martes, 15 de mayo de 2018

Los amores perdidos de Agustín Lara






Los amores perdidos de Agustín Lara

Por Héctor Seijas

Hermes dibuja números en una pizarra, nos da la clave de los signos del zodíaco. Pretende revelar –de lunes a viernes– la trama constante del amor, el dinero y la pasión.
Josefina, adicta suya, desayuna con su tarot, anota cada número; prepara recetas de feng shui con aceite de coco, canela y agua de rosas.
Hermes Ramirez.

Le enciende velas a las ánimas del purgatorio.
Está al día con los santos –especialmente con San Antonio–, no les debe ninguna promesa, las ha pagado puntuales, celebra el cumpleaños de Santa Bárbara con mariachis y se fuma nueve tabacos todos los días, por si las moscas.
Josefina adora la música de Agustín Lara y prefiere escuchar sus canciones cuando se encuentra sola, a eso de las diez de la mañana cuando la pensión queda desalojada, por la chamba nuestra de todos los días.
El “Cara Cortada” la enamora cada mañana por Radio Tiempo y le devuelve el rocío de otra época galante, pergeñada de palabras que son talismanes, metáforas aterciopeladas, donde abundan el rosa y el carmesí y en donde las mujeres tienen labios de cristal y son hechiceras y fatales.
Mujeres vampiros, enjoyadas, cubiertas de pieles costosas. Algunas han conocido el sacrificio del “amor malvado” por las calles y los prostíbulos de la gran ciudad –mariposas equivocadas–; deambulado bajo el duro “cierzo invernal”.
Otras han coronado riquezas, fama, brillo, prestigio; cautivado quimeras que se desvanecen como burbujas en “finas copas de champán”.



Diosas fatales en cuyos altares se le rinde culto al placer y al amor. Féminas pecadoras y bellísimas, hijas de Venus Afrodita, entre las cuales destaca la legendaria actriz María Félix, María Bonita.
Surgida de la bruma de una noche tropical, una noche pecadora, la estrella de María Bonita, María del Alma, iluminará el firmamento nostálgico de Agustín Lara como una joya rutilante.
Ambos representan la síntesis de una época, un vivir, un estilo o muchos estilos, porque ellos encarnan la opera social de los sentimientos de un colectivo, una multitud, una nación, un continente de hombres y mujeres que se aman y se odian –los dos extremos de la pasión–.
Ellos nos hablan, nos miran, nos cantan y actúan para nosotros desde la precaria eternidad del vinil, el acetato y la cinta de celuloide.



Con palabras –diría Félix B. Caignet, el autor del melodrama El derecho de nacer– que van directo al corazón, ese lugar solitario, tan concurrido como El Zócalo de México D.F.
Pero, las virtudes públicas y los vicios privados son capaces de cambiar el orden de los factores y entonces pasa que los vicios se hacen públicos y las virtudes mero civismo, nacionalismo; machismo, patriarcado feudal, la otra cara de la moneda mexicana, desde los tiempos (los estilos) de la dictadura de Porfirio Díaz (1830-1915), pasando por el período violento de la Revolución (Villa, Zapata), hasta la llegada de la “revolufia” a las instituciones de la mordida contemporánea (PRI), sin olvidar el estertóreo grito de la guerra civil de Juan Charrasqueado, entablada en contra de sus congéneres féminas, el aguardentoso “¡Ay! Jalisco no te rajes”.
“La rajada” es La Malinche, para algunos, Octavio Paz entre ellos, estereotipo nacional femenino opuesto al macho traicionado por un ser que lleva una rajadura.
Entonces la rajada se vuelve metafísica y folklórica y es cuando el honor radica entre las piernas. Entre el hogar y el burdel promedian las instituciones, llámense clero, sociedad patriótica o la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM), entre cuyos líderes figuraba un tal Morones; durante la presidencia de uno de los fundadores del PNR, antecesor del PRI, Plutarco Elías Calles (1877-1945) –el sindicalista Morones vendría siendo el prototipo protagónico de la novela de Carlos Fuentes: La muerte de Artemio Cruz–. A éste corrupto sindicalista y a otros más y a otros menos, inversionistas de la vida nocturna, adscritos a las filas del PRI, los veremos ante el tribunal de la historia, convocados por Carlos Monsivais en la obra titulada: Amor Perdido*.


Agustín Lara y MAría Felix.
Entre sus páginas, encontraremos una y mil claves para interpretar –y comprender– de la mano de un iniciado, los misterios recónditos de la popular urbe azteca, recorreremos el laberinto del ser mexicano, que no es otro –de acuerdo con la vislumbre histórica-sensible de Carlos Monsivais– que el laberinto de los corazones rotos. Reconoceremos la expresión de los sentimientos “nacionales” a través de la música, el drama, la poesía y la literatura, y, finalmente, advertiremos los diferentes estilos, los discursos y los sucesivos aparatos políticos que a lo largo del Siglo Veinte pretendieron conjugar el civismo, la sensibilidad (y la sensiblería) apuntando, directo al corazón del pueblo mexicano.
A ese corazón fusilado, a ese pobre corazón herido de Agustín Lara, a ese corazón expropiado, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos.
*Ediciones Era, México, D.F. 2005




LA GLORIOSA DICHA


He amado y he tenido la gloriosa dicha de que me amen. Las mujeres de mi vida se cuentan por docenas. He dado miles de besos y la esencia de mis manos se ha gastado en caricias, dejándolas apergaminadas. He tocado kilómetros de teclas de piano y con las notas de mis canciones se pueden componer más sinfonías que las de Beethoven. Tres veces he tenido fortunas –fortunas, no tonterías– y tres veces las he perdido. Las joyas que he regalado, puestas como estrellas en el cielo, podrían formar la Osa Mayor en una refulgente constelación de diamantes, esmeraldas, rubíes, zafiros y perlas. He viajado lo suficiente como para dar 20 vueltas al mundo. Hablo francés como si fuera mi idioma y el Señor de los Señores me otorgó la divina gracia de la musicalidad y, con ello, lo mismo puedo componer una “java” francesa, que un “pasodoble” español, una “tarantela” italiana que un “lied” alemán. He gastado más de 2,000 trajes de finos casimires ingleses muy bien cortados y los coches que he poseído podrían formar una hilera de los Indios Verdes a las Pirámides de Teotihuacán. He tenido junto a mi perfil de “cara dura” a los rostros más bellos de este siglo a partir de Cecilia Montalbán. Soy un ingrediente nacional como el hepazote o el tequila… pero en el fondo, soy más Werther que Dorian Grey. No soy apocado para el pecado y amar ha sido el capital de los míos.
Soy ridículamente cursi y me encanta serlo. Porque la mía es una sinceridad que otros rehúyen… ridículamente. Cualquiera que es romántico tiene un sentido fino de lo cursi y no desecharlo es una posición de inteligencia. A las mujeres les gusta que así sea y no por ellas voy a preferir a los hombres. Pero ser así es, también, una parte de la personalidad artística y no voy a renunciar a ella para ser, como tantos, un hombre duro, un payaso de máscaras hechas, de impasibilidades estudiadas. Vibro con lo que es tenso y si mi emoción no la puedo traducir más que en el barroco lenguaje de lo cursi, de ello no me avergüenzo, lo repito, porque soy bien intencionado.
Quiero morir católico pero lo más tarde posible.
Agustín Lara en conversación con José Natividad Rosales.

Revista Siempre, abril de 1960.    

*******




Héctor Seijas 

Ha publicado: La posibilidad infinita (1989); La flor imaginaria (1990); Cuadernos de pensión (1994); Cruz del Sur, una revista, una librería, una causa (2002); Comprensión de nuestras ciudades (2005); Siete poetas rumanos (2009); Caracas revisited. Una poética de la nocturnidad (2010); Amada Caracas. Antología esencial de la ciudad contemporánea (2014) y El spleen de Caracas. Crónicas en el bajo mundo (2015). Ha colaborado en publicaciones periódicas de larga enumeración. Fue jefe de redacción de la revista A Plena Voz y durante la cuarta república trabajó como docente en barrios de pobreza crítica para el ministerio de la Cultura, la Biblioteca Nacional, el Ministerio de la Familia y otras instituciones. Hasta el año pasado (2015) se desempeñó como cronista en El Correo del Orinoco, pero fue desalojado de allí por una junta interventora. En la actualidad, integra el Ejército de Reserva del Proletariado, a causa del desempleo inducido por el macartismo y la lumpen burocracia que prevalece.  Por ahora. 

P.D.: En busca de editor: Los asesinos del zen. Crónica de los hombres infames (2016).


       

1 comentario: