, al menos, sin que eso fuera el centro del asunto.


Tiempo después, en un momento difícil de fechar con precisión pero fácil de reconocer en retrospectiva, ese espíritu forjado en la red primigenia empezó a cambiar. No fue una revolución con manifiesto y fuegos artificiales. Fue una lenta infiltración de lógica contable en espacios que hasta entonces funcionaban con una gramática distinta. La del intercambio simbólico, la del regalo, la de la comunidad que comparte porque compartir es, en sí mismo, el punto y no porque haya un plan de monetización al final del túnel.


Aquello que los primeros teóricos de la web llamaban con cierta ingenuidad «economía del don» tenía sus limitaciones, sus jerarquías implícitas y sus propias vanidades —como bien saben los que se topaban con un wikipedista con mal café—. No era el Edén digital pero tenía algo que el ecosistema actual ha perdido casi por completo: altruismo. Los foros, los blogs, las primeras redes sociales funcionaban sobre una moneda que no era el euro ni el dólar sino el reconocimiento, la pertenencia, la reputación ganada a pulso en una comunidad de iguales que, como todas, podía ser insoportable y fascinante al mismo tiempo.



Subías algo porque querías compartirlo. Enlazabas porque te parecía interesante. Comentabas porque tenías algo que decir y porque, milagro, alguien podía responder con argumentos y no con .un avatar sonriente de tu cara con el pulgar levantado. La idea de que ese gesto pudiera medirse en un panel de métricas y convertirse en ingreso recurrente habría sonado, entonces, a ciencia ficción distópica o a capítulo rechazado de Black Mirror.



La transformación que se ha dado a lo transaccional tiene nombre y apellidos. Se llama «creator economy» y ha conseguido algo tan notable como colonizar el lenguaje del activismo cultural para describir lo que en realidad es la más clásica de las relaciones laborales precarizadas, pero con filtro. El influencer, el creador de contenido, el newsletter writer, el podcaster con Patreon, todos ellos han interiorizado que su presencia en línea es un activo económico que hay que gestionar con la misma frialdad con que un empresario gestiona su cuenta de resultados. Y con la misma ansiedad.


La audiencia ya no es una comunidad. Es capital. Los seguidores no son interlocutores. Son clientes potenciales, miembros de un tier, objetivos de conversión. Cuando alguien habla de su «embudo de ventas», de su «ARPU», de la «retención» de sus suscriptores, no está describiendo una relación humana ni una conversación estimulante sobre el Principio de Peter. Está describiendo un entramado de extracción. Y lo peor no es que esa infraestructura exista, sino que haya sido vendida como emancipación. Como si monetizar tu tiempo libre fuera libertad y no, precisamente, la abolición de la última frontera donde el tiempo era tuyo y no una oportunidad de negocio.


La llamada «sharing economy» completó el trabajo por el otro flanco. Uber, Airbnb y su progenie prometieron un mundo de intercambio entre pares, de recursos compartidos, de comunidad horizontal, casi de fraternidad con tarifa dinámica. Lo que entregaron fue algo bastante más banal. Mercados de trabajo precario gestionados por algoritmos, donde cada gesto de «compartir» se factura, se puntúa y se convierte en materia prima para el negocio de una empresa que cotiza en bolsa. La retórica cooperativa fue el envoltorio. La extracción de valor, el producto. El abrazo, con comisión.


Pero quizás el giro más profundo, y el más silencioso, es el que ocurre cuando ni siquiera hay transacción visible. Cuando algo es «gratis». Porque en el ecosistema actual, gratis no significa sin coste. Significa que el coste es opaco y diferido, como esas condiciones que nadie lee pero que todos aceptan con entusiasmo automático.


Cada like, cada comentario, cada segundo de atención sostenida alimenta modelos algorítmicos que generan beneficio para la plataforma de maneras que el usuario no ve, no entiende y, en la mayoría de los casos, no ha consentido de forma informada. El usuario cree que está participando en una comunidad vibrante cuando en realidad está trabajando gratis y feliz en su ignorancia.




Este proceso tiene un nombre que se ha popularizado en los últimos años. Se le llama Enshittification (mierdificación en la lengua de Cervantes) El término fue acuñado hacia 2022 y 2023 por Cory Doctorow, escritor de ciencia ficción, periodista y activista canadiense-británico especializado en derechos digitales y enemigo acérrimo de los oligopolios tecnológicos. Doctorow, vinculado durante años a Boing Boing y a organizaciones como la Electronic Frontier Foundation, lo utilizó para describir el ciclo por el cual las grandes plataformas digitales se vuelven progresivamente peores para todos los actores implicados a medida que priorizan la extracción de valor económico. Primero son generosas con los usuarios para crecer. Después favorecen a los clientes que pagan. Finalmente, cuando ya tienen suficiente poder de mercado, exprimen a ambos lados y degradan el servicio mientras maximizan beneficios. Eligió una palabra deliberadamente malsonante para romper la neutralidad del lenguaje empresarial y dejar claro que no se trata de pequeños fallos, sino de un modelo diseñado para producir esa degradación.




Frente a todo esto, sobreviven algunas aldeas irreductibles que merecen ser nombradas no como curiosidades arqueológicas sino como prueba de que otro modelo es posible y, de hecho, lleva décadas funcionando con dignidad tozuda. Un digno ejemplo es Menéame, el agregador de noticias ideado por el bitólogo Benjamí Villoslada y su amigo Ricardo Galli, que ha cumplido veinte años sin haber sido comprado, vendido ni rediseñado para optimizar el engagement hasta la extenuación. Este portal sigue operando con una lógica de votación colectiva que recuerda más a una asamblea de lectores que a un producto tecnológico de Silicon Valley con quinoa en la nevera.


QuinoaImagen tomada de aquí.


No hay algoritmo opaco decidiendo qué ves. Hay usuarios que votan lo que les parece relevante y una comunidad que, con todas sus peleas internas, sus ironías excesivas y sus sesgos propios, sigue siendo reconocible. También está Reddit, en sus subforos más especializados conserva todavía destellos de aquella cultura original, aunque la empresa lleve años intentando aplanarlos en favor de la monetización con la delicadeza de una excavadora. Los wikis temáticos, los foros de hardware, los espacios de fanfiction, ciertas comunidades de jugadores de rol por texto, todos ellos son territorios contralgorítmicos donde la participación sigue midiendo su valor en moneda simbólica y no en conversiones trimestrales.


Lo que tienen en común estos espacios es significativo. Son feos. Son difíciles de usar. No tienen aplicación móvil optimizada ni notificaciones diseñadas para crear dependencia con la precisión de un laboratorio conductista. No tienen un equipo de producto trabajando para maximizar el tiempo de sesión con gráficos ascendentes en pantalla gigante. Y precisamente por eso sobreviven como espacios donde ocurre algo parecido a una conversación real, donde el conocimiento acumulado en un hilo de diez años tiene más valor que el post viral de esta mañana que ya nadie recuerda.


Son, en ese sentido, los herederos directos de las sociedades científicas del XVII. Comunidades organizadas alrededor del interés genuino, sin porteros que cobren entrada y sin la obsesión constante por convertir cada interacción en flujo de caja.


Debemos también poner de manifiesto que hay una dimensión de este problema que va más allá de las malignas plataformas y los modelos de negocio basados en algoritmos opacos. Tiene que ver con algo más profundo de la cultura contemporánea y es que vivimos en una sociedad que publica más libros que lee, que produce más contenido del que es capaz de consumir. El narcisismo no es una patología individual que algunos usuarios padecen por exceso de selfie. Es la estructura misma que el ecosistema transaccional ha construido y premiado sistemáticamente durante dos décadas con eficiencia admirable.


La lógica del creador de contenido es, en el fondo, la lógica del escritor que publica su libro sin haber leído los de los demás —ahora con la IA puede que ni el suyo—, del conferenciante que solo asiste a las charlas donde habla él, del intelectual que tiene opiniones sobre todo y curiosidad por nada porque la curiosidad no escala bien. Lo que las plataformas han hecho es industrializar ese impulso y hacerlo rentable. Han construido una infraestructura perfectamente diseñada para premiar la emisión y penalizar la recepción, para recompensar el publicar y no el leer, el hablar y no el escuchar, el producir y no el pensar.


El resultado es un ecosistema de púlpitos saturado de voces que publican en substack obligadas a revisar las métricas para ser víctimas del autoengaño. Miles de podcast que no son más que conversaciones entre amigos que se quieren hacer los interesantes. Teselas infinitas de fotografías para conforman un album de nuestro superyo. Todos son espacios donde la atención es el recurso más escaso y nadie quiere gastarla en los demás porque todos están demasiado ocupados reclamándola para sí mismos con la convicción íntima de que lo suyo es imprescindible para el destino de la humanidad.


Esto no es un accidente. Se trata de diseño, de la evolución del conductismo al neurohacking. Una plataforma que premiara la lectura profunda, la conversación sostenida, el cambio de opinión razonado, no tendría métricas que vender ni titulares sobre crecimiento exponencial. No generaría el tipo de engagement que los anunciantes compran con sonrisa corporativa. La economía de la atención necesita producción constante, no reflexión. Necesita reacciones, no argumentos. Necesita que todos sean emisores todo el tiempo, porque los receptores no generan datos suficientemente valiosos ni titulares para inversores.


Lo más revelador es lo que ha pasado incluso con los espacios de resistencia. La gratuidad ya casi nunca es inocente. Cuando alguien da algo gratis en internet en 2025, la primera pregunta que se hace el receptor, entrenado por años de exposición al ecosistema, es «¿qué quiere a cambio?». El regalo se ha vuelto sospechoso. La generosidad necesita explicación, nota al pie y modelo de negocio adjunto. Dar sin esperar algo a cambio se ha convertido en una postura que requiere justificación, casi en un acto de rebeldía que debería cotizar en bolsa.


Eso es lo que se ha perdido, y es más de lo que parece. No es nostalgia por una web que tampoco era el paraíso que la memoria tiende a construir ni por unas sociedades científicas que excluían a la mayoría de sus contemporáneos con elegancia protocolaria. Es la constatación de que cuando toda interacción se piensa como potencial transacción, algo se rompe en la textura misma de lo social.




Los miembros de la Royal Society no necesitaban un algoritmo para saber que valía la pena compartir lo que habían descubierto, aunque algunos necesitaran reconocimiento y retrato oficial. Lo sabían porque habían leído a los que vinieron antes, porque participaban en una conversación que los superaba y que esperaban que los sobreviviera, algo difícil de medir en términos de conversión pero sorprendentemente eficaz para producir conocimiento duradero. Esa humildad, la de quien sabe que forma parte de algo más grande que su propio perfil y que su siguiente publicación patrocinada, es exactamente lo que el ecosistema transaccional ha hecho todo lo posible por exterminar con método y financiación. Y lo está consiguiendo con notable eficiencia



https://www.jotdown.es/2026/02/la-estafa-de-lo-transaccional/