miércoles, 9 de mayo de 2018

Oliver Sacks: Sexo, drogas, motos, neurología y una autobiografía.







Sexo, drogas, motos y neurología. De eso, básicamente, va 'En movimiento', las memorias del escritor y neurólogo. Y que nadie se asuste porque las drogas y el sexo explican el gran hallazgo de su carrera: el feliz reencuentro entre la literatura y la medicina

LUIS ALEMANY. @Ynamela

 Madrid

ACTUALIZADO 12/11/2015 09:02


Vamos a empezar por lo que en realidad importa de En movimiento: las motos, las drogas, la homosexualidad  y la halterofilia. Si alguien dijera que las memorias de Oliver Sacks (recién editadas por Anagrama) van  de todo eso, que hablan de un mozo musculoso que recorre California vestido de cuero, subido a una Norton  de 600 centímetros cúbicos, notablemente colocado de anfetas y con un amigo muy guapo agarrado a la  espalda... Si alguien dijera algo así no agotaría toda la verdad, pero sí una parte 
importante. 

Suena muy beatnik, ¿verdad?

Por eso, lo primero que hace el neurólogo más leído y admirado de  la historia en sus memorias es hablar de la primera moto que tuvo y de las vueltas que daba con ella por  Inglaterra. Lo siguiente es el recuerdo de un diálogo con su padre, aún en Londres, el verano antes de entrar en Oxford. "¿Qué tal, Oliver? No parece que te interesen mucho las chicas". "Bueno... Las chicas es tán bien". "¿Y los chicos?". "Los chicos están mejor". Y entonces le decía Sacks a su padre: "Papá, mejor  no le cuentes mucho de esto a Mamá". 

Sacks con sus padres y sus hermanos, Michael y David, durante una visita a la casa familiar en 1940, en la época del internado en Braefield. Otro hermano mayor, Marcus, no aparece porque ya estaba en la universidad. Imagen tomada del libro El tío Tungsteno. Imagen tomada de aquí

Esa charla sencilla y ligera es como el violín que marca el tono a  la orquesta. Todo en En movimiento tiene ese sonido jocoso y despreocupado, casi de autoparodia. "He vivido a cierta distancia de la vida", dice Sacks en las últimas páginas del libro. Hasta los capítulos más sórdidos de su vida, hasta las descripciones de trastornos que harían que la mayoría de nosotros volviésemos la cabeza para no mirar en el autobús, se narran con un "bueno, nada es para tanto". 

Oliver Sacks.Imagen tomada de aquí


Seguimos  con la homosexualidad. En algún momento de los años 50, cuando Sacks estaba viviendo en Los Ángeles, se  fijó en un muchacho que levantaba pesas a su lado en la playa. Se hiceron amigos primero, inseparables de spués. Se fueron a vivir juntos, aunque dormían en camas separadas. Les gustaba la lucha grecorromana y combatían en el jardín. Se daban masajes desnudos. Recorrían la Costa Oeste en moto. Pero el chico hacía como que no pasaba nada en especial entre ellos dos. No lo decía nunca pero era evidente que no tenía muy  clara la idea de acostarse con un hombre. Un día, durante un masaje, Sacks no pudo controlar su cuerpo. Se  le escaparon unas gotas de semen sobre la espalda de su amigo. El no-amante se lo tomó mal y se fue para  no volver. 

¿Qué podría hacer Sacks con ese recuerdo sino contarlo con una mezcla de humor y ternura, 60 años después?

Olivers Sacks. Imagen tomada de aquí


Londres, Oxford, Canadá, California, Nueva York


Y así, desde el principio de la historia. Los padres  de Sacks eran dos médicos judíos en Londres. Buenos médicos a la antigua, queridos por sus pacientes, cultos  y sensatos, con cierto sentido narrativo de su oficio. Sus dos hermanos mayores tomaron ese mismo camino. El  tercero, el más especial de la camada, tuvo un episodio temprano de esquizofrenia y se deslizó hacia una  vida de píldoras y apatía. La mezcla de todos esos antecedentes llevó a Sacks a dirigir su vida hacia la  Neurología. Entró en Oxford y no le fue mal, aunque sus intereses eran demasiado diversos: la Literatura,  la Economía, la Historia... A veces dudaba de si había elegido bien, de si de verdad la Medicina era lo  suyo. 

Oliver Sacks durante una firma de su libro Un antropólogo en Marte (An Anthropologist on Mars), publicado en 1995. Foto: Corbis / Andrew Murray. Imagen tomada de aquí

Acabó con Oxford. Probó con la investigación pero tendía a ser caótico. Se desencantó. Se dedicó a  la práctica clínica en Londres. Se compró una moto. Viajó a Ámsterdam y por primera vez se acostó con un  hombre. Esa noche, Sacks estaba inconsciente después de haber bebido litros de ginebra. No debe de ser una  experiencia muy alentadora, pero a su protagonista le sirvió para romper el bloqueo.



Sacks posa con su motocicleta Norton Jubilee 250cc en 1956.Imagen tomada de aquí



Y, entonces, de vuelta  a Inglaterra, llegó la crisis y el aburrimiento. El Ejército estaba a punto de llamarlo a filas y Sacks pensó que era el momento de dar una vuelta por Canadá, de pensar qué hacer con su vida. Llegó a la Costa Oeste, bajó hasta California y encontró la manera de trabajar en un hospital judío de San Francisco. Después
 se instaló en Los Ángeles. Allí nació el médico beatnik que trabajaba como un reloj de lunes a viernes y  que pasaba los sábados y domingos en alguna galaxia muy lejana.

Lo que cuenta Sacks en sus memorias es que  la afición a las anfetaminas (y, en menor medida, a los opiáceos y los ácidos) fue la consecuencia de su  desamor. Después de un par de desengaños, llegó a la conclusión de que un hombre homosexual no podría construir  una vida emocional más o menos estable. Ni siquiera en California. En consecuencia, pasó los años 60, casi  al completo, de subidón. Primero los fines de semana, luego todo el tiempo. Se marchó a Nueva York y allí,  un día, fue a una fiesta en la que repartían fenciclidina, un compuesto nuevo llamado por los íntimos Polvo  de ángel. Sacks llegó tarde a la fiesta y eso le cambió la vida. Los invitados que habían llegado pronto  compartían un momento de esquizofrenia insoportablemente desdichado. Nuestro psiquiatra pidió hora para  el psicoanalista, dejó las anfetaminas y empezó de nuevo.



Dar con la tecla 

Todo este relato es importante  porque ayuda a explicar la tecla con la que dio Sacks, la que lo convirtió en una persona importante  para miles de pacientes y millones de lectores.

En otras palabras: como sus padres fueron los médicos  que fueron; como estudió en Oxford; como fue un hombre de acción; como pasó sus ventitantos en California  en la época de la contracultura; como tuvo amantes y decepciones; como transgredió todos los límites y  tuvo la suerte de volver de ellos de una pieza... como ocurrió todo eso, Oliver Sacks desembarcó en los  años 70 preparado para hacer algo tan obvio, que parece mentira que a nadie se le hubiera ocurido antes.  Estaba preparado hacer literatura a partir de la experiencia clínica y, a la vez, divulgar la medicina a
 través de la literatura. 



El primer libro de Sacks se llamaba Migrañas, lo escribió casi de un calentón en  unas vacaciones en Londres y un jefe envidioso se lo quiso robar. El segundo se llamaba Despertares, y llegó, por primera vez, a lectores que no eran médicos. Cuando lo terminó, Sacks emprendió 35 años de celibato  aparentemente despreocupado. El tercer libro, Con una sola pierna, tocaba tierra por primera vez: la experiencia  personal, las emociones, el miedo... los terrenos propios de la literatura estaban ahí. Y el cuarto,  El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, dio con el molde, ya para siempre.

Robin Williams y Oliver Sacks. Imagen tomada de aquí


El hombre que  confundió a su mujer con un sombrero era una colección de casos clínicos, extravagantes o no, narrados  con delicadeza, humor y cariño. Ahora, uno de los encantos de las memorias de Sacks consiste en comprobar que el médico trataba a sus pacientes igual que escribía sus relatos. 



Sacks no fue nunca un  antipsiquiatra insensato que soltara a una pandilla de paranoicos en el Bronx y vamos a ver qué pasa con  ellos. Al contrario, era un médico prudente y trabajador, cuya gran audacia consistía en que trataba a  sus pacientes con respeto y amable curiosidad, por muy chiflados que fueran sus problemas. 

Retrato oficial del doctor Sacks cuando era residente en la Universidad de California en Los Ángeles. La fotografía, tomada en el laboratorio de neuropatología, es de 1964. Imagen tomada de aquí

La paradoja es que, pese a ello, Sacks pasó por años de condena, décadas en las que su figura fue marginal dentro  de su profesión. En los años 70, el neurólogo inglés no tenía un hospital en el que atender ni un equipo  con el que trabajar. Iba corto de dinero y, a menudo, lo pasaba mal para encontrar fondos con los que  producir sus documentales y sus libros. Si su suerte cambió, no fue por la comunidad médica sino por el  mundo de la literatura. Un día llegó una carta de Harold Pinter, otro día un guión cinematográfico  basado en Despertares en el que andaba envuelto Robert De Niro, después el libreto de una ópera de  cámara de Michael Nyman... 

Oliver Sacks Y Billy hayes. Imagen tomada de aquí


Pero eso, igual que los desengaños amorosos, aparece narrado en En movimiento  sin dramas, con un regusto risueño. Los éxitos y las decepciones se van deslizando hasta que Sacks  conoció, en otoño de 2008, a Billy, un escritor de Seattle. En Nochevieja de ese año, Billy le dijo  que le quería. Entonces, Sacks, que se trataba de cáncer desde 2005, rompió su larga abstinencia sexual  con lágrimas en los ojos. Después, escribió dos libros más, incluidas estas memorias y vivió como un  caballero hasta el 30 de agosto de este año.



Descarga pulsando aqui las primeras 17 páginas de En Movimiento.

Tomado de El Mundo

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