domingo, 18 de febrero de 2018

“CÓMO LEER LA POESÍA”: HANNI OSSOTT.



HANNI OSSOTT.. Foto: Vasco Szinetar


Crónicas del Olvido


**Alberto Hernández**



1.-

Soy de los que subraya los libros. Leo sobre líneas de grafito o de bolígrafo. Cuando hago eso me acerco a Ludovico Silva y lo miro mientras con su letra filosófica y menuda reconoce lo que le llama la atención y se queda con los ojos puestos en un vaso, en un jarrón, en la cara perdida de algún presocrático o en los pases ladeados de Michael Jackson. Y entonces traza una raya y se delata con un comentario al lado. 


Ludovico Silva

Digo esto porque tengo algunos libros de Ludo que llegaron a mí y los conservo con mucho afecto. Veo su letra hormigueando en las páginas: textos en latín o griego. 




Y me apresuro a jugar con esa manía, toda vez que tengo en mis manos a Hanni Ossot (siempre está cerca) con su libro “Cómo leer la poesía” (Ensayos sobre literatura y arte), editado por comala. com, Caracas 2002), porque igual que el autor de “Ópera Poética” he subrayado éste de Hanni con el regusto de sacarle todo lo que pueda a sus deslumbrantes ideas. A sus hallazgos verbales, a su sabiduría. El gozo en la lectura tiene en este libro espacio para enarbolar todos los adjetivos, pero sólo me valdré de la admiración para decir y hasta para contradecirme, que también es válido.

Yo creo que nadie sabe leer poesía. Ella nos lee. La poesía se “lee” desde la imposibilidad de creer que se lee poesía. Porque nadie sabe qué es la poesía. No se trata de un género, de una mujer desnuda, de un disparo en la sien, de unos pasos perdidos, de un libro de versos, de poemas. La poesía es, nada más. Está allí, como un cuadro que uno figura y reinventa. Como un viaje en avión entre las nubes.

Sin embargo, alguien podría preguntar ¿entonces, realmente, qué es la poesía si no sabemos qué es?

La poesía no es. Y es mejor que sea así, para que continúe el misterio y los Octavio Paz y demás teóricos, brillantes o no, sigan modulando la sintaxis o cargándole avisos y consignas a ese devaneo, a esa porfía por escribir más allá de lo posible.

2.-

Pero entonces me contradigo, porque Hanni Ossott nos conduce por unas páginas con la intención de hacernos ver “Cómo leer la poesía”. No dice cómo leer poesía, sino la poesía, lo que hace que el lector se encapriche con ese artículo y comience a formularse preguntas. ¿Por qué “la” poesía? Y ¿no por qué leer poesía? Podría parecer pérdida de tiempo, pero (siempre el pero ese) me detengo un poco y me digo: es que la poesía es una cosa y poesía otra cosa. ¿Será así?




Sí, la poesía es otra cosa. Es la poesía, la que se puede “leer” desde la incertidumbre, desde los temas que favorecen su aparición. ¿Qué le hace decir a un hombre “El otro que lleva mi nombre/ ha comenzado a desconocerme”. ¿Tenía Juarroz certeza de que la poesía lo tenía acorralado entre un “la” y un sustantivo? El espíritu de las palabras nos ahorra la explicación: la poesía es un secreto, como destacó María Fernanda Palacios en el prólogo del libro de Ossott. Y todo secreto esconde un misterio. Entonces, ¿cómo leerlo, cómo descifrarlo?

Nuestra autora vive ese misterio, vive un secreto como todo artista vive uno: saber que a “la” poesía no se le aporta nada definiéndola. Y poesía es una generalidad que podría sustanciarse con el borde de un objeto. O con las mareas.




3.-

Más allá de todo lo anterior y sus contradicciones, que podrían ser discutidas por otros autores, me quito el lazo y me voy al libro de Hanni Ossott. Ella, con una naturalidad que sorprende, nos enseña cómo abordar ese misterio, esa “herramienta” del alma que resume el alma misma. 

Varios son los puntos que desarrolla. Desde Poesía y muerte hasta Memoria de una poética, sus páginas desbordan ideas que nos acercan al evento de lectura: estar en poesía a través de su desentrañamiento: desde Rilke, su mentor, Ossott recurre a los temas más frecuentes en literatura, y para ello ensayó con esa sombra que persigue la conciencia humana: la muerte. 

“Una de las rocas sobre las que se asienta la poesía es el sentido de la muerte (…) Por ello en la poesía rara vez se habla de éxitos y sí de precariedad, de pobreza (…) Los poetas no celebran en modo alguno. La disolución, lo efímero les concierne”. 

Desde esta perspectiva, podríamos asimilar que la poesía es lo efímero, la disolución. Es decir, la poesía (la) es la que dice la muerte. El resumen de lo que se pronuncia desde lo más íntimo. Sólo para afirmar que poesía (sin la) es la presencia omniabarcante del término. 

¿Otra contradicción? Qué bueno. 

Y es tanta, que nuestra ensayista y poeta afirma de un tirón que “El arte no es necesariamente sano”. De modo que podríamos definir a la poesía como una patología, una enfermedad duradera. Y si el arte no es “necesariamente sano” es porque es necesariamente enfermo.

Palabra abismal, insondable, no cabe duda de que la poesía se revela contra ella misma y confirma que es una traducción de los sobresaltos o quietudes humanas. 

Me pongo en duda.


Foto tomada de aquí


4.-

¿Cómo leer un poema desde la muerte? Tema al fin de los creadores, la muerte es un vacío y allí se acomoda la poesía para construir una poética: es decir, su existencia como pretexto. La poesía es antes de la escritura. Ningún esfuerzo para reconocer que esto ya se había dicho antes. Nuestra autora más adelante dice:

“La literatura es cuerpo, carnalidad vuelta alma y espíritu”, antes que palabra. El espíritu anuncia el viaje, los sonidos que se convertirán en “poesía”, con razón Ossott invoca a Jung en este epígrafe: “La cuestión de lo que pueda ser el arte en sí mismo no puede ser respondida por el psicólogo…”.

Y luego, páginas más tarde: “Cuando Heidegger señalaba que “lo que dicen los poetas es instauración”, no está mostrando a la poesía como un medio capaz de arraigar al hombre a la tierra y de otorgarle un sentido a la existencia”. Es decir, la poesía es una necesidad. Por ese tamiz pasan Hölderlin, Nietszche, Rilke, Schon, quienes podrían ser ubicados en esa “Memoria de una poética” y los objetivos de estas afirmaciones:

“La luz de la conciencia organiza ese material psíquico en lenguaje”.

(***)

“Hay mucho material poético que perdemos en el vivir”

(***)

“Hay quienes opinan que se nace poeta. No estoy segura de se prejuicio. He tratado de enseñar poesía. Y he recibido contactos reveladores. Tampoco se nace para el amor, se es seducido. En la poesía hay rapto. No violación sino lenta seducción. La lentitud para el mirar y el contemplar. La lentitud para ofrendarse a la palabra del poeta. A sus bellezas. La lentitud para entregarse al eros de la poesía, que no es tiempo sino duración, un instante irreal que se prolonga en la carne y en el alma como una maravilla”

(***)

“La muerte nos relaciona con el sentir de la nada. Ella rebaja al ego, ella nos humaniza y hace de nosotros ser tierra. Creo que la muerte debe ser experimentada como fracaso”.




5.-

Finalmente, ¿cómo leer la poesía? 

Que nos lea ella. Que sea ella la lectora.

Que nos contradiga. Que nos confunda. Que nos oscurezca e ilumine.

Que nos subraye.

Que nos desaparezca.

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Para cerrar nos daremos el gusto de compartir con ustedes una entrevista que le realizó Rafael Arráiz Lucca a Hanni Ossot y que Letra Muerta tuvo la genial idea de compartir en Youtube. Nosotros seguimos la iniciativa y la compartimos con todos nuestros lectores en Ivoox. El archivo podrá escucharse online y descargarse en mp3 para escucharlo cuando mejor les parezca. Solo la redundancia de información permitirá que esta sobreviva, dada la costumbre de nuestros "líderes" de arrasar con nuestra memoria.




Pueden escucharla directamente en Youtube si gustan. Esperamos que con nuestro aporte este audio supere el millar de vistas. Aunque esta es una petición muy optimista. El audio original hasta la fecha de hoy 20 de Febrero de 2017 solo tiene 122 visualizaciones. Solo estar consciente de este número puede decirnos mucho de la vida cultural venezolana.



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Alberto Hernández

Nació en Calabozo, estado Guárico, el 25 de octubre de 1952. Poeta, narrador y periodista. Se desempeña como secretario de redacción del diario “El Periodiquito” de la ciudad de Maracay, estado Aragua. 

Fundador de la revista literaria Umbra, es miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo y colaborador de publicaciones locales y  extranjeras. Su obra literaria ha sido reconocida en importantes concursos nacionales. En el año 2000 recibió el Premio “Juan Beroes” por toda su obra literaria.

Ha publicado los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Bestias de superficie (1993), Nortes (1994) e Intentos y el exilio (1996). Además ha publicado el ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981), el libro de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994) y el libro de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999).  Recientemente ha publicado «Poética del desatino» y «El sollozo absurdo».


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