miércoles, 25 de diciembre de 2013

Un cuento y un programa televisivo de Ciencia ficción:

LA ESTRELLA,

por ARTHUR C. CLARKE



Tengo la suerte de recordar que obra leí inicialmente de un autor. De Arthur C. Clarke recuerdo muy bien que cuento leí de él en segundo lugar, este cuento fue  La estrella. Un relato que fue la respuesta certera a mi pregunta: ¿Se puede hacer ciencia ficción con Jesucristo? Y la respuesta fue afirmativa. La estrella fue publicado inicialmente en la revista Infinity en 1955 y logro coronarse al año siguiente con el premio Hugo. Posteriormente La estrella fue incluído en una antología llamada The Other Side of the Sky. Este cuento lo pude leer gracias a mi padre que poseía la colección de la revista Planeta, esa revista dirigida por Jacques Bergier y Louis Pauwels, el mismo dueto que conquisto las estanterias de las casas venezolanas en los años 60s y 70s con la obra: El retorno de los brujos. Por lo menos puedo asegurar que ese libro habia conquistado la biblioteca de la casa. Pero volvamos al relato La estrella, este cuento es uno de los tantos que me gusta de Arthur C. Clarke y considero que es un relato de alta factura.  En esta entrada podran disfrutar de dos versiones al español del relato.


El cuento La estrella fue adaptado para el formato televisivo en el lejano 1985 ( en ese año por primera vez un  DeLorean DMC-12 viajó en el tiempo) en la segunda etapa de ese famosisimo programa llamado La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone). Haciendo una encuesta informal entre seguidores de este programa de tv arrojó que este cortometraje televisivo se posicionó como uno de los mas recordados. En esta entrada podran disfrutar del programa de televisión que mencionamos anteriormente tanto en español latino como en la versión original subtitulada en castellano. Quizás el ver este programa de tv despertará la nostalgia de muchos lectores, nostalgia de un futuro  a la vuelta de la esquina que no había llegado y que aún conservaba el agudo brillo del cromo pulido.

Portada de la antología de relatos de Arthur C. Clarke publicada en 1958 titulada The other side of the Sky


Deseamos disfruten de la geosincrónica pluma de Arthur C. Clarke y de un trozo de futuro venido del pasado catódico.


Richard Montenegro


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Arthur C. Clarke en su casa en  Washington D.C. en 1952 con un ejemplar de su libro "La exploración del Espacio"

La estrella



A tres mil años luz del Vaticano...

De aquí al Vaticano hay tres mil años luz. Antes, para mí, la inmensidad y la complejidad del espacio eran una cosa, y la fe otra. Estudiaba el universo y creía en el cielo. Pero ahora he visto a Dios en acción. Te he visto en acción, Dios mío. ¡Oh Dios sin Dios, ayúdame!

Contemplo el crucifijo colgado en la pared plástica, sobre la máquina de calcular número seis. Por primera vez en mi vida me pregunto si no es un símbolo vacío.

Todavía no he hablado con nadie. Pero no se puede ocultar la realidad largo tiempo. Ahí están las informaciones: en millares de cintas magnéticas, en millares de fotografías. Todos podrán leerlas. Centenares de sabios en el mundo las interpretarán tan bien como yo, si no mejor. Sé muy bien que mi Compañía ha tenido mala fama en el pasado por haber alterado sutilmente la verdad. Pero la verdad circula libremente al presente. ¿Puedo impedirlo yo? Eso sería intolerable...

Divertía a la tripulación tener como astrofísico jefe a un jesuita. El Doctor Chandler no se acostumbra a ello. ¡Tantos médicos son ateos! Venía a veces a verme en el puesto de observación desde donde examino, a través del alumbrado tamizado, las estrellas que palpitan en su gloria salvaje. Se acercaba. Hombro contra hombro, ante el gran tragaluz ovalado, mirábamos cómo el cielo basculaba lentamente a medida que nuestra astronave daba vueltas a causa de un residuo de rotación que nunca nos habíamos tomado la molestia de anular. Terminaba siempre diciéndome: 

-Helo ahí. Eso continúa, eternamente, sin fin. Quizás algo ha construido formidable. ¿Pero cómo puede usted creer que ese algo se interese particularmente por nuestra pequeña Tierra?

Detrás del tragaluz, estrellas y nebulosas valsaban. Yo replicaba limitandome a citar mis publicaciones en la "Revista de Astrofísica" y el "boletín mensual de la Sociedad Real de Astronomía". Le recordaba que la Compañía de Jesus ha estado siempre al frente del trabajo científico. Es cierto: nuestra contribución a la astronomía y la geofísica, si se piensa que no somos más que un pequeño número de hombres, es considerable.

¿Pero mi informe sobre la nebulosa Fénix va a poner fin a mil años de historia de nuestra Compañía? Temo que ponga fin a más cosas todavía. 

No sé quién le dio ese nombre a esta nebulosa. Es un nombre que no me gusta.Quiero creer que es profético. ¿Pero cuántos millones o millares de años necesitaremos para saberlo?


San Ignacio de Loyola. Pintura de Pedro Pablo Rubens

En la escala cósmica, la nebulosa Fénix es muy pequeña. Es una cáscara de luz incandescente. Yo había colocado el grabado de Rubens que representa a Loyola junto al espectrómetro. Padre mío, ¿qué habrías hecho con lo que yo sé? ¿Tu fe habría sobrevivido, se habría afirmado cuando la mía se hunde? 

¿Hacía qué punto en la lejanía se puede fijar la mente, Padre mío? He recorrido distancias que tú no podías concebir cuando, hace mil años, fundaste nuestra Orden. Ninguna astronave se ha alejado tanto de la Tierra. Estamos en las fronteras del universo conocido. Salimos para llegar a los restos de la nebulosa Fénix. Los hemos alcanzado, Padre mío, y vuelvo abrumado. nesecitaría ayuda. Pero llamo en vano más allá de los siglos y de los años-luz.

En el libro que tienes en las manos, tal como te ha representado Rubbens, se leen las palabras: Ad Majorem Dei Gloriam. Me duele, pero ya no creo. ¿Y tú, seguirías creyendo, Padre mío? 

Al partir sabíamos qué era la nebulosa Fénix: Un inmenso montón de muerte. Sólo en nuestra galaxia, cien estrellas estallan cada año, duplicando o triplicando bruscamente el resplandor en la llama de una nova. 

Pero tres o cuatro veces cada mil años es la llama inconcebible de una supernova la que brilla en el espació infinito , anonadando con su luz todos los soles de una galaxia. Los chinos vieron una en 1054 de la era cristiana sin comprender que ocurría. Cinco siglos después en 1572, en la constelación de Casiopea, una supernova se hizo visible en pleno día. Pasaron otros mil años y se vieron otras tres supernovas. 

Nuestra misión consistía en visitar los restos de esa catástrofe destructora de planetas y, si era posible, averiguar sus causas. 

Llegamos a través de las capas concéntricas de gas. Eran muy calurosas e irradiaban una luz violeta. En el centro de una cáscara que tenía mil veces la dimensión de nuestro sistema solar quedaba un objeto fantástico que había sido una estrella: una enana blanca, el cadáver de una estrella, más pequeña que la Tierra, pero que pesaba mucho más. 

Detuvimos nuestro propulsor interestelar y derivamos a velocidad reducida hacia la estrellita. Nadie esperaba encontrar planetas. Si los había habido antes de la explosión, tenían que haber sido volatilizados. Pero encontramos un mundo muy pequeño a una inmensa distancia de esa estrella muerta. La llama de la explosión había calcinado sus rocas y destruido toda vida. Nos posamos allí y encontramos el Receptáculo. 

Revista Infinity donde fue publicado el cuento La estrella en 1955

Quienes lo habían construido habían tomado sus precauciones para que lo encontraran algún día. Nuestros detectores descubrieron flechas de radiactividad grandes como continentes y enterradas en las rocas, parecidas a las luces de un faro encendido para la eternidad. 

Nuestra nave, siguiendo esas flechas, llegó al blanco. Las columnas de apoyo, sobre el Receptáculo, habían tenido tres kilómetros de altura. Ahora parecían cirios derretidos. Excavamos durante semanas a través de las rocas calcinadas. 

Harán falta generaciones de seres terrestres para hacer el catálogo de los mensajes enterrados. Quienes han dejado esos recuerdos de su vida sabían que su sol iba a estallar. ¡Lástima que no dispusieran de más tiempo! Sabían viajar entre los planetas, pero no habían descubierto la navegación interestelar. Y el sistema solar más cercano se hallaba a diez año-luz. 

Eran seres humanos. Lo vimos en seguida en sus esculturas. Han dejado películas y máquinas para proyectarlas. Y toda la belleza, toda la gracia de una civilización divinamente superior a la nuestra se nos aparecieron. Sus planetas eran bellos, sus ciudades tenían un encanto exquisito. Los hemos visto trabajar y jugar. Hemos oído sus voces musicales. 

Tras mis párpados se ha fijado una escena: Unos niños juegan en una extraña playa de arena azul, y el sol traidor, cuya explosión iba a martirizar a esa inocencia, se hunde tranquilamente en el mar. 

Lo sé, lo sé: culturas y razas han desaparecido de nuestra Tierra. Pero la de allí es una destrucción completa, el engullimiento irremediable de todo un mundo en plena floración y en pleno triunfo. ¿Cómo conciliar esta muerte inmensa con la compasión de Dios? No obtengo respuesta. ¿Acaso, Padre Loyola, oíste voces que para mi alma están muertas? Nada me ha ayudado en los ejercicios espirituales. No había más mal en ellos que en nosotros, Padre mío. No sé a qué Dios. 
Revista Planeta número 6 donde fue publicado este cuento en 1965

Pero he visto su belleza a través de los siglos... 

Adivino lo que mis colegas de las sociedades sabias dirán a mi regreso. Dirán que el Universo no tiene plan ni propósito. Cien soles estallan cada año en nuestra galaxia. En este momento mismo, en las profundidades del espacio, formas de vida y de pensamiento desaparecen, y que esas formas hayan hecho el bien o el mal, nada cuenta finalmente; no hay justicia ni Dios. 



Sé que mi emoción supera a mi lógica. Dios no tiene por qué justificar sus actos entre los hombres. Quien ha construido el Universo tiene derecho a destruirlo o a transformarlo a su gusto. ¿Sabemos, podemos atrevernos a decir lo que puede hacer o no hacer? Sí, sí, eso es una arrogancia parecida a la blasfemia. 

Conozco esos argumentos, Padre mío. Pero hay un punto más allá del cual la fe más profunda se agrieta. He llegado a ese punto. Mis cálculos me han llevado al él. 

Antes de llegar a esta nebulosa sacrificada no podíamos saber cuando se había producido la explosión. 

Ahora lo sabemos por la observación astronómica directa y por el análisis de las rocas. Sé también en qué fecha exacta la luz de esta catástrofe brilló durante unas horas sobre la Tierra, en qué fecha la luz de esta supernova iluminó el cielo de la aurora de un país de Oriente. No es posible duda alguna. ¡El antiguo misterio está resuelto, ay! ¡Habrías podido utilizar tantos otros fuegos, Dios mío, para avisar a los magos!

Dios mío, ¿por qué arrojaste a estos pueblos bellos en el horno ardiente para que el resplandor de su fin brillara sobre Belén?


Fuente: Revista Planeta N°6 -Agosto/Septiembre- Ed. Sudamericana Pag. 111





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 Ahora disfruten de una versión más reciente del cuento de Arthur C. Clarke






LA ESTRELLA


ARTHUR C. CLARKE


Hay tres mil años luz hasta el Vaticano. En otro tiempo creía que el espacio no podía alterar la fe; y lo creía al igual que consideraba fuera de duda el que los cielos cantaran la gloria de la obra de Dios. A la sazón he visto esa obra y mi fe se encuentra considerablemente minada.

Contemplo el crucifijo que pende en la pared de la cabina sobre el ordenador Mark VI y por primera vez en mi vida me pregunto si no será un símbolo vacuo.

No he hablado con nadie todavía, pero la verdad no puede ocultarse. Los datos existen para que alguien los observe, registrados como están en millas incontables de cinta magnética y miles de fotografías que llevamos de regreso a la Tierra. Otros científicos las interpretarán tan fácilmente como yo; más fácilmente, sin duda. No soy quien para simular la manipulación de la verdad que tan pésimo prestigio proporcionó a mi orden en los días pasados.

La tripulación está ya bastante deprimida; me pregunto cómo se tomarán esta última ironía. Pocos de cuantos la componen tienen una fe religiosa, y, no obstante, no se aprovecharán de este arma definitiva usándola contra mí; guerra privada, honrada pero fundamentalmente seria, que ha tenido lugar durante todo el trayecto desde que salimos de la Tierra. Era divertido tener a un jesuita de Primer Astrofísico. El doctor Chandler, por ejemplo, nunca pudo asimilarlo del todo (¿por qué serán ateos tan notorios los hombres entregados a la medicina?). A veces me encontraba ante el tablero de observación, donde las luces permanecen siempre amortiguadas y el resplandor de las estrellas con gloria inalterada. Se me acercaba entonces y se quedaba contemplando el exterior por la gran escotilla oval, mientras los cielos giraban con lentitud en torno de nosotros a medida que la nave se balanceaba de punta a punta con la escora que no nos habíamos molestado en corregir.

–Bueno, padre –acababa diciendo al final–. Esto prosigue una eternidad tras otra; acaso lo hizo Alguien. Sin embargo, ¿cómo puede creer usted que ese Alguien ha de tener un interés especial en nosotros y en nuestro miserable mundillo? Esto es lo que no puedo entender. –Comenzaba entonces la disputa, mientras las estrellas y las nebulosas giraban en derredor de nosotros en silenciosos e infinitos arcos que se abrían del otro lado del plástico de la escotilla de observación.

En mi sentir, era la aparente incongruencia de mi posición lo que, de veras, divertía a la tripulación. En vano argumentaba yo con mis tres artículos en el Diario Astrofísico y mis cinco de Noticias Mensuales de la Real Sociedad Astronómica. Les recordaba que nuestra orden había conseguido no poca fama por sus trabajos científicos. Podíamos quedar pocos ya, pero desde el siglo XVIII habíamos hecho aportes a la astronomía y la geofísica que no podían ni siquiera evaluarse.

¿Dará al traste con mil años de historia mi informe sobre la Nebulosa del Fénix? Me temo, empero, que dará al traste con muchas más cosas.

No sé quién bautizó a la nebulosa con ese nombre que tan malo me parece. Si contiene una profecía, ésta no podrá verificarse hasta dentro de mil años. Hasta la palabra «nebulosa» es equívoca, ya que el Fénix es mucho más pequeño que esas magníficas acumulaciones de gas (la materia de las estrellas nonatas) que se esparcen por toda la longitud de la Vía Láctea. En escala cósmica, por supuesto, la Nebulosa del Fénix es una cabeza de alfiler, una tenue cáscara de gas que rodea a una estrella única.

O lo que queda de esa estrella...

Mientras se alza por encima de las líneas del espectrofotómetro, la rubensiana pesadez de Loyola parece burlarse de mí. ¿Qué habrías hecho tú, Padre, con este conocimiento que me ha sobrevenido, tan alejado del pequeño mundo que era todo el universo que tú conociste?
¿Habría triunfado tu fe en la prueba, como la mía ha fallado ante ella?

Miras en la distancia, Padre, pero por mi parte he ido más allá de lo que pudieras haber imaginado cuando fundaste nuestra orden hace dos mil años. Ninguna otra nave investigadora ha ido tan lejos de la Tierra; nos encontramos en las mismísimas fronteras del universo explorado. Nos propusimos alcanzar la Nebulosa del Fénix, lo conseguimos, y regresamos con el conocimiento sobre nuestros hombros. Desearía liberar mis hombros de esa carga, pero en vano te invoco a través de los siglos y los años luz que se alzan entre nosotros.

Las palabras son transparentes en tu libro de reglas. AD MAIOREM DEI GLORIAM, dice el mensaje, pero se trata de un mensaje en que ya no puedo creer. ¿Habrías seguido creyendo tú de haber visto lo que hemos encontrado?

Por supuesto, sabíamos lo que era la Nebulosa del Fénix. Todos los años, sólo en nuestra galaxia explotaban más de cien estrellas, aumentando durante horas o días su fulgor en miles de veces antes de sumergirse en la muerte y la negrura. Son las novas ordinarias, las consabidas catástrofes del universo. He registrado los espectrogramas y curvas de luz de docenas de ellas desde que comencé a trabajar en el observatorio lunar.

Pero tres o cuatro veces cada mil años tiene lugar algo distinto junto a lo que hasta una nova palidece con total insignificancia.

Cuando una estrella se convierte en supernova puede, durante un breve instante, apagar el brillo de todos los soles de la galaxia. Los astrónomos chinos detectaron una en 1054 sin saber que fenómeno fue. Cinco siglos más tarde, en 1572, estalló una supernova en Casiopea con tanto brillo que fue visible a la luz del día. En los mil años transcurridos desde esa fecha han tenido lugar tres explosiones más.

Nuestra misión era visitar los restos de una catástrofe tal para reconstruir los sucesos que la habían precedido y, de ser posible, saber la causa. Nos adentramos con cautela en las capas concéntricas de gas que habían estallado tres mil años antes y que se encontraban todavía en expansión. El calor era inmenso y radiaba aún con feroz luz violeta, demasiado tenue empero para hacernos daño. Cuando la estrella explotó, sus estratos exteriores irrumpieron hacia arriba con velocidad tal que habían salido por completo de su campo de gravitación. Hoy forman un caparazón hueco tan grande que puede abarcar mil sistemas solares, rodeando lo que brilla y arde en su centro y que no es sino el objeto fantástico que es ahora la estrella: una masa blanca, más pequeña que la Tierra, pero con un peso un millón de veces mayor.

Las capas de gas brillante nos rodeaban y desvanecían la noche normal de los espacios interestelares. Volamos en el interior de una bomba cósmica que había detonado milenios atrás y cuyos fragmentos incandescentes eran todavía metralla. La inmensa escala de la explosión y el hecho que su onda expansiva hubiera alcanzado ya un volumen de espacio de muchos billones de millas, despojaba a la escena de todo movimiento perceptible. Un ojo desnudo tardaría décadas antes de captar un movimiento en las torturadas espirales de gas; sin embargo, la sensación del estallido lo dominaba todo.

Habíamos comprobado nuestra dirección primaria horas antes y nos encaminábamos despacio hacia la pequeña estrella que teníamos al frente. Había sido un sol como el nuestro en otro tiempo, pero había despilfarrado en pocas horas la energía que habría mantenido su brillo durante un millón de años. A la sazón se encontraba como un tacaño desplumado que escatimara sus recursos en un intento de reparar su pródiga juventud.

Seriamente, nadie esperaba encontrar planetas. Si alguno hubo antes de la explosión se habría convertido en ráfagas de vapor y su sustancia se habría confundido con la estructura de la estrella misma. Pese a todo investigamos rutinariamente, como siempre que nos aproximábamos a un sol desconocido, y dimos con un mundo diminuto que daba vueltas en torno de la estrella a una distancia inmensa. Tenía que haberse tratado del Plutón de aquel desvanecido sistema solar, dando vueltas en las fronteras de la noche. Demasiado lejos del sol central para haber conocido la vida, su distancia misma lo había salvado del destino que sin duda habían seguido todos sus compañeros.

Los fuegos de la explosión habían afectado su capa rocosa y quemado la costra de gas helado que en sus días lo habría cubierto. Aterrizamos y encontramos la bóveda.




Sus constructores hicieron seguramente lo mismo que habríamos hecho nosotros. La señal monolítica que se erguía sobre la entrada era a la sazón una masa fundida, pero desde que tomamos las primeras fotografías desde lejos supimos que aquello había sido obra de la inteligencia. Poco después detectamos la capa de radiactividad que había quedado enterrada en la roca. Aún cuando el pilón que descollaba sobre la Bóveda hubiera sido destruido, esta capa habría permanecido, inmóvil, pero como faro eterno que llamaba a las estrellas. Nuestra nave descendió hacia aquel gigantesco ojo de buey como una flecha corre hacia la diana.

El pilón debió alcanzar una milla de altura cuando fue construido, pero a la sazón parecía un cabo de vela que hubiera sido derretido y convertido en amasijo de cera. Nos costó una semana pasar por la capa rocosa fundida, ya que no teníamos las herramientas apropiadas para el caso. Nuestro programa original fue dejado de lado; aquel monumento solitario, que hablaba de un trabajo realizado a una distancia tan grande del sol destruido, sólo podía tener un sentido. Una civilización que supo cercana su muerte había alzado su último adiós a la inmortalidad.

Habríamos tardado generaciones enteras en examinar todos los tesoros que encontramos en la Bóveda. Ellos tuvieron mucho tiempo para prepararla, ya que el sol debió dar sus primeros avisos muchos años antes de la explosión final. Todo lo que quisieron preservar, todos los frutos de su genio, lo llevaron hasta aquel mundo distante en los días que precedieron al fin, esperando que cualquier otra raza los encontrara y no hiciera caso omiso de ellos.

¡Si hubieran tenido un poco más de tiempo! Podían viajar con soltura de un planeta a otro, pero todavía no habían aprendido a salvar los golfos interestelares; y el sistema solar más cercano se encontraba a cien años luz de distancia.

Aun cuando no hubieran sido tan intranquilizadoramente humanos como mostraban sus esculturas, no hubiéramos podido menos que admirarlos y lamentar su destino. Dejaron miles de registros visuales y máquinas para proyectarlos, junto con elaboradas instrucciones gráficas de las que no resultaba difícil deducir su lenguaje escrito. Examinamos muchos de aquellos registros y revivimos con ellos por vez primera, en seis mil años, la calidez y hermosura de una civilización que tuvo que ser superior a la nuestra de muchas maneras.

Acaso habían dejado memoria sólo de lo mejor. Pero sus mundos eran encantadores y sus ciudades habían sido construidas con una gracia que se relacionaba con la de cualquiera de las nuestras. Las contemplamos en pleno funcionamiento y escuchamos su habla musical a través de las centurias. Recuerdo todavía una viva escena: un grupo de niños en un banco de extraña arena azul jugaban con las olas como los niños juegan en la Tierra.

Y hundiéndose en el horizonte, todavía cálido, amable y vitalizador, se encontraba aquel sol que pronto habría de trocarse en traidor y de olvidarse de toda aquella felicidad inocente. 

Posiblemente, de no haber estado tan lejos de la Tierra y de no habernos encontrado por ende tan propensos a la soledad, no nos habríamos conmovido tanto. Muchos habíamos visto ruinas de antiguas civilizaciones en otros mundos, pero nunca nos habían afectado tan profundamente.

La tragedia era única. Para una raza, sucumbir y decaer era una cosa, como las naciones y las culturas habían hecho en la Tierra. Pero ser destruida tan completamente en pleno florecimiento, sin dejar supervivientes... ¿cómo podía conciliarse ello con la misericordia de Dios?

Mis colegas me preguntaron esto y les di las respuestas que supe. Acaso tú lo habrías hecho mejor, Pader Loyola, pero nada he encontrado en los Ejercicios Espirituales que pueda servirme. No habían sido malvados; no sé a qué dioses adoraban, si acaso adoraban a alguno. Pero los he visto después de muchos siglos y he contemplado durante largos instantes el empeño que pusieron en su último esfuerzo por preservarse mientras ese empeño era iluminado por el sol que estaba amenazado.

Sé las respuestas que me darán mis colegas cuando regrese a la Tierra. Dirán que el universo no tiene propósito ni plan, puesto que cada año explotan cien soles, en este mismo instante hay una raza en algún lugar del espacio que se encuentra en trance de extinción. Tanto si ha obrado bien como si ha obrado mal en el curso de su existencia, ello no cuenta a la hora definitiva; no hay justicia divina porque no hay Dios.

No obstante, por supuesto, cuanto hemos visto no prueba nada. Quien argumentase así estaría sometido a las leyes de la emoción, no de la lógica. Dios no necesita justificar sus actos ante los hombres. Aquel que hizo el universo puede destruirlo cuando quiera. Es una arrogancia –peligrosamente próxima a la blasfemia– el decir lo que puede y no puede hacer.
A pesar de los mundos y las civilizaciones incluidas en esta consideración, podría haber aceptado este razonamiento. Pero hay un punto en el que la fe más profunda se resquebraja y, a la sazón, una vez hechos mis cálculos, he alcanzado ese punto.

Antes de llegar a la nebulosa nos era imposible decir cuándo se había producido la explosión. No obstante, a la sazón, gracias a la evidencia astronómica y a los registros encontrados en el planeta superviviente, he podido fechar la catástrofe con precisión. Sé en qué año llegó a la Tierra la luz despedida por aquel estruendo colosal. Sé con qué brillantez lució en los cielos terrestres la supernova cuyo cadáver relampagueaba mortecinamente tras nuestra nave. Sé también lo que ocasionó un resplandor a poca altura, antes del alba, brillando como un faro en el oriente.

Razonablemente no puede haber dudas; el viejo misterio está resuelto por fin. Sin embargo... Señor, había tantas estrellas que pudiste haber usado...

¿Qué necesidad había de llevar a aquellas gentes a la destrucción y que el signo de su aniquilación resplandeciese sobre Belén? 


La estrella (título original en inglés The Star) es un relato corto de Arthur C. Clarke publicado en 1955 en la revista Infinity y ganador del Premio Hugo un año después.


Posteriormente se recogió en la antología The Other Side of the Sky.








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Richard MontenegroPerteneció a la redacción de las revistas Nostromo y Ojos de perro azul; también fue parte de la plantilla de la revista universitaria de cultura Zona Tórrida de la Universidad de Carabobo. Es colaborador del blog del Grupo Li Po: http://grupolipo.blogspot.com/. Es autor del libro 13 fábulas y otros relatos, publicado por la editorial El Perro y la Rana en 2007 y 2008; es coautor de Antología terrorista del Grupo Li Po publicada por la misma editorial en 2008 , en 2014 del ebook Mundos: Dos años de Ficción Científica y en 2015 del ebook Tres años caminando juntos ambos libros editados por el Portal Ficción Científica. Sus crónicas y relatos han aparecido en publicaciones periódicas venezolanas tales como: el semanario Tiempo Universitario de la Universidad de Carabobo, la revista Letra Inversa del diario Notitarde, El Venezolano, Diario de Guayana y en el diario Ultimas Noticias Gran Valencia; en las revistas electrónicas hispanas Alfa Eridiani, Valinor y Gibralfaro, Revista de Creación Literaria y de Humanidades de la Universidad de Málaga y en portales o páginas web como la española Ficción Científica, la venezolana-argentina Escribarte y la colombiana Cosmocápsula.

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Enlace relacionado:



"Navidad en Ganímedes".

Un cuento de Navidad de Isaac Asimov




UN CUENTO DE NAVIDAD: EL REGALO por Ray Bradbury

 

 

3 comentarios:

  1. Es lamentable el modo en que el guionista del episodio de TZ arruinó el sentido de la historia original. Clarke remata el cuento de un modo contundente, sembrando la duda metafísica en el corazón del astrofísico jesuita. ¿Por qué esa "enmienda" al plateo filosófico de Clarke, tratando de encontrarle un sentido al sin sentido? Dios actuó aleatoriamente en el cuento. Dios siempre tiene un propósito en el episodio de TZ. Si el guionista tiene una idea diferente a la de Clarke, ¿por qué no escribe algo tan genial como lo que pergeñó el autor de "La estrella" en lugar de demolerlo?

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  2. Gracias Sergio Gaut vel Hartman por dejar tu opinión en el blog.

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  3. Verdad: debió respetar el cuento tal como lo escribió Clarke. Pero ¿cuándo el cine o la tv han respetado una obra escrita? Refugiándose en que los tiempos y emociones tienen tratamiento diferente en los medios audiovisuales con respecto a los escritos, suelen suceder estas cosas. Probablemente el guionista era un cristiano que se sintió incómodo o bien, quien produjo el episodio, lo era o bien, quiso dejar una imágen mas amable, paternal, conciliadora, del ateísmo con respecto a las religiones. No por algo el ateísmo duro o nuevo ateísmo esta cosechando muchas criticas por el radicalismo feroz de sus críticas, tan fuertes, que lo semejan a lo que critican, precisamente.

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