martes, 10 de enero de 2017

En memoria de John Berger





En John Berger se condesó un hombre integral que se ocupó del arte desde muy distintas aristas. Estudió arte. Fue pintor, luego se dedicó al dibujo y de allí se desplazó hacia la literatura como cuentista, novelista, crítico de arte, ensayista, poeta, traductor y guionista. En una entrevista  dijo: “¿Le cuento una historia? Me convertí en escritor porque quería ser pintor. Estaba en la escuela de arte. Una amiga me llevó a la BBC a que describiera cuadros. El primero que escogí fue uno de Van Dyck, en la National Gallery. Cinco minutos de radio, y así me fui haciendo escritor”. En esa misma entrevista aseveró: “El silencio no miente”. Al escribir intentó atrapar uno que otro silencio o como lo dijo en otra entrevista : “Escribo de la única forma que puedo hacerlo: cada página, muchas veces, buscando una mayor precisión, no sólo de las palabras sino de los espacios en blanco. Porque todo está ahí. La complicidad se encuentra en lo que no decimos. Esa es una de las causas de mi constante reescribir. La otra es que soy muy torpe. En serio: lo soy”. 



Con mucho silencio a cuesta fue elaborando una obra donde la poética de la buena escritura no falta y en la que una mirada atenta explora la belleza desde sus moradas menos previsibles. Siempre releo sus libros, pero sobre todo aprendo de su estilo luminoso, limpio, fresco e irreverente. Nunca desentona y cualquier tema en sus escritos tiene la impronta de la honestidad. Como homenaje (sin saberlo, claro) escribí este texto sobre el escultor Alberto Giacometti. Un texto que le debe mucho a Berger y que desde mi torpeza he escrito para festejar a un escultor un tanto extraño y a un escritor (o debería escribir a un Artista en Mayúscula) que tuvo una visión abarcante tanto del arte mirar como el de crear o como él lo dijo: “Un dibujo de un árbol no muestra un árbol, sino un árbol que está siendo contemplado”.


*******


Giacometti: Una fotografía y un comentario


Existe una foto de Alberto Giacometti (Borgonovo, Suiza, 10 de octubre de 1901 - Coira, Suiza, 11 de enero de 1966) hecha por Henri Cartier-Bresson, le hizo varias, pero está fue publicado a raíz de la muerte del artista, que gracias a la magia del Internet la he encontrado en una bastante buena resolución. La foto fue utilizada por el escritor, también pintor, John Berger como punto de partida para evaluar (y elucubrar algunas ideas) sobre la obra de Giacometti. La foto sin ser excepcional (un individuo cruzando una calle bajo la lluvia) tiene de especial que ese individuo es Giacometti, la foto es de Cartier-Bresson y el comentario excepcional pertenece a Berger. Todos estos elementos dispares se engranan y dan cuenta sobre los pormenores del arte en la actualidad. 

Henri Cartier-Bresson


Lo que le proporciona carnadura poética a la fotografía es el comentario que escribe Berger y forma parte del libro “Mirar” publicado en español por Hermann Blume en 1987. Desde que leí el libro de Berger, este ha constituido para mí en un libro indispensable debido a que los temas sobre arte buscan despertar en el lector una emocionalidad crítica sobre algunos pintores, clásicos y modernos, a través de la mirada atenta de una foto, un cuadro o un artista determinado. Berger mira desde otros ángulos menos trillados y eso es lo que ha permitido (hoy todavía) a su libro conservar un tono fresco y como tallado en una irreverencia intemporal. 

Retomando lo de la foto es necesario aclarar que la foto comenzó a obsesionarme por culpa de Berger ya que él ve la foto desde el trasfondo, desde la vida de un artista excepcional y que al parecer estuvo como descolocado en esa foto del arte contemporáneo. Berger escribe: “Una semana después de la muerte de Giacometti, la revista Paris-Mach publicó una extraordinaria fotografía que había sido tomada nueve meses antes. En ella aparece Giacometti solo, bajo la lluvia, cruzando una calle de Montparnasse cercana a su estudio. Lleva puesta una gabardina que le cubre asimismo la cabeza, aunque no por ello dejan las mangas de taparle los brazos. Sus hombros encorvados se ocultan bajo la gabardina. El efecto inmediato que produjo esta fotografía en el momento de su publicación se debió a que mostraba la imagen de un hombre extrañamente despreocupado por su bienestar. (…) Pero lo que hace que esta fotografía sea extraordinaria es que sugiere mucho más sobre el carácter de Giacometti. La gabardina parece prestada. Se diría que no lleva nada debajo, salvo los pantalones. Tiene el aspecto de un superviviente, pero no en un sentido trágico. Está hecho a la situación; «como un monje», diría yo, especialmente dado que la forma en que se cubre la cabeza con la gabardina sugiere una capucha frailuna. Llevaba su pobreza simbólica con mucha más naturalidad que la mayoría de los monjes”. 

Alberto Giacometti


Esta observación plantea a que se debe esa distracción del artista, porqué él se abandonaba a tal extremo. Este descuido personal de Giacometti ejemplifica, en alguna medida, al artista encerrado en la burbuja de su obra sin reparar si afuera de su estudio llovía o la luz de un sol radiante lo inundaba todo. Esa imagen de un artista aislado viviendo de forma frugal y austera, trabajando en su obra sobre tres o cuatro temas recurrentes, es hoy día inconcebible. El artista actual busca publicitarse, venderse, llamar la atención sobre sí mismo o sobre su obra para entrar al engranaje tintineante del mercado del arte. Necesita convertirse en una vedette llamativa. Hoy el artista quiere notoriedad, necesita brillar y está más interesado en tener éxito como artista que dejar una obra de sólidas basas de universalidad. La vida se ha convertido en un episodio efímero y el arte también. 

Otro aspecto de la foto de Giacometti es esa que visualiza al artista como desaliñado que ha dado la espalda a la sociedad. El aislamiento de Giacometti es una actitud más cercana a la desesperación que la excentricidad de un artista algo singular. Berger acota: “Giacometti ni siquiera era ya el artista que se bate en retirada. Era el artista que considera a la sociedad irrelevante. Si ésta heredó sus obras fue por descuido”. 


Aislado y perdido en su trabajo artístico sencillamente se dejo estar, se hizo uno con los objetos de su taller (Berger apunta a manera de información que por espacio de los cuarenta años ocupó el mismo estudio no cambió o movió prácticamente nada). Giacometti se fue borrando de todo sentido de utilidad. Además Emil Cioran lo había escrito: “Fuera de los escépticos griegos y de los emperadores romanos de la decadencia, todos los espíritus parecen sometidos a una vocación municipal. Sólo aquellos se han emancipado, los unos por la duda, los otros por la demencia, de la obsesión insípida de ser útiles”. 

En todo esto, como diría cualquier vendedor de autoayuda oriental, hay una especial sabiduría, una especie de iluminación nirvánica. Por otro lado esa austeridad de santo del artista denota cierto desinterés por ese fasto social del arte donde interesa más el relacionismo público que la obra. Quienes pretenden otorgarle roles de utilidad a los artistas, y a sus logros estéticos, pierden el tiempo. Muchas veces el arte es una forma peculiar de abrumadora desolación, de locura y desgarro. El artista y su obra están fuera del tiempo y ese afán del mercado y la cultura de municipalizarlo nunca ha sido efectivo ni eficaz. 

La foto no ha perdido un ápice de vigencia, mucho menos la actitud de Giacometti que bajo la lluvia camina hacia su propia redención, camina hacia esa desesperación secreta, esa angustia secreta que roe todo espíritu signado por la angustia de existir; angustia que va del alma a la obra de arte como el ingrediente indispensable que sustenta todo gran trabajo artístico. 




*******


Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.



Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordina la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal


 Tomado de Letralia


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada